Traducción de Carlos Milla Soler




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mai-tais que bebíamos eran peligrosos?». Yo contesté: «Sí». Y ella añadió: «Pues permíteme expresarlo así: es una niña». Me sobresalté de tal modo que me atraganté con el refresco que estaba tomando y el líquido me subió a la nariz. Los dos nos echamos a reír.

Luego una foto de Julia preparando magdalenas con Nicole, esta tan pequeña que, sentada en el mármol de la cocina, no le llegaban los pies al borde. No debía de tener más de un año y medio. Nicole, con un ceño de concentración, empuñaba un cucharón colmado de masa, ensuciándolo todo, y Julia se esforzaba por no reír.

Y una foto de una excursión en Colorado, Julia llevando de la mano a Nicole, que entonces contaba seis años, y yo con Eric sobre los hombros, el cuello de mi camisa manchado de sudor... o de algo peor si no recuerdo mal aquel día. Eric tenía dos años y aún llevaba pañal. Le parecía divertido taparme los ojos mientras íbamos por el camino.

La foto de la excursión se había deslizado dentro del marco y estaba ladeada. Golpeé ligeramente el marco para intentar enderezarla pero no se movió. Advertí que otras varias fotografías estaban descoloridas o la emulsión se adhería al cristal. Nadie se había molestado en cuidarlas. La niña gimoteó en mis brazos y se frotó los ojos con los puños. Era hora de acostarse. Dejé los retratos en el estante. Eran imágenes lejanas, de otro tiempo más feliz. De otra vida. Me daba la impresión de que ya no tenían nada que ver conmigo. Todo había cambiado.

El mundo había cambiado.

Esa noche dejé la mesa puesta, un mudo reproche. Julia la vio al llegar a casa a eso de las diez.

—Lo siento, cariño.

—Sé que estabas ocupada—dije.

—Lo estaba. Perdóname, por favor.

—Te perdono.

—Eres el mejor. —Me lanzó un beso desde el otro extremo de la sala—. Voy a ducharme.

La observé mientras se alejaba por el pasillo. Se asomó a la habitación de la pequeña y de pronto entró. Al cabo de un momento oí sus susurros y los gorgoritos del bebé.

En la habitación a oscuras, tenía a la niña en brazos y le acariciaba la nariz con la punta de la suya.

—Julia, la has despertado —dije.

—No, ya estaba despierta. ¿Verdad, tesoro? Estabas despierta, ¿verdad, chiquitina?

La niña se frotó los ojos con los puños y bostezó. Parecía evidente que la había despertado.

Julia se volvió hacia mí en la oscuridad.

—No la he despertado. En serio. ¿Por qué me miras de esa manera?

—¿De qué manera?

—Ya lo sabes. Con mirada acusadora.

—No te acuso de nada.

La niña empezó a protestar y finalmente rompió a llorar. Julia tocó el pañal.

—Creo que se ha mojado —dijo, y dirigiéndose a la puerta, me la entregó—. Hazlo tú, don perfecto.

En ese momento había tensión entre nosotros. Después de cambiar a la niña y acostarla, oí a Julia salir de la ducha y dar un portazo. Cuando Julia empezaba a dar portazos, era una señal para que yo fuera a tranquilizarla. Pero esa noche no me apetecía. Me molestaba que hubiera despertado a la niña, y me molestaba su informalidad, diciendo que llegaría temprano a casa y no llamando siquiera para avisar de que se retrasaría. Temía que se hubiera vuelto tan informal porque un nuevo amor la distraía. O sencillamente ya no le importaba su familia. No sabía qué hacer con esa situación, pero no me apetecía aliviar la tensión que había entre nosotros.

Me limité a dejar que diera portazos. Cerró la puerta corrediza del armario con tal fuerza que la madera crujió. Juró. Esa era otra señal de que debía acudir corriendo.

Regresé a la sala de estar y me senté. Cogí el libro que estaba leyendo y fijé la mirada en la página. Intenté concentrarme pero no pude. Estaba furioso y oía su estrépito en el dormitorio. Si seguía así, despertaría a Eric y tendría que pararle los pies. Esperaba que el asunto no llegara tan lejos.

Finalmente cesaron los ruidos. Probablemente se había acostado. Si era así, no tardaría en dormirse. Julia conciliaba el sueño sin problemas cuando discutíamos. Yo no; yo permanecía despierto, paseándome colérico de un lado a otro, procurando serenarme.

Cuando por fin me acosté, Julia dormía profundamente. Me deslicé entre las sábanas y me quedé hecho un ovillo en mi lado, lejos de ella.

Era la una de la madrugada cuando el bebé empezó a llorar. Buscando a tientas la luz, tiré la radio despertador, que se puso en marcha con música rock. Juré. A ciegas, encendí por fin la lámpara de la mesita y apagué la radio.

La niña seguía llorando.

—¿Qué le pasa? —preguntó Julia, soñolienta.

—No lo sé.

Salí de la cama y sacudí la cabeza para intentar despejarme. Entré en la habitación de Amanda y encendí la luz. Todo se me antojó muy brillante, el papel pintado con payasos muy amarillo y chillón. De pronto me pregunté: ¿Por qué no quiere manteles amarillos si en la habitación del bebé lo ha puesto todo amarillo?

La niña estaba de pie en la cuna, sujeta a los barrotes y llorando desesperadamente, la boca muy abierta y la respiración entrecortada. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas. Le tendí los brazos y ella se cogió a mí. La consolé, pensando que debía de haber tenido una pesadilla. La mecí suavemente.

