El mito de la diversidad familiar




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EL MITO DE LA DIVERSIDAD FAMILIAR
Fingir que todos los tipos de familia son iguales es negar la verdad de la experiencia infantil
Fuente: Dale O’Leary , 23 Julio 2008
He recibido un correo electrónico de una madre preocupada porque la profesora de primer curso de su hijo había leído a la clase un relato sobre el matrimonio homosexual entre los conejillos de indias, para, acto seguido, anunciar su próxima boda con otra mujer.
Este tipo de montaje es justificado por quienes apoyan una educación elemental favorable a los homosexuales como una manera de ayudar a los niños a comprender la “diversidad”. Nada tiene de malo, en principio, asegurarse de que los niños, con independencia de sus antecedentes raciales, étnicos o religiosos, tengan la sensación de que aquello que constituye su patrimonio está representado y es respetado.
Sin embargo, la diversidad es un caballo de Troya. Una vez que la idea de aceptar la diversidad se ha introducido en el aula, el plan de estudios de la diversidad oculta algo que socava el auténtico respeto. Los promotores de la diversidad insisten en que, al igual que reconocemos diferencias raciales, étnicas y religiosas, debemos respetar la diversidad de las orientaciones sexuales y los modelos de familia.
Sí hay diferencias
Los militantes de la diversidad quieren obligar a profesores, estudiantes y padres a fingir que no hay diferencia entre una familia compuesta por marido y mujer y sus hijos, y otras variantes tales como una familia mutilada por un fallecimiento o un divorcio, la situación de las que tienen un solo progenitor o las parejas del mismo sexo que se han hecho con hijos por medio de la reproducción artificial o la adopción.
En realidad, las diferencias son enormes. Perder la presencia del padre o la madre naturales durante la infancia constituye siempre una tragedia. Todo el mundo comprende que el fallecimiento de uno de los progenitores es un golpe para un niño. Los adultos que han pasado por esa experiencia en su infancia la recuerdan como un suceso que los cambió de forma profunda.
Igualmente, la fractura de una familia por el divorcio afecta negativamente a los hijos por mucho que se esfuercen los padres en suavizar el golpe: basta leer los libros de Judith Wallerstein para ver los efectos a largo plazo (ver Aceprensa 129/00). Además, la concepción de un hijo fuera del matrimonio priva del vínculo con el padre o lo hace muy débil, y los hijos acusan la carencia con toda la razón. La adopción por parte de un matrimonio puede aportar ventajas maravillosas y mucho amor, pero la herida persiste. Los niños adoptados sienten a menudo la necesidad de hallar a su madre y a su padre naturales.
Con todo, por difícil que resulten la muerte, el divorcio, la ausencia de un progenitor o la adopción, en la mayoría de los casos los niños pueden consolarse con la creencia de que al menos uno de sus padres trató de evitar la tragedia: de que alguien estaba dispuesto a dar prioridad a sus necesidades.
Una privación voluntaria
La situación los hijos incorporados a parejas homosexuales es radicalmente distinta; por definición, se les ha dejado, ex profeso y de forma permanente, sin padre o sin madre. Los adultos que lo han hecho esperan que se aplauda su valor. Quieren que el mundo finja que esto no es más que “diversidad”, cuando, en realidad, ellos han privado a sus propios hijos –a los que quieren y que los quieren– de algo esencial: un progenitor del sexo opuesto.
Estos padres se sienten profundamente ofendidos cuando la escuela considera que las imágenes de familias compuestas por padre y madre son la norma. Ellos piensan que si la escuela promueve la “diversidad” de las formas familiares, sus hijos no darán importancia a que no tienen un progenitor de cada sexo. Se engañan. Los niños lo saben, pero también saben que no pueden ni mencionarlo.
A diferencia del niño cuyo padre fallece, se divorcia o nunca se casa, éstos se ven privados no sólo de un progenitor, sino también del derecho a lamentar dicha privación. Tienen que fingir. Los promotores de la “diversidad” exigen que nos incorporemos al fingimiento: que también nosotros traicionemos a esos niños.
A pesar de todas las simulaciones y afirmaciones en contra, una familia formada por un esposo, una esposa y sus hijos es la norma, y un estudio tras otro han demostrado que es el mejor lugar para criar a un hijo.
Fingir no ayuda
¿Qué deberíamos, pues, hacer con esos niños que han sufrido la trágica separación de uno de sus padres naturales? Fingir que no han sufrido no es la solución. Recuerdo haber impartido una clase de religión, parte de la cual trataba de las palabras de Jesús sobre el divorcio. Sentado en la primera fila estaba un niño cuyo padre acababa de dejar a su madre por una atractiva mujer más joven. Tuve mis dudas pero dije lo que tenía que decir. El chico levantó la mano: “Entonces, ¿a Dios no le gusta el divorcio?”. “Así es”, contesté. “Bien”, respondió. Por la expresión de su cara pude ver que el muchacho se sentía aliviado porque, aunque todos los adultos que le rodeaban habían excusado el acto de su padre, al menos Dios comprendía su enfado.
Existen otra muchas clases de “diversidad” que son verdaderas tragedias: el alcoholismo o el consumo de drogas por parte de los padres, el maltrato del cónyuge o los hijos, la obesidad mórbida, la enfermedad crónica, sea física o mental, la ludopatía, el gasto o el acaparamiento compulsivos. Cualquier profesor sabe que los niños vienen a la escuela con sus lastres. No les pedimos que simulen. No les contamos cuentos sobre hogares felices sometidos a maltratos. Respetamos su intimidad y tratamos de convertir la escuela en un refugio en el que un niño pueda huir de una situación familiar que es incapaz de controlar.
Simular que todas las familias son iguales es negar la verdad de la experiencia infantil. El deseo de tener un padre y una madre propios arde en lo más profundo de cada corazón humano y toda la educación en la “diversidad” no logrará extinguir esa llama. La propaganda por la diversidad sólo hará que niños ya heridos se sientan culpables de querer lo que unos docentes manipuladores tratan de convencerles de que no deberían querer.
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Dale O’Leary es la autora de The Gender Agenda

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