Traducción de Carlos Milla Soler




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títuloTraducción de Carlos Milla Soler
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esconderse

?

-Creo que es capaz de adaptarse. De hecho, me consta que así es. -Dejó escapar un suspiro-. Además, no hay un solo enjambre, Jack.

-¿Hay más de uno?

-Al menos tres. A estas alturas quizá más.

Me asaltó un momentáneo desconcierto, una especie de soñolienta confusión. De pronto me sentí incapaz de pensar, incapaz de comprenderlo.

-¿Qué estás diciendo?

-Estoy diciendo que se reproduce, Jack -respondió-. Ese jodido enjambre se reproduce.

La cámara mostraba en ese momento una imagen a ras del suelo del remolino de polvo dirigiéndose hacia nosotros. Pero observándolo advertí que no giraba como una tolvanera. Las partículas se deslizaban a uno y otro lado en una especie de movimiento sinuoso.

Sin duda estaban enjambrando.

«Enjambrar» era un término que describía el comportamiento de ciertos insectos sociales como las hormigas y las abejas, que enjambraban siempre que la colmena se trasladaba. Una nube de abejas vuela alternativamente en una y otra dirección, formando un río oscuro en el aire. El enjambre podía parar y adherirse a un árbol durante quizá una hora, quizá una noche entera, antes de reanudar su camino. Al final, las abejas establecían la colmena en una nueva ubicación y dejaban de enjambrar.

En los últimos años los programadores habían escrito programas tomando como modelo el comportamiento de los insectos. Los algoritmos de inteligencia en enjambre se habían convertido en una importante herramienta de programación. Para los programadores, un enjambre equivalía a una población de agentes que actuaban de manera conjunta para resolver un problema mediante inteligencia distribuida. El proceso de enjambrar pasó a ser una forma habitual de organizar agentes para trabajar en cooperación. Existían organizaciones profesionales y congresos dedicados por completo a los programas de inteligencia en enjambre. Recientemente era ya una especie de solución por defecto: si uno no conseguía codificar algo más ingenioso, enjambraba a sus agentes.

Pero mientras observaba, noté que aquella nube no enjambraba de un modo corriente. Aparentemente el sinuoso vaivén solo formaba parte de su movimiento. Se apreciaba también una expansión y contracción rítmicas, una palpitación, casi como si respirase. Y de manera intermitente la nube parecía hacerse menos densa y elevarse, para luego bajar otra vez y concentrarse. Estas alteraciones se producían continuamente, pero con un ritmo repetitivo, o más bien en una serie de ritmos superpuestos.

-¡Mierda! -exclamó Ricky-. No veo los otros. Y sé que no está solo. -Volvió a pulsar el botón de la radio-. ¿Vince? ¿Ves algún otro?

-No, Ricky.

-¿Dónde están los otros? ¿Chicos? Hablad.

Las radios crepitaron desde distintos puntos de la fábrica.

-Ricky, está solo -dijo Bobby Lembeck.

-No puede estar solo.

-Ricky, ahí fuera no se detecta nada más -confirmó Mae Chang.

-Hay un solo enjambre -dijo David Brooks.

-¡No puede estar solo! -Ricky apretaba la radio con tal fuerza que sus dedos perdieron el color. Pulsó el botón-. ¿Vince? Aumenta a cuarenta y ocho la PPI.

-¿Estás seguro?

-Hazlo.

-Bueno, de acuerdo, si realmente crees...

-¡Ahórrate los comentarios y hazlo!

Ricky le había pedido que aumentara la presión positiva en el interior del edificio a cuarenta y ocho kilopascales. Todas las instalaciones donde se requerían un alto grado de asepsia mantenían cierta presión positiva para evitar la entrada de partículas de polvo; estas eran arrastradas hacia fuera por el aire expulsado a causa de la diferencia de presiones interior y exterior. Pero para ello bastaba con diez o quince kilopascales. Cuarenta y ocho kilopascales eran excesivos. No hacía falta tanta presión positiva para impedir el paso de partículas pasivas.

Pero naturalmente aquellas no eran partículas pasivas.

Observando la nube arromolinarse y ondular mientras se aproximaba, vi que de vez en cuando el sol se reflejaba en algunos puntos de modo que adquiría un color plateado iridiscente. Al cabo de un momento el color se desvanecía, y el enjambre volvía a ser negro. Debía de ser el reflejo de la luz en las láminas piezoeléctricas. En todo caso, demostraba que las microunidades, por separado, tenían una gran movilidad, puesto que nunca se volvía plateada toda la nube al mismo tiempo, sino solo porciones o franjas.

-¿No decías que el Pentágono os había retirado el proyecto porque no podíais controlar este enjambre con viento?

-Así es. No podíamos.

-Pero en los últimos días debe de haber soplado el viento con fuerza en algún momento.

-Claro. Normalmente el viento se levanta al atardecer. Ayer alcanzó los diez nudos.

-¿Por qué no se disgregó el enjambre?

-Porque ha aprendido a protegerse -contestó Ricky sombríamente-. Se ha adaptado al viento.

-¿Cómo?

-Obsérvalo con atención y probablemente lo verás. A cada racha de viento, el enjambre desciende, flota cerca del suelo. Cuando el viento amaina, vuelve a elevarse.

-¿Es comportamiento emergente?

-Sí. Nadie lo programó. -Se mordió el labio. ¿Mentía otra vez?

-Estás diciéndome, pues, que ha aprendido...

-Sí, sí.

-¿Cómo aprende? Los agentes no tienen memoria.

-Esto... bueno, es largo de contar -dijo Ricky.

-¿Tienen memoria?

-Sí, tienen memoria. Limitada. La incorporamos. -Ricky apretó el botón de la radio-. ¿Se oye algo?

El aparato volvió a crepitar, y se oyeron las respuestas:

-Todavía no.

-Nada.

-¿Ningún ruido?

-Aún no.

-¿Hace ruido? -pregunté a Ricky.

-No estamos seguros. A veces da esa impresión. Hemos intentado grabarlo. -Tecleó en el terminal, variando rápidamente las imágenes del monitor, agrandándolas una tras otra. Movió la cabeza en un gesto de negación-. Esto no me gusta. Ese enjambre no puede estar solo. Quiero saber dónde están los otros.

-¿Cómo sabes que hay otros?

-Porque siempre los hay. -Tenso, siguió mordisqueándose el labio con la vista fija en el monitor-. Me pregunto qué se propondrá ahora...

