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Evolución Predeterminada



Los hechos relatados convergen hacia una conclusión que, entre los seres humanos, la evolución no se realiza aleatoriamente, sin dirección, sin objetivo, sino que obedece a unos patrones establecidos por la Consciencia Cósmica, con una finalidad útil, predeterminada.

Ello hizo que fuera posible a la espiritualidad participar de la vida biológica, preparando a los seres, todavía en la fase preanímica, para el fenómeno emergente de la simbiosis, que debería realizarse entre cuerpos y almas, posibilitando la expresión del pensamiento y de otros atributos del alma, a través de seres biológicos.
Capítulo IV

MEDICINA ESPIRITUAL
La medicina espiritual puede ser entendida como la humanización de las acciones médicas,.en todas las fases del atendimiento al enfermo y basándose en dos principios fundamentales: ser ejercida con amor, y reconocer que el ser humano está formado básicamente de cuerpo y alma. Y tanto el cuerpo como el alma están sujetos a presentar disturbios relacionados con la salud, como explica André Luiz en el libro En el Mundo Mayor: «si existen múltiples enfermedades para las desarmonías del cuerpo, otras innumerables hay para los desvíos del alma».

Los enfermos son almas vivientes, pasando por dificultades y, por sus necesidades, por las enfermedades y sufrimientos orgánicos o psíquicos que presentan, esperan encontrar, en los profesionales de la salud, la atención que necesitan, el atendimiento eficaz, cuya tónica de relación debe ser el amor fraterno.

En este final de siglo, que se prepara para la alborada de una nueva era en el Planeta, los seres humanos necesitan, más que nunca, que las acciones médicas sean ejercidas con amor, considerando a los pacientes como criaturas que necesitan de asistencia integral y sin discriminación.

Considerando los diferentes aspectos de la Medicina actual y el estado insatisfactorio de salud de los seres humanos, Emmanuel en el libro del mismo nombre dice: «La medicina de futuro tendrá que ser eminentemente espiritual, posición difícil de alcanzar actualmente, por la maldita fiebre del oro; pero los apóstoles de esas realidades grandiosas no tardarán en surgir en los horizontes académicos del mundo, testimoniando el nuevo ciclo evolutivo de la Humanidad.

El estado precario de la salud de los hombres, en los días que estamos, tienen su ascendente en la larga serie de abusos individuales y colectivos de las criaturas, desviadas de la ley sabia y justa de la Naturaleza. La Civilización, en su sede bienestar, parece haber homologado todos los vicios de la alimentación, de las costumbres, del sexo y del trabajo».

La medicina ya alcanzó un elevado grado de progreso en todos los campos de sus realizaciones, y todavía deberá de progresar. Podrá descubrir recursos cada vez más perfeccionados para el diagnóstico y tratamiento de las enfermedades, pero no resolverá los problemas de la salud, en el sentido amplio de las patologías orgánicas y espirituales, mientras que los seres humanos no reconozcan la necesidad de armonizarse con las leyes de la Naturaleza, aprendiendo a amar al prójimo como a sí mismos, y reconocer la realidad del alma que constituye la raíz de igualdad entre todas las criaturas.

Nada puede mantenerse estancado en el Universo. La vida pide renovación constante en todos los sectores. Las personas necesitan que les lleguen, bajo la égida del amor, los manantiales inagotables de la renovación, principalmente en el campo de la salud y de las realizaciones espirituales, que pueden llevar al conocimiento de los disturbios del alma como responsables de las malformaciones y enfermedades que pueden atacar a los seres humanos.

La práctica de la Medicina deberá encontrar nuevos caminos para alcanzar un ejemplo condicional al ejercicio profesional, fundamentado en el conocimiento del alma y en el concepto según el cual las acciones médicas deben ser realizadas bajo la égida del amor fraterno, procurando ver al enfermo más allá de su cuerpo físico y de su mente, alcanzando la grandeza de su alma.

