Los secretos de la atlantida




descargar 388.89 Kb.
títuloLos secretos de la atlantida
página15/15
fecha de publicación19.12.2015
tamaño388.89 Kb.
tipoDocumentos
med.se-todo.com > Biología > Documentos
1   ...   7   8   9   10   11   12   13   14   15
Su influencia sobre nuestra vida sería más intensa de lo que cabe imaginar. La prueba de un cataclismo geológico que, de modo súbito, destruyera la Atlántida exigirá la introducción de ajustes en nuestras ideas científicas y nos hará admitir la posibilidad de bruscas catástrofes a una escala planetaria. La Historia, en que tantos capítulos faltan, podrá trazar al fin un cuadro exacto de la evolución humana. Nuestros sociólogos descubrirán los sistemas sociales y económicos del mundo anterior al cataclismo y podrán estudiar su desarrollo, cosa de inapreciable valor para los que quieren formarse un juicio sobre los conflictos de las ideologías modernas. Instrumentos de maquinaria arcaica construidos conforme a principios que ignoramos podrían encauzar a nuestra ciencia por nuevos caminos. Las creencias de una raza desaparecida nos harán comprender el desarrollo de la consciencia humana. El descubrimiento de un mundo desconocido en el tiempo podría ser equivalente al descubrimiento de un mundo habitado en el espacio. Uno y otro transtornarían violentamente todas nuestras nociones.
Poniendo en duda ciertas opiniones generalmente aceptadas del pasado, se ha llegado a veces a grandes revelaciones. Roger Bacon diagnosticó perfectamente las causas de los errores humanos al escribir en su Opus Majus:.,
«Pues toda persona, en todas las condiciones de la Vida, llega a las mismas conclusiones, aplicadas a losestudios y a toda forma de investigación, por medio de tres argumentos, cada uno peor que el otro: Éste es un modelo establecido por nuestros mayores; esta es la costumbre, esta es la creencia popular; debemos, en consecuencia, atenernos a ello.»
A semejanza de nuestros predecesores, nosotros continuamos viviendo en una sociedad mentalmente condicionada en la que todo abandono de un modo de pensamiento reconocido es considerado como una rebelión contra los ídolos de nuestro tiempo. Pero millares y millares de personas comienzan hoy a pensar por sí mismas. Para ellas, este libro representará algo más que una ficción.
Esperemos, pues, el advenimiento de esa época de progreso científico, el más revolucionario de todos los descubrimientos arqueológicos; el de los tesoros de la Atlántida.

AUTORIDADES, ANÉCDOTAS, ATLÁNTIDA

Algunos espíritus críticos nos dicen a menudo: «Necesitamos más hechos.» Pero no debe olvidarse que la simple acumulación de hechos no basta: no somos coleccionistas de sellos. Lo que importa es la valoración de los hechos y la aplicación práctica de nuestro saber.
Esta obra presenta un cierto número de teorías. Sugerimos que la Atlántida fue destruida por un cataclismo mundial. Hemos emitido la hipótesis de que filósofos y sabios disconformes con la política guerrera de los dirigentes de la Atlántida pudieron retirarse a regiones inaccesibles de nuestra Tierra, para vivir en ellas aislados y protegidos.
Cuando, después del desastre planetario, los elementos se calmaron, cuando las plantas y los animales reaparecieron sobre la Tierra, surgieron «semidioses» para contribuir a la rehabilitación de la raza humana. Ésta fue la edad de oro, la edad de los héroes y de los portadores de cultura, la edad en que los dioses transitaban sobre la Tierra.
Deseosos de demostrar la existencia de una civilización arcaica, ignorada por los historiadores, hemos enumerado una serie de hechos que atestiguan la existencia de una ciencia prehistórica. Luego, fundándonos en la mitología y en los datos de la historia antigua, hemos formulado una hipótesis, según la cual los atlantes habían instalado en secretos museos y bibliotecas subterráneas antes del gran Diluvio.