No tuvimos que esperar mucho. En cuestión de segundos el enjambre negro se había acercado a unos metros del edificio. De pronto, se dividió en dos y luego volvió a dividirse. Ya había tres enjambres, girando uno al lado del otro.

-Hijo de puta -dijo Ricky-. Escondía en su interior a los otros. -Volvió a apretar el botón-. Chicos, ahí tenemos a los tres. Y están cerca.

De hecho, se hallaban tan cerca que no era posible verlos a través de la cámara a ras de suelo. Ricky cambió a la vista de las cámaras superiores. Vi tres nubes negras, todas desplazándose lateralmente junto al edificio. El comportamiento parecía tener un objetivo claro.

-¿Qué intentan hacer? -pregunté.

-Entrar -contestó Ricky.

-¿Por qué?

-Tendrás que preguntárselo a ellos. Pero ayer uno...

De un grupo de cactus cercano al edificio salió de repente un tapetí y se echó a correr por el desierto. Inmediatamente los tres enjambres giraron y fueron en su persecución.

Ricky cambió la imagen del monitor. De nuevo teníamos una vista a ras de suelo. Las tres nubes convergían en el aterrorizado tapetí, que corría rápidamente, un borrón blancuzco en la pantalla. Las nubes lo seguían a sorprendente velocidad. El comportamiento era evidente: estaban cazando.

Sentí por un instante un orgullo irracional. PREDPRESA funcionaba perfectamente. Aquellos enjambres bien podrían haber sido leonas tras una gacela, tan resuelto era su comportamiento. Los enjambres giraron bruscamente y luego se separaron, cortando la huida al tapetí a izquierda y derecha. Sin duda el comportamiento de las tres nubes parecía ordenado. En ese momento estaban cercando a la presa.

Y súbitamente uno de los enjambres se abatió y envolvió al tapetí. Los otros dos se precipitaron sobre el animal segundos después. La nube de partículas resultante era tan densa que ya apenas podía verse al tapetí. Aparentemente había rodado y estaba cara arriba, porque vi las patas traseras sacudiéndose espasmódicamente en el aire, por encima de la propia nube.

-Están matándolo -comenté.

-Sí -dijo Ricky, asintiendo con la cabeza-. Exacto.

-Pensaba que era un enjambre cámara.

-Sí, bueno...

-¿Cómo lo matan?

-No lo sabemos, Jack. Pero es una muerte rápida.

Arrugué la frente.

-¿Así que ya habéis visto esto antes?

Ricky titubeo, se mordió el labio. Mantuvo la mirada fija en la pantalla, sin contestar.

-Ricky, ¿ya habéis visto esto antes?

Dejó escapar un largo suspiro.

-Sí. Bueno, ayer fue la primera vez. Ayer mataron a una serpiente de cascabel.

Pensé: «Ayer mataron a una serpiente de cascabel».

-¡Por Dios, Ricky! -exclamé.

Recordé la conversación de los hombres del helicóptero sobre los animales muertos. Me pregunté si Ricky me contaba todo lo que sabía.

-Sí.

El tapetí ya no pataleaba. La única pata visible temblaba con ligeras convulsiones, hasta que por fin quedó inmóvil. La nube se arremolinó a baja altura en torno al animal, elevándose y descendiendo ligeramente. Esto se prolongó durante casi un minuto.

-¿Qué hacen ahora? -dije.

Ricky movió la cabeza en un gesto de negación.

-No estoy seguro. Pero también esto lo habían hecho antes.

-Casi parece que estén comiéndoselo.

-Lo sé -dijo Ricky.

Naturalmente eso era absurdo. PREDPRESA no era más que una analogía biológica. Mientras observaba aquella nube palpitante, se me ocurrió que ese comportamiento podía representar un bloqueo del programa. No recordaba exactamente qué pautas habíamos escrito para unidades individuales una vez alcanzado el objetivo. Los auténticos depredadores, claro está, devoraban a su presa, pero no existía un comportamiento análogo para estos microrrobots. Así que quizá la nube simplemente se arremolinaba confusamente. En tal caso, pronto debía empezar a moverse otra vez.

Normalmente, cuando un programa de inteligencia distribuida se bloqueaba, era un fenómeno pasajero. Tarde o temprano, influencias ambientales casuales inducían a actuar a suficientes unidades para que todas actuaran también. Luego el programa empezaba a funcionar de nuevo. Las unidades reanudaban la búsqueda del objetivo.

Este comportamiento se asemejaba poco más o menos a lo que uno veía en una sala de congresos una vez concluida la conferencia. El público permanecía allí un rato, desperezándose, charlando, saludando amigos, recogiendo los abrigos y demás pertenencias. Solo unos cuantos se marchaban en el acto, y la masa principal no les prestaba atención. Pero después de irse determinado porcentaje de los asistentes, los restantes dejaban de entretenerse y empezaban a salir rápidamente. Era una especie de desplazamiento de la atención.

Si yo estaba en lo cierto, vería algo semejante en el comportamiento de la nube. Los remolinos perderían su aspecto coordinado; se elevarían en el aire grupos dispersos de partículas. Solo entonces se movería la nube principal.

Eché un vistazo al reloj del ángulo del monitor.

-¿Cuánto tiempo lleva así?

-Unos dos minutos.

Eso no era demasiado tiempo para un bloqueo, pensé. Cuando escribíamos PREDPRESA, utilizamos en cierto punto el ordenador para simular un comportamiento coordinado de agentes. Después de un bloqueo siempre reiniciábamos, pero al final decidimos esperar para ver si el programa realmente se había bloqueado de manera permanente. Descubrimos que el programa podía bloquearse hasta doce horas seguidas antes de reactivarse y volver a la vida. De hecho, ese comportamiento interesaba a los neurocientíficos porque...

-Ya se ponen en marcha -dijo Ricky.

Y así era. Los enjambres empezaban a elevarse apartándose del tapetí muerto. De inmediato vi que mi teoría era errónea. No había grupos dispersos de partículas. Las tres nubes ascendieron juntas, de manera homogénea. El comportamiento parecía totalmente controlado y en absoluto fortuito. Las nubes giraron por separado durante un momento y luego se fundieron en una sola. El sol se reflejó con destellos plateados. El tapetí yacía inmóvil sobre el costado.

Y a continuación el enjambre se alejó velozmente y se adentró en el desierto. Dirigiéndose hacia el horizonte, se volvió cada vez más pequeño. Al cabo de unos instantes había desaparecido.

Ricky me observaba.

-¿Tú qué opinas?