Acostumbrado a buscar en el cuerpo físico la causa de los disturbios y de las dolencias que acometen al ser humano, el médico puede tener dificultad para aceptar el concepto según el cual es en el alma donde se encuentran las raíces, las causas de innumerables dolencias.

Porque los actos practicados durante la vida quedan gravados en el periespíritu, que se comporta como archivo de la memoria espiritual de cada uno. Y, de acuerdo con su naturaleza, buena o mala, son responsables, respectivamente, de las cosas agradables o por un gran número de perturbaciones y enfermedades que pueden atacar al ser humano, ya que el alma envía al cuerpo físico el mensaje periespiritual responsable del bien o por el mal que ocurre en la vida de cada uno.

Todo acontece de acuerdo con la ley de la reciprocidad que concede «a cada uno según sus obras» (Mateo 16, 27). Y nadie puede coger maíz si plantó guisantes.

El amor es una fuerza poderosa que debe estar presente en todas las fases del atendimiento al enfermo, desde su primer contacto con la recepcionista.

El amor no es atributo del alma, sino una poderosa energía que emana del Creador y se expande a todo el Universo, y fue vivido por Jesús, que dejó sus enseñanzas gravadas con letras de oro, transcritas en el evangelio.

Jesús no fue el creador de una religión, sino el iniciador de un movimiento de liberación de la Humanidad, donde los adeptos de cualquier corriente religiosa o filosófica pueden encontrar las bases para una relación armoniosa, de paz y fraternidad entre todos los seres.

El poder terapéutico del amor no es secreto ni constituye privilegio de nadie. Siendo practicado por los adeptos de diferentes religiones e incluso por personas que no tienen religión, sino que están hermanadas por este mismo eslabón de energía universal que une y vivifica a todas las criaturas.

Para mejor evaluar el alcance de la Medicina espiritual, basta penetrar en los nuevos conceptos que se tienen del ser humano, sobre el conocimiento de los atributos del alma, quien puede causar enfermedades como promover la salud.

El ser humano no puede ser visto solo por su apariencia exterior, sino también por el ser inmortal que en su organismo vive, que dirige todos los actos de la vida y que se identifica con la de sus semejantes.

Hace cerca de 450 años a.C., Sócrates nos envió su mensaje: «conócete a ti mismo», que encontró resonancia en Descartes en el siglo XVII de la era actual al afirmar: «pienso, luego existo».

Esas propuestas fueron enriquecidas por las enseñanzas de Allan Kardec, hace 150 años, al afirmar que «el pensamiento es un atributo del alma», como está en El Libro de los Espíritus, ítem 89 a.

Partiendo de esa premisa, se abre para el ser humano un abanico de informaciones sobre la realidad de sí mismo y de su propia vida.

Hoy, a través de los conocimientos avenidos de la Doctrina Espírita, el ser humano puede responder a Sócrates, diciendo: «a través de mis pensamientos, conozco a mi yo interior; y decir a Descartes: el alma que existe en mí es la que piensa».

El alma es un importante constituyente del ser humano, el centro de todas sus potencialidades, de donde emanan sus pensamientos, su inteligencia, sus tendencias artísticas, su percepción científica, su carácter, su intuición, su propia consciencia.

El pensamiento es un atributo del alma, la cual preexiste a la formación del cuerpo y se mantiene, con toda su individualidad, después de la desintegración del mismo.

La masa encefálica no puede ser responsable de la elaboración de los pensamientos, aunque sea indispensable para la transmisión de los mismos. Para tanto, debe ser mantenida en perfectas condiciones anatómicas y fisiológicas, para que pueda desempeñar plenamente sus funciones durante la vida humana.

El alma sobrevive después de la muerte del cuerpo, manteniendo la continuidad de la vida mental, con todas sus peculiaridades.

Y aunque tenga ocupado, por cierto tiempo, un cuerpo que puede volverse mutilado o debilitado por traumas o enfermedades, al desprenderse del mismo, tiene la oportunidad de equilibrarse, para vivir toda su plenitud como Espíritu, que puede elevarse continuamente, y continuar su evolución existencial.

