Traducción de Carlos Milla Soler




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títuloTraducción de Carlos Milla Soler
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fecha de publicación06.03.2016
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-Continuaremos así..., en bandada..., hacia el laboratorio... y entraremos... ¿Estás dispuesto a intentarlo?

-Dios mío -gimió-. Es muy lejos... no sé si...

Dio otro traspié y casi perdió el equilibrio. Y dejó de dar palmadas. Casi palpaba su terror, su abrumador deseo de huir.

-David, sigue con nosotros... si te vas tú solo... no lo conseguirás... ¿me escuchas?

-No sé... Jack... no sé si puedo...

Volvió a tropezar, chocó con Rosie, que cayó contra Charley; este la sujetó y la ayudó a mantenerse en pie. Pero la bandada se había desordenado por un momento, había perdido la coordinación.

De inmediato los enjambres adquirieron una apariencia más densa y negra, enroscándose y tensándose, como si estuvieran listos para atacar. Oí maldecir a Charley en susurros, y por un instante pensé que tenía razón y todo había terminado.

Pero recuperamos el ritmo y de inmediato los enjambres se elevaron, volvieron a la normalidad. La densa negrura se desvaneció. Reanudaron su uniforme palpitar. Nos siguieron a la sala contigua. Pero no atacaron. Estábamos a unos siete metros de la puerta delantera, la misma por la que habíamos entrado. Empecé a sentir optimismo. Por primera vez pensé que teníamos verdaderas posibilidades.

Y entonces, en un instante, todo se fue al infierno.

David Brooks de pronto se separó del grupo.

Estábamos más allá de media sala y a punto de rodear las estanterías del centro, cuando David se dio media vuelta, corrió entre los dos enjambres y los dejó atrás, en dirección a la puerta trasera.

Los enjambres se arremolinaron al instante y salieron tras él.

Rosie le pidió a gritos que volviera, pero David tenía puesta toda su atención en la puerta. Los enjambres lo persiguieron con sorprendente velocidad. David casi había llegado a la puerta, tendía ya la mano hacia el tirador, cuando un enjambre descendió y se extendió por el suelo frente a él, ennegreciéndolo.

En cuanto David Brooks pisó la superficie negra, sus pies resbalaron como si hubiera pisado hielo. Aulló de dolor al golpearse contra el suelo de hormigón y de inmediato intentó levantarse pero no pudo. Siguió resbalando y cayendo una y otra vez. Se le rompieron las gafas y se cortó la nariz con los cristales. Tenía los labios cubiertos de partículas negras en movimiento. Empezaba a costarle respirar.

Rosie seguía gritando cuando el segundo enjambre se precipitó sobre David, y la mancha negra se propagó por su cara, sus ojos, su pelo. Sus movimientos era cada vez más desesperados; gemía lastimeramente, como un animal, y sin embargo, arrastrándose con manos y rodillas, consiguió abrirse camino hacia la puerta. Por fin tendió el brazo hacia arriba, agarró el tirador y logró erguir el tronco. Con un desesperado movimiento final, accionó el tirador y abrió la puerta al tiempo que caía de espaldas.

El sol abrasador penetró en la sala y con él entró el tercer enjambre.

-¡Tenemos que hacer algo! -exclamó Rosie. La agarré del brazo cuando pasó junto a mí en dirección a David. Forcejeó para zafarse-. ¡Tenemos que ayudarle! ¡Tenemos que ayudarle!

-No podemos hacer nada.

-¡Tenemos que ayudarle!

-Rosie, no podemos hacer nada.

David rodaba por el suelo, negro de la cabeza a los pies. El tercer enjambre lo había envuelto. Era difícil ver a través de las partículas danzantes. La boca de David parecía un agujero oscuro, las cuencas de sus ojos estaban completamente negras. Pensé que posiblemente era incapaz de ver. Respiraba entrecortadamente, con un leve sonido estertóreo. El enjambre penetraba en su boca como un río negro.

Su cuerpo empezó a estremecerse. Se agarró el cuello. Golpeó el suelo con los pies convulsamente. Yo tenía la certeza de que estaba muriendo.

-Vamos, Jack-dijo Charley-. Larguémonos de aquí.

-¡No podéis dejarle! -gritó Rosie-. ¡No podéis, no podéis!

Arrastrándose, David cruzó la puerta y salió a la luz del sol. Sus movimientos eran menos vigorosos. Articulaba palabras con los labios pero oíamos gritos ahogados.

Rosie intentó soltarse.

Charley la agarró por el hombro y dijo:

-Maldita sea, Rosie...

-¡Vete a la mierda! -Se desprendió de Charley, me pisó el pie y, sorprendido, la solté. Ella se echó a correr y entró en la sala contigua, gritando-: ¡David! ¡David!

Él tendió hacia ella la mano, negra como la de un minero. Rosie le agarró la muñeca. Y al instante cayó, resbalando en el suelo negro tal y como le había ocurrido a él. Siguió pronunciando el nombre de David hasta que empezó a toser y una orla negra apareció en sus labios.

-Vámonos, por Dios -dijo Charley-. No puedo verlo.

Me sentí incapaz de mover los pies, incapaz de marcharme. Me volví hacia Mae. Las lágrimas le rodaban por las mejillas.

-Adelante -dijo.

Rosie seguía gritando el nombre de David al tiempo que lo abrazaba y lo estrechaba contra su pecho. Pero él ya no parecía moverse.

-No es culpa tuya, joder -dijo Charley, inclinándose hacia mí.

Asentí lentamente con la cabeza. Sabía que eso era verdad.

-Demonios, este es tu primer día de trabajo. -Charley alargó el brazo hacia mi cinturón y encendió el transmisor-. Vamos.

Me volví hacia la puerta delantera.

Y salimos.

DÍA 6

16.12

Bajo el tejadillo ondulado del cobertizo, el aire se notaba caliente e inmóvil. Oí el susurro del motor de la videocámara instalada junto al tejadillo. Ricky debía de habernos visto salir por los monitores. En los auriculares sonó un silbido de interferencia estática.

-¿Qué demonios pasa? -preguntó Ricky.

-Nada bueno -contesté.

Más allá de la línea de sombra, el sol vespertino brillaba aún con intensidad.

-¿Dónde están los otros? -quiso saber Ricky-. ¿Estáis todos bien?

-No. Todos no.

-Pues cuéntame...

-Ahora no.

Estábamos todos aturdidos por lo ocurrido. Nuestro único impulso era intentar ponernos a salvo.

El edificio del laboratorio se hallaba a nuestra derecha y nos separaban de él cien metros de desierto. Podíamos llegar a la puerta del grupo electrógeno en treinta o cuarenta segundos. Nos encaminamos hacia allí con un trote enérgico. Ricky seguía hablando, pero no le contestamos. Todos pensábamos lo mismo: en medio minuto llegaríamos a la puerta y estaríamos en lugar seguro.

Pero nos habíamos olvidado del cuarto enjambre.

-¡Joder! -exclamó Charley.

El cuarto enjambre salió de una esquina del laboratorio y vino derecho hacia nosotros. Confusos, nos detuvimos.

-¿Qué hacemos? -preguntó Mae-. ¿Actuamos como una bandada?

-No. -Negué con la cabeza-. Solo somos tres.

Éramos un grupo demasiado pequeño para desorientar a un depredador. Pero no se me ocurría ninguna otra estrategia. Empecé a repasar mentalmente todos los estudios sobre la relación entre depredador y presa que había leído. Estos estudios coincidían en un aspecto tanto si se basaban en las hormigas guerreras como en los leones del Serengeti; los datos confirmaban una dinámica fundamental: si de ellos dependía, los depredadores mataban a todas las presas hasta que no quedaba ninguna, a menos que hubiera un refugio para la presa. En la vida real, el refugio podía ser un nido en un árbol, una madriguera subterránea, o un remanso profundo en un río. Si las presas contaban con un refugio, sobrevivían. Sin refugio, las mataban a todas.