Ella siguió berreando, implacable. Quizá le dolía algo, quizá le molestaba el pañal. La examiné y entonces descubrí un virulento sarpullido en el vientre, que se extendía en ronchas hasta la espalda y subía hacía el cuello.

Entró Julia.

—¿No puedes calmarla? —preguntó.

—Le pasa algo —contesté, y le mostré el sarpullido.

—¿Tiene fiebre?

Toqué la frente a Amanda. Estaba sudorosa y caliente, pero eso podía deberse al llanto. El resto del cuerpo parecía a temperatura normal.

—No lo sé. Creo que no.

A continuación vi el sarpullido también en los muslos. ¿Lo tenía en los muslos hacía un momento? Habría pensado que casi lo veía propagarse ante mis ojos. La niña lloró aún más fuerte si cabía.

—¡Dios mío! —exclamó Julia—. Llamaré al médico.

—Sí, llámalo.

Había tendido a Amanda de espaldas y le examinaba detenidamente todo el cuerpo. El sarpullido se extendía, sin duda. Y por cómo lloraba la niña, debía de provocarle un intenso dolor.

—Lo siento, cariño, lo siento —dije.

Era evidente que se extendía.

Julia regresó y dijo que le había dejado un mensaje al médico.

—No voy a esperar —respondí—. La llevo a urgencias.

—¿De verdad crees que es necesario? —preguntó.

Sin contestar, entré en el dormitorio para vestirme.

—¿Quieres que te acompañe? —se ofreció Julia.

—No, quédate con los niños.

—¿Seguro?

—Sí.

—De acuerdo —dijo. Volvió al dormitorio. Cogí las llaves del coche.

El bebé seguía llorando.

—Sé que no es agradable —decía el interno—, pero no creo que sea prudente administrarle un calmante.

Nos encontrábamos en un cubículo delimitado por cortinas en la sala de urgencias. Inclinado sobre mi hija, que no dejaba de llorar, el interno le examinaba los oídos con un instrumento. Amanda tenía ya todo el cuerpo de un rojo encendido. Daba la impresión de que la hubieran sumergido en agua hirviendo.

Estaba asustado. Nunca había oído hablar de nada semejante, un bebé que se ponía totalmente rojo y lloraba sin cesar. No me fiaba de aquel interno, que parecía demasiado joven para ser competente. No podía tener mucha experiencia; ni siquiera parecía afeitarse aún. Yo, nervioso, desplazaba el peso del cuerpo de un pie a otro sin cesar. Empezaba a estar enloquecido, porque Amanda no había dejado de llorar ni un solo instante en la última hora. Aquello iba a acabar conmigo. El interno hacía como si no la oyera, y yo no me explicaba cómo era capaz.

—No tiene fiebre —dijo, tomando notas en un gráfico—, pero a su edad eso no significa nada. En los menores de un año, puede darse el caso de que la temperatura no suba ni una sola décima aun con infecciones agudas.

—¿Es eso? —pregunté—. ¿Una infección?

—No lo sé. Por el sarpullido, supongo que se trata de un virus. Pero deberíamos tener el resultado del análisis de sangre preliminar dentro de... esto, bien... —Una enfermera que pasaba le entregó un papel—. Mmm... —Guardó silencio por un momento—. Bueno...

—Bueno ¿qué? —dije, sin poder parar quieto.

Mientras miraba el papel, el interno movía la cabeza en un gesto de negación. No contestó.

—Bueno ¿qué?

—No es una infección —declaró por fin—. El recuento de glóbulos blancos es normal; proteinemia, normal. No presenta la menor movilización inmune.

—¿Qué quiere decir eso?

El interno estaba muy tranquilo, allí de pie, pensando con el entrecejo fruncido. Me pregunté si acaso sería simplemente estúpido. La gente más capacitada ya no estudiaba medicina, no desde que los de Sanidad ocupaban todos los puestos de control. Aquel chico debía de pertenecer a una de las nuevas promociones de médicos estúpidos.

—Debemos ampliar el espectro diagnóstico —dijo—. Voy a pedir la opinión de cirugía, la opinión de neurología, y vienen ya hacia aquí un dermatólogo y un especialista en enfermedades infecciosas. Eso implica que varías personas hablarán de su hija con usted, le repetirán las mismas preguntas una y otra vez, pero...

—Está bien —contesté—. No importa. Pero ¿qué cree que le pasa?

—No lo sé, señor Forman. Si no es nada de tipo infeccioso, buscaremos otras posibles causas para esta reacción cutánea. ¿No ha salido del país?

—No. —Negué con la cabeza.

—¿No ha estado expuesta recientemente a metales pesados o toxinas?

—¿A qué se refiere?

—Vertederos, plantas industriales, sustancias químicas...

—No, no.

—¿Se le ocurre algo que pueda haber provocado esta reacción?

—No, nada... Un momento, ayer la vacunaron.

—¿De qué?

—No lo sé, las vacunas correspondientes a su edad.

—¿No sabe de qué la vacunaron? —dijo. Tenía el cuaderno abierto, el bolígrafo a punto sobre la página.

—¡No, por Dios! —exclamé malhumorado—. No sé qué vacunas eran. Cada vez que va allí le ponen alguna inyección. El médico es usted, maldita sea.

—No se preocupe, señor Forman —dijo con tono tranquilizador—. Sé que es una situación tensa. Si puede darme el nombre de su pediatra, yo me pondré en contacto con él. ¿Le parece bien?

