Traducción de Carlos Milla Soler




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fecha de publicación06.03.2016
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—¿Qué debo hacer?

—Ya te lo he dicho. —Otro suspiro de exasperación—. De acuerdo, me tomaré un par de días libres e iré a verte.

—Ellen...

—No discutas. Voy a ir. Puedes decirle a Julia que voy para ayudarte con los niños. Llegaré esta tarde.

—Pero...

—No discutas.

Y colgó el auricular.

No soy pasivo. Soy reflexivo. Ellen es muy enérgica. Tiene la personalidad perfecta para una psicóloga, porque le encanta decir a los demás qué deben hacer. Para ser sincero, la considero agresiva. Y ella me considera pasivo.

Esta es la idea que Ellen tiene de mí. Que fui a Stanford a finales de los setenta y estudié biología de poblaciones, una especialidad puramente académica, sin aplicación práctica, sin posibilidad de empleo excepto en las universidades. Por aquel entonces la biología de poblaciones vivía una verdadera revolución gracias a ciertos estudios de campo acerca de los animales y a los grandes avances en el área de la investigación genética. Tanto lo uno como lo otro requerían análisis informático, utilizándose complejos algoritmos matemáticos. Yo no encontraba la clase de programas necesarios para mis estudios, así que empecé a elaborarlos yo mismo. Y me desplacé hacia el terreno de la ciencia informática, otra especialidad extravagante y puramente académica.

Pero casualmente mi licenciatura coincidió con el auge de Silicon Valley y la eclosión del PC. El escaso número de especialistas empleados en empresas en formación ganaban una fortuna en los ochenta, y a mí me fueron bien las cosas en mi primer trabajo. Conocí a Julia, nos casamos y tuvimos hijos. Todo iba sobre ruedas. Los dos nos ganábamos muy bien la vida solo con presentarnos a trabajar. A mí me contrató otra empresa: más ventajas, mayores oportunidades. Seguí en la cresta de la ola hasta los noventa. Por entonces ya no programaba; supervisaba el desarrollo de programas. Y todo fue acomodándose en mi beneficio sin que yo hiciera un verdadero esfuerzo. Simplemente hice mi vida. Nunca tuve que ponerme a prueba.

Esa es la idea que Ellen tiene de mí. Mi idea es muy distinta. Las empresas de Silicon Valley son las más ferozmente competitivas en la historia del planeta. Todo el mundo trabaja cien horas por semana. Todo el mundo se ve comparado con otros continuamente. Todo el mundo recorta los ciclos de desarrollo. Inicialmente los ciclos eran de tres años para un nuevo producto, una nueva versión. Luego se redujeron a dos años. Luego a dieciocho meses. Ahora es de doce meses, una nueva versión cada año. Si se tiene en cuenta que la depuración beta de la versión final lleva cuatro meses, quedan solo ocho meses reales para trabajar. Ocho meses para revisar diez millones de líneas de código y asegurarse de que todo funciona correctamente.

En pocas palabras, Silicon Valley no es lugar para una persona pasiva, y yo no lo soy. No paraba quieto ni un minuto en todo el día. Tenía que demostrar mi valía a diario, o me despedían.

Esa es mi idea de mí mismo, y estaba seguro de que era la correcta.

Ahora bien, Ellen tenía la razón en un aspecto. A lo largo de toda mi carrera la suerte ha desempeñado un papel importante. Dado que mi especialidad inicial fue la biología supuso para mí una gran ventaja cuando los programas informáticos empezaron a imitar explícitamente los sistemas biológicos. De hecho, hubo programadores que alternaban entre la simulación informática y los estudios de grupos animales en la naturaleza, aplicando las conclusiones de un campo al otro.

Pero además yo había trabajado en biología de la población, el estudio de los grupos de organismos vivos. Y la ciencia informática había evolucionado en dirección a las estructuras masivamente organizadas en redes paralelas: los programas de poblaciones de agentes inteligentes. Se requería una manera especial de pensar para tratar con poblaciones de agentes, y yo me había preparado en esa forma de pensar durante años.

Así que era extraordinariamente apto para las tendencias de mi especialidad, y progresé mucho cuando surgieron esos campos. Estaba en el lugar adecuado en el momento adecuado.

Esa parte era verdad.

Los programas basados en agentes que tomaban como modelo poblaciones biológicas tenían una importancia creciente en el mundo real. Como mis propios programas, que emulaban la recolección de comida en las hormigas para controlar grandes redes de comunicación. O los programas que emulaban la división del trabajo en las colonias de termitas para controlar los termostatos de un rascacielos. Muy afines eran los programas que emulaban la selección genética, utilizados para una amplia gama de aplicaciones. En un programa, a los testigos de un crimen se les mostraban nueve rostros y se les pedía que eligieran el que tenía mayores probabilidades de ser el criminal, aunque ninguno lo fuera realmente; a continuación el programa les presentaba otras nueve caras y les pedía que volvieran a escoger; y a partir de muchas generaciones repetidas el programa desarrollaba lentamente una imagen muy precisa del rostro, mucho más precisa que la que podía conseguir un dibujante de la policía. Los testigos nunca tenían que especificar qué rasgo identificaban en concreto; simplemente elegían, y el programa desarrollaba la imagen.

Y por otra parte estaban las compañías biotecnológicas, que habían descubierto que no podían crear eficazmente nuevas proteínas porque las proteínas tendían a desplegarse de manera anómala. Así que ahora utilizaban la selección genética para «desarrollar» las nuevas proteínas. Todos estos procedimientos se habían convertido en la práctica habitual en cuestión de unos años, y eran cada vez más útiles, cada vez más importantes.

Así que, efectivamente, yo había estado en el lugar idóneo en el momento idóneo. Pero no era pasivo sino afortunado.

Aún no me había duchado ni afeitado. Entré en el cuarto de baño, me quité la camiseta y me miré en el espejo. Me sorprendió ver lo blando que estaba en la cintura. No me había dado cuenta. Tenía ya cuarenta años, y el hecho era que últimamente no hacía apenas ejercicio. No porque estuviera deprimido. Estaba muy ocupado con los niños, y cansado la mayor parte del tiempo. No me apetecía hacer ejercicio, sencillamente.

Contemplé mi propio reflejo y me pregunté si Ellen tendría razón.

Hay un problema con el conocimiento psicológico: nadie puede aplicárselo a sí mismo. Las personas pueden ser extraordinariamente sagaces respecto a las carencias de sus amigos, esposas o hijos. Pero no tienen la menor percepción sobre sí mismas. Aquellas que ven con fría lucidez el mundo que las rodea no albergan más que fantasías en cuanto a su propia realidad. El conocimiento psicológico no sirve de nada si uno se mira en el espejo. Este extraño hecho, que yo sepa, no tiene explicación.

Personalmente siempre había pensado que la programación informática podía aportar cierta luz al respecto, concretamente un procedimiento llamado recursión. La recursión consiste en hacer que el programa entre en un bucle y vuelva sobre sí mismo a fin de utilizar su propia información para repetir un proceso hasta obtener un resultado. Se emplea la recursión para ciertos algoritmos de distribución de datos y cosas así. Pero debe usarse con cuidado o se corre el riesgo de que el ordenador caiga en lo que se conoce como una regresión infinita. En programación, es el equivalente a esos espejos de las ferias que reflejan otros espejos, y más espejos, cada vez menores, hasta el infinito. El programa sigue adelante, repitiéndose y repitiéndose, pero nada ocurre. El ordenador se bloquea.

Siempre he pensado que algo parecido debe de suceder cuando la personas dirigen hacia sí mismas su aparato de percepción psicológica. El cerebro se bloquea. El proceso de pensamiento sigue y sigue, pero no va a ninguna parte. Debe de ser algo así, porque nos consta que la gente es capaz de pensar en sí misma indefinidamente. Algunos apenas piensan en nada más. Sin embargo da la impresión de que la gente nunca cambia como resultado de una intensiva introspección. Nunca se comprenden mejor. Es muy poco habitual encontrar un auténtico conocimiento de uno mismo.