-Creo que estamos jodidos -dijo Charley.

Necesitábamos un refugio. El enjambre se acercaba. Casi podía sentir los alfilerazos en la piel y el sabor a ceniza en la boca. Teníamos que encontrar cobijo antes de que el enjambre nos alcanzara. Giré en redondo, mirando en todas direcciones pero no vi nada, excepto...

-¿Están los coches cerrados con llave?

El auricular crepitó.

-No deberían estarlo -informó Ricky.

Nos dimos media vuelta y echamos a correr.

El coche más cercano era un Ford sedán azul. Abrí la puerta del conductor, y Mae la del pasajero. Teníamos el enjambre justo detrás de nosotros. Oía el sonido palpitante cuando yo cerré mi puerta y Mae la suya. Charley, todavía con el atomizador, intentaba abrir la puerta trasera del lado del pasajero, pero tenía el seguro puesto. Mae se giró en el asiento para abrirlo, pero Charley ya se había vuelto hacia el coche contiguo, un Land Cruiser, y entró. Y cerró la puerta.

-¡Uf! -exclamó Charley-. ¡Joder, qué caliente!

-Sí, ya lo sé -dije. El interior del coche parecía un horno. Mae y yo estábamos sudando. El enjambre se precipitó hacia nosotros y se arremolinó sobre el parabrisas, palpitando, desplazándose a uno y otro lado.

Por los auriculares Ricky, aterrorizado, dijo:

-¿Chicos? ¿Dónde estáis? ¿Chicos?

-Dentro de los coches.

-¿Qué coches?

-¿Qué más da? -dijo Charley-. Estamos en dos coches, Ricky.

El enjambre negro se apartó de nuestro sedán y se acercó al Toyota. Lo observamos deslizándose de una ventanilla a otra, intentando entrar. Charley me sonrió a través del cristal.

-No es como en el edificio. Estos coches cierran herméticamente. Así pues... que se jodan.

-¿Y las entradas de aire? -pregunté.

-He cerrado las mías.

-Pero no son herméticas, ¿no?

-No -contestó Charley-. Pero tendrían que entrar por debajo del capó para llegar. O quizá por el maletero. Y me juego algo a que a esta pelota zumbante no se le ocurre.

Dentro de nuestro coche, Mae cerraba las entradas de aire del salpicadero una tras otra. Abrió la guantera, miró dentro y volvió a cerrar.

-¿Has visto alguna llave? -pregunté.

Movió la cabeza en un gesto de negación.

Por los auriculares, Ricky informó:

-Chicos, tenéis más compañía.

Al volverme, vi otros dos enjambres procedentes de la unidad de almacenamiento. De inmediato empezaron a arremolinarse alrededor de nuestro coche. Tenía la sensación de hallarme en medio de una tormenta de arena. Miré a Mae. Estaba sentada muy quieta, inexpresiva, limitándose a observar.

Las dos nuevas nubes acabaron de rodear el coche y luego se situaron en la parte delantera. Una se colocó junto a la ventanilla de Mae. Palpitaba, despidiendo destellos plateados. La otra estaba sobre el capó del coche, desplazándose desde el lado de Mae al mío. De vez en cuando se precipitaba sobre el parabrisas y se dispersaba a lo ancho del cristal. Luego volvía a unirse, retrocedía y venía de nuevo.

Charley se echó a reír.

-Intentan entrar. Ya os lo he dicho: no pueden.

Yo no estaba tan seguro. Advertí que a cada acometida el enjambre se alejaba más sobre el capó, como si tomara carrerilla. Pronto retrocedió hasta la rejilla delantera. Y si empezaba a inspeccionar la rejilla, encontraría la abertura de los conductos de ventilación. Y todo habría terminado.

Mae revolvía en el interior del compartimiento situado entre los dos asientos. Encontró un rollo de cinta adhesiva y una caja de bolsas de plástico para sándwiches.

-Quizá podamos sellar con cinta las entradas de aire.

Negué con la cabeza.

-No sirve de nada -contesté-. Son nanopartículas. Con su tamaño, pueden atravesar una membrana.

-¿Quieres decir que traspasarían el plástico?

-O lo rodearían, a través de pequeñas grietas. No puedes sellarlo lo bastante para impedir que entren.

-¿Nos quedamos aquí de brazos cruzados, pues?

-En esencia, sí.

-Con la esperanza de que no descubran el camino.

Asentí con la cabeza.

-Así es.

Por los auriculares, Bobby Lembeck dijo:

-Empieza a levantarse el viento otra vez. Seis nudos.

Daba la impresión de que intentaba animarnos, pero seis nudos no eran suficiente fuerza ni remotamente. Fuera, los enjambres se movían sin esfuerzo en torno al coche.

-¿Jack? -dijo Charley-. He perdido de vista mi enjambre. ¿Dónde está?

Miré hacia el coche de Charley y vi que el tercer enjambre había bajado a la rueda delantera, donde se movía en círculos y entraba y salía a través de los orificios del tapacubos.

-Está examinando tus tapacubos, Charley -dije.

-Mmm. -Parecía preocupado, y con razón. Si el enjambre empezaba a explorar el coche parte por parte, quizá encontrara una vía de entrada-. Supongo que la cuestión es qué nivel ha alcanzado su componente de autoorganización.

-Así es -dije.

-¿Lo cual significa...? -preguntó Mae.

Se lo expliqué. Los enjambres no tenían un guía, ni inteligencia central. Su inteligencia era la suma de las partículas individuales. Esas partículas se autoorganizaban en un enjambre, y su tendencia autoorganizativa tenía resultados imprevisibles. En realidad, no se sabía qué harían. Los enjambres podían continuar siendo ineficaces, como hasta ese momento; podían encontrar la solución por casualidad, o podían empezar a buscar de una manera organizada.

Pero hasta el momento no lo habían hecho.

Tenía la ropa empapada en sudor. El sudor me goteaba desde la nariz y la barbilla. Me enjugué la frente con el dorso de la mano. Miré a Mae. También ella sudaba.

-¿Eh, Jack? -dijo Ricky.

-¿Qué?

-Julia ha telefoneado hace un rato. Ha salido del hospital y...

-Ahora no, Ricky.

-Vendrá a la fábrica esta noche.

-Después hablamos, Ricky.

-Solo pensaba que quizá quisieras saberlo.

-¡Dios santo! -prorrumpió Charley-. ¿Puede decirle alguien a ese gilipollas que se calle? ¡Estamos ocupados!

-Ocho nudos de viento ya -informó Bobby Lembeck-. No, perdón... siete.

-Dios mío, el suspense me está matando -comentó Charley-. ¿Dónde está mi enjambre ahora?

-Debajo del coche. No veo qué hace... no, espera... está saliendo por detrás, Charley. Parece que examina tus luces de posición.

-Un entusiasta de los coches -dijo-. Bueno, que examine.

Estaba mirando por encima del hombro en dirección al enjambre de Charley cuando Mae dijo:

-Mira, Jack.

El enjambre situado junto a su ventanilla había cambiado. Presentaba un color casi por completo plateado; vibraba pero permanecía muy estable, y en su superficie plateada vi reflejarse la cabeza y hombros de Mae. El reflejo no era perfecto, porque los ojos y la boca aparecían un tanto desdibujados, pero en esencia era preciso.

Fruncí el entrecejo.

-Es un espejo...

-No -dijo ella-. No lo es. -Volvió la cabeza para mirarme, y su imagen en la superficie plateada no se alteró. El rostro siguió mirando hacia el interior del coche. Al cabo de un momento, la imagen tembló, se disipó y volvió a formarse para mostrar la parte posterior de su cabeza-. ¿Qué significa eso?

