Los secretos de la atlantida




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El zodíaco de Dendera (Egipto) comienza, curiosamente, con el signo de Leo en el equinoccio de primavera. Abarca un período que se extiende desde 10950 hasta 8800 a. de C, época en que, según Platón, la Atlántida fue sumergida  por  las aguas.  (Clisé  Giraudon.)

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Los textos sagrados, los mitos y el folklore de todos los países mencionan el gran diluvio que anegó la Tierra en una época remota. Este cuadro de Bruni representando el Diluvio se conserva en la catedral de san Isaac, en Leningrado. (Foto A.P.N.)

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Este misterioso bajorrelieve sobreun   sarcófago de Palenque (México) puede ser interpretado como os mandos de un avión o de un cohete. Época maya.  (Reprodula representación de un piloto ante cido con autorización del  periódico Noir et Blanc, París)

Quetzalcoatl, ¿el  enviado divino que trajo a  la Tierra  la civilización  maya, o un cosmonauta tocado con un casco espacial? (Foto Jean Bottin.)

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Huella de un zapato hallada en una capa calcárea de Nevada, y que pertenece a una época anterior a la aparición del hombre. (En The Children of mu. por James Churchward. Ivés Washburn, 1931.)

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¿Quién pudo dejar en la greda del desierto de Gobi esta huella que data de hace varios millones de años y que semeja, no obstante, la pisada de una suela?  (Foto publicada en la revista soviética Smena.  1961.)

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Los marcianos», fresco rupestre pintado hace unos nueve mil años en una roca de Tassili  (Sahara). (Foto, M. Hétier.)

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«Los seres sin boca», pintura prehistórica descubierta en la región de Kirrv berley (Australia). ¿Se trata de astronautas cubiertos con su traje espacial? (Foto, Mitchell Library, Sydney.

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En el siglo XVI, los conquistadores españoles descubrieron este «Candelabro de los Andes», que, según Beltrán García, podría ser un gigantesco sismógrafo construido en la época de la civilización preincaica. (Colección Bert Charroux.)

En sus Caminatas por las Américas, L. Taylor Hansen habla de un matrimonio americano que, hace varios años, sobrevolaba la jungla del Yucatán en su avión particular. Habiéndose quedado sin gasolina, se vieron obligados a aterrizar en la jungla, donde se encontraron ante una ciudad secreta maya, camuflada para resultar invisible desde el aire.
Estos mayas viven en todo su antiguo esplendor, completamente aislados del mundo exterior, a fin de poder conservar su antigua civilización, que, indiscutiblemente, tiene su origen en la Atlántida. Los americanos fueron obligados a no revelar el emplazamiento de la ciudad. Después de haber permanecido en ella cierto tiempo, regresaron a los Estados Unidos con una opinión muy elevada del nivel moral e intelectual de aquellos habitantes secretos de México.
En sus Incidentes de viaje por América Central, Chiapas y Yucatán, J. L. Stephens, afamado arqueólogo americano, menciona el relato de un sacerdote español que, en 1838-1839, vio en las alturas de la cordillera de los Andes una gran ciudad extendida sobre un vasto espacio, con sus torres blancas que centelleaban al sol. La tradición afirma «que ningún hombre blanco ha podido penetrar jamás en esta cuidad; que sus habitantes hablan la lengua maya y saben que los extranjeros conquistaron todo su país; asesinan a todo hombre blanco que intente entrar en su territorio. No conocen la moneda, ni poseen caballos, ganado, mulos ni ningún otro animal doméstico».
Los conquistadores españoles tuvieron noticia de la tradición azteca referente a puestos avanzados ocultos en la jungla y provistos de depósitos de víveres y de tesoros: en el momento en que los invasores desembarcaron en México, la existencia de estas bases de reservas estaba casi olvidada. Verrill escribe: «El hecho de que no se haya descubierto jamás una de estas ciudades perdidas, en manera alguna demuestra que jamás hayan existido o que no existan hoy (28).»
Los indios quechuas de Perú y Bolivia sostienen que existe en los Andes una vasta red subterránea. Teniendo en cuenta los extraordinarios resultados obtenidos por los constructores de la época preincaica, podría haber algo de verdad en estos relatos.
El coronel P. H. Fawcett, muerto en la jungla, sacrificó su vida a la búsqueda de una ciudad perdida que, en su opinión, hubiera demostrado la realidad de la Atlántida. Aseguraba haber descubierto en América del Sur las ruinas de una ciudad así.
Todas estas leyendas de ciudades perdidas, de montañas sagradas, de catacumbas y de valles inaccesibles deberían ser estudiadas sin ninguna opinión preconcebida: podrían conducirnos al descubrimiento de colonias habitadas por descendientes de la Atlántida, o incluso por razas más antiguas aún.

