Entreabrí los ojos. Ella estaba junto a mí, en la cama, ligeramente cubierta por las sábanas. Había amenazado con largarse y en cambio pasamos la noche juntos




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títuloEntreabrí los ojos. Ella estaba junto a mí, en la cama, ligeramente cubierta por las sábanas. Había amenazado con largarse y en cambio pasamos la noche juntos
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Lecciones de piano.

Andrés Méndez Palacios Macedo
Pobre señor Ricardo, tan viudo y solitario. Siempre tuvo gatos, ahora hasta a ellos los fue a enterrar. ¿Qué le queda al abuelo de vida? Acaso veinte años de andar viendo día a día cómo se muere el sol, apostado a sus álbumes de recuerdos; contar los hijos que no tuvo, los amigos que perdió en el camino. Si no fuera por la niña Gloria ya se nos habría marchado al otro mundo. Hace apenas tres meses la recibió de mano de sus vecinos, quienes lo vieron tan agüitado y decidieron que era el tiempo exacto para consentir el capricho de su hija y empezar con su instrucción al piano, del que don Ricardo hace gala de tocar muy bien. Y así empezó el último soplo de vida para el pobre anciano.

La niña Gloria, tan arregladita y rubia; tan inocente y educada. Se le ve muy bien vestida, con ropa de florecitas, justo lo que una niña de nueve debe usar. Dos colitas amarradas con ligas de colores, ojazos negros, boquita de gardenia y chapas incandescentes. Toca el timbre lunes y miércoles muy puntual a las 6. Sus padres la dejan ir sola desde la segunda clase. No piensan que sean descuido los cinco metros que separan su entrada con la contigua, pero por si las moscas, los robachicos o los robacorazones, su madre vigila desde el zaguán.

Don Ricardo ya la conocía. Era su amiga del jardín, ese sí muy desprevenido, pues se dice que antes las dos casas eran una sola construcción y la barda que divide la parte trasera de ambas es muy pequeña. De cualquier forma, lo señores Portilla gustan de los árboles frutales de su viejo vecino y por eso, no mandaron a subir la cerca. Él cortaba las guayabas de diciembre, las ciruelas de mayo, pero sólo con especial empeño y dedicación, los higos de agosto, siendo que hasta los cristalizaba para comerlos todo el año. Y de eso sí que no compartía mas que con la niña, a la que una vez pilló cortando unos cuantos. Así se conocieron, así se hicieron amigos y así fue como le propuso primero visitarle con sus padres Portilla, luego a aprender lo del piano.

Pobre señor Ricardo. El primer día de clase andaba todo nervioso. Organizó sus métodos, mandó afinar el instrumento. De repente había otra vez algo vivo dentro de su mausoleo particular. Gloria iba particularmente bonita ese día, con un vestido naranja de bolitas, muy vaporoso para aguantar el fin de los calores del verano. Sandalias blancas perfectamente combinadas con las ligas que sujetaban sus colitas. El abuelo no podía desentonar, se vistió muy formal con tirantes, pañuelo y mocasines. También preparó galletas para amenizar, naturalmente de higo, una tanda para él y otra para la chiquilla.

Ay del transcurso de los meses que no se guardan casi nada. La niña Gloria no anda muy bien al piano, a pesar de que dice don Ricardo, toca la polonesa como la tataranieta de Chopin. Ay del invierno para guardar piel y secretos y de la primavera que los aflora. Ay del viejo Ricardo, que guarda esperanzas banas en su corazón. Las flores retoñan, los bichos procrean, Gloria regresa a los vestidos y Ricardo, añejo y reservado, asesina sus cálidas noches leyendo tragedias griegas, donde la fulana de tal se preña invariablemente del dios fulano otoñal al son de cualquier nocturno de Debussy a las manos del Horowitz visceral en grabación Deutsche Grammophon.