Moví la cabeza en un gesto de asentimiento y me enjugué la frente con la mano. Estaba sudando. Le deletreé el nombre del pediatra y lo anotó en su cuaderno. Intenté serenarme. Intenté pensar con claridad.

Y entretanto mi hija lloraba sin cesar.

Media hora después le dieron convulsiones.

Empezaron mientras la examinaba uno de los especialistas en bata blanca, inclinado sobre ella. Su pequeño cuerpo se retorció y contrajo. Emitió sonidos semejante a arcadas como si fuera a vomitar. Sus piernas se sacudieron espasmódicamente. Comenzó a respirar con dificultad. Los ojos le quedaron en blanco.

No recuerdo qué hice o dije entonces, pero entró un enorme auxiliar del tamaño de un jugador de rugby y, sujetándome los brazos, me llevó a empujones hasta un rincón del cubículo. Miré por encima de su enorme hombro mientras seis personas se apiñaban alrededor de mi hija. Una enfermera con una camiseta de Bart Simpson le clavaba una aguja en la frente. Empecé a vociferar y forcejear. El auxiliar gritaba algo ininteligible una y otra vez. Finalmente me di cuenta de que decía «vena del cuero cabelludo». Me explicó que solo era para abrir una vía intravenosa, porque la niña se había deshidratado. Ese era el motivo de las convulsiones. Oí hablar de electrolitos, magnesio, potasio.

En todo caso, las convulsiones cesaron al cabo de unos segundos. Pero Amanda siguió llorando.

Telefoneé a Julia. Estaba despierta.

—¿Cómo sigue?

—Igual.

—¿Aún llora? ¿Esa es ella? —Oía a Amanda de fondo.

—Sí.

—Dios mío —gimió—. ¿Han dicho qué le pasa?

—Todavía no lo saben.

—Oh, pobrecita.

—Han venido a examinarla unos cincuenta médicos.

—¿Puedo hacer algo?

—No lo creo.

—Bien. Tenme informada.

—De acuerdo.

—Estaré despierta.

—De acuerdo.

Poco antes de amanecer los especialistas reunidos anunciaron que la niña tenía una oclusión intestinal o un tumor cerebral y pidieron una resonancia magnética. El cielo empezaba a presentar un color gris claro cuando por fin la llevaron a la unidad de RM. La enorme máquina blanca se hallaba en el centro de la sala. La enfermera me dijo que la niña estaría más tranquila si la ayudaba a prepararla y le retiró el catéter del cuero cabelludo porque no podía haber objetos de metal durante la exploración. Un hilo de sangre bajó por la cara de Amanda, hasta el ojo. La enfermera se la limpió.

Amanda estaba ya sujeta con correas a la plataforma blanca que entraba en las profundidades de la máquina. Mi hija, aún llorando, miraba aterrorizada los aparatos. La enfermera me dijo que podía esperar en la sala contigua con el técnico. Entré en una sala con un panel de cristal a través del cual se veía la máquina de resonancia magnética.

El técnico era extranjero, de piel oscura.

—¿Qué edad tiene, la niña? Es niña, ¿no?

—Sí, niña. Nueve meses.

—Unos buenos pulmones.

—Sí.

—Allá vamos. —Manipulaba los mandos y cuadrantes sin apenas prestar atención a mi hija.

Amanda estaba ya dentro de la máquina. Sus sollozos sonaban débilmente por el micrófono. El técnico accionó un interruptor, y se inició el tableteo de la bomba; hacía mucho ruido. Pero aún oía el llanto de mi hija.

Y de pronto el llanto se interrumpió.

Se quedó callada por completo.

Miré al técnico y la enfermera. El asombro se reflejaba en sus rostros. Todos pensamos lo mismo: algo horrible había ocurrido. El corazón se me aceleró. El técnico desconectó las bombas de inmediato y entramos apresuradamente en la otra sala.

Mi hija yacía allí, aún sujeta con las correas, respirando con esfuerzo, pero en apariencia bien. Parpadeó lentamente, como si estuviera aturdida. Tenía ya la piel de un rosa mucho más claro, con zonas de color normal. El sarpullido perdía intensidad por momentos ante nuestros ojos.

—¡No es posible! —exclamó el técnico.

En la sala de urgencias, no querían dejar marcharse a Amanda. Los cirujanos opinaban aún que tenía un tumor o un grave problema intestinal y preferían quedársela allí en observación. Pero el sarpullido seguía remitiendo gradualmente. A lo largo de la siguiente hora el color rosa se fue apagando hasta desaparecer por completo.

Nadie entendía qué había ocurrido, y los médicos estaban incómodos. Amanda volvía a tener el catéter en una vena del cuero cabelludo, pero esta vez al otro lado de la frente. Sin embargo aceptó un biberón y lo engulló vorazmente mientras la sostenía, observándome con la habitual mirada hipnótica de las tomas. Se la notaba francamente bien. Se durmió en mis brazos.

Permanecí allí sentado durante otra hora y luego insistí en que debía volver con mis hijos, debía llevarlos al colegio. Y poco después los médicos anunciaron un nuevo triunfo de la medicina moderna y me mandaron a casa con Amanda. La niña durmió profundamente todo el camino y no despertó cuando la saqué de la sillita. El cielo nocturno clareaba cuando recorrí con ella el camino de acceso y entré en la casa.