A pesar de nuestro cuidado, probablemente no hemospodido evitar errores de escasa entidad. Nos serán perdonados el día en que se encuentren esos museos antediluvianos, lo cual podría acaecer en el transcurso de nuestro siglo. Entonces será definitivamente admitida nuestra tesis principal, la existencia de una elevada civilización hace miles de años.
Mientras una teoría no se ve confirmada por pruebas absolutas, son sólo los especialistas quienes deciden acerca de su valor. Pero, ¿tienen siempre razón los eruditos? La ruta del pasado está llena de fragmentos de ídolos derribados.
Son numerosos los casos históricos en que la verdad se vio temporalmente eclipsada por errores, reconocidos como tales siglos más tarde. Según Diógenes Laercio, Bión de Abdera, siglo ni a. de JC, aseguraba conocer «países en que el día duraba seis meses, y la noche otros seis meses». Esta antigua noción de la inclinación del eje terrestre, responsable de las estaciones y los climas, fue olvidada desde el comienzo de la Edad Media. Una obra de Firmiano Lactancio (260-340 d. de Jesucristo) titulada La doctrina herética de una forma esférica de la Tierra sería publicada cinco siglos después de Bión de Abdera. Constituye una muestra típica de la decadencia del saber en esa época:,
«¿Es posible que haya hombres tan estúpidos como para creer en la existencia de cosechas y de árboles en el otro lado de la Tierra, suspendidos hacia abajo, y para admitir que los seres vivos caminen por él llevando los pies a mayor altura que la cabeza?»
El autor de este capítulo, escrito en Australia, tenía allí, efectivamente, «los pies a mayor altura que la cabeza», pero, contrariamente a la opinión de Lactancio, no experimentó por ello la menor incomodidad.

Las más altas autoridades son a veces culpables de compartiropiniones erróneas. La historia del descubrimiento de América nos depara un ejemplo típico de ello. Cuando Colón emprendió la búsqueda de los fondos necesarios para su viaje, tropezó con la oposición de los sabios contemporáneos. Según su hijo Fernando:.
«Algunos razonaban del modo siguiente. Durante los millares de años transcurridos desde que Dios creó el mundo, esas tierras han permanecido desconocidas para innumerables hombres sabios o expertos en navegación. Sería, pues, absolutamente improbable que el Almirante supiera de ellas más que todas las demás gentes, en el pasado y en el presente.» (12)
Pero, efectivamente, Cristóbal Colón sabía másf ño compartía los prejuicios de sus contemporáneos, tenía el valor de pensar con completa independencia.
Para demostrar que no hay seres infalibles y que las autoridades han caído con frecuencia en el error, detengámonos en el caso de Leonardo da Vinci. Cuando este gran hombre propuso construir su «vehículo aéreo», los sabios lo acogieron con escepticismo. El Discurso sobre la imposibilidad de vuelos mecánicos, escrito en 1613 por Tito Ticinelli, contiene los argumentos siguientes:.
«He decidido proceder a la refutación de otro error, ampliamente extendido, según el cual sería posible para el hombre, en los siglos futuros, volar por medios mecánicos. Leonardo da Vinci querría hacernos creer que reuniendo un montón de materiales en una especie de carro aéreo, el hombre que se apodere de él (o que en él se instale) no descenderá al suelo, sino que tomaráel vuelo para planear. No soy un hombre particularmente obstinado, pero afirmo que ningún lector en posesión de su sano juicio aceptará el razonamiento de Leonardo.»
En nuestra época de los aviones a reacción, no nos queda sino sonreír ante este razonamiento del pobre Ticinelli.
Cuando Galileo construyó su telescopio y se puso a escrutar las profundidades del cielo, Francesco Sizzi, astrónomo florentino, fue invitado a unirse a él para observar los satélites de Júpiter. El sabio se negó a mirar por el telescopio, dando las razones siguientes: «Los satélites de Júpiter son invisibles a simple vista y, por ello, no pueden ejercer una influencia sobre la Tierra; serían, pues, inútiles, por lo que, en consecuencia, no existen (69).» Sizzi afirmaba temer los descubrimientos de Galileo porque destruirían su magnífico sistema de cosmogonía. Quería decir que «un hecho muy feo puede destruir una bella teoría».
La Iglesia abundaba en las ideas de Francesco Sizzi, y en 1615 Galileo Galilei fue denunciado a la Inquisición como secuaz de la «herejía» de Copérnico, La condena pronunciada contra él {Índice, 1633) expresa:
«Afirmar que el Sol, inmóvil y sin movimiento local, bcupa el centro del mundo, es una proposición absurda, falsa en filosofía y, además, herética, puesto que es contraria al testimonio de las Escrituras. Es igualmente absurdo y falso decir en filosofía que la Tierra no se halla inmóvil en el centro del mundo, y una tal proposición, considerada desde el punto de vista teológico, constituye, por lo menos, un error de fe.»

