Entreabrí los ojos. Ella estaba junto a mí, en la cama, ligeramente cubierta por las sábanas. Había amenazado con largarse y en cambio pasamos la noche juntos




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títuloEntreabrí los ojos. Ella estaba junto a mí, en la cama, ligeramente cubierta por las sábanas. Había amenazado con largarse y en cambio pasamos la noche juntos
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El camino del guerrero
Por Esteban Raymundo González

A lo lejos se perfila el contorno del monte Aso. Por ahora, las montañas de Kagoshima nos sirven de refugio. En el campamento se respira cierto nerviosismo. Después del intento de ocupar el Castillo Kumamoto, las tropas imperiales nos obligaron a retirarnos. Mañana partiremos a Shiromaya. Los espías enviados por nuestro señor Saigo Takamori han traído noticias sobre el ejército comandado por el general Yamagata Aritomo. Nos superan en una proporción de sesenta a uno. Pero eso no importa, un samurai sabe vivir cuando ha de vivir y morir cuando ha de morir
Bajo los cerezos, Kenshin me espera. Hace cinco años que estamos juntos. Nos juramos un amor que se mantiene en la voluntad de permanecer unidos. En esta forma del amor, lo único que cuenta es ofrecer la vida por el otro. Me ha acompañado fielmente en cada combate, aunque nada lo obliga a seguirme. Entiende que el samurai nace para morir. Entregar la vida por nuestro señor nos engrandecerá hasta el fin de los tiempos. La muerte no es eterna, el deshonor sí. La vida del samurai es la pasión por la muerte, diez guerreros son incapaces de enfrentar a un hombre animado por esta convicción.
Cierro los ojos. Recuerdo los días felices. En el estanque del palacio de nuestro señor Takamori, nadaban las carpas de colores brillantes. Fue en ese lugar donde nos encontramos por primera vez. Se sentó junto a mí. Narró la historia de un pez koi que sabía hablar y responder a cualquier pregunta que se le formulara. Un cuento que me hizo sonreír. Conversamos durante horas. La noche nos alcanzó.
Entramos a mis aposentos. Con delicadeza retiró mi kimono. Lo dobló con cuidado. Después lo colocó junto a mi armadura. Apagó las lámparas, se denudó y recostó a mi lado. Comenzamos a besarnos.
Los besos entre amantes generan una energía solar. Un beso consigue desorbitar cuerpos celestes, cambiar el curso de los ríos y reinventar los sonidos que envuelven al mundo. La vida misma puede ser arrebatada con un beso. Sobrecoge toda esa magia contenida en tan sólo un fugaz roce con los labios.
En lo personal prefiero los besos suaves de Kenshin; con su lengua reconoce cada detalle de mi boca; acostumbra morder delicadamente mis labios, atraerlos con sus dientes perfectos. Su lengua ocupa como un atrevido guerrero, la oquedad tibia de mi boca. Bebe mi aliento, como si se tratara de vino de arroz. Entre beso y beso, contemplamos el nacimiento de dragones celestiales.
Pero también estás los besos que revelan su amor incondicional, como los besos en mis párpados, en mis mejillas, en mis manos. Son besos que sustituyen a las palabras. Dice un viejo maestro que la mejor actitud con respecto a las palabras, es no usarlas. Yo diría que la única manera de evitarlas es besando. Cuando Kenshin besa mis ojos es como si murmurara amoroso: “Es mejor pasar un momento contigo, mi gran señor, unas horas nada más, que vivir eternamente sin ti”.
Mientras acaricia mi cabello con sus manos, besa mi nuca, cuello, espalda. Conoce cada imperfección, los lunares ocultos, cada cicatriz de mi piel. Como la marca que me dejó en un costado el acero de la katana de un samurai sin amo, un guerrero errante, un ronin.
Cuando sus labios se detienen entre mis piernas, Kenshin me deja en un estado de gozosa vulnerabilidad. Mi cuerpo se enciende, surgen relámpagos de mi piel. Su sudor cubre mi abdomen como gruesas gotas de rocío sobre los basaltos de un jardín, rodeado de arces y setos.
Es entonces que tomó el control, lo volteó, abro sus nalgas y beso la cavidad que tanto placer me produce conquistar en cada encuentro. Me embriagan los aromas agridulces emanados de esa caliente oquedad. Olores que evocan la salinidad de un mar agitado. Saboreo los pliegues de su ano, cuya textura es idéntica a la de un archipiélago desconocido.
Mis compañeros me avisan que es hora de dormir. Mañana será la batalla decisiva. Nuestro señor Takamori se ha retirado a su tienda de campaña para meditar. Antes arengó a sus guerreros con estas palabras: “Los hombres deben esforzarse en su determinación y valentía. Eso sólo podrán hacerlo cuando la valentía está arraigada en el corazón. Mañana, cuando la espada esté rota, combatan con las manos. Cuando el enemigo corte sus manos, luchen con los hombros. Cuando se queden completamente sin brazos, entonces muerdan a sus adversarios. Eso es valentía. Pelear hasta el final. No importa el resultado”.
Kenshin sigue bajo los cerezos. Busca la fuerza para hacer lo correcto si caigo herido en combate. Un samurai derrotado tiene un solo camino: seppuku. Mi amado Kenshin tendrá el honor de decapitarme. La vida es un constante desafío, la muerte es preferible a vivir una vida indigna.
Ahora debo preparar mi armadura, mis armas. Un samurai lo es en la medida que no tiene otro deseo que morir rápidamente, ofreciendo su vida para proteger a su señor. Me cuesta un poco de trabajo separarme de Kenshi, pero a final de cuentas todos estamos destinados a morir. Algunos encuentran consuelo pensando que otros morirán antes, que la muerte nos dejará al último. La muerte siempre parece lejana. Pero la muerte llegará tarde o temprano. Es mejor recibirla con una sonrisa. Kenshi me enseño a sonreír. Estoy conforme con mi destino. Durante el combate pensaré en una pregunta para el pez koi. Espero la responda antes de que la espada cercene mi cabeza.
Esteban Raymundo González (México, D.F.) escritor y periodista. Publicó en 2002 una colección de relatos titulada Sobrenaturales (Omega Ediciones). En 2007 es incluido en la antología Cupido Negro/ Cuentos de amor y desdicha (Café Literario Editores). En 2008 participa en la antología Homenaje a Bukowski (Colección La tanda literaria) y El amor en cada esquina (Coedición México-Argentina entre Café Literario Editores, Ars Ludis y Serenpitia). Autor de la novela inédita Dragón (Mención honorífica en el Concurso de Novela Corta de Fantasía y Ciencia Ficción Tauzero-2008, Santiago de Chile, Chile).

