Traducción de Carlos Milla Soler




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títuloTraducción de Carlos Milla Soler
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fecha de publicación06.03.2016
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Glamour o Redbook o alguna de las revistas que había por casa y yo hojeaba mientras esperaba a que acabara el ciclo de la lavadora o se descongelara una hamburguesa en el microondas.

Pero en ese momento me invadían sentimientos confusos. ¿Sería verdad? ¿Acaso solo estaba cansado y me imaginaba historias absurdas? Al fin y al cabo, ¿qué más daba si se ponía faldas más ajustadas y otra clase de zapatos? Las modas cambiaban. Las personas no se sentían igual todos los días. Y el simple hecho de que se enfadara de vez en cuando ¿significaba realmente que tenía un amante? Claro que no. Quizá aquello se debía solo a que yo me sentía poco atractivo, inferior. Probablemente estaban aflorando mis inseguridades. Mis reflexiones siguieron durante un rato por estos derroteros.

Pero por alguna razón no pude convencerme de lo contrario. Estaba convencido de que era verdad. Había convivido con esa mujer más de doce años. Sabía que estaba distinta y sabía por qué. Percibía la presencia de otro, un intruso, una persona externa a nuestra relación. Lo percibía con una certidumbre que me sorprendía. Era un presentimiento, algo visceral.

Tuve que apartarlo de mi mente.

La niña se tomó el biberón y gorjeó alegremente. En la cocina en penumbra, me miró a la cara con esa peculiar mirada fija de los bebés. Contemplarla resultaba en cierto modo tranquilizador. Al cabo de un rato cerró los ojos y aflojó los labios. Me la eché al hombro y la hice eructar mientras la llevaba a su habitación. La mayoría de los padres dan a los bebés palmadas demasiado fuertes para hacerlos eructar. Es mejor frotarles la espalda con la palma de la mano y a veces incluso basta con un suave masaje con dos dedos a lo largo de la columna. Dejó escapar un pequeño eructo y se relajó.

La metí en la cuna y apagué la lamparilla. Ahora, en la habitación, la única luz procedía del acuario, que borboteaba en el rincón con un resplandor azul verdoso. Un submarinista de plástico recorría lentamente el fondo dejando una estela de burbujas.

Al volverme para salir, vi la silueta de Julia recortada en el umbral de la puerta, su pelo oscuro iluminado desde atrás. Había estado observándome. Fui incapaz de interpretar su expresión. Avanzó hacia mí. Me puse tenso. Me rodeó con los brazos y apoyó la cabeza en mi pecho.

—Perdóname, por favor —dijo—. Soy una idiota. Haces un trabajo extraordinario. Estoy celosa, solo es eso.

Noté la humedad de sus lágrimas en el hombro.

—Lo entiendo —contesté, abrazándola—. No pasa nada.

Esperé a ver si mi cuerpo se relajaba, pero no fue así. Me sentía receloso y alerta. Tenía un mal presentimiento respecto a ella, y no desaparecía.

Salió de la ducha y entró en el dormitorio secándose el pelo con una toalla. Yo, sentado en la cama, intentaba ver el resto del partido. Se me ocurrió pensar que Julia rara vez se duchaba por la noche; siempre lo hacía por la mañana antes de irse a trabajar. En cambio ahora, caí en la cuenta, a menudo volvía a casa e iba derecha a la ducha antes incluso de saludar a los niños.

Seguía tenso. Apagué el televisor.

—¿Cómo ha ido la demostración? —pregunté.

—¿La qué?

—La demostración. ¿No tenías hoy una demostración?

—Ah, sí —dijo ella—. La hemos hecho. Ha ido bien cuando por fin hemos podido empezar. Los inversores alemanes no han podido quedarse hasta el final por el cambio de hora, pero... Por cierto, ¿quieres verla?

—¿Cómo?

—Tengo una copia de la grabación. ¿Quieres verla?

Sorprendido, me encogí de hombros.

—Sí, claro.

—Me interesa mucha saber cuál es tu opinión, Jack.

Advertí un tono de condescendencia. Mi esposa me incluía en su trabajo, me hacía sentirme parte de su vida. La observé mientras abría su maletín y sacaba un DVD. Lo introdujo en el reproductor y vino a sentarse conmigo en la cama.

—¿Qué presentáis en la demostración? —pregunté.

—La nueva tecnología de formación de imágenes médicas —contestó Julia—. No sé si está bien que yo lo diga, pero es francamente impresionante.

Se arrimó a mí y se hizo un hueco bajo mi brazo. Todo muy íntimo, como en los viejos tiempos. Aún me sentía incómodo, pero la abracé.

—A propósito —dije—, ¿por qué ahora te duchas por la noche, y no por la mañana?

—No lo sé —respondió—. ¿Eso hago? Sí, supongo que sí. Es solo que me resulta más fácil, cariño. Por las mañanas todo son prisas, y últimamente he de atender todas esas llamadas desde Europa; me llevan mucho tiempo. —Señalando la pantalla, dijo—: Ahí tienes.

