Los secretos de la atlantida




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Es muy probable que los antiguos misterios sirvieran de guardianes a esta ciencia secreta. Los misterios aseguraban tener el conocimiento de «seres celestes». En su cuarta égloga, Virgilio evoca una profecía relativa a su regreso del reino de los cielos.
En la India existe el recuerdo de una Edad en que los hombres podían hablar con los dioses. Tal vez fuera en esa época cuando unos visitantes divinos mencionaron ante los brahmanes la vida en el cosmos. Si no, ¿cómo habrían podido escribir los sabios, que escribieron los Vedas, que «existe vida en otros cuerpos celestes muy distantes de la Tierra»?

LOS ANFIBIOS TRAEN LA CIENCIA
Resulta difícil explicar el espectacular acceso de los súmenos, tras milenios de vida bárbara, a una época brillante si se rechaza el mito que nos habla de misteriosos seres llegados para implantar la civilización.
La tradición de Babilonia evoca visitas regulares efectuadas por los dioses para enseñar a los hombres las ciencias y las artes. Uno de esos misteriosos seres era Oanes, el dios-pez.
Beroso, sacerdote caldeo que vivió en la época de Alejandro el Magno, nos ha legado un excelente relato de las actividades de Oanes y sus compañeros. Este hombre sabio cuenta que en la antigua Babilonia las gentes vivían como animales salvajes. Pero de las aguas del golfo Pérsico surgió una extraña criatura con cuerpo de pez y cabeza humana; sus pies, juntos, formaban algo parecido a una cola de pez. Este curioso ser poseía el don de la palabra, aunque los antiguos babilonios lo hayan descrito a veces como «un animal carente de razón».
Oanes salía todos los días de las aguas para dar a los primitivos indígenas de Mesopotamia «una noción de las letras, las ciencias y las artes de toda especie». Enseñó a los primeros habitantes de Babilonia a «construir ciudades, erigir templos, redactar leyes, y les explicó los principios de los conocimientos geométricos». Les enseñó también la agricultura. En resumen, como dice Beroso, «les enseñó todo lo que contribuía a suavizar sus costumbres y a humanizar su vida».

Según este cronista, «nada esencial se añadió después dé la aparición de Oanes y de otros anfibios que mejorara sus enseñanzas».
Evidentemente, esta historia de «anfibios» o «animales carentes de razón» llamados a enseñar la ciencia es insostenible. Oanes no era un dios, puesto que el mismo Beroso nos dice que su voz y su lenguaje eran articulados y humanos. No podemos resolver el problema de los orígenes de este civilizador si no es admitiendo la existencia de culturas superiores en épocas precedentes o en otros planetas.
Beroso nos cuenta que la cabeza de Oanes estaba alojada en una cabeza de pez. ¿No nos da con ello una buena descripción de un casco espacial a través del cual se podía ver una cabeza humana? En cuanto a los pies uniéndose en cola de pez, ello podría representar una descripción aproximada de la parte inferior de una escafandra.
Quienesquiera que fuesen esas criaturas, el hecho es que, a renglón seguido de su visita, los hombres se pusieron a construir ciudades y canales y a entregarse a experiencias en el terreno del pensamiento abstracto. Fue entonces cuando nacieron en Babilonia el arte, la música, la religión y la ciencia.
Antes de la aparición de Oanes, los ribereños del Eufrates eran salvajes. Después de su llegada, se convirtieron en seres civilizados y alcanzaron un alto nivel intelectual. Hacia el II milenio antes de nuestra Era, los matemáticos de Babilonia estaban ya muy avanzados en álgebra y geometría. Los astrónomos disponían de tablas exactas y podían determinar la posición de los cuerpos celestes en cualquier momento. \Y todo esto había comenzado con la aparición de aquel «dios-pez» surgido de las aguas del golfo Pérsico!
Oanes de Eridu era reconocido como padre de la metalurgia. Un himno en su honor proclama: «Tú eres quien purificas el oro y la plata y mezclas el cobre y el estaño.»
El bronce es una aleación de cobre con una décima parte de estaño. Hubieron de pasar siglos antes de que el hombre descubriera la posibilidad de obtener un metal fuerte mezclando estaño con cobre, a menos que el secreto le fuera transmitido como un regalo de una civilización superior en conocimientos tecnológicos. Europa vivió una dilatada Edad del Bronce, pero apenas si conoció la Edad del Cobre. Los objetos de bronce parecen haber hecho irrupción súbitamente y haberse extendido con rapidez. Los artesanos prehistóricos del bronce en Europa dan pruebas de una gran habilidad artística.
Esta vasta distribución de objetos de bronce a través de Europa nos permite extraer una conclusión sorprendente. En aquella época remota, el tráfico a través de las diferentes partes del continente estaba más desarrollado que en época posterior, en el alba de la civilización romana. Debieron de existir en la época prehistórica facilidades de fabricación y de transporte. Este secreto de la Edad del Bronce no se limita solamente a Europa: en América Central, el bronce llega también completamente fabricado desde una fuente desconocida.
K. K. Doberer sostiene que las naves atlantes navegaron en torno a África y llegaron a Asia. En Fabricantes de oro, escribe que entre los años 8000 y 10000 a. de JC. un grupo de personas desembarcó en el delta del Indo y en el fondo del golfo Pérsico. Esos hombres, que no eran arios ni semitas, crearon allí una civilización fundada en el dominio de los metales. Aquellos extranjeros, de elevada estatura y cabellos negros, sabían trabajar el oro y la plata, el cobre y el plomo, el estaño y el antimonio, el hierro y el níquel. Los conocimientos acerca de los metales que poseían en el año 8000 a. de JC, no fueron adquiridos por los europeos sino hasta varios milenios más tarde (32).
Nuestro autor alemán emite también la hipótesis de que la alquimia, o transmutación de los metales, nació en la Atlán-tida. Oro producido artificialmente fue enviado a la Atlántida para uso exclusivo de los cultos religiosos. Los sacerdotes de Sumer, de la India y de Egipto guardaban el secreto de esta ciencia oculta.