Y participando de la constitución del ser humano, como dice Kreinheder, en el libro Conversando con la Enfermedad: « El alma es mi parte más verdadera. Y diría más, la parte de todos nosotros que se asemeja más fielmente a la imagen de Dios». Y completa la expresión, diciendo: «el ama en sí es donde el humano y lo divino se encuentran y se tocan».

Si vivimos en el plano del alma, tendremos buen ánimo y fuerzas para enfrentar las dificultades de la vida. Y aunque el cuerpo esté vinculado a las leyes biológicas y tenga su ciclo de vida limitado, el alma, ligada a las leyes espirituales, no envejece, sino que evoluciona, explicando la razón por la cual muchas personas, en la plenitud de la vida, pueden sentir la disposición de la juventud.

La Medicina tiene siempre las puertas abiertas para la adquisición de conocimientos que puedan contribuir para el perfeccionamiento de los recursos para el diagnóstico y tratamiento de las enfermedades en todos los campos de sus actividades.

Actualmente, existen modalidades de conocimientos que no pueden mantenerse marginados, como la regresión de la memoria a vivencias pasadas, que vienen a comprobar no tan solo la participación del alma en todos los actos de la vida humana, tanto en el presente como en el pasado, o bien como la continuidad de la existencia a través de las reencarnaciones.

Aunque la Medicina espiritual pueda parecer un retroceso al tiempo en que las actividades médicas eran ejercidas por los sacerdotes, ella se presenta, actualmente, con características diferentes.

Con la contribución de la ciencia y de la espiritualidad, resplandece un nuevo campo de actuación en la vida humana, y el pensamiento realiza un salto cuántico para la Medicina del tercer milenio en que el amor debe participar en todas las fases de las acciones médicas.

Como afirma el autor del presente trabajo en el Boletín Médico-Espírita nº2, página 144, 2º párrafo: «La Medicina es eterna, desde que tomó cuerpo como ciencia y arte, y existirá siempre, constantemente enriquecida por la labor y actividades de los que a ella se dedican, acompañando a los seres humanos en todos los ángulos de su existencia, desde el nacimiento hasta la muerte». Y continúa en el 5º párrafo: «La finalidad de la Medicina trasciende a las especulaciones humanas. Ella proporciona recursos para la prevención de las enfermedades, para la promoción y recuperación de la salud, limita o remedia los males que no pueden ser evitados o curados, y derrama el bálsamo de la esperanza o la dádiva de una consolación para los que sufren».

Los profesionales que a ella se dedican con amor, gozan de la consideración de la sociedad, mereciendo el respeto y la justa estima de sus semejantes.

Reconocemos la importancia y la eficacia del tratamiento tradicional, basado en medicamentos de valor comprobado, valorizando la clínica médica y la cirugía, y sus diferentes especialidades, pero somos del parecer de que no hay acción terapéutica tan espléndida como cuando el pensamiento del profesional de la salud alcanza el centro del alma del paciente, despertándolo para el propósito de vencer las dificultades, y haciéndole entender las orientaciones que se le dan.

Al dirigirse a un paciente, el médico tiene condiciones para despertar su interior, su alma, transmitiéndole un mensaje de esperanza, delante del sufrimiento que enfrenta.

No se trata de engañar al semejante que está pasando por problemas difíciles, muchas veces insolubles, como en el caso de las enfermedades terminales. El mensaje, sutilmente dirigida al alma, muestra que todo está siendo dado para el tratamiento, y que tendrá siempre una esperanza que abre un horizonte para la vida de cada uno.

Y, aunque esté próximo su paso hacia el túnel oscuro de la separación del cuerpo, el alma tendrá buen ánimo para enfrentar posibles dificultades en su retorno al plano espiritual.

La Medicina espiritual considera al ser humano como un todo, constituido de cuerpo y alma.

La acción terapéutica a través de la palabra debe alcanzar al paciente en su interior, en su yo de dentro, capaz de realizar la cura integral, de forma consciente.

