Colección conciencia global




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El despertar espiritual

9. Fases y crisis del desarrollo espiritual
Si consideramos, aunque sólo sea superficialmente, todas las personas que nos rodean, enseguida nos daremos cuenta de que no se encuentran en el mismo grado de desarrollo psi­cológico y espiritual. Es fácil constatar que algunas de ellas se encuentran aún en un estadio primitivo, casi salvaje; otras es­tán algo más avanzadas; otras están todavía más evoluciona­das; y, finalmente, también hay algunas, aunque en número muy reducido, que han trascendido la normalidad humana y se aproximan o han alcanzado un estado súper humano y es­piritual.

No nos detendremos a estudiar las posibles causas de es­tas diferencias. Es un problema muy interesante, pero se sale de nuestro tema. Sin embargo, sean cuales sean las causas de estas diferencias, tal diversidad de desarrollo interior entre los hombres es útil e incluso diría que necesaria.

Esta diversidad da ocasión a los diferentes tipos de rela­ción entre los individuos: relación de autoridad y de obedien­cia, de enseñanza y de aprendizaje, de opresión y de rebelión, que dan lugar a experiencias fecundas. En una humanidad en la que todos se encontrasen en el mismo nivel, estas acciones y reacciones vitales no existirían; la vida sería mucho más sencilla, pero también más monótona, menos estimulante, menos interesante, más aburrida y, en gran parte, fracasaría en su propósito.

Para el estudio de los diferentes estadios del desarrollo es­piritual podemos encontrar una buena guía en el principio de analogía, tan valorado por los antiguos pero actualmente de­masiado olvidado y abandonado.

Es cierto que este principio da fácilmente lugar a interpretaciones fantasiosas y a deducciones arbitrarias, pero cuando se utiliza adecuadamente y con discriminación, puede pro­porcionar la clave de muchos secretos de la naturaleza y del alma.

En nuestro caso, la utilización de esta «clave» no es difícil y es muy esclarecedora. La analogía existente entre la psicolo­gía del niño y la de los individuos y pueblos primitivos es evidente y ha sido señalada con frecuencia. Los niños, al igual que los seres primitivos, son simples, impulsivos, curiosos, se distraen con facilidad y viven sólo el presente. Son sencillos y emocionales, pero sus sentimientos, aunque intensos, son poco profundos y breves. Carecen de moralidad, porque no tienen desarrollado el sentido de la responsabilidad, son muy proclives a una crueldad inconsciente y tienden a dotar de personificación a los objetos y a las fuerzas naturales. Su res­ponsabilidad es rudimentaria y no se perciben netamente di­ferenciados del mundo que les circunda.

En un estadio un poco más avanzado, encontramos por un lado a muchachos algo más maduros y, por otro, a almas de una edad interior correspondiente, las cuales aparecen en su aspecto mas típico al inicio de las grandes civilizaciones.

Recordemos, por ejemplo, a los hombres de la primitiva época védica en la India; o a los del período homérico en Gre­cia, con su fresco sentido poético y su sencillez, con su vivo sentido de infantil comunión con la naturaleza, y con sus dio­ses un tanto infantiles que eran inicialmente la personifica­ción de fuerzas naturales y de pasiones humanas para, des­pués, ir gradualmente elevándose hasta simbolizar altos principios espirituales.

Antes de iniciar este análisis, convendría recordar que tanto en cada edad del cuerpo y del alma como en cada tipo psicológico o en cada manifestación humana, debemos dife­renciar los aspectos superiores e inferiores del mismo princi­pio y cualidad. Así, en las almas primitivas encontramos cuali­dades inferiores de rudeza y de violencia, una cierta barbarie, una inteligencia de tipo primitivo, una cierta astucia y tenden­cia al engaño, un candido egoísmo y una escasa sensibilidad ante el sufrimiento ajeno. Muchos de estos caracteres se pue­den encontrar, más o menos acentuados, en los héroes homéri­cos descritos en la Ilíada.

