Colección conciencia global




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4. La Revelación

Existe un tipo de experiencia iluminativa distinta a las in­dicadas hasta ahora: se trata de la «toma de conciencia», de la percepción, a menudo imprevista, de lo que es el ser humano, de la revelación que un individuo tiene de sí mismo.

Los aspectos y efectos de esta revelación pueden ser muy distintos entre sí, incluso opuestos. El primer tipo de revela­ción posee un carácter sumamente positivo: se trata de la vi­sión de las admirables potencialidades latentes o activas en los niveles superconscientes; puede llegar a producirse un resplandor, un relámpago de revelación del Sí Mismo espiri­tual. Ello incluye una nueva comprensión, la verdadera com­prensión de uno mismo y de los demás; la conciencia experi­menta una sensación de ampliación, de expansión, y es inundada por sentimientos de gozo, bondad, amor y gratitud.

Pero la revelación, ya sea por repentina, imprevista o de­masiado intensa, también puede provocar reacciones poco deseables e incluso morbosas: puede producir sentimientos de excitación y de exaltación. Si se pierde la conciencia de la diferencia que existe entre el Sí Mismo espiritual y el ser o el yo personal, éste puede atribuirse la cualidad y el poder de aquél, pudiendo llegar hasta la megalomanía.

Otro aspecto, inverso al anterior, de la iluminación interna es la revelación de la partes inferiores y más oscuras de la personalidad, hasta entonces ignoradas o no reconocidas, o bien más o menos rechazadas o reprimidas en el inconsciente, y que constituyen lo que Jung llama la «sombra». Esta revelación, cuando es imprevista, puede resultar muy transtornante v provocar estado depresivos, miedos e incluso desespera­ción. Para prevenir o atenuar estos efectos resulta sumamente útil una adecuada preparación psicológica y un adecuado co­nocimiento de la «psicología de lo profundo». Este conoci­miento elimina el shock de la sorpresa y ayuda a aceptar la revelación al poner de manifiesto que el lado oscuro forma parte de la condición humana usual.

Otras reacciones menos extremistas, aunque no menos no­civas, pueden experimentarse a nivel físico cuando el sistema nervioso no soporta la intensidad, el voltaje de las irrumpien­tes energías psico-espirituales. También, en este caso, un cono­cimiento preventivo de los distintos niveles de la naturaleza humana, tal como son definidas en la «psicología de tres di­mensiones», puede ayudar a soportar estas reacciones y ate­nuarlas, e indicar los modos de eliminarlas.
5 y 6. Inspiración y Creación

Otros tipos de relación y de interacción entre el superconsciente y la conciencia son la inspiración y la creación psico-espiritual. Es oportuno tener claramente en cuenta las diferen­cias existentes entre la iluminación, la inspiración y la creación, y tenerlas bien presentes, ya que a menudo suelen (infundirse. La iluminación puede producir inspiración y a menudo lo hace, aunque no siempre. En algunos místicos, la iluminación permanece en un ámbito subjetivo: puede produ­cir un estado contemplativo, suscita a menudo impulsos de amor y la aspiración a unirse a Dios y a fundirse en la Su­prema Realidad, pero no inspira creaciones externas, ni incita i la acción.

Por otro lado, también puede darse la inspiración sin ilu­minación, sin que exista una elevación o expansión de la conciencia. Tal es el caso de las inspiraciones musicales experi­mentadas por niños de corta edad como, por ejemplo, Mozart.

También entre la inspiración y la creación hay una neta diferencia. La inspiración, en sentido preciso, es el proceso de pasaje o descenso de contenidos más o menos elaborados desde los niveles transpersonales al ámbito de la conciencia. La creación es, en cambio, el proceso o serie de procesos en los que se elaboran dichos contenidos antes de su descenso o aparición consciente. La creación es muy parecida a la con­cepción y a la gestación de un nuevo organismo en el útero materno, mientras que la inspiración es mucho más parecida al nacimiento o a la aparición de la criatura.

