Traducción de Carlos Milla Soler




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fecha de publicación06.03.2016
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E. coli lo está devorando?

-Pronto lo sabremos -contestó. Metió la mano en una bolsa y sacó varios tubos de cristal con torundas estériles.

-Pero lleva muy poco tiempo muerto.

-Tiempo suficiente -respondió Mae-. Y las altas temperaturas aceleran el crecimiento. -Raspó los tejidos del animal con una torunda tras otra, volviendo a colocar cada una de ellas en el tubo correspondiente.

-Entonces la Theta-d debe de estar multiplicándose muy agresivamente.

-Las bacterias actúan así si disponen de una buena fuente de nutrientes. Entran en una fase de crecimiento logarítmico en la que se duplican cada dos o tres minutos. Creo que eso está pasando aquí.

-Pero si eso es verdad -dije-, significa que el enjambre...

-No sé qué significa, Jack -se apresuró a decir Mae. Me miró e hizo un leve gesto de negación con la cabeza. El sentido era claro: «Ahora no».

Pero los otros no se dejaron disuadir.

-Mae, Mae, Mae -dijo Charley Davenport-. ¿Estás diciéndonos que los enjambres mataron al tapetí para comérselo? ¿Para desarrollar más E. coli? ¿Y crear más nanoenjambres?

-Yo no he dicho eso, Charley -contestó ella con voz serena, casi tranquilizadora.

-Pero eso es lo que piensas -prosiguió Charley-. Piensas que los enjambres consumen tejidos de mamíferos para reproducirse.

-Sí, eso es lo que pienso, Charley. -Mae guardó cuidadosamente las torundas y se puso en pie-. Pero ahora he tomado cultivos. Los pondremos en luria y agerosa, y ya veremos.

-Me juego algo a que si volvemos dentro de una hora, esa sustancia blanca habrá desaparecido, y veremos formarse algo negro por todo el cuerpo. Nuevas nanopartículas negras. Y al final habrá suficientes para un nuevo enjambre.

Mae asintió con la cabeza.

-Sí, eso creo yo también.

-¿Y por eso han desaparecido los animales en esta zona? -preguntó David Brooks.

-Sí. -Mae se apartó un mechón de pelo de la cara con la mano-. Esto viene ocurriendo desde hace un tiempo.

Se produjo un momento de silencio. Todos permanecimos inmóviles en torno al cuerpo del tapetí, de espaldas al viento. El animal se consumía tan deprisa que casi imaginé verlo ante mis ojos, en tiempo real.

-Vale más que nos libremos de los jodidos enjambres -dijo Charley.

Nos volvimos y nos encaminamos hacia el cobertizo.

Nadie habló.

No había nada que decir.

Mientras avanzábamos, algunos de los pequeños pájaros que brincaban por la arena bajo los nopales alzaron de pronto el vuelo, gorjeando y revoloteando ante nosotros.

-¿Así que no hay aquí ningún animal excepto los pájaros? -dije a Mae.

-Eso parece.

La bandada viró y regresó, posándose en tierra a unos cien metros de distancia.

-Quizá son demasiado pequeños para atraer a los enjambres -aventuró Mae-. En sus cuerpos no hay carne suficiente.

-Puede ser.

Estaba pensando que quizá hubiera otra respuesta. Pero para asegurarme debía verificar el código.

Ya bajo la sombra de las planchas onduladas del cobertizo, pasé junto a la hilera de coches en dirección a la puerta de la unidad de almacenamiento. La puerta estaba cubierta de símbolos de advertencia: radiación nuclear, peligro biológico, microondas, explosivos, radiación láser.

-Ya ves por qué tenemos esta mierda aquí fuera -dijo Charley.

Cuando llegaba a la puerta, Vince anunció:

-Jack, tienes una llamada. Te la paso.

Sonó mi teléfono móvil. Probablemente era Julia. Lo abrí.

-¿Sí?

-Papá. -Era Eric. Con el tono enfático que empleaba cuando estaba nervioso.

Suspiré.

-Sí, Eric.

-¿Cuándo vuelves?

-No estoy seguro.

-¿Llegarás a la hora de cenar?

-Me parece que no. ¿Por qué? ¿Hay algún problema?

-Es una gilipollas.

-Eric, solo dime qué problema...

-La tía Ellen se pone siempre de su lado. No es justo.

-Ahora estoy ocupado, Eric, así que dime...