Los males que acometen al cuerpo físico pueden reflejar desajustes del alma, los cuales, si no fueron reconocidos y tratados durante la existencia terrenal, quedarán vinculados al alma después de su desligación con el cuerpo físico, tal como dice el Dr. Joaquín Murtinho, espíritu, en el libro Hablando a la Tierra: «Nuestro hogar de curaciones en la vida espiritual está repleto de enfermos desencarnados. Desencarnados que todavía revelan psicosis de trato difícil». Y continúa: «Los instructores religiosos, más que adoctrinadores, son médicos del espíritu que pocas veces escuchamos con la debida atención, mientras estamos en la carne» y «Las enseñanzas de la fe, constituyen un recetario permanente para la curación positiva de las antiguas enfermedades que acompañaron al alma, siglo tras siglo».

Ese mensaje indica que las acciones médicas no se limitan a las actividades ejercidas entre los seres humanos, sino que se proyectan en la espiritualidad, donde otros trabajadores de la salud,.desligados de los vínculos del cuerpo físico, realizan, con dedicación y amor, el tratamiento de los enfermos del alma.

Ese mismo tratamiento debe ser realizado, o por lo menos iniciado, por profesionales que militan en la existencia terrena, procurando realizar la cura integral del enfermo.

El estudio de las enfermedades del alma no constituye, simplemente, solo un recurso para la medicina, sino una contribución seria, sugiriendo la necesidad de considerar al ser humano en su doble constitución. Y como existen disturbios en el cuerpo, otros existen relativos al alma.

Mientras, no es fácil y convincente para un profesional de formación científica, delante de un enfermo que lo necesita, presentar síntomas de males que no son reconocidos por los recursos de diagnóstico disponibles, darle la orientación para un tratamiento paralelo, basado en los recursos espirituales, como el perdón a los ofensores, la fluidoterapia, la fe, el amor, la oración y la práctica del bien.

En contrapartida, existen los enfermos renegados, que presentan cierto bloqueo interior y no aceptan cambiar sus conceptos y la orientación para buscar paralelamente una terapia espiritual.

Aparte de ello, el atendimiento espiritual requiere una concienciación del paciente, para un tratamiento relativamente lento que envuelve su transformación íntima, el cambio de su comprensión y de su proceder en relación con su propia vida, que debe cambiar enteramente hacia el bien.

Cuando, por ejemplo, viciados en el alcohol, en el tabaco, en las drogas, o perturbados por el habito de la maledicencia, de la rabia, del odio, de la lujuria, de los disturbios sexuales, males que manchan su individualidad anímica, al ser orientados para que abandonen esas prácticas perjudiciales para su salud, con serias consecuencias para sus familiares y para la sociedad, responden que hacen lo que les gusta, y se sienten bien con lo que hacen, oponiendo resistencia a cualquier argumento que pretenda modificarles el comportamiento.

Hay enfermos del alma que muchas veces presentan serios disturbios psíquicos u orgánicos, persistentes, que se prolongan durante años, y que son tan solo atenuados por los tratamientos reglamentados.

Presentan sintomatología propia o de males físicos, como dolores que cambian de un lugar a otro, convulsiones epileptiformes, taquicardia, dificultades en la garganta, cólicos uterinos, males que son acompañados de depresión, de miedo, miedo de las enfermedades, de morir, miedo del futuro, miedo de perder algún ente querido, miedo que puede llegar al desespero y al pánico.

Son ciertamente, para los enfermos de esa naturaleza, que se aplican las enseñanzas de Allan Kardec, en el libro El Cielo y el Infierno capítulo VII, párrafo nueve: «Esta ley explica el mal resultado de la medicina en ciertos casos. Desde luego que el temperamento es un efecto y no una causa, y los esfuerzos hechos para modificarlo se hallan necesariamente paralizados por las disposiciones morales del espíritu, que opone una resistencia inconsciente y neutraliza la acción terapéutica.

Dad, si es posible, ánimo al medroso, y veréis cesar los efectos fisiológicos del miedo».

Y continua diciendo: «Esto prueba, repito, la necesidad que tiene la medicina convencional de tener en cuenta la acción del elemento espiritual sobre el organismo».