DÍA 3

06.07

La casa estaba en silencio. Los niños seguían dormidos. Encontré a Julia en el comedor, contemplando el jardín trasero por la ventana. Se oían el siseo y los chasquidos de los aspersores en marcha. Julia tenía una taza de café en las manos y permanecía inmóvil.

—Hemos vuelto —dije.

Ella se volvió.

—¿Está bien, la niña?

Le tendí el bebé.

—Eso parece.

—Gracias a Dios. Estaba muy preocupada, Jack. —Pero no tocó a Amanda, ni se acercó siquiera—. Estaba muy preocupada.

Hablaba con una voz extraña, remota. En realidad, su tono no parecía preocupado sino formal, como el de alguien que recitara las frases rituales de una cultura que no comprendía. Tomó un sorbo de café.

—No he podido dormir en toda la noche —dijo—. Estaba muy preocupada. Me sentía muy mal. Dios mío. —Me dirigió la mirada pero la desvió al instante. Su sentimiento de culpabilidad era evidente.

—¿Quieres cogerla?

—Esto... —Julia movió la cabeza en un gesto de negación y señaló la taza de su mano con la barbilla—. Ahora no. He de salir a echar un vistazo a los aspersores; están encharcando los rosales. —Y se fue al jardín.

La observé salir y quedarse examinando los aspersores. Me lanzó una mirada y luego simuló comprobar la caja de los temporizadores de la pared. Abrió la tapa y echó una ojeada dentro. No lo entendí. Los jardineros habían ajustado los temporizadores de riego la semana anterior. Quizá no lo habían hecho correctamente.

Amanda gimoteó en mis brazos. La llevé a su habitación para cambiarla y la dejé en la cuna.

Cuando volví, Julia estaba en la cocina, hablando por su teléfono móvil. Ese era otro de sus nuevos hábitos. Ya no utilizaba el teléfono de la casa; usaba el móvil. Cuando le pregunté al respecto, contestó que era mucho más cómodo porque muchas de las llamadas eran conferencias, y la empresa pagaba las facturas del móvil.

Me aproximé lentamente, caminando por la alfombra. La oí decir:

—Sí, maldita sea, claro que sí, pero ahora debemos andar con cuidado... —Alzó la vista y me vio. Cambió de tono inmediatamente—. De acuerdo, esto... oye, Carol, creo que podemos resolver ese asunto con una llamada a Frankfurt. Envía luego un fax con los detalles e infórmame de su respuesta, ¿entendido? —Y cerró bruscamente el móvil.

Entré en la cocina.

—Jack, lamento irme antes de que se levanten los niños, pero...

—¿Tienes que irte?

—Sintiéndolo mucho, sí. Ha surgido un imprevisto en el trabajo.

Consulté mi reloj. Eran las seis y cuarto.

—Está bien.

—Entonces, tú... esto... los niños...

—Claro. Yo me ocuparé de todo.

—Gracias. Luego te llamaré.

Y se marchó.

Estaba tan cansado que no pensaba con claridad. El bebé aún dormía, y con suerte dormiría varias horas más. María, la asistenta, llegó a las seis y media y sacó los tazones para el desayuno. Los niños comieron y los llevé en coche al colegio. A duras penas conseguía mantenerme despierto. Bostecé.

Eric, en el asiento del acompañante, bostezó también.

—¿Tienes sueño hoy?

Asintió con la cabeza.

—Esos hombres me han despertado muchas veces —contestó.

—¿Qué hombres?

—Los hombres que han venido a casa esta noche.

—¿Qué hombres? —repetí.

—Los hombres de las aspiradoras. Han pasado las aspiradoras por todas partes. Y han aspirado el fantasma.

Nicole, en el asiento trasero, se rió.

—El fantasma...

—Me parece que estabas soñando, hijo.

Últimamente Eric tenía por las noches vívidas pesadillas que lo despertaban a menudo. Estaba casi seguro de que se debía a que Nicole le dejaba ver películas de terror con ella, consciente de que lo alterarían. Nicole pasaba por una edad en la que los personajes de sus películas preferidas eran asesinos enmascarados que mataban a adolescentes después de mantener relaciones sexuales con ellas. Era la fórmula de siempre: tienes relaciones sexuales, mueres. Pero no era apropiado para Eric. Había hablado con ella muchas veces sobre eso.

—No, papá, no ha sido un sueño —insistió Eric, bostezando otra vez—. Esos hombres estaban allí. Un montón.

—Ajá. ¿Y qué era el fantasma?

—Era un fantasma. Plateado y brillante, solo que no tenía cara.

—Ajá. —Estábamos aparcando delante del colegio, y Nicole decía que debía recogerla a las cuatro y cuarto en lugar de las cuatro menos cuarto porque tenía ensayo con el coro después de clase, y Eric que no pensaba ir al pediatra si iba a ponerle una inyección. Repetí el eterno mantra de todos los padres—: Ya veremos.

Los dos salieron del coche arrastrando sus mochilas. Ambos llevaban mochilas que pesaban alrededor de diez kilos cada una. No conseguía acostumbrarme a eso. En mis tiempos, los niños de su edad no llevaban mochilas enormes. Ni siquiera llevaban mochila. Ahora, por lo visto, todos las usaban. Uno veía a niños de segundo de primaria doblados como sherpas, entrando a rastras por las puertas de los colegios bajo el peso de sus mochilas. Algunos las tenían con ruedas y tiraban de ellas como quien tira de sus maletas en un aeropuerto. No me lo explicaba. El mundo entraba en la era digital; todo era más pequeño y ligero. Sin embargo los colegiales acarreaban más peso que nunca.