-Tengo una idea bastante aproximada, pero...

El enjambre de la parte delantera hacía lo mismo, salvo que en su superficie plateada nos veíamos los dos sentados uno al lado del otro dentro del coche, visiblemente asustados. La imagen aparecía también un tanto desdibujada. Y esta vez advertí claramente que el enjambre no era un espejo en sentido literal. El propio enjambre generaba la imagen mediante la exacta disposición de las partículas individuales, lo cual significaba...

-Mala noticia -dijo Charley.

-Lo sé -contesté-. Están innovando.

-¿Qué crees? ¿Es uno de los parámetros predeterminados?

-En esencia, sí. Supongo que es imitación.

Mae movió la cabeza en un gesto de incomprensión.

-El programa predetermina ciertas estrategias para facilitar la consecución de objetivos. Las estrategias reproducen el comportamiento de los depredadores reales. Así que una de las estrategias predeterminadas es permanecer inmóvil y esperar, acechar. Otra es deambular al azar hasta tropezarse con la presa y entonces perseguir. Una tercera es el camuflaje, eligiendo algún elemento del entorno para fundirse con él. Y una cuarta es imitar el comportamiento de la presa.

-¿Piensas que eso es imitación? -preguntó.

-Pienso que es una forma de imitación.

-¿Intenta parecerse a nosotros?

-Sí.

-¿Es comportamiento emergente? ¿Se ha desarrollado por si sólo?

-Sí -respondí.

-Mala noticia -dijo Charley lastimeramente-. Muy mala noticia.

Sentado en el coche, empecé a enfurecerme, porque esa formación de reflejos implicaba que yo desconocía la verdadera estructura de las nanopartículas. Me habían dicho que había una lámina piezoeléctrica que reflejaba la luz. Así que no era raro que el enjambre de vez en cuando despidiera destellos plateados bajo el sol. Eso no exigía una compleja orientación de las partículas. De hecho, cabía esperar esa clase de ondas plateadas como efecto aleatorio del mismo modo que las autovías con tráfico denso se atascan de manera intermitente. La congestión se debía a cambios de velocidad aleatorios de uno o dos automovilistas, pero el efecto se propagaba por toda la autovía. Lo mismo sería aplicable a los enjambres. Un efecto casual se transmitiría como una onda a lo largo del enjambre. Y eso habíamos visto.

Pero la formación de imágenes reflejadas era algo por completo distinto. Los enjambres creaban ahora imágenes en color y las mantenían de manera bastante estable. Tal complejidad no era posible a partir de las simples nanopartículas que me habían mostrado. Dudaba que pudiera generar un espectro completo a partir de una capa plateada. Era teóricamente posible que esa superficie se ladeara con la precisión necesaria para producir colores prismáticos, pero eso conllevaba una gran complejidad de movimiento.

Era más lógico suponer que las partículas disponían de otro método para crear colores y eso significaba que no me habían dicho la verdad respecto a las partículas. Ricky me había mentido una vez más. Así que estaba furioso.

Ya había llegado a la conclusión de que algo le pasaba a Ricky, y pensando en retrospectiva comprendí que el problema estaba en mí, no en él; incluso después del desastre en la unidad de almacenamiento, seguí sin comprender que los enjambres evolucionaban más deprisa que nuestra capacidad para anticiparnos a ellos. Debería haberme dado cuenta de a qué me enfrentaba cuando los enjambres me mostraron una nueva estrategia, haciendo el suelo resbaladizo para incapacitar a sus presas y para moverlas. Entre las hormigas, eso se llamaría transporte colectivo; era un fenómeno muy conocido. Pero por lo que se refería a estos enjambres, se trataba de un comportamiento recién desarrollado, sin precedentes. Sin embargo en su momento el terror me había impedido comprender su verdadero significado. Ahora, sentado en el sofocante coche, de nada servía echar la culpa a Ricky, pero yo estaba asustado, y cansado, y no pensaba con claridad.

-Jack. -Mae, pálida, me tocó el hombro y señaló hacia el coche de Charley.

El enjambre situado junto a la luz de posición del coche de Charley formaba ahora un río negro que se curvaba en el aire y penetraba por la juntura entre el plástico rojo y el metal.

Por los auriculares dije:

-Eh, Charley... creo que ha encontrado una entrada.

-Sí, ya lo veo. Mierda.

Charley intentaba pasar al asiento trasero. Las partículas empezaban a llenar el interior del coche, creando una bruma gris que se oscureció rápidamente. Charley tosió. No vi qué hacía; estaba agachado por debajo de la ventanilla. Volvió a toser.

-¿Charley?

No contestó. Pero lo oí jurar.

-Charley, vale más que salgas.

-Voy a joderlas.

Y de pronto se oyó un extraño sonido, que al principio no identifiqué. Me volví hacia Mae, que se apretaba el auricular contra el oído. Era un ruido áspero y rítmico. Me dirigió una mirada interrogativa.

-¿Charley?

-Voy a rociar a estas hijas de puta. Veamos cómo actúan cuando están mojadas.

-¿Vas a rociarlas con el isótopo? -preguntó Mae.

Charley no contestó. Pero al cabo de un momento volvió a aparecer tras la ventanilla, rociando en todas las direcciones con el atomizador. El líquido manchó el cristal y resbaló por la superficie. El interior del coche se oscurecía cada vez más a medida que entraban las partículas. Pronto ya no lo veíamos. Su mano apareció entre la negrura, se apoyó contra el cristal y volvió a perderse de vista. Tosía sin cesar. Era una tos seca.

-Charley -dije-, corre.

-¿De qué serviría, joder?

-Sopla un viento de diez nudos -informó Bobby Lembeck-. Intentadlo.

Diez nudos no era suficiente pero era mejor que nada.

-¿Charley? ¿Lo oyes?

Oímos llegar su voz desde el interior del coche.

-Sí, bien... estoy buscando.... No encuentro... jodido tirador de la puerta, no noto... dónde está el condenado tirador de esta... -se interrumpió a causa de un espasmo de tos.

Por los auriculares oí las voces del laboratorio, todas aceleradas.

-Está en el Toyota -dijo Ricky-. ¿Dónde está el tirador en el Toyota?

-No lo sé, no es mi coche -respondió Bobby Lembeck.

-¿De quién es? ¿Vince?

-No, no. Es de ese tipo con un problema en los ojos.

-¿Quién?

-El ingeniero. Ese tipo que parpadea continuamente.

-¿David Brooks?

-Sí, ese.

-¿Chicos? -dijo Ricky-. Creemos que es el coche de David.

-Eso no va a servirnos de... -empecé a decir y me interrumpí de repente, porque Mae señaló el asiento trasero de nuestro coche. Por la juntura donde se unían el respaldo del asiento y la bandeja posterior, entraban partículas en el coche como humo negro.

Miré alrededor con atención y vi una manta en el suelo detrás de nuestros asientos. Mae la vio también y se lanzó a la parte de atrás entre los dos respaldos. Me golpeó con el pie en la cabeza al hacerlo, pero tenía la manta y empezó a remeterla en la rendija. Se me desprendió el auricular, y quedó atrapado en el volante cuando intenté pasar a la parte de atrás para ayudarla. Estábamos muy apretados en el coche. Oí una débil voz procedente del auricular.

-Vamos -dijo Mae-, vamos.

Yo era más corpulento que ella. No había espacio para mí en la parte de atrás. Doblándome por encima del asiento del conductor, agarré la manta y la ayudé a colocarla.

Vagamente, advertí que en el Toyota se abría la puerta del pasajero, y vi asomar el pie de Charley. Iba a probar suerte fuera. Mientras ayudaba a Mae con la manta, pensé que también nosotros debíamos intentarlo. La manta no serviría de mucho; era solo una táctica dilatoria. Notaba ya que las partículas se filtraban a través de la tela; el coche seguía llenándose; el aire se oscurecía cada vez más. Sentí los alfilerazos por toda la piel.