-¿Por qué? ¿Qué estás haciendo?

-Hijo, dime qué pasa.

-No importa -contestó, malhumorado-. Si no vas a venir, de igual. ¿Dónde estás? ¿En el desierto?

-Sí. ¿Cómo lo sabes?

-He hablado con mamá. La tía Ellen nos ha hecho ir al hospital para verla. No es justo. Yo no quería ir. Me ha obligado de todos modos.

-Ya. ¿Cómo está mamá?

-Va a salir del hospital.

-¿Ya le han hecho todas las pruebas?

-Los médicos querían que se quedara -continuó Eric-. Pero ella quiere marcharse. Solo tiene un brazo escayolado. Dice que no le pasa nada más. ¿Papá? ¿Por qué tengo que hacer siempre lo que dice la tía Ellen? No es justo.

-Déjame hablar con Ellen.

-No está. Ha llevado a Nicole a comprar un vestido nuevo para la obra de teatro.

-¿Quién está contigo en casa?

-María.

-Muy bien -dije-. ¿Has hecho los deberes?

-Todavía no.

-Pues hazlos. Los quiero acabados antes de la cena. -Resultaba asombroso cómo brotaban estas frases de la boca de un padre.

Había llegado ya a la puerta de la unidad de almacenamiento. Observé todos los carteles de peligro. Había varios que no conocía, como un rombo con cuatro cuadrados de distintos colores dentro, cada uno con un número. Mae sacó una llave y abrió la puerta. Entramos.

-¿Papá? -Eric se echó a llorar-. ¿Cuándo vendrás a casa?

-No lo sé -contesté-. Con un poco de suerte mañana.

-Está bien. ¿Me lo prometes?

-Prometido.

Oí sus sollozos y luego un roce de tela contra el teléfono cuando se limpió la nariz con la camisa. Le dije que me llamara más tarde si quería. Ya más tranquilo, dijo que sí y se despidió.

Corté y entré en el edificio de almacenamiento.

El interior se dividía en dos grandes salas con estantes en las cuatro paredes y también en el centro. Paredes de hormigón, suelo de hormigón. En la segunda sala había otra puerta y una persiana de metal ondulado para la descarga de los camiones. Un sol caliente penetraba por las ventanas con marco de madera. El aire acondicionado resonaba ruidosamente pero, como Mae había dicho, dentro hacía calor. Cerré la puerta y eché un vistazo al aislante. Eran simples tiras adhesiva. Desde luego no era un espacio herméticamente cerrado.

Me paseé a lo largo de los estantes, llenos de bandejas con piezas de repuesto para la maquinaria de fabricación y los laboratorios. La segunda sala contenía objetos más corrientes: productos de limpieza, papel higiénico, pastillas de jabón, cajas de cereales y un par de frigoríficos repletos de comida.

Me volví hacia Mae.

-¿Dónde están los isótopos?

-Por aquí.

Rodeando una estantería, me guió hasta una trampilla en el suelo de hormigón. Tenía alrededor de un metro de diámetro. Parecía un contenedor de basura enterrado, excepto por el indicador luminoso y el panel numérico de la cerradura situado en el centro. Mae apoyó una rodilla en tierra y pulsó rápidamente una clave.

La trampilla se levantó con un siseo.

Vi una escalerilla que bajaba a una cámara circular de acero. Los isótopos estaban en recipientes metálicos de distintos tamaños. Al parecer, Mae los distinguía a simple vista, porque dijo:

-Tenemos selenio-172. ¿Lo utilizamos?

-Sí.

Mae empezó a descender por la escalerilla.

-¿Puedes parar de una vez, joder?

En una esquina de la sala David Brooks se apartó de un salto de Charley Davenport. Charley sostenía un enorme atomizador de limpiador Windex. Estaba probando el mecanismo disparador y de paso rociando de agua a David. No parecía un accidente.

-Dame esa mierda -dijo David, arrebatándole el atomizador.

-Creo que servirá -comentó Charley con poca convicción-. Pero necesitaríamos algún mecanismo para controlarlo a distancia.

Desde la primera sala, Rosie preguntó:

-¿Serviría esto? -Levantó un cilindro brillante del que pendían unos cables-. ¿No es un relé selenoide?

-Sí-contestó David-. Pero dudo que pueda ejercer fuerza suficiente para activar el disparador. ¿Tiene información de las características? Necesitamos algo más grande.