Casi se diría que uno necesita a otra persona para que le diga quién es o le sostenga el espejo. Lo cual, si uno se para a pensarlo, resulta muy extraño.

O quizá no lo sea.

En inteligencia artificial existe la vieja duda de si un programa puede llegar a tener conciencia de sí mismo. La mayoría de los programadores afirmarán que es imposible. Algunos lo han intentado y han fracasado.

Pero existe una versión más fundamental de esa duda, una duda filosófica respecto a si una máquina puede comprender su propio funcionamiento. Algunos afirman que también eso es imposible. La máquina no puede conocerse por la misma razón que los dientes no pueden morderse a sí mismos. Y desde luego parece imposible: el cerebro humano es la estructura más compleja del universo conocido, y aun así, el cerebro todavía sabe muy poco acerca de sí mismo.

En los últimos treinta años tales dudas han servido para amenizar charlas con una cerveza en la mano los viernes por la tarde después del trabajo. Nunca se habían tomado en serio. Pero recientemente estas dudas filosóficas han adquirido renovada importancia, porque se ha avanzado rápidamente en la reproducción de ciertas funciones cerebrales. No de todo el cerebro; solo de ciertas funciones. Por ejemplo, antes de mi despido, mi equipo de desarrollo utilizaba el procesamiento multiagente para posibilitar que los ordenadores aprendieran, reconocieran las pautas en los datos, comprendieran las lenguas naturales, establecieran prioridades y cambiaran de tarea en función de estas. Lo importante de esos programas era que la máquinas aprendían en sentido literal. Realizaban mejor su trabajo con la experiencia. Que es más de lo que puede decirse de algunos seres humanos.

Sonó el teléfono. Era Ellen.

—¿Has llamado a tu abogado?

—Todavía no, por Dios.

—Tomo el vuelo de las dos y diez a San José. Nos veremos a eso de las cinco en tu casa.

—Oye, Ellen, no es necesario, de verdad...

—Ya lo sé. Es solo que quiero salir de aquí. Necesito un descanso. Hasta luego, Jack.

Y me colgó.

Así que ahora ella tomaba las decisiones por mí.

En cualquier caso decidí que no tenía sentido telefonear a un abogado ese mismo día. Estaba muy ocupado. Debía recoger la ropa de la tintorería, así que lo hice. Había una cafetería en la otra acera, y pasé a buscar un café con leche para llevármelo.

Y allí estaba Gary Marder, mi abogado, en compañía de una rubia muy joven con vaqueros cortos y un top que dejaba la cintura al descubierto. Estaban muy amartelados en la cola de la caja. La chica no parecía mucho mayor que una universitaria. Abochornado, me di media vuelta, y cuando me disponía a marcharme, Gary me vio y me saludó con la mano.

—Eh, Jack.

—Hola, Gary.

Me tendió la mano y se la estreché.

—Te presento a Melissa —dijo.

—Hola, Melissa.

—Ah, hola.

Pareció vagamente molesta por la interrupción, pero no habría podido asegurarlo. Tenía esa expresión distraída que algunas muchachas adoptan en presencia de los hombres. Pensé que no podía ser más de seis años mayor que Nicole. ¿Qué hacía con un tipo como Gary?

—¿Qué tal Jack? —preguntó Gary, rodeando con el brazo la cintura desnuda de Melissa.

—Bien —contesté—. Bastante bien.

—¿Sí? Me alegro. —Pero me miraba con el entrecejo fruncido.

—Bueno, esto, sí... —Permanecí allí vacilante, sintiéndome como un estúpido ante la chica. Obviamente quería que me marchara. Pero pensé qué diría Ellen: «¿Te encuentras a tu abogado y ni siquiera le preguntas?». Así que dije—: Gary, ¿podría hablar un momento contigo?

—Claro.

Dio a la muchacha dinero para pagar el café, y nos fuimos a un rincón.

Bajé la voz.

—Verás, Gary —empecé—, creo que necesito ver a un abogado matrimonial.

—¿Para qué?

—Porque creo que Julia tiene una aventura.

—¿Lo crees? ¿O estás seguro de ello?

—No. No estoy seguro.

—¿Así que solo lo sospechas?

—Sí.

Gary suspiró. Me lanzó una mirada.

—Y además están pasando otras cosas —añadí—. Ha empezado a decir que intento volver a los niños contra ella.

—Enajenación del afecto —dijo, asintiendo con la cabeza—. El tópico jurídico del momento. ¿Y cuándo hace esa clase de declaraciones?

—Cuando discutimos.

Otro suspiro.

—Jack, las parejas dicen muchas barbaridades cuando discuten, y no significan nada forzosamente.

—Yo creo que sí.

—¿Y eso te preocupa mucho?

—Sí.

—¿Tienes un asesor matrimonial?

—No.

—Ve a ver a alguno.

—¿Porqué?

—Por dos razones. En primer lugar, porque te conviene. Llevas muchos años casado con Julia, y que yo sepa la mayor parte del tiempo os ha ido bien. Y en segundo lugar, porque así empezarás a dejar constancia de que intentas salvar el matrimonio, lo cual contradice el alegato de enajenación del afecto.

—Sí, pero...

—Si es cierto que empieza a reunir argumentos para acusarte, debes andarte con mucho cuidado, amigo mío. Es muy difícil plantear una defensa ante una acusación de enajenación del afecto. Los niños están hartos de la madre, y ella dice que están bajo tu influencia. ¿Cómo puedes demostrar lo contrario? Es imposible. Además, has pasado mucho tiempo en casa, así que resulta más fácil imaginar que eso puede ser verdad. El tribunal te considerará un marido insatisfecho y posiblemente resentido con el cónyuge que sí trabaja. —Levantó la mano—. Ya lo sé. Sé que nada de eso es verdad, Jack; pero es un alegato fácil de mantener, eso quiere decir. Y su abogado lo utilizará. En tu resentimiento, has vuelto a los niños contra ella.

—Eso es una gilipollez.

—Por supuesto, y yo lo sé. —Me dio una palmada en el hombro—. Así que visita a un buen asesor. Si necesitas nombres, telefonea al bufete, y Barbara te proporcionará un par de confianza.

Telefoneé a Julia para decirle que Ellen vendría a pasar unos días. Naturalmente no pude ponerme en contacto con ella; salió su buzón de voz. Dejé un mensaje muy largo para explicárselo. Luego fui a comprar, porque con la llegada de Ellen necesitaríamos más provisiones.

Empujaba el carrito por un pasillo del supermercado cuando recibí una llamada del hospital. Volvía a ser el médico imberbe de urgencias. Telefoneaba para preguntar por el estado de Amanda, y le dije que los hematomas casi habían desaparecido.

—Excelente —dijo—. Me alegra oírlo.

—¿Y la resonancia magnética?

El médico respondió que los resultados de la resonancia magnética carecían de interés, porque el aparato había fallado sin llegar a examinar a Amanda.

—De hecho, nos preocupan todas las lecturas de las últimas semanas —explicó—, porque aparentemente la máquina venía averiándose de manera gradual.

—¿Qué quiere decir?

—Estaba corroyéndose o algo así. Todos los chips de memoria estaban reduciéndose a polvo.

Recordando el MP3 de Eric, sentí un escalofrío.

—¿Cómo es posible que ocurra algo así?

—Según suponen, lo más probable es que la corrosión se deba a algún gas que escapó de los conductos empotrados, probablemente durante la noche. Por ejemplo, corrientes gaseosas de cloro; eso lo explicaría. Pero lo raro es que solo estaban dañados los chips de memoria. Los otros estaban bien.