Como la Iglesia de antaño, nuestra jerarquía científica contemporánea habría querido ser infalible; pero los sabios olvidan que también ellos pueden equivocarse. Cuando, en 1878, Bouilland presentó el fonógrafo Edison en la Academia de Ciencias de París, fue acusado por su distinguido colega Du Moncel de ser ventrílocuo. Los académicos franceses se negaron incluso a oír las explicaciones del mecanismo del nuevo instrumento, pero declararon que Bouilland y Edison eran unos impostores.
Lavoisier, pilar de la ciencia en el siglo de las luces, creía haber demostrado la inexistencia de los meteoritos sirviéndose de la sencilla fórmula siguiente: «Es imposible que caigan piedras del cielo porque en el cielo no hay piedras.»
En un discurso pronunciado en 1838 ante la «British As-sociation», el doctor Lardner declaraba: «¡Los hombres podrían hacer cualquier proyecto: imaginar un viaje a la Luna e incluso la navegación a vapor a través del Atlántico Norte!» ¿Qué debemos pensar de ello hoy, cuando paquebotes soberbios atraviesan diariamente el Océano y el hombre se ha posado ya en la Luna?
Cuvier (1769-1832), uno de los más grandes naturalistas franceses, dijo un día: «Jamás han existido sobre la Tierra hombres prehistóricos físicamente distintos de los de hoy.»
En 1875, el director de la Oficina de Patentes de los Estados Unidos presentó su dimisión, explicando que no le quedaba ya nada que hacer porque todo se había inventado ya. ¡He ahí un cómico ejemplo de las limitaciones de la inteligencia humana!

Cuando don Marcelino de Santuola presentó al congreso internacional de arqueólogos de Lisboa de 1880 su descubrimiento de las pinturas rupestres de Altamira, los hombres de ciencia le acusaron de falsedad. Él hizo notar que ningún artista español contemporáneo sería capaz de representar de una manera tan realista razas animales ya extinguidas; este argumento no produjo la menor impresión. Hoy sabemosnosotros hasta qué punto se equivocaba aquel congreso de sabios.
Al oír hablar de la invención del teléfono por un americano, el físico británico P. G. Tait (1831-1901) exclamó: «Es una patraña, pues semejante invento es imposible.»
El profesor Simón Newcomb, eminente astrónomo americano, declaraba con tono terminante, en 1903, que era imposible volar sobre máquinas más pesadas que el aire:.
«La demostración del hecho de que ninguna combinación posible de sustancias, instrumentos y formas de fuerza conocidas podrían ser reunidas en una máquina práctica que permitiera a los hombres recorrer largas distancias a través de los aires, me parece tan convincente, tan completa, como toda otra demostración de un hecho físico real.»
Afortunadamente para la posteridad, los hermanos Wright no se tomaron en serio las alegaciones de este sabio y acabaron por construir un avión. Resulta verdaderamente increíble que a principios de nuestro siglo xx hayan existido gentes que tomaron por modelo a un Ticinelli. Pero nuestro americano no era el único...
En 1926, el profesor A. W. Bickerton declaraba que la idea de lanzar un cohete hacia la Luna no era más que una estupidez, imposible de realizar. Después, los diversos «Apolos» nos han demostrado lo contrario.
En 1935, el americano F. R. Moulton, conocido astrónomo, escribía aún que el hombre no tenía la menor posibilidad de viajar por el espacio.

El doctor Richard van der Riet Wooley, antiguo astrónomo real, compartía sin duda el obtuso escepticismo de Moulton cuando, en enero de 1957, hacía notar que el viaje cósmico era «una completa paparrucha». Ocho meses después, el «Spútnik I»se situaba en órbita alrededor de la Tiemü
Hasta 1938, no había sabios que pudieran envanecerse de haber observado en el océano Indico un celacanto vivo. La razón era sencilla: este pez prehistórico estaba considerado como desaparecido desde hacía 75 millones de años. Pero en 1938 y, luego, entre 1952 y 1955, este ser fantástico fue capturado y estudiado por los sabios.
Teniendo en cuenta estas anécdotas históricas, ¿podemos tomar en serio el escepticismo de que han dado pruebas ciertos sabios? ¿No deberíamos, más bien, aceptar la regla siguiente, propuesta por Arthur C. Clarke, experto británico en exploraciones del espacio?:.
«Cuando un sabio ilustre, pero de cierta edad, declara que tal o tal cosa es posible, debe, ciertamente, de tener razón. Pero cuando afirma que tal otra cosa es imposible, probablemente está equivocado.» (70)
Con sus errores cometidos en el transcurso de los siglos, las autoridades científicas parecen haber demostrado su semejanza con un ciego guiando a otro ciego.
El progreso científico se ha visto grandemente obstaculizado por la postura negativa y exageradamente conservadora en un terreno del que se halla particularmente fuera de lugar: el de las nuevas investigaciones. Una actitud conservadora que nos arrastra al pasado es incompatible con un movimiento dirigido hacia el futuro. Todo se hace posible a su tiempo: lo imposible de hoy será la realidad de mañana. Una dialéctica valerosa nos conducirá inevitablemente a grandes descubrimientos en el futuro.
Entretanto, la teoría de las «cápsulas del tiempo» atlantes obtendrá, muy probablemente, por parte de nuestros sabios la misma acogida que la idea de la evolución, el fonógrafo, elteléfono, el avión y el cohete espacial recibieron de sus predecesores.
En nuestra época de reacciones en cadena en el campo de la ciencia, los conocimientos humanos se enriquecerán en el curso de los quince próximos años tanto como durante toda la historia precedente. Es la estimación hecha por A. I. Berg, miembro de la Academia de Ciencias de la URSS *. Tal vez no tengamos que esperar al final del siglo para que acabe confirmándose la hipótesis de la Atlántida.

