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Sandra Hill

Vikingos II, 3

EL VIKINGO VIRIL

ÍNDICE


Capítulo 1 Error: Reference source not found

Capítulo 2 Error: Reference source not found

Capítulo 3 Error: Reference source not found

Capítulo 4 Error: Reference source not found

Capítulo 5 Error: Reference source not found

Capítulo 6 Error: Reference source not found

Capítulo 7 Error: Reference source not found

Capítulo 8 Error: Reference source not found

Capítulo 9 Error: Reference source not found

Capítulo 10 Error: Reference source not found

Capítulo 11 Error: Reference source not found

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Capítulo 1


Otoño en tierras escandinavas, año 999 d.c

En los días de antaño, cuando los hombres eran... como fueran...

Magnus Ericson era un hombre sencillo.

Adoraba el olor de la tierra recién removida en primavera dejaba a su paso el arado. Adoraba sentir bajo él el cuerpo suave de una mujer en el lecho de pieles..., cuando se dedicaba a otras «faenas». Adoraba asir la empuñadura de una buena espada y blandirla con su aguerrido brazo. Adoraba el lento avance de una galera cargada de botín tras una inclusión en tierras lejanas. Adoraba el paso de las estaciones en su próspera granja.

Lo que no soportaba era la cantidad de niños chillones, alborotadores, fastidiosos y necesitados de atenciones que lo llamaban fadir. «Padre esto, padre aquello», decían de día y de noche, siempre exigiendo algo de él. ¡Diez en total! Ése era el cómputo de su prole, pese a que había perdido un hijo y una hija a causa de las enfermedades y los percances propios de la infancia. ¡Por Thor bendito! Tener tantos hijos resultaba embarazoso, por no decir imposible. No podía ni ir a la letrina sin toparse con uno u otro. Como ratas, eran, o como pulgas.

Ni que decir tiene que con sus madres tampoco estaba muy contento. A lo largo de su vida había tenido cuatro esposas, seis concubinas, numerosas amantes pasajeras y al menos una moza de taberna algo borrachina. Esto último sólo podía achacarse a un ataque de locura inducido por el hidromiel, solía contestar presuroso a quienquiera que osara preguntarle. No todas aquellas mujeres habían compartido su cama al mismo tiempo, alabado fuera Odín, aunque algunos cretinos aseguraran lo contrario sólo porque había practicado el more daníco durante algunos periodos poco afortunados de su vida. Sabía ya por experiencia que una sola mujer basta y sobra para un hombre. Todas sus mujeres, una por una, habían tenido la desfachatez de morirse, de abandonarlo, o —qué vergüenza— de divorciarse de él, como había hecho la más reciente, Inga, el verano anterior en la asamblea del Althing, alegando que estaba harta de hacer de esclava de todos sus críos. Los noruegos, de allí a Birka, todavía seguían riéndose de él.

Magnus sospechaba además que hacían apuestas, a ver cuántos cachorros más le habrían dejado a la puerta de su casa cuando acabara el año.

Ninguno, si de él dependía.

La cosa no iba tan mal cuando su padre, el jarl Eric Tryggvason, y su madre, lady Asgar, vivían aún y habitaban en el predio real que lindaba con sus tierras. O cuando sus hermanos estaban cerca. Su madre parecía tener mejor suerte a la hora de conseguirle ayuda. Pero su madre y su padre habían fallecido ese año, con una diferencia de apenas unos meses. Los sanadores decían que su muerte se había debido a una dolencia pulmonar causada por un invierno singularmente duro, pero Magnus estaba convencido de que habían muerto de pena por la desaparición de sus hermanos, Geirolf y Jorund, cuyos barcos se habían hundido al parecer en aguas lejanas, más allá de Islandia. Él y su hermana Katla eran los únicos que quedaban de la familia, y Katla, felizmente casada con un príncipe noruego desde hacía muchos años, vivía en la lejana tierra que algunos llamaban Normandía.

Magnus sufría grandes presiones para hacerse cargo del condado de su padre, sobre todo por parte de su tío, el rey de Noruega, Olaf Tryggvason. Pero eso hubiera supuesto abandonar sus tierras y la granja que adoraba, además de sumergirse a sabiendas en las tensiones políticas que afrontaban los pequeños reinos vikingos que competían por el poder. Él era un granjero de corazón. No ambicionaba el poder.

Además, ¿acaso no tenía que aguantar ya suficientes presiones en el seno de su propia familia?

«Ésa es una pregunta absurda.»

¿Dónde encajarían sus hijos en aquel cuadro?

«Donde pudieran meterse.»

¿Tendría que tomar otra esposa?

«Desde luego.»

¿Quería otra esposa?

«¡Cielo santo, no!»

Pero ¿cuánto tiempo hacía que no se acostaba con una mujer?.

«¡Demasiado! Últimamente me da miedo mirar a las mujeres, no vaya a ser que mi simiente salga volando derecha a su vientre.»

¿Merecía la pena, por disfrutar de los lazos conyugales, tener que soportar a otra mujer chillona que le siguiera como una sombra? ¿O que trajera al mundo aún más bebés?

«Lazos... Una descripción acertada.»

¿Y estaría dispuesta la mujer que eligiera a ocuparse de toda su prole?

«Seguramente, no. No, no debo volver a casarme.»

Pero el sexo...

«¡Aarrgh! »

El problema, al menos hasta donde a él se le alcanzaba, se reducía siempre a los críos y al lastre de su virilidad. Si fuera libre, podría tomar decisiones pensando en sus deseos no en sus necesidades, o en el bien del pueblo de Vestfold. Pero tenía otras diez personitas de las que ocuparse.

Había conocido treinta y siete veranos. A veces, cuando el alboroto de los niños le aturdía, o cuando sufría de resaca, se preguntaba cómo se las había ingeniado para engendrar tantos hijos. Pero, naturalmente, eso ya lo sabía.

Magnus Ericson era un hombre fogoso, y ahí radicaba el problema.

Invierno en tierras vikingas, año 999 d.c.

Los problemas llegan en paquetes pequeños...

—Tienes otra hija —dijo con fastidio Ragnor, el hijo mayor de Magnus, mientras intentaba ponerle en brazos a una niña apenas salida de las fajas con las que se envolvían a los bebés. Magnus se apresuró a cruzar los brazos sobre el pecho, negándose a cogerla.

—Se llama Lida —insistió Ragnor, e intentó de nuevo darle a la pequeña, que no podía tener más de un año de edad.

Magnus dio un paso atrás y sacudió la cabeza con vehemencia.

—¡Guu! —dijo Lida, y le obsequió con una sonrisa desdentada. Luego sacudió la cabecita de un lado a otro, sin duda en la creencia de que Magnus estaba jugando con ella.

Él no se inmutó. No estaba de humor para juegos.

—Llévatela. —Se hizo a un lado y usó el atizador para remover el leño de Navidad que ocupaba el centro del hogar de su gran salón. La quema del leño era una tradición cristiana que su familia siempre había seguido. Aunque era vikingo de nacimiento, Magnus practicaba también la fe cristiana de su madre, a la que Dios tuviera en su gloria. Confiaba en que lady Asgar hubiera hallado descanso junto a los santos a los que reverenciaba, del mismo modo que confiaba en que su padre estuviera gozando en el Valhalla. A veces se preguntaba si el cielo y el Valhalla serían el mismo sitio, pero se guardaba para así aquella idea inverosímil. Fuera como fuese, lo mejor era tener contentos a todos los dioses. Él, por desgracia, parecía haber recibido la bendición —¿o sería más bien la maldición?— de Freya, la diosa de la fertilidad.

Entre tanto, los camaradas vikingos que se sentaban alrededor de su gran salón bebiendo cerveza y jugando al hnefatafl, el juego de mesa, se reían por lo bajo, mirándose los unos a los otros al ver que su hijo intentaba endosarle otro bebé. De nuevo, él y su potencia viril volvían a ser objeto de chanzas. Pues esta vez no lo permitiría.

—No hay pruebas —replicó—. No es mía.

—Lamento disentir. Es igual que tú.

—Guu —repitió Lida. Su pelo rubio se empinaba, revuelto, alrededor de su cabecita. Tenía las mejillas salpicadas de pecas. Olía como una letrina.

—El sarcasmo no te favorece, chico —replicó Magnus. Ragnor sabía muy bien que a su padre se le tenía por un hombre atractivo. Magnus se preciaba de poseer un cuerpo bien templado y una apostura física que le venía de herencia. Quitando sus grandes orejas, que por vanidad se cubría con la larga cabellera, era casi perfecto. Muchas mujeres se lo habían dicho. Y aquella mocosa no era ni guapa, ni perfecta. Pero entonces Magnus reparó en algo. «¡Por el amor de Freya! ¿Acaso no tiene ese mico unas orejas enormes?»

Ragnor se rio por lo bajo al ver qué estaba mirando a su padre.

—Tienes dieciséis años, todavía puedo darte una azotaina —le dijo Magnus al tiempo que se dejaba caer en un banco. Y, naturalmente, el hecho de que se sentara le dio a su hijo Kolbein, de tres años, la excusa perfecta para trepar a su regazo. A su edad, Kolbein debería estar haciéndose el hombrecito, como Hamr, que tenía cinco años y le pedía constantemente un arco y unas flechas, el muy pesado.

—Te sacarías un ojo —solía contestar Magnus.

Kolbein, en cambio, siempre había sido un niño necesitado de afecto, quizá porque había perdido a su madre al nacer. Ni siquiera Jogeir, que tenía seis años y necesitaba bastón para caminar, pedía un trato especial. Algunos decían que Magnus debería haber abandonado a Jogeir a los elementos cuando nació, como hacían muchos padres vikingos. La vida en aquellas tierras era dura para todos. Los débiles o los lisiados de nacimiento afrontaban obstáculos insuperables para sobrevivir. Pero Magnus no había sido capaz de hacerlo, y Jogeir se esforzaba cada día con denuedo para demostrarle que había tomado la decisión correcta. ¡Pobre chiquillo!

—¡Ja! —dijo Ragnor, devolviéndolo al presente. Por lo visto, aquélla era su respuesta al comentario de su padre acerca de la azotaina que todavía podía darle. Aquella única palabra lo decía todo, pues aunque Ragnor no había alcanzado aún la portentosa altura de Magnus, se estaba aproximando rápidamente. Ellos dos tenían músculos en abundancia.

—Yo puedo sujetarlo mientras tú le das la paliza que se merece —dijo Torolf, su otro hijo de dieciséis años. A Torolf, lo que más le gustaba del mundo era hacer rabiar a su hermano mayor, aunque Ragnor le sacara solamente una semana. Habían nacido de madres distintas y en países distintos, con apenas unos días de diferencia. Magnus debía de haber estado particularmente sediento de sexo esa semana, nueve meses antes de su nacimiento, pero, a decir verdad, apenas se acordaba de sus madres, ni de los encuentros amorosos en que fueron concebidos. Lo único que sabía era que Ragnor tenía el pelo negro y los ojos de color azul claro, como su madre, que era franca, mientras que Torolf salía a su primera mujer, Sigrun, que tenía el pelo rubio claro y los ojos de color miel. Los problemas de Magnus habían empezado por aquel entonces. Sigrun lo había amenazado con cortadle el miembro viril al enterarse del nacimiento de Ragnor. Dos años más tarde huyó con un sacerdote irlandés, y dejó a Torolf con su padre. Aquello parecía haber marcado el principio de una pauta constante en la vida de Magnus.

—Me gustaría verte intentarlo —dijo Ragnor a Torolf con su arrogancia habitual, y le dio un puñetazo en el hombro. Entre tanto, Lida se reía, colgada de su otro brazo.

—Cuando quieras, hermano. Cuando quieras. —Torolf le devolvió el puñetazo y sonrió, sólo para fastidiado. Eran los dos como enormes cachorros. Pronto estarían revolcándose sobre los juncos del suelo, luchando entre sí.

—Guu —intervino Lida.

Magnus tuvo una súbita inspiración.

—No puedo quedarme con la niña. Necesita una nodriza, y ya sabéis que aquí en la granja ni siquiera podemos tener criadas que se ocupen de los niños más mayores, y no digamos una nodriza.

—Lida ya está destetada. Y es muy lista, la pequeñaja. —Ragnor sonrió con ecuanimidad.

—Devuélvela al lugar de donde haya salido —le dijo Magnus.

—No puedo —contestó Ragnor—. Ha venido en un barco mercante, desde Hedeby. La manda una artesana que se llama Gyda la Platera. Dice que su hija Helga dio a luz a Lida hace un año. Helga murió hace poco, de la enfermedad de los burdeles.

¿Helga? Por desgracia, aquel nombre le resultaba familiar. Creía recordar a una muchacha bonita, con una falda roja, que servía hidromiel en una taberna de Hedeby. Tenía la cara salpicada de pecas.

—El capitán del barco dice que los Hordas ya se están helando. Y, además, no va a volver a llevarse a una mocosa llorona y de culo apestoso. Eso fue exactamente lo que dijo. —Ragnor volvió a sonreírse.

Magnus exhaló un suspiro de resignación y abrió los brazos para dar la bienvenida a aquel nuevo miembro de su familia. No podía jurar que Lida fuera hija suya. Pero lo mismo podía decirse de toda su prole.

—Guu —balbució la pequeña, tirando de las trenzas de guerra que flanqueaban la cara de Magnus.

—Guu a ti también, pequeña —contestó Magnus.

Invierno (aún) en Escandinavia, año 1000 d.C.

—Es una vergüenza, fadir, una auténtica vergüenza. Tantos críos y nadie que se ocupe de ellos. ¡Chist, chist! Deberías contratar a una o dos niñeras más. O, mejor aún, a un capataz con un látigo para que se ocupe de los mayores.

Su hija mayor, Madrene, que contaba diecisiete años de edad, había empezado a reprender a Magnus desde el momento en que había entrado en su torre del homenaje. Estaba helado hasta los huesos después de abrirse paso, junto con media docena de ganapanes, por entre la nieve que colmaba los establos hasta la altura del pecho. Había pasado ocho horas ayudando a nacer a un potrillo, dos terneras y una camada de cerditos. Sus sirvientes y él habían llevado pasto suficiente para que los animales aguantaran la ventisca que se avecinaba y, a continuación, habían sacado el estiércol de los establos. ¡Quién sabía cuándo volverían a hacerlo! ¡Y quién hubiera imaginado que los caballos y las vacas pudieran producir tantos excrementos y tan apestosos! Pero, en fin, aquello formaba parte de la vida de un granjero, y tampoco era para tanto. El pequeño Jogeir, su hijo de seis años, siempre tan trabajador, los había acompañado. A pesar de que caminaba arrastrando su pie cojo, era capaz de hacer tantas cosas como cualquier hombre lisiado que Magnus hubiera conocido a lo largo de su vida. Finalmente, habían regresado a casa por el camino helado y resbaladizo, cargados con cestas de huevos de pato y de gallina para Gunhora, la cocinera, que estaba haciendo ya los preparativos para el banquete de bodas de Madrene, el cual se celebraría la semana siguiente. Era absurdo, en realidad, celebrar un banquete de bodas en pleno invierno, pero cuando a Madrene se le metía una idea en la cabeza, era como un perro con un hueso: por nada del mundo cejaba en su empeño.

—Y además...

¡Por todos los diablos! Su hija seguía dándole a la lengua. Lo que menos necesitaba eran más quejas, sobre todo si venían de sus propios hijos.

Decidió ignorar a Madrene, que estaba muy pagada de sí misma ahora que iba a convertirse en esposa. Se arrimó a uno de los tres fuegos que ardían en su gran salón y procedió a quitarse las pieles, recubiertas de una costra de hielo, y el manto que llevaba debajo. Madrene, la muy pesada, fue tras él. Era un milagro que no hubiera empezado a incordiarlo por el charco que estaba dejando entre los juncos del suelo. Magnus se sacudió como un perro greñudo, lanzando una ducha de gotas sólo para fastidiar a su hija, pero Madrene se limitó a repetir aquellos ruiditos parecidos a cloqueos que tanto gustaban a las mujeres.

Bla, bla, bla. ¿Es que nunca se le cansaba la lengua?

—¿Qué pasa ahora? —preguntó, consciente de que Madrene no lo dejaría en paz hasta que se hubiera desahogado.

—Lida ha vuelto a ensuciarse, y Kirsten y Dagny se niegan a cambiarla otra vez. —Kirsten y Dagny eran sus hijas de catorce y doce años, y, a decir verdad, Magnus no podía reprocharles su actitud. Las niñas hacían más faenas domésticas de las que les correspondían, sobre todo desde que, la semana anterior, la niñera lo había dejado plantado alegando que su asilvestrada y numerosa progenie era demasiada carga para ella. Y a Lida las tripas parecían funcionarle que era un primor.

—Pídele a una de las mozas de la cocina que os ayude —dijo a su hija—. O, mejor, ¿qué te parece la nueva doncella? ¿como se llama? Amora..., eso es, Amora. Llegó en el último barco mercante, buscando trabajo.

Lo cierto era que Magnus recordaba perfectamente el nombre de aquella voluptuosa muchacha que, cada vez que pasaba a su lado, meneaba delante de él sus tentadoras caderas. Magnus se sentía tentado..., terriblemente tentado, sobre todo teniendo en cuenta el tiempo que hacía que no yacía entre los muslos de una mujer. ¡Seis meses ya! Desde que Inga se había divorciado de él. Aún no había llegado la primavera, pero a él ya le había subido la savia. De momento había logrado resistirse a la tentación, pero no sabía cuánto tiempo podría mantenerse casto. Pronto empezaría a chorrear savia, seguro.

¿No habría acaso mujeres atractivas que hubieran dejado atrás la edad en que podían concebir hijos?

Tal vez debería encontrar alguna la próxima vez que fuera a Birka. Tendría que comentárselo a Toki, el mercader, que estaba pasando el invierno allí, en Vestfold, hasta que empezaran a deshelarse los fiordos. Toki conocía a todo el mundo en las ciudades donde había mercado.

—¡Amora! ¡Bah! Ésa es otra—dijo Madrene, frunciendo el ceño, consternada.

«¡Dioses! La muchacha sigue parloteando, aunque no le hago caso.»

—Ragnor y Torolf fueron vistos entrando en su dormitorio esta mañana, y no han salido desde entonces.

Cualquier tentación que Magnus hubiera sentido por la criada, se fue al garete. Su savia crecida bajó de golpe, como un cago ante un dique con las compuertas abiertas.

—¿Juntos?

Madrene asintió con la cabeza.

A Magnus se le agrandaron los ojos al oír la noticia. Y lo primero que pensó fue: «Doble riesgo de fecundar a la muchacha».

Lo que le faltaba. Más bebés en la familia. ¡Y de críos de dieciséis años, encima! Sabía que sus hijos no eran ya polluelos sin experiencia. A decir verdad, se habían esforzado de lo lindo por lo contrario. Pero tendría que poner coto a sus desmanes. ¿Dos con una sola muchacha? ¿En qué estaban pensando? Bueno, en realidad, la actividad a la que se habían entregado no requería pensar en absoluto.

Justo entonces reparó en que otro de sus hijos mayores, Storvald, estaba sentado junto al hogar, labrando una de sus bellas tallas de madera, una galera vikinga en miniatura fabricada con minucioso detalle. El niño entornaba los ojos a la luz del fuego para compensar su mala vista. Aquél no era un impedimento importante para el crío, al que sólo le costaba ver de cerca los detalles más nimios. Storvald, que tenía trece años, escuchaba con gran interés su conversación. Sin duda, pensaba que sería muy divertido unirse a Amara en el lecho de pieles, incluso a su temprana edad. O, especialmente, a su temprana edad.

—¿Quieres que vaya a buscarlos? —preguntó el muchacho, pestañeando con exagerado candor.

—No, no quiero que vayas a buscarlos —dijo Magnus—. Ya me las arreglaré yo solo.

«Y me apetece tanto como arrancarme los pelos de la nariz.» Salió hecho una furia del salón mientras Madrene seguía desgranando su lista de quejas.

—Y Kolbein se ha comido tres cuencas de natillas que la cocinera había apartado en la despensa, y ahora le duele la barriga. Dagny ha tenido su primera regla y no para de lloriquear. Kolbein vio el trapo lleno de sangre y cree que se está muriendo. Hamr ha roto el cepillo de Asa fingiendo que era una espada.

—¿Eso es todo?

—No, hay más. ¿Quieres saber qué están haciendo Njal y sus amigos?

«No.»

—¿Tengo elección? —Njal era su hijo de nueve años. El niño más travieso del mundo.

—Njal y sus amigos se tiran pedos cada vez que pasan por el cuarto de costura, y las niñas dicen que no piensan trabajar en un lugar tan apestoso.

Magnus exhaló un sonoro suspiro y se llevó una mano a la frente dolorida. Por lo menos ya no le palpitaba la entrepierna.

Estaba deseando que llegara el festín de la boda y el novio de Madrene, un joven jarl, la apartara de todas aquellas tribulaciones. Al menos, tendría una hija menos de la que preocuparse. Sería, al fin, un poco menos desgraciado.

¿Verdad?

Invierno todavía (¿acabaría alguna vez?) en Escandinavia, año 1000 d.C.

—Creo que tenemos la respuesta a tu problema, Magnus.

Magnus estaba sentado en la tarima, por encima la chimenea central del salón. Se sentía algo aturdido y tenía la cabeza apoyada sobre la mesa de caballete cuando oyó que alguien se dirigía a él desde abajo. Esa noche había bebido solamente un cuerno de cerveza, pero se había pasado el día despejando de nieve los caminos que conducían a diversos cobertizos de su extensa granja y estaba agotado. La nieve llegaba ya a la altura del alero del tejado, y seguía cayendo. Y había que quitar a golpes el hielo de los tejados, no fuera a ser que el brezo se derrumbara bajo su tremendo peso. El cielo estaba negro como la noche todo el día, salvo una hora, como era natural en tierras de Noruega. Aquel encierro forzoso desquiciaba a todo el mundo. Sobre todo, a sus hijos, siempre llenos de energía. ¿Acaso no iba a acabarse nunca el invierno?

Levantó la cabeza de mala gana y vio que Harek el Gigante, su mejor amigo y jefe de su hird —su mesnada de guerreros—, aguardaba expectante una respuesta. Harek —que era... en fin, enorme— permanecía de pie y ocupaba casi todo el espacio del pasillo que separaba la tarima del hogar abierto. A ambos lados de él se habían agrupado Atli el Desorejado, Kugge el Arquero y Sidroc Barba Partida. Los cuatro le sonreían.

Oh, oh.

—Dices tener la respuesta a mi problema, Harek. Pero ¿qué problema es ése? No será Madrene. Lleva dos semanas casada y se ha ido a su nueva casa, con su marido. ¿Ragnor? ¿Torolf? ¿Kirsten? ¿Storvald? ¿Dagny? ¿Njal? ¿Jogeir? ¿Hamr? ¿Kolbein? ¿Lida? ¿Cuál de ellos es esta vez el causante del problema?

—¡Por las tetas de Freya! ¿Cómo es posible que te acuerdes de todos? —inquirió Kugge, que era un experto tirador pero tenía la mollera más dura que una oveja lanar.

—¿Cómo iba a olvidarme de ellos? —Sus hijos no se lo permitirían.

Magnus miró a Kugge enarcando una ceja y bebió un trago de cerveza rancia.

—Ellos, tus hijos, no son el problema al que nos referimos —dijo Harek.

Magnus reparó entonces en que los muchos hombres que había en el salón los observaban, llenos de expectación y alborozo. Los vikingos sabían disfrutar de una buena broma. Pero ¿qué —o quién— era el objeto de aquella broma en particular?

Magnus se puso súbitamente alerta.

—Últimamente, estás muy malhumorado —comentó Atli mientras se tiraba de su oreja desfigurada como si una espada sajona no le hubiera cercenado el lóbulo.

—¿Malhumorado?

—Si, te pones como un energúmeno con todo el mundo por las cosas más tontas —añadió Sidroc mientras proyectaba hacia delante su barba partida en dos como si lo desafiara a llevarle la contraria—. Y sabemos la razón.

—¿Ah, sí?

—Insatisfacción —explicó Harek—. Tus humores viriles necesitan escapar de cuando en cuando, o estallarás. Le pasó a Halfan el Ermitaño. Al final se volvió tarumba por no retozar a gusto. Si, hace demasiado tiempo que no te ayuntas.

Todos asintieron, complacidos.

—Eso es abusar de nuestra amistad. Mis humores viriles no son de vuestra incumbencia. —«¿Puede haber algo más violento que esto? Creo que debería irme a vivir a una cueva. Pero no, no puedo. Mis hijos me seguirían, y en una cueva se pasmarían de frío. ¡Aargh! »

—Pero ahora viene lo bueno... —dijo Ottar el Remero, que acababa de incorporarse a la reunión.

—Nos hemos enterado de que andabas buscando una mujer... ejem... madura. Una que te dé placer en la cama sin parir un bebé cada nueve meses —explicó Harek.

—Una mujer madura que todavía esté de buen ver —se apresuro a añadir Atli.

—Bueno, dentro de lo razonable —agregó Kugge.

«¡Ay, válganme los dioses!» Magnus miró a la izquierda... volvió a mirar otra vez. Apenas daba crédito a la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Desde un pasillo distante iban siendo introducidas al salón, en fila, una docena de mujeres de todas las edades, tamaños y vestimentas. Tenían todas ellas una cosa en común sin embargo: sólo una parecía tener menos de cuarenta.

—¿Donde....? ¿Por que....? ¿Que....? — farfullo Magnus—. Quiero decir... ¡Por todos los demonios! Dime, Harek, ¿de donde vienen todas estas mujeres, con este tiempo, y con qué propósito?

—Vienen de las tierras de tu padre y de otros señoríos vecinos para compartir tu lecho. Bueno, para presentarse como candidatas para compartirlo. Tienes que escoger —explicó Harek orgulloso, como si le hubiera hecho un gran favor—. Algunas llevan aquí varias semanas, en secreto. Las que han llegado más recientemente vinieron en trineos.

Magnus, que se había quedado boquiabierto, miraba con estupor a las estrafalarias «candidatas» que tenía ante sí.

—Ésta es Bertha. —Harek hizo adelantarse a la primera—. Ha tenido cinco hijos, pero ya ha pasado la edad de concebir.

—No me sorprende —comentó Magnus mientras Bertha le sonreía. Estaba desdentada y su cara parecía una manzana seca—. No hablarás en serio —le dijo a Harek.

Harek se encogió de hombros, como si aquello no tuviera importancia. Después de todo, tenía once «candidatas» más que ofrecerle.

—¿Qué te parece ésta? Leila viene del este.

—¿Del este de dónde? —bufó Magnus. La mujer en cuestión, posiblemente ramera en algún puerto (en un puerto vikingo, desde luego), había intentado pintarse los ojos con köhl, pero a pesar de sus esfuerzos parecía un triste tejón.

—Bueno, entonces seguro que te gusta Eadgífu. Viene de Londres, ¿sabes? —dijo Atli, y empujó hacia delante a una mujer que ocupaba la mitad de la fila—. Es la más joven de este lote, pero es estéril por culpa de una enfermedad que tuvo de niña.

Eadgífu pesaba poco más o menos, y sin exagerar, lo que un caballo percherón. Magnus dudaba que se pudiera encontrar el portal de su feminidad entre tanta grasa. Y, si durante la cópula se tumbaba sobre él, sin duda lo aplastaría.

Magnus se limitó a arrugar el ceño mientras sus compañeros hacían desfilar ante él, una por una, a las candidatas.

Hervor usaba bastón porque tenía una pierna hinchada a causa de alguna enfermedad.

—¿Es coja? —le susurró Magnus a Harek, indignado.

—No, qué va. Es sólo la gota. Va y viene —respondió Harek, zanjando la cuestión con un gesto desdeñoso.

—Tiene el tobillo del tamaño de un jamón.

—¿No crees que te estás poniendo un poquito quisquilloso?

Magnus frunció el ceño, contrariado, pero Harek no le hizo caso y siguió haciendo pasar a las candidatas. Allí estaba Olga, que era bizca. Y también Sybil, que tartamudeaba tanto que la baba le caía por la barbilla temblorosa.

—Blanca tiene un talento especial con la lengua —le dijo Atli con un guiño, y se echó a reír.

—Eso estaría muy bien, si no fuera porque tiene bigote.

Le pareció oír que algunos hombres mascullaban por lo bajo «quisquilloso, quisquilloso».

La siguiente era Gunhilde, que parecía más un hombre que una mujer, y no sólo por su estatura, sino porque en la parte delantera de su vestido había un bulto en un lugar inapropiado.

Yalda era una muchacha bonita, pero saltaba a la vista que estaba embarazada, aunque, ciertamente, no de él.

Thea tenía el pelo muy negro, y tan ralo que se le veía el cuero cabelludo blanco.

—¿Me engañan mis ojos o esa mujer es casi calva? —A Magnus, del estupor, casi se le salían los ojos de las órbitas.

Kugge, que había hecho aproximarse a la mujer, chasqueó la lengua al oír sus palabras.

—Thea sólo tiene unas llagas en la cabeza que hacen que se caiga el pelo. Pronto volverá a salirle —dijo. Al cabo de un momento, añadió—: Creo.

La gota que colmó el vaso, por así decirlo, fue Dagmar, una vaqueriza de tierras danesas. Ni siquiera cuando se detuvo ante él pudo dejar de rascarse la cabeza, los sobacos y hasta la entrepierna. Saltaba a la vista que aquella mujer estaba infestada de piojos.

—¡Ya basta! —bramó Magnus y, alzándose en toda su estatura señaló con el dedo a Harek, ordenándole en silencio que apartara de su vista inmediatamente a aquellas mujeres.

—Sólo intentábamos complacerte —dijo Harek en su defensa, pero Magnus notó que esbozaba una sonrisa. Luego, al pasar la mirada por el salón, vio que algunos de sus hombres se reían tanto que se doblaban por la cintura. Tan alborozados parecían, que no le habría sorprendido que alguno de ellos mojara sus calzas.

Magnus no podía enojarse con sus amigos..., al menos, no por mucho tiempo. Sólo estaban bromeando. El hecho de que aquél fuera un asunto serio y doloroso para él no venía al caso. Magnus y sus andanzas acabarían siendo, a no dudarlo, el tema de una saga escáldica en el siguiente Althing, la asamblea que reunía a su pueblo. La saga tendría algún título ridículo, como el Viril y su simiente loca.

No podía seguir así por mucho tiempo. Algo habría que hacer.

Al fin primavera en tierras escandinavas, año 1000 d.C.

Magnus había tomado una decisión, y era una decisión trascendental.

—Oídme todos —gritó a quienes asistían a la fiesta de primavera que tenía lugar al aire libre, en su granja, donde se habían montado largas mesas de caballete y erigido tiendas de lona. Los campos de labor habían sido arados y plantados. Todas las labores que el invierno había dejado pendientes se hallaban acabadas. Se habían despejado los ríos de troncos caídos. Iban naciendo las crías de los animales. Era tiempo de celebración, después de semanas de arduo trabajo. Muchos de sus hombres saldrían pronto de expedición, o pondrían su espada al servicio del rey Olaf en su incansable lucha por mantener la soberanía sobre toda Noruega. Regresarían, sin embargo, cuando llegara el tiempo de la cosecha.

Pero Magnus no.

Aquella estación marcaba un nuevo comienzo para la granja. Y sería, también para él, la estación que diera un vuelco a su vida.

—Yo, Magnus Ericson, he decidido hacer voto de castidad —anunció, elevando la voz por encima de la algarabía de la fiesta.

El silencio cayó lentamente sobre la multitud, y Magnus oyó que sus palabras iban repitiéndose de grupo en grupo, entre murmullos. Una vez entendido su significado, las risas comenzaron a elevarse en oleadas. Sus invitados creían que estaba de broma.

Levantó una mano para pedir silencio. En la otra alzaba el cuerno de la bebida.

—Deseadme suerte, amigos míos, porque hablo en serio. Y eso no es todo.

—Vamos, vamos, Magnus, ¿todavía te escuece la bromita que te gastamos el invierno pasado? —Harek se había acercado y estaba a su lado.

Magnus movió la cabeza de un lado a otro y sonrió a su buen amigo.

—Y eso no es todo —repitió—. Voy a dejar estas tierras por largo tiempo. Parto hacia ese nuevo país, más allá de Islandia, que descubrió hará doce años el primo de mi padre, Eric el Rojo. Me refiero a Groenlandia, naturalmente. Puede incluso que me aventure más allá, hacia ese lugar que su hijo Leif está explorando. Dicen que Vinland es, al menos, más cálido.

Las risas del gentío se habían convertido en un silencio perplejo.

—Pero ¿por qué? —Harek lo miraba con el ceño arrugado del asombro.

Magnus deseó poder hablar de la misiva que había recibido la semana antes. Había llegado en un barco mercante que había entrado en contacto con unos marinos de aquel nuevo país de Leif. Era un paquete envuelto en tela de hilo, dentro del cual estaba la espada de su hermano Jorund. Atados a su cuerpo había dos pequeños retratos: uno de Jorund con una extraña mujer y dos niñas gemelas, y otro de Jorund y Geirolf,abrazados los hombros, en pie ante una enorme arcada en la que se leía: «Rosestead».

Los retratos, si podían llamarse así, estaban hechos sobre un pergamino muy peculiar, distinto a cualquier otro que Magnus hubiera visto. Y sus hermanos llevaban una indumentaria muy extraña. Pero lo importante era que parecían felices. Tras mucho reflexionar, Magnus había llegado a la conclusión de que aquello era un mensaje de los dioses... o de sus hermanos.

El barco vikingo de Geirolf se había perdido en el océano, más allá de Islandia, hacía casi tres años. Se presumió que su hermano había perecido ahogado en el naufragio. Luego años atrás, el barco de Jorund había corrido la misma suerte cuando se hallaba buscando a Geirolf.

Pero ¿estaban realmente muertos? ¿O vivían acaso en algún país desconocido? Magnus tenía que descubrirlo... Para él era un misterio que debía investigar.

—Debo hacerlo. —Fue la única explicación que acertó a darle a Harek. Puso cara de alegría y añadió—: Además, no hay suficientes tierras en Noruega para todos mis hijos. ¡Ja, ja, ja!.

La gente asintió y se rio, indecisa, al oír su broma que era a medias. La tierra de labranza había escaseado siempre en Noruega. Por eso mismo, miles de vikingos se estaban asentando en otros países.

—¿Quién gobernará aquí en tu ausencia? —le gritó Atli.

—Madrene y su marido, Kart, gobernarán la granja. Ragnor me representará en el señorío de mi padre. El resto de mis hijos, los nueve, vendrá conmigo.

«Que el cielo me ayude», añadió para sus adentros.

Advirtió desilusión en el rostro de Jogeir. El muchacho era granjero de corazón, igual que él, y adoraba aquellas tierras. Pero habría nuevas granjas para Jogeir, de eso estaba convencido, o no se habría atrevido a emprender aquel viaje. Además, algún día volverían.

Mientras su gente comenzaba a asimilar la noticia —todos los vikingos gustaban de la aventura—, Magnus se sentó, exhaló un suspiro y bebió un largo trago de su cuerno de cerveza. Aquella decisión le hacía sentirse bien, aunque fuera solamente porque era hora de empezar de nuevo.

Además, sería mucho más fácil cumplir su voto de castidad en aquel nuevo mundo, en el que sin duda escasearían las mujeres. Y las que hubiera serían feas como demonios. ¿Por qué, si no, iban a vivir en un lugar tan remoto? Aunque, a decir verdad, la del retrato de Jorund no estaba nada mal.

Por primera vez desde hacía un año o más, Magnus estaba excitado, y ello no se debía al pálpito que notaba entre las piernas.

Aquello era buena señal, tan seguro como que los dragones meaban.


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