Las cosas eran cada vez más extrañas. Y resultaron más extrañas aún unos minutos más tarde, cuando Julia telefoneó feliz y contenta para anunciar que llegaría a casa a primera hora de la tarde, mucho antes de la cena.

—Será un placer ver a Ellen —dijo—. ¿Para qué viene?

—Creo que quería salir unos días de San Diego.

—Bueno, te vendrá bien tenerla aquí un tiempo, un poco de compañía adulta.

—Seguro —dije.

Esperé a que explicara por qué no había vuelto a casa la noche anterior. Pero se limitó a decir:

—Oye, Jack, ahora tengo prisa. Ya hablaremos luego.

—Julia —dije—. Un momento.

—¿Qué?

Titubeé, preguntándome cómo expresarlo. Finalmente dije:

—Anoche estaba preocupado por ti.

—¿Cómo? ¿Por qué?

—Porque no volviste a casa.

—Cariño, te telefoneé. No podía moverme de la fábrica. ¿No comprobaste los mensajes?

—Sí.

—¿Y no había un mensaje mío?

—No.

—Vaya, pues no me lo explico. Te dejé un mensaje, Jack. Telefoneé primero a casa y se puso María, pero ella no... ya sabes, era demasiado complicado..., así que te telefoneé al móvil y te dejé un mensaje para avisarte de que no podría moverme de la fábrica hasta hoy.

—Pues no lo recibí —contesté, procurando que no pareciera una queja.

—Lo siento, cariño, pero tendrás que consultar con tu operador. Ahora tengo que dejarte. Esta noche nos vemos, ¿de acuerdo? Besos.

Y colgó.

Saqué el teléfono móvil del bolsillo y lo comprobé. No había ningún mensaje. Comprobé las llamadas perdidas. No había recibido ninguna llamada la noche anterior.

Julia no me había telefoneado. Nadie había telefoneado.

Empezó a invadirme una sensación de abatimiento, una vez más esa caída en la depresión. Estaba cansado, no podía moverme. Fijé la mirada en la sección de frutas y verduras del supermercado. No recordaba a qué había ido allí.

Acababa de decidir marcharme del supermercado cuando sonó el teléfono móvil, todavía en mi mano. Lo abrí. Era Tim Bergman. El tipo que había ocupado mi puesto en MediaTronics.

—¿Estás sentado? —preguntó.

—No. ¿Por qué?

—Tengo una noticia un tanto extraña. Prepárate.

—Está bien...

—Don quiere hablar contigo.

Don Gross era el director de la compañía, el hombre que me había despedido.

—¿Para qué?

—Quiere volver a contratarte.

—Quiere ¿qué?

—Sí. Ya lo sé. Es un disparate. Volver a contratarte.

—¿Por qué? —preguntó.

—Estamos encontrándonos algunos problemas con los sistemas distribuidos que se han vendido.

—¿Cuáles?

—Pues... PREDPRESA.

—Ese es uno de los antiguos —comenté.

—¿Quién lo ha vendido?

PREDPRESA era un sistema que habíamos diseñado hacía más de un año. Como la mayoría de nuestros programas, estaba basado en modelos biológicos. PREDPRESA era un programa orientado a un objetivo e inspirado en la dinámica depredador/presa. Pero tenía una estructura sumamente sencilla.

—Verás, Xymos quería algo muy sencillo —dijo Tim.

—¿Habéis vendido PREDPRESA a Xymos?

—Sí. Registrado, de hecho. Con un contrato de mantenimiento. Nos está volviendo locos.

—¿Porqué?

—Por lo visto, no funciona bien. Falla la orientación al objetivo. La mayor parte del tiempo el programa parece perder el objetivo.

—No me extraña —dije—, porque no especificamos los reforzadores.

Los reforzadores eran controles de programa que fijaban los objetivos. Eran necesarios porque los agentes conectados en red podían aprender. Podían aprender de un modo que los llevaba a desviarse del objetivo. Había que guardar el objetivo original para que no se perdiera. Podía pensarse en los programas agentes como niños. Los programas olvidaban cosas, perdían cosas, se dejaban cosas por el camino.

Todo eso era comportamiento emergente. No estaba programado, pero era el resultado de la programación. Y aparentemente eso estaba ocurriendo en Xymos.

—Y Don calcula que tú eras el supervisor del equipo cuando se escribió el programa, así que eres la persona indicada para arreglarlo. Además, tu esposa es un alto cargo de Xymos, así que tu incorporación al equipo les dará más tranquilidad.

No estaba muy seguro de eso, pero no dije nada.

—En todo caso esa es la situación —prosiguió Tim—. Te llamo para preguntarte si no te importa que Don te telefonee, porque no quiere que le rechaces.

Me asaltó una repentina ira. «No quiere que le rechaces.»

—Tim —dije—. No puedo volver a trabajar allí.

—Ah, no estarías aquí. Irías a la fábrica de Xymos.

—¿Ah, sí? ¿Y eso cómo se organizaría?

—Don te contrataría como asesor externo o algo así.

—Ajá —contesté con el tono más evasivo posible. La propuesta parecía mala idea. Nada me apetecía menos que volver a trabajar para el hijo de puta de Don. Y siempre era mala idea volver a una empresa en la que uno había sido despedido, fueran cuales fuesen las causas y las condiciones. Eso lo sabía todo el mundo.

Pero, por otro lado, si accedía a trabajar como asesor resolvería mi problema de estancamiento. Y me permitiría salir de casa. Solucionaría muchas cuestiones al mismo tiempo. Al cabo de un momento dije:

—Mira, Tim, déjame pensarlo.

—¿Me llamarás?

—Sí, de acuerdo.

—¿Cuándo llamarás? —preguntó. La tensión en su voz era evidente.

—Es un asunto urgente...

—Sí, un poco. Como te he dicho, ese contrato de mantenimiento nos está volviendo locos. Tenemos cinco programadores del equipo original prácticamente instalados en la fábrica de Xymos. Y no están llegando a ninguna parte. Así que si tú no nos ayudas, tendremos que recurrir a otra persona inmediatamente.

—Está bien —dije—. Te telefonearé mañana.

—¿Mañana por la mañana? —preguntó con tono insistente.

—De acuerdo. Sí, mañana por la mañana.

La llamada de Tim debería haber mejorado mi estado de ánimo, pero no fue así. Llevé a la niña al parque y la columpié un rato. A Amanda le gustaba que la meciera en el columpio. Podía pasarse veinte o treinta minutos seguidos, y siempre lloraba cuando la sacaba. Después me senté en el bordillo del recuadro de arena mientras ella gateaba de un lado a otro y se ponía de pie apoyándose en las tortugas de plástico y otros juegos. Uno de los niños mayores la derribó, pero ella no lloró; volvió a levantarse. Al parecer le gustaba estar con niños mayores.

Observándola, pensé en la posibilidad de volver a trabajar.

—Les habrás dicho que sí, claro —me dijo Ellen.

Estábamos en la cocina. Acababa de llegar, y su maleta negra seguía en el rincón sin deshacer. Ellen tenía el mismo aspecto de siempre, delgada, vigorosa, rubia, y en forma. Los años no parecían pasar por ella. Estaba tomándose una taza de té de bolsa. Un té que había traído consigo. Un té orgánico chino especial de una tienda especial de San Francisco. Tampoco eso había cambiado. Ellen siempre había sido muy quisquillosa con la comida, incluso de niña. Ya adulta, viajaba siempre con su propio té, su propio aliño para ensalada, sus propias vitaminas ordenadas en bolsitas de celofán.

—No, aún no les he contestado —dije—. He dicho que lo pensaría.

—¿Pensarlo? ¿Es broma? Jack, tienes que volver a trabajar, y tú lo sabes. —Me escrutó con la mirada—. Estás deprimido.