La Medicina espiritual es compatible con el reconocimiento de las enfermedades del cuerpo y del alma, y procura cubrir ciertas dificultades con buena dosis de tolerancia, confiando en los resultados de su acción que, ciertamente, llegan en el momento oportuno.

La Medicina espiritual constituye una proposición a ser observada por los profesionales de la salud, cuyo ejercicio debe ser complementado por el amor y «por la ecuanimidad», como decía sir William Osler, a inicios del Siglo XX.

Hay innumerables razones para decir que todas las criaturas deben estar preparadas para las transformaciones que podrán pasar en la nueva Era que se aproxima, la Era del Espíritu, y se espera que sea coronada por la implantación de un nuevo Reino en el planeta Tierra, oriundo de la transformación íntima de cada uno. Los seres humanos serán buenos y se amarán los unos a los otros, y en consecuencia, la Medicina espiritual vendrá como adquisición natural de la nueva Humanidad.
CAPITULO V

ENFERMEDADES DEL ALMA
«Médico, no estarás circunscrito al órgano enfermo, porque auscultarás, igualmente, el alma del que sufre.»

(Emmanuel, en Campo de los Médiums, página 19, 5º párrafo).

Patologías como la maldad, el odio, la calumnia, el robo, el secuestro, el crimen, los vicios, el asalto, la agresividad, el estupro, la maledicencia, el negativismo, se encuadran como enfermedades del alma, para las cuales los recursos médicos y administrativos disponibles vienen siendo prácticamente inoperantes para obtener su control epidemiológico.

Hay patologías que manchan a la sociedad contemporánea, como el vicio en las drogas, que alcanzó una envergadura elevada en todos los países del mundo y constituye una manifestación inferior del alma humana.

Del mismo modo, la agresividad se reviste, muchas veces, de crueldad y violencia; constituye una patología manifiesta entre todos los pueblos de la Tierra, y en todos los tiempos, siendo, igualmente, la expresión mayor de la inferioridad humana.

La persona que comete un crimen premeditado es un enfermo del alma y, por el mal que acarrea al semejante, deberá ser juzgada por la Justicia Humana. Pero más tarde o temprano, tendrá que enfrentarse, igualmente, a juicio en el Tribunal de Justicia Divina.

Son patologías que serán analizadas en capítulos especiales, sobre los vicios, los disturbios de la sexualidad y la agresividad humana.

Las enfermedades del alma pueden manifestarse por síntomas predominantemente psíquicos, como nerviosismo, ansiedad, inquietud, angustia, temores, incapacidad de prestar atención o concentrar los pensamientos en determinado objeto, inseguridad, miedo, depresión e insomnio.

Pueden, igualmente, manifestarse con síntomas físicos o psicofísicos, como dolores localizados o generalizados, dolores que se cambian sitio, disturbios funcionales digestivos, respiratorios, circulatorios, genitourinarios, crisis epilépticas, crisis nerviosas, haciendo que las personas con dichas patologías, pasen interminables momentos de su vida atormentadas por el sufrimiento.

Son males cuyas causas no son encontradas diagnósticos de laboratorio, sino que pueden ser reconocidos a través de una anamnesis cuidadosamente realizada, procurando reconstruir la historia de los síntomas, desde sus primeras manifestaciones.

Un ejemplo puede ilustrar esas afirmaciones. Una señora, A.M.S., de 30 años de edad, fue examinada por mí, presentando serios problemas psíquicos de nerviosismo, inquietud, ansiedad, angustia, insatisfacción, depresión e insomnio. Encargué varios exámenes de laboratorio, todos normales.

Después de un diálogo con la misma, la conversación se centró en su vida familiar y la paciente reveló que no soportaba la situación por la que estaba pasando. Viviendo en la misma casa con la suegra, con la cual tuvo serios problemas, acabando por odiarla.

Al concluir el examen, le dije a ella que su enfermedad era del alma y que debería realizar la terapia del perdón. Y ella respondió: «¡No! ¡Voy a intentar ignorarla, porque no tenemos condiciones de cambiar de casa, pero perdonar nunca!».

