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Capítulo XVI

PROFILAXIS DE LAS ENFERMEDADES DEL ALMA
La prevención de las enfermedades del alma se hace, esencialmente, a través del reconocimiento y vivencia del Amor como el bien supremo del Universo, el recurso que es proporcionado a todas las criaturas para que puedan disfrutar la vida plena, tanto en el plano de la vida física, como de la vida espiritual.

Como dice André Luiz en el libro En El Mundo Mayor: “Existen millones de seres encarnados y desencarnados, de mente fija en la región menos elevada de los impulsos inferiores, absorbidos por las pasiones instintivas, por las reminiscencias del pretérito envilecido, presos a los reflejos condicionados de las emociones perturbadoras a que, inermes, se entregaron”.

Ese cuadro desolador refleja la situación epidemiológica de los disturbios del alma, tanto entre los seres encarnados, como desencarnados, revelando la necesidad de moverse para la iluminación de la humanidad, movimientos que tendrán la doble finalidad de disminuir el sufrimiento de los seres humanos y de no acarrear la sobrecarga de alma penadas que continuamente retornan a la Patria espiritual.

Delante de la oscuridad de los templos actuales, en que las personas están predominantemente motivadas para la búsqueda de bienes materiales y transitorios de la vida, y dispersan energías perjudicando a sus propios organismos y el de sus semejantes, debemos tener confianza y mantener la fe en el porvenir de la humanidad, como dice, todavía, André Luiz, en el libro En el Mundo Mayor: “Epoca vendrá, en que el amor, la fraternidad y la comprensión, definiendo estados del espíritu, serán tan importantes, para la mente encarnada, como el pan, el agua, el remedio; es cuestión de tiempo. Lícito es esperar siempre el bien, con el optimismo divino. La mente humana, por lo general, asciende para el conocimiento superior, a pesar de, algunas veces, parecer lo contrario”.

Sería útil si todas las criaturas pudiesen reconocer que el sufrimiento es resultante de posibles agresiones efectuadas a si mismas o a sus semejantes, en esta vida o en vidas pasadas.

De la sentencia de “amar al prójimo como a si mismo”, brotan dos vertientes prácticamente inagotables: una de amor al prójimo y la otra de amor a si mismo.

Toda agresión practicada contra los semejantes, como un pensamiento de odio, más allá de los males que puedan causarles, produce áreas de congestión en su propia esfera mental, con producción de toxinas que son liberadas en la corriente sanguínea, alcanzando diferentes órganos, constituyendo carga insidiosa que predispone al organismo a sufrimientos y enfermedades.

Sería loable, igualmente, si las personas procurasen amarse a si mismas, eliminando sus faltas, las tendencias hacia los vicios, los desarreglos sexuales y alimenticios, ejercitando su fuerza de voluntad en la práctica del bien, evitando la ociosidad y la tendencia de mantenerse inmersas en pensamientos negativos, como los de celos, envidia, odio y agresividad.

Todo ser humano deberá concienciarse que será juzgado en el Tribunal de su propia consciencia, mediante la ley de la responsabilidad, sobre lo que recibió y del uso que hizo de lo que le fue proporcionado.

Después de dos mil años de Cristianismo, el mensaje del Evangelio no puede mantenerse limitado como palabras vacías, sin una propuesta real, capaz de modificar el curso de las acciones humanas, en el campo de la salud y de sus realizaciones.

La actuación del Cristianismo en la prevención de los disturbios del alma debe basarse fundamentalmente en la educación, que es una fuerza poderosa y, cuando llevada hacia los ideales del Amor, es capaz de modificar el destino de los seres humanos.

La educación, con libertad es responsabilidad, debe ser instituida armoniosamente, desde los primeros años de vida, en los hogares, en las instituciones religiosas y en la sociedad, como meta para que el ser humano pueda desarrollarse según los patrones de amor a si mismo y a los semejantes, capaz de transformar sus conciencias, motivándolas hacia el bien, en todas las regiones del Planeta.

La educación debe ser impregnada por la verdad científica, según la cual el Cristianismo constituye una propuesta de vida que debe ser llevada severamente, de amor y paz entre los seres, de la distribución ecuánime de los bienes materiales y de los recursos para que todos puedan disfrutar las alegrías del trabajo y de los bienes de la naturaleza.

En el plano personal de cada uno, la profilaxis de los disturbios del alma se basan en la vivencia de pensamientos positivos, de confianza, de amor hacia todas las criaturas y a sí mismo.