VIUDO DE CLO

Valerio era hijo del descuido de su prostituta madre. Su padre podía ser cualquiera de los muchos jóvenes calenturientos, señores hartos de sus esposas o simples aventureros, que acudían a aquella granja de las afueras del pueblo. A sus escasos 12 años, entrados a los 13, ya se había acostumbrado a deambular por el patio después de limpiar la porqueriza, regar el maizal y dar de comer a los patos, los puercos, los pavos y las gallinas.

Esa tarde en particular quiso descansar en su hamaca, pero su madre lo corrió a escobazos pues esperaba al mismísimo presidente municipal con todo y guaruras. Se lo dijo sin empacho.

El niño se fue a su piedra favorita del fondo del patio y se sentó a no hacer nada. Desde ahí escuchó un par de coches que llegaban y luego risas provenientes de varias bocas masculinas. Ni siquiera volteó; mejor se concentró en ver cómo una gallina muy negra, a la que llamaba “Pinche Clo”, sacaba de la tierra un enorme gusano.

Odiaba a esa gallina porque pensaba que se parecía mucho a su madre. Mientras todas las demás se acurrucaban en sus nidos para poner sus huevos, fecundados o no, ella siempre los dejaba caer al suelo sin siquiera detener lo que estuviera haciendo. Esa tarde era el caso. El niño vio cómo se abría lentamente la cloaca de “Pinche Clo”, mientras ella continuaba estirando al gusano que se negaba a abandonar su agujero.