CUANDO LOS DIOSES VIVÍAN ENTRE LOS HOMBRES

LOS SEMIDIOSES EN LA HISTORIA
En las Metamorfosis, de Ovidio, puede leerse que, cuando el fango del gran Diluvio se secó, la tierra vio surgir nuevas y extrañas formas de vida, al tiempo que sobrevivían algunas de las formas antiguas.
Platón se refiere a la tradición de los sacerdotes egipcios, según la cual se habían producido en el pasado numerosas y devastadoras catástrofes. Los Sabios del valle del Nilo decían que la memoria de esos cataclismos se había desvanecido, ya que gran número de generaciones supervivientes habían desaparecido sin haber tenido la posibilidad de dejar huellas escritas.

Teniendo en cuenta la amplitud universal del desastre atlante, es preciso admitir que la actividad volcánica continuó durante numerosos siglos. Mientras la tierra sumergida por las aguas no se secara lo suficiente como para admitir vegetación, no podía existir en ella vida humana ni animal. Los supervivientes de la Atlántida se habían dispersado por todo el mundo. El centro de la cultura, los elementos de la civilización, se habían extinguido. En ausencia de toda escritura en las primitivas condiciones impuestas por la catástrofe, el recuerdo de un poderoso imperio destruido por el fuego y las aguas sólo pudo perpetuarse por medio de la tradición oral. Ahí radica el origen de todos los mitos. Transmitidos de generacion en generación, ciertos hechos fueron olvidados o deformados. Tan sólo con el redescubrimiento de la escritura pudieron preservarse las leyendas de una manera permanente inscribiéndolas en tablillas o papiros.
El folklore ha inmortalizado a los seres divinos que, después del Diluvio, llevaron de nuevo la civilización a la Humanidad. Estos portadores de la antorcha implantaron el culto al Sol. Maestros bienhechores enseñaron a los hombres la astronomía, la agricultura, la arquitectura, la medicina y la reli gión. Las tablillas babilonias de arcilla nos hablan de estos seres descendidos del cielo: «Vino luego el Diluvio, y, después del Diluvio, la realeza descendió de nuevo de los cielos.»
Los cronistas de Sumer nos han legado sus listas de reyes que reinaron después del Diluvio. La Historia no concede crédito a esas listas, porque algunos reyes están señalados como «dioses» o «semidioses». Por otra parte, el período durante el cual gobernó la I dinastía después del Diluvio está cifrado en la inverosímil duración de 24.150 años.
Hasta el siglo xx, los arqueólogos no disponían de un solo documento que demostrara la existencia de reyes de Babilonia con anterioridad a la VIII dinastía. Luego, Sir Leonard Woo-lley descubrió en el monte ATUbaid, cerca de Ur, un antiguo templo dedicado a la diosa de Nin-Karsag. Entre las reliquias figuraba un rosario de oro que llevaba grabado el nombre de A-anni-pad-da. Más tarde, se encontró una tablilla que hablaba de la fundación del templo. Confirmaba, en escritura cuneiforme, que el templo había sido erigido por A-anni-pad-da, rey de Ur, hijo del rey Mes-anni-pad-da.
Ahora bien, Mes-anni-pad-da era el fundador de la III dinastía después del Diluvio, según la lista sumeria de soberanos, y se le consideraba hasta entonces como una personalidad legendaria. Esto nos demuestra que no siempre es aconsejable rechazar como fábulas ciertas leyendas. En el caso presente, encontramos allí una indicación directa del cataclismo y de las «dinastías divinas» que contribuyeron a la reeducación de la Humanidad.
Según Eupolemo (siglo n a. de JC), la ciudad de Babilonia debe su origen a los hombres que se salvaron del Diluvio. Los reyes de Sumer estaban considerados como los descendientes de éstos, y enviados por los «dioses» para reeducar a la raza humana. El primero de tales reyes divinos era Dungi, hijo de la diosa Ninsun (29).
V. A. Obrutchev, miembro de la Academia de Ciencias de la URSS, opina que los supervivientes del cataclismo llevaron la antorcha de las luces a todos los continentes. Su escuela de pensamiento científico define a la civilización desaparecida como «cultura madre».
Los seres superiores que llevaron nuevamente a la Humanidad a la civilización después de la desaparición de la Atlántida recibieron generalmente honores divinos. Los incas, así como los antiguos soberanos de Egipto, eran venerados como Hijos del Sol.
Heródoto indica claramente que Egipto fue gobernado por «dioses» que vivían entre los hombres. Según él, Horus, que venció a Tifón, fue el último dios que ocupó el trono de Egipto.
Cuando se dieron todas las condiciones para que el hombre pudiera actuar de nuevo sobre la Tierra, se asistió a la aparición de héroes. Dionisos, descendiente de Poseidón, rey de la Atlántida, recorrió el mundo entero enseñando la agricultura y la moral a los pueblos primitivos. El papiro de Turín afirma que el establecimiento de una dinastía de semidioses en Egipto se produjo en el año 9850 a. de JC.
Jean Bailly, sabio francés del siglo xvm, suscita una oportuna cuestión en su monumental Historia de la astronomía:.