La profilaxis de las enfermedades del alma constituye un resultado del conocimiento que cada uno debe tener de las Leyes de la Vida, que son guiadas enteramente hacia el Bien.

Y cuando las acciones practicadas por los seres humanos no sintonizan con el Bien, generan estados de desarmonía vibratoria en la propia consciencia, cuya percepción depende de la sensibilidad de cada uno, pero que deberán ser resarcidas más tarde o temprano, como explica André

Luiz, en el libro En el Mundo Mayor: “Cielo e Infierno, en esencia, son estados de la consciencia; y si alguien actuó contra la Ley, se verá dentro de sí mismo en proceso rectificador, tanto tiempo como sea necesario”.

Todo ocurre en la vida como una singular siembra. Si la persona practicó buenas acciones, deberá coger dadivosos frutos y, si practicó el mal, le cabe la responsabilidad de enfrentar las consecuencias del mismo, bajo la forma de sufrimientos, dificultades o enfermedades.

Allan Kardec transmite el mensaje del Espíritu de la Verdad en El Evangelio según el Espiritismo, en el capítulo VI, en el apartado del Cristo consolador, dentro del Advenimiento del Espíritu de Verdad, recomendando: “¡Espíritas! Amáos, he aquí la primera enseñanza. Instruíos, he aquí la segunda. En el Cristianismo se encuentran todas las verdades. Los errores que han echado raíces en él son de origen humano”.

La recomendación “Instruíos”, no significa tan solo la alfabetización y el estudio de las técnicas y ciencias que promueven el progreso material del ser humano, sino la adquisición de conocimientos de las verdades espirituales, como las que revelan que el ser humano puede ser saludable, alegre y feliz, o amargado y enfermo, de acuerdo con sus propias acciones, como está en el mismo libro citado: “El hombre sufre siempre las consecuencias de sus faltas; no hay una sola infracción, a la ley de Dios, que quede sin la correspondiente punición. La severidad del castigo es proporcional a la gravedad de la falta”.

Jesús ejemplifica plenamente el concepto de la responsabilidad de cada uno delante la Ley, por los males que conciernen al ser humano, asociando la curación de las enfermedades al perdón de las faltas cometidas, como cuando curó a un paralítico, diciéndole: “Hijo, ten confianza; perdonados te son tus pecados” (Mt 9, 2).

El perdón de las faltas, concedido a los enfermos que curaba, no quiere decir que Jesús se antepone a los méritos de las personas, dándoles anticipadamente el perdón de sus faltas. Conociendo el corazón de los hombres, Jesús perdona sus faltas, porque el amor antecede la práctica de buenas acciones.

No se trata de perdón sin fundamento, pero el reconocimiento de una calidad inherente a las personas que aman, capaces de observar el segundo mandamiento de la Ley de Dios.

Jesús perdonó “María, llamada Magdalena, de la cual salieron siete demonios”(Lc 8, 2).

Y María Magdalena, que era muy rica y tenía una conducta que la entristecía, quedó libre de sus obsesores, donó todo lo que tenía a los necesitados, y pasó a observar rigurosamente las enseñanzas de Jesús, constituyendo un ejemplo edificante de una de las más bellas almas femeninas del Cristianismo.

El amor antecede la realización de buenas obras que fluyen espontáneamente de las personas que aman.

Existe, en toda esa consideración, una gran amplitud, que constituye el reconocimiento de la importancia del Amor que rige los destinos de los seres humanos..El perdón de las faltas no va en contra del principio básico del Cristianismo, del resarcimiento de las mismas por la práctica anticipada de buenas acciones. Por el contrario, dándole más fuerza, más amplitud, visto que el amor está siempre presente en todas las realizaciones humanas, dirigidas hacia el Bien.

Las buenas acciones son inherentes a las personas que aman, que hicieron o están haciendo su reforma íntima.

Las buenas acciones, realizadas sin discriminación, constituyen la base para la profilaxis de las enfermedades del alma y de los problemas que afligen al ser humano.
Capítulo XVII

JESÚS, EL MÉDICO DE CUERPOS Y ALMAS
Para Jesús, prácticamente todas las enfermedades, tanto del cuerpo como del alma, reflejan la imperfección humana. Lo que equivale a decir que las enfermedades humanas son, en síntesis, enfermedades del alma.