En el capítulo anterior he desarrollado esta analogía, indi­cando las distintas modalidades de ambos procesos. He di­cho que este «nacimiento» puede tener lugar en diferente grado de elaboración. A veces, el producto llega hasta la con­ciencia ya bien formado y completo, capaz de llevar una vida autónoma, tal y como sucede biológicamente en muchos ani­males. En cambio, otras veces se presenta en estado bruto e incompleto, requiriendo de una posterior labor de perfeccio­namiento, a menudo de gran envergadura, por parte del yo consciente, a fin de alcanzar una forma adecuada. También he dicho que, al igual que sucede en el parto físico, el nacimiento puede ser espontáneo, rápido y fácil e ir acompañado por un sentimiento de gozo; pero otras veces, por el contrario, tam­bién puede ser muy difícil, largo y doloroso.
7. Comprensión e Interpretación

En cierto aspecto, esta es la fase más importante. Las intui­ciones, iluminaciones y revelaciones que se han producido deben llegar a comprenderse bien a fin de evitar interpreta­ciones erróneas, y aplicaciones y acciones inoportunas o in­cluso nocivas. Estos errores suelen ser frecuentes y podría ci­tar un gran número de ellos. Voy a dar un par de ejemplos de dos tipos de errores: uno relativo a las interpretaciones erró­neas sobre los impulsos u «ordenes» internas que obligan a actuar al sujeto, y el otro sobre las incomprensiones mentales de verdades surgidas en el ámbito de la conciencia.

El primer ejemplo es un conocido episodio de la vida de San Francisco. Poco después de su conversión y mientras es­taba rezando, éste escuchó una voz interior que le dijo: «Ve y reconstruye mi Iglesia». Puesto que en la vecindad había una pequeña iglesia abandonada, él interpretó este mensaje como una orden divina de reconstruirla y así se dispuso a hacerlo. Sin embargo, poco después se dio cuenta de que este mensaje poseía otro significado mucho más amplio: era la revelación de su misión de «restaurar» la Iglesia católica que, en aquellos tiempos, había degenerado mucho. Todos conocemos ya de qué forma tan admirable cumplió su misión.

El otro ejemplo es de muy diferente naturaleza y concierne a un hombre bien distinto. Se trata de la fulminante revela­ción que tuvo Nietzsche sobre los grandes ciclos que se desa­rrollan en la eternidad del devenir cósmico. El la interpretó y la expresó en su teoría del «eterno retorno». Según él, el tiempo no tiene límites, mientras que el número de los áto­mos de materia existente, aunque inmenso, es finito. Por ello sus combinaciones serán necesariamente finitas y, antes o des­pués, deberán reproducirse retornando siempre a lo mismo, y así hasta la eternidad. Naturalmente, esta desoladora doctrina estaba basada sobre una premisa errónea, la de que el número de los átomos es finito e invariable. Aparte del absurdo intrín­seco de esta hipótesis, la física moderna ha demostrado ya que los átomos se desintegran continuamente y van formán­dose otros nuevos con propiedades diferentes. Lo que Nietzs­che había intuido era la naturaleza cíclica de la manifestación cósmica, o sea: el proceso evolutivo. Se trata la concepción oriental de los grandes ciclos de aparición y desaparición de les mundos, de la periódica emanación de la materia y de su evolución en innumerables formas y, después, de su sucesiva reabsorción en el espíritu, en lo inmanifiesto. Los recientes descubrimientos astronómicos sobre la formación y el desa­rrollo de los astros y de las galaxias confirman plenamente esta concepción. Así pues, según los orientales, ello es igual­mente aplicable a escala humana, como es la manifestación cí­clica de las almas en una serie de cuerpos (reencarnación). Pero todo ello no implica un retorno idéntico, sino un reaparecer de forma siempre más elevada, una evolución en espiral ascendente. Lo expuesto por Nietzsche es un claro ejemplo de interpretación errónea de una intuición correcta.

En el campo psicológico, nos enfrentamos continuamente al problema de la interpretación de los símbolos. También aquí se pueden observar frecuentes o casi podríamos decir que continuos errores y confusiones, como por ejemplo en la interpretación de los símbolos de los sueños y también en la interpretación de los mitos y de los simbolismos de las obras artísticas o literarias. A menudo, los errores se deben a pre-conceptos y a teorías particulares de quienes los interpretan. Pero la dificultad también se debe al hecho de que los símbo­los pueden poseer distintos significados y diferentes niveles de realidad, sin por ello estar en contradicción o excluirse re­cíprocamente.