Hacía un par de meses, en una reunión de padres, había planteado la cuestión. Y el director dijo: «Sí, es un grave problema. Nos preocupa mucho a todos». Y luego cambió de tema.

Eso tampoco lo entendía. Si tanto preocupaba a todos, ¿por qué no se hacía algo al respecto? Pero eso, naturalmente, forma parte de la naturaleza humana. Nadie hace nada hasta que es demasiado tarde. Ponemos el semáforo en un cruce peligroso cuando un niño muere atropellado.

Volví a casa a través del lento tráfico de la mañana. Pensaba que podría dormir un par de horas. No tenía otra cosa en mente.

María me despertó a eso de las once sacudiéndome por el hombro insistentemente.

—Señor Forman, señor Forman.

Estaba aturdido.

—¿Qué ocurre?

—La niña.

Desperté de inmediato.

—¿Qué le pasa?

—Venga a verla, señor Forman. Está toda... —Hizo un gesto, frotándose el hombro y el brazo.

—Está toda ¿cómo?

—Venga a verla, señor Forman.

Tambaleándome, me levanté de la cama y fui a la habitación de la niña. Amanda estaba de pie en la cuna, agarrada a los barrotes. Brincaba y sonreía alegremente. Todo parecía normal, salvo por el hecho de que tenía el cuerpo de un uniforme color azul violáceo, como un enorme moretón.

—¡Dios mío! —exclamé.

No resistiría otro episodio en el hospital, no resistiría a más médicos en bata blanca que no decían nada, no resistiría que volvieran a asustarme de aquella manera. Aún no me había recuperado de la noche anterior. Se me revolvió el estómago ante la posibilidad de que mi hija tuviera alguna enfermedad grave. Me acerqué a Amanda, que, sonriendo, lanzó gorgoritos de satisfacción. Alargó un brazo hacia mí, abriendo y cerrando la mano, la señal para que la cogiera.

Así que la cogí. Se la veía bien. De inmediato me tiró del pelo e intentó quitarme las gafas, como siempre hacía. Sentí alivio, pese a que, de cerca, su piel no ofrecía mejor aspecto. Parecía amoratada, tenía el color de un moretón, excepto que se extendía uniformemente por todo su cuerpo. Daba la impresión de que la hubieran sumergido en tinte. La uniformidad del color era alarmante.

Decidí que, me gustara o no, debía telefonear al médico de urgencias. Saqué su tarjeta del bolsillo mientras Amanda intentaba agarrarme las gafas. Marqué con una sola mano. Era capaz de hacerlo casi todo con una sola mano. El propio médico atendió en el acto. Pareció sorprenderse.

—Ah —dijo—. Me disponía a telefonearle. ¿Cómo está su hija?

—Bien, parece que se encuentra bien —contesté, apartando la cabeza para que Amanda no llegara a mis gafas. Se reía; se había convertido en un juego para ella—. Está bien, pero el problema...

—¿Tiene moretones, por casualidad?

—Sí—respondí—. De hecho, así es. Por eso le llamaba.

—¿Es una moradura uniforme, por todo el cuerpo?

—Sí, exacto. ¿Cómo lo sabe?

—Bueno —dijo el doctor—, han llegado los resultados de los análisis, y todo es normal. Completamente normal. Una niña sana. Solo nos falta la resonancia magnética, pero la máquina está averiada. Dicen que tardará unos días.

No podía seguir esquivando los manotazos de Amanda, así que la dejé en la cuna mientras hablaba. Eso no le gustó, naturalmente, e hizo un puchero, dispuesta a llorar. Le di el Monstruo de las Galletas y se sentó a jugar con él. Sabía que el muñeco servía para unos cinco minutos.

—En todo caso —seguía el médico—, me alegra oír que está bien.

Dije que a mí también me alegraba.

Se produjo un silencio. El médico tosió.

—Señor Forman, he visto que en el formulario de ingreso en el hospital ponía que su profesión es ingeniero de software.

— Así es.

—¿Significa eso que trabaja en algún proceso de fabricación?

— No. Me dedico al desarrollo de programas.

—¿Y dónde trabaja?

— En Silicon Valley.

—¿No trabaja en una fábrica, por ejemplo?

— No. Trabajo en una oficina.

— Entiendo. — Una pausa — . ¿Puedo preguntar dónde?

— En realidad ahora estoy en el paro.

— Entiendo. Bien, ¿y desde cuándo?

— Desde hace seis meses.

— Entiendo. — Un breve silencio — . Bueno, nada, solo quería aclarar ese punto.

—¿Por qué? — pregunté.

—¿Cómo dice?

—¿Por qué me pregunta eso?

—Ah, viene en el formulario.

—¿Qué formulario? — dije — . Rellené todos los formularios en el hospital.

—Este es otro formulario — respondió — . Una encuesta del Departamento de Sanidad.

—¿A qué viene todo esto?

— Se nos ha informado de otro caso muy parecido al de su hija.

—¿Dónde?

—En el Hospital General de Sacramento.

—¿Cuándo?

—Hace cinco días — explicó el médico — . Pero se trata de una situación muy distinta. El otro afectado era un naturalista de cuarenta y dos años que dormía al aire libre en las Sierras, un especialista en flores silvestres. Tenía que ver con una determinada clase de flor o algo así. La cuestión es que lo hospitalizaron en Sacramento y su caso presentó la misma evolución clínica que el de su hija: aparición repentina y sin causa aparente, reacción eritematosa con dolor.