Para Jesús, no existen enfermedades, sino enfermos, cuyas señales físicas y síntomas reflejan disturbios profundos del ser.

Desde el inicio de sus predicaciones, el mensaje de Jesús fue conocido en toda la región de Judéa, de donde fluían multitud de personas para escuchar su palabra y conocer sus maravillosas curaciones espirituales.

Entre sus prodigios, se destaca la curación de un paralítico, que presentaba un mal típicamente físico, de causa espiritual, como está descrito:

“Y aconteció un día, que él estaba enseñando, y los Fariseos y doctores de la ley estaban sentados, los cuales habían venido de todas las aldeas de Galilea, y de Judéa y Jerusalén: y la virtud del Señor estaba allí para sanarlos. Y he aquí unos hombres, que traían sobre un lecho un hombre que estaba paralítico; y buscaban meterle, y ponerle delante de él. Y no hallando por donde meterle a causa de la multitud, subieron encima de la casa, y por el tejado le bajaron con el lecho en medio, delante de Jesús; el cual, viendo la fe de ellos, le dice: Hombre, tus pecados te son perdonados.

Entonces los escribas y los Fariseos comenzaron a pensar, diciendo: ¿Quién es éste que habla blasfemias?

¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?. Jesús entonces, conociendo los pensamientos de ellos, respondiendo les dijo: ¿Qué pensáis en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda?. Pues para que sepáis que le Hijo del hombre tiene potestad en la tierra de perdonar pecados, (dice al paralítico): A ti digo, levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa. Y luego, levantándose en presencia de ellos, y tomando aquel en que estaba echado, se fue a su casa, glorificando a Dios” (Lucas 5, 17-25).

En ese mensaje, vale destacar, inicialmente, la grafía utilizada por San Lucas, en la expresión: “para que sepáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra de perdonar pecados”, la palabra Hijo está escrita con la inicial en mayúscula, para indicar que todavía Jesús había venido al planeta tierra como ser humano, su naturaleza espiritual se identifica con la del Padre, como está en San Juan: “Yo y el Padre somos uno” (Juan 10, 30), explicando porque Jesús tiene ese poder, en virtud de su elevada posición en la jerarquía espiritual del Planeta.

Aparte de eso, en la curación del paralítico, vale la pena recordar que los escribas y fariseos desconocen que, entre las causas del desencadenamiento de los males físicos, están relacionados los factores morales, vinculados al alma, razón por la cual la curación espiritual está perfectamente indicada.

Entre las curaciones de males físicos, se encuentran, igualmente, la de enfermedad infecciosa, como cuando curó a la suegra de San Pedro, atacada por la fiebre.

“Y luego salieron de la sinagoga, vinieron a casa de Simón y de Andrés, con Jacobo y Juan..Y la suegra de Simón estaba acostada con calentura; y le hablaron luego de ella. Entonces llegando él, la tomó de su mano y la levantó; y luego la dejó la calentura, y les servía. (Mc 1, 29-31).

Jesús no solo curó innumerables enfermos, como también otorga a los seres humanos la responsabilidad de curar a sus semejantes, como está en el Evangelio de San Juan, cuando afirma:

“De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago también él las hará; y mayores que éstas hará; porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, esto haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré”.(Juan 14, 12.14).

Jesús enseñó que debería volver hacia el Padre y las enfermedades continuarían existiendo cuando él ya no estuviese físicamente entre los seres humanos y cuya misión de llevar hacia delante sus obras estaría a cargo de aquello que creen en él y que esas obras serían todavía mayores, probablemente por contar con un gran número de personas que reconocen que Jesús es el salvador del Mundo, el responsable espiritual del Planeta Tierra.

Al regresar hacia la casa del Padre, Jesús no se lavó las manos dejando la misión de curar para los seres humanos, sino que él mismo continuaría entre los que piden en su nombre, “a fin de que todo cuanto en mi nombre pidierais al Padre, Él os lo concede”. (Juan, 15, 16).

Jesús dio énfasis a los que piden en su nombre, diciendo: “Y yo os digo a vosotros: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; golpead y se os abrirá; Porque cualquiera que pide recibe; y quien busca halla; y quien golpea se le abre”. (Lc 11, 9-10).