Miércoles a las seis. Ricardo sincroniza el reloj de la sala con el de su muñeca izquierda, la del corazón. Llega Gloria vestida en cereza y acelera el péndulo dentro del pecho del viejo, se le olvida la hora y la sienta al piano. El vestido trepa por sus piernas de durazno víctima del banquillo. Homicida también de las pupilas del maestro. La niña, apenas incauta, acomoda su falda, sólo un poco, acaba de cumplir los diez. Los minutos se deslizan entre partituras, las partituras dividen las horas y excusan roces incidentales entre el torso del viejo y el hombro de la niña. Bajo pretexto de sentarse junto a ella, infeliz don Ricardo, ay de su alma, toca apenas la rodilla de Gloria. Se le erizan los vellos, se le crispan los sentidos. Al viejo, también a Gloria que en la escuela aprendió aquello de las flores, de los animales y de papá y mamá Portilla en las noches. Acaba la clase, justo a tiempo para el té y las galletas. De una bandeja la niña toma las suyas, de otra vienen las del anciano. Estira la mano, apenas come, pero siempre lo mira a los ojos, se miran. Sonríen. El maestro alaba los logros de la alumna, a pesar de que a oídos externos se acabe de dar un concierto desastroso. Se despiden los dos a dos pasos de distancia, ella a su casa y él a lamentar su epicúrea acción con la almohada, sumergiéndose en llanto, entre arrepentido y desesperado.

Pero no es que el tiempo castigue así a un septuagenario. Estas cosas son alevosía. Ricardo recuerda todos los días a la sombra de sus demonios, evoca el día en que la vio y le clavó los ojos al igual que hacían lo mismo con un higo sus uñas. Por otra parte, esa pequeña sí que es coqueta. Sus ojos son dos tragos agridulces de alguna especie de cicuta mezclada con el canto de las sirenas. El viejo cayó en el hechizo de Electra. Maldita la escuincla que alarga la mano en busca de una caricia accidental. Dos veces más por descuidar los tirantes de su vestido y dejar al descubierto sus hombros impregnados de pecas. Bendita por arrebatarle un pedazo de Ricardo a la muerte, pero maldita otra vez por recrear el calvario en su alcoba. Algo tiene que hacer, ella tiene diez años.

De nuevo es lunes, hay nuevas galletas en las dos bandejas sobre el piano. Don Ricardo está más alineado que de costumbre porque no es día de clase sino de recital. Dicen que Satán siempre viste de esmoquin. –Siéntate ahora en mi silla, tú calificarás en esta ocasión.- Empieza con el Aleluya de Hendel, continúa con un tema pastoril de Haydn para invocar una persecución de faunos y ninfas. Trepa por los muslos de la niña con el Beethoven romántico, la desnuda con un tema casi sensual de Dvorak y la posee con una suite molto vivace del Chopin antes de la tuberculosis. Termina el concierto un poco más viejo, ha vendido quizá un par de años. La niña no se ha dormido, por el contrario, aplaude con entusiasmo. Quizá se percató de que aquello era más que una interpretación, porque sus mejillas están coloradas. Él le da un beso en la frente, nunca antes había manifestado contacto similar. Le dice “ahora es momento de comernos las galletas”. No necesita conocer la nota de su juez. –Come mi niña, acaba con todas las galletas.- Ella sólo tiene diez años, es momento del gran final. Ay del buen nombre de don Ricardo, lo mercó por un momento de locura. Hoy horneó los bocadillos. Pero ya no podía con la carga, él no pertenece al Olimpo y a la vieja Grecia ya se le pudren sus entrañas de mármol. En mortífera receta, el cocinero de la hoz aderezó sus higos con veneno. Tenía que terminar con la tentación, hacer un pequeño sacrificio. Ahora se despiden. –Tómate unas vacaciones, Gloria, me saludas a tus papás.- Ya no hay beso de despedida, acaso de Judas, acaso de Bruto.

Ay de toda la manzana, ayer martes de sirenas y hoy miércoles de funeral. Todo un escándalo, policías, llantos y un listón negro adornando el dintel de la puerta. Pena de la niña Gloria, de los señores Portilla y del “pobre” señor don Ricardo. Nadie supo la causal del deceso. El silencio de la muerte enmienda daños, resarce honras y beatifica sucesos.

Hubo procesión, plañideras y banquete. No se sabe quién lo ofreció. ¿Y ahora quién le dará lecciones de piano a la niña?

Raquel y sus ojos.

Andrés Méndez Palacios Macedo

La tarde languidecía y Roberto con su Raquel regresaba en la pecera primera de la noche - un hostal entre la lluvia-. Estaba repleta, pero pudieron hacerse de un espacio al final del pasillo, quedando así más juntos y un poco separados de las miradas de los morbosos.

Parecían amarse. Se encaramelaban uno al otro y sus bocas se buscaban en un ritual de persecuciones. Entre risas y besos, Raquel acercaba más y más su cuerpo al de Roberto, excitando las partículas de atmósfera a su alrededor.