Procuré explicar que las enfermedades como la de ella, no pueden ser tratadas simplemente con algunos comprimidos, si no que son casos que necesitan de una transformación interior, de orden más profunda, de educación espiritual, capaz de hacer su reforma íntima, elevándola espiritualmente.

Al final, la paciente fue encaminada a una institución religiosa de su preferencia. Sugerí a la misma, que debería ser humilde y aceptar su situación familiar, así como el tratamiento espiritual, y que debería volver mensualmente para el control.

Después de tres meses, A.M.S. presentaba sensibles señales de mejoras, aunque debiese de continuar el mismo tratamiento médico y espiritual, pues le faltaba, todavía, dar un gran paso, el de amar a los propios enemigos, como enseñó Jesús cuando afirmó: «Yo sin embargo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced el bien a los que os odian, y orad por los que os maltratan y os persiguen» (Mt 5, 44).

Allan Kardec en El Evangelio según el Espiritismo, capítulo 12, ítem 3, hace comentarios sobre el mensaje de Jesús, diciendo: «Si el amor al prójimo es el principio de la caridad, amar a nuestros enemigos constituye su aplicación sublime, porque esa virtud es una de las mayores victorias alcanzadas sobre el egoísmo y el orgullo.

Para la Medicina constituye también, un gran progreso reconocer que el odio es un agente causante de enfermedades, y que la virtud en la práctica del Bien lleva a la harmonía vibratoria del alma, promoviendo la salud.

En su concepto clásico, el ser humano está formado de cuerpo y alma y debe ser considerado como un todo, una unidad biopsicoanímica.

Es verdad, aparte de cuerpo y alma, el organismo cuenta con otro constituyente muy importante, el periespíritu o cuerpo espiritual, que establece una unión entre ambos, y después de la muerte del cuerpo, se mantiene unido al espíritu.

Todos los acontecimientos, que ocurren durante la vida, son llevados por las neuronas sensitivas hacia el córtex cerebral, donde son registrados e igualmente transmitidos al periespíritu, y se suman a las impresiones que ya existían en vidas pasadas.

Se sabe que el alma comanda la vida humana y, siendo el pensamiento un atributo de la misma, viendo que es el alma quien piensa, se comprende que el pensamiento constituye el recurso del que ella dispone para manifestarse y, a través de los medios disponibles, dirigir todas las actividades humanas.

El estudio de los disturbios que pueden estar relacionados al alma, no constituyen una proposición para la Medicina, sino una contribución científica, indicando la necesidad de alargar la visión en el campo de la patología humana, dando a entender que el ser humano está formado de cuerpo y alma, siendo el alma un constituyente muy importante, que participa activamente en todos los actos de la vida. Y como existen disturbios del cuerpo, existen otros relativos al alma.

Muchas veces, el ser humano se envuelve en las telas de sus propios pensamientos negativos, que actúan como tóxicos invisibles sobre el sistema orgánico, causando diferentes formas de perturbaciones, tanto del cuerpo como del alma, como afirma André Luiz, en el libro En el Mundo Mayor: «Ante la realidad, por tanto, somos compelidos a concluir que, si existen múltiples enfermedades para las desarmonías del cuerpo, otras existen para los desvíos del alma».

El insigne autor espiritual complementa sus explicaciones en el mismo libro diciendo: «Millones de hermanos nuestros, se conservan, semilocos, en los hogares o en las instituciones; son los compañeros incapaces de consagrarse y de renunciar, de sumergiéndose, poco a poco, en el oscuro túnel de las alucinaciones... Con la mente desvariada, fija en el socavón de la subconsciencia, se pierden en el campo de los automatismos inferiores, obstinándose en conservar deprimentes estados psíquicos. Los celos, la insatisfacción, la falta de entendimiento, la incontinencia y la liviandad arrastran terribles fenómenos de desequilibrio».