-Y no olvides que también hace falta un mando a distancia -dijo Charley-. A menos que quieras quedarte ahí fuera y rociar tú mismo al jodido enjambre.

Mae subió de la cámara con un pesado tubo de metal. Se acercó al fregadero y cogió una botella de un líquido de color paja. Se puso unos gruesos guantes revestidos de goma y empezó a mezclar el isótopo con el líquido. Sobre el fregadero se oía el tableteo de un medidor de radiación.

Por los auriculares, Ricky dijo:

-¿No os olvidáis de una cosa? Aunque consigáis controlarlo a distancia, ¿cómo vais a hacer que la nube se acerque? Porque dudo que el enjambre vaya y se quede quieto mientras lo rociáis.

-Buscaremos algo que lo atraiga -contesté.

-¿Como qué?

-Lo ha atraído el tapetí.

-No tenemos ningún tapetí.

-¿Sabes, Ricky? -dijo Charley-. Eres una persona muy negativa.

-Simplemente os planteo la situación real.

-Gracias por compartirla -respondió Charley.

Al igual que Mae, también Charley se había dado cuenta: Ricky había puesto inconvenientes en todo momento. Daba la impresión de que quisiera mantener vivos los enjambres. Lo cual carecía de sentido. Pero así actuaba.

Le habría dicho algo a Charley sobre Ricky, pero lo habría oído todo el mundo por los auriculares. El lado negativo de las comunicaciones modernas: cualquiera puede escuchar.

-¿Eh, chicos? -Era Bobby Lembeck-. ¿Cómo va?

-Ya casi hemos acabado. ¿Por qué?

-El viento afloja.

-¿Qué velocidad tenemos? -pregunté.

-Quince nudos. Ha bajado desde dieciocho.

-Aún es un viento fuerte -comenté-. No hay peligro.

-Lo sé. Solo os aviso.

Desde la sala contigua, Rosie preguntó:

-¿Qué es la termita? -Tenía en la mano una bandeja de plástico llena de tubos metálicos del tamaño de un pulgar.

-Cuidado con eso -dijo David-. Debió de quedarse aquí tras la construcción. Supongo que hicieron soldadura con termita.

-Pero ¿qué es?

-La termita es aluminio y óxido de hierro -explicó David-. Arde a gran temperatura, a unos mil seiscientos grados, y brilla con tal intensidad que no puede mirarse directamente. Funde el acero para soldadura.

-¿Cuánto tenemos de eso? -pregunté a Rosie-. Porque podríamos utilizarlo esta noche.

-Allí atrás hay cuatro cajas. -Sacó un tubo de la caja-. ¿Y cómo se activa?

-Cuidado, Rosie. Eso es una envoltura de magnesio. Cualquier fuente razonable de calor lo hará entrar en combustión.

-¿Incluso unas cerillas?

-Sí, si quieres perder la mano. Es mejor utilizar bengalas de carretera, algo con una mecha.

-Ya veré -dijo Rosie, y desapareció en la otra sala.

El medidor seguía sonando. Me volví hacia el fregadero. Mae había tapado el tubo de isótopo y en ese momento vertía el líquido de color paja en una botella de Windex.

-Eh, chicos. -Era Bobby Lembeck otra vez-. Registro cierta inestabilidad. El viento fluctúa a doce nudos.

-Muy bien -dije-. No necesitamos enterarnos de todos los cambios menores, Bobby.

-Capto cierta inestabilidad, eso es todo.

-Creo que por el momento no corremos peligro, Bobby.

En cualquier caso, a Mae le quedaban aún unos minutos. Me acerqué a un terminal y lo conecté. La pantalla resplandeció; había un menú de opciones. Alzando la voz dije:

-Ricky, ¿puedo ver el código del enjambre por este monitor?

-¿El código? -repitió Ricky. Parecía alarmado-. ¿Para qué quieres el código?

-Quiero ver lo que habéis hecho.

-¿Por qué?

-Por Dios, Ricky, ¿puedo verlo o no?

-Por supuesto, claro que puedes. Todas las revisiones del código están en el directorio barra código. Se accede con contraseña.

Empecé a teclear. Encontré el directorio. Pero no me permitió entrar.

-¿Y la contraseña es?

-Es 1-a-n-g-t-o-n, todo en minúsculas.

-De acuerdo.