Roberto disfrutaba la hoguera inagotable que moraba en el cuerpo de su novia. Adoraba su cuerpo, su voz, su agresiva ternura y sus continuos candores; era tan hermosa como buena amante.

Raquel recorría el cuerpo de Roberto como una enredadera. Su tersos frutos buscaban regazo en Roberto y sus labios, el agua para calmar su sed. Y él lo disfrutaba tanto. Quería disfrutarlo para siempre. Dormir a su lado; tener para él su aroma, sus elixires y bañarse todas las noches en su sudor. Hasta soportaría el fastidio de ser padre, o más aún, de ser esposo. Roberto dictó sentencia: se casaría con Raquel.

La marea de gente siguió abordando la pecera, extinguiendo toda laguna entre los cuerpos. Roberto quedó sumergido en su novia, entre el rió ardiente de sus piernas y las ramas voraces que salían de sus hombros. Podía, con toda facilidad, disfrutar a su mujer y recorrerla con la mirada: mujer blanca, tierra fértil. Caldera apasionada, encendida noche y día. Lengua de fuego; ávida, ácida. Ligera flor instintiva, flor con dientes; flor animal con corola, cáliz y pistilos de tierna niña. Pero sus ojos... sus ojos... eran dos esferas de hielo. Independientes del cuerpo, separados de Raquel. Sus ojos no eran animales, eran dos dioses exiliados de un paraíso lejano, flores de invierno.

Un lugar se desocupa, quedando sitio para los dos amantes. Raquel invoca una seducción más: “Siéntate tú primero y se mi asiento”. Roberto acepta la propuesta sin malicia. Su mente es una daga que se clava en el horizonte, en donde dos soles han sido fotomontados en un lienzo ajeno. Astros poderosos son los ojos de Raquel, expulsan a Roberto de Sodoma y lo ahuyentan hacia un bosque de meditaciones.

Roberto lleva algunas cuadras buscando truncar sus pensamientos. Trata de sumergirse en los placeres que le brinda el ergonómico cuerpo que sobre él se aposenta. Pero el vacío aplasta a Roberto, toda emoción ha sido aniquilada y yacen junto a ella los placeres. Raquel ya sólo adormece con su peso el cuerpo de su pareja. Es ahora un pedazo de carne con el sólo fin de complacerlo, de quererlo, de consecuentarlo. Pero ¿y sin esas funciones? Sin ellas Raquel es tan solo una res.

El asco se apodera de Roberto. ¡Sólo un trozo de carne! Nausea y odio forman una pócima para la memoria. Recordaba los momentos en que ella y él saciaban el hambre de sexo. El que antes se complacía, ahora odiaba a Raquel. Odiaba cómo obligaba a sus ojos a reflejar placer. Odiaba cuando obligaba a sus ojos a cumplir con la función de mirarlo. Los ojos, tan libres e independientes, se perdían en un abismo de funciones; se volvían animales, iguales a Raquel.

Un tope hizo entrar la luz a la mente turbada de Roberto. “De Raquel sólo quiero sus ojos, ¡porque no me sirven para nada!”

Después de un cuarto de hora más, la pareja llega por fin a la casa de Roberto. Raquel lo arrastra al interior. Quiere saciarse, desbocar sus instintos en una cama, calmar su furor. Él acepta ser un peso muerto, dejarse llevar, quizá encuentre en su lecho una solución para disolver la náusea. Los dos se despojan de sus ropas con velocidad. Rápido, muy rápido. Roberto se deja montar, cierra los ojos y recibe la oquedad de Raquel de donde emanan candores de fauna. Ella también cierra los ojos, los aparta de esa solución horizontal del apetito sexual. Pero él los quiere ver. Quiere fornicar con esos ojos, sólo con ellos. Pero tiene que esperar al final del duelo, cuando por fin pueda ir Roberto a la cocina para encontrar un cuchillo. En el momento preciso, habrá de podar ese par de flores, arrancarlos de esa tierra animal y encerrar todo su encanto para él. Y dormir.

El sol desvanece la penumbra que adorna el cuarto de Roberto. Tira los velos impuestos por la noche uno a uno: primero la ropa enmarañada, los libros. Las repisas siguen una a una: fotos, vasijas; y por último, en la repisa ms próxima a Roberto, un frasquito con dos ojos claros.

Con pedazos de mi ser construiré tu mundo.