—No lo estoy.

—Deberías tomar un poco de este té —aconsejó—. Tanto café es malo para los nervios.

—El té contiene más cafeína que el café.

—Jack, tienes que volver a trabajar.

—Lo sé, Ellen.

—Y es trabajo de asesoría... ¿No sería lo ideal? ¿No solucionaría todos tus problemas?

—No lo sé —contesté.

—¿En serio? ¿Qué es lo que no sabes?

—No sé si me han contado toda la verdad. Es decir, si Xymos tiene tantas complicaciones, ¿por qué Julia no me ha dicho nada?

Ellen movió la cabeza en un gesto de negación.

—Según parece, Julia no te cuenta apenas nada últimamente. —Me miró con fijeza—. Así pues, ¿por qué no has aceptado inmediatamente?

—Antes necesito informarme un poco.

—¿Informarte de qué, Jack? —preguntó con tono de incredulidad.

Ellen actuaba como si yo tuviera un problema psicológico que debía resolverse. Mi hermana empezaba a sacarme de quicio, y llevábamos juntos solo unos minutos. Mi hermana mayor, tratándome otra vez como si fuera un niño. Me levanté.

—Mira, Ellen. Llevo toda la vida en este oficio, sé cómo funciona. Si Don quiere que vuelva, existen dos posibles razones. La primera es que la compañía está en un lío y creen que puedo ayudarles.

—Eso te han dicho.

—Sí. Eso me han dicho. La otra posibilidad es que lo hayan estropeado todo tanto que ya no pueda arreglarse... y que ellos no sepan.

—¿Y quieran a alguien a quien echarle la culpa?

—Exacto. Necesitan un cabeza de turco.

Ellen frunció el entrecejo. Vi que vacilaba.

—¿De verdad piensas eso?

—No lo sé, esa es la duda —respondí—. Pero debo averiguarlo.

—¿Y cómo vas...?

—Haciendo unas cuantas llamadas. Quizá presentándome por sorpresa en la fábrica mañana.

—Muy bien. Eso me parece correcto.

—Me alegra contar con tu aprobación. —No pude evitar cierta irritación en mi tono de voz.

—Jack —dijo. Se levantó y me abrazó—. Estoy preocupada por ti, eso es todo.

—Te lo agradezco. Pero así no me ayudas.

—Está bien. ¿Cómo puedo ayudarte, pues?

—Cuida de los niños mientras yo hablo por teléfono.

Pensé que lo mejor era telefonear primero a Ricky Morse, el tipo que me había encontrado en el supermercado comprando pañales. Conocía a Ricky desde hacía mucho tiempo; trabajaba en Xymos y era lo bastante despreocupado respecto a la información, para explicarme qué estaba sucediendo allí. El único problema era que Ricky estaba en las oficinas de Silicon Valley, y él mismo me había dicho que la verdadera acción tenía lugar en la fábrica. Pero era un buen punto de partida.

Telefoneé a la oficina, pero la recepcionista contestó:

—Lo siento, el señor Morse no está.

—¿Cuándo volverá?

—No sabría decirle. ¿Quiere dejarle un mensaje de voz?

Dejé a Ricky un mensaje. Luego telefoneé a su casa.

Contestó su esposa. Mary estaba doctorándose en historia francesa; me la imaginé con un libro abierto sobre la falda, estudiando y meciendo al bebé. Dije:

—¿Qué tal, Mary?

—Bien, Jack.

—¿Cómo está el bebé? Ricky me ha contado que nunca se irrita por los pañales. Os envidio.

Intenté hablar con naturalidad, como si fuera solo una llamada de cortesía.

Mary se echó a reír.

—Es buena niña, y no ha tenido cólicos, gracias a Dios. Pero Ricky no estaba aquí cuando tuvo erupciones —dijo—. Ha tenido algunas.

—De hecho, quería hablar con Ricky. ¿Está en casa?

—No, Jack. Ha pasado fuera toda la semana. En Nevada, en la fábrica.

—Ah, claro. —Recordé entonces que Ricky me lo había mencionado cuando coincidimos en el supermercado.

—¿Has visitado alguna vez la fábrica? —preguntó Mary.

Me pareció advertir cierta inquietud en su voz.

—No, no he estado, pero...

—Julia pasa mucho tiempo allí, ¿no? ¿Qué te cuenta?

Obviamente estaba muy preocupada.

-No gran cosa. Por lo que he deducido, tienen una nueva tecnología que exige máximo secreto. ¿Por qué lo dices?

Vaciló.

-Quizá sean imaginaciones mías...

-¿A qué te refieres?

-Bueno, a veces cuando Ricky llama, lo noto un tanto raro.

-¿En qué sentido?

-Sé que está distraído y trabaja mucho, pero hace comentarios extraños. A veces dice cosas que no tienen sentido. Y habla con evasivas, como si, no sé... ocultara algo.

-¿Como si ocultara algo?

Rió como si se reprochara algo.

-Incluso he pensado que quizá tenga una aventura con otra. Esa tal Mae Chang está allí, ¿sabes?, y a él siempre le ha gustado. Es tan guapa...

Mae Chang trabajaba antes en mi departamento en MediaTronics.

-No sabía que estuviera en la fábrica -dije.

-Sí. Creo que ahora están allí muchos de los que trabajaban contigo.

-Mira, no creo que Ricky tenga una aventura, Mary. No es propio de él. Y no es propio de Mae.

-Es a los más callados a quienes hay que vigilar -comentó, aludiendo aparentemente a Mae-. Y yo todavía estoy dando el pecho, así que aún no he recuperado mi peso anterior, o sea, que aún estoy como una vaca.

-No creo que...

-Me pesa el culo cuando ando.

-Mary, estoy seguro de que...

-¿Julia está bien, Jack? ¿No actúa de una manera extraña?

-No más que de costumbre -contesté, intentando hacer un chiste. Me violentó mi propio comentario. Desde hacía días deseaba que la gente me hablara con franqueza respecto a Julia, pero ahora que tenía una preocupación a compartir con Mary, yo no le hablaba con franqueza a ella. Me guardaba mis propias dudas. Añadí-: Julia está trabajando mucho, y a veces la noto un poco rara.

-¿Te ha dicho algo sobre una nube negra?

-Esto... no.

-¿Sobre el nuevo mundo? ¿Sobre la oportunidad de estar presente en el nacimiento del nuevo orden mundial?

Aquello me sonaba a conspiración, como esa gente a la que le preocupaba la Trilateral y pensaba que los Rockefeller controlaban el mundo.

-No, no me ha dicho nada de eso.

-¿Te ha mencionado una capa negra?

De pronto tuve la sensación de que todo empezaba a ocurrir a cámara lenta, moviéndose muy despacio.

-¿Cómo?

-La otra noche Ricky me habló de una capa negra, una capa negra que lo cubría. Era tarde y estaba cansado. Prácticamente balbuceaba.

-¿Qué te dijo de esa capa negra?

-Nada. Solo eso. -Guardó silencio por un instante-. ¿Crees que allí toman drogas o algo así?

-No lo sé -contesté.

-Están bajo mucha presión, ¿sabes? Trabajan día y noche y apenas duermen. Me he preguntado si estarán tomando algo.

-Déjame telefonear a Ricky -dije.

Mary me dio el número del móvil de Ricky, y lo anoté. Estaba a punto de marcarlo cuando oí cerrarse la puerta, y Eric dijo:

-Hola, mamá. ¿Quién es ese hombre que venía en el coche contigo?

Me levanté y miré por la ventana. El BMW descapotable de Julia estaba aparcado en el camino de acceso, con la capota bajada. Consulté mi reloj. Eran solo las cuatro y media.

Salí al pasillo y vi a Julia abrazar a Eric.