Vi un caos de puntos en blanco y negro y finalmente la imagen cobró nitidez.

En la grabación Julia aparecía en un amplio laboratorio equipado como un quirófano. Un hombre yacía de espaldas en la camilla, con un catéter en el brazo y un anestesiólogo al lado. Sobre la mesa había una placa redonda de metal de unos dos metros de diámetro, que podía levantarse y bajarse, pero en ese momento estaba levantada. Se veían monitores por todas partes. Y en primer plano, mirando un monitor, estaba Julia. Tenía al lado a un técnico de vídeo.

«Es espantoso —decía, señalando el monitor—. ¿Qué son todas esas interferencias?»

«Creemos que son los purificadores de aire. Esa es la causa.»

«Pero esto es inaceptable.»

«¿En serio?»

«Sí, en serio.»

«¿Qué quieres que hagamos?»

«Quiero que lo arregléis», dijo Julia.

«Entonces tenemos que cortar la corriente, y vosotros...»

«Me da igual —lo interrumpió Julia—. No podemos presentar a los inversores una imagen de esta calidad. Han visto imágenes de Marte mucho mejores. Arregladlo.»

A mi lado, en la cama, Julia dijo:

—No sabía que hubieran grabado todo esto. Es anterior a la demostración. Pásalo.

Pulsé el botón del mando a distancia. La imagen se aceleró. Esperé unos segundos y detuve el avance rápido.

El mismo escenario. Julia aún en primer plano. Carol, su ayudante, hablándole en susurros.

«Bien, pero ¿qué le digo?»

«Dile que no.»

«Pero quiere empezar.»

«Lo entiendo. Pero falta una hora para la transmisión. Dile que no.»

En la cama, Julia me dijo:

—Perro Loco era nuestro sujeto experimental. Estaba impaciente. Se moría por empezar.

En la pantalla, la ayudante bajó la voz.

«Creo que está nervioso, Julia. Yo también lo estaría con un par de millones de esas cosas arrastrándose dentro de mi cuerpo...»

«No son un par de millones, ni se arrastran —replicó Julia—. Además, son un invento suyo.»

«Aun así.»

«¿No es ese un anestesiólogo?»

«No, es cardiólogo.»

«Bueno, quizá el cardiólogo pueda darle algo para los nervios.»

«Ya se lo ha dado. Una inyección.»

En la cama, a mi lado, Julia dijo:

—Pásala más adelante, Jack.

Obedecí. La imagen avanzó rápidamente.

—Ya, aquí.

Vi otra vez a Julia de pie ante el monitor, y al técnico junto a ella.

«Esto ya es aceptable —decía Julia en la pantalla, señalando la imagen—. No extraordinario pero aceptable. Ahora muéstrame el ME.»

«¿Cómo?»

«El ME. El microscopio electrónico. Enséñame esa imagen.»

El técnico parecía confuso.

«Esto..., nadie nos ha dicho nada de un microscopio electrónico.»

«¡Por Dios, léete el guión!»

El técnico parpadeó.

«¿Está en el guión?»

«¿Te has mirado el guión?»

«Lo siento, creo que se me ha pasado por alto.»

«No hay tiempo para lamentarse. ¡Resuélvelo!»

«No hace falta gritar.»

«Sí hace falta, porque estoy rodeada de idiotas. —Agitó las manos—. Estoy a punto de entrar en conexión y hablar a inversores de cinco países, con una aportación de capital riesgo por valor de once mil millones de dólares, y resulta que no tengo una toma del microscopio para que vean la tecnología.»

En la cama, Julia dijo:

—Casi he perdido los estribos con ese tipo. Ha sido muy irritante. Habíamos empezado la cuenta atrás para la transmisión vía satélite, con un espacio de tiempo reservado y cerrado. No podíamos cambiarlo. Teníamos que llegar a tiempo, y ese tipo era un imbécil. Pero al final lo hemos conseguido. Pasa la imagen.

La pantalla mostró un rótulo fijo en el que se leía:

UNA DEMOSTRACIÓN PRIVADA DE

FORMACIÓN AVANZADA DE IMÁGENES MÉDICAS

A CARGO DE

XYMOS TECHNOLOGY

MOUNTAIN VIEW, CALIFORNIA

LÍDER MUNDIAL EN MANUFACTURA MOLECULAR

Luego en la pantalla apareció Julia, de pie ante la camilla y los instrumentos médicos. Se había peinado y remetido la blusa en la cintura.

«Hola a todos —dijo, sonriendo a la cámara—. Soy Julia Forman, de Xymos Technology, y estamos a punto de presentar un revolucionario procedimiento de formación de imágenes médicas recién desarrollado por nuestra empresa. El sujeto, Peter Morris, está tendido en la camilla detrás de mí. Dentro de un momento vamos a ver el interior de su corazón y sus vasos sanguíneos con una facilidad y precisión inimaginables hasta la fecha.»