-Tenéis un nanoenjambre robótico en fuga, que algún idiota ha dotado de autoabastecimiento de energía y autonomía.

-¿Crees que podemos recuperarlo?

-No -contesté-. Por lo que he visto, no existe la menor posibilidad.

Ricky suspiró y sacudió lo cabeza desesperado.

-Pero sin duda podéis deshaceros de él -añadí-. Podéis matarlo.

-¿Podemos?

-Por supuesto.

-¿De verdad? -Se le iluminó el rostro.

-Por supuesto. -Y así lo pensaba. Estaba convencido de que Ricky exageraba el problema. No lo había pensado a fondo. No había hecho todo lo posible.

Tenía la certeza de que podía destruir en poco tiempo el enjambre fugitivo. Esperaba dar por zanjado el asunto al amanecer del día siguiente, como mucho.

Tan escasa era la comprensión que tenía de mi adversario.

DÍA 6

10.11

Pensando en retrospectiva, tenía razón respecto a una cosa: era de vital importancia saber cómo había muerto el tapetí. Naturalmente conocía ya la razón. Sabía también por qué había sido atacado el tapetí. Pero ese primer día en el laboratorio no tenía la menor idea de qué había ocurrido. Y no habría podido adivinar la verdad.

Ninguno de nosotros podría, en aquel punto.

Ni siquiera Ricky.

Ni siquiera Julia.

Hacía diez minutos que los enjambres se habían ido y estábamos todos de pie en el cuarto de almacenamiento. Todo el grupo se había reunido allí, tenso y ansioso. Me observaron mientras me prendía un radiotransmisor en el cinturón y me colocaba unos auriculares en la cabeza. Los auriculares iban acoplados a unas gafas de sol con una videocámara montada junto al ojo izquierdo. Tardamos un rato en conseguir que el videotransmisor funcionara correctamente.

-¿En serio vas a salir? -preguntó Ricky.

-Sí -contesté-. Quiero saber qué le ha pasado a ese tapetí. -Me moví hacia los otros-. ¿Quién viene conmigo?

Nadie se movió. Bobby Lembeck, con las manos en los bolsillos, fijó la mirada en el suelo. David Brooks parpadeó rápidamente y desvió la vista. Ricky se examinaba las uñas. Miré a Rosie Castro a los ojos. Negó con la cabeza.

-Ni por asomo, Jack.

-¿Por qué no, Rosie?

-Tú mismo lo has visto. Están cazando.

-¿Ah, sí?

-Desde luego eso es lo que parece.

-Rosie, no es esto lo que aprendiste conmigo -dije-. ¿Cómo pueden cazar los enjambres?

-Todos lo hemos visto. -Echó el mentón al frente en actitud obstinada-. Los tres enjambres, cazando, coordinados.

-Pero ¿cómo? -insistí.

Aparentemente confusa, frunció el entrecejo.

-¿Qué estás preguntándome? No hay ningún misterio. Los agentes se comunican. Cada uno de ellos puede generar una señal eléctrica.

-Exacto -dije-. ¿Una señal de qué intensidad?

-Bueno... -Se encogió de hombros.

-¿De qué intensidad, Rosie? No puede ser mucha. El agente tiene solo una centésima parte del grosor de un cabello humano. No puede generar una señal muy intensa, ¿verdad?

-No...

-Y la radiación electromagnética disminuye en proporción al cuadrado del radio, ¿no?

Todos los estudiantes aprendían ese principio en las clases de física de secundaria. A medida que aumentaba la distancia respecto a la fuente electromagnética, se desvanecía la fuerza cada vez más deprisa.

Y eso implicaba que los agentes individuales solo podían comunicarse con sus vecinos inmediatos, con agentes muy próximos a ellos. No con otros enjambres a veinte o treinta metros de distancia.

Rosie arrugó aún más la frente. Ahora todos cruzaban inquietas miradas con expresión ceñuda.

David Brooks carraspeó.

-Y entonces, Jack, ¿qué hemos visto?

-Una ilusión -respondí con firmeza-. Habéis visto tres enjambres actuando de manera independiente y os ha parecido que estaban coordinados. Pero no es así. Y estoy casi seguro de que muchas otras cosas que creéis acerca de estos enjambres tampoco son verdad.

Había muchas aspectos que no comprendía acerca de los enjambres, y cosas a las que no daba crédito. No creía, por ejemplo, que los enjambres se reprodujeran. Pensaba que Ricky y los demás debían de estar muy nerviosos para concebir algo así. Al fin y al cabo, los veinticinco kilos de emanaciones que se habían liberado en el medio ambiente podían corresponderse fácilmente con los tres enjambres que habíamos visto... y otras varias docenas más. (Según mis cálculos, cada enjambre se componía aproximadamente de un kilo y medio de nanopartículas. Ese era poco más o menos el peso de un enjambre de abejas grande.)

En cuanto al hecho de que estos enjambres actuaran con un objetivo, no era en absoluto preocupante; era el resultado previsto de la programación a bajo nivel. Y no creía que los enjambres estuvieran coordinados. Sencillamente no era posible, porque los campos eran demasiado débiles.

Tampoco creía que los enjambres tuvieran la capacidad de adaptación que Ricky les atribuía. Había visto demasiadas demostraciones de robots realizando una tarea -como, por ejemplo, colaborar para empujar una caja por una habitación- que los observadores tomaban por comportamiento inteligente, cuando de hecho los robots eran estúpidos, estaban programados mínimamente y cooperaban por casualidad. Gran parte del comportamiento parecía más inteligente de lo que era. (Como Charley Davenport decía, «Ricky debía dar gracias a Dios por eso».)

Y por último no creía que los enjambres fueran peligrosos. No pensaba que una nube de nanopartículas de un kilo y medio pudiera representar una gran amenaza para nada, ni siquiera para un tapetí. No tenía ni mucho menos la certeza de que lo hubieran matado. Me parecía recordar que los tapetíes eran criaturas nerviosas, propensas a morir de miedo. O quizá las partículas habían penetrado en la nariz y la boca, obstruyendo los conductos respiratorios y asfixiando al animal. De ser así, la muerte era accidental, no intencionada. Le veía más sentido a la posibilidad de una muerte accidental.

En resumen, opinaba que Ricky y los demás habían malinterpretado lo que veían. Se habían asustado.

Por otra parte, debía admitir que me inquietaban varias preguntas sin respuesta.

