Traducción de Carlos Milla Soler




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Artificial Life II, a cargo de C. G. Langton, C. Taylor, J. D. Farmer y S. Rasmussen, Santa Fe Instituto of Studies in the Science of Complexity, vol. X , Addison-Wesley, Redwood City, California, 1992, p. 815.

Y el principal defensor de la nanotecnología, K. Eric Drexler, manifestó una preocupación análoga:

Hay muchas personas, incluido yo, que ven con considerable inquietud las consecuencias futuras de esta tecnología. Hablamos de cambios en tantas cosas que es muy alto el riesgo de que la sociedad no los use debidamente por falta de preparación.6

6. K. Eric Drexler, «Introducción a la nanotecnología», en Prospects in Nanotechnology, Toward Molecular Manufacturing (Proceedings of the First General Conference on Nanotechnology Development, Applications and Opportunities), a cargo de Markus Krummenacker y James Lewis, Wiley, Nueva York, 1992, p. 21.

Incluso en los pronósticos más optimistas (o alarmantes), tales organismos surgirán probablemente en cuestión de décadas. Confiemos en que cuando aparezcan, hayamos establecido controles internacionales para las tecnologías autorreproducibles. Cabe esperar que dichos controles se apliquen de manera rigurosa; ya hemos aprendido a tratar a los creadores de virus informáticos con una severidad inimaginable hace veinte años. Hemos aprendido a mandar a los hackers a la cárcel. Los biotecnólogos descarriados pronto seguirán sus pasos.

Pero naturalmente es posible que no impongamos controles. O que alguien logre producir organismos artificiales autorreproducibles mucho antes de lo previsto. En tal caso, es difícil calcular las consecuencias. Este es el tema de la presente novela.

MICHAEL CRICHTON

Los Ángeles, 2002

Ahora son las doce de la noche. La casa está a oscuras. No sé cómo acabará esto. Los niños están muy enfermos, vomitando. Oigo las arcadas de mi hijo y mi hija, cada uno en un cuarto de baño. Hace unos minutos he entrado a ver cómo estaban, qué echaban. Me preocupa la pequeña, pero tenía que contagiarla también. Era su única esperanza.

Creo que estoy bien, al menos de momento. Pero desde luego las expectativas no son buenas: la mayoría de las personas implicadas en este asunto han muerto. Y hay muchas cosas que no sé con seguridad.

La fábrica ha sido destruida, pero no sé si lo hicimos a tiempo.

Estoy esperando a Mae. Salió hacia el laboratorio de Palo Alto hace doce horas. Espero que lo haya conseguido. Espero que les haya hecho comprender lo desesperada que es la situación. Pensaba que tendría noticias del laboratorio, pero aún no han dicho nada.

Me zumban los oídos, lo cual es mala señal. Y noto una vibración en el pecho y el abdomen. La pequeña está escupiendo, sin llegar a vomitar. Tengo mareos. Espero no perder el conocimiento. Los niños me necesitan, sobre todo la pequeña. Están asustados, y no me sorprende.

Yo también lo estoy.

Sentado aquí en la oscuridad, me cuesta creer que hace una semana mi mayor problema fuese encontrar trabajo. Ahora eso casi resulta ridículo.

Pero las cosas nunca salen como uno prevé.

CASA

DÍA 1

10.04

Las cosas nunca salen como uno prevé.

Nunca me había propuesto convertirme en amo de casa, señor de su hogar, padre a jornada completa, o como se lo quiera llamar; no hay ningún término bueno para describirlo. Sin embargo en eso me había convertido desde hacía seis meses. En ese momento estaba en Grate and Barrel, en el centro de San José, comprando unos vasos, y me fijé en que tenían un amplio surtido de manteles individuales. Necesitábamos más manteles; los ovalados de tiras entretejidas que Julia había comprado hacía un año empezaban a verse bastante gastados y tenían comida de bebé incrustada en la trama. Como eran de tiras entretejidas, no podía lavárselos, ese era el problema. Así que me detuve en esa sección para ver si había algún mantel de mi gusto. Encontré unos de color azul claro que no estaban mal y, de paso, cogí una servilletas blancas. Entonces me llamaron la atención unos manteles amarillos, bonitos y muy vistosos, y también los cogí. En el estante tenían solo tres o cuatro, y como pensaba llevarme seis, pedí a la dependienta que mirara si había más en el almacén. Mientras ella iba a comprobarlo, coloqué un mantel en la mesa y puse encima un plato blanco y, al lado de este, una servilleta amarilla. El conjunto quedaba muy alegre, y empecé a pensar que quizá debía llevarme ocho en lugar de seis. En ese instante sonó mi teléfono móvil.