Los aspectos superiores de esta edad psicológica fueron descritos por los poetas de la Edad de Oro, a saber: la pureza, la inocencia, la naturalidad, la docilidad, la devoción y la obe­diencia a los dioses o una infantil confianza en Dios. En nues­tra civilización no encontramos a demasiados hombres de este tipo; tenemos que buscarlos entre los criados fieles, los devotos de una religión y con más frecuencia, entre la gente del campo o de la montaña. Estos hombres se desarrollan principalmente a través de una actividad externa, con la cual adquieren experiencia, desarrollan su mente y adquieren cua­lidades morales, como la sabiduría, la constancia, el valor o el sacrificio. Para ellos, el principal ideal, su línea de conducta, se encuentra en la devoción, la fidelidad y la obediencia a Dios o a los dioses, a sus superiores, a los preceptos morales y religiosos, y a las leyes establecidas.

Pero los hombres no pueden, ni deben, permanecer siem­pre en este estadio infantil. Su desarrollo está refrendado, al igual que sucede con la adolescencia, por una serie de con­trastes y de conflictos. En el ámbito moral tiene lugar con el inicio de la reflexión crítica, que hace surgir problemas y du­das. Los principios inculcados y las teorías dominantes ya no son aceptados sin discusión. La mente les pide sus credencia­les, exige saber su origen, sus bases y su concordancia con los hechos.

En la vertiente emotiva se produce una intensificación y una complicación de los sentimientos, con la irrupción de nuevas pasiones.

En la vertiente activa encontramos un vehemente deseo de independencia, una feroz rebelión contra los «dioses» y con­tra cualquier tipo de autoridad. Es el estadio titánico y prometéico. Hallamos también una acentuación de la autoconciencia y de la autoafirmación que, a menudo, tiende a la introspección subjetiva y es la principal característica de la ac­titud romántica.

Éste es un estadio inarmónico y caótico, tan penoso y es­forzado para quien lo vive como incómodo y de difícil trato por parte de los demás.

Los aspectos inferiores de esta edad del alma son los de un exceso de autoafirmación, impulsos destructivos, anar­quía, fanatismo, orgullo, intransigencia, tendencias extremis­tas, intolerancia y falta de respeto y de compresión hacia los demás.

Por otra parte, los aspectos superiores son: el idealismo, el espíritu de sacrificio por una causa, la generosidad, el valor, la audacia, la apreciación de la belleza, el sentido del honor y, en general, todas las cualidades inherentes a una actitud y a una conducta caballerosa.

El Dharma de esta edad es el desarrollo de la mente y de los poderes morales autónomos, la afirmación de la autoconciencia y de la independencia espiritual, el estudio de la vida y la adquisición de una mayor experiencia, y la consagración activa a un ideal o a una causa que no es ya aceptada externa­mente, sino que es sentida en el interior y a la cual el indivi­duo se adhiere libremente.

Actualmente, muchos hombres se encuentran en este es­tadio y alguna de las características enumeradas pueden ser aplicadas a la mentalidad de la mayoría de nuestros contem­poráneos. Basta con recordar la rápida disolución de las viejas tradiciones y formas, las inquietudes, el individualismo crí­tico y la actitud rebelde que ahora prevalece.

Observemos ahora las características del alma adulta. Si comparamos al hombre o a la mujer adultos con los jóvenes, nos daremos cuenta que ha habido una disminución gradual de la exuberancia vital y de la efervescencia emotiva, habién­dose producido paralelamente un crecimiento de las faculta­des mentales y racionales. El estado caótico, los cambios rápi­dos y las oscilaciones entre los extremos han cedido lugar a un cierto orden: la personalidad se ha formado y se ha conso­lidado.

También este estadio posee sus aspectos inferiores y supe­riores. Los primeros consisten sobre todo en un exceso de limitaciones, en el endurecimiento, en la aridez. El contacto con las duras «realidades» de la vida, las luchas, las desilusiones y los fracasos han destruido los sueños generosos, derribando el entusiasmo, y ponen a prueba la fe del individuo. De este modo puede llegar a producirse una reacción de escepticismo y de descontento, que puede llegar hasta el cinismo. El desa­rrollo de la mente, la cual es también un instrumento necesa­rio, trae consigo peligros como el exceso de criticismo y la cristalización intelectual, que obstaculizan o destruyen la con­ciencia de lo Real.