Voy a ilustrar a continuación un caso de inspiración es­pontánea que, a pesar de ser distinto en algunos aspectos, guarda una cierta afinidad con el de María Gallotti, citado en el capítulo anterior. En él se evidencian algunas características peculiares de la actividad que se desarrolla a nivel superconsciente, así como sus relaciones con la conciencia.

Se trata de una joven mujer a la que traté durante muchos años aunque de modo irregular, debido a mis largas ausencias de la ciudad en la que vivía, pero continuado desde lejos por correspondencia excepto durante los años de la guerra de 1941 al 1945. La llamaré Lucía (aunque este no es su verdadero nom­bre). Desde un punto de vista clínico no presentaba nada insó­lito. Sus síntomas entraban en el cuadro de la astenia neuro-psíquica: debilidad física, depresión emocional, dificultad de atención mental, además de distintas fobias, sobre todo miedo a salir sola de casa. El ambiente familiar era opresivo: padre autoritario y madre buena pero de ideas estrechas que no le permitieron seguir los estudios, tal como ella hubiera deseado; aislamiento y ningún vínculo afectivo. Con mi tratamiento, du­rante el cual utilicé distintas técnicas de la psicosíntesis, fue mejorando gradualmente al punto de que consiguió superar la agorafobia e incluso llegó a realizar sola largos viajes en tren.

En todo ello, repito, no había nada particularmente nota­ble. En cambio, poco después de utilizar la técnica del dibujo libre comenzaron a darse manifestaciones singulares e intere­santes en varios aspectos. Al principio, los dibujos consistían simplemente en líneas, formas geométricas, representaciones esquemáticas de aspectos de la naturaleza (sol, mar, montaña) y de objetos sencillos. Pero pasado un breve tiempo, co­menzó a escribir en los dibujos palabras y frases a guisa de comentario. Esta evolución surgió espontáneamente y sin que tuviese nada que ver con mis instrucciones o estímulos. Las frases expresaban diferentes estados de ánimo, pero des­pués y cada vez más, expresaban aspiraciones, anhelos de li­beración y de elevación, y relámpagos de intuición de carác­ter universal o cósmico. He aquí algunas de ellas, realizadas entre los años 1932 y 1935:

«La cara de la deidad está oculta. Ondas misteriosas atraviesan la atmósfera. En las altas esferas sopla el viento uni­versal. La conciencia no quiere reconocerlo.»

«Entre las alturas espaciales se extiende la mirada. Atra­viesa la vida su ciclo histórico. El gran todo permanece inmóvil.»

Después, la producción empezó a disminuir hasta casi ce­sar, hasta 1940 cuando, sin embargo, volvió a retomarla acti­vamente y los dibujos fueron sustituidos gradualmente por escritos que tenían forma poética sui generis. Estos asumieron cada vez más el carácter de mensajes de los niveles del superconsciente.

La neta distinción, o tal vez la oposición, entre la conciencia de vigilia normal y la fuente de inspiración fue claramente reconocida y expresada por Lucía.

El estilo de los mensajes era muy variado, a menudo origi­nal, con expresiones extrañas, quizás extravagantes, pero vi­vidas y eficaces. Era un estilo que en ciertos aspectos se po­dría comparar al de los poetas surrealistas. De alguno de ellos a menudo se sospecha que expresan su arte así deliberada­mente, incluso de mala fe. Pero esta sospecha, al menos en al­gunas ocasiones, no es justa y puede excluirse totalmente en el caso de Lucía, ya que ella misma fue la primera sorpren­dida al ver lo que su mano escribía.

Lo que sucede en estos casos es que irrumpen elementos y actividad del inconsciente de forma directa, sin la elaboración y estructuración normal, y sin una expresión verbal coordi­nada y de fácil comunicación.

Pero lo que más importa es la naturaleza y el contenido de los mensajes. Estos pueden proceder de los distintos niveles del inconsciente, desde el más bajo hasta el más alto. En el caso de Lucía, a menudo los mensajes poseen tanto un tono como un contenido elevados, propios de la esfera transper­sonal.

Los temas más recurrentes son: visiones de un devenir lu­minoso; la urgencia de una renovación de la humanidad; pre­sagios e indicios de una Nueva Era; y la comparecencia de Se­res Superiores que serán los pioneros y creadores.