Era Julia.

—Hola, cariño.

—Hola, Julia. ¿Qué tal? —dije. Oía de fondo el ruido de la maquinaria, un tableteo ahogado y uniforme. Probablemente la bomba neumática del microscopio electrónico. En su laboratorio disponían de varios microscopios electrónicos de exploración.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Mira, comprando unos manteles.

—¿Dónde?

—En Grate and Barrel.

Se echó a reír.

—¿Eres el único hombre en la tienda?

—No...

—Vamos, no pasa nada —dijo Julia. Noté que Julia no tenía el menor interés en la conversación. Algún otro asunto le rondaba por la mente—. Oye, Jack, quería decirte que, sintiéndolo mucho, esta noche volveré a llegar tarde.

La dependienta regresó con más manteles amarillos. Sin apartarme el teléfono del oído, le hice una seña para que se acercara. Alcé tres dedos, y ella dejó tres manteles más en la mesa. Dirigiéndome a Julia, dije:

—¿Va todo bien?

—Sí, es la locura de siempre. Hoy emitimos una demostración por vía satélite a las SCR de Asia y Europa y tenemos problemas con la conexión de este lado porque la unidad móvil que nos han mandado... En fin, no quieras saber... El caso, cariño, es que esto se alargará unas dos horas. Quizá más. Volveré a las ocho como muy pronto. ¿Puedes darles la cena a los niños y acostarlos?

—No hay problema —dije, y no lo había. Ya estaba acostumbrado.

En los últimos tiempos Julia trabajaba muchas horas. La mayoría de las noches llegaba a casa cuando los niños ya se habían dormido. Xymos Technology, la compañía en la que ocupaba un alto cargo, pretendía obtener otra aportación de capital riesgo —veinte millones de dólares—, y estaba bajo una gran presión. En especial desde que Xymos desarrollaba tecnología en el terreno de lo que la compañía llamaba «manufactura molecular», pero se conocía en general como «nanotecnología». La nanotecnología no gozaba actualmente de gran aceptación entre las SCR, sociedades de capital riesgo. Demasiadas SCR se habían ido a pique en los últimos diez años a causa de productos que estaban supuestamente a la vuelta de la esquina, pero nunca salían del laboratorio. Las SCR consideraban que la nanotecnología prometía mucho pero no producía nada.

Pero Julia no necesitaba que se lo explicaran. Ella misma había trabajado para más de una SCR. Formada inicialmente en el campo de la psicología infantil, acabó especializándose en «incubación tecnológica», y colaboraba en la puesta en marcha de incipientes compañías tecnológicas. (A modo de broma, a menudo decía que seguía dedicándose a la psicología infantil.) Al final, había dejado de asesorar a empresas y se había incorporado a una de ellas a jornada completa. Ahora era vicepresidenta de Xymos.

Según Julia, Xymos había hecho varios innovadores avances y llevaba mucha ventaja a otras compañías del sector. Decía que se hallaban a un paso de conseguir un prototipo de producto comercial. Pero yo la escuchaba con cierto escepticismo.

—Oye, Jack—dijo con tono de culpabilidad—, quiero advertirte que Eric va a llevarse una desilusión.

—¿Porqué?

—Verás..., le dije que iría al partido.

—¿Por qué, Julia? Ya habíamos hablado respecto a esa clase de promesas. Es imposible que llegues a tiempo a ese partido. Es a las tres. ¿Por qué se lo dijiste?

—Pensé que quizá podría ir.

Dejé escapar un suspiro. Era, me dije, una muestra de su afecto.

—Está bien, cariño; no te preocupes. Yo me encargaré.

—Gracias. Ah, Jack, en cuanto a los manteles..., compres los que compres, que no sean amarillos, ¿de acuerdo?