La primera, y más evidente, era por qué el enjambre había escapado a su control. El enjambre cámara original estaba diseñado para controlarse mediante un transmisor de radiofrecuencia dirigido hacia él. Ahora, en apariencia, el enjambre no atendía las órdenes transmitidas por radio, y no entendía por qué. Sospechaba que se trataba de un error de fabricación. Probablemente las partículas se habían creado de manera incorrecta.

En segundo lugar, estaba la duda de la longevidad del enjambre. Las partículas individuales eran en extremo pequeñas y estaban sujetas a deterioro a causa de los rayos cósmicos, la descomposición fotoquímica, la deshidratación de sus cadenas proteicas y otros factores medioambientales. En los rigores del desierto, todos los enjambres deberían haberse consumido y muerto de «viejos» muchos días atrás. Pero no había sido así. ¿Por qué no?

En tercer lugar, estaba la cuestión del aparente objetivo del enjambre. Según Ricky, los enjambres volvían una y otra vez al edificio principal. Ricky creía que intentaban entrar. Pero ese no parecía un objetivo lógico para los agentes, y yo quería comprobar el código del programa para ver qué lo causaba. Sinceramente, sospechaba que había un fallo en el código.

Y por último quería saber por qué habían perseguido al tapetí, ya que PREDPRESA no programaba las unidades para convertirse en depredadores literales; simplemente utilizaba como modelo a los depredadores para mantener a los agentes concentrados y orientados a un objetivo. Por alguna razón, eso se había alterado, y ahora daba la impresión de que los enjambres cazaban realmente.

Probablemente eso también era un fallo en el código.

Desde mi punto de vista, todas estas incertidumbres se reducían a una única pregunta central: ¿Cómo había muerto el tapetí? No creía que lo hubieran matado. Sospechaba que la muerte del tapetí era accidental, no intencionada.

Pero era necesario comprobarlo.

Me ajusté los auriculares, con las gafas de sol y la videocámara montada junto al ojo izquierdo. Cogí la bolsa de plástico para introducir el cuerpo del tapetí y me volví hacia los demás.

-¿Me acompaña alguien?

Siguió un incómodo silencio.

-¿Para qué es la bolsa? -preguntó Ricky.

-Para traer al tapetí.

-Ni hablar -dijo Ricky-. Si quieres salir, es asunto tuyo. Pero no traigas aquí a ese tapetí.

-No hablas en serio.

-Sí hablo en serio. Jack, este es un ambiente aséptico de nivel seis. Ese tapetí está sucio. No puede entrar.

-De acuerdo. Si es así, podemos dejarlo en el laboratorio de Mae y...

-Ni hablar, Jack. Lo siento. No puede pasar del primer compartimiento estanco.

Miré a los otros. Todos expresaron su respaldo con gestos de asentimiento.

-Muy bien, pues. Lo examinaré fuera.

-¿De verdad vas a salir?

-¿Por qué no? -Los miré sucesivamente-. Debo deciros, chicos, que creo que estáis todos muy confusos. La nube no es peligrosa. Y sí, voy a salir. -Me volví hacia Mae-. ¿Tienes algún kit de disección?

-Te acompaño -dijo en voz baja.

-Bueno, gracias.

Me sorprendió que Mae fuera la primera en aceptar mi punto de vista. Pero, como bióloga de campo, probablemente estaba mejor preparada que los demás para evaluar los riesgos del mundo real. En todo caso, su decisión pareció disolver un poco la tensión del ambiente; los otros se relajaron visiblemente. Mae fue a buscar los instrumentos de disección y equipo de laboratorio. En ese momento sonó el teléfono. Vince contestó y se volvió hacia mí.

-¿Conoces a una mujer llamada doctora Ellen Forman?

-Sí. -Era mi hermana.

-Está al teléfono.

Vince me entregó el auricular y se apartó. Me invadió un repentino nerviosismo. Eché un vistazo a mi reloj. Eran las once de la mañana, la hora de la siesta matutina de Amanda. En esos momentos debía de estar dormida en su cuna. Recordé entonces que le había prometido a mi hermana que llamaría a las once para ver cómo iba todo.

-¿Sí? ¿Ellen? ¿Todo en orden?

-Sí, claro. -Un larguísimo suspiro-. Todo en orden. Simplemente no sé cómo te las arreglas.

-¿Cansada?

-Cansada como nunca lo había estado.

-¿Se han marchado los niños al colegio?

Otro suspiro.

-Sí. En el coche Eric le ha pegado a Nicole en la espalda, y ella le ha dado un puñetazo en la oreja.

-Cuando empiezan con eso, Ellen, tienes que obligarlos a cortar.

-Eso estoy viendo -contestó con hastío.

-¿Y la pequeña? ¿Cómo está del sarpullido?

-Mejor. Estoy poniéndole la pomada.

-¿Y qué tal sus movimientos?

-Perfectamente. Tiene mucha coordinación para su edad. ¿Hay algún problema del que debería estar enterada?

-No, no -contesté. Volví la espalda al grupo y bajé la voz-. Me refería a si hace caca bien.

Detrás de mí oí reírse a Charley Davenport.

-En abundancia -contestó Ellen-. Ahora está dormida. La he llevado un rato al parque. Estaba rendida. Todo va bien en casa. Excepto que el piloto del calentador se ha apagado, pero ya viene el técnico a arreglarlo.

-Bien, bien... oye, Ellen, ahora estoy ocupado...

-Jack, Julia ha telefoneado desde el hospital hace unos minutos. Te buscaba.

-Ajá...

-Cuando le he dicho que estabas en Nevada, se ha alterado mucho.

-¿Ah, sí?

-Ha dicho que tú no lo entendías y que ibas a empeorar las cosas. Algo así. Me parece que vale más que la llames. La he notado muy nerviosa.

-De acuerdo, la llamaré.

-¿Qué tal van las cosas por ahí? ¿Volverás esta noche?

-Esta noche, no -contesté-. Mañana por la mañana en algún momento. Ellen, ahora tengo que dejarte.

-Si puedes, llama a los niños a la hora de la cena. Les gustará saber de ti. La tía Ellen está bien, pero no es su papá. Ya sabes a qué me refiero.

-Muy bien. ¿Cenaréis a las seis?

-Más o menos.

Le dije que intentaría telefonear y colgué.

Mae y yo estábamos ante la doble pared de cristal del compartimiento estanco exterior, a la entrada del edificio. Al otro lado del cristal, veía la puerta contraincendios de acero macizo que daba al exterior. Ricky estaba con nosotros, sombrío e intranquilo, observándonos mientras hacíamos los últimos preparativos.