Sin dejar de hablar, comenzó a pasearse alrededor de la camilla.

«A diferencia del cateterismo cardíaco, nuestro procedimiento es absolutamente seguro. Y a diferencia del cateterismo, nos permite examinar cualquier parte del cuerpo, cualquier conducto, por grande o pequeño que sea. Entraremos en su aorta, la principal arteria del cuerpo. Pero también veremos los alvéolos de sus pulmones y los pequeños capilares de las yemas de los dedos. Podemos hacerlo porque la cámara introducida en sus vasos sanguíneos es menor que un glóbulo rojo. Mucho menor, de hecho.

»La tecnología de microfabricación de Xymos permite ya producir estas cámaras en miniatura, y producirlas en grandes cantidades, deprisa y a bajo coste. Se necesitaría un millar de ellas para formar un punto del tamaño de la punta de un lápiz. Podemos fabricar un kilo de estas cámaras en una hora.

»Sin duda me escuchan con escepticismo. Todos somos conscientes de que la nanotecnología ha hecho promesas que no podía cumplir. Como bien saben, el problema residía en que los científicos eran capaces de diseñar dispositivos a escala molecular pero no manufacturarlos. Pero Xymos ha resuelto el problema.»

De pronto tomé conciencia de la magnitud de sus afirmaciones.

—¿Cómo? —pregunté, sentado en la cama—. ¿Es broma? —Si eso era cierto, representaba un extraordinario avance, una auténtica innovación tecnológica, e implicaba...

—Es cierto —aseveró Julia tranquilamente—. Estamos fabricándolas en Nevada. —Sonrió, regodeándose de mi asombro.

En la pantalla Julia decía:

—Tengo una de las cámaras de Xymos bajo el microscopio electrónico, aquí —señaló el monitor—, así que pueden verla en comparación con el glóbulo rojo que hay al lado.

La imagen cambió a blanco y negro. Una delgada cánula empujó lo que parecía un diminuto calamar colocado sobre un campo visual de titanio. Era un objeto de punta ahusada, con filamentos ondulantes en la parte de atrás, diez veces más pequeño que el glóbulo rojo, que en el vacío del microscopio electrónico era un óvalo arrugado, como una pasa gris.

«Nuestra cámara tiene una longitud de una diez mil millonésima de centímetro aproximadamente. Como ven, presenta forma de calamar —explicó Julia—. La formación de imágenes se produce en el morro. Los microtúbulos de la cola sirven de estabilizadores, como la cola de una cometa. Pero también pueden ondular activamente y proporcionar así locomoción. Jerry, si es posible girar la cámara para mostrar el morro... Muy bien, ahí. Gracias. Ahora, en este plano frontal, ¿ven esa hendidura del centro? Es el detector de fotones de arseniuro de galio, que actúa como una retina, y la superficie ribeteada circundante, esa especie de neumático radial, es bioluminiscente e ilumina el área que tiene delante. Dentro del propio morro quizá distingan una serie muy compleja de moléculas trenzadas. Eso es la cascada de trifosfato de adenosina, ATP, patentada por nosotros. Puede concebirse como un cerebro primitivo, que controla el comportamiento de la cámara..., un comportamiento muy limitado, sí, pero suficiente para nuestros propósitos.»

Oí un zumbido de estática y una tos. En un ángulo de la imagen se abrió una pequeña ventana, y en ella apareció Fritz Leidermeyer, desde Alemania. El corpulento inversor cambió de posición en su silla.

«Disculpe, señorita Forman. ¿Sería tan amable de decirme dónde está la lente?»

«No hay lente.»

«¿Cómo puede haber una cámara sin lente?»

«Se lo explicaré sobre la marcha», respondió ella.

Observando, dije:

—Debe de ser una cámara oscura.

—Exacto —confirmó Julia, asintiendo con la cabeza.

La cámara oscura, del latín camera obscura, era el dispositivo para formación de imágenes más antiguo que se conocía. Los romanos descubrieron que si se practicaba un pequeño orificio en la pared de una habitación oscura, aparecía en la pared opuesta una imagen invertida del exterior. Eso ocurría porque, a través de cualquier pequeña abertura, la luz se concentraba, como si pasara por una lente. Regía el mismo principio que en la cámara de agujero de un niño. Por eso, desde la época romana, se llamaba «cámara» a todo dispositivo destinado a registrar imágenes. Pero en este caso...

—¿Qué hace la función de abertura? —pregunté—. ¿Hay un agujero?

—Pensaba que lo sabías. Tú eres el responsable de esa parte.

—¿Yo?

—Sí. Xymos autorizó el uso de unos algoritmos basados en agentes que elaboró tu equipo.

—No, no lo sabía. ¿Qué algoritmos?

—Para controlar la red de partículas.

—¿Vuestras cámaras están conectadas en red? ¿Todas esas cámaras minúsculas se comunican entre sí?