Julio 2003
Por Sergio Dosal
Perfil: Sebastián Molina, amigos.com

Veintiséis años, alto, robusto, ojos miel, mal portado,

caliente, kinky, fiel como perro, esclavo.

En busca de: Mujeres entre veinticinco y treinta años de edad, morenas, carácter fuerte, dominantes y con deseos de tener un perro esclavo.

Perfil de Uganda Bello, amigos.com

Pelirroja de ojos claros, dominante, sensual, buen cuerpo, veinticinco años.
En busca de: Espero divertirme con hombres en línea, guapos de buen cuerpo,  mayores de veinticinco, hasta  cuarenta años, solo webcam.

De:  molina_solitario@hotmail.com
Para: bellauganda@hotmail.com
Enviado 14 Mayo 2003 22:37:00 p.m.
Mensaje en bandeja de entrada
Aceptar / No aceptar
Haz clic (mensaje aceptado)

Sebastián Molina 17 Mayo 2003 16:29:00 p.m.
Gracias por aceptarme en tu lista de amigos

Dame de alta en Messenger para mantenernos en contacto
Soy buen perro.

Saludos
17 de mayo 2003 21:22:00 p.m. (en Messenger)

Solitario dice: Hola. ¿Cómo estás?
Bella dice: ¿Quién eres?

Solitario dice: Sebastián

Te mandé una solicitud de amistad  y  me
>  acabas  de  dar  de  alta  hace  poco.
>
> Bella  dice:
> Ah,  hola.
> Solitario  dice:
> Me  gustó  tu  perfil,  ¿Ya leíste  el  mío?
> Bella   dice:
> Si.
> Solo  tienes  una  foto  de cara  ¿Eres  gordito?
> No  tengo  bronca,  pura curiosidad.
> Sebastián  dice:
>
> No.
>  Soy  robusto.
> ¿Cuál  es  tu  nombre?
> Bella  dice:
>  Uganda.
> Sebastián dice:
> ¿En serio?
>  Bella  dice:
> Si  wey  así   me  llamo
>
> Solitario  dice:
> Nunca  conocí   alguien  que  se  llamara  así
>
> Bella   dice:
> Dime  Bella.   Enciende  tu  Cam   te  veo en
> pantalla.
> En uno de los extremos de la ventana del Messenger se
> abrió la cámara. Se observaron en sus respectivos
> monitores. Bella se veía distinta, no era la misma que
> aparecía en  la  foto  de  su  perfil: el  tono  de
>  su cabello  era  diferente,  un poco más claro; su
> rostro y sonrisa la  hacían  parecer  mucho  más
>  joven.  En cambio, Sebastián   era el mismo de la
> imagen publicada en su perfil, aunque un poco más calvo y
> mucho más gordo.
>
> Bella  dice:
>  Cambié  mi  look,   me  corté  el  cabello
> Solitario dice:
> Te ves  muy chavita,  ¿Tienes  veinticinco años  de
>  verdad?
> Bella  dice:
> Tengo  veinte.
> Solitario  dice:
> Yo  también  mentí  en  mi  perfil,  tengo
>  treinta  y tres  años,  no  veintiséis
>
> Bella  dice:
> Me atraen los hombres de tu edad. Hacen cualquier cosa.
> Solitario  dice:
> Ok.
> Bellaugalde  comenzó  a  desnudarse  frente  a  la
>  cámara. Sebastián  se quedó  inmóvil  por  unos
>  segundos, luego se quitó la camisa.
>
> Bella   dice:
> Estas  panzón  wey,  qué  cagado  jajajajaja
> Solitario  dice:
> ¿Te  gusta reírte  de mi panza?  ¡Qué  poca!
> Bella  dice:
> Me  gustan  gorditos, perversos.
> Sebastián  se  levantó  de  su  silla. Se bajó los
> pantalones y  mostró  su  pene  erecto  sujetado
>  por  un  lazo  de cuero.
>
> Bella  dice:
> Tienes  buena  verga  pero  no  quiero  verla
>  ahorita
> Solitario  dice:
> ¿Te  gustaría  que  nos viéramos?  Soy  buen
>  esclavo,  puedo  hacer  lo  que  me pidas.
> Bella  dice:
>  Me  gusta  la sangre,  quiero  ver  tus  pezones
>  sangrando ¡hazlo  ya  pendejo!
>
> Excitado  fue al baño, buscó una navaja  de  afeitar
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