El mal uso del pensamiento puede ser responsable de los desequilibrios del alma que se presentan, en un inicio, aparentemente sin gravedad, como nerviosismo, insatisfacción, descontento, depresión, perdida de sueño, que van poco a poco transformándose en disturbios mentales más serios, que exigen tratamientos prolongados, con resultados casi siempre poco satisfactorios..En el estudio de la etiopatología de las enfermedades del alma, se puede apreciar que la propia persona es la responsable de su sufrimiento, cuyas raíces se encuentran en la falta de control de la calidad de los pensamientos que pueden actuar directamente en la persona que los emite, o llevándolos a practicar el mal a sus semejantes.

Las enfermedades del alma pueden, igualmente, estar relacionadas a faltas ocurridas en existencias anteriores, constituyendo las enfermedades kármicas.

Los seres humanos deben comprender que, los designios de la vida, deben cambiarse enteramente hacia el Bien y, cuando se desvían de ese camino, tendrán que enfrentar, más tarde o temprano, las consecuencias de lo que sembraron.

Las acciones resultantes del odio, envidia, celos, calumnia, maledicencia, deshonestidad y otras parecidas, que el ser humano pueda practicar en la vida actual, o que haya practicado en existencias anteriores, constituyen una agresión a la ley, y forman una reserva mórbida que se fija en su estructura periespiritual, como una carga insidiosa y tóxica, que la criatura debe deshacerse, pues constituye una causa de sufrimiento, perjudicial a su salud y a su progreso espiritual.

De ese modo, siempre que el ser humano incurre en el camino del mal, traerá para sí mismo un impacto de consciencia que puede, inicialmente, pasar desapercibido, aunque por lo general, se manifiesta por estados de insatisfacción, temores, ansiedad, angustia, depresión, insomnio, que evolucionan hacia formas más serias de sufrimiento, dependiendo de la extensión de la falta cometida y del merecimiento de cada uno, ya que para faltas idénticas, practicadas por diferentes personas, hay apreciaciones diferentes, ya que la Justicia Divina puede conceder situaciones desiguales para idénticas faltas, de acuerdo con el mensaje del Evangelio cuando afirma: «Porque al que tiene, le será dado; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado» (Mc 4, 25).

El estado de los profesionales de la salud no puede mantenerse indiferente a los conocimientos que emergen de todos los rincones de la Tierra, relativos a la realidad del alma.

Y como dice André Luiz, hablando sobre los problemas de salud mental de los seres humanos en el libro En el Mundo Mayor: «Inquietantes cuadros mentales se pintan en la tierra, llevándonos a un engañoso servicio socorrista, a modo de limitar el círculo de infortunio y de pavor de los que se lanzan, incautos, a temerarias aventuras del sentimiento animalizado».

«No solucionaremos tan complejo problema del mundo simplemente a fuerza de intervención médica, aunque sea admirable la contribución de la Ciencia en el terreno de los efectos, sin alcanzar, con todo, la intimidad de las causas. La personalidad no es obra de la factoría interna de las glándulas, sino producto de la química mental».

Las faltas cometidas en vidas pasadas, y que no fueron resarcidas, pueden manifestarse como anormalidades que estarían presentes desde el nacimiento, o como males que achacan al ser humano en otras fases de la vida, y que, por ser de difícil solución, constituyen pruebas, o expiaciones, siendo las primeras hasta cierto punto soportables, mientras que las segundas, inmensamente penosas.

Por otro lado, las faltas cometidas en la vida actual y que no fueron debidamente resarcidas, causan áreas de congestión en la esfera mental, con producción de toxinas que son liberadas en la corriente sanguínea, alcanzando diferentes órganos, como el córtex cerebral, las glándulas suprarrenales, el estómago, el hígado, los intestinos, el sistema cardiocirculatorio, y que por la persistencia de la acción, causan diferentes modalidades de sufrimientos, siendo las manifestaciones iniciales las que ocurren en la esfera psíquica y emocional, como temores, angustias, ansiedad, depresión, insomnio, y cuyas acciones más profundas implican al sistema orgánico, con próstata, gastritis, ulcera gastroduodenal, cólicos intestinales, desequilibrios glandulares de las suprarrenales, páncreas, tiroides, disturbios cardiovasculares, como angina de pecho, hipertensión arterial, Infarto de miocardio.