—Sí —contestó Julia—. Forman un enjambre, de hecho. —Aún sonreía, divirtiéndose con mis reacciones.

—Un enjambre.

Pensé en ello, intentando comprender qué quería decirme. Desde luego mi equipo había desarrollado varios programas para controlar enjambres de agentes. Esos programas tomaban como modelo el comportamiento de las abejas. Tenían muchas características útiles. Por el hecho de componerse de numerosos agentes, los enjambres respondían al medio ambiente de un modo enérgico. Ante condiciones nuevas e imprevistas, los programas enjambre no fallaban; sorteaban los obstáculos, por así decirlo, y seguían adelante.

Pero nuestros programas creaban agentes virtuales en el ordenador; Julia, en cambio, había creado agentes reales en el mundo real. Inicialmente no entendí cómo podían adaptarse nuestros programas a sus necesidades.

—Los utilizamos para la estructura —aclaró—. El programa constituye la estructura del enjambre.

Era lógico. Obviamente una sola cámara molecular no bastaba para registrar imágenes. Por tanto, la imagen debía ser el resultado de la combinación de millones de cámaras funcionando simultáneamente. Pero, además, las cámaras tenían que disponerse en el espacio conforme a una estructura ordenada, probablemente una esfera. Ahí era donde intervenía el programa. Ahora bien, eso implicaba a su vez que Xymos debía de estar generando el equivalente a...

—Estáis creando un ojo.

—Sí, más o menos.

—Pero ¿dónde está la fuente de luz?

—El perímetro bioluminiscente.

—Eso no produce luz suficiente.

—Sí. Observa.

Entretanto, en la pantalla, Julia se volvía con soltura y señalaba el catéter a sus espaldas. Sacó una jeringuilla de un cubo de hielo cercano. El tubo parecía lleno de agua.

«Esta jeringuilla —dijo— contiene aproximadamente veinte millones de cámaras en una solución salina isotónica. De momento existen como partículas pero, una vez inyectadas en el flujo sanguíneo, aumentará su temperatura y pronto se agruparán y constituirán una metaforma, del mismo modo que una bandada de aves se dispone en forma de V.»

«¿Qué clase de forma?», preguntó uno de los inversores.

«Una esfera —dijo Julia—. Con una pequeña abertura en un extremo. Podría considerarse el equivalente a una blástula en embriología. Pero en realidad las partículas forman un ojo. Y la imagen de ese ojo será una combinación de millones de detectores de fotones, de igual manera que el ojo crea una imagen mediante sus bastones y conos.»

Se volvió hacia un monitor que mostraba una animación en bucle, repitiéndose la secuencia una y otra vez. Las cámaras entraban en el flujo sanguíneo como una masa en desorden, desorganizada, una especie de efervescente nube en la sangre. En el flujo sanguíneo, la nube se aplanaba de inmediato y quedaba reducida a un haz alargado. Pero en cuestión de segundos el haz empezaba a fusionarse y adoptar una forma esférica. La forma se hacía cada vez más definida hasta que finalmente parecía casi sólida.

«Si esto les recuerda a un ojo real, hay razones para ello —dijo Julia—. En Xymos imitamos explícitamente la morfología orgánica. Puesto que diseñamos con moléculas orgánicas, sabemos que, gracias a millones de años de evolución, el mundo que nos rodea contiene innumerables disposiciones moleculares viables. Así que las utilizamos.»

«¿No pretenderán inventar la rueda?», comentó alguien.

«Precisamente. O el globo ocular.»

Hizo una señal, y la antena plana descendió hasta hallarse a solo unos centímetros del sujeto.

«Esta antena potenciará la cámara y captará la imagen transmitida —dijo—. La imagen, claro está, puede almacenarse digitalmente, reforzarse, manipularse o someterse a cualquiera de los procesos que es posible llevar a cabo con datos digitales. Ahora, si no hay más preguntas, empezaremos.»

Acopló una aguja a la jeringuilla y la clavó en un tapón de goma del catéter.

«Inicia la cuenta.»

«Cero punto cero.»

«Allá vamos.»

Empujó el émbolo rápidamente.

«Como ven, lo hago deprisa —dijo—. Nuestro procedimiento no requiere especial delicadeza. No hay riesgo de estropear nada. Si la microturbulencia generada por el flujo a través de la aguja daña los túbulos de unos cuantos miles de cámaras, no importa. Tenemos millones, de sobra para hacer el trabajo. —Retiró la aguja—. ¿Bien? Por lo general, tenemos que esperar unos diez segundos para que se forme la esfera, y pasado ese tiempo debería empezar a recibirse una imagen... Ah, parece que ya llega algo... Y ahí está.»

La escena mostraba a la cámara avanzando a considerable velocidad por lo que parecía un campo de asteroides. Salvo que los asteroides eran glóbulos rojos, flexibles bolsas violáceas desplazándose por un líquido transparente, un poco amarillento. De vez en cuando surgía un glóbulo blanco mucho mayor, llenaba la pantalla por un instante y desaparecía. Lo que estaba viendo se asemejaba más a un videojuego que a una imagen médica.