La actitud asumida por Lucía hacia la fuente de su inspi­ración es equilibrada y perfectamente agnóstica. No consi­dera que esa fuente sea un ser o entidad externa, sino que otorga a las expresiones que le brotan (El Dios, el Cantor, etc.) un carácter simbólico de «personificación psicológica».

Debemos observar que, mientras escribía, Lucía jamás perdió la conciencia de sí misma. Esto la diferencia de todos aquellos que escriben en un estado de hipnosis o de trance, algunos incluso novelas enteras, sin darse cuenta de lo que están haciendo. Esta clase de escritura automática debe ser desaconsejada porque tiende a producir o a incrementar la di­sociación psíquica y puede dar cabida a influencias indesea­bles. Además, los casos de Lucía y los de otros han demos­trado que el mantener la conciencia despierta no obstaculiza la inspiración de los niveles transpersonales.

¿Qué conclusión podríamos sacar de la producción espon­tánea de los dibujos y escritos realizados por María Gallotti y por Lucía, así como de tantos otros del mismo origen, relata­dos por Myers en su libro Human Personality o por otros estu­diosos de estos fenómenos? Estos casos constituyen una con­firmación evidente de lo que la psicología humanística y la transpersonal (la Tercera y la Cuarta Columnas de la psicolo­gía) han demostrado: que hay latentes en la psique humana una enorme cantidad de facultades y energías generalmente ignoradas, y tantas admirables posibilidades creativas y ex­presivas, dispuestas a manifestarse tan pronto les sean ofreci­das las condiciones adecuadas.

Las demostraciones más evidentes vienen dadas: por una parte, a través de las manifestaciones espontáneas, de las que va he hablado; y por otra, por la existencia de muchos niños y jóvenes superdotados y por los seres superiores: los genios re­ligiosos, artísticos, científicos, grandes maestros y benefacto­res de la humanidad.

Los superdotados que demuestran cualidades especiales, a veces ya desde su más tierna infancia, empiezan a ser re­conocidos y valorados, pero todavía de forma limitada e inadecuada. No solamente existe incomprensión, sino tam­bién reticencia y hasta hostilidad hacia sus apreciaciones por distintas razones sobre las cuales ahora no me puedo dete­ner. Sin embargo, existen dos importantes razones que debe­rían inducir a ocuparse de los superdotados. La primera es que ellos representan el elemento humano más apreciado, comparable al uranio entre los metales, ambos capaces de desprender potentes irradiaciones. La segunda, es que no re­sulta extraño que los superdotados tengan una exuberancia de energías a todos los niveles de su ser. Cuando les es im­pedida u obstaculizada la manifestación, puede provocarles efectos destructivos y manifestaciones antisociales e incluso delictivas.

A menudo se ha podido observar que entre los niños y jó­venes recluidos en los irónicamente llamados «Correcciona­les», existe un elevado porcentaje de superdotados; quizás al­guno de ellos tuvo un despertar espiritual espontáneo. Pero si ello no fue reconocido y se le mantiene en un régimen de opresión, se vuelve cada vez más antisocial y, cuando se le priva de libertad, puede llegar a convertirse en un violento y peligroso criminal. Por ello, es urgente que la sociedad haga todo lo posible para prevenir este peligro y para encauzar esas exuberantes energías hacia un tipo de actividades más constructivas y creativas

Es posible hacer muchas cosas en este sentido. Los medios necesarios existen; son muy numerosos y de diferente natura­leza: desde la más elevada, como la comprensión, la compa­sión o el amor, hasta las diversas técnicas psicoterapéuticas y educativas que van evolucionando más cada día; y entre ellas las hay sencillas y fáciles de realizar, como el dibujo o el es­crito libres.

Todos debemos sentir el deber de defender el conoci­miento, de incitar a los médicos y educadores, y de ayudar a los progenitores a hacer uso de él al máximo posible. Así, y sobre todo así, se podrán prevenir los males que amenazan la existencia misma de la convivencia ciudadana y preparar la llegada de una Nueva Era en la cual se logre una psicosíntesis planetaria; en la cual, sin necesidad de guerras ni de violentas luchas sociales, la más alta potencialidad humana pueda al­canzar las más amplias y libres aplicaciones.
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