No lo pensó demasiado y se apostó detrás de ella; en cuanto vio que el huevo salía lo empujó con un dedo y se lo volvió a meter. “Pinche Clo” cacaraqueó espantada y soltó al gusano, que aprovechó el relajo y se escabulló a la parte más profunda de su agujero.

El espanto de “Pinche Clo” pronto se pasó y volteó hacia el muchacho. Sus pequeños ojos dejaron escapar una mezcla de enojo con interrogación y después regresó a su labor; escarbó un poco más y volvió a dar con el gusano. Valerio no se había retirado y pudo ver cómo el huevo iniciaba de nuevo su trayectoria hacia el exterior. No lo logró. Con su dedo volvió a empujar el huevo y el escándalo de la posible próxima futura mala madre se dejó escuchar. El gusano volvió a escapar; “Pinche Clo” ahora sólo vio al niño de reojo; y Valerio… se levantó asustado. Estaba experimentando algo que nunca había sentido. Su pequeño pene estaba erecto y lo sentía muy caliente. “Pinche Clo” ya no escarbó; continuó mirando de reojo al muchacho y aún dándole la cola. Se tomó un poco de tiempo y después intentó sacar de nuevo el huevo. Con un rápido movimiento el niño volvió a metérselo y ya no pudo más… Sintió cómo su pene
palpitaba agresivamente y expulsaba un interminable líquido que le dejó el short muy mojado. Se tiró al piso y rodó; juntó sus rodillas con su vientre porque la sensación que sentía le resultaba insoportable. “Pinche Clo” aprovechó y dejó salir el huevo. Mientras se retorcía, Valerio juraba que en los ojos del ave veía algo así como satisfacción.

Se convirtió en historia de todas las tardes, aunque Valerio ya no rodaba por el piso. Con el dedo de una de sus manos metía el huevo de “Pinche Clo” y con la otra se acariciaba, ansioso, el pene. “Pinche Clo” ahora sólo era “Clo” y ya no hacía escándalo ni se entretenía con ningún gusano; se dejaba, muy mansa, meter el huevo una y otra vez, y sólo lo expulsaba cuando notaba que Valerio se ponía muy rojo y mojaba la tierra con un líquido muy blanco. Después el muchacho caminaba por el patio y “Clo” hacía lo mismo, a su lado. A veces le platicaba sus sueños y aspiraciones, y juraba que no sólo lo escuchaba sino que hasta le daba consejos con su mirada y uno que otro cacaraqueo.

Cuando Valerio tenía 17 años, entrados a los 18, la gallina murió. Fue la mañana más triste de su vida. Nunca supo lo que pasó; simplemente llegó al gallinero a desearle buen día, como lo hacía a diario, y la encontró tendida en el piso con los ojos cerrados. La tomó entre sus manos, la abrazó… y lloró, lloró y lloró hasta muy entrada la tarde. Su amiga, su compañera de soledad… ¡su amante…! se había ido para siempre. La enterró ahí en el patio, muy cerca de su piedra favorita, justo en ese espacio terregoso que había sido, día con día, su lecho matrimonial.

La extrañó semanas enteras… meses enteros… y soñaba con ella casi cada 15 días. Esas mañanas siempre se levantaba con los shorts bien mojados.

Cuando cumplió 19 Valerio se percató que era virgen. No había pensado en ello porque “Clo” mantuvo ocupada su sexualidad desde el inicio hasta esa fecha. Entrados a los 20 el muchacho empezó a preocuparse porque ninguna mujer le despertaba pasión alguna y entonces decidió buscarse una prostituta en el pueblo vecino. En su pueblo no podía… ¡ni modo de cogerse a su mamá!

Solicitó la que consideró más bonita y se metió con ella al cuarto… pero por más que la mujer le tocaba, le relamía y le chupaba al que ya no era su pequeño pene, no consiguió una erección. Mejor se levantó de la hamaca y comenzó a vestirse, mientras se disculpaba infinidad de veces.