-Debía de ser el reflejo del sol en el parabrisas -decía-. No hay nadie en el coche.

-Sí, había alguien. Lo he visto.

-¿Ah, sí? -Abrió la puerta de la entrada-. Ve a mirarlo tú mismo.

Eric salió al jardín. Julia me sonrió y dijo:

-Cree que hay alguien en el coche.

Eric volvió a entrar encogiéndose de hombros.

-Bueno, pues parece que no.

-Claro que no, cariño. -Julia se acercó hacia mí por el pasillo-. ¿Está Ellen?

-Acaba de llegar.

-Estupendo. Voy a ducharme, y luego hablamos. Abramos una botella de vino. ¿Qué quieres hacer con la cena?

-He comprado ya unos filetes.

-Estupendo. Me parece bien.

Y con un alegre gesto, se alejó por el pasillo.

La tarde era cálida, y cenamos en el jardín trasero. Puse el mantel de cuadros y asé los filetes en la barbacoa, ciñéndome el delantal de cocinero donde se leía LA PALABRA DEL CHEF ES LA LEY. Y disfrutamos de una especie de típica cena familiar americana.

Julia estuvo encantadora y locuaz, concentrando la atención en mi hermana, hablando de los niños, el colegio y los cambios que quería hacer en la casa.

-Esa ventana ha de quitarse -explicó, señalando hacia la cocina-, pondremos puertaventanas que abran hacia el exterior. Quedará fantástico.

Me asombró la actuación de Julia. Incluso los niños la miraban atónitos. Julia mencionó lo orgullosa que estaba de Nicole por el gran papel que interpretaría en la obra del colegio. Nicole dijo:

-Mamá, tengo un mal papel.

-No, cariño, no es verdad -contestó Julia.

-Sí, sí es verdad. Solo diré dos frases.

-Vamos, cariño, estoy segura de que...

Eric intervino.

-«Mira, ahí viene John.» «Eso parece bastante grave.»

-Cállate, mierdecilla.

-La repite en el cuarto de baño una y otra vez -anunció Eric-. Como un millón de veces.

-¿Quién es John? -preguntó Julia.

-Esas son las frases de la obra.

-Ah. Bueno, en todo caso estoy segura de que lo harás muy bien. Y Eric está mejorando mucho en fútbol, ¿verdad, cariño?

-La liguilla se acaba la semana que viene -dijo Eric, malhumorado. Julia no había ido a ninguno de sus partidos ese otoño.

-El fútbol le ha ido muy bien -comentó Julia, dirigiéndose a Ellen-. Los deportes de equipo fomentan la cooperación, especialmente en los niños; les ayuda a controlar la competitividad.

Ellen, callada, se limitaba a asentir y escuchar.

Esa noche Julia había insistido en dar de comer a Amanda y había colocado la sillita junto a ella. Pero Amanda estaba acostumbrada a jugar al avión en todas las comidas. Esperaba que alguien moviera la cuchara hacia ella imitando el ruido de un avión y diciendo: «Aquí llega el avión... abrir compuertas». Como Julia no lo hacía, Amanda mantenía la boca firmemente cerrada, lo cual también formaba parte del juego.

-En fin, parece que no tiene hambre -comentó Julia con un gesto de indiferencia-. ¿Se ha tomado un biberón hace poco, Jack?

-No -contesté-. No lo toma hasta después de la cena.

-Sí, eso ya lo sé. Me refería a antes.

-No, antes no ha tomado ningún biberón -dije. Señalando a Amanda, pregunté-: ¿Lo intento yo?

-Claro.

Julia me entregó la cuchara, y yo me senté al lado de Amanda y empecé a jugar al avión. En cuanto imité el ruido del motor, Amanda sonrió y abrió la boca.

-Jack ha hecho maravillas con los niños, maravillas -dijo Julia a Ellen.

-En mi opinión -comentó Ellen-, la experiencia de la vida doméstica es buena para un hombre.

-Sí, lo es. Lo es. Jack me ha ayudado mucho. -Julia me dio una palmada en la rodilla-. Lo digo sinceramente, Jack.

Saltaba a la vista que Julia estaba demasiado animada, demasiado alegre. Tenía los nervios a flor de piel, hablaba deprisa, y obviamente intentaba dejar claro a Ellen que era ella quien estaba al frente de la familia. Advertí que Ellen no se creía una sola palabra, pero Julia estaba tan acelerada que no se daba cuenta. Comencé a preguntarme si se hallaba bajo los efectos de alguna droga. ¿Era esa la causa de su extraño comportamiento? ¿Tomaba acaso anfetaminas?

-Y últimamente estoy entusiasmada con mi trabajo -continuó Julia-. Xymos está haciendo verdaderos avances, la clase de avances que la gente lleva esperando desde hace más de diez años. Pero por fin han llegado.

-¿Como la capa negra? -pregunté, sondeando.

Julia parpadeó.

-¿La qué? -Movió la cabeza en un gesto de perplejidad-. ¿De qué estas hablando, cariño?

-Una capa negra. ¿No dijiste el otro día algo sobre una capa negra?

-No... -Negó con la cabeza-. No sé a qué te refieres. -Se volvió hacia Ellen-. En todo caso esa tecnología molecular ha llegado al mercado mucho más despacio de lo que preveíamos. Pero por fin ya está aquí.

-Se te ve muy entusiasmada -comentó Ellen.

-Es emocionante, Ellen, te lo aseguro. -Bajó la voz-. Y encima probablemente ganemos una pasta.

-Eso estaría bien -dijo Ellen-. Pero supongo que habrás tenido que dedicarle muchas horas.

-No tantas -contestó Julia-. En conjunto, ha sido llevadero. Excepto la última semana, más o menos.

Vi que Nicole abría los ojos de par en par. Eric miraba asombrado a su madre mientras comía. Pero no dijeron nada. Yo tampoco.

-Es solo un período de transición -prosiguió Julia-. Todas las empresas pasan etapas como esta.

-Claro -dijo Ellen.

El sol se ponía y empezaba a refrescar. Los niños dejaron la mesa. Me levanté y comencé a recoger los platos. Ellen me ayudaba. Julia siguió hablando, y de pronto dijo:

-Me encantaría quedarme, pero tengo un asunto pendiente y debo volver un rato a la oficina.

Si Ellen se sorprendió al oírlo, no lo exteriorizó.

-Trabajas muchas horas -se limitó a decir.

-Solo durante esta etapa de transición. -Julia se dirigió a mí-. Gracias por quedarte al pie del cañón, cariño. -En la puerta, se volvió y me lanzó un beso-. Te quiero, Jack.

Y se fue.

Observándola marcharse, Ellen frunció el entrecejo.

-Un tanto repentino, ¿no te parece?

Me encogí de hombros.

-¿Se despedirá de los niños?

-Probablemente no.

-¿Saldrá a toda prisa, sin más?

-Sí.

Ellen movió la cabeza en un gesto de asombro.

-Jack -dijo-, no sé si tiene un amante o no, pero... ¿qué toma?

-Nada, que yo sepa.

-Toma algo, de eso estoy segura. ¿No ha perdido peso?

-Sí, un poco.

-Y duerme poco. Y es evidente que está acelerada. -Ellen volvió a mover la cabeza-. Muchos de estos ejecutivos que trabajan bajo tensión se drogan.

-No sé -dije.

Se limitó a mirarme.

Regresé a mi despacho para telefonear a Ricky, y desde la ventana vi a Julia en el coche echar marcha atrás por el camino de acceso. Hice ademán de despedirme de ella con la mano, pero tenía la cabeza vuelta hacia atrás mientras retrocedía. En la luz vespertina vi reflejos dorados en el parabrisas, producto de las ramas de los árboles. Casi había llegado a la calle cuando creí ver a alguien en el asiento contiguo. Parecía un hombre.