-Mae, corramos.

No contestó. Siguió introduciendo la manta por las rendijas. Probablemente sabía que si salíamos, no sobreviviríamos. Los enjambres se nos adelantarían, nos cortarían el paso, nos harían resbalar y caer. Y en cuanto cayéramos, nos asfixiarían. Tal como habían hecho con los otros.

El aire era más denso. Empecé a toser. En la semioscuridad seguía oyendo una débil voz procedente del auricular. No sabía quién hablaba. A Mae se le había caído también el auricular, y yo creía haberlo visto en el asiento delantero, pero la visibilidad era ya demasiada escasa para encontrarlo. Me escocían los ojos. Tosía sin cesar. Mae tosía también. Yo no sabía si ella continuaba remetiendo la manta. Era solo una sombra en la bruma.

Apreté los ojos con fuerza para protegerme del intenso dolor. Se me cerraba la garganta y tenía una tos seca. Volvía a sentirme mareado. Era consciente de que no sobreviviríamos durante mucho más de un minuto, quizá menos. Volví a mirar a Mae, pero no la vi. La oí toser. Agité la mano para despejar la bruma y verla. No sirvió de nada. Agité la mano ante el parabrisas y la bruma se disipó por un momento.

Pese a la tos, vi el laboratorio a lo lejos. Lucía el sol. Todo parecía normal. Resultaba enloquecedor que todo pareciera tan normal y apacible mientras nosotros nos moríamos de tos. No veía qué le ocurría a Charley. No estaba frente a mí. De hecho, cuando volví a agitar la mano solo vi...

Arena levantada por el viento.

¡Dios santo, arena levantada por el viento!

Volvía a soplar el viento.

-Mae. -Tosí-. Mae. La puerta.

No sé si me oyó. Tosía mucho. A tientas, busqué el tirador de la puerta. Me sentía confuso y desorientado. No paraba de toser. Toqué un objeto metálico y caliente y tiré de él.

La puerta se abrió. Entró el aire caliente del desierto y agitó la bruma. Sin duda se había levantado el viento.

-Mae.

Tenía una tos convulsa. Quizá no podía moverse. Me abalancé hacia la puerta del pasajero, golpeándome las costillas con el cambio de marchas. La bruma era menos densa, y vi el tirador, lo accioné y empujé la puerta. El viento volvió a cerrarla. Volví a empujar y, contorsionándome sobre el asiento, la mantuve abierta con la mano.

El viento barrió el interior del coche.

La nube negra se desvaneció en cuestión de segundos. Arrastrándome, salí por la puerta del pasajero y abrí la puerta de atrás, Mae me tendió la mano, y tiré de ella. Los dos tosíamos con fuerza. A Mae le flaqueaban las piernas. Apoyándome su brazo en los hombros, la llevé hacia el desierto.

Ni aun ahora sé cómo conseguí llegar al edificio del laboratorio. Los enjambres habían desaparecido; el viento soplaba con fuerza. Mae era un peso muerto sobre mis hombros, su cuerpo inerte, sus pies arrastrándose por la arena. No me quedaba energía. Me sacudía una tos convulsa que a menudo me obligaba a detenerme. No podía respirar. Estaba mareado, desorientado. El resplandor del sol tenía un tono verdoso, y yo veía puntos ante los ojos. Mae tosía débilmente y su respiración era poco profunda. Tuve la impresión de que no sobreviviría. Penosamente, seguía avanzando paso tras paso.

De algún modo la puerta apareció ante mí, y conseguí abrirla. Metí a Mae en la oscura sala exterior. Al otro lado del compartimiento estanco de cristal esperaban Ricky y Bobby Lembeck. Nos vitoreaban, pero yo no los oía. Mis auriculares se habían quedado en el coche. Las puertas del compartimiento estanco se abrieron, y entré a Mae. Logró mantenerse en pie, aunque se doblaba a causa de la tos. Me aparté. El viento empezó a limpiarla. Me apoyé contra la pared, sin aliento, mareado.

¿No he hecho esto antes?, pensé.

Consulté mi reloj. Hacía solo tres horas que había escapado milagrosamente al primer ataque. Me agaché y apoyé las manos en las rodillas. Fijé la mirada en el suelo y aguardé a que el compartimiento estanco quedara libre. Eché un vistazo a Ricky y Bobby. Gritaban, señalando sus oídos. Negué con la cabeza.

¿No veían que no llevaba auriculares?

-¿Dónde está Charley? -pregunté.

Contestaron pero no los oí.

-¿Ha podido llegar? ¿Dónde está Charley?

Hice una mueca al oír el áspero chirrido electrónico, y a continuación Ricky dijo por el intercomunicador.

-... poco que puedas hacer.

-¿Está aquí? -pregunté-. ¿Lo ha conseguido?

-No.

-¿Dónde está?

-En el coche -respondió Ricky-. No ha llegado a salir del coche. ¿No lo sabías?

-Estaba muy ocupado -contesté-. ¿Así que aún está allí?

-Sí.

-¿Está muerto?

-No, no. Está vivo.

Yo seguía mareado y aún respiraba con dificultad.

-Por el monitor no es fácil saberlo, pero parece que está vivo...

-¿Y por qué carajo no vais a buscarlo?

-No podemos, Jack-dijo Ricky con calma-. Tenemos que atender a Mae.

-Alguien podría ir.

-No tenemos a nadie más.

-Yo no puedo ir -dije-. No estoy en condiciones.

-Claro que no -contestó Ricky, volviendo a adoptar su tono tranquilizador. Era la voz de empleado de funeraria-. Debe de haber sido una horrible conmoción para ti, Jack, todo lo que has pasado...

-Solo quiero... que me digas... quién va a ir a buscarlo, Ricky.

-Para serte brutalmente sincero, no creo que sirva de nada. Tenía convulsiones. Graves. Dudo que le quede mucho tiempo.

-¿Nadie va a ir? -pregunté.

-Me temo que no sirve de nada, Jack.

En el compartimiento estanco, Bobby ayudaba a salir a Mae y la guiaba por el pasillo. Ricky permanecía allí, observándome a través del cristal.

-Es tu turno, Jack. Entra.

No me moví. Seguía apoyado contra la pared.

-Alguien ha de ir a buscarlo -insistí.

-Ahora no. El viento no es estable, Jack. Perderá fuerza de un momento a otro.

-Pero Charley está vivo.

-No por mucho tiempo.

-Alguien ha de ir -repetí.

-Jack, sabes tan bien cómo yo a qué nos enfrentamos -dijo Ricky. Ahora era la voz de la razón, serena y lógica-. Hemos sufrido espantosas pérdidas. No podemos arriesgar a nadie más. Para cuando alguien llegara hasta Charley, él estaría muerto. Puede que ya lo esté. Vamos, entra en el compartimiento.

Examiné mi propio estado: palpándome el pecho, notando el ritmo de mi respiración y mi profunda fatiga. En ese momento no podía volver. No en aquel estado.

Así que entré en el compartimiento.

Con un rugido, los chorros de aire me alisaron el pelo, me agitaron la camisa y el pantalón y limpiaron de partículas negras mi ropa y mi piel. Casi de inmediato mejoró mi visión. Empecé a respirar con más facilidad. Cuando el aire sopló hacia arriba, tendí la mano y la vi pasar primero de negro a gris claro y luego recuperar su habitual color.

Luego el aire sopló desde los lados. Respiré hondo. Los alfilerazos no eran ya tan dolorosos. O los sentía menos, o el aire arrancaba las partículas de mi piel. Se me despejó un poco la cabeza. Volví a respirar hondo. No me encontraba bien, pero sí mejor.

Las puertas de cristal se abrieron. Ricky me tendió los brazos.