Y colgó.

Preparé unos espaguetis para cenar porque con la pasta nunca había discusiones. A las ocho los dos pequeños ya dormían, y Nicole estaba acabando las tareas. Contaba doce años y debía estar en la cama a las diez, pero no le gustaba que sus amigas lo supieran. La menor, Amanda, tenía solo nueve meses. Empezaba a gatear por todas partes y a ponerse en pie si encontraba donde sujetarse. El otro, Eric, tenía ocho años; era un entusiasta del fútbol y jugaba a todas horas menos cuando se disfrazaba de caballero y perseguía por la casa a su hermana mayor con su espada de plástico.

Nicole atravesaba una etapa pudorosa, y a Erik nada le divertía tanto como cogerle un sujetador y correr de un lado a otro pregonando «¡Nicky lleva sujetador! ¡Nicky lleva sujetador!». Nicole, con demasiado sentido del decoro para perseguirlo, apretaba los dientes y gritaba: «¿Papá? ¡Lo ha hecho otra vez! ¡Papá!». Y yo me veía obligado a dar caza a Eric y prohibirle que tocara las cosas de su hermana.

En eso se había convertido mi vida. Al principio, tras perder mi empleo en MediaTronics, encontraba interesante lidiar con la rivalidad entre hermanos. Y a veces no me parecía tan distinto de lo que había sido mi trabajo.

En MediaTronics era jefe de un departamento de programación, al frente de un grupo de jóvenes programadores con mucho talento. A los cuarenta, ya no tenía edad para trabajar como programador; escribir en código es tarea de jóvenes. Así que organizaba el equipo, y con dedicación exclusiva. Como la mayoría de los programadores de Silicon Valley, los miembros de mi equipo vivían aparentemente en una perpetua crisis de Porsches estrellados, infidelidades, turbulentas aventuras amorosas, conflictos con los padres y malas reacciones a los fármacos, todo ello superpuesto a un ritmo de trabajo a marchas forzadas, con maratones nocturnos animados mediante cajas de Coca-Cola baja en calorías y patatas fritas.

Pero el trabajo era apasionante, en un campo de vanguardia. Creábamos lo que se llama «procesamiento distribuido en paralelo» o «programas basados en agentes». Estos programas proporcionan modelos de procesos biológicos introduciendo agentes virtuales en el ordenador y dejando luego que dichos agentes interactúen para solucionar problemas del mundo real. Parece extraño, pero da buen resultado. Uno de nuestros programas, por ejemplo, emulaba la búsqueda de alimento de las hormigas —el modo en que las hormigas encuentran el camino más corto a la comida— para dirigir el tráfico de llamadas a través de una gran red telefónica. Otros programas imitaban el comportamiento de las termitas, los enjambres de abejas y los leones al acecho.

Era divertido, y probablemente yo continuaría allí si no hubiera asumido ciertas responsabilidades extra. En mis últimos meses me habían puesto a cargo de la seguridad, en sustitución de un asesor externo que había desarrollado esa labor durante dos años, pero no había detectado el robo de un código fuente de la empresa hasta que apareció en un programa comercializado en Taiwan. De hecho, era el código fuente de mi departamento, del software de procesamiento distribuido. Ese era el código robado.

Supimos que era el mismo código porque los huevos de Pascua seguían intactos. Los programadores siempre introducen huevos de Pascua en su código, pequeñas secuencias sin utilidad real, incluidas por mera diversión. La compañía taiwanesa no había cambiado ninguno de ellos; utilizaron nuestro código en bloque. Así pues, la combinación de teclas Alt-Mayúscula-M-9 abría una ventana donde aparecía la fecha de la boda de uno de nuestros programadores. Un robo manifiesto.

Naturalmente los demandamos, pero Don Gross, el director de la empresa, quiso asegurarse de que no volvía a ocurrir. Así que me puso a cargo de la seguridad, y yo, indignado por el robo, acepté el puesto. Era solo a tiempo parcial; seguí al frente del departamento. Mi primera medida como responsable de la seguridad fue controlar el uso de los terminales de trabajo. Era bastante sencillo; actualmente, el ochenta por ciento de las empresas controlan qué hacen los empleados en sus ordenadores. Para ello, recurren al vídeo, llevan un registro de las pulsaciones del teclado, o rastrean el correo electrónico en busca de ciertas palabras clave; hay toda clase de procedimientos.