Introduje la contraseña. Estaba ya en el directorio. Vi una lista de modificaciones al programa, cada una con el tamaño del archivo y la fecha. Los tamaños de los documentos eran considerables, lo cual significaba que se trataba de programas para otros aspectos del mecanismo del enjambre, ya que el código para las propias partículas tenía que ser pequeño, solo unas líneas, ocho o diez kilobytes a lo sumo.

-Ricky.

-Sí, Jack.

-¿Dónde está el código de las partículas?

-¿No está ahí?

-Maldita sea, Ricky. Déjate de estupideces.

-Eh, Jack, yo no soy el responsable de la clasificación de archivos.

-Ricky, no son archivos corrientes; son archivos de trabajo. Dime dónde están.

Un breve silencio.

-Debería haber un subdirectorio barra C-D-N. Está guardado ahí.

Avancé página.

-Ya lo veo.

Dentro del directorio encontré una lista de archivos, todos muy pequeños. Las fechas de modificación empezaban unas seis semanas atrás. No había nada nuevo en las últimas dos semanas.

-Ricky, ¿no habéis cambiado el código en dos semanas?

-No, más o menos en dos semanas.

Seleccioné el documento más reciente.

-¿Tenéis sumarios de nivel superior?

Cuando trabajaban para mí, siempre había insistido en que escribieran sumarios en lenguaje natural de la estructura del programa. Se revisaban más deprisa que la documentación incluida en el propio código. Y a menudo resolvían problemas lógicos cuando tenían que escribirlo brevemente.

-Debería estar ahí-dijo Ricky.

En la pantalla vi:

/*lnicializar*/
For J = 1 to L x V do
Sj = 0/*demanda inicial en 0*/
End For
For i = I to z do
For j = 1 to L x V do
¶ij = (state(x,y,z)) /*parám umbral agente*/
Æij = (intent(Cj,Hj)) /*intención agente*/
Response = 0/*empezar reacción agente*/
Zone = z(i) /*zona inicial desconocida por agente*/
Sweep = 1 /*activar viaje agente*/
End For
End For
/*Principal*/
For kl = 1 to RVd do
For tm = 1 to nv do
For ¶ = I to j do /*rastreo entorno*/
Æij = (intent (Cj,Hj)) /*intención agente*/
¶ij <> (state (x,y,z)) /*agente en movimiento*/
¶ikl = (field (x,y,z)) /*rastreo agentes cercanos*/

Lo examiné durante un rato, buscando las modificaciones. Luego avancé página hasta el código real, para ver la puesta en práctica. Pero el código importante no estaba. El conjunto de los comportamientos de las partículas aparecía indicado como una llamada a algo titulado «compstat_do».

-Ricky -dije-, ¿qué es «compstat_do»? ¿Dónde está?

-Debería estar ahí.

-No está.

-No lo sé. Quizá esté compilado.

-Bueno, eso no va a servirme de nada, ¿no? -Era imposible leer código compilado-. Ricky, quiero ver ese condenado módulo. ¿Qué problema hay?

-Ninguno. Tengo que buscarlo, solo eso.

-De acuerdo.

-Lo haré cuando volváis.

Miré a Mae.

-¿Has repasado el código?

Negó con la cabeza. Con su expresión parecía decir que no había ninguna posibilidad, que Ricky se inventaría más excusas y seguiría dándome largas. No entendía por qué. Al fin y al cabo, yo estaba allí para asesorarlos respecto al código. Esa era mi especialidad.

En la sala contigua, Rosie y David revolvían en las estanterías de material, buscando relés, sin resultado hasta el momento. En el lado opuesto de la sala Charley Davenport se echó un sonoro pedo y exclamó:

-¡Premio!

-¡Por Dios, Charley! -protestó Rosie.

-No conviene guardarse nada dentro -contestó Charley-. Puedes ponerte enfermo.

-Tú sí me pones enferma a mí -repuso Rosie.

-Lo siento. -Charley levantó la mano para mostrar un dispositivo metálico brillante-. Si es así, supongo que no querrás esta válvula de compresión controlada a distancia.

-¿Qué? -preguntó Rosie, volviéndose.

-¿Bromeas? -dijo David, aproximándose a echar un vistazo.

-Y tiene una clasificación de presión de convertidor analógico-digital de veinte pi.

-Eso nos serviría -afirmó David.

-Si no lo jodéis -contestó Charley.