-Jack, gracias a Dios que estás a salvo.

No le contesté. Simplemente di media vuelta y me fui por donde había llegado.

-Jack...

Las puertas de cristal se deslizaron con un siseo y se cerraron con un golpe sordo.

-No voy a dejarlo ahí fuera -dije.

-¿Qué vas a hacer? No puedes traerlo tú solo; pesa demasiado. ¿Qué vas a hacer?

-No lo sé. Pero no voy a abandonarlo, Ricky.

Y volví a salir.

Por supuesto estaba haciendo lo que Ricky quería -precisamente lo que esperaba que hiciera- pero en ese momento no me di cuenta. Incluso si alguien me lo hubiera dicho, no habría atribuido a Ricky tal grado de sutileza psicológica. Ricky era muy transparente en su manera de tratar a las personas. Pero en esa ocasión me engañó.

DÍA 6

16.22

El viento soplaba con fuerza. No vi indicio de los enjambres y llegué hasta el cobertizo sin problemas. No llevaba auriculares, así que me ahorré los comentarios de Ricky.

La puerta trasera del lado del pasajero del Toyota estaba abierta. Encontré a Charley tendido de espaldas, inmóvil. Tardé un momento en darme cuenta de que aún respiraba. Tirando de él con cierto esfuerzo, logré incorporarlo. Me miró con los ojos sin vida. Tenía los labios azules y la piel gris blanquecina. Una lágrima le resbaló por la mejilla. Movió la boca.

-No intentes hablar -dije-. Ahorra la energía.

Gruñendo, lo arrastré hasta el borde del asiento, junto a la puerta y le desplacé las piernas hacia el exterior para que quedase de cara al exterior. Charley era un hombre corpulento, de un metro ochenta de estatura y unos diez kilos de peso más que yo como mínimo. Comprendí que no podría llevarlo a cuestas. Pero tras el asiento posterior del Toyota vi los gruesos neumáticos de una motocicleta de motocross. Eso podía servirme.

-Charley, ¿me oyes?

Asintió de manera imperceptible.

-¿Puedes levantarte?

Nada. No hubo reacción alguna. No me miraba; tenía la vista perdida en el vacío.

-Charley -dije-, ¿crees que puedes mantenerte en pie?

Volvió a asentir. Luego irguió el cuerpo para salir del coche deslizándose del asiento. Vacilante, permaneció de pie por un momento, temblándole las piernas, y se desplomó contra mí, aferrándose para no caerse. Me tambaleé bajo su peso.

-Muy bien, Charley... -Lo ayudé a retroceder hasta el coche y sentarse en el estribo-. Quédate aquí, ¿de acuerdo?

Lo solté, y permaneció sentado. Seguía mirando al vacío.

-Enseguida vuelvo.

Rodeé el Toyota y abrí el maletero. Había en efecto una moto, la moto de motocross más limpia que había visto en la vida. Estaba cubierta con una gruesa bolsa de lona. Y la habían limpiado después de usarla. Muy propio de David, pensé; siempre tan pulcro, tan organizado.

Saqué la moto del coche y la dejé en tierra. No había llave en el contacto. Fui a la parte delantera del Toyota y abrí la puerta del pasajero. Los asientos estaban impecables y todo en perfecto orden. David tenía en el salpicadero uno de esos blocs de notas sujetos mediante una ventosa, un soporte para el teléfono móvil y un auricular de teléfono colgado de un pequeño gancho. Abrí la guantera y vi que el interior también estaba ordenado. Los documentos del coche en un sobre, bajo una pequeña bandeja de plástico dividida en compartimentos que contenían una barra de cacao para labios, pañuelos de papel, apósitos. No había llaves. Noté entonces que entre los asientos había un espacio para el CD portátil, y debajo una bandeja cerrada con llave. Probablemente tenía la misma cerradura que el contacto. Probablemente se abría con la llave de contacto del coche.

Golpeé la bandeja con la mano y oí moverse algo metálico en el interior. Podía tratarse de una llave pequeña. Como la llave de una moto. En todo caso algo de metal.

¿Dónde estaban las llaves de David? Me pregunté si Vince se habría quedado las llaves de David a su llegada, como se había quedado las mías. En tal caso estarían en el laboratorio, y eso de poco me servía.

Miré en dirección al laboratorio, preguntándome si me convenía volver a buscarlas. En ese instante noté que el viento soplaba con menos fuerza. Había aún una nube de arena flotando sobre la tierra, pero con menos ímpetu.

Fantástico, pensé. Solo me faltaba esto.

Con creciente apremio, decidí renunciar a la moto y la llave perdida. Quizá hubiera algo en la unidad de almacenamiento que me permitiera trasladar a Charley hasta el laboratorio. No recordaba nada, pero fui de todos modos al edificio para comprobarlo. Entré con cautela, oyendo un golpeteo. Era la puerta del fondo, que se abría y cerraba agitada por el viento. El cuerpo de Rosie yacía a un paso de la puerta, iluminado y oscuro alternativamente por el movimiento de la puerta. Tenía en la piel el mismo recubrimiento lechoso que había visto en el tapetí. Pero no me acerqué a examinarla. Inspeccioné apresuradamente los estantes, abrí el armario de material. Miré detrás de las cajas amontonadas. Encontré una plataforma de tablas para muebles con pequeñas ruedas. Pero sería inútil en la arena.

Volví a salir bajo las onduladas planchas del cobertizo y corrí hacia el Toyota. La única posibilidad era tratar de acarrear a Charley hasta el laboratorio. Quizá lo consiguiera si él era capaz de sostener parte de su propio peso. Quizá se encontraba ya mejor, pensé. Quizá había recobrado parte de sus fuerzas.

Pero un vistazo a su cara me indicó que no era así. De hecho, parecía más débil.

-Mierda, Charley, ¿qué voy a hacer contigo?

No contestó.

-No puedo llevarte a cuestas. Y David no ha dejado ninguna llave en el coche, así que no tenemos suerte...

Me interrumpí.

¿Y si David hubiera perdido las llaves del coche? Era ingeniero; pensaba en esa clase de contingencias. Aunque fuera algo improbable, David tendría algo previsto. Él nunca se pondría a parar coches para preguntar si podían prestarle una percha de alambre. No, no.

David tendría una llave escondida. Probablemente en una de esas cajas magnéticas para llaves. Me disponía a tenderme de espaldas en el suelo para mirar bajo el coche cuando caí en la cuenta de que David nunca se ensuciaría la ropa solo por recuperar una llave. Buscaría un escondrijo inteligente pero accesible.

Con eso en mente, deslicé los dedos por el lado interior del parachoques delantero. Nada. Fui al parachoques trasero y repetí la operación. Nada. Palpé bajo los estribos a ambos lados del coche. Nada. No había caja magnética ni llave. No podía creerlo, así que me tendí y miré bajo el coche para ver si había una abrazadera o un saliente que no hubiera notado con los dedos.

No, no lo había. No encontré la llave.

Perplejo, moví la cabeza en un gesto de desesperación. El escondrijo tenía que ser de acero para prender la caja magnética. Y tenía que estar protegida de los elementos. Por eso casi todo el mundo escondía sus llaves en el interior de los parachoques.

David no lo había hecho.

¿Dónde podía haber escondido una llave?

Volví a rodear el coche, observando las uniformes líneas del metal. Recorrí los dedos las aberturas de la rejilla delantera y la parte posterior de la placa de matrícula.

Ninguna llave.

Empecé a sudar. No se debía solo a la tensión: percibía ya claramente que el viento había perdido fuerza. Regresé junto a Charley, que seguía sentado en el estribo.

-¿Cómo va, Charley?

No contestó, limitándose a encogerse de hombros. Le quité el auricular y me lo puse yo. Oí ruido de interferencia estática y unas voces hablar en voz baja. Eran Ricky y Bobby, y parecía una discusión. Me acerqué el micrófono a los labios y dije:

-¿Chicos? Habladme.