«¿Qué son, en definitiva, todos esos reinos de Devas (indios), o de Peris (persas), o esos reinos de las leyendas chinas: esos Tien-Hoang o reyes de los Cielos, coi* pletamente distintos de los Ti-Hoang, o reyes de la Tierra, y los Gin-hoang, hombres reyes, distinciones que concuerdan a la perfección con las de griegos y egipcios en sus enumeraciones de las dinastías de dioses, semi-dioses y mortales? (30)»
Las tradiciones concernientes a los dioses y los semidioses tienen un carácter universal y permanente; aunque con frecuencia acompañadas de superstición, deben ser consideradas como vagas evocaciones de tiempos antiguos en que hombres representantes de una elevada civilización precedente sirvieron de guías a los supervivientes del cataclismo.

LOS PORTADORES DE LA ANTORCHA DE LA CIVILIZACIÓN
Existe en el Libro de tos Muertos una evocación de Thot, dios de las Letras y las Ciencias. Había nacido en un lejano país del Oeste, en una ciudad situada a orillas del mar, con dos volcanes activos en sus proximidades. Un día, algo extraordinario tuvo lugar en el país de Thot. El sol se oscureció, y los propios dioses se sintieron aterrorizados; pero el sabio Thot les ayudó a escapar de los lugares amenazados en dirección a un país oriental, al que llegaron atravesando las aguas. Al leer estos pasajes de un antiguo libro egipcio, uno no puede por menos de pensar en la Atlántida.
L. Filipoff, astrónomo del Observatorio de Argel, ha descubierto nuevos datos en un viejo texto conservado hasta nuestros días en una pirámide de las dinastías V y VI. Como el dios Thot estaba ligado al signo zodiacal de Cáncer, el sabio concluye que la llegada a Egipto de este portador de la civilización debió de producirse cuando el equinoccio vernal estaba en Cáncer, o sea, hacia 7256 a. de JC.
Se cuenta que el dios Hermes, a menudo identificado con Thot, sintió tanta compasión hacia una raza que vivía sin conocer las leyes que le enseñó la ciencia y la religión, las artes y la música, y, después, subió al cielo. Hermes enseñó a los hombres a escribir sus pensamientos, observar las estrellas, tocar la lira, curar el cuerpo y fundir los metales. Hermes, 5 Mercurio, hijo de Zeus y de Maya, era el mensajero celeste de los dioses; él inculcó a los hombres la noción de los seres divinos. De hecho, el nombre de Hermes significa en griego «el intérprete». Nieto de Atlas, era de ascendencia atlante.
Se representaba habitualmente a Mercurio, o Hermes, calzado con sandalias aladas, un pequeño casco alado en la cabeza y en la mano un caduceo, bastón con alas y serpientes, emblema de su misión de emisario de las potencias celestes-Antes de abandonar la Tierra para subir de nuevo a las estrellas, Hermes legó a la Humanidad sus Tablas de Esmeralda, en las que puede leerse:.
«Lo que está arriba es idéntico a lo que está abajo, y lo que está abajo es idéntico a lo que está arriba, para realizar las maravillas del Ünico.»
Los descubrimientos de la ciencia moderna en los campos de la biología, la astronomía y la física nuclear nos han demostrado la similitud entre lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande; nos demuestran, así, la verdad de la ley de Hermes. Las Tablas de Esmeralda contienen también el pasaje siguiente:.
«Puesto que todas las cosas deben su existencia a la Voluntad del Ünico, todas las cosas tienen su origen en la Cosa Ünica.»
Esta sentencia resume perfectamente la doctrina de la ciencia moderna concerniente a la unidad de la materia. En este antiguo documento pueden advertirse también dos alusiones a los rayos cósmicos, a la energía atómica y a sus peligros.
Jámblico (siglo iv d. de JC.) y Clemente de Alejandría (siglo n) hablan en sus escritos de los cuarenta y dos libros sagrados de los sacerdotes egipcios. Al mostrar estos rollos a Jámblico, se le explicó que su autor era Thot (Hermes). Treinta y seis de ellos contenían la historia de todos los conocimientos humanos, mientras que seis trataban de medicina y de cirugía. Algunos egiptólogos sustentan la opinión de que el papiro llamado de Ebers podría ser un fragmento de esas obras perdidas de Hermes.
Orfeo, hijo de Apolo, fue otro ser divino que llevó a los antiguos griegos la antorcha de la cultura. Era un gran vidente, músico, mago y filósofo. Enseñaba que la materia existía desde toda la eternidad y contenía el principio de todo lo existente. Sorprende encontrar en el alba de la Historia concepciones tan profundas. Pero el asombro es aún mayor cuando se oye a Orfeo hablar de otros mundos. Se dice, de hecho, que fue el primero en considerar la probabilidad de vida en las estrellas (31). No se puede comprender cómo habría podido concebir Orfeo esta inmensa idea de planetas habitados, a menos que se admita la realidad de una herencia cultural transmitida por la Atlántida.
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