Sentado en su piedra favorita, después de limpiar la porqueriza, regar el maizal y dar de comer a los patos, los puercos, los pavos y las gallinas, Valerio le platicó a “Clo” de su problema. ¡Hasta le confesó que había intentado hacerlo con otras pero o lo picoteaban o simplemente nunca se levantaban de su nidal! Y lloró, lloró y lloró esa tarde… y algunas más… pensando que sería por siempre sólo el viudo de “Clo”.

* * * * * * * * * * *

Mientras me lo contaba tristemente en el “Viena”, al calor de ya varias cervezas, y después de haberme abordado sin empacho sentándose en mi mesa, así seguía siendo. Su prostituta madre se murió cuando el tenía 22 años, entrados a los 23. Vendió patos, puercos, pavos, gallinas y la granja completa, para venir a vivir a la ciudad de México, porque había oído que aquí en la capital se hacía cualquier barbaridad.

De hecho lo había hecho… Primero con prostitutas y después con compañeras de la empresa en donde trabajaba como vigilante. Había logrado tener erecciones en sus relaciones y disfrutaba, pero nunca como con “Clo”. Con algunas había propuesto lo del huevo y unas habían accedido, pero no le resultó igual. Antes de ir a esa cantina se preguntó sin con un gay podría experimentar como con “Clo…” ¡y ahí estaba yo, oyendo horrorizado, semejante propuesta!

- ¡Anda! – decía - ¡Por favor! ¡Aquí traigo en la mochila un huevo ya hervido!

Me reí. Aunque fue por dentro para que no se ofendiera. La verdad es que sí me había conmovido… y lo valoré, para qué más que la verdad, porque tenía curiosidad y porque Valerio no era nada feo.

- ¿Pero qué es lo que tienes en mente? ¿Que vayamos a un hotel, “utilizar” el huevo, masturbarte y ya?

- ¡No, no, pos si no soy un salvaje! Lo he pensado muy bien y no creo que me desagrade agarrarte y que me agarres; acostarnos en la cama y abrazarnos… Que nos besemos en la boca tal vez no, pero si quiero que me la chu…

- ¡No lo digas! ¡No lo digas! Ya sé, ya sé.

Se río… Él sí por fuera.

- Tú sí eres medio persinao, ¿verda?

- La verdad sí. Pero también soy muy curioso. Las cosas raras me llaman la atención, pero muy pocas veces me atrevo a hacerlas porque me da miedo. La verdad es que me gustas y… ¡sí me aviento! Dices que va a ser tu primera vez con un gay y también será mi primera vez con un huevo. ¡No sabes qué gracias le doy a Dios de que “tu problema” no haya sido con un avestruz!

Ahora nos reímos los dos por fuera.

- ¡Eres payque! ¡De veras eres payque! Y yo no soy malo, de veras. Hasta compré un huevo de codorniz para no lastimar al vato buena onda que me dijera que sí. ¡Qué payque que fuiste tú!

Y fue muy payque, como decía él. Nos compramos un six de cervezas; nos fuimos a un hotel… y efectivamente se portó como todo un caballero. Platicamos un rato todavía, de sus sueños y aspiraciones… yo las escuché a su lado. Nos recostamos en la cama y él seguía platicando. Pasó su brazo por debajo de mi cabeza y yo me recosté en su pecho mientras me seguía platicando… y de pronto hizo lo que dijo que no iba a hacer: ¡me besó en la boca! Y fue un beso largo acompañado de unas caricias muy delicadas por todo mi cuerpo… Se separó suavemente y me aclaró:

- Se me salió, vato… y creo que porque eres payque.

Y ya no dijo nada más. El ser más cariñoso del mundo se puso frente a mí y yo le correspondí, sabiendo que era justo eso lo que le faltaba… Por eso cuando se levantó y fue por el huevo, me esforcé por parecerme a “Clo” y hacer justo lo que me había contado, hasta que lo vi ponerse muy rojo y mojar la cama con su líquido muy blanco.