Cogieron la válvula y se acercaron al fregadero, donde Mae seguía vertiendo el líquido.

-Dejadme acabar -dijo.

-¿Brillaré en la oscuridad? -preguntó Charley, sonriéndole.

-Solo tus pedos -dijo Rosie.

-Pero si ya brillan. Especialmente cuando acercas un encendedor.

-Por Dios, Charley.

-Los pedos son metano, ya lo sabes. Arden con una llama azul e intensa como una piedra preciosa. -Y se echó a reír.

-Me alegra ver que te hace gracia el comentario -dijo Rosie-. Porque no le hace gracia a nadie más.

-¡Oh, oh! -dijo Charley, aferrándose el pecho-. Me muero, me muero...

-No alimentes nuestras esperanzas.

Mi auricular crepitó.

-¿Eh, chicos? -Era Bobby Lembeck otra vez-. La fuerza del viento ha caído a seis nudos.

-Muy bien -dije. Me volví hacia los otros-. Acabemos, chicos.

-Estamos esperando a Mae -respondió David-. Luego montaremos esta válvula.

-Montémosla en el laboratorio -propuse.

-Solo quería asegurarme...

-En el laboratorio -insistí-. Guardadla en la mochila.

Me aproximé a la ventana y miré al exterior. El viento agitaba aún los enebros, pero ya no se veía una nube de arena a ras de tierra.

-Jack, saca a tu equipo de ahí -dijo Ricky por los auriculares.

-Ya salimos -respondí.

-No tiene sentido marcharse -dijo David Brooks con tono formal-, hasta que tengamos una válvula que sepamos que encaja en esta botella.

-Creo que será mejor que nos vayamos -sugirió Mae-. Hayamos acabado o no.

-¿Y qué arreglamos así? -repuso David.

-Metedlo todo en la mochila -ordené-. Dejad de hablar y guardadlo todo ya.

Por los auriculares, Bobby informó:

-Cuatro nudos y bajando. Deprisa.

-Vámonos, todos -dije.

Los empujaba hacia la puerta cuando oímos decir a Ricky:

-No.

-¿Cómo?

-Ahora no podéis salir.

-¿Por qué no?

-Porque es demasiado tarde. Están aquí.

DÍA 6

15.12

Todos nos acercamos a la ventana. Nos golpeamos las cabezas intentando mirar en todas las direcciones. En apariencia, el horizonte estaba despejado. No vi nada.

-¿Dónde están? -pregunté.

-Vienen desde el sur. Los tenemos en los monitores.

-¿Cuántos? -preguntó Charley.

-Cuatro.

-¡Cuatro!

-Sí, cuatro.

El edificio principal se hallaba al sur de nuestra posición. No había ventanas al sur en la unidad de almacenaje.

-No vemos nada -dijo David-. ¿Vienen muy deprisa?

-Muy deprisa.

-¿Tenemos tiempo de llegar si nos echamos a correr?

-No lo creo.

David frunció el entrecejo.

-No lo creo. Dios santo.

Y sin darme tiempo a hablar, David se precipitó hacia la puerta del fondo, la abrió y salió bajo la luz del sol. A través del rectángulo de la puerta abierta, lo vimos mirar hacia el sur protegiéndose los ojos con la mano. Simultáneamente exclamamos:

-¡David!

-David, ¿qué carajo haces?

-¡David, eres un gilipollas!

-Intento ver...

-¡Vuelve aquí!

-¡Imbécil!

Pero Brooks siguió donde estaba, con las manos sobre los ojos.

-Aún no veo nada -dijo-. Ni oigo nada. Escuchad, creo que quizá lleguemos... Eh, no podemos.

Retrocedió rápidamente, tropezó con el marco de la puerta, cayó, se puso en pie con dificultad y cerró de un portazo, quedándose agarrado al tirador.

-¿Dónde están?

-Vienen -contestó-. Están viniendo. -Le temblaba la voz a causa de la tensión-. Dios mío, vienen. -Sujetando el tirador, apoyó en el todo su peso. Mascullaba una y otra vez-: Vienen... vienen...

-Fantástico -dijo Charley-. El jodido se ha venido abajo.

Me acerqué a David y apoyé la mano en su hombro. Sujetaba el tirador respirando entrecortadamente.

-David -dije con calma-. Tranquilízate. Respira hondo.