Luego, cuando mensajeros procedentes de un país extranjero enseñaron la técnica de la aleación, se produjo una revolución técnica que estableció, a continuación del gran Diluvio, los fundamentos de una nueva civilización.
Se han descubierto objetos metálicos de origen sumerio en Rusia meridional, en Troya y en Europa Central. Hacia el año 3000 a. de JC, la civilización sumeria del bronce-estaño desapareció en Sumer a causa del cese de los suministros de estaño. La metalurgia prehistórica entró en una era de decadencia y quedó completamente olvidada hasta el día en que, al cabo de largos siglos, fue de nuevo descubierta.

EN EL PAÍS DEL SOL NACIENTE
Garcilaso de la Vega nos ha transmitido la historia de los incas. El Sol, antepasado de la Humanidad, tuvo piedad de los hombres y envió a Manco Capac y Mama Ocllo para enseñarles el arte de hilar y tejer. Los habitantes del Perú acogieron a los hijos del Sol y pusieron los cimientos de la ciudad de Cuzco. Según otra leyenda, llegaron del Este hombres blancos y barbudos que aportaron a los indígenas los beneficios de la civilización.
En 1952, B. E. Gilbey y M. Lubran realizaron análisis sanguíneos de los tejidos de cinco momias de reyes incas conservadas en el Museo Británico. Sus resultados fueron presentados en un informe sometido al Real Instituto Antropológico.
En la sangre de tres de esas cinco momias había rastros del grupo «A», absolutamente desconocido entre los indios de América. Ninguno era «Rh» negativo, pero uno de ellos contenía sustancia «D» y «c», con ausencia de «C» y de «E», combinación muy rara entre los indios. Había luego otra momia real inca que poseía las sustancias «C», «E» y «c», con ausencia de «D», tipo de sangre verdaderamente único, sin par en nuestra Tierra. Estos sorprendentes hechos nos demuestran que los reyes incas no podían pertenecer a la población indígena de América del Sur.

Es de notar también que los conquistadores españoles oyeron a los cortesanos incas usar un lenguaje secreto, incomprensible para sus subditos.
Una tradición del mismo tipo se conserva en México, Guatemala y Yucatán, donde Quetzalcoatl, Kukumatz o Kukulkán es designado como hombre-dios. Era un hombre blanco, pelirrojo y barbudo. Tenía sobre los hombros una larga túnica de tela negra y mangas cortas. A continuación de Quetzalcoatl llegaron los toltecas, hábiles artesanos, constructores, escultores y agricultores.
La Serpiente emplumada, o Quetzalcoatl había llegado de un país situado al Este; con él, México entró en una Era de progreso y de gran prosperidad. En una de las versiones existe un interesante detalle referente a su llegada: aterrizó en una extraña nave alada en el lugar en que actualmente se encuentra Veracruz (28). El Codex Vindobonensis le representa descendiendo a tierra tras haber salido de un agujero en el cielo.
Cuando la misión de este apóstol de la civilización fue interrumpida por sus enemigos, regresó a la costa y partió en una balsa de serpientes hacia el país de Tlapallán. Otra leyenda cuenta cómo este mensajero se arrojó a una pira funeraria. Sus cenizas se elevaron al cielo y se transformaron en pájaro, mientras que su corazón se convirtió en el planeta Venus. Quetzalcoatl resucitó y subió al cielo como un dios. ¿Era su nave alada un ingenio espacial, y la pira funeraria su rampa de lanzamiento?
Civilizador, arquitecto, agricultor y jefe religioso, Quetzalcoatl ha dejado una huella indeleble en la historia de México, y todavía hoy es venerado en ese país.
Según Pedro de Cieza de León, Viracocha, figura legendaria de los incas, era un hombre blanco, de elevada estatura, llegado del país de la aurora. Inculcó la nobleza en los corazones de los incas y les reveló los secretos de la civilización. Una vez cumplida su misión, desapareció en el mar. El nombre de Viracocha significa «la espuma del mar».