Un silencio.

-¿Jack? -Era Bobby, sorprendido.

-Sí, soy yo.

-Jack, no puedes quedarte ahí. La fuerza del viento ha descendido uniformemente en los últimos minutos. Ya es solo de diez nudos.

-De acuerdo...

-Jack, tienes que volver.

-Aún no puedo.

-Por debajo de siete nudos, los enjambres pueden moverse.

-De acuerdo.

-¿Cómo que de acuerdo? -dijo Ricky-. Por Dios, Jack, ¿vienes o no?

-No puedo llevar a Charley.

-Ya lo sabías al salir.

-Ajá.

-Jack, ¿qué demonios estás haciendo?

Oí el susurro de la videocámara colocada en el rincón del cobertizo. Miré por encima del techo del coche y vi girar la lente cuando me enfocaron. El Toyota era tan grande que apenas permitía ver la cámara. Y el portaesquíes lo hacía aún más alto. Vagamente me pregunté por qué tenía David un portaesquíes, ya que no esquiaba; nunca le había gustado el frío. El portaesquíes debía de formar parte del equipamiento de serie y...

Lancé un juramento. Era tan evidente.

Era el único sitio donde no había buscado. Salté sobre el estribo y miré en el techo del coche. Deslicé los dedos por el portaesquíes y por las barras paralelas sujetas al techo. Noté el contacto de la cinta adhesiva negra sobre el portaesquíes negro. Arranqué la cinta y vi una llave plateada.

-¿Jack? Nueve nudos.

-De acuerdo.

Bajé del estribo y ocupé el asiento del conductor. Introduje la llave en la cerradura de la bandeja y la giré. La bandeja se abrió. Dentro encontré una pequeña llave amarilla.

-¿Jack? ¿Qué estás haciendo?

Corrí a la parte trasera del coche. Inserté la llave amarilla en el contacto y la arranqué. El motor resonó estruendosamente bajo las planchas onduladas del cobertizo.

-¿Jack?

Llevé la moto al lado del coche donde estaba sentado Charley. Esa iba a ser la parte difícil. La moto no tenía caballete; me aproximé lo más posible a Charley y luego intenté proporcionarle apoyo para que montara detrás mientras yo permanecía sentado en la moto y la mantenía recta. Por suerte, pareció entender lo que me proponía. Una vez sentado, le dije que se sujetara a mí.

-¿Jack? Están aquí.

-¿Dónde?

-En el lado sur. Van hacia vosotros.

-De acuerdo.

Di gas y cerré la puerta del Toyota. Y me quedé donde estaba.

-¿Jack?

-¿Qué le pasa? -dijo Ricky, hablando con Bobby-. Es consciente del peligro.

-Lo sé -contestó Bobby.

-Está ahí inmóvil.

Charley se sujetaba a mi cintura con las manos y tenía su cabeza apoyada en mi hombro. Oía su respiración ronca.

-Agárrate fuerte Charley.

Asintió con la cabeza.

-¿Jack? -dijo Ricky-. ¿Qué estás haciendo?

-Idiota de mierda -me susurró Charley al oído.

-Sí.

Asentí con la cabeza. Esperé. Ya veía los enjambres rodear el edificio. Esta vez había nueve enjambres y venían derecho hacia mí en formación de cuña. Un comportamiento propio de bandada.

Nueve enjambres, pensé. Pronto habría treinta enjambres y después doscientos...

-Jack, ¿los ves? -preguntó Bobby.

-Los veo. -Claro que los veía.

Y claro que eran distintos a los de antes. Ahora eran más densos, las columnas más tupidas y consistentes. Aquellos enjambres ya no pesaban un kilo y medio. Presentí que estábamos cerca de los cinco o diez kilos. Quizá incluso más. Quizá quince kilos. Ahora tenían verdadero peso, verdadero contenido.

Esperé. Me quedé donde estaba. Una distanciada parte de mi cerebro se preguntaba qué haría la formación al llegar a mí. ¿Me rodearían? ¿Permanecerían al margen y esperarían algunos de los enjambres? ¿Qué conclusión sacarían ante la ruidosa moto?

Ninguna. Vinieron derechos hacia mí, primero convirtiendo la cuña en una línea y luego esta en una especie de cuña invertida. Oí el zumbido grave y vibrante. Con tantos enjambres era mucho más sonoro.

Las columnas arremolinadas estaban a veinte metros de mí. A diez. ¿Se movían ahora más deprisa o eran imaginaciones mías? Aguardé hasta que estaban casi sobre mí y entonces di gas y salí a toda velocidad. Traspasé el enjambre de cabeza, penetrando en la negrura y volviendo a salir. Me dirigí hacia la puerta del grupo electrógeno, sobre las irregularidades del desierto, sin atreverme a mirar atrás. Fue un viaje desenfrenado y duró solo unos segundos. Al llegar al edificio, dejé caer la moto, me eché el brazo de Charley al hombro y, tambaleándome, recorrí los dos pasos que me separaban de la puerta.

Los enjambres se hallaban aún a cincuenta metros de la puerta cuando conseguí hacer girar el picaporte, tiré, metí un pie en la abertura y de una patada abrí la puerta. Al hacerlo, perdí el equilibrio, y Charley y yo caímos poco más o menos a través de la puerta en el suelo de hormigón. La puerta se cerró, atrapándonos las piernas. Sentí un intenso dolor en los tobillos; pero peor aún, la puerta seguía abierta. A través del hueco vi aproximarse los enjambres.

Como pude, me levanté y entré a rastras el cuerpo inerte de Charley. La puerta se cerró, pero sabía que era una puerta contraincendios, y no era hermética. Las nanopartículas podían penetrar. Debíamos llegar los dos al compartimiento estanco. No estaríamos a salvo hasta que la puerta de cristal se cerrara.

Gruñendo y sudando, llevé a Charley hasta el interior del compartimiento. Lo coloqué sentado, apoyándolo contra las salidas de aire laterales. Así conseguí que sus pies no obstruyeran la puerta de cristal. Y como solo podíamos pasar de uno en uno, volví a salir. Aguardé a que se cerrara la puerta.

Pero no se cerraba.

Busqué algún botón en la pared pero no lo había. En el interior del compartimiento las luces estaban encendidas, así que llegaba corriente eléctrica. Pero la puerta no se cerraba.

Y sabía que los enjambres se acercaban rápidamente.

Bobby Lembeck y Mae aparecieron apresuradamente en la sala del lado opuesto. Los vi a través de la segunda puerta de cristal. Agitaban los brazos y hacían amplios gestos, indicándome aparentemente que volviera a entrar en el compartimiento. Pero eso no tenía sentido. Por el micrófono de los auriculares dije:

-Pensaba que teníamos que pasar de uno en uno.

No llevaban auriculares y no me oían. Desesperadamente seguían indicándome que entrara.

Con expresión interrogativa alcé dos dedos.

Negaron con la cabeza. Por lo visto, querían decir que no había entendido la situación.

A mis pies, vi las nanopartículas empezar a entrar como un río negro. Atravesaban los resquicios de la puerta contraincendios. Me quedaban solo quince o diez segundos.

Volví a entrar en el compartimiento estanco. Bobby y Mae manifestaron su aprobación con gestos de asentimiento. Pero la puerta no se cerró. Comenzaron a hacer otros gestos, moviendo las manos hacia arriba.

-¿Queréis que levante a Charley?

Así era. Negué con la cabeza. Charley seguía medio desplomado, un peso muerto en el suelo. Eché un vistazo a la antesala y vi que estaba llenándose de partículas negras; formaban ya una niebla grisácea en el aire. La niebla también entraba en el compartimiento. Noté los primeros alfilerazos.