—Julia —dije—, esto es asombroso.

A mi lado, Julia se arrimó aún más y sonrió.

—Imaginaba que te impresionaría.

En la pantalla, Julia decía:

«Hemos entrado en una vena, así que los glóbulos rojos no están oxigenados. En este momento nuestra cámara se dirige al corazón. Verán ensancharse los vasos a medida que ascendamos por el sistema venoso... Sí, ahora nos acercamos al corazón... Vean las pulsaciones del flujo sanguíneo que resultan de las contracciones ventriculares...»

Así era. Veía la cámara detenerse, avanzar y detenerse otra vez. La grabación recogía el sonido de los latidos del corazón. En la camilla, el sujeto permanecía inmóvil, con la antena plana justo encima.

«Estamos llegando a la aurícula derecha, y deberíamos ver la válvula tricúspide. Activamos los flagelos para reducir la velocidad de la cámara. Esa es la válvula. Estamos en el corazón.»

Vi los repliegues rojos, como una boca abriéndose y cerrándose, y de pronto la cámara la atravesó, entró en el ventrículo y volvió a salir.

«Ahora vamos a los pulmones, donde veremos lo que nadie ha presenciado antes: la oxigenación de los glóbulos.»

Mientras observaba la imagen, el vaso sanguíneo se estrechó por momentos y a continuación los glóbulos se hincharon y, uno tras otro, adquirieron un vivo color rojo. Fue un proceso sumamente rápido; en menos de un segundo todos estaban rojos.

«Los glóbulos rojos ya se han oxigenado —anunció Julia—, y ahora regresamos al corazón.»

En la cama, me volví hacia Julia.

—Es francamente fabuloso —afirmé.

Pero ella tenía los ojos cerrados y respiraba acompasadamente.

—Julia?

Estaba dormida.

Julia acostumbraba dormirse viendo la televisión. No era raro que se quedara dormida durante su propia demostración; al fin y al cabo, ella la había visto ya. Yo también estaba cansado. Decidí que vería el resto de la grabación en otro momento. En todo caso, resultaba bastante larga para una demostración. ¿Cuánto tiempo llevaba ante la pantalla? Cuando me volví para apagar el televisor, eché un vistazo al indicador de tiempo al pie de la imagen. Los números saltaban rápidamente, contando las centésimas de segundo. Otra serie de números a la izquierda, estos inmóviles. Fruncí el entrecejo. Uno de ellos era la fecha. No me había fijado antes, porque estaba en formato internacional, con el año primero, luego el día y por último el mes. Marcaba 02.21.09.

21 de septiembre.

Ayer.

Había grabado la demostración el día anterior.

Apagué el televisor y la lámpara de la mesita de noche. Apoyé la cabeza en la almohada e intenté dormir.

DÍA 2

09.02

Necesitábamos leche desnatada, rosquillas, Pop-Tarts, gelatina y lavavajillas... y algo más, pero no entendía mi propia letra. Estaba en un pasillo del supermercado a las nueve de la mañana, intentando descifrar mis propias anotaciones en la lista, cuando una voz dijo:

—¡Eh, Jack! ¿Cómo va?

Alcé la vista y vi a Ricky Morse, uno de los jefes de departamento de Xymos.

—¡Hola, Ricky! ¿Qué tal?

Le estreché la mano, sinceramente complacido de verle. Siempre me alegraba ver a Ricky. Bronceado, de pelo rubio cortado al rape y amplia sonrisa, podía confundírselo fácilmente con un surfista de no ser por la camiseta con el emblema del administrador de programas SourceForge 3.1. Ricky era solo unos años más joven que yo, pero tenía un aire de eterna juventud. Yo le había proporcionado su primer empleo, recién salido de la facultad, y pronto ascendió a los cargos directivos. Con su carácter alegre y su optimismo, Ricky era un director de proyecto ideal, pese a que tendía a infravalorar los problemas y ofrecía a sus superiores expectativas poco realistas respecto al tiempo de realización de los proyectos.

Según Julia, eso había causado complicaciones en Xymos: Ricky tendía a hacer promesas que no podía cumplir. Y a veces no era totalmente sincero. Pero era tan jovial y encantador que todo el mundo lo perdonaba siempre. O al menos eso hacía yo cuando trabajaba para mí. Había llegado a apreciarlo mucho y lo consideraba casi un hermano menor. Para el empleo en Xymos, lo había recomendado yo.

Ricky empujaba un carrito lleno de enormes paquetes de pañales; también él tenía un bebé en casa. Le pregunté por qué estaba en el supermercado y no en la oficina.

—Mary ha cogido la gripe, y la asistenta está en Guatemala, así que me he ofrecido a venir a por algunas cosas.

—Veo que compras Huggies —comenté—. Yo siempre compro Pampers.