•   Sovietskaia Rossia, 19 de octubre de 1967.

EPÍLOGO

Hace años, un joven se detenía ante la estatua de Quetzal-coatí, en México, y reflexionaba sobre los lazos que unían a este héroe con la civilización de la legendaria Atlántida.
Más tarde, frecuentó las bibliotecas de Los Angeles y de Hollywood, estudiando en ellas las crónicas de los conquistadores y las leyendas de los indios de América.
En el Japón, este hombre tuvo noticia de la existencia de un mito según el cual la Tierra estuvo en otro tiempo unida al cielo por un puente, y esto le hizo pensar en viajes prehistóricos a través del espacio.
Los taoístas chinos le hablaron del lugar en que moran «los inmortales del Oeste» y de «Shambhala, la ciudad de los hombres de las estrellas».
En Australia, se le informó sobre «el tiempo de los sueños», época lejana en que la Humanidad mantenía relaciones con seres celestes.
Posteriormente, vislumbró en la frontera del Tibet el poderoso monte Kanchenjunga, conocido por el nombre de los «Cinco Tesoros sagrados de la Gran Nieve», en el que riquezas secretas yacerían depositadas desde tiempos inmemoriales.
En la India, tuvo ocasión de admirar la cordillera del Hi-malaya y de escuchar las leyendas que hablaban de palacios subterráneos y de los preciosos escondites de los nagas, que evocaban serpientes voladoras y sus brillantes lámparas, que utilizaban para iluminar sus cámaras subterráneas.
16 — 2.926

Nuestro hombre ha vivido en el Himalaya, en el pueblo de Manali, fundado, según las escrituras brahmánicas, por aquel Manú que salvó a sus sabios en una embarcación en el momento del gran Diluvio. Ha explorado luego la pirámide de Kufu y ha interrogado a la Esfinge, esperando obtener una respuesta a su antiguo enigma.
En Austria, ha intentado resolver el misterio del cubo de acero pulido hallado en una capa de carbón de varios millones de años de antigüedad.
En París, cerca de la plaza de la Bastilla, en la Biblioteca del Arsenal, ha hojeado los volúmenes de VAstronome du Roí, escrito en el siglo xvín por Jean-Sylvain Bailly. En el Louvre, ha encontrado el antiguo zodíaco egipcio de Dendera.
En Londres, en la sala de lectura del Museo Británico, se ha sumido en el estudio de innumerables libros y manuscritos consagrados al mundo antiguo.
Y, para terminar, ha efectuado investigaciones en la gran Biblioteca Lenin de Moscú; ha visitado en Leningrado el Museo del Ermitage y ha sostenido apasionantes entrevistas con sabios y escritores rusos.
El hombre de que se trata es el autor de este libro.
1   ...   7   8   9   10   11   12   13   14   15

similar:

Los secretos de la atlantida iconAbre el libro de los secretos

Los secretos de la atlantida iconLos secretos del club bilderberg

Los secretos de la atlantida iconLos secretos del club bilderberg

Los secretos de la atlantida iconLa educación en finlandia: los secretos de un éxito excepcional…

Los secretos de la atlantida iconSubject: Los Secretos más Sensuales Revelados: Tiempo de Ponerte Seria sobre tu Piel

Los secretos de la atlantida iconSamael aun weor segunda edición colombia la atlántida

Los secretos de la atlantida iconLas voces del desierto mensajes y secretos de los últimos sabios de la tierra marlo morgan

Los secretos de la atlantida icon5 Secretos Que Las

Los secretos de la atlantida iconCÓdigos secretos de tzar lista oficial

Los secretos de la atlantida iconRosario – Argentina
«entes espirituales» altamente evolucionados y, a través de ellos, reveló muchos secretos de la vida y de la muerte. En pocos y breves...


Medicina



Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
med.se-todo.com