-¿Estás seguro de que esto es necesario? ¿Salir?

-Es vital.

-¿Por qué no esperáis tú y Mae hasta la noche y salís entonces?

-Porque el tapetí ya no estará -contesté-. Por la noche, habrán venido los coyotes o los halcones y se habrán llevado el cuerpo.

-No creas -dijo Ricky-. No vemos coyotes por aquí desde hace tiempo.

-¡Demonios! -exclamé con impaciencia, conectando los auriculares-. En el rato que llevamos aquí hablando podríamos haber salido y vuelto a entrar. Hasta luego, Ricky.

Crucé la puerta de cristal y me detuve en el interior del compartimiento estanco. La puerta se cerró con un silbido a mis espaldas. Oí el breve zumbido ya familiar de las unidades de aire, y luego se abrió el otro panel de cristal. Me dirigí hacia la puerta de acero. Al volverme, vi a Mae entrar en el compartimento estanco.

Entreabrí la puerta contraincendios. La luz áspera e intensa proyectó una ardiente banda en el suelo. Noté el aire caliente en la cara. Por el intercomunicador Ricky dijo:

-Buena suerte, chicos.

Tomé aire, empujé la puerta y salí al desierto.

El viento había amainado, y el calor de media mañana era sofocante. En algún sitio gorjeó un pájaro; por lo demás, reinaba el silencio. De pie junto a la puerta, entorné los ojos ante el resplandor del sol. Un escalofrío me recorrió la espalda. Volví a respirar hondo.

Tenía la convicción de que los enjambres no eran peligrosos. Sin embargo una vez fuera mis inferencias teóricas parecieron perder fuerza. Debía de habérseme contagiado la tensión de Ricky, porque sentía una clara inquietud. Ahora que estaba fuera, el tapetí muerto se me antojaba mucho más lejos de lo que había imaginado. Estaba quizá a cincuenta metros de la puerta, la mitad de la longitud de un campo de fútbol. Alrededor, el desierto parecía un lugar inhóspito y desprotegido. Recorrí el trémulo horizonte con la mirada en busca de formas negras. No vi ninguna.

La puerta de acero se abrió detrás de mí, y Mae dijo:

-Cuando quieras, Jack.

-Vamos, pues.

Nos encaminamos hacia el tapetí; oyendo crujir la arena del desierto bajo los pies. Nos alejamos del edificio. Casi de inmediato el corazón me latió con fuerza y empecé a sudar. Me obligué a respirar hondo y despacio, esforzándome por conservar la calma. El sol me abrasaba la cara. Era consciente de que me había dejado asustar por Ricky, pero no podía evitarlo. Una y otra vez dirigía la mirada hacia el horizonte.

Mae me seguía a un par de pasos.

-¿Cómo va? -pregunté.

-Me alegraré cuando hayamos terminado.

Avanzábamos entre nopales amarillos que nos llegaban a la altura de la rodilla. El sol se reflejaba en sus espinas. Aquí y allá, un enorme cactus barril se alzaba de la tierra como un erizado pulgar verde.

Unos cuantos pájaros pequeños y silenciosos brincaban por el suelo, bajo los nopales. Cuando nos acercamos, levantaron el vuelo, manchas en movimiento contra el cielo azul.

Volvieron a posarse a unos cien metros.

Por fin llegamos junto al tapetí, rodeado por una nube negra y zumbante. Sobresaltado, vacilé.

-Son solo moscas -aseguró Mae.

Indiferente a las moscas, se adelantó y se agachó al lado del animal muerto. Se puso un par de guantes de goma y me entregó a mí otro par. Extendió una lámina de plástico en la tierra y la aseguró con una piedra en cada esquina. Cogió el tapetí y lo colocó en el centro del plástico. Corrió la cremallera de un pequeño kit de disección y lo abrió. Vi brillar bajo el sol los instrumentos de acero: fórceps, escalpelo, varias clases de tijeras. Dispuso también una jeringuilla y varios tubos de ensayo con tapones de goma en fila. Sus movimientos eran rápidos y expertos. Ya había hecho aquello antes.

Me agaché junto a ella. El cuerpo del animal no despedía olor alguno. Externamente nada revelaba cuál podía haber sido la causa de la muerte. El ojo abierto tenía un aspecto rosado y saludable.

-¿Bobby? -preguntó Mae-. ¿Recibes imagen?

-Inclina la cámara hacia abajo -oí decir a Bobby Lembeck.

Mae ajustó la cámara montada en las gafas.

-Un poco más... Un poco más... Bien. Así.

-De acuerdo -dijo Mae. Dio la vuelta al tapetí entre las manos, inspeccionándolo desde todos los ángulos. Apresuradamente, dictó-: En el examen externo, el animal parece por completo normal. No hay señales de enfermedad o anomalía congénita; tiene el pelo espeso y saludable en apariencia. Los conductos nasales están parcial o totalmente obstruidos. Noto un poco de materia fecal excretada en el ano, pero supongo que es resultado de una evacuación normal en el momento de la muerte.

Colocó al animal cara arriba en el plástico y separó las patas delanteras con las manos.

-Necesito tu ayuda, Jack.

Quería que sujetara las patas. El cuerpo aún estaba caliente y no había empezado a endurecerse.

Cogió el escalpelo y cortó rápidamente el vientre expuesto. Se abrió una hendidura roja entre el pelo y fluyó la sangre. Vi los huesos de la caja torácica y partes de intestino rosado. Mae hablaba continuamente mientras sajaba, fijándose en el color y la textura de los tejidos.

-Sujeta aquí -me dijo, y bajé la mano para mantener a un lado el resbaladizo intestino.

De un solo tajo de escalpelo, seccionó el estómago. Salió un líquido verde y denso, y cierta pulpa que parecía fibra a medio digerir. La pared interior del estómago parecía áspera, pero Mae dijo que era normal. Recorrió la pared del estómago expertamente con la yema del dedo y de pronto se detuvo.

-Mmm. Mira aquí -dijo.

-¿Qué?

-Aquí. -Señaló con el dedo. En varios puntos el estómago presentaba un color rojizo y sangraba un poco, como si estuviera en carne viva. Vi manchas negras en medio de la sangre. Mae explicó-: Esto no es normal. Es patología. -Cogió una lupa y miró de cerca. Al cabo de un momento volvió a dictar-: Observo áreas oscuras de entre cuatro y ocho milímetros de diámetro aproximadamente, que son, supongo, grupos de nanopartículas presentes en el revestimiento del estómago. Estos grupos se encuentran en asociación con una leve hemorragia de la pared biliar.