Miré a Bobby y Mae, al otro lado del cristal. Veían lo que ocurría; sabían que quedaban solo unos segundos. Volvían a hacer gestos: levanta a Charley. Me incliné y pasé las manos bajo sus axilas. Tiré de él para ponerlo en pie pero no se movió.

-Ayúdame, Charley, por Dios. -Gimiendo, volví a intentarlo. Charley empujó con brazos y piernas y logré separarlo medio metro del suelo. Al instante volvió a desplomarse-. Vamos, Charley, una vez más.

Tiré con todas mis fuerzas y esta vez él ayudó mucho más. Conseguimos que encogiera las piernas bajo el cuerpo y, con un esfuerzo final, lo puse en pie. Lo sujeté por las axilas, en una especie de enloquecido abrazo. Charley resoplaba. Miré hacia la puerta de cristal.

La puerta no se cerró.

El aire era cada vez más negro. Miré a Mae y Bobby. Estaban desesperados. Alzando dos dedos, agitaban las manos en dirección a mí. No lo entendía.

-Sí, somos dos.

¿Qué ocurría con las malditas puertas? Finalmente Mae se inclinó y se señaló claramente los dos zapatos con un dedo de cada mano. Le vi formar con los labios: «Dos zapatos». Y señalaba a Charley.

-Sí, tenemos dos zapatos. Está de pie sobre sus dos zapatos.

Mae negó con la cabeza.

Alzó cuatro dedos.

-¿Cuatro zapatos?

Los alfilerazos eran muy molestos; me impedían pensar. Noté que la confusión de minutos antes volvía a adueñarse de mí. Estaba ofuscado. ¿Cuatro zapatos? ¿Qué quería decir?

En el compartimiento el aire empezaba a oscurecerse. Cada vez me costaba más ver a Mae y Bobby. Con gestos me indicaban algo más, pero no lo entendía. Empezaban a parecerme distantes, distantes e intrascendentes. No me quedaba energía, ni me preocupaba.

Dos zapatos, cuatro zapatos.

Y por fin comprendí. Me volví de espaldas a Charley, me apoyé contra él y dije:

-Pon los brazos alrededor de mi cuello.

Lo hizo, y yo, cogiéndolo por las piernas lo levanté del suelo.

Al instante la puerta se cerró.

Eso era, pensé.

El viento empezó a soplar sobre nosotros. El aire se despejó rápidamente. Me esforcé por mantener a Charley en alto y lo conseguí hasta que vi abrirse la segunda puerta. Mae y Bobby entraron apresuradamente al compartimiento.

Y yo me desplomé. Charley cayó sobre mí. Creo que fue Bobby quien me lo sacó de encima. No estoy seguro. A partir de ese momento apenas recuerdo nada.

EL NIDO

DÍA 6

18.18

Desperté en mi cama del módulo residencial. Las unidades de tratamiento de aire rugían de tal modo que la habitación retumbaba como un aeropuerto. Legañoso, me dirigí hacia la puerta con paso tambaleante. Estaba cerrada con llave. La golpeé varias veces pero nadie acudió, ni siquiera cuando grité. Fui al terminal del escritorio y lo encendí. Apareció un menú y busqué algún tipo de intercomunicador. No vi nada de esas características pese a que examiné la pantalla durante un rato. Debí de activar algo, porque apareció una ventana y Ricky me sonrió desde ella.

-Así que estás despierto -dijo-. ¿Cómo te encuentras?

-Abre esa puerta.

-¿Está cerrada con llave?

-Ábrela, maldita sea.

-Era solo por tu protección.

-Ricky, abre la puerta.

-Ya lo he hecho. Está abierta, Jack.

Me acerqué a la puerta. Era verdad; se abrió de inmediato. Eché un vistazo al cerrojo. Había un pasador extra, una especie de mecanismo de cierre a distancia. Debía acordarme de cubrirlo con cinta adhesiva.

-Quizá te apetezca tomar una ducha -sugirió Ricky desde el monitor.

-Sí, me apetece. ¿Por qué hace tanto ruido la salida de aire?

-En tu habitación la hemos puesto a plena potencia por si quedaba alguna partícula -explicó Ricky.

Revolví en el interior de mi bolsa para sacar ropa.

-¿Dónde está la ducha?

-¿Necesitas ayuda?

-No, no necesito ayuda. Solo quiero que me digas dónde está la ducha.

-Te noto enfadado.

-Vete a la mierda, Ricky.

La ducha me sentó bien. Permanecí bajo el chorro unos veinte minutos, dejando que el agua caliente corriera por mi cuerpo dolorido. Tenía muchos moretones, en el pecho, en el muslo, pero no recordaba cómo me los había hecho.

Cuando salí, encontré allí a Ricky, sentado en un banco.

-Jack, estoy muy preocupado.

-¿Cómo está Charley?

-Bien, parece. Ahora duerme.

-¿También has cerrado con llave su habitación?

-Jack, sé por lo que has pasado y quiero que sepas que te estamos muy agradecidos por lo que has hecho..., es decir la compañía te está agradecida, y...

-A la mierda la compañía.

-Jack, entiendo tu enfado.

-Déjate de rollos, Ricky. Nadie me ha ayudado. Ni tú, ni ninguna otra persona de esta fábrica.

-No dudo que da esa impresión...

-No es una impresión, Ricky. Cuando digo nadie quiero decir nadie.

-Jack, Jack, por favor. Intento decirte que lamento todo lo ocurrido. Lo siento mucho, de verdad. Si hubiera alguna posibilidad de volver atrás y cambiarlo, lo haría, créeme.

Lo miré.

-No te creo, Ricky.

Me dirigió una de sus persuasivas sonrisas.

-Espero que a su debido tiempo cambies de opinión.

-No lo esperes.

-Sabes que siempre he valorado nuestra amistad, Jack. Para mí siempre ha sido lo más importante.

Mantuve la mirada fija en él. Ricky no me escuchaba. Tenía en el rostro aquella estúpida expresión risueña y optimista. Me pregunté si tomaba alguna droga. Desde luego actuaba de manera extraña.

-Bueno, da igual. -Respiró hondo y cambió de tema-. Una buena noticia: va a venir Julia, llegará hoy a última hora.

-¿Para qué viene?

-Sin duda porque le preocupan estos enjambres fuera de control.

-¿Le preocupan mucho? -pregunté-. Porque estos enjambres podrían haber sido eliminados hace semanas, cuando empezaron a mostrarse las tendencias evolutivas. Pero eso no ocurrió.

-Sí, bueno, el hecho es que por entonces nadie entendía en realidad...

-Yo creo que sí lo entendían.

-Pues no. -Consiguió adoptar el aspecto de quien se siente injustamente acusado y un poco ofendido, pero yo comenzaba a cansarme del juego.

-Ricky -dije-, he venido en el helicóptero con varios tipos de relaciones públicas. ¿Quién les comunicó que tenéis aquí un problema de relaciones públicas?

-No sé nada de esos relaciones públicas.

-Les habían dicho que no debían salir del helicóptero, que esto era peligroso.

Negó con la cabeza.

-No tengo la menor idea... no sé de qué me hablas.

Levanté las manos en un gesto de exasperación y salí del cuarto de baño.

-¡No lo sé! -protestó Ricky-. Te juro que no sé nada de eso.

Media hora después, en una especie de ofrecimiento de paz, Ricky me trajo el código desaparecido que le había pedido. Era breve, solo una hoja de papel.

-Disculpa por esto -dijo-. Me ha costado un rato encontrarlo. Rosie separó todo un subdirectorio hace unos días para trabajar en una sección. Supongo que se olvidó de reintroducirlo. Por eso no estaba en el directorio principal.

-Ya. -Examiné la hoja-. ¿En qué estaba trabajando?

Ricky se encogió de hombros.