El dejarse absorber por los intereses prácticos y los debe­res personales, puede conducir fácilmente al separatismo, a una indebida afirmación del yo personal y al egoísmo.

Los aspectos superiores de esta edad psicológica pueden resumirse en tres palabras: armonía, equilibrio y eficiencia.

Durante este período, el hombre es capaz de conseguir el equilibrio entre el espíritu y la forma: la personalidad, ya for­mada y perfeccionada, deviene en un instrumento de expre­sión del yo, bien formado, construido y resistente, pero toda­vía suficientemente fluido. Es entonces cuando la persona está preparada para actuar en el mundo la voluntad del Espí­ritu.

Esta edad, aparentemente más estática y libre de crisis tu­multuosas es, sin embargo, una «edad crítica» a nivel espiri­tual: es el punto donde los caminos se separan, es el momento de la elección que decidirá el futuro del alma. Si el proceso de endurecimiento y de cristalización se realiza sin ser contras­tado y la forma va prevaleciendo cada vez más sobre el lado vital y espiritual, inevitablemente, sobreviene la vejez con sus aspectos negativos de osificación, de debilitamiento, de ego­centrismo, de gradual segregación de la vida circunstante... y si este proceso no es interrumpido por la intervención de al­guna fuerza equilibradora, suele degenerar en una total au­sencia de responsabilidad y en un aislamiento egoísta que puede culminar en la muerte espiritual, de la misma forma en que la senilidad culmina en la muerte física. Afortunada­mente, no es raro que intervengan otros factores que detienen la caída de la personalidad por esta pendiente y la hacen re­gresar, suave o violentamente, hacia una vía ascendente, li­brándola de las ilusiones y de los apegos de la vida «normal», y poniéndola en contacto con su Espíritu.

Cuando esto sucede se puede observar un hecho extraño; extraño sólo si lo consideramos bajo un punto de vista ordi­nario. Una nueva sensación de poder, de fervor y de eficien­cia invade a estos hombres; es como una especie de rejuvene­cimiento, una nueva juventud interna cuyas mejores cualidades se suman, sin substituirlas, a las de la edad ma­dura. Este hecho suele conllevar una interesante correspon­dencia física, ya que en algunos casos de personas robustas con más de ochenta años de edad se ha podido observar el inicio de una tercera dentición, una tentativa muy parcial, pero significativa, de la naturaleza hacia una renovación fí­sica. En tales casos no pasa de ser un mero inicio, ya que no existe un correspondiente rejuvenecimiento psicológico y es­piritual para sostenerlo.

En otros casos tiene lugar un conato de rejuvenecimiento emotivo. El ejemplo más famoso es el de Goethe, el cual a la edad de setenta y cuatro años se enamoró de una joven ale­mana. Esto le ocurrió encontrándose en plena posesión de sus facultades mentales y no debe ser considerado —como en un primer momento se podría pensar— un signo de chochez; fue un sentimiento verdadero, de carácter idealista y juvenil, que expresaba en una exquisita poesía. Pero aunque las llamas de un viejo fuego se enciendan, también se extinguen rápida­mente si no son alimentadas de forma duradera.

En el caso del rejuvenecimiento espiritual, sin embargo, se trata de algo muy profundo y fundamental, que es producto del «matrimonio», por así decir, de la personalidad con su es­píritu más íntimo, del cual brota un poderoso flujo de energía espiritual, de luz y de amor, que la vivifican y la transforman.

Después de haber efectuado esta rápida visión de con­junto sobre las etapas del crecimiento interior, consideramos oportuno destacar las dos crisis más importantes y decisivas: la ya indicada anteriormente, que precede y determina el rejuvenecimiento interior, y otra, mucho más oscura y miste­riosa, que sucede en un estadio ulterior y corresponde a lo que los místicos denominan la «noche oscura del alma» (1).
(1) Ver el capítulo 10 del presente volumen N.T.
¿Cuál es el significado de estas crisis?