-¿Hay nanopartículas en el estómago? -pregunté-. ¿Cómo han llegado ahí? ¿Se las ha comido el tapetí? ¿Las ha tragado involuntariamente?

-Lo dudo. Supongo que han entrado activamente.

Fruncí el entrecejo.

-Quieres decir que han descendido por el...

-Esófago. Sí. Al menos, eso creo.

-¿Por qué iban a hacer una cosa así?

-No lo sé.

En ningún momento interrumpía su rápida disección. Cogió unas tijeras y cortó hacia arriba por el esternón; luego separó ambas mitades de la caja torácica con los dedos.

-Sujeta aquí.

Desplacé la mano libre para mantener separadas las costillas como ella había indicado. Los huesos tenían los bordes afilados. Con la otra mano sujetaba las patas traseras. Mae trabajó entre mis manos.

-Los pulmones presentan firmeza y color rosa vivo, aspecto normal. -Cortó un lóbulo con el escalpelo y siguió cortando hasta dejar a la vista el tubo bronquial. Lo abrió también. Estaba negro por dentro.

-Los bronquios aparecen infestados de nanopartículas, lo cual confirma la inhalación de elementos del enjambre -continuó, dictando-. ¿Recibes, Bobby?

-Lo recibo todo. La resolución de la imagen es buena.

Mae continuó cortando en dirección ascendente.

-Sigo el árbol bronquial hacia la garganta... -Y continuó cortando. Entró en la garganta y luego desde la nariz retrocedió a través del carrillo hasta la boca. Tuve que apartar la vista un momento. Pero ella siguió dictando tranquilamente-. Observo una considerable infiltración de todos los conductos nasales y la faringe. Esto indica una obstrucción parcial o total de las vías respiratorias, lo cual a su vez puede ser la causa de la muerte.

Volví a mirar.

-¿Cómo?

La cabeza del tapetí ya era apenas reconocible. Había desprendido la mandíbula y examinaba la garganta.

-Echa un vistazo tú mismo -dijo-. Una densa masa de partículas parece tapar la faringe y da la impresión de que se ha producido una reacción alérgica o...

Ricky la interrumpió:

-Eh, ¿vais a quedaros ahí fuera mucho más tiempo?

-Tanto como sea necesario -contesté. Me volví hacia Mae-. ¿Qué clase de reacción alérgica?

-Fíjate en los tejidos de esta zona, lo hinchados que están, y fíjate en la coloración gris, que indica...

-¿Sois conscientes de que lleváis ahí fuera cuatro minutos? -preguntó Ricky.

-Estamos aquí porque no podemos entrar el tapetí en el edificio -contesté.

-Exacto, no podéis.

Mae movió la cabeza en un gesto de negación al escucharlo.

-Ricky, no nos ayudas...

-No muevas la cabeza, Mae -dijo Bobby-. Desplazas la cámara.

-Lo siento.

Pero la vi levantar la cabeza, como si mirara al horizonte, y al hacerlo, destapó un tubo de ensayo e introdujo una porción de revestimiento del estómago. Se lo guardó en el bolsillo. Luego volvió a bajar la vista. A través del vídeo nadie vio lo que había hecho.

-Muy bien -dijo-, ahora tomaremos muestras de sangre.

-Sangre es lo único que vais a traer aquí dentro -dijo Ricky.

-Sí, Ricky. Ya lo sabemos.

Mae cogió la jeringuilla, clavó la aguja en una arteria, extrajo una muestra de sangre, la vertió en un tubo de plástico, desprendió la aguja con una sola mano, colocó otra, y extrajo una segunda muestra de una vena. En ningún momento aminoró el ritmo de trabajo.

-Tengo la sensación de que ya has hecho esto antes -comenté.

-Esto no es nada. En Sichuan, siempre trabajábamos en medio de inmensas ventiscas. No veíamos lo que hacíamos, se nos helaban las manos, los animales estaban congelados, era imposible clavar una aguja... -Dejó aparte los tubos de sangre-. Ahora solo falta tomar unos cultivos y habremos acabado. -Abrió su maletín y miró dentro-. ¡Vaya! Mala suerte.

-¿Qué pasa? -pregunté.

-Las torundas para cultivo no están aquí.

-Pero ¿los tenías ahí?

-Sí, estoy segura.

-Ricky, ¿ves las torundas por algún sitio? -pregunté.

-Sí están aquí, junto al compartimiento estanco.

-¿Podrías traérnoslas?

-Sí, claro. -Soltó una áspera carcajada-. No voy a salir ahí en pleno día por nada del mundo. Si las queréis, venid a buscarlas.

-¿Quieres ir? -me preguntó Mae.

-No -contesté. Estaba sujetando al animal; tenía las manos en posición-. Ve tú. Yo esperaré aquí.

-De acuerdo. -Se puso en pie-. Procura espantar las moscas. No nos interesa que haya más contaminación de la necesaria. Enseguida vuelvo.

Trotando, se alejó hacia la puerta.

Oí desvanecerse sus pisadas y luego el golpe de la puerta metálica al cerrarse. Después, silencio. Atraídas por el cuerpo abierto del animal, las moscas regresaron en tropel. Zumbando en torno de mi cabeza, intentaban posarse en las entrañas. Solté las patas traseras del tapetí y ahuyenté las moscas con una mano. Ocupado con las moscas, no pensé en la circunstancia de que me hallaba solo allí fuera.

Seguí lanzando miradas a lo lejos pero no veía nada. Continué apartando las moscas, y de vez en cuando rozaba con la mano el pelo del tapetí, y fue entonces cuando advertí que, bajo el pelo, la piel tenía un color rojo intenso.

Rojo intenso, exactamente igual que una quemadura solar. Sentí un escalofrío solo de verlo.

Hablé por el micrófono del auricular.

-¿Bobby?

Ruido de estática.

-Sí, Jack.

-¿Ves el tapetí?

-Sí, Jack.

-¿Ves la rojez de la piel? ¿Estás registrándolo?

-Ah, espera un momento.

Oí un leve susurro junto a la sien. Bobby controlaba a distancia la cámara, acercando la imagen con el zoom. El susurro se detuvo.

-¿Ves esto? -pregunté-. ¿A través de mi cámara?

No hubo respuesta.

-¿Bobby?

Oí murmullos, cuchicheos. O quizá era estática.

-Bobby, ¿estás ahí?

Silencio. Oí una respiración.