La actitud de los indios con respecto a la leyenda del semidiós blanco se manifiesta aún hoy en el hecho de que estos hombres del Perú saludan a un extranjero blanco que les es simpático llamándole «Viracocha».
Existe una indudable analogía entre las leyendas americanas de Quetzalcoatl y Viracocha y la tradición babilonia de Oanes, el hombre-pez, aunque sus países de origen se hallen tan distanciados el uno del otro. La mitología de numerosas razas abunda en historias referentes a dioses que vivieron en otro tiempo sobre la Tierra; productos de la fantasía, algunos de estos mitos deben, indiscutiblemente, de evocar acontecimientos históricos reales.
Se atribuye a estos apóstoles de la civilización, descendidos del cielo o surgidos del mar, el haber aportado a las tribus primitivas una cultura completa. Pero, ¿quiénes eran esos fundadores de las dinastías solares? Puede verse en ellos a los últimos atlantes escapados del gran Diluvio en aviones o naves del espacio, como afirma el canto épico de Gilgamés.
El sabio inglés W. J. Perry se hallaba convencido de que la Era de los dioses estaba ligada a los Hijos del Sol.
«Parece, pues, imponerse la conclusión de que los diversos grupos de Hijos del Sol dispersos a través del mundo provienen de la misma raza primordial (33).»
¿No sería esta raza la de los legendarios atlantes?
En Oriente, y sobre todo en la India, el visitante extranjero es considerado como una persona sagrada porque, según las creencias locales, los dioses hicieron en otro tiempo su aparición en forma de seres humanos. A fin de asegurarse los favores de estos visitantes que podrían venir de los cielos, los hindúes les otorgan hasta nuestros días su veneración y su más amplia hospitalidad, aun cuando tengan ante sí a un simple ser humano. La tradición se remonta a muchos milenios de antigüedad, a una época en que los dioses transitaban sobre la Tierra.
A mí me tocó en la India vivir un momento de confusión cuando, adornado con guirnaldas tropicales, vi cómo hombres y mujeres se prosternaban a mis pies para rendir homenaje a un «dios visitante».

LOS VESTIGIOS DE UNA RAZA MISTERIOSA

HUELLAS DE PASOS Y RETRATOS
En 1959, sobre la greda del desierto de Gobi se halló una huella de zapato de millones de años de antigüedad. Según los datos de la ciencia, el hombre no existía aún en aquella época. Los miembros de la expedición paleontológica chinosoviética, dirigida por el doctor Chow Ming Chen, que realizaron el descubrimiento fueron incapaces de dar una explicación a este extraño hallazgo (34).
Una huella sobre una piedra caliza del período triásico descubierta en el Fisher Canyon (condado de Pershing), en Nevada, representa la suela de un zapato con débiles señales de costura. Dado que no había zapateros en la época de los dinosaurios, cabe preguntarse quién pudo fabricar ese zapato o esa sandalia. Dos deducciones se imponen: o fue el hombre, que apareció sobre la Tierra millones de años antes de lo que admite la ciencia, o fueron visitantes cósmicos, que descendieron a ella en tiempos pasados. Puede considerarse que ambas deducciones son igualmente fantásticas.
En Broken Hill, Rhodesia del Norte, se ha descubierto el cráneo de un hombre primitivo de cuarenta mil años de antigüedad; se conserva en la actualidad en el Museo de Historia Natural de Londres. Se ve en él un bien delineado orificio, sin ninguna de esas estrías radiales que proceden, por lo general, de un golpe asestado por un cuerno, un colmillo o un arma blanca. Es el tipo exacto de orificio que sólo una bala puede producir. Falta el lado opuesto del cráneo, lo que confirