Entreabrí los ojos. Ella estaba junto a mí, en la cama, ligeramente cubierta por las sábanas. Había amenazado con largarse y en cambio pasamos la noche juntos




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títuloEntreabrí los ojos. Ella estaba junto a mí, en la cama, ligeramente cubierta por las sábanas. Había amenazado con largarse y en cambio pasamos la noche juntos
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Illya, polvo y ceniza

Marlene Diveinz
Illya, esta tarde supe de tu muerte.
Me enteré mientras comía con la mujer que ha sido buena madre, esposa eficiente, y compañera callada por mas de veinte años, y que como bien sabías, dejé de amar cuando se dio entre tú y yo ese extraño amor. Tu nombre figuraba en la lista de decesos del accidente de avión y no podía ser otra persona mas que tú, porque yo, solo yo, elegí ese nombre qe llevas, que llevabas hasta hoy.
Todo el dolor que he guardado desde que te fuiste, huyendo para siempre de mi, de “tu pasado”, salió de golpe de mi corazón, llegó a mi rostro y fue un grito a la tarde. Toda esperanza de recuperarte fue ceniza y polvo, como lo eras ya. Una vez más huías de mi. Esta vez para siempre.
Me fui del restaurante, ahí se quedaron tu madre, mi compañera, con la pregunta en los ojos y los labios sellados, con el ¿qué te pasa papá? de tus hermanos menores, con los ojos fijos en mí de las otras mesas. Por primera vez en 20 años rompí el rito del miércoles de ceniza. No habría un retorno a casa con el espíritu limpio y la frente tiznada. No para mí.
Me refugié en la iglesia, no encontré otro lugar. Sabes que no soy creyente pero quería encontrar el camino que me acercara a ti aunque fuera por última vez. La tarde se volvió gris, el viento levantaba el polvo del camino.
Illya, lloré como nunca en toda mi vida.
Al menos durante tu larga ausencia, siete años este próximo otoño, guardaba la esperanza de volver a tenerte. Recordaba el dolor que me causaron tus palabras: “adiós, me voy para siempre, tú y yo no podemos seguir viviendo bajo el mismo techo. Me das asco”. Tú, mi nena, mi niña, diciéndome que te daba asco nuestra vida, yo mismo.
De nada sirvió prohibirte amigos, primos, tías, luego novios. De nada sirvió el encierro en el colegio de monjas. De todas maneras tenias que convencerte que no era lo correcto. Ya no confiabas en mí como cuando eras pequeña. El mundo te enfrentó con su conocimiento.
Fueron los libros. Te dijeron que mi amor era anormal, incorrecto. Y te marchaste, huiste. Te dabas asco, querías vomitarte a ti misma. Me dejaste aquí maldiciendo las noches y mañanas y tardes que pasabas libre de mi. Habías crecido, podrías hacer de tu vida lo que quisieras, que tus sueños fueran otros, que fueras el sueño de otros. Habías crecido. Y yo, que te guié por el camino de los libros, esperando que te brindaran la compañia que te había prohibido, ahora se volvían contra mí y tú con ellos.
Cada cabeza es un mundo, te lo había repetido siempre. Y yo hice lo correcto al amarte. Te amé completamente. Te dí mi amor de padre, mi calor de amante, mi pasión de hombre. ¿Quién más podría haberte dado tanto? Un buen día dijiste tu mundo y tu cabeza respondieron de mala manera. Y te marchaste. Sufrí como un hombre de verdad sufre, mis cabellos se hicieron polvo y ceniza. Nada. Y esta tarde de cenizas eres parte de ellas. Eres polvo. Sangre de mi sangre, cuerpo de mi cuerpo, eres polvo. Como duele saberlo.
Illya, eres polvo y ceniza, contigo me convierto en ceniza y polvo que andará todavía un largo camino gris con la sentencia grabada en la frente.

Amor de cabaret

Marlene Diveinz
Vas vieja, ya que tanto mueles por saber qué me pasa, pos te lo voy a contar. Nomás te advierto que de esto ni una palabra a nadie, mucho menos a la comadre Cuca, ¿me entiendes? Me preocupa su diabetes, quién sabe como se ponga si se llega a enterar. ¿Por qué pones esa cara? No es nada grave, bueno, al menos nada de muertos. Ora, siéntate y tu calladita.
Si me viste briago esta semana, que no he ido a trabajar, pos tengo mis razones. Hay cosas que un hombre no se puede callar, por más que haya jurado y perjurado. Tú sabes que nunca te he fallado y que lo único que tomo pa´ mí son las cinco caguamas de la semana. Ni una más. Verdá de Dios.
Lo que pasa es que el compadre Perico trae un asunto bien atravesado, aquí, donde más le duele a un hombre. El Perico es como mi hermano, me da rete harta lástima que esté sufriendo así. Quisiera ayudarlo pero no sé cómo.
Fíjate que desde hace varios días ya notaba al compadre como muy huraño, muy huidizo. Ya llevaba varias semanas de no aparecerse en la cantina y hasta había faltado al trabajo. Cada vez que sonaba la chciharra de salida se iba hecho la mocha y no ha querido hacer horas extras. Yo pensé que traía broncas con la comadre, pero no. No se trata de ella.
Y pos es un lío de faldas, de faldas a medias mejor dicho. Pos resulta que el Perico se enredó con uno de esos que usan todo eso lo de ustedes las viejas pero sin ser hembra. Que una vez se fue con el Carlangas, el flaco que nos servía café y hacía los mandados a los jefes, a un teibol que acababan de abrir. El compadre ahí va de menso y bueno, pos le gustó el ambiente, se puso hasta atrás y esperaba el siguiente show, pura vieja encuerada. Total, que decidió amanecerse.
Anunciaron el numerito de la madrugada, dicen que el más emocionante, solo pa´ machos. Cuando apagaron la luces, el Perico se subió a la mesa a aplaudir. Así como lo oyes, me lo dijo. Yo no podía creerlo si siempre ha sido un hombre muy serio, muy recatado. Dice que salieron unas viejas tan buenas que a todos los gueyes se les caía la baba. Una de esas, la que se hace llamar Embrujo Moreno, se acercó al compadre, empezó a bailarle bonito y este agarró lo que pudo. Dice que de ahí salieron juntos a lo oscurito y que nunca se había sentido mejor. Dice que por primera vez en su vida hizo el amor. Imagínate como habrán estado las cosas.
Larga se le hizo la semana para regresar al teibol. No pensaba en otra cosa que en Embrujo Moreno y su piel suave, su perfume y su baile a medias luces. Cuando terminó el chow, agarró de la mano a la mujer y se fueron al departamento de ella. Se llama Alicia. No salió de ahí, le gustó el lugar, tan fino, tan silencioso, tan a oscuras. Quesque por primera vez se sentía protegido.
No, no me mires así, te conozco demasiado como para saber lo que piensas. No haré lo mismo del compadre, ni creas. Yo soy muy machito y te lo demuestro cuando quieras. ¿Orita mismo? Pos va... al fin que el compadre puede esperar... Oye vieja, y si vamos a una sexchop pa comprarnos un juguetito?
Mintiéndome

Lilian Loca de Tena Rouge
Dicen que las personas mienten para adulterar la realidad, ya que ésta no le gusta a casi nadie. Suele ser cruel y frívola. Por ende las mentiras la adornan y la convierten en algo mas.. “digerible”.
No sé si todo esto inició como una mentira que yo mismo inventé, ya no soy capaz de diferenciar lo que vivo y siento como antes. Esa palabra me causa ansiedad: “antes”. Dicen que un signo muy claro de mi enfermedad es el no poder orientarme en el tiempo. Trato de recordar la fecha de hoy pero es imposible, me siento estúpido, puedo recordar todo sobre microbiología y química orgánica, pero no el día de hoy, mucho menos puedo recordar cuando comenzó todo lo que me trajo aquí.
Su nombre, Malena, ¡la mujer mas hermosa que jamás haya existido! Podría describirla pero prefiero reservarlo solo para mi, ¡es lo único que no pueden quitarme!

Malena era compañera mía, la vi pasar en los pasillos de la Universidad, yo cursaba el primer semestre de Biología; fue algún día de verano, regresaba de Uruguay a donde fui a visitar a mis abuelos maternos, solo que ésta vez viajamos mi mamá, mis hermanas y yo, mi padre se rehusó a acompañarnos por una discusión con mi madre.
La vi, caminando a lo lejos, sus pasos sonaban por todo el pasillo, usaba tacones y sabía moverse con ritmo, flotaba, su ropa acentuaba su cuerpo de mujer, no pude dejar de mirar sus caderas, tenían una sincronía perfecta con su caminar, una brisa muy suave sopló y me trajo su perfume, cítrico, suave como el verano. Creo que me provocó taquicardia, mi corazón estuvo a punto de salirse ese día al percibir su aroma. Algo en mi cabeza me dijo “corre hacia ella”, pero mis pies no respondieron.
Pasaron los días y yo la buscaba entre el alumnado, a veces me daba el lujo de no entrar a mis clases con tal de verla, pero no tuve suerte, tampoco escuché sus pasos por el pasillo, lo único que me consolaba era su perfume, si, parecía que estaba impregnado en cada lugar de la facultad, cada que el viento se apiadaba de mi, me la traía justo a mis brazos a través de su aroma. Eso no quiere decir de ninguna manera que me consolara, puesto que el viento solo me hacía este favor mientras hubiera sol, pero las noches, ¡las noches eran un tormento!
Al salir la luna mi cuerpo se ponía frío, sudaba a mares, cada célula de mi cuerpo me pedía que fuera a buscarla, yo, insomne, cerraba los ojos y la imaginaba: escuchaba claramente sus pisadas, me atrevía a ir hacia ella, le hablaba, la invitaba a caminar de mi brazo, le cantaba milongas para verla sonreír, hasta le enseñé unos pasos de tango. Pero eso solo pasaba en mis sueños del insomnio, al darme cuenta de que en realidad estaba en mi cama, lejos de ella, excitado y solo, no me quedaba más que tirarme a llorar hasta que el sueño me secará las lágrimas y el sol regresara junto con una nueva oportunidad para encontrarla.
Terminó mi primer semestre, mi madre insistió en pasar los días libres con los abuelos. A mis 19 años hice un berrinche como si tuviera 3. No quería ir, ¿qué tal si un día Malena pasaba cerca de mi casa? ¿O qué tal si me la encontraba en el centro comercial? De nada sirvió, tuve que viajar, esta vez solo yo acompañaba a mi madre.
Llegamos justo a Montevideo, mi madre hablaba de lo emocionada que estaba de ir sola conmigo, yo fingía escucharla mientras le subía el volumen al ipod, el taxi iba a vuelta de rueda, ésta vez mi madre y yo nos quedaríamos en un hotel, dijo que no quería darle molestias a los abuelos, que sería más cómodo para ambos y que nos permitiría turistear más que otras veces. Yo solo pensaba en lo mucho que deseaba estar cerca de Malena.
El hotel era lindo, al menos tenía alberca y varias actividades recreativas, aun había sol así que decidí ir al jardín del hotel para leer un poco, me senté en una banca de concreto y en eso, una suave brisa me llevó su perfume, cerré los ojos y pronuncié su nombre, recordé como solía jugar con mi hermana a pedir deseos, creíamos que al cerrar los ojos y pedir de corazón el deseo, al abrirlos se cumpliría. Nunca funcionó… hasta hoy.
Ahí estaba Malena, con sus piernas largas que la balanceaban al ritmo de sus pasos, con su cintura perfecta y su cabello largo, no solo estaba ahí si no que sonreía al verme. ¿Estaba yo alucinando? No. Me abrazó, me dijo que era increíble ver un rostro conocido, parecía que fuéramos amigos de toda la vida, me dijo que estaría ahí una semana y que le encantaría recorrer Montevideo conmigo. Me ahorro los detalles, ¿qué puedo decir? La lleve a mil lugares, conoció a mi familia, reímos horas enteras y la amé, la amé como en mis sueños, con la diferencia de que ésta vez estuvo en mis brazos. Fui feliz.
El último día la llevé al aeropuerto, le dí un beso, le dije que la amaba y que regresando a México la buscaría, que no la dejaría ir. Ella me dijo “Gracias por todo” se subió al avión y agregó: “te estaré esperando”. Las vacaciones terminaron, mi madre y yo volvimos y desde ahí Malena y yo fuimos inseparables.
Cumpliríamos ya 2 años de aquel encuentro en Montevideo y yo decidí que era tiempo de pedirle que se casara conmigo, compré el anillo de compromiso, planee cada detalle, la llevaría a cenar a su lugar favorito, pediría que tocaran Malena y justo cuando terminara la pieza, le propondría que fuera mi esposa. Y así fue. Por fin llegó la noche esperada, estábamos cenando y Malena me dijo “quiero que sepas que intentaran separarnos”. Yo, que tenía una sonrisa enorme, la borré y pregunté “¿qué?”

“Acepté venir esta noche para decirte que me voy a Montevideo unos meses pero regresaré por ti”. No entendía nada. “¿me juegas una broma, no? “No mi amor, no estoy jugando, se han dado cuenta ya, debo irme pero volveré por ti”.
Son las palabras últimas que recuerdo. Ella salió corriendo del lugar, yo pagué la cuenta y corrí tras ella a su casa. Sentía miedo, sudaba frío, pero fui tras ella. Toqué a la puerta y desde la calle le grité “¡Malena, te amo, cásate conmigo!” Sorpresivamente, abrieron la puerta y salió mi padre quien se me avalanzó a golpes, yo no entendía, él me gritaba “¡eres un asco! ¡Mereces morir por lo que has hecho!!” No dejaba de golpearme, mi madre imploraba por mi vida, pero también fue golpeada por defenderme. Yo solo me dejé caer, pensé que era mejor morir, no entendía, pero sabía que no volvería a ver a Malena.
Desperté hace 8 semanas aquí, primero estuve en urgencias y de ahí me transfirieron. Mis heridas han sanado y el lugar es agradable. Me enteré que mi hermana, la que sigue después de mi, está grave en el hospital, parece que cayó de 3 pisos y se fracturó la columna. Mi padre firmó mi ingreso pero no ha venido a verme. Solo mi madre lo hace a diario, dice que me sacará de aquí, no hace mas que llorar y pedirme perdón. Se está divorciando de mi padre y mi hermana menor está con mis abuelos paternos.
Por mi parte, no entiendo porque vine a dar a un psiquiátrico. El médico me dijo que estoy aquí porque soy esquizofrénico, dice que Malena no existe, que yo la inventé. Me dan medicinas para que no vuelva a recordarla y dicen que poco a poco me sentiré mejor.
Una mañana un compañero me dijo que ya sabía porque me estoy aquí. Dijo que escuchó a los enfermeros decir que mi madre abusa de mi sexualmente desde los 8 años, que mi padre y mi hermana se enteraron, por eso me propinó esa paliza, mi hermana no se cayó, se intentó suicidar al descubrir las perversiones de mi madre y mías, peor aún, dicen que yo inventé a Malena para borrar de mi mente que de quién me enamoré era mi propia madre.
Lo agarré a golpes, le dije que era un cretino y aquí me encerraron por tres días. Entre en shock, no dejaba de llorar, me sedaron. Al despertar no supe más de mi; no sé si todo es un sueño y Malena existió o no, ya nada es claro como antes. La extraño, hay días en que ni siquiera puedo recordar su rostro, otros juro que su perfume llega a mí como cuando la primera vez. Ayer lloré mientras en el radio cantaban su tango: Malena. Lloré porque sé que me extraña también. Los recuerdos van y vienen, lo único que no se va es el amor que aún siento por ella. Quizá sí merezco estar encerrado aquí ya que me volví loco, loco de amor.

El Decamacabrón: historias guarras

Por Esteban Raymundo González


  • ¡Qué pedo, pinche Molusco! ¿Cómo vas, grandísimo cabrón?

  • Pos de la verga, don Ruperto. Esta mentada influenza me está partiendo

la mandarina en gajos. Nadie alquila diableros por miedo a contagiarse de la chingada gripa. No hay chamba. No hay ni madre.

  • Ando igual, carnalito. Con eso de que nadie no pone de acuerdo con lo de

la enfermedad y la carne de puerco, me está cargando el payaso. Ni una mendiga venta desde hace días. Y con los muertitos, pior.

  • Simón, está de la verga. Ya van como 50 difuntitos ¿No?. A mí se me

hace que los cuchitos se pusieron de acuerdo para chingarlo, don Ruperto. Los marranos tomaron venganza contra su negocio de carnitas.

  • No te la jales tan gacho que te las vas a arrancar, cabrón. De cualquier

forma, hoy cierro temprano, otra vez. Avisas a la banda para echarnos una mano de dominó al rato.

  • Juega, don Ruperto. ¿Se mocha con las chelas?

  • ¡A huevo, pendejo! Me pongo la del Puebla con las klamatomotas.

  • No me lo tome a mal, don Ruperto, pero esa chingada combinación de

cerveza, klamato y Valentina no más no me entra. ¡Sabe a madre! Mejor me traigo mi pachita de Añejo.

  • Por eso no brillas en sociedad, Molusco. Luego luego sudas el pulque. No

sales del Añejo ni de las tostadas de pata que vende doña Hilaria, la del local 18. Tienes que probar de todo, carnal.

  • ¡Ora resulta! ¿Mucho pinche mundo o qué pedo?

  • Pos a huevo, cabrón. La vida se pasa de volada, no espera a nadie.

Además, pendejo, no te vas a morir de parto.

  • No, pos eso sí.

  • ¡Qué pasotes tan grandotes, esos! ¡Hijos de su reputísima madre! ¿Cómo

los trata la vidorria? No hace falta que respondan. ¡Se nota que los trata de la chingada, cabrones! ¡Pinches jetas de la verga que se cargan!

  • ¡Qué pedo, ese mi Chiquidrácula! Pos aquí, echando perico con don

Ruperto. ¿Tú qué transa?

  • Pos aquí entre nos, acabo de medirle el aceite al Bon Esponja. Me lo

planché en la bodega de las pescaderías. Coge chingón el pendejo.

  • No mames, Chiquidrácula. ¿Te tiraste a ese chamaco?

  • Ya conoce el dicho, don Ruperto: en tiempos de guerra, cualquier hoyo

es trinchera. ¡Y ese putito tiene un hoyo poca madre! ¡Bien apestoso! Aprieta sabroso el hijo de su puta madre.

  • ¿Cómo estuvo o qué?

  • ¡Puta, Molusco! Eres bien pinche morbosote, cabrón. Estábamos con

otros pendejos descargando pescado de uno de los camiones. El Bob Esponja me ayudaba con los contenedores. No más se me quedaba mirando el puto, como puerquito a medio morir. Sus ojos de plano delatan lo maricón que es el pinche marranito. Total que terminamos de bajar la mercancía y nos dejaron solos en la bodega. Igual fue el olor del marisco o los pantalones rotos que siempre usa, unos de mezcla muy ajustados, el caso es que se me puso dura la reata. Encendí un delincuente. Fumaba mientras el chavito cubría con hielo el pescado. Cada vez que se empinaba con la pala, dejaba ver que no traía calzones. Sabía que le estaba checando el culo. Es bien pinche coqueto el cabroncito. La neta me puse como burro en primavera. Pos que me le acerco. Lo empujé contra una pared. Empecé a sobarle las nalgas. Así, sabroso. Al principio se puso difícil el puto. Ya caliente aflojó. Me advirtió que tenía un par de días sin bañarse, que si no tenía bronca de sacar fruta de la piñata. Le contesté que no había pedo. Entonces me dijo que aguantara, que iba a romper más su pantalón de atrás para que se la metiera. Luego se volteó. Con su mano acomodó mi verga en su hoyo. Lo tiene prietito y sin nada de pelos. Se la dejé ir toda, hasta los huevos. Se mueve chingón, mejor que una vieja. Entre jadeo y jadeo, pedía más verga. Así estuvimos un buen rato, coge y coge. Hasta que me deslechó. Cuando terminamos me dijo que si otro día tenía antojo de nalgas, pos no más le avisara y con gusto me prestaba el culo.

  • Siendo hoyo, aunque sea de pollo.

  • Así es, don Ruperto. ¿Cómo ves, Molusco?

  • No pos te lo cogiste a toda madre. Pero nada aprieta más chido que una

gallina. ¡No pongan esas jetas! ¡No mamen! En el pueblo es costumbre coger con animales. Yo me tiraba a un becerro.

  • ¿Nos vas a chorear con que le dabas batería a un becerro?

  • No chingues, pinche Chiquidrácula. Pos el becerro no más se la pasaba

rumiando mientras se la empujaba. No más no le hacía ni cosquillas. Otra cosa era con los pinches pollos. Pos me decía a mí mismo que si les salía un huevo por la cloaca, pos igual aguantaban la verdura. No más se las metía, pelaban bien grande los ojos y se les ponía duro el pescuezo.

  • Pos sí, pinche loco. ¡Las matabas, cabrón!

  • Chale, don Ruperto, no se esponje. Así pasaba.

  • ¿Y qué hacías con las gallinas muertas?

  • Pos como mis jefes tenían una rosticería, ya te imaginarás, Chiquidrácula.

  • ¡No chingues, cabrón! ¡En mi vida vuelvo a comer un pollo rostizado!

  • ¡Esos pinches mugrosos! ¿Se arma el dominó en la tarde?

  • ¿Qué pedo, Lupe? ¿Andas vigilando o viendo a quién chingas?

  • ¿Qué pasó, don Ruperto? Este uniforme merece respeto. ¿Qué hacen,

qué transita por sus venas, aparte del caldo de oso?

  • Aquí, oyendo las porquerías que el Molusco hacía con los pollos. ¡El muy

hijo de la chingada les metía el pito por el culo!

  • Eso no es nada, don Ruperto.

  • No mames, Lupe, esas son chingaderas.

  • Pos dejen les cuento. Después de terminar el curso de preparación en la

academia de policía, unos vales y yo nos fuimos a Acapulco para celebrar. Llegando nos instalamos en un hotel del centro. Por la noche salimos a echar desmadre en los antros de la Costera. En uno de los bares se nos acercó un compita a ofrecernos un espectáculo único en el puerto. Terminó por convencernos. Le pagamos por adelantado una feria y nos llevó a una casa en la Zona Roja. En el interior había una especie de palenque. En el extremo, atada a un poste, una burra estaba echada. Olía bien culero el lugar. Estábamos por abrirnos a la chingada cuando salió un vale anunciando a una tal Doris. Apareció una costeña encuerada. La neta estaba bien pinche fea. Las tetas le colgaban hasta las rodillas. Pero el resto de la concurrencia la recibió con silbidos y aplausos. Entonces metieron a un mulo. Al olfatear a la burra, pos se le puso dura la verga. Y comprobé eso que tanto se dice de estos chingados animales. ¡No mamen! ¡Era como una quinta pata! La Doris caminó hacia el bruto. Comenzó a acariciarlo. Se acuclilló bajo el mulo y empezó a frotarle con ambas manos el miembro. Todos gritaban ¡donkey shower! ¡donkey shower! Mis vales y yo nos quedábamos mirando como diciendo qué pedo. Mientras, la Doris seguía estimulando esa verga de miedo. El vale que le hacía de maestro de ceremonias pidió silencio. La Doris, en chinga, jale y jale. El mulo se vino a madre, bañando de leche a la costeña. De plano se la rifó con el donkey shower.

  • ¡Puta madre!

  • No, puta esa cabrona de Doris, Chiquidrácula.

  • Pos ya que estamos con este cotorreo de las chaquetas, ahora me toca a

mí, hijos de la guayaba.

  • Ya se estaba tardando, don Ruperto.

  • Aguanta las carnes, Molusco. Pos seguro conocen a la Patiloca.

  • ¿La chamaca que ayuda a Celedonia en el local de las flores? ¿No?

  • Esa mera, Lupe. Hace como dos semanas, antes de que comenzara esta

chingadera de la influenza, la contraté para que fuera a limpiar la casa. Mi mujer andaba en Veracruz, visitando a mis suegros. Cuando el gato anda fuera, los ratones hacen de las suyas. Llegó temprano la Patiloca. Está chiquita, pero sabrosa. El pedo es que le gusta meterse cualquier madre. No más no se mete el dedo porque eso no la hace viajar. Le dije que le iba a pagar una buena lana, pero que quería hiciera el aseo desnuda. Aceptó sin broncas. Me senté en el sofá, con una chela al lado. Mientras ella limpiaba, yo no más la miraba. A veces le decía que se empinara más, que moviera las chichitas en lo que pasaba un trapo por la televisión. Tiene unas tetas pequeñas, morenitas, con los pezones duritos. Una panochita velluda. Unas piernas largas. Sus patas son algo grandes, pero pos no se puede pedir la perfección en una vieja. El caso es que mientras ella sacudía y trapeaba, yo me hacía una buena chaqueta. Me preguntó que si no se me antojaba una mamadita. Le contesté que siguiera limpiando. Me vine chingón.

  • ¿No se la cogió, don Ruperto?

  • Nel, lo mío es la puñeta. Yo sé cuándo y cómo me vengo. No tengo que

estarme preocupando de nada ni complacer a nadie.

  • Pos eso sí, una chaqueta es una chaqueta. Pero más chingón es una

buena mamada.

  • ¡Apoyo al Molusco!

  • ¿Qué onda, pinche Carvernas?

  • Pos aquí, oyendo desde hace rato sus guarradas. No chinguen, están

bien pinches dañados. ¡Chale, don Ruperto! ¿Cómo no se cogió a la Patiloca? ¡No mame!

  • Lo que se me antojaba era no más verla y jalarmela, Cavernas.

  • La neta yo no me conformaría con eso.

  • Anda, Cavernas, cuenta una de tus historias. Neta tiene unas bien

puercas. Cuenta la de los chavos que conociste en el metro

  • Va, Molusco. Además queda al tiro con eso de las mamadas. Pos ya

saben que vivo por Tacubaya. Así que diario tomó la Línea 7 del metro. Muy temprano o muy tarde, en los últimos vagones del tren se organiza el ambiente. Entre hombres nos damos arrimones, unos se meten el dedo, otros se agarran la verga. Una ocasión abordé ya noche el vagón. En la parte de atrás venían un par de chavos sentados que se estaban dando un faje poca madre. La neta me calenté. Me saqué la verga y se las mostré a ambos. Se levantaron y entre los dos me la empezaron a chupar. En otro de los asientos se había armado un trío entre un par de chacalotes y un chamaco. Uno le daba por el culo y otro le daba a comer verga. Como yo bajaba en la próxima estación, apuré al par de maricones para que me hicieran venir. Se turnaron para chuparme el pito. Hasta que por fin me deslecharon.

  • Eso no es nada, Cavernas. Yo una vez entré a una cabina descubierta.

¿Las conocen? Son las que tienen agujeros en las paredes. Los mentados Glory Holes. Mientras estás viendo una porno, por los agujeros aparecen lenguas o manos de cabrones. Unos te la chupan, otros te la jalan o se dejan encular o que te enculen. Pura calentura chingona. En uno de esos lugares conocí a un chacalito que trabajaba de albañil. Un güerito de rancho. Olía a rodillas: entre patas y culo. Pero se dejaba de todo. Tenía unas nalgas chingonas. Una ocasión me lo llevé a un hotel por Salto del Agua. Lo que más lo excitaba era que le pusiera una cueriza, hasta dejarle roja la cola y que lo orinara. Luego le dejaba caer la de Cervantes hasta el huevo.

  • ¿Neta, Chiquidrácula?

  • Neta, Molusco. Al chavo le iba eso de la lluvia dorada.

  • Pinche Chiquidrácula, pensé que eras machín.

  • Lo soy, Lupe. Pero de vez en cuando se me hace agua la boca por un

cabrón. A lo mejor lo mayate sólo lo traigo en la reata.

  • Pos andan muy jotos. ¿No les gustan las viejas o qué chingaos?

  • Las viejas son otra cosa, don Ruperto. Entre cabrones no andas con esas

pendejadas de que te voy a poner casa si aflojas las nalgas o si no te llamo es porque ya andas de caliente. Además, las viejas son bien persignadas.

  • Ora que dices eso, Cavernas, me acuerdo de una ñora. Estaba bien

pinche pirada. Seguido me contrataba para llevarle el mandado a su casa. Un día me dijo que si no quería una cubita. Pos me dije a mí mismo, pos no más es un trago. Además, la doña no estaba tan dada a la chingada. Pos empinamos el codo alegremente. Era cagada la vieja. Se sabía unos chistes de gallegos bien cotorros. Ya entrados en confianza, pos empezamos a agarrarnos nuestras partes. Tenía un chocho grande, peludo y caliente. Me preguntó si quería medirle la panocha. Pos le contesté que simón. Se bajó los calzones, abrió las patas y me dijo que fuera metiendo los dedos de uno en uno. Le entraron sin pedos. Luego me pidió el puño. Y pos se lo dí. Así un rato hasta que me animé a meterle medio brazo. ¡No chinguen! ¡Le cupo todo! ¡Era la panocha más profunda que he sentido! ¡Un caballo se pierde en esa panochota!

  • No mames, Molusco. De plano ya no te la cogiste. Después del puño, no

Le ibas hacer ni puta madre con la verga.

  • Cálmate, Chiquidrácula. El chiste no es el tamaño del juguete, sino cómo

lo uses para jugar. Hay cabrones bien vergones pero que son unos pendejos a la hora de coger.

  • Como le pasó a la Rosario, la hija de Lorenza, la ñora que tiene la

cremería. Dicen que se casó con un chango que presumía de tener una herramienta de más de veinte centímetros. Vino la noche de bodas y pos no le dio batalla. No más se acostaba encima de la Rosario, hacía lo suyo, terminaba y se jeteaba. Pos la ruca se quedaba con ganas. Eso fue lo que aprovechó para chingársela el Timón, uno de los chaparros que atiende en los puestos de frutas. Enano y todo, pero ese vale sabe cómo dejar satisfecha a una mujer. Me contó la Rosario que el muy hijo de la chingada se pasa horas en el cachondeo. La hace venir tantas veces que la deja toda pendeja. Y eso que el tapón de alberca no calza grande, más bien es de verga rinconera.

  • Eso es cierto, Lupe. La cosa es cómo atiendes a tu vieja en la cama para

que no ande de caliente en otra.

  • Chale, don Ruperto, a veces dice cosas bien profundas.

  • No chingues, Molusco.

  • Neta, don Ruperto, por eso usted es mi héroe. Como esa vez que dijo que

la verga es dura pero con el tiempo se ablanda.

  • ¡Chinguen a su madre todos!

  • ¡Ese Tlacoyo! ¿Listo para el dominó?

  • A huevo, don Ruperto. ¿Qué pedo? ¿Traen mitin o qué?

  • No, cabrón. Aquí, hablando de pura cogedera.

  • Ora, pinche Chiquidrácula. ¿Ya les contaste de la orgía?

  • Nel, si quieres cuéntalo tú. Al fin me acompañaste, no te hagas pendejo.

  • Ándale, Tlacoyo, desembucha.