-Solo... tengo que... tengo que impedir... -Estaba sudando, su hombro temblaba bajo mi mano, y tenía todo el cuerpo en tensión. Era puro pánico.

-David -dije-, respira hondo, ¿de acuerdo?

-Tengo que... tengo que... tengo... tengo... tengo...

-Respira, David. -Tomé aire, dándole ejemplo-. Así uno se siente mejor. Vamos, ahora tú. Respira hondo.

David asintió con la cabeza, intentando escucharme. Tomó una breve bocanada de aire. Luego volvió a jadear.

-Muy bien, David, ahora otra vez.

Volvió a tomar aire. Su respiración se tranquilizó un poco. Dejó de temblar.

-Perfecto, David, eso está bien.

A mis espaldas, Charley dijo:

-Ya sabía yo que este tipo estaba chiflado. Miradlo, hablándole como si fuera un bebé.

Me volví y lancé una mirada a Charley. Él hizo un gesto de indiferencia.

-Eh, tengo razón.

-No es de gran ayuda, Charley -dijo Mae.

-Me da igual.

-Charley -intervino Rosie-, cállate un rato, ¿de acuerdo?

Me volví hacia David. Mantuve la voz serena.

-Muy bien, David. Así está bien. Respira. Perfecto, ahora suelta el tirador.

David movió la cabeza en un gesto de negación, pero parecía confuso. Sin saber qué hacer. Parpadeó rápidamente. Daba la impresión de que saliera de un trance.

-Suelta el tirador -dije con delicadeza-. No sirve de nada.

Finalmente lo soltó y se sentó en el suelo. Empezó a llorar, apoyando la cabeza en las manos.

-Dios mío -dijo Charley-. Lo que nos faltaba.

-Cállate, Charley.

Rosie fue al frigorífico y regresó con una botella de agua. Se la entregó a David, y este bebió mientras lloraba. Lo ayudó a levantarse y me indicó con la cabeza que se ocuparía de él.

Volví al centro de la sala, donde los demás estaban de pie ante el monitor del terminal. En la pantalla, las líneas de código habían dado paso a una vista de la fachada norte del edificio principal. Había allí cuatro enjambres, despidiendo destellos plateados mientras se desplazaban de un extremo a otro del edificio.

-¿Qué hacen? -pregunté.

-Intentan entrar.

-¿Por qué?

-No estamos seguros -contestó Mae.

Observamos por un momento en silencio. De nuevo me llamó la atención la intencionalidad de su comportamiento. Me recordaron a los osos que intentan entrar en una caravana para robar comida. Se detenían en todas las puertas y ventanas y permanecían allí por un rato, subiendo y bajando por las junturas herméticas para pasar finalmente a la siguiente abertura.

-¿Y siempre tantean las puertas así? -pregunté.

-Sí. ¿Por qué?

-Porque da la impresión de que no recuerdan que las puertas están cerradas herméticamente.

-No -respondió Charley-. No lo recuerdan.

-¿Porque no tienen memoria suficiente?

-Por eso -contestó-, o porque esta es otra generación.

-¿Quieres decir que hay ya nuevos enjambres desde el mediodía?

-Sí.

Consulté mi reloj.

-¿Hay una generación nueva cada tres horas?

Charley se encogió de hombros.

-No sabría decirte. No hemos llegado a averiguar dónde se reproducen. Son solo suposiciones.

La posibilidad de que vinieran nuevas generaciones tan deprisa significaba que, fueran cuales fuesen los mecanismos evolutivos incorporados, el código avanzaba también deprisa. Normalmente los algoritmos genéticos -que se inspiraban en la reproducción para llegar a soluciones- necesitaban entre quinientas y cinco mil generaciones para llegar a una optimización. Si estos enjambres se reproducían cada tres horas, implicaba que habían producido unas cien generaciones en las dos últimas semanas. Y con cien generaciones el comportamiento sería mucho más inteligente.

Mae los observó por el monitor y dijo:

-Como mínimo se quedan junto al edificio principal. Parece que no saben que estamos aquí.

-¿Cómo iban a saberlo? -pregunté.

-No tienen manera de saberlo -aseguró Charley-. Su principal modalidad sensora es la visión. Quizá hayan adquirido un poco de capacidad auditiva a lo largo de las generaciones. Pero predomina la visión. Si no ven algo, para ellos no existe.

Rosie se acercó con David.

-Lo siento mucho, chicos, de verdad -dijo él.