Muchas personas creen que la misión de curar está reservada a los escogidos, a los santos y místicos, visto que los mismos vienen distinguiéndose en los siglos. Raramente piensan que para las obras de solidaridad humana no hay escogidos especiales, aunque puedan existir peculiaridades relativas a la extensión de sus realizaciones porque Dios no hace distinciones entre sus hijos, como está en el Hecho de los Apóstoles cuando “Entonces Pedro, abriendo su boca, dijo: Por verdad hallo que Dios no hace acepción de personas” (Hechos 10, 34).

Lo que es lo mismo, que no escoge aleatoriamente de entre sus hijos, sino que concede por el merecimiento de sus obras, por la fe de los que creen en Jesús, la responsabilidad de realizarlas.

Así, Jesús, después de la Resurrección, continuó realizando curas maravillosas, a través de sus discípulos, como ocurrió con el cojo de nacimiento, un caso de curación de un mal físico que tiene características propias; de un cojo de nacimiento, lo que quiere decir que tiene un problema de origen kármico, vinculado probablemente a perturbaciones anímicas ocurridas en vidas anteriores.

Cuando “Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora de oración, la de nona. Y un hombre que era cojo desde el vientre de su madre, era traído; al cual ponían cada día a la puerta del templo que se llama la Hermosa, para que pidiese limosna de los que entraban en el templo. Este, como vio a Pedro y a Juan que iban a entrar en el templo, rogaba que le diesen limosna. Y Pedro, con Juan, fijando los ojos en él, dijo: Mira a nosotros. Entonces él estuvo atento a ellos, esperando recibir de ellos algo. Y Pedro dijo: No tengo plata ni oro; más lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda. Y tomándole por la mano derecha le levantó. Y luego fueron afirmados sus pies y tobillos; y saltando, se puso en pie, y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios. Y conocían que él era el que se sentaba a la limosna a la puerta del templo, la Hermosa: y fueron llenos de asombro y de espanto por lo que había acontecido” (Hechos 3, 1-10).

La curación del cojo de nacimiento tuvo la participación de los apóstoles Pedro y Juan. El proceso de curación espiritual en las enfermedades tiene un mayor alcance cuando la misma es realizada por dos o más personas, por la suma de la energía mental que está presente cuando dos o más personas se reúnen para la realización de un determinado fin y, en el caso de asistencia a los semejantes, cuenta con la protección mayor de Jesús, que promete estar presente donde dos o más personas estuvieran reunidas en su nombre: “Porque donde estuvieran dos o tres reunidos en mi nombre, allí, estaré yo en medio de ellos” (Mt., 18, 20).

Aparte de las curaciones de personas atacadas de males físicos, se encuentran en el evangelio referencias a innumerables curas de males típicamente espirituales, causantes de angustia, ansiedad, depresión, malestar, identificados como obsesiones y posesiones.

“Y cuando fue la tarde, luego que el sol se puso, traían a él todos los que tenían mal, y endemoniados. Y toda la ciudad se juntó a la puerta. Y sanó a muchos que estaban enfermos de diversas enfermedades, y echó fuera muchos demonios; y no dejaba decir a los demonios que le conocían. Y levantándose muy de mañana, aún muy de noche, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba. Y le siguió Simón, y los que estaban con él. Y hallándole, le dicen: Todos te buscan. Y les dice: Vamos a los lugares vecinos, para que predique también allí; porque para esto he venido. Y predicaba en las sinagogas de ellos en toda Galilea, y echaba fuera los demonios”.(Mc 1, 32-39).

Jesús nos da el ejemplo de la necesidad de una preparación, a través de la oración, para la realización de la curación espiritual, al retirarse a un lugar desierto para orar.

En la curación de los disturbios espirituales, Jesús impone silencio a los obsesores, porque ellos saben quién es Jesús y se comportan con arrogancia, sin humildad. En verdad, esas entidades procuran perjudicar a los seres humanos y Jesús les constituye el principal obstáculo.

“Y había en la sinagoga de ellos un hombre con espíritu inmundo, el cual dio voces, diciendo:

¡Ah! ¿qué tienes con nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé quien eres, el Santo de Dios. Y Jesús le riñó, diciendo: Enmudece y sal de él. Y el espíritu inmundo, haciéndole pedazos, y clamando a gran voz, salió de él”. (Mc 1, 23-26).

Jesús se manifestaba con sabiduría, autoridad y amor, expresando las enseñanzas de la nueva doctrina, basada en la Ley de Amor.