Con el coche alejándose camino abajo, no vi claramente sus facciones a través del parabrisas. Cuando Julia, aún marcha atrás, se situó en la calle, el pasajero quedó oculto por ella. Pero me dio la impresión de que Julia conversaba animadamente con él. A continuación cambió la marcha y se reclinó contra el respaldo, y por un momento tuve una clara visión de su acompañante. El hombre estaba a contra luz, su rostro en sombras, y debía de estar mirándola directamente porque tampoco ahora distinguí sus rasgos; no obstante, por el modo en que estaba sentado tuve la impresión de que era joven, quizá de poco más de veinte años, aunque no podía estar seguro. Fue solo un vislumbre. El BMW aceleró y se alejó por la calle.

Pensé: al diablo. Salí corriendo y bajé por el camino. Llegué a la calle en el preciso instante en que Julia se acercaba al stop del cruce, con los indicadores de freno ya encendidos. Se hallaba probablemente a unos cincuenta metros, bajo la luz amarilla, tenue y oblicua de las farolas. Parecía que estaba sola en el coche, pero en realidad yo no veía bien. Por un momento sentí alivio, y me abrumó mi propia estupidez: allí estaba, de pie en medio de la calle sin motivo alguno. La mente me jugaba malas pasadas. No había nadie en el coche.

De pronto, cuando Julia dobló a la derecha, el tipo volvió a asomar, como si hubiera estado agachado, cogiendo algo de la guantera. Y de inmediato el coche desapareció. Y al instante me invadió de nuevo el malestar, como un intenso dolor que se propagara por mi pecho y por todo mi cuerpo. Sentí que me faltaba el aliento y me dio vueltas la cabeza.

Había alguien en el coche.

Cabizbajo subí por el camino de acceso, asaltado por abrasadoras emociones sin saber qué hacer a continuación.

-¿No sabes qué hacer a continuación? -preguntó Ellen. Estábamos fregando los cacharros en la cocina, todo aquello que no iba al lavavajillas. Ellen secaba; yo restregaba-. Coge el teléfono y llama.

-Julia está en el coche.

-Tiene teléfono en el coche. Llámala.

-Ajá -dije-. ¿Y cómo se lo digo? Eh, Julia, ¿quién es el hombre que va contigo en el coche? -Moví la cabeza en un gesto de negación-. Esa va a ser una conversación complicada.

-Es posible.

-Representará el divorcio con toda seguridad.

Ellen me miró con asombro.

-No quieres el divorcio, pues.

-Claro que no. Quiero mantener a mi familia unida.

-Quizá eso no sea posible, Jack. Quizá la decisión no esté en tus manos.

-Nada de esto tiene sentido -dije-. Me refiero al tipo del coche. Parecía muy joven.

-¿Y?

-Ese no es el estilo de Julia.

-¿Ah? -Ellen enarcó las cejas-. Probablemente tenía cerca de treinta años o quizá más. Y en todo caso, ¿tan seguro estás de cuál es el estilo de Julia?

-Bueno, he vivido con ella durante trece años.

Dejó uno de los cazos con un sonoro golpe.

-Jack, entiendo que todo esto debe de ser difícil de aceptar.

-Lo es, lo es.

En mi mente reproducía una y otra vez la imagen del coche retrocediendo por el camino. Pensaba que la otra persona del coche tenía algo extraño, había algo anormal en su aspecto. En mi mente, seguía intentando ver su rostro pero no podía. Los rasgos aparecían desdibujados a causa del parabrisas, de los cambios de luz mientras el coche retrocedía camino abajo. No le veía los ojos, ni los pómulos ni la boca. En mi memoria, la cara se mostraba como algo oscuro e indefinido. Intenté explicárselo a Ellen.

-No me sorprende.

-¿No?

-No. A eso se llama negación. Escucha, Jack, el hecho es que tienes la prueba justo frente a tus ojos. Lo has visto, Jack. ¿No crees que ya va siendo hora de creerlo?

Sabía que tenía razón.

-Sí -contesté-. Ya va siendo hora.

Sonaba el teléfono. Tenía los brazos hundidos en el jabón hasta los codos. Pedí a Ellen que lo cogiera, pero ya había atendido a uno de los niños. Acabé de restregar la parrilla de la barbacoa y se la entregué a Ellen para que la secara.

-Jack -dijo Ellen-, tienes que empezar a ver las cosas como son, no como quieras que sean.

-Tienes razón -dije-. La llamaré.

En ese momento Nicole entro en la cocina, pálida.

-¿Papá? Es la policía. Quieren hablar contigo.

DÍA 5

21.10

El descapotable de Julia se había salido de la carretera a ocho kilómetros de la casa. Se había despeñado por un abrupto barranco, abriendo un camino a través de los arbustos de salvia y enebro. Luego debía de haber volcado, porque estaba ladeado, con las ruedas hacia arriba. Yo solo veía los bajos del coche. El sol casi se había puesto, y el barranco estaba sumido en la oscuridad. Las tres ambulancias de la carretera tenían encendidas las luces rojas y los equipos de rescate descendían ya en rappel por el barranco. Mientras observaba, instalaron reflectores portátiles y el lugar del accidente quedó envuelto por un duro resplandor azul. Oía crepitar las radios alrededor.

Estaba en la carretera con un policía motorizado. Le había pedido que me permitiera bajar hasta el coche y me había dicho que no era posible; debía permanecer en la carretera. Cuando oí las radios, pregunté:

-¿Está herida? ¿Está herida, mi mujer?

-Lo sabremos dentro de un momento -contestó con calma.

-¿Y el otro pasajero?

-Solo un momento -dijo el policía. Llevaba un auricular en el casco, porque había empezado a hablar en voz baja, ensartando una serie de palabras en clave. Oí-: ... el 402 pasa a ser un 739...

Desde el arcén, miré hacia abajo intentando ver algo. Había hombres alrededor del coche y varios ocultos bajo la carrocería. Pasó un largo rato. Por fin el policía dijo:

-Su esposa está inconsciente pero está... Llevaba puesto el cinturón de seguridad y no ha salido despedida del coche. Creen que está bien. Los signos vitales son estables. Dicen que no se aprecian lesiones en la columna vertebral pero... parece que tiene un brazo roto.

-Pero ¿está bien?

-Eso creen. -Otro silencio mientras escuchaba. Le oí decir-: Tengo aquí al marido, así que un ocho-siete. -Cuando se volvió hacia mí, añadió-: Sí, ya vuelve en sí. En el hospital comprobarán si hay hemorragias internas. Y en efecto tiene un brazo roto. Pero dicen que está bien. Ahora van a colocarla en una camilla.

-Gracias a Dios -dije.

El policía asintió con la cabeza.

-Este es un punto negro de la carretera.

-¿Ha habido ya otros accidentes como este?

Movió la cabeza en un gesto de asentimiento.

-Cada pocos meses, normalmente menos afortunados.

Abrí el teléfono móvil y llamé a Ellen. Le dije que explicara a los niños que no había por qué preocuparse, que su madre se pondría bien.

-Especialmente a Nicole -añadí.

-Yo me encargaré -prometió Ellen.

Cerré el teléfono y me volví hacia el policía.

-¿Y el otro pasajero? -pregunté.

-Iba sola en el coche.

-No -insistí-. Viajaba un hombre con ella.

Habló por el micrófono del auricular y luego se dirigió otra vez a mí.

-Dicen que no. Nada indica que hubiera otra persona.

-Quizá ha salido despedido -sugerí.

-Están preguntándole a su esposa. -Escuchó por un momento-. Dice que iba sola.

-No puede ser.

El policía me miró y se encogió de hombros.

-Eso dice ella.