-No te preocupes.

-No importa, David.

-No sé qué me ha pasado. Simplemente no he podido soportarlo.

-Da igual, David -dijo Charley-. Lo comprendemos. Eres un psicópata y te has venido abajo. Nos hacemos cargo. No pasa nada.

Rosie rodeó los hombros de David con los brazos y él se sonó ruidosamente. Rosie miró con atención el monitor.

-¿Qué hacen ahora? -preguntó Rosie.

-Da la impresión que no saben que estamos aquí.

-De acuerdo...

-Esperemos que sigan así.

-Ya. ¿Y si no? -dijo Rosie.

-Había estado pensando en eso.

-Si no, dependemos de las lagunas en los supuestos de PREDPRESA. Aprovecharemos los puntos débiles del programa.

-¿Y eso significa?

-Formaremos una bandada -respondí.

Charley soltó una ronca risotada.

-Sí, eso, una bandada... y nos pondremos a rezar.

-Hablo en serio -dijo.

En los últimos treinta años los científicos habían estudiado las interacciones entre depredador y presa en toda clase de animales, desde el león hasta las hormigas soldado, pasando por la hiena. Existía ya una mejor comprensión de cómo se defendían las presas. Los animales como la cebra y el caribú no vivían en manada porque fueran sociables: la manada era una defensa contra la depredación. Un gran número de animales proporcionaba una mayor vigilancia. Y los depredadores al ataque con frecuencia se desorientaban cuando la manada huía en todas direcciones. A veces se quedaban paralizados literalmente. Si se le presentaban a un depredador muchos objetivos en movimiento, a menudo no perseguía a ninguno.

Lo mismo ocurría con las bandadas de aves y los bancos de peces: esos movimientos coordinados en grupo dificultaban a los depredadores la elección de un individuo aislado. Los depredadores tendían a atacar a un animal que se diferenciaba del resto de algún modo. Esa era una de las razones por las que frecuentemente atacaban a las crías, no solo porque fueran una presa más fácil, sino porque presentaban una apariencia diferente. Análogamente, los depredadores mataban más machos que hembras, porque los machos no dominantes tendían a quedarse en la periferia de la manada, donde eran más perceptibles.

De hecho, treinta años atrás, cuando Hans Kruuk estudió las hienas en el Serengeti, descubrió que marcar con pintura a un animal garantizaba que moriría en el siguiente ataque. Ese era el efecto de la diferencia.

Así que el mensaje era sencillo. Había que permanecer juntos. Había que ofrecer el mismo aspecto.

Esa era nuestra mejor opción.

Pero esperaba no tener que llegar a ese punto.

Los enjambres desaparecieron durante un rato. Se habían ido al lado opuesto del edificio del laboratorio. Esperamos en tensión. Al final reaparecieron.

Una vez más recorrieron la fachada del edificio, tanteando puertas y ventanas una tras otra.

Todos observamos el monitor. David Brooks sudaba copiosamente. Se enjugó la frente con la manga.

-¿Hasta cuándo van a seguir haciendo eso?

-Mientras les dé la gana -dijo Charley.

-Como mínimo hasta que vuelva a levantarse el viento -contestó Mae-. Y no parece que eso vaya a ocurrir pronto.

-Dios mío -dijo David-. No sé cómo lo soportáis.

Estaba pálido; el sudor le goteaba desde las cejas y le corría por los cristales de las gafas. Daba la impresión de que fuera a desvanecerse de un momento a otro.

-¿Quieres sentarte, David? -sugerí.

-Será lo mejor.

-Muy bien.

-Vamos, David -dijo Rosie. Lo llevó a través de la sala hasta el fregadero y lo ayudó asentarse al suelo. Él se abrazó las rodillas y agachó la cabeza. Rosie humedeció una toalla de papel con agua fría y se la colocó en la nuca con actitud tierna.

-Ese jodido -dijo Charley, moviendo la cabeza en un gesto de enojo-. Es lo único que nos faltaba en este momento.

-Charley -intervino Mae-, no nos ayudas...

-¿Y qué? Estamos atrapados en este cobertizo de mierda, sin cierres herméticos; no podemos hacer nada, no tenemos adónde ir, y él se viene abajo, complicándolo todo aún más.

-Sí, todo eso es verdad -admitió ella con voz serena-. Y tú no ayudas.

Charley le lanzó una mirada y empezó a tararear el tema de
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