—¿Y el proceso se interrumpió con la resonancia magnética?

—No sé si hubo resonancia magnética — respondió — . Pero aparentemente este síndrome, sea lo que sea, es autolimitado. Aparición brusca y final súbito.

—¿Está bien ahora, el naturalista?

—Está perfectamente. Un par de días amoratado, y nada más.

—Bueno, me alegra oírlo.

—Pensaba que le interesaría saberlo —dijo, y añadió que posiblemente volvería a telefonearme para hacerme más preguntas, y quiso saber si no tenía inconveniente. Le contesté que podía llamar cuando quisiera. Me pidió que lo avisara si se producía alguna novedad en el estado de Amanda. Le aseguré que así lo haría y colgué.

Amanda había dejado el Monstruo de las Galletas y estaba de pie en la cuna, sujetándose a la barandilla con una mano y tendiendo hacia mí la otra, agarrando el aire con sus deditos.

La cogí, y al instante me quitó las gafas. Intenté recuperarlas mientras ella chillaba de satisfacción.

—Amanda...

Pero ya era demasiado tarde; las tiró al suelo.

Parpadeé.

Sin gafas veo muy mal. Aquellas eran de montura metálica, y difíciles de ver en ese momento. Con la niña aún en brazos, me arrodillé y recorrí el suelo en círculos con la mano esperando tocar cristal. No las encontré. Entorné los ojos, avancé un poco y volví a buscar a tientas. Todavía nada. Entonces vi un destello debajo de la cuna. Dejé a la niña en el suelo, me deslicé bajo la cuna, cogí las gafas y me las puse. Al hacerlo, me golpeé la cabeza contra la cuna y volví a agacharla.

Y casualmente fijé la mirada en la toma de corriente de la pared. Había una pequeña caja de plástico conectada. La desenchufé y la examiné. Era un cubo de cinco centímetros de lado, un amortiguador de onda en apariencia, un producto comercial corriente, fabricado en Tailandia. Los voltajes de entrada y salida estaban grabados en el plástico. En la parte inferior llevaba una etiqueta blanca con un código de barras y un rótulo donde se leía PROP. SSVT. Era uno de esos adhesivos que las empresas colocan en su material.

Di vueltas al cubo en la mano. ¿De dónde había salido? Me ocupaba de la casa desde hacía seis meses. Sabía qué había dónde. Y desde luego Amanda no necesitaba un amortiguador de onda en su habitación. Solo era necesario para equipo electrónico delicado, como los ordenadores.

Me levanté y eché un vistazo alrededor para ver qué más había cambiado en la habitación. Para mi sorpresa, advertí que todo había cambiado, pero solo un poco. La lamparilla nocturna de Amanda tenía personajes de Winnie the Pooh en la pantalla. Yo siempre dejaba a Tigger en dirección a la cuna, porque era el preferido de la niña. Ahora Eeyore estaba de cara a la cuna. La tabla del cambiador de Amanda tenía una mancha en una esquina; yo siempre dejaba la mancha en el ángulo inferior izquierdo. Ahora estaba en el ángulo superior derecho. Yo dejaba las cremas hidratantes en la repisa a la izquierda, fuera de su alcance. Ahora estaban demasiado cerca; ella podía cogerlas. Y había otros detalles...

La asistenta entró detrás de mí.

—María —dije—, ¿ha limpiado esta habitación?

—No, señor Forman.

—Pero hay cosas cambiadas.

Ella echó una ojeada alrededor y se encogió de hombros.

—No, señor Forman. Todo está igual que siempre.

—No, no —insistí—. Está cambiada. —Señalé la pantalla de la lamparilla, la tela del cambiador—. Eso ha cambiado.

María volvió a encogerse de hombros.

—Si usted lo dice, señor Forman...

Percibí su expresión de desconcierto. O no me entendía, o pensaba que me había vuelto loco. Y probablemente parecía un tanto loco, un adulto obsesionado por una pantalla de Winnie the Pooh.

Le mostré el cubo.

—¿Había visto esto antes?

Negó con la cabeza.

—No.

—Estaba debajo de la cuna.

—No lo sé, señor Forman. —Lo inspeccionó, dándole la vuelta. Hizo un gesto de incomprensión y me lo devolvió. Actuaba con naturalidad, pero tenía una mirada alerta.

Empecé a sentirme incómodo.

—Muy bien, María —dije—. No se preocupe.

Se agachó para levantar a la niña.

—Ahora le daré de comer.

—Sí, bien.

Salí al pasillo con una extraña sensación.

Por pura curiosidad, consulté «SSVT» en Internet. Encontré enlaces del templo de Sri Siva Vishnu, el centro de instrucción de las Waffen-SS en Konitz, objetos nazis en venta, Subsystems Sample Display Technology, South Shore Vocational-Technology School, Optical VariTemp Cryostat Systems, Solid Surfacing Veneer Tiles para suelos domésticos, un grupo musical llamado SlingshotVenus, la Federación de Tiro Suiza, y a partir de ahí iba de mal en peor.

Apagué el ordenador.

Miré por la ventana.

María me había dado una lista de la compra, escrita con su letra casi ininteligible. Me convenía comprar antes de recoger a los niños. Pero no me moví. A veces tenía la impresión de que el implacable ritmo de la vida en el hogar me superaba, me dejaba exhausto y vacío. En tales ocasiones tenía que quedarme sentado durante unas horas.

No deseaba moverme. No en ese momento.