-Eso es lo que no me explico. En otro archivo.

/*Mod Compstat-do */
Exec mode {Æ ij (Cx1, Cy1, Cz1)}/*inic*/
{¶ij(x1,y1,z1)}/*estado*/
{¶ikl (x1,y1,z1) (x2,y2,z2)}/*rastreo*/
Push{z(¡)} /*guardar*/
React /*ref estado*/
b1{(dx(¡,j,k)}{place(Cj,Hj)}
b2 {(fx,(a,q))}
Place {z(q)} /*guardar*/
Intent /*ref intent*/
bijk{(dx(¡,j,k)}{place(Cj,Hj)}
bx{(fx,(a,q))}
Load {z(i) }/*guardar*/
Exec (move {Æij (Cx1, Cy1, Cz1)})
Exec (pre{Æ ij (Hx1, Hy1, Hz1)})
Exec (post{Æ ij (Hx1, Hy1, Hz1)})
Push {¶ij(x1,y1,z1)}
{¶ikl (x1, y1, z1) move (x2,y2,z2)}/*rastreo*/
(0,1,0,01)

-Ricky -dije-, este código es casi idéntico al original.

-Sí, eso creo. Todos los cambios son menores. No se por qué le das tanta importancia. -Se encogió de hombros-. Es decir, en cuanto perdimos el control del enjambre, el código concreto, desde mi punto de vista, carecía de interés. En todo caso no podía cambiarse.

-¿Y cómo perdisteis el control? En este código no hay algoritmo evolutivo.

Extendió las manos.

-Jack, si supiéramos eso lo sabríamos todo. No estaríamos metidos en este lío.

-Pero, Ricky, me pidieron que viniera aquí a estudiar los problemas del código que había escrito mi equipo. Me dijeron que los agentes perdían el rastro de sus objetivos...

-Yo diría que librarse del control de radio es perder el rastro de los objetivos.

-Pero el código no ha cambiado.

-No, ya, en realidad a nadie le importaba el código en sí, Jack. Lo que cuenta son las consecuencias del código, el comportamiento que emerge del código. Con eso queríamos que nos ayudaras. Porque es tu código, ¿no?

-Sí, y es vuestro enjambre.

-Es verdad, Jack.

Se encogió de hombros, como riéndose de sí mismo y salió de la habitación. Contemplé la hoja durante un rato y me pregunté por qué me había sacado una copia por impresora. Eso significaba que no podía comprobar el documento electrónico. Quizá Ricky estaba enmascarando otro problema más. Quizá el código sí había sido modificado, pero él me lo ocultaba. O quizá...

Al diablo, pensé. Arrugué la hoja y la tiré a la papelera. Fuera cual fuese la solución a ese problema, no estaría en el código informático. De eso no cabía duda.

Mae estaba en el laboratorio de biología atenta a su monitor, con la barbilla apoyada en la mano.

-¿Te encuentras bien? -pregunté.

-Sí. -Sonrió-. ¿Y tú?

-Solo un poco cansado. Y me duele otra vez la cabeza.

-A mí también, pero creo que en mi caso se debe a este fago.

Señaló la pantalla. Mostraba la imagen en blanco y negro de un virus obtenida a través de un microscopio electrónico. El fago parecía un obús: una cabeza abultada y puntiaguda, unida a una cola más estrecha.

-¿Ese es el nuevo mutante del que me hablabas? -dije.

-Sí. Ya he desactivado un depósito de fermentación. La producción está solo al sesenta por ciento de su capacidad. Aunque eso poco importa, supongo.

-¿Y qué estás haciendo con ese depósito desactivado?

-Ensayos con reagentes antivirales -contestó-. Aquí tengo un número limitado de ellos. De hecho, no es nuestro objetivo analizar contaminantes. El protocolo solo exige desactivar y limpiar cualquier depósito que deje de funcionar correctamente.

-¿Por qué no lo habéis hecho?

-Al final probablemente lo haré. Pero como este es un nuevo mutante, pensé que era mejor encontrar primero un contraagente, porque lo necesitarán para la producción futura. Es decir, el virus volverá.

-¿Quieres decir que reaparecerá? ¿Reevolucionará?

-Sí. En una forma más o menos virulenta, pero en esencia el mismo.

Asentí con la cabeza. Conocía esa situación por mi trabajo con algoritmos genéticos, programas concebidos específicamente para imitar la evolución. La mayoría de la gente imaginaba la evolución como un proceso aislado, una confluencia de sucesos casuales. Si las plantas no hubieran empezado a producir oxígeno, no se habría desarrollado la vida animal. Si un asteroide no hubiera barrido del planeta a los dinosaurios, los mamíferos no habrían aparecido. Si algunos peces no hubieran salido a tierra, seguiríamos en el agua. Y así sucesivamente.

Todo eso era verdad hasta cierto punto, pero la evolución tenía otro lado. Ciertas formas y pautas de vida reaparecían una y otra vez. Por ejemplo, el parasitismo -un animal viviendo a costa de otro- se había desarrollado de manera independiente muchas veces a lo largo de la evolución. El parasitismo era una pauta fiable de interacción para las formas de vida, y reemergía.

Un fenómeno análogo tenía lugar con los programas genéticos. Tendían a encaminarse hacia ciertas soluciones ensayadas. Los programadores las llamaban picos en un paisaje de adecuación; podían representarlo como una cordillera montañosa tridimensional de falso color. Pero el hecho era que la evolución también tenía su lado estable.

Y algo con lo que podía contarse era que cualquier caldo de cultivo de bacterias tenía muchas probabilidades de ser contaminado por un virus, y si ese virus no podía infectar a las bacterias, mutaba a una forma que sí fuera capaz de hacerlo. Podía contarse con eso en igual medida que cabía esperar encontrar hormigas en el azucarero si se lo dejaba demasiado tiempo en el mármol de la cocina.

Considerando que la evolución se había estudiado durante ciento cincuenta años, era sorprendente que aún se la conociera tan poco. Las antiguas ideas acerca de la supervivencia de los más aptos habían quedado desfasadas hacía mucho. Esos puntos de vista eran demasiado simplistas. Los pensadores del siglo XIX veían la evolución como «la naturaleza con garras y dientes», imaginando un mundo donde los animales fuertes mataban a los débiles. No habían tenido en cuenta que los más débiles inevitablemente se fortalecerían o se defenderían de algún modo, cosa que por supuesto siempre ocurría.

Las nuevas ideas ponían de relieve la interacción entre formas en continua evolución. Algunos hablaban de la evolución como una carrera armamentística, aludiendo con ello a una interacción creciente. Una planta atacada por una plaga desarrolla un pesticida en las hojas. La plaga evoluciona para tolerar el pesticida, así que la planta desarrolla un pesticida más potente. Y así sucesivamente.

Otros hablaban de esta tendencia como coevolución, según la cual dos o más formas de vida evolucionaban simultáneamente para tolerarse la una a la otra. Así, una planta atacada por las hormigas evoluciona para tolerar a las hormigas, incluso empieza a generar un alimento especial para ellas en la superficie de sus hojas. A cambio, las hormigas huéspedes protegen a la planta, picando a cualquier animal que intenta comerse las hojas. Pronto ni la planta ni la hormiga pueden sobrevivir la una sin la otra.

Esta tendencia era tan básica que muchos creían que era el núcleo real de la evolución. El parasitismo y la simbiosis eran el verdadero fundamento del cambio evolutivo. Estos procesos se encontraban en el corazón mismo de toda evolución, y habían estado presentes desde el principio. Lynn Margulis se hizo famoso por demostrar que las bacterias inicialmente habían desarrollado núcleos engullendo a otras bacterias.

En el siglo XXI era evidente que la coevolución no se limitaba a criaturas emparejadas en una danza aislada. Existían tendencias coevolutivas con tres, diez o
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