Estas se producen por el hecho de que la conciencia espiri­tual, es decir, el sentido de lo eterno y de lo trascendente, se manifiesta primero en forma negativa antes de revelarse bajo su aspecto positivo de iluminación y de expansión. Ello hace sentir que toda cosa particular, aunque sea buena, cuando es considerada y amada en sí misma y separada de lo demás i como suele ocurrir normalmente), es vana y efímera; que nada que sea limitado tiene valor por sí; y que cada afirmación sepa­ratista y antagónica de nuestro yo personal es errónea y está destinada al fracaso, no porque viole las reglas o lo códigos ex­ternos y arbitrarios, sino porque está en contradicción con la propia naturaleza de la Realidad Espiritual. Pero el hombre ciego e ignorante tiene miedo de dejarse llevar, no quiere aban­donar los puntales que lo sostienen ni los apegos que le unen a las cosas y a las personas que teme perder, y por ello se mues­tra reacio a las invitaciones y a los comandos del Espíritu; hasta que llega al límite de su resistencia y se ve obligado a rendirse. Entonces, ante su propio asombro, en lugar de la temida ani­quilación, encuentra una nueva vida mucho más rica e intensa v se siente inundado de luz y de alegría. Incluso el mundo se le aparece como transfigurado y, dentro y más allá de la mutabili­dad de las apariencias, siente en todas las cosas y seres el palpi­tar del poderoso ritmo de la unidad suprema.

Esta extraña y dura lucha entre la personalidad y el Sí Mismo ha sido descrita admirablemente por dos poetas con­temporáneos: Francesco Chiesa, en su poema La Voce (La voz) contenida en la recopilación I Viali d»Oro (Las Avenidas de Oro), y Francis Thompson, en su poema The Hound of Heaven (El sabueso del cielo).

Tras el despertar del alma suele seguir un período de go­zosa expansión, tanto interior como exterior, que adopta distintas formas y aspectos, según los casos. Unas veces preva­lece el aspecto místico e iluminativo, mientras que otras veces las nuevas energías se expresan en una acción impersonal y heroica, en un apostolado del bien o en alguna creatividad ar­tística.

Este período puede durar mucho tiempo; incluso toda una vida. En otros casos, sin embargo, las cosas no se desarrollan de una forma tan sencilla y favorable.

Algunas veces sucede que la personalidad no se halla lo bastante preparada o está mal constituida y no resiste el in­flujo de la fuerza espiritual, reaccionando de forma inarmó­nica o patológica. De este modo es como se producen las exal­taciones, los desequilibrios o el fanatismo que se observa en algunos místicos e «iluminados» espúreos, que desacreditan ante la gente (que no sabe o no quiere discriminar) a los au­ténticos místicos e iluminados de los que aquellos no son más que una caricatura y una mera imitación.

En otros casos, tras el período de luz, de gozo y de fe­cunda actividad, empieza la lucha. La personalidad ordinaria sólo estaba dominada temporalmente por la nueva conciencia espiritual, no se había transformado de forma estable. El «viejo Adán» reaparece de nuevo con sus costumbres, sus tendencias y sus pasiones, y el hombre se da cuenta de que todavía le falta un largo, complejo y duro trabajo de purifica­ción y de transformación de los elementos humanos.

En algunos casos, esta tarea viene impuesta de forma dura e inexorable por el propio Espíritu. De esta forma, el alma se ve obligada a penetrar en «la noche oscura» experimentada y descrita por Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Mme. Guyon y muchos otros místicos.

Se trata de un estado interior de sufrimiento y de priva­ción, análogo al que precede al despertar del alma, pero ele­vado, por así decirlo, a la octava potencia, es decir: mucho más profundo, completo y radical.