Me pregunté si Julia telefonearía esa noche, y si tendría un pretexto distinto. Me pregunté qué haría si un día venía y anunciaba que estaba enamorada de otro. Me pregunté qué haría si por entonces no tenía aún trabajo.

Me pregunté cuándo volvería a encontrar trabajo. Dejando vagar la mente, di vueltas al amortiguador de onda entre los dedos sin prestarle atención.

Frente a mi ventana había un enorme bucare con espeso follaje y el tronco verde. Lo plantamos al trasladarnos a esta casa, y entonces era mucho más pequeño. Naturalmente lo hicieron los jardineros, pero estábamos todos presentes. Nicole jugaba con su pala y su cubo de plástico. Eric gateaba por el césped en pañales. Julia, recurriendo a sus encantos, había convencido a los jardineros para que se quedaran a acabar el trabajo pese a ser ya tarde. Cuando se marcharon, la besé y le quité un poco de tierra de la nariz. Dijo: «Algún día dará sombra a toda la casa».

Finalmente no fue así. Durante una tormenta se rompió una rama y después creció ya un poco ladeado. El bucare es un árbol de madera blanda; las ramas se parten con facilidad. Nunca creció lo suficiente para dar sombra a toda la casa.

No obstante conservaba un vívido recuerdo de aquel momento. Mirando por la ventana, nos vi a todos de nuevo en el jardín. Pero era solo un recuerdo. Y temía que ya no se correspondiera con la realidad.

Después de trabajar durante años con sistemas multiagente, uno empieza a ver la vida en función de esos programas.

En esencia, un entorno multiagente puede concebirse como una especie de tablero de ajedrez, donde los agentes son las piezas. Los agentes interactúan sobre el tablero para alcanzar un objetivo, del mismo modo que las piezas de ajedrez se mueven a fin de ganar la partida. La diferencia es que nadie mueve los agentes. Interactúan por sí solos para producir el resultado.

Si los agentes se diseñan para tener memoria, desarrollan cierto conocimiento acerca de su entorno. Recuerdan qué posiciones del tablero han ocupado y qué ocurría allí. Pueden regresar a ciertos sitios, con ciertas expectativas. Al final, los programadores dicen que los agentes tienen creencias respecto a su entorno y que actúan conforme a esas creencias. Eso no es verdad en sentido estricto, claro está, pero bien podría serlo, o al menos lo parece.

Pero lo interesante es que con el tiempo algunos agentes adquieren creencias erróneas. Sea por un conflicto de motivos, sea por otra razón, empiezan a actuar indebidamente. El entorno ha variado, pero en apariencia ellos no lo saben. Repiten pautas desfasadas. Su comportamiento no refleja ya la realidad del tablero. Es como si se hubiesen quedado anclados en el pasado.

En programas evolutivos, esos agentes se extinguen; no tienen sucesores. En otros programas multiagente simplemente se los excluye, se los arrincona en la periferia mientras los agentes de la corriente principal siguen adelante. Algunos programas tienen un módulo «guadaña» que actúa como criba y de vez en cuando los retira del tablero.

Pero la cuestión es que se quedan anclados en su propio pasado. A veces se recuperan y vuelven a ponerse al día; a veces no.

Esta clase de reflexiones me inquietaban mucho. Nervioso, me revolví en la silla y eché un vistazo al reloj. Con alivio vi que era hora de ir a buscar a los niños.

Eric hizo los deberes en el coche mientras esperábamos a que acabara el ensayo de su hermana.

Nicole salió de mal humor; pensaba que conseguiría uno de los papeles principales, pero el profesor de arte dramático la puso como simple comparsa.

—¡Solo dos frases! —exclamó, cerrando con fuerza la puerta del coche—. ¿Quieres saber qué digo? «Mirad, ahí viene John.» Y en el segundo acto: «Eso parece bastante grave». ¡Dos frases! —Se recostó contra el asiento y cerró los ojos—. No entiendo qué problema tiene conmigo el señor Blakey.

—Quizá piensa que das pena —dijo Eric.

—¡Cagada de rata! —Amanda le dio una palmada a su hermano en la cabeza—. ¡Culo de mono!

—Ya basta —ordené a la vez que ponía el coche en marcha—. Los cinturones de seguridad.

—Este cerebro de mosquito no se entera de nada —dijo Nicole, abrochándose el cinturón.

—He dicho que basta.

—Me entero de que eres una inútil —replicó Eric.

—Basta ya, Eric.

—Eso, Eric, escucha a papá y cállate.

—Nicole... —Le lancé una mirada a través del retrovisor.

—Lo siento.

Parecía al borde del llanto.

—Cariño, es una lástima que no te hayan dado el papel que querías. Sé que te hacía mucha ilusión, y debes de estar muy decepcionada.

—No. No me importa.

—Lo siento de todos modos.

—De verdad, papá, no me importa. Ya es cosa pasada. Pienso en el futuro. —Y al cabo de un momento—: ¿Sabes a quién se lo han dado? ¡A la pelota de Katie Richards! ¡El señor Blakey es un gilipollas!

Antes de que yo pudiera despegar los labios, se echó a llorar con sonoros e histriónicos sollozos. Eric me miró y puso los ojos en blanco.

En el coche, camino de casa, tomé nota mentalmente de que debía hablar con Nicole acerca de su vocabulario después de la cena cuando se hubiera calmado.

Estaba troceando judías verdes para meterlas en la vaporera cuando Eric apareció en la puerta de la cocina.

—Oye, papá, ¿dónde está mi MP3?