  • Está bien, don Ruperto. Pos hace como un mes contrataron al

Chiquidrácula para colocar unas ventanas ahumadas en una casa de La Condesa. Como el chalán que lo ayuda no se presentó porque andaba crudo, lo acompañé para hacer la chamba. El dueño de la casa era un señor de mucho varo. Nos tardamos en instalar las nuevas ventanas. ¡Este cabrón olvidó algunas herramientas y me cagaba por cualquier cosa! Total, nos agarró la noche cuando terminamos. Llamamos al ruco para que nos pagara. Apareció con una botarga de conejo. Nos aguantamos la risa. Dijo que estaba satisfecho con el trabajo. Nos estaba pagando cuando llegaron varias parejas, todas disfrazadas de patos, perros, osos, tortugas, ratones. ¡Parecía convención! El ruco se dio cuenta que estábamos sacados de onda. Nos explicó que se trataba de una orgía, que los disfraces tenían agujeros atrás y adelante. Se nos hizo cagado eso de cogerse vestidos con botargas. Nos preguntó que si no queríamos participar, que tenía un par de disfraces extras. Y pos le atoramos. Al Chiquidrácula le prestó una botarga de marrano y a mí una de canguro. En una mesa había botellas y refrescos. Era autoservicio, cada quién se ponía pedo a su gusto. Ya medio flameados, le entramos al cotorreo. Yo andaba dándole recio a una pata cuando un oso quiso culearme. Me saqué de onda, pero como todos andábamos en el desmadre, dejé que me la metieran. Me dolió un chingo, pos era la primera vez que me la dejaban ir. Luego yo se la metí al pinche oso. Pero el Chiquidrácula agarró parejo: cogió con mapaches, pingüinos, liebres, gorilas, hasta con un mono que iba de Barney. Cuando terminó el reventón, nos enteramos que la mayoría eran esposos, otros llevaban a sus novias y algunos cabrones iban con sus chiles. La neta estuvo cotorro el desmadre.

  • Eso de las orgías y tríos no me cuadra. Eso de andar prestando a la vieja

se me hace de pendejos o de cabrones con los huevos muy chiquitos.

  • No te aceleres, Lupe.

  • No me acelero, Molusco, no más digo.

  • Oye, Chiquidrácula, ahí va el Bob Esponja.

  • Simón, don Ruperto. Creo que quiere otra verguiza. Y pos ando bien

caliente con todo esto que hemos platicado.

  • Pos vas, pero mínimo dile que se limpie el culo.

  • Nel, don Ruperto, me gustan apestosos. Eso fue lo que más me prendió

mientras se la empujaba hace rato. Una vez conocí a un chavito que vendía dulces en el metro. Estaba igual de gordito que el Bob Esponja, pero era medio rubio. Como andaba hasta la madre de gente el vagón, el mocoso se quedó en un extremo. Me fui acercando al chamaco. Estando atrás de él, comencé a manosearlo. No dijo nada. Al contrario, me arrimó el culo para que lo agarrara chingón. Traía unos pants medio usados. Descubrí que estaban deshilachados entre sus nalgas. Le abrí un agujero. Empecé a dedearlo. Me agarró la verga. Comenzó a frotarla. Me bajó el cierre. Se acomodó chido para que se la metiera. Me costó trabajo empujársela. Estaba muy cerrado. Le dije que en la siguiente estación se podía coger sin pedos en los baños. Contestó que estaba bien, que bajaría conmigo. Descendimos. Me siguió a los sanitarios. Entramos. La mayoría de los gabinetes estaban ocupados. Encontré uno vacío. Le ordené entrar. Sin decirle nada, se bajó los pants y los calzones. Tenía un pito chiquito, sin nada de pelo. Me dijo que se rasuraba, que no le gustaba que le saliera vello en la verga. Se volteó. Sus nalgas eran muy blancas, lechosas. Le dije que se abriera el culo con las manos. Su agujero era rosado, tiernito. Se lo froté. Gemía rico, como nena. Me pidió que se lo oliera. Así lo hice. Lo traía algo sudado. Le pasé la lengua por el hoyo. Se estremeció. Entonces le chupe el fundillo. Se pedorreó en mi jeta. Eso me prendió más. Me saqué la verga y se la puse entre las nalgas. Suplicó que tuviera cuidado, que se la metiera despacio pues no tenía mucha experiencia. Así que primero lo dilaté con un par de mis dedos. El chavito jadeó, comenzó a jalársela cuando sintió cómo se iba abriendo su culote. Se la dejé ir poco a poco. Decía que le dolía, pero que no se la sacara. Empecé a culearlo. Mis huevos chocaban contra sus nalgotas. Me dijo que me viniera dentro, que no había pedo. Le llené el culo con mis mocos. Me la dejó toda cagada, pero le puse una buena cogida.

  • Estás muy loco, Chiquidrácula. Bueno, cabrones, ya estuvo bien de tanta

pinche calentura. Los espero al rato para el dominó.

  • Cámara, don Ruperto. ¿Vas a venir, pinche Chiquidrácula?

  • Pos eso depende del Bob Esponja. Igual les caigo.

  • Eres un caliente.

  • A huevo, Molusco. Pero con esto de la influenza, con todo cerrado, lo

único que puedes hacer es culear o jalartela. Además, antes de que los gusanos se coman ese culote, pos mejor me lo chingo un rato. Los veo luego. Voy a darle gusto al cuerpo con ese pinche putito gordo. Después les cuento cómo estuvo la cogida. ¡Se lo lavan, pendejos!
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