En el resplandor de las luces rojas de las ambulancias no distinguí su expresión, pero el tono de voz daba a entender: otro hombre que no conoce a su mujer. Me di media vuelta y observé desde el arcén.

Uno de los vehículos de rescate había extendido un brazo de hacer con un cabrestante que colgaba sobre el barranco. Descendía un cable. Haciendo esfuerzos para mantener el equilibrio en la empinada pendiente, los hombres intentaban enganchar una camilla al cabrestante. No veía a Julia con claridad en la camilla; estaba sujeta con correas y cubierta con una manta plateada. Empezó a ascender. Atravesó el cono de luz azul y se desdibujó en la oscuridad.

-Preguntan respecto al posible consumo de drogas o fármacos -dijo el policía-. ¿Tomaba su esposa alguna droga o fármaco?

-No que yo sepa.

-¿Y alcohol? ¿Bebía?

-Vino en la cena. Una o dos copas.

El policía se volvió y habló otra vez, susurrando en la oscuridad. Tras una pausa, le oí decir:

-Afirmativo.

La camilla giraba lentamente mientras subía. Uno de los hombres, en medio de la pendiente, alargó el brazo para estabilizarla. La camilla continuó su ascenso.

No vi bien a Julia hasta que los miembros del equipo de rescate acercaron la camilla a la carretera y la desengancharon. Tenía el rostro tumefacto, con moretones en el pómulo izquierdo y en la frente por encima del ojo izquierdo. Debía de haberse dado un golpe considerable en la cabeza. Tenía la respiración poco profunda. Me aproximé a la camilla. Me vio y dijo:

-Jack...

Intentó sonreír.

-Tranquila -dije.

Tosió.

-Jack. Ha sido un accidente.

Los camilleros circundaron la motocicleta. Tuve que vigilar dónde pisaba.

-Claro que ha sido un accidente.

-No es lo que tú crees, Jack.

-¿Qué quieres decir, Julia? -pregunté. Parecía delirar y hablaba con voz vacilante.

-Sé lo que piensas. -Me agarró el brazo-. Prométeme que no te meterás en esto, Jack.

No contesté. Me limité a seguir caminando junto a ella. Me apretó más fuerte.

-Prométeme que te quedarás al margen.

-Te lo prometo -respondí.

Se relajó y me soltó el brazo.

-Esto no tiene nada que ver con nuestra familia. Los niños no corren ningún riesgo. Tú tampoco. Pero quédate al margen, ¿de acuerdo?

-De acuerdo -dije, solo para tranquilizarla.

-¿Jack?

-Sí, cariño, estoy aquí.

Nos acercábamos ya a la ambulancia más próxima. Las puertas se abrieron. Uno de los hombres del equipo de rescate preguntó:

-¿Es usted pariente?

-Soy su marido.

-¿Quiere venir?

-Sí.

-Suba.

Entré en la ambulancia yo primero y luego introdujeron la camilla. Uno de los hombres subió también y cerró las puertas. Nos pusimos en marcha, acompañados por el aullido de la sirena.

Inmediatamente los dos auxiliares médicos me hicieron apartarme para ocuparse de ella. Uno introducía datos en un ordenador de mano; el otro le abría una segunda vía intravenosa en el brazo. Le preocupaba la tensión arterial, que bajaba rápidamente. Eso les preocupaba mucho. Durante todo este proceso no veía a Julia; solo la oía susurrar.

Intenté acercarme, pero los auxiliares me obligaron a retroceder.

-Déjenos trabajar. Su esposa ha sufrido heridas. Tenemos que trabajar.

Durante el resto del viaje permanecí sentado en un banco y me agarré a un asidero de la pared mientras la ambulancia tomaba las curvas rápidamente. En esos momentos Julia balbuceaba palabras sin sentido, y era obvio que deliraba. Oí algo sobre «las nubes negras» que «ya no eran negras». Luego inició una especie de sermón sobre la «rebeldía adolescente». Mencionó a Amanda y Eric, preguntando si se encontraban bien. Parecía alterada. Los auxiliares intentaba calmarla. Y finalmente, mientras la ambulancia se abría paso a través de la noche a toda velocidad, empezó a repetir una y otra vez: «No he hecho nada malo, no quería hacer nada malo».

Escuchándola, no pude evitar preocuparme.

El examen médico reveló que las heridas de Julia podían ser de mayor consideración de lo que parecía en un principio. Había numerosas posibilidades que descartar: fractura de pelvis, hematoma, fractura de vértebras cervicales, fractura doble del brazo izquierdo que acaso exigiera la inmovilización total. Al parecer, la pelvis era la principal preocupación de los médicos. La movían con mucho más cuidado mientras la trasladaban a cuidados intensivos.

Pero Julia seguía consciente, mirándome a los ojos y sonriendo de vez en cuando, hasta que se quedó dormida. Los médicos dijeron que yo ya no podía hacer nada allí; la despertarían cada media hora a lo largo de la noche. Me informaron de que permanecería internada como mínimo tres días, posiblemente una semana.

Me aconsejaron que descansara. Salí del hospital un poco antes de las doce de la noche.

Volví en taxi al lugar del accidente para recoger el coche. Era una noche fría. Las ambulancias y los coches de policía se habían marchado. Ahora había un enorme camión grúa que tiraba barranco arriba del automóvil de Julia mediante un cabrestante. Se ocupaba de ello un tipo enjuto que fumaba un cigarrillo.

-No hay nada que ver -me dijo-. Todo el mundo se ha ido al hospital.

Le expliqué que era el coche de mi esposa.

-No puede llevárselo -contestó. Me pidió la tarjeta del seguro. La saqué de la cartera y se la entregué. Comentó-: He oído decir que su mujer está bien.

-Por el momento.

-Es usted un hombre de suerte. -Señaló hacia atrás con el pulgar, en dirección al otro lado de la carretera-. ¿Vienen con usted?

Había allí estacionada una pequeña furgoneta blanca. No llevaba rótulos ni logotipos de empresa en los costados. Pero en la puerta delantera, abajo, advertí un número de serie en negro. Y debajo se leía UNIDAD SSVT.

-No, no vienen conmigo -respondí.

-Llevan ahí una hora -explicó-. Ahí sentados, sin más.

No veía a nadie en el interior de la furgoneta; los cristales de las ventanillas delanteras eran oscuros. Me dispuse a cruzar la carretera hacia ellos. Oí crepitar débilmente una radio. Cuando me hallaba a unos tres metros del vehículo, se encendieron los faros y se puso en marcha el motor. La furgoneta pasó junto a mí a toda prisa y se alejó por la carretera.

Al pasar, eché un vistazo al conductor. Llevaba un traje brillante, como de plástico plateado, y un ajustado capuchón del mismo material. Me pareció distinguir un extraño aparato plateado colgado de su cuello. Parecía una mascarilla, salvo que era plateado. Pero no podría haberlo afirmado con certeza.

Cuando se alejaba, vi dos adhesivos verdes en el parachoques trasero, cada uno con una X grande. Ese era el logotipo de Xymos. Pero fue la matrícula lo que realmente me llamó la atención. Era de Nevada.

La furgoneta había venido desde la fábrica, plantada en medio del desierto.

Fruncí el entrecejo.

Saqué el teléfono móvil y marqué el número de Tim Bergman. Le dije que había reconsiderado su oferta y aceptaba el trabajo de asesor.

-Estupendo -contestó Tim-. Ron se alegrará mucho.

-Fantástico-dije-. ¿Cuándo empiezo?

DESIERTO

DÍA 6

7.12

Con la vibración del helicóptero, debía de haberme quedado dormido durante unos minutos. Me desperté y bostecé, oyendo voces por los auriculares. Eran voces de hombres:

-¿Y cuál es exactamente el problema? -Una voz malhumorada.