En conclusión, somos llevados a pensar que, tanto la salud como la enfermedad, son resultados de la acción de los pensamientos. Cuando son rectos, positivos, generan la salud, la alegría y el bienestar, y cuando son negativos, como los de odio, envidia, celos, entre otros, causan enfermedades del alma que pueden manifestarse por síntomas orgánicos o psicoemocionales.

Y como que el alma es de naturaleza divina, los recursos para armonizar sus desequilibrios deben dirigirse hacia la cura espiritual, basada en el amor sin fronteras, en la fluidoterapia, en la oración y en la práctica de las buenas acciones.

El hecho del alma proyectar, en el cuerpo físico que le sirve de soporte para su existencia en el plano físico, las marcas resultantes de faltas cometidas, que pueden causar enfermedades y sufrimientos, no significa que sean suficientes para el resarcimiento de las mismas.

El sufrimiento puede incluso agravar los males resultantes de esas faltas, cuando es recibido con indignación, maldición, rabia, sin humildad, sin resignación, sin el firme propósito de vencer y, ciertamente, resarcir, por la reconciliación y por la práctica del bien, las faltas del pasado.

El sufrimiento puede volverse mensajero capaz de rectificar las propias faltas, cuando es recibido con buen ánimo, paciencia, resignación y humildad, pues representa una oportunidad para la meditación y de recogimiento interior, haciendo que la criatura pueda elevarse al Creador, comprendiendo que entre el bien el mal solo el Amor promueve la verdadera vida, la salud y la alegría de vivir.

El dolor y el sufrimiento significan una oportunidad para mostrar al ser humano sus posibles faltas, que pueden ser corregidas, induciéndolo al camino de su perfeccionamiento. Pueden, así, ser considerados instructores de la propia vida, dando al alma momentos de singular elevación a Dios, evidenciando su naturaleza divina y la necesidad de ser humilde delante de sus semejantes y desprendido delante de los bienes materiales.

En el estado actual de la evolución de los seres humanos, existen muchas personas con poco desarrollo espiritual, predispuestas a cometer acciones perjudiciales a sí mismas y a los semejantes.

De esas acciones, resultarán los disturbios de la colectividad y consecuentemente sufrimiento para las personas que así procedieron, indicando que las enfermedades del alma, reflejando el estado de evolución de los seres humanos, todavía constituyen un serio problema de Salud Pública para la humanidad.

La autoterapia espiritual, centrada en la consciencia, es un excelente método para la realización de la cura de enfermedades del alma, y subentiende la renovación íntima del ser.

No consiste en una acción superficial sino de transformación, que debe realizarse en lo íntimo de cada uno, a través de su compromiso integral con el Bien, de su reforma íntima, como enseña el Evangelio cuando afirma: «Y nadie echa remiendo de paño recio en vestido viejo; porque el tal remiendo tira del vestido, y se hace peor la rotura» (Mt 9, 16).

Las enfermedades que para la Medicina tradicional reciben diferentes denominaciones expresan, fundamentalmente, imperfecciones del alma, como afirma Joaquín Murtinho, Espíritu, en el libro Hablando a la Tierra: «Si el hombre comprendiese que la salud del cuerpo es reflejo de la harmonía espiritual, y si pudiese alcanzar la complejidad de los fenómenos íntimos que lo aguardan después de la muerte, de cierto se consagraría a la vida simple, con el trabajo activo y la fraternidad legítima a través de normas de verdadera felicidad».

La reforma íntima puede iniciarse rápidamente, pero solo se vuelve realidad con la transformación integral del ser humano.

Es necesario que todos los seres participen de ese proceso, para la renovación de los propósitos, a través del fortalecimiento de la fe, por la oración, por la meditación, por la aceptación, por la humildad, por la elevación íntima a un plano de vida llena y por la práctica de la caridad sin límites.

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