Ahora somos muy amigos. Ya tiene 27 entrados a los 28. Nos hablamos todos los días y nos vemos de vez en cuando. Me gusta oírlo hablar de sus sueños y aspiraciones, pero más me gusta saber que muchos de ellos los está logrando. Aunque no pueda sentir el mismo placer que en su adolescencia y primera juventud, me he encargado de enseñarle que también es un placer recordar lo que se tuvo… y ahora porta con orgullo el ser el “viudo de Clo”.
De pedos

Por: Luis Felipe Pacheco

- ¡Ni pedo! – exclamé en silencio, después de cerrar la puerta del estudio con mi espalda y poco antes de sentarme frente a mi escritorio y ponerme a llorar como personaje de Libertad Lamarque, en la época de oro del cine mexicano.

 

¡Y es que ya eran dieciséis años de estar tras de él! ¡Dieciséis años de súplicas y de llantos, de adioses y bienvenidas… y no lograba que me diera el sí que tanto anhelaba!

- ¡Somos muy diferentes! – decía siempre. Esa misma noche me había detallado, como si lo hubiera escrito antes en una lista, cada uno de los motivos por los que no le veía futuro a nuestra relación. Me hubiera convencido porque tenía razón… ¡pero lo amaba tanto que me sentí impotente ante su nuevo “no” y sólo atiné a cerrar la puerta del estudio con mi espalda, para después sentarme frente a mi escritorio y llorar como personaje de Marga López en la época de oro del cine mexicano!

Pensé en ponerme más pedo de lo que estaba. Él, seguramente, tomaría un caballito de tequila más y luego se quedaría dormido en el sofá. Puse música a todo volumen, tomé una cerveza del “frigobar” y me senté a jugar “spider” en mi computadora. Me gustaba hacer eso cuando quería pensar; menos beber cerveza. Siempre tomaba tequila… pero no pensaba salir a servirme porque no quería verlo con su “jeta” de tres metros. Estoy seguro que él tampoco quería ver la mía después de nuestra acalorada discusión.

La cerveza me hace mucho daño; después de dos o tres tragos mi pobre panza empieza a rugir y convierte la levadura en pedos y pedos y pedos de todos olores, sonidos y duraciones… ¡Esa noche me importó un soberano clavo sin punta! Cuando estaba con él me cuidaba de no beberla para evitar importunarlo; máxime porque dormíamos juntos y cogíamos… aunque siempre como matrimonio de católicos observantes.

Enojado, frustrado e impotente (más porque perdí el primer juego), me tomé la cerveza casi de un solo trago. Me levanté por otra y decidí de una vez sacar todo el six para ya no estarme parando. Con todo ese enojo, frustración e impotencia, casi me acabo también la segunda cerveza; el revoltillo del tequila ingerido con la cebada alcoholizada, efectivamente me hizo sentir más pedo que nunca.

Me puse mis audífonos para apreciar con mayor intensidad el escándalo de mi “música corta venas” y abrí una nueva cerveza al mismo tiempo que me terminaba la anterior. El segundo juego también lo perdí mientras pensaba que si Roberto estuviera en el estudio ya me estaría moliendo con que pusiera música grupera y guardara a mi Dúrcal para cuando estuviera solo.

Fue en el tercer juego y en la tercera cerveza cuando mi estómago empezó a quejarse. Sus gruñidos se unieron a las quejas que revoloteaban en mi mente:

- ¡Carajo! ¡Nos vemos diario! ¡Nos hablamos diario… ¡horas!! ¡Dices que me quieres y sabes que te quiero! ¡¡¡Cogemos!!! ¿Por qué no quieres ser mi pareja? ¿Por qué carajo tienes tanto miedo al compromiso? ¿O acaso no te lleno? ¿Qué cosa no te he dado?

Fue entonces cuando salió el primero. Justito cuando se llenaron de nuevo mis ojos de muchas lágrimas y estaba a punto de gritar el: “¡Toritoooooooo!” que hizo famoso Pedro Infante, en la época de oro del cine mexicano. No sé qué tanto haya tronado; “La gata bajo la lluvia” suprimió cualquier ruido ajeno pero no un olor nauseabundo que me fumé junto con el humo de mi cigarro.