Don Gross era un hombre duro, un ex marine que no había acabado de perder el talante militar. Cuando le comenté el nuevo sistema, dijo: «Pero no estarás controlando mi ordenador, ¿verdad?». Claro que no, le contesté. De hecho, había preparado los programas para controlar todos los ordenadores de la empresa, el suyo incluido. Y así descubrí, dos semanas después, que Don tenía un lío con una chica de contabilidad y la había autorizado a disponer de un coche de la compañía. Fui a decirle que, a partir de los mensajes relacionados con Jean, de contabilidad, se desprendía que una persona desconocida tenía una aventura con ella, y que estaba disfrutando de ventajas a las que su puesto no le daba derecho. Añadí que no sabía quién era esa persona, pero si continuaba usando el correo electrónico, pronto lo averiguaría.

Supuse que Don captaría la indirecta, y así fue. Pero empezó a enviar los mensajes comprometedores desde su casa, sin darse cuenta de que todo pasaba por el servidor de la empresa y me llegaba a mí. Así me enteré de que estaba vendiendo software con «descuento» a distribuidores extranjeros e ingresando sustanciosos pagos «en concepto de asesor» en una cuenta de las islas Caimán. Eso era obviamente ilegal, y yo no podía pasarlo por alto. Consulté con mi abogado, Gary Marder, que me aconsejó que dejara el trabajo.

—¿Dejar el trabajo? —repetí.

—Sí, claro.

—¿Por qué?

—¿Qué más da el porqué? Te han hecho una oferta mejor en otra empresa. Tienes problemas de salud. O asuntos familiares. Complicaciones en casa. Sencillamente sal de ahí. Deja el trabajo.

—Un momento —dije—. ¿Opinas que yo debo dejar mi trabajo porque él viola la ley? ¿Ese es tu consejo?

—No —contestó Gary—. Como abogado, mi consejo es que si llega a tu conocimiento cualquier actividad ilegal, tienes la obligación de denunciarla. Pero, como amigo, mi consejo es que mantengas la boca cerrada y te marches de ahí cuanto antes.

—Parece una actitud un tanto cobarde. Creo que debo informar a los inversores.

Gary dejó escapar un suspiro y apoyó la mano en mi hombro.

—Jack, los inversores saben cuidarse solos. Lárgate de ahí.

Eso no me pareció correcto. Me había molestado el robo de mi código. Ahora no podía evitar preguntarme si realmente había sido un robo. Quizá lo habían vendido. La nuestra era una empresa de capital privado, y se lo dije a un miembro del consejo de administración.

Resultó que él estaba involucrado en el asunto. Me despidieron al día siguiente por negligencia grave y falta de ética profesional. Hubo amenazas de litigio; tuve que firmar diversos pactos de confidencialidad para cobrar la indemnización. Mi abogado se encargó del papeleo, suspirando a cada nuevo documento.

Al final, salimos a la calle bajo un sol blanquecino.

—Bueno, al menos esto ya ha acabado —comenté.

Él se volvió hacia mí y me miró.

—¿Por qué dices eso? —preguntó.

Porque no había acabado, claro está. Misteriosamente, me había convertido en un hombre marcado. Tenía un excelente curriculum y trabajaba en un sector en auge. Pero cuando iba a las entrevistas notaba que mostraban poco interés. Peor aún, se sentían incómodos conmigo. Silicon Valley abarca un área considerable, pero es un mundo pequeño. Las noticias vuelan. Finalmente hablé con un entrevistador a quien conocía un poco, Ted Landow. Había entrenado a su hijo en la liga infantil de béisbol el año anterior. Al terminar la entrevista, le pregunté:

—¿Qué has oído de mí?

Movió la cabeza en un gesto de negación.

—Nada, Jack.

—Ted, he ido a diez entrevistas en diez días. Dímelo.

—No hay nada que decir.

—Ted.

Revolvió sus papeles, eludiendo mi mirada. Lanzó un suspiro.