Desde sus primeras predicaciones en Cafarnaún, hablaba y actuaba con autoridad, jamás vista entre los hebreos, al punto de impresionar la asistencia como está en San Marcos cuando afirma: “Y todos se maravillaron, de tal manera que inquirían entre sí, diciendo: ¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta, que con potestad aún a los espíritus inmundos manda, y le obedecen? (Mc 1, 27).

La misma observación se encuentra en San Lucas, cuando afirma: “Y hubo espanto en todos, y hablaban unos a otros, diciendo: ¿Qué palabra es esta, que con autoridad y potencia manda a los espíritus inmundos, y salen? (Lucas 4, 36).

Jesús evidenció que el tratamiento de las obsesiones constituye una de las actividades más importantes entre las curaciones espirituales.

Se manifiesta igualmente, con autoridad y elevado poder, mientras se dirige a personas simples como a los doctores de la Ley, dejando traslucir el valor de la palabra cuando es utilizada al servicio de la curación espiritual o de las enseñanzas de la nueva Ley.

Utiliza el poder de la palabra que corresponde a la emanación fluídica del alma, que tiene la capacidad de realizar la curación espiritual, despertando las vibraciones periespirituales de la persona a ser beneficiada, tanto para la curación de sus males, como para asumir una nueva orientación en la vida.

En la cura de María Magdalena, que quedó libre de una fuerte obsesión, se encuentra al mismo tiempo, uno de los casos más bellos de conversación íntima descrito en el Evangelio. Atacada de una fuerte perturbación espiritual, es movida por la angustia existencial, buscó espontáneamente la ayuda de Jesús y obtuvo la cura de sus males.

El relato es descrito por San Lucas: “Y algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la cual habían salido siete demonios”

(Lc 8, 2).

En la casa de Simón, el fariseo, Jesús dice de María Magdalena al mismo: “Por lo cual te digo que sus muchos pecados son perdonados, porque amó mucho; más al que se perdona poco, poco ama. Y a ella dijo: Los pecados te son perdonados. Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es este, que también perdona pecados?. Y dijo a la mujer:

Tu fe te ha salvado, ve en paz” (Lucas 7, 47-50).

Y libre de sus obsesores, María Magdalena buscó seguir los pasos de Jesús, ejemplificando sus enseñanzas. Fue distinguida por haber tenido el privilegio de ser la primera persona en encontrar al Cristo resucitado, lo que aconteció a la vera del sepulcro para donde fue al amanecer del día y lo encontró vacío, y estaba llorando y “le dijo Jesús: ¿Mujer, por qué lloras¿ ¿a quién buscas?. Ella, pensando que era el hortelano, dicele: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré. Dicele Jesús: No me toques: porque aún no he subido a mi Padre: más ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Fue María Magdalena dando la nueva a los discípulos de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas”. (Juan 20 15-18).

Como Médico de cuerpos y almas, Jesús nos da la oportunidad de realizar estudios oportunos, no tan solo para las curas maravillosas que realizó sino también por su actitud frente las enfermedades y la conexión que hace entre la cura y la salvación, la cura y el perdón de los pecados, la cura y la fe, la cura y la oración, la cura y el deseo de recobrar la salud, la curación y la voluntad de curar, la cura a través de la palabra.

Jesús no solo curaba sino que continúa realizando curaciones maravillosas, en diferentes partes del mundo, a través de los discípulos que en él creen, que confían en su palabra y que proponen realizar la ayuda a los semejantes. Jesús cura por amor, por misericordia, por su bondad infinita.

En ningún lugar del Evangelio está escrito que Jesús rehusó curar a alguien, sino que curó a todos los que le buscaban pidiendo que les curase.

Jesús nos da a entender que, en el plano de Dios, los seres humanos deben ser sabios, fuertes y felices, por cuanto el mal, bajo cualquier forma, no puede tener raíces profundas en la superficie de la Tierra. El sufrimiento representa casi siempre, una pausa para la meditación, para la reflexión, una oportunidad para reconciliarnos con las personas que nos rodean y con las cuales estamos vinculados por las leyes kármicas.

En la nueva era que se aproxima, en que el Reino de Cristo deberá ser implantado en la Tierra, los seres humanos serán movidos por la consciencia crística. Serán buenos y tolerantes, amándose los unos a los otros como verdaderos hermanos.
Y habrá salud, paz y fraternidad entre los hombres.
FIN
* * *
Este libro fue digitalizado para distribución libre y gratuita a través de la red

Revisión y re edición Electrónica de Hernán.

Rosario – Argentina

7 de Diciembre 2002 – 14:04


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