Perdí el tercer juego. Me limpié las lágrimas con coraje y me negué a seguir participando en ese intenso melodrama obsesivo. Bebí otro trago de la tercera cerveza y otra vez sentí la queja de mi estómago. Abrí el reproductor de Windows y, mientras ponía: “La guirnalda”, salió el segundo. Ese tronó más, estoy seguro; de hecho tuve que inclinarme hacia un lado porque hasta me sentí levantar.

“Me hizo una guirnalda con puras bugambilias, las puso en mi frente… yo me sentí divina”, decía la canción cuando salió el tercero. Ese creo que no sonó; lo sentí delicado, pero muy caliente y prolongado… ¡eso sí, muy oloroso! ¡Prendí otro cigarro porque no lo aguantaba ni yo!

Fue la salida del cuarto quien me hizo trasladar de las cintas de la época de oro al cine de exploración actual. ¡Es que tronó tanto que hasta interferencia hicieron mis audífonos y el olor me hizo levantarme para abrir la ventila!

Entonces lo vi. Estaba parado detrás de la puerta entreabierta. Sentí un calor sofocante bajar desde mis sienes rumbo a cada parte de mi cuerpo ¡y hasta ese color rojo, que dicen lo pinta a uno, cuando está a punto de caérsele la cara de vergüenza!

La luz que se escapaba del estudio me ayudó a mirarle los ojos; los tenía muy rojos de lo pedo que estaba también. Pensé que entraría a hacérmela de pedo por tanto pedo, pero entonces descubrí que tenía la mano en su pene erecto y se masturbaba con un exceso de placer que no le conocía. Mi vergüenza se convirtió en indignación y me dirigí hacia la puerta para hacérsela de pedo pero él se me adelantó; entró el cuarto y, sin decir media palabra, empezó a besarme y acariciarme las nalgas con mucha pasión.

Ahí mismo en el estudio, sobre la alfombra, rodamos frenéticos sin soltarnos los labios. Me mordió un poco fuerte y se detuvo. Al ver que no se la hacía de pedo volvió a hacerlo y empezó a nalguearme; primero despacio, después muy fuerte.. – ¡Ni pedo! – exclamé en silencio y me dejé hacer cuánta cosa se le ocurrió. Mi estómago empezó a gruñir y no pude evitar dejar salir el quinto, tal vez el más ruidoso de todos, en una de sus acompasadas nalgadas.. Esperaba risa, detención de movimientos, alguna expresión de malestar… pero pareció que el pedo lo había enardecido más… Y podría contar todo lo que pasó después, pero mi finalidad es sólo llegar al momento en que terminamos juntos, como pocas veces nos había ocurrido, después de que saliera el décimo noveno de esa noche, ya con poca duración, sonido y olor.

Con el estudio apestando a sudor, sexo, cigarro, alcohol y estómago, Roberto se dejó caer hacia un lado. No dejó de acariciar, con sus pies y con sus manos, cada parte de mi cuerpo que le quedara cerca. En algún momento habíamos apagado la luz y sólo la pantalla de mi computadora me permitió mirarlo. Descubrí entonces que él me miraba también.

- ¡Eres un cerdo! – dijo – ¿Por qué no me lo dijiste antes? Coger contigo con tanta salubridad y cuidado me daba hueva. ¡No hay nada que me excite más que un buen pedo estando pedo! ¡Sobre todo que sea yo quien se goce de sacarlo! Con el dedo, con los dedos… o con…

- ¡Cállate! ¡No seas prosaico! Yo no sabía que eso te gustaba…

- Pues ya lo sabes. Quiero que tus pedos sean mis pedos de hoy en adelante.

- ¿No puedes decirlo de una manera menos vulgar?

- ¡Está bien! ¡Está bien! Que tus problemas sean mis problemas de hoy en adelante… ¿Quieres ser mi güey?
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