La naturaleza y el significado de esta experiencia han sido muy bien descritos dentro de la tradición cristiana, y un estado y experiencia similar, al menos por algunas referencias, ha sido descrito, aunque considerado bajo un aspecto voluntario y activo, por diversas tradiciones herméticas, iniciáticas y alquímicas como «la prueba del fuego» o «la purifi­cación por el agua».

La comprensión de la naturaleza y el objetivo de esta prueba puede hacerla menos dura y menos larga. En lugar de sufrirla a la fuerza, se puede cooperar voluntaria e inteligen­temente a su acción, acogiéndola sin intentar rechazar el terri­ble y magnífico regalo que nos ofrece.

Esta cooperación puede resumirse en dos palabras: amor y aceptación.

Aceptar comprensiva y generosamente los sufrimientos, las expoliaciones, el aniquilamiento. Y, todavía más: amarlo.

Es un heroísmo mucho más arduo y elevado, aunque me­nos evidente, que aquellos que se manifiestan con actos exter­nos y son comprendidos y admirados por las masas; y las conquistas a las que conduce son considerablemente más pre­ciosas.

De esta forma se llega a la denominada «santa libertad de los hijos de Dios», a «la vida unitiva».

San Juan de la Cruz afirma que aquel que la ha alcanzado «parece el mismísimo Dios y posee las mismas propiedades que él».

Es el estado de victoria y de liberación que los orientales llaman Nirvana. En él, todo deseo o anhelo personal es consu­mido; todo apego, «quemado»; y todo temor, disipado. El es­píritu, así vinculado, alcanza un sutil y formidable poder: es capaz del wu-wei, es decir, de la acción sin acción a la que nada puede resistirse.

Con estas breves explicaciones he intentado mostrar un panorama o, mejor dicho, una perspectiva de los estadios y de las crisis del desarrollo espiritual.

A primera vista, parece que me haya adentrado en un mundo muy distinto del que late y se agita a nuestro alre­dedor, muy alejado del ruido de los coches, del silbido de las sirenas de las fábricas, de los bailes y los espectáculos, de los agobiantes problemas económicos; pero esta lejanía es mucho menor de lo que creemos. Lo que solemos ver normalmente en la vida moderna es solamente una fa­chada, pero detrás está la vida de las almas en pena; ocultos tras el tumulto y las luchas externas están los tácitos roces y los duros conflictos de las fuerzas psíquicas y espirituales. Tras las máscaras pintadas que se agitan al compás de algu­nas de las músicas de hoy, tras las personas vestidas de fiesta que consumen bebidas alcohólicas, tras aquellos que apuestan en las salas de juego o que se degradan con la droga, ¿quién puede decir cuántas de estas almas atormen­tadas no están intentando huir así del acoso del sabueso ce­lestial?

Y en las clínicas, en los manicomios, tras las figuras pos­tradas e inmóviles, mudas de desesperación o que gritan sal­vajemente su insostenible pena, ¿quién puede decir cuántos incomprendidos e ignorantes están atravesando las terribles pruebas de la disolución interior, de la noche oscura espiri­tual?

¿Cuántos errores funestos, cuántos dolorosos e innecesa­rios conflictos y complicaciones se podrían evitar si estas al­mas se comprendiesen a sí mismas y fuesen comprendidas por los demás? Por eso, hablar en nuestros días de crisis espi­rituales, lejos de ser un anacronismo, un desarrollo acadé­mico o una estéril curiosidad, es algo que responde a una ne­cesidad urgente y constituye un claro deber para quienes tengan la más mínima experiencia o conocimiento.

A esta humanidad, preocupada tan sólo por la búsqueda exterior del bienestar y de la propia satisfacción, sedienta de placeres y de poder, hay que hacerle ver que todas las con­quistas que pueda realizar sobre la naturaleza, todo el domi­nio de la materia, toda la intensidad y la rapidez de los meca­nismos, tienen, como mucho, un valor instrumental, un significado simbólico; pero que sólo mediante el despertar del alma profunda, sólo con la reconocida y realizada soberanía del Espíritu, podrá alcanzar el hombre el verdadero poder, la paz segura, la divina libertad que es su suprema, aunque in­consciente, aspiración.
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