-Esto..., ¿Jack? -Era la voz de David Brooks-. Vale más que entres.

-Mae aún no ha vuelto. ¿Dónde está?

-Mae está dentro.

-He de esperarla. Va a tomar los cultivos...

-No, entra ya, Jack.

Solté el tapetí y me puse en pie. Miré alrededor, observé el horizonte.

-No veo nada.

-Están al otro lado del edificio, Jack.

Mantenía la voz serena, pero me recorrió un escalofrío.

-¿Están?

-Entra ya, Jack.

Me incliné para coger las muestras de Mae y su kit de disección. La piel negra del kit estaba caliente por efecto del sol.

-¿Jack?

-Solo un momento...

-Jack, déjate de gilipolleces.

Me dirigí hacia la puerta de acero. La arena del desierto crujió bajo mis pies. No veía nada en absoluto.

Pero oí algo.

Un peculiar sonido, grave y palpitante. Al principio, creí que se trataba de una máquina, pero aumentaba y disminuía, como un latido. Otros latidos se superponían, junto a una especie de silbido, creando un sonido extraño, irreal, distinto a cualquier otra cosa que hubiera oído.

Cuando recuerdo aquellos momentos, creo que fue ese sonido, más que nada, lo que me asustó.

Apreté el paso.

-¿Dónde están? -pregunté.

-Acercándose.

-¿Dónde?

-¿Jack? Vale más que corras.

-¿Cómo?

-Corre.

Aún no veía nada, pero el sonido cobraba intensidad. Empecé a trotar. La frecuencia del sonido era tan baja que lo percibía como una vibración en el cuerpo. Pero también lo oía. Una palpitación irregular y sorda.

-Corre, Jack.

Mierda, pensé.

Y me eché a correr.

Arremolinado y en medio de destellos plateados, el primer enjambre apareció por la esquina del edificio. La sibilante vibración procedía de la nube. Deslizándose junto a la fachada lateral del edificio, avanzaba hacia mí. Llegaría a la puerta mucho antes que yo.

Al volver la vista, vi un segundo enjambre aparecer desde el extremo opuesto del edificio. También este avanzaba hacia mí.

El auricular crepitó. Oí decir a David Brooks:

-Jack, no lo conseguirás.

-Ya lo veo -contesté.

El primer enjambre había llegado ya a la puerta, y se había quedado allí inmóvil, cortándome el paso. Me detuve, sin saber qué hacer. Vi un palo en el suelo frente a mí, uno grande, de más de un metro de largo. Lo cogí y lo blandí.

El enjambre palpitó, pero no se apartó de la puerta.

El segundo enjambre seguía avanzando en dirección a mí.

Era el momento de iniciar una maniobra de distracción. Conocía bien el código de PREDPRESA. Sabía que los enjambres estaban programados para perseguir blancos en movimiento si parecían huir de ellos. ¿Qué serviría como blanco?

Levanté el brazo y lancé el kit de disección negro por el aire, a gran altura, hacia el segundo enjambre. El kit cayó de lado y rodó por la tierra brevemente.

De inmediato el segundo enjambre fue tras él.

En el mismo instante el primer enjambre se apartó de la puerta, también en persecución del kit. Era igual que un perro detrás de una pelota. Sentí un momento de euforia al verlo moverse. Después de todo, no era más que un enjambre programado. Pensé: esto es un juego de niños. Corrí hacia la puerta.

Eso fue un error. Aparentemente mis apresurados movimientos captaron la atención del enjambre, que de inmediato se detuvo y retrocedió hacia la puerta para cortarme de nuevo el paso. Allí se quedó: palpitantes franjas plateadas, como la hoja de un cuchillo brillando bajo el sol.

Cortándome el paso.

Tardé un momento en tomar conciencia del significado de aquello. Mi movimiento no había inducido al enjambre a seguirme. El enjambre no había intentado darme caza en absoluto. En lugar de eso, había ido a cortarme el paso. Preveía mis movimientos.

Eso no estaba en el código. El enjambre estaba inventando un nuevo comportamiento, adecuado a la situación. En lugar de perseguirme, había vuelto atrás y me había acorralado.

Había ido más allá de su programación, mucho más allá. No me explicaba cómo había ocurrido. Pensé que debía de tratarse de una especie de refuerzo aleatorio, porque las partículas individuales disponían de muy poca memoria. La inteligencia del enjambre era forzosamente limitada. No debería ser demasiado difícil superarlo en inteligencia.

Hice ademán de ir a la izquierda y luego a la derecha; la nube me imitó, pero solo por un momento. Después volvió a la puerta, como si supiera que mi objetivo era aquel y le bastara con quedarse allí esperando.

Ese era un comportamiento demasiado inteligente. Debía de haber programación adicional de la que no me habían hablado. Por el auricular pregunté:

-¿Qué demonios habéis hecho con esto?

-No va a dejarte pasar, Jack -aseguró David.

Solo oírselo decir me indignó.

-¿Eso crees? Ya veremos.

El siguiente paso era obvio. Cerca del suelo como estaba, el enjambre era estructuralmente vulnerable. Era un conjunto de partículas apiñadas no mayores que motas de polvo. Si alteraba el conjunto -si rompía su estructura-, las partículas tendrían que reorganizarse, del mismo modo que una bandada dispersa de aves volvería a colocarse en formación en el aire. Eso les requeriría unos segundos como mínimo. Y en ese tiempo conseguiría cruzar la puerta.

Pero ¿cómo alterarlo?

Agité el palo, oyéndolo rehilar, pero evidentemente no servía. Necesitaba algo con una superficie plana mucho mayor, como un remo o una hoja de palmera, algo capaz de crear una considerable ráfaga de aire.

Tenía la mente acelerada. Necesitaba algo.

Algo.

A mis espaldas, se aproximaba la segunda nube. Avanzaba hacia mí con un irregular zigzagueo para atajar cualquier intento por mi parte de escapar. La observé con una especie de horrorizada fascinación. Sabía que tampoco aquello había sido codificado en el programa original. Eso era comportamiento emergente autoorganizado, y su finalidad resultaba muy clara. Estaba acorralándome.

El sonido palpitante aumentó de volumen a medida que el enjambre se acercaba.

Tenía que alterarlo.

Girando en círculo, recorrí el suelo con la mirada. No vi nada que pudiera utilizar. El enebro más cercano estaba demasiado lejos. Los nopales eran demasiado ligeros. Estoy en el desierto, pensé; claro que no hay nada. Eché un vistazo al exterior del edificio con la esperanza de que alguien hubiera dejado fuera una herramienta, quizá un rastrillo o algo así.