—Jack Forman. Conflictivo. Reacio a cooperar. Agresivo. Exaltado. Poco espíritu de equipo. —Tras una vacilación, añadió—: Y presuntamente participaste en ciertos negocios. Sin dar explicaciones, insinúan que eran ciertos negocios turbios. Aceptaste sobornos.

—¿Sobornos? —repetí. Me invadió una repentina indignación, y empecé a protestar, hasta darme cuenta de que probablemente parecía una persona exaltada y agresiva, así que me callé y le di las gracias.

Cuando ya me iba, dijo:

—Jack, hazte un favor. Deja pasar un tiempo. Las cosas cambian deprisa en Silicon Valley. Tienes mucha experiencia y un buen curriculum. Espera a que... —Se encogió de hombros.

—¿Un par de meses?

—Cuatro, diría yo. Quizá cinco.

En cierto modo sabía que Ted tenía razón. A partir de ese momento me lo tomé con más calma. Empezaron a llegarme rumores de que los manejos de MediaTronics habían salido a la luz y quizá se formularan cargos. Intuí una posibilidad de rehabilitación, pero entretanto solo podía esperar.

Gradualmente el hecho de no ir a la oficina por la mañana empezó a resultarme menos extraño. Julia tenía una larga jornada de trabajo y los niños exigían mucha atención; si yo estaba en casa, acudían a mí en lugar de a María, nuestra empleada doméstica. Comencé a llevarlos al colegio, a recogerlos, a acompañarlos al médico, al dentista, a los entrenamientos de fútbol. Las primeras comidas que preparé fueron un desastre, pero mejoré.

Y sin darme cuenta, acabé comprando manteles y considerando posibles combinaciones para la mesa en Grate and Barrel. Y todo me parecía absolutamente normal.

Julia llegó a casa cerca de las nueve y media. Yo veía el partido de los Giants por televisión, sin seguirlo con verdadero interés. Entró y me besó en la nuca.

—¿Están todos dormidos? —preguntó.

—Excepto Nicole. Aún está haciendo deberes.

—¿No es ya tarde para que todavía esté levantada?

—No, cariño —respondí—. Quedamos en que este año puede acostarse a las diez, ¿recuerdas?

Julia se encogió de hombros, como si no lo recordara. Y quizá así era. En cierto modo se habían invertido nuestros papeles; ella siempre había estado más al corriente en las cosas de los niños, pero ahora lo estaba yo. Esta situación a veces incomodaba a Julia, que por alguna razón lo vivía como una pérdida de autoridad.

—¿Cómo está la pequeña?

—Está mejor del resfriado. Solo un poco mocosa. Ya come más.

Acompañé a Julia a las habitaciones. Entró en la del bebé, se inclinó sobre la cuna y besó con ternura a la niña dormida. Viéndola, pensé que había algo en las atenciones de una madre que un hombre no podía igualar. Julia tenía una relación con los niños que yo nunca tendría. O al menos era una relación distinta. Escuchó la pausada respiración del bebé y dijo:

—Sí, está mejor.

Luego entró en la habitación de Eric, cogió la Gameboy abandonada sobre las mantas y me miró con expresión ceñuda. Me encogí de hombros, un poco molesto; sabía que Eric jugaba con la Gameboy cuando debía dormirse, pero estaba ocupado acostando a la pequeña y lo había pasado por alto. Consideré que Julia debería ser más comprensiva.

A continuación entró en el cuarto de Nicole. Nicole estaba ante su ordenador portátil, pero cerró la tapa en cuanto apareció su madre.

—Hola, mamá.

—Ya es tarde para que estés aún levantada.

—No, mamá...

—Se supone que estás haciendo los deberes.

—Ya los he hecho.

—Y entonces ¿por qué no te has acostado?

—Porque...

—No quiero que te pases la noche entera hablando con tus amigas por el ordenador.

—Mamá... —protestó Nicole, dolida.

—Las ves durante todo el día en el colegio; con eso debería bastarte.

—Mamá...

—No mires a tu padre. Ya sabemos que él hace siempre lo que tú quieres. Ahora estoy hablando contigo.

Nicole suspiró.

—Ya lo sé, mamá.