-Por lo visto, una emanación de la fábrica contaminó el medio ambiente. Fue un accidente. Ahora han aparecido varios animales muertos en el desierto. En los alrededores de la fábrica. -Una voz sensata, metódica.

-¿Quién los encontró? -La voz malhumorada.

-Un par de ecologistas entrometidos. No respetaron los carteles de prohibido el paso y entraron a husmear en el recinto. Han presentado una queja a la compañía y exigen que se inspeccione la fábrica.

-Cosa que no podemos permitir.

-No, no.

-¿Cómo abordaremos el asunto? -preguntó una voz tímida.

-Propongo que minimicemos el nivel de contaminación y proporcionemos datos que demuestren que no habrá mayores consecuencias. -La voz metódica.

-Yo no lo plantearía así -replicó la voz malhumorada-. Es mejor negarlo todo rotundamente. No ha habido ninguna emanación. Además, ¿qué pruebas tienen de eso?

-Bueno, los animales muertos. Un coyote, algún que otro jerbo. Quizá unos cuantos pájaros.

-Demonios, en la naturaleza mueren animales continuamente. ¿Recordáis el asunto de las vacas acuchilladas? Se suponía que acuchillaban a las vacas unos extraterrestres, y en realidad los cadáveres reventaban debido a los gases de descomposición. ¿Os acordáis?

-Vagamente.

-No estoy seguro de que podamos negarlo sin más. -La voz tímida.

-Sí, hay que negarlo, joder.

-¿No hay fotografías? Creo que los ecologistas tomaron fotografías.

-¿Y eso qué más da? ¿Qué se ve en las fotografías? ¿Un coyote muerto? Nadie va a alterarse mucho por un coyote muerto. Confiad en mí. ¿Piloto? Piloto, ¿dónde carajo estamos?

Abrí los ojos. Iba en la parte delantera del helicóptero, al lado del piloto. Volábamos en dirección este, hacia el resplandor del sol bajo de la mañana. Abajo veía básicamente terreno llano, con grupos de cactus, enebros y alguna que otra yuca raquítica.

El piloto volaba junto a las torres de alta tensión que cruzaban el desierto en fila india, un ejército de acero con los brazos extendidos. Las torres proyectaban sombras alargadas bajo la luz matutina.

Un hombre corpulento se inclinó desde el asiento trasero. Llevaba traje y corbata.

-¿Piloto? ¿Aún no hemos llegado?

-Acabamos de cruzar la frontera de Nevada. Diez minutos más.

El hombre corpulento lanzó un gruñido y volvió a recostarse en su asiento. Nos habíamos presentado antes de despegar, pero ya no recordaba su nombre. Eché un vistazo atrás, a los otros tres pasajeros, todos con traje y corbata. Los tres eran asesores de relaciones públicas contratados por Xymos. Por sus aspectos, era fácil adivinar a quiénes correspondían las respectivas voces: un hombre delgado y nervioso que se retorcía la manos; un hombre de mediana edad con un maletín en la falda; y el hombre corpulento, mayor que los otros dos y malhumorado, obviamente al mando.

-¿Por qué demonios la instalaron en Nevada?

-La normativa es menos estricta, las inspecciones más fáciles de pasar. Últimamente California es muy exigente con los nuevos complejos industriales. La puesta en marcha iba a retrasarse solo por el informe de evaluación del impacto medioambiental. Y un proceso de licencias mucho más complicado. Así que vinieron aquí.

El malhumorado contempló el desierto por la ventanilla.

-Esto es el culo del mundo -comentó-. Me importa una mierda lo que pase allí abajo, no es un problema. -Se volvió hacia mí-. ¿Y usted a qué se dedica?

-Soy programador.

-¿Ha firmado un ADC?

Se refería a si había aceptado un acuerdo de confidencialidad que me impedía hablar de lo que acababa de oír.

-Sí-contesté.

-¿Va a trabajar en la fábrica?

-Como asesor externo, sí.

-La asesoría externa es lo ideal -dijo, asintiendo con la cabeza como si yo fuera un aliado-. Sin responsabilidad. Sin obligaciones. No tiene más que dar su opinión y quedarse cruzado de brazos viendo que no le hacen caso.

La voz del piloto irrumpió en los auriculares en medio de una ráfaga de interferencia estática.

-Manufacturas Moleculares Xymos está justo enfrente -anunció-. Ya se ve.

A unos treinta kilómetros al frente vi un grupo aislado de edificios bajos recortándose contra el horizonte. Los tres relaciones públicas se inclinaron hacia delante.

-¿Es eso? -preguntó el malhumorado-. ¿Solo eso?

-Es más grande de lo que parece desde aquí -aseguró el piloto.

Cuando el helicóptero se acercó, advertí que los edificios eran bloques de hormigón interconectados y sin rasgos distintivos, todos enjalbegados. Los tres hombres quedaron tan complacidos que casi aplaudieron.

-¡Es precioso!

-Joder, parece un hospital.

-Una magnífica obra arquitectónica.

-Quedará magnífico en las fotografías.

-¿Por qué quedará magnífico en las fotografías? -pregunté.

-Porque no tiene proyecciones -explicó el hombre del maletín-. No hay antenas, ni salientes, ni nada que asome. A la gente le asustan los salientes y las antenas. Existen estudios al respecto. Pero un edificio sencillo y cuadrado como ese, y blanco... una elección de color perfecta: se asocia con lo virginal, los hospitales, la curación, la pureza... Un edificio así no es motivo de alarma.

-Esos ecologistas la han cagado -declaró el hombre malhumorado con satisfacción-. Aquí llevan a cabo investigaciones médicas, ¿no?

-No exactamente...

-Las harán cuando yo acabe con esto, créame. Las investigaciones médicas son la solución para esto.

El piloto señaló los distintos edificios mientras los sobrevolábamos en círculo.

-El primer bloque de hormigón es el generador. En ese otro edificio bajo está la sección residencial. El edificio contiguo contiene la zona de mantenimiento, los laboratorios, etcétera. Y aquel bloque cuadrado de tres plantas sin ventanas es el edificio principal de la fábrica. Me han dicho que es un caparazón; dentro contiene otro edificio. A la derecha, en aquel anexo bajo, está el aparcamiento y el área de almacenaje externo. Aquí los coches han de guardarse a la sombra, o se deforman los salpicaderos. Si uno toca el volante, sufre quemaduras de primer grado.

-¿Y hay una sección residencial? -pregunté.

El piloto movió la cabeza en un gesto de asentimiento.

-Sí, por fuerza. El motel más cercano está a doscientos sesenta kilómetros, casi en Reno.

-¿Y cuántas personas viven aquí? -quiso saber el hombre malhumorado.

-Puede alojar a doce personas -contestó el piloto-. Pero generalmente hay entre cinco y ocho. No se requiere mucho personal para controlar la fábrica. Todo está automatizado, según he oído.

-¿Qué más ha oído?

-Poca cosa -respondió el piloto-. Hay mucho secretismo en torno al proyecto. Yo ni siquiera he entrado.

-Estupendo -dijo el malhumorado-. Asegurémonos de que las cosas sigan así.

El piloto hizo girar la palanca. El helicóptero se ladeó y empezó a descender.

Abrí la puerta de plástico de la cabina climatizada y me dispuse a salir. Fue como entrar en un horno. El golpe de calor me cortó la respiración.

-¡Esto no es nada! -gritó el piloto por encima del zumbido de los rotores-. Aquí es casi como si fuera invierno. No debemos de estar a más de cuarenta grados.

-Magnífico -contesté, inhalando aire caliente. Cogí mi bolsa de viaje y mi ordenador portátil, que había colocado bajo el asiento del hombre tímido.

-He de ir a mear -anunció el malhumorado mientras se desabrochaba el cinturón de seguridad.

-Dave... -dijo el hombre del maletín con tono admonitorio.

-Joder, es solo un momento.

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