—No lo sé —contesté. No acababa de acostumbrarme a la idea de que debía saber dónde estaban las pertenencias de mis hijos: la Gameboy de Eric, su guante de béisbol, las camisetas de Nicole, su pulsera...

—Pues no lo encuentro.

Eric se quedó en la puerta, sin acercarse, por si acaso le pedía que me ayudara a poner la mesa.

—¿Lo has buscado?

—Por todas partes, papá.

—Ya. ¿Has mirado en tu habitación?

—De arriba abajo.

—¿En el salón?

—En todas partes.

—¿En el coche? Quizá te lo has dejado en el coche.

—No, papá.

—¿No lo habrás dejado en tu taquilla del colegio?

—No tenemos taquillas; tenemos casillas.

—¿Has buscado en los bolsillos de tu cazadora?

—Vamos, papá. Ya he hecho todo eso. Lo necesito.

—Puesto que has buscado ya en todas partes, tampoco yo lo encontraré, ¿no crees?

—Papá, ¿podrías ayudarme, por favor?

Al estofado le quedaba aún media hora. Dejé el cuchillo y fui a la habitación de Eric. Busqué en los lugares habituales: al fondo del armario, donde la ropa estaba amontonada de cualquier manera (tendría que hablar con María al respecto), bajo la cama, detrás de la mesilla de noche, en el último cajón del mueble del cuarto de baño y debajo de las cosas apiladas en su mesa. Eric tenía razón. Su MP3 no estaba en la habitación. Nos dirigimos hacia el salón. Al pasar frente a la habitación del bebé, eché un vistazo dentro. Y lo vi al instante. Estaba en el estante contiguo al cambiador, junto a las cremas. Eric lo cogió.

—¡Gracias, papá! —exclamó, y se marchó corriendo.

Era inútil preguntar qué hacía en la habitación del bebé. Regresé a la cocina y continué cortando las judías verdes. Casi de inmediato:

—¡Papá!

—¿Qué?

—¡No funciona!

—No grites.

Eric volvió a la cocina malhumorado.

—Lo ha roto —protestó.

—¿Quién lo ha roto?

—Amanda. Ha babeado encima o algo, y lo ha roto. No es justo.

—¿Has comprobado la pila?

Me lanzó una mirada lastimera.

—Claro, papá. ¡Lo ha roto, ya te lo he dicho! ¡No es justo!

Dudaba que su MP3 estuviera roto. Aquellos aparatos eran sólidos, sin piezas móviles. Y era demasiado grande para que la niña pudiera manipularlo. Eché las judías verdes en la bandeja de la vaporera y tendí la mano.

—Déjamelo.

Entramos en el garaje y saqué la caja de herramientas. Eric observaba todos mis movimientos. Tenía un juego completo de pequeñas herramientas para ordenadores y aparatos electrónicos. Desenrosqué cuatro tornillos de estrella, y la tapa se desprendió. Examiné la placa base. Estaba cubierta de una fina capa de polvo grisáceo, como hilas de una secadora de ropa, que oscurecía todos los componentes electrónicos. Sospeche que Eric, jugando al béisbol, se había lanzado a la primera base con el aparato en el bolsillo. Probablemente por eso no funcionaba el aparato. Pero examiné el borde del plástico y vi una junta de goma donde se encajaba la tapa posterior. Lo habían diseñado hermético... como era lógico.

Soplé el polvo para ver mejor. Esperaba encontrar un contacto suelto, o un chip de memoria desprendido a causa del calor, o en todo caso cualquier cosa fácil de arreglar. Entornando los ojos intenté ver el código de los chips. El de uno de ellos estaba medio oculto, porque parecía haber una especie de...

Me interrumpí.

—¿Qué es? —preguntó Eric, observándome.

—Dame esa lupa.

Eric me entregó un lupa enorme, y yo bajé la lamparilla de alta intensidad y me incliné sobre el chip para examinarlo atentamente. El motivo por el que no podía leer el código era que la superficie del chip estaba corroída. Todo el chip tenía grabados algo así como pequeños riachuelos, un delta en miniatura. Comprendí entonces de dónde procedía el polvo. Eran los residuos desintegrados del chip.

—¿Puedes arreglarlo, papá? —quiso saber Eric—. ¿Puedes?

¿Cuál podía ser la causa de aquello? El resto de la placa base parecía en buen estado. El controlador estaba intacto. Solo el chip de memoria estaba dañado. No era experto en hardware, pero sabía lo suficiente para realizar operaciones básicas en el ordenador. Podía instalar discos duros, añadir memoria, y cosas así. Había manipulado antes chips de memoria y nunca había visto nada semejante. La única posibilidad que se me ocurrió fue que se trataba un chip defectuoso. Posiblemente los MP3 se montaban con los componentes más baratos.

—Papá, ¿puedes arreglarlo?

—No —dije—. Necesita otro chip. Mañana compraré uno.

—Porque ella lo ha ensuciado, ¿verdad?

—No. Creo que simplemente es un chip defectuoso.

—Papá, ha funcionado bien durante un año. Lo ha ensuciado ella. ¡No es justo!

Como si acabara de oírlo, la niña empezó a llorar. Dejé el MP3 en la mesa del garaje y volví a entrar en la casa. Consulté mi reloj. Mientras acababa de hacerse el estofado, tenía el tiempo justo para cambiar el pañal a Amanda.

A eso de las nueve Amanda y Eric estaban dormidos y la casa en silencio excepto por la voz de Nicole que repetía: «
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