Nada.

Nada en absoluto. Estaba allí fuera sin nada más que la camisa, y no había nadie para ayudarme a...

¡Claro!

El auricular crepitó.

-Jack, escucha...

Pero ya no oí nada más. Al sacarme la camisa por la cabeza, el auricular cayó al suelo. A continuación, sosteniendo la camisa en la mano, tracé con ella amplios arcos por el aire y, gritando como un poseso, embestí contra el enjambre situado ante la puerta.

El enjambre vibró con aquel sonido grave y palpitante. Cuando corría hacia él, se dispersó un poco, y de pronto me vi en medio de las partículas y me sumergí en una extraña semioscuridad, como si estuviera en una tormenta de arena. No veía nada. No veía la puerta. Busqué a ciegas el tirador. Me escocían los ojos a causa de las partículas, pero seguía agitando la camisa en amplios arcos. Al cabo de un momento la oscuridad empezó a disiparse. Estaba dispersando la nube, alejando las partículas en todas las direcciones. Mi visibilidad mejoraba, y aún podía respirar normalmente, aunque tenía la garganta seca y dolorida. Empecé a notar millares de minúsculos alfilerazos por todo el cuerpo, pero apenas dolían.

Veía ya la puerta frente a mí. Tenía el tirador a mi izquierda. Seguía agitando la camisa, y de pronto la nube desapareció por completo, casi como si saliera de mi radio de acción. En ese instante crucé la puerta y la cerré a mis espaldas.

Parpadeé en la repentina oscuridad. Apenas veía. Pensé que mi vista se adaptaría después del resplandor del sol y esperé un momento, pero mi visión no mejoró. En realidad, parecía empeorar.

Distinguía vagamente las puertas de cristal del compartimiento estanco justo enfrente. Sentía aún los alfilerazos en la piel. Tenía la garganta seca y la respiración ronca. Tosí. Mi visión se hacía más borrosa. Empecé a marearme.

Al otro lado del compartimiento, estaban Ricky y Mae observándome. Oí gritar a Ricky.

-¡Adelante, Jack! ¡Deprisa!

Me ardían los ojos. La sensación de mareo aumentaba por momentos. Me apoyé contra la pared para no desplomarme. Notaba un nudo en la garganta. Me costaba respirar. Jadeando, aguardé a que las puertas de cristal se abrieran, pero permanecían cerradas. Sin comprender, fijé la mirada en el compartimiento.

-¡Tienes que colocarte de pie frente a la puerta! ¡Erguido!

Tuve la sensación de que el mundo se movía a cámara lenta. Me habían abandonado las fuerzas. Estaba débil y tembloroso. El escozor empeoraba. El espacio se oscurecía. Dudaba que fuera capaz de mantenerme en pie.

-¡Erguido! ¡Jack!

De algún modo conseguí apartarme de la pared y abalanzarme hacia el compartimiento estanco. Con un susurro, las puertas de cristal se abrieron.

-¡Entra, Jack! ¡Ya!

Vi puntos ante mis ojos. Estaba aturdido y tenía náuseas. Tambaleándome, entré en el compartimiento y choqué con el cristal. A cada segundo que pasaba respiraba con mayor dificultad. Era consciente de que estaba asfixiándome.

Fuera del edificio oí de nuevo el sonido grave y palpitante. Me volví lentamente para mirar atrás.

La puerta de cristal se cerró.

Me miré el cuerpo pero apenas pude verlo. Parecía tener la piel negra. Estaba cubierto de polvo. Me dolía todo. También la camisa estaba negra de polvo. Noté el escozor del líquido con que me rociaron y cerré los ojos. Después se pusieron en marcha las unidades de tratamiento de aire con su sonoro zumbido. Vi desaparecer el polvo de la camisa. Mi visión mejoró, pero seguía sin poder respirar. La camisa se me escapó de la mano y quedó adherida a la rejilla del suelo a mis pies. Me agaché para cogerla. Empecé a temblar. Oía solo el ruido de las unidades de aire.

Se me revolvió el estómago. Me flaquearon las rodillas. Me desplomé contra la pared.

Miré a Mae y Ricky a través de la segunda puerta de cristal; parecían muy lejos. Mientras los observaba, retrocedieron aún más. Pronto estaban tan lejos que ya no necesitaba preocuparme más. Sabía que iba a morir. Al cerrar los ojos, caí al suelo y el rugido de las unidades de aire se desvaneció dando paso a un frío y absoluto silencio.

DÍA 6

11.12

-No te muevas.

Algo frío como el hielo recorrió mis venas. Me estremecí.

-Jack. No te muevas. Solo un segundo, ¿de acuerdo?

Algo frío, un líquido frío me ascendió por el brazo. Abrí los ojos. Tenía la luz justo encima, resplandeciente, verdosa. Hice una mueca. Me dolía todo el cuerpo. Me sentía como si me hubieran dado una paliza. Estaba tendido de espaldas en la camilla negra del laboratorio biológico de Mae. Entornando los ojos bajo el resplandor, vi a Mae junto a mí, inclinada sobre mi brazo izquierdo. Me había abierto una vía intravenosa en la sangría.

-¿Qué ocurre?

-Por favor, Jack, no te muevas. Solo había hecho esto con animales de laboratorio.

-Resulta tranquilizador.

Levanté la cabeza para ver qué hacía. Me palpitaron las sienes. Lancé un gemido y volví a apoyar la cabeza.

-¿Te encuentras mal? -preguntó Mae.

-Fatal.

-No me extraña. He tenido que inyectarte tres veces.

-¿Con qué?

-Tenías un shock anafiláctico, Jack. Presentabas una aguda reacción alérgica. Casi se te había cerrado la garganta.

-Una reacción alérgica -repetí-. ¿Era eso?

-Aguda.

-¿A causa del enjambre?

Tras una breve vacilación, respondió:

-Claro.

-¿Causarían las nanopartículas una reacción alérgica así?

-Desde luego sería posible...

-Pero tú no lo crees -la interrumpí.

-No, no lo creo. En mi opinión, las nanopartículas son antigénicamente inertes. Creo que has reaccionado a una toxina coliforme.

-Una toxina coliforme... -El dolor de cabeza me venía a rachas. Tomé aire y lo expulsé lentamente. Intenté entender de qué me hablaba. Mi mente pensaba con lentitud. Una toxina coliforme.

-Sí.

-¿Una toxina de la bacteria
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