Esta clase de interacción entre Nicole y Julia se daba cada vez con mayor frecuencia. Probablemente era propio de la edad, pero decidí intervenir. Julia estaba cansada, y en momentos de cansancio adoptaba una actitud estricta y autoritaria. Le rodeé los hombros con el brazo y dije:

—Es tarde para todos. ¿Te apetece una taza de té?

—Jack, estás entrometiéndote.

—No, solo...

—Sí, estoy hablando con Nicole y tú te entrometes, como siempre.

—Cariño, acordamos que podía quedarse levantada hasta las diez; no sé a qué...

—Pero si ha terminado los deberes, debería acostarse.

—Ese no era el trato.

—No quiero que se pase todo el día frente al ordenador.

—No lo hace, Julia.

En ese punto Nicole se echó a llorar y, poniéndose en pie de un salto, exclamó:

—¡Siempre estás criticándome! ¡Te odio!

Corrió al cuarto de baño y cerró de un portazo. El ruido despertó a la pequeña, que empezó a llorar.

—Por favor, Jack, deja que me ocupe de esto yo sola —dijo Julia, volviéndose hacia mí.

—Tienes razón —contesté—. Perdona. Tienes razón.

En realidad no era eso lo que pensaba ni mucho menos. Veía cada vez más aquella casa como mi casa y a los niños como mis hijos. Julia irrumpía en mi casa ya de noche, cuando todo estaba en calma, como a mí me gustaba, como debía ser. Y organizaba un alboroto.

Pensaba que no tenía razón en absoluto. Pensaba que se equivocaba.

Y en las últimas semanas venía observando que incidentes como este eran cada vez más frecuentes. Al principio creía que se sentía culpable por pasar tanto tiempo fuera de casa. Luego comencé a sospechar que estaba reafirmando su autoridad, intentando recuperar el control de una familia que había quedado en mis manos. Después pensé que se debía al cansancio, a la excesiva presión en el trabajo.

Pero recientemente me daba la impresión de que yo mismo buscaba excusas a su comportamiento. Empecé a tener la sensación de que Julia había cambiado. Estaba distinta, más tensa, más inflexible.

La pequeña lloraba a lágrima viva. La cogí de la cuna, la abracé, la arrullé y simultáneamente introduje un dedo en la parte posterior del pañal para ver si estaba mojada. Lo estaba. La tendí en el cambiador y volvió a llorar hasta que agité su sonajero preferido y se lo puse en la mano. Por fin se calmó y me permitió cambiarla sin patalear demasiado.

Julia entró y dijo:

—Ya lo hago yo.

—No es necesario.

—La he despertado yo, y es justo que lo haga yo.

—No pasa nada, cariño, de verdad.

Julia me apoyó una mano en el hombro y me besó la nuca.

—Perdóname por ser tan tonta. Estoy muy cansada. No sé por qué me he puesto así. Déjame cambiar a la niña; nunca la veo.

—De acuerdo.

Me aparté, y ella ocupó mi lugar.

—Hola, chiquitina —dijo, acariciándole la barbilla a la niña—. ¿Cómo está mi cariñito?

Con tantas atenciones, la niña soltó el sonajero y de inmediato empezó a llorar y revolverse sobre el cambiador. Sin advertir que el sonajero caído era la causa de la rabieta, Julia le habló con palabras tranquilizadoras y, forcejeando, trató de ponerle el pañal, pero las contorsiones y patadas del bebé complicaban la tarea.

—¡Para, Amanda!

—Ahora hace eso —expliqué, y era verdad. Amanda atravesaba una etapa de resistencia activa al cambio de pañal. Y pataleaba con verdadera fuerza.

—Pues debería parar. ¡Para!

La niña lloró con más vehemencia e intentó apartarse. Se desprendió una de las tiras adhesivas del pañal, y este se deslizó. Amanda rodaba hacia el borde del cambiador. Julia tiró de ella con brusquedad. Amanda pataleaba sin cesar.

—¡He dicho que pares, maldita sea! —exclamó Julia, y dio un manotazo a la niña en la pierna. La niña lloró aún más, pataleó aún más—. ¡Amanda! ¡Para! ¡Para! —Volvió a pegarle—. ¡Para! ¡Para!

Por un momento no reaccioné. Estaba atónito. No sabía qué hacer. La niña tenía las piernas enrojecidas. Julia seguía golpeándole.

—Cariño —dije, y me incliné para interponerme—, no nos...

Julia estalló.

—¿Por qué has de entrometerte siempre, joder? —gritó, descargando la mano contra el cambiador—. ¿Qué problema tienes?

Y salió de la habitación hecha una furia.

Dejé escapar un largo suspiro y cogí a la niña en brazos. Amanda lloraba desconsoladamente a causa tanto del desconcierto como del dolor. Supuse que tendría que darle un biberón para que volviera a dormirse. Le acaricié la espalda hasta que se tranquilizó un poco. Luego le puse el pañal y la llevé a la cocina para prepararle el biberón. Solo estaban encendidos los fluorescentes situados sobre la encimera.

Sentada a la mesa, con la mirada perdida, Julia se tomaba una cerveza bebiendo directamente de la botella.

—¿Cuándo vas a encontrar trabajo? —preguntó.

—Estoy buscando.

—¿En serio? Yo creo que ni siquiera lo intentas. ¿Cuándo fuiste a la última entrevista?

—La semana pasada —contesté.

Lanzó un gruñido.

—Ojalá consigas empleo cuanto antes, porque esta situación me está volviendo loca.

Contuve la ira.

—Lo sé. Es difícil para todos —dije. Era tarde, y no quería discutir más. Pero la observaba de reojo.

A sus treinta y seis años, Julia era una mujer guapa, menuda, de cabello y ojos oscuros, nariz respingona, y esa personalidad que la gente calificaba de «chispeante». A diferencia de muchas ejecutivas del sector tecnológico, era atractiva y accesible. Hacía amigos con facilidad y tenía sentido del humor. Años atrás, cuando teníamos solo a Nicole, Julia llegaba a casa con jocosas anécdotas sobre sus compañeros de la sociedad de capital riesgo. Nos sentábamos a esa misma mesa y reíamos hasta marearnos literalmente de tanto reír, y la pequeña Nicole le tiraba del brazo y decía «¿Cuál es la gracia, mamá? ¿Cuál es la gracia?», porque quería participar en la broma. Lógicamente Julia nunca podía explicárselo, pero siempre encontraba otro chiste sencillo para Nicole, quien podía así sumarse a las carcajadas. Julia poseía un auténtico don para ver el lado cómico de la vida. A la vez, se distinguía por su ecuanimidad; rara vez perdía los estribos.

En ese momento estaba furiosa, sin duda. No se dignaba siquiera mirarme. Sentada a la mesa redonda de la cocina, en la oscuridad, tenía la mirada perdida y las piernas cruzadas, balanceando una de ellas con impaciencia. Mientras la observaba, tuve la sensación de que había cambiado. Desde luego había perdido peso recientemente, parte de las tensiones del trabajo. Los rasgos de su cara eran menos suaves: los pómulos sobresalían más; tenía la barbilla más angulosa. Eso le daba un aspecto más duro pero, en cierto modo, también más seductor.

También vestía de manera distinta. Llevaba una falda oscura y una blusa blanca, más o menos la indumentaria profesional al uso. Pero era una falda más ceñida que de costumbre. Y el balanceo del pie me hizo notar que calzaba zapatos de tacón alto y talón abierto, lo que ella llamaba «zapatos de buscona». La clase de zapatos que nunca se pondría para ir a trabajar.

Y entonces caí en la cuenta de que todo en ella era distinto —su actitud, su aspecto, su humor, todo— y en una súbita revelación supe por qué: mi mujer estaba liada con otro.

El agua del cazo comenzó a despedir vapor; saqué el biberón y me eché unas gotas en el antebrazo. Se había calentado demasiado y tendría que esperar un minuto a que se enfriase. La niña empezó a llorar. Subiéndomela al hombro, la zarandeé un poco mientras me paseaba por la cocina.

Julia no dirigió la vista hacia mí en ningún momento. Simplemente siguió balanceando el pie con la mirada perdida.

Había leído en algún sitio que eso era un síndrome. El marido se queda sin trabajo y decae su atractivo masculino; su esposa le pierde el respeto y se distancia. Lo había leído en
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