—Yo encuentro que los Huggies absorben más —dijo él—. Y los Pampers aprietan demasiado. Comprimen la pierna del bebé.

—Pero los Pampers llevan una capa que elimina la humedad y mantiene seco el culito —insistí—. Con Pampers, hay menos irritaciones.

—Cuando los uso, la tiras adhesivas tienden a soltarse. Y cuando se empapan, siempre se escapa algo y se manchan las piernas, lo cual me da más trabajo. No sé, a mí me parece que los Huggies son de mejor calidad.

Una mujer que pasaba por al lado con un carrito nos lanzó una mirada. Nos echamos a reír, pensando que nuestra charla debía de sonar a anuncio de pañales.

—¿Y qué me dices de los Giants? —preguntó Ricky, levantando la voz para que lo oyera la mujer que se alejaba ya por el pasillo.

—El no va más, joder, ¿son geniales o no? —dije, rascándome.

Volvimos a reírnos y seguimos juntos por el pasillo con nuestro respectivos carritos.

—¿Quieres saber la verdad? —dijo Ricky—. Mary prefiere los Huggies, y fin de la conversación.

—Eso ya me lo conozco.

Ricky echó un vistazo al contenido de mi carrito.

—Veo que compras leche desnatada orgánica... —comentó.

—No empecemos otra vez —lo interrumpí—. Y dime, ¿cómo va en el trabajo?

—Bueno, ya sabes, es una empresa puntera —contestó—. Y modestia aparte, la tecnología es excelente. El otro día hicimos una demostración para los que ponen el dinero, y salió bien.

—¿Cómo le va a Julia? —pregunté con toda la despreocupación posible.

—Ah, muy bien, que yo sepa —contestó Ricky.

Lo miré de reojo. ¿Había adoptado de pronto una actitud más reservada? ¿Tenía una expresión menos espontánea, más controlada? ¿Ocultaba algo? No habría podido asegurarlo.

—La verdad es que casi nunca nos vemos —añadió Ricky—. No viene mucho por la oficina.

—Yo tampoco la veo apenas.

—Sí, pasa mucho tiempo en el complejo industrial. Ahora es allí donde está la acción. —Ricky me lanzó una mirada—. Ya sabes, por los nuevos procesos de fabricación.

La fábrica de Xymos se había construido en un tiempo récord, teniendo en cuenta su complejidad. Allí ensamblaban las moléculas a partir de átomos independientes, uniendo los fragmentos de molécula como piezas de Lego. Casi todo ese trabajo se llevaba a cabo en vacío y requería campos magnéticos de gran potencia. Por tanto, en la fábrica había enormes unidades de bombeo, así como potentes refrigeradores para enfriar los imanes. No obstante, según Julia, la mayor parte de la tecnología estaba concebida específicamente para esa fábrica; no se había construido nada parecido hasta la fecha.

—Es asombroso que acabaran la fábrica en tan poco tiempo.

—Bueno, presionamos de principio a fin. Molecular Dynamics nos pisa los talones. Tenemos la fábrica montada y en marcha, y muchas solicitudes de patente. Pero MolDyne y NanoTech no pueden ir muy por detrás de nosotros. Unos meses; con suerte, quizá un semestre.

—¿Así que ya hacéis ensamblaje molecular en la fábrica? —pregunté.

—Exacto, Jack. Ensamblaje molecular completo, desde hace ya unas semanas.

—No sabía que a Julia le interesaran esas cosas —dije. Dado que su campo era la psicología, siempre la había considerado una persona con más vocación por el lado humano.

—Ha puesto verdadero interés en la tecnología, te lo aseguro. Por otra parte, allí también hacen mucha programación. Ya sabes, ciclos iterativos para perfeccionar el proceso de fabricación.

Asentí con la cabeza.

—¿Qué clase de programación? —pregunté.

—Procesamiento distribuido. Redes multiagente. Así mantenemos coordinadas la unidades independientes, para que funcionen de manera conjunta.

—¿Todo eso es para crear la cámara de uso médico?

—Sí. —Tras un silencio, añadió—: Entre otras cosas. —Me miró con cierta inquietud, como si temiera incumplir su acuerdo de confidencialidad.

—No es necesario que me lo digas.

—No, no —se apresuró a decir—. Caray, Jack, tú y yo nos conocemos desde hace mucho. —Me dio una palmada en el hombro—. Y tu esposa es directiva de la empresa. ¡En serio, qué demonios!

Pero aún parecía inquieto. Sus palabras no se correspondían con la expresión de su rostro. Y desvió la mirada al pronunciar «esposa».

La conversación llegaba a su fin, y yo noté una repentina tensión, la clase de tensión que uno siente cuando cree que otra persona sabe algo y no lo dice... porque le violenta, porque no encuentra la manera de plantearlo, porque no quiere implicarse, porque es demasiado peligroso incluso para mencionarlo, porque considera que es asunto del otro descubrirlo. En particular cuando se trata de algo relacionado con la esposa de uno; por ejemplo, que va por ahí acostándose con otros. Y te mira como a la víctima inocente, como si fuera la noche de los muertos vivientes, pero no está dispuesto a decírtelo. Por experiencia sé que los hombres nunca informan a otros hombres cuando saben algo acerca de sus esposas. Las mujeres, en cambio, siempre se lo dicen a otras mujeres cuando se enteran de la infidelidad del marido.

Así son las cosas.

Pero yo estaba tan tenso que deseaba...

—¡Eh, qué tarde se ha hecho! —exclamó Ricky con una amplia sonrisa—. He de marcharme a toda prisa; Mary me va a matar. Ya está enfadada porque he de pasar los próximos días en la fábrica y la dejaré aquí sola sin la asistenta. —Se encogió de hombros—. Ya sabes cómo es.

—Sí, lo sé. Buena suerte.

—Eh, oye, cuídate.

Nos dimos la mano. Mascullamos otra despedida. Ricky dobló con su carrito al final del pasillo y desapareció.

A veces uno es incapaz de pensar en las situaciones dolorosas, incapaz de concentrarse en ellas. El cerebro se escabulle, prefiere cambiar de tema. Era mi caso en ese momento. No podía pensar en Julia, así que empecé a dar vueltas a lo que me había dicho Ricky sobre la fábrica. Y decidí que probablemente tenía sentido, pese a que se contradecía con la opinión generalizada respecto a la nanotecnología.

Entre los nanotecnólogos existía la arraigada fantasía de que en cuanto alguien descubriera cómo manufacturar a nivel atómico, ya todo sería coser y cantar. Todo el mundo lo haría, desencadenándose así una inundación de prodigiosas creaciones moleculares producidas en las cadenas de montaje de todo el planeta. En cuestión de días, la vida humana cambiaría por efecto de esta nueva tecnología maravillosa. En cuanto alguien descubriese la manera de hacerlo.

Pero naturalmente eso nunca ocurriría. La idea misma era absurda, porque en esencia la fabricación molecular no eran tan distinta de la fabricación de ordenadores, válvulas de paso, automóviles o cualquier otro producto. Llevaba un tiempo ponerlo todo en su sitio. De hecho, ensamblar átomos para crear una molécula nueva era un proceso muy análogo a la compilación de programas informáticos a partir de líneas de código independientes. Y el código informático nunca podía compilarse a la primera. Los programadores siempre tenían que volver atrás y rectificar las líneas. E incluso después de compilarse, un programa nunca funcionaba bien a la primera, nunca. Ni a la segunda. Ni a la de cien. Había que depurarlo una vez, y otra, y otra más. Y otra más.

Siempre había pensado que ocurriría lo mismo con las moléculas manufacturadas: tendrían que depurarse una vez tras otra hasta conseguir un correcto funcionamiento. Y si Xymos quería «bandadas» de moléculas actuando conjuntamente, también tendrían que depurar el modo en que las moléculas se comunicaban, por limitada que fuese esa comunicación; ya que tan pronto como se comunicaran las moléculas, se estaría ante una red primitiva. Para organizarla, se programaría probablemente una red distribuida, como las que yo desarrollaba en MediaTronics.

Así que podía imaginármelos perfectamente programando al mismo tiempo que manufacturaban. Pero no veía cuál era el papel de Julia en ese proceso. La fábrica se hallaba lejos de la sede de Xymos. Estaba literalmente en medio de ninguna parte, en pleno desierto, cerca de Tenopah, Nevada. Y a Julia no le gustaba estar en medio de ninguna parte.

Estaba sentado en la sala de espera de la consulta del pediatra, porque a la niña tenían que ponerle la siguiente tanda de vacunas. Había allí cuatro madres meciendo en el regazo a niños enfermos mientras los niños mayores jugaban en el suelo. Todas hablaban entre sí y se esforzaban en pasar por alto mi presencia.

Empezaba a acostumbrarme a eso. Un hombre en casa, un hombre en un escenario como la consulta de un pediatra, era una circunstancia poco común. Además, significaba que algo andaba mal. Probablemente el hombre tenía algún problema: no encontraba trabajo, quizá lo habían despedido por alcoholismo o drogadicción, quizá era un vago. Fuera cual fuese la razón, no era normal ver a un hombre en la consulta del pediatra en pleno día. Así que las otras madres hacían como si yo no estuviera.

Salvo que me lanzaban alguna que otra mirada de preocupación, como si temiesen que fuera a acercarme furtivamente a ellas para violarlas en cuanto me dieran la espalda. Incluso la enfermera, Gloria, parecía recelar. Miró al bebé que llevaba en brazos, que no lloraba ni gimoteaba apenas.

—¿Cuál se supone que es el problema? —preguntó.

Dije que íbamos para la vacunación.

—¿Ha estado aquí antes, la niña?

Sí, había visitado a ese médico desde que nació.

—¿Es usted pariente?

Sí, era el padre.

Finalmente nos hizo pasar. El médico me estrechó la mano, se mostró muy cordial y en ningún momento me preguntó por qué había ido yo en lugar de mi esposa o la asistenta. Puso dos inyecciones a la niña. Amanda lloró a lágrima viva. Y en ese preciso instante telefoneó Julia.

—Hola. ¿Qué haces? —Debía de haber oído el llanto de la niña.

—Estamos en el pediatra.

—¿Llamo en mal momento?

—Más bien...

—Bueno, mira, solo quería decirte que esta noche saldré temprano... ¡por fin! Así que llegaré a casa a cenar. ¿Qué te parece si compro algo de camino?

El entrenamiento de Eric acabó tarde. Ya oscurecía en el campo de fútbol. El entrenador siempre acababa tarde. Yo me paseaba por la línea de banda, intentando decidir si quejarme o no. Era difícil saber cuándo se mimaba a un niño y cuándo se le protegía legítimamente. Nicole llamó desde su teléfono móvil para decir que había terminado su ensayo para la obra de teatro y por qué no había pasado a recogerla. ¿Dónde me había metido? Le expliqué que estaba todavía esperando a Eric y le pregunté si podía encontrar a alguien que la llevara a casa.

—Papá... —dijo, exasperada.

Daba la impresión de que le hubiera pedido que volviese a casa arrastrándose.

—Oye, no puedo moverme de aquí.

—Como tú digas —replicó ella, con mucho sarcasmo.

—Vigila ese tono, jovencita.

Pero al cabo de unos minutos el entrenamiento se suspendió de repente. Un enorme camión de mantenimiento paró junto al campo y de él salieron dos hombres con mascarillas, grandes guantes de goma y bombonas de fumigación a la espalda. Iban a rociar el campo con herbicida o algo así y nadie podía utilizarlo hasta el día siguiente.

Telefoneé a Nicole para avisarla de que iba a recogerla.

—¿Cuándo?

—Ya vamos hacia allí.

—¿Venís del entrenamiento de ese pelota?

—Nic, por favor.

—¿Por qué siempre ha de ser él el primero?

—No siempre es él el primero.

—Sí lo es. Es un pelota.

—Nicole...

—Lo siento.

—Enseguida estoy ahí.

Colgué. Los niños crecían muy deprisa hoy día: la adolescencia empezaba a los once años.

A las cinco y media los niños estaban en casa, saqueando el frigorífico. Nicole comía un trozo enorme de queso mozzarella. Le dije que lo dejara, o le quitaría el hambre para la cena. Luego empecé a poner la mesa.

—¿Cuándo cenamos?

—Enseguida. Mamá va a traer algo.

—Ya. —Nicole desapareció durante unos minutos. Al regresar, dijo—: Siente no haber llamado, pero llegará tarde.

—¿Cómo? —Yo estaba llenando de agua los vasos de la mesa.

—Siente no haber llamado, pero llegará tarde —repitió—. Acabo de hablar con ella.

—¡Por Dios! —Aquello era indignante. Procuraba no mostrar mi irritación en presencia de los niños pero a veces no podía contenerme. Dejé escapar un suspiro—. Está bien.

—Tengo mucha hambre, papá.

—Trae a tu hermano y subid al coche —dije—. Cenaremos fuera.

Esa noche Amanda estaba inquieta y se negó a dormirse. Pensé que podía deberse a las vacunas. Solo una táctica surtía efecto cuando Amanda no se dormía: había que cogerla en brazos de cara al frente y pasearla por la casa, hablándole en susurros y enseñándole las flores, las fotografías de las paredes, la vista desde la ventana. Había que seguir así hasta que bostezaba. Pero ese primer bostezo podía tardar mucho en llegar.

Así que la paseé por su habitación, mostrándole los personajes de Winnie the Pooh del estampado de la lámpara, el reloj del Monstruo de las Galletas y todos sus sonajeros. No bostezó. La llevé a la sala de estar y le enseñé las fotografías de los estantes.

Había una de Julia.

Más tarde, cuando llevaba a Amanda a la cuna, rocé con el codo una foto de la estantería de la sala de estar. Cayó ruidosamente al suelo, y me agaché a recogerla. Era un retrato de Julia y Eric en Sun Valley cuando él tenía cuatro años. Los dos vestían trajes para la nieve; Julia, con una sonrisa radiante, le enseñaba a esquiar. En la foto de al lado Julia y yo aparecíamos en nuestro undécimo aniversario de boda en Kona; yo vestía una estridente camisa hawaiana y ella lucía una vistosa guirnalda de flores en torno al cuello, y nos besábamos al atardecer. Aquel fue un viaje maravilloso; de hecho, estábamos seguros de que Amanda fue concebida allí. Recuerdo que Julia llegó un día a casa del trabajo y dijo: «Cariño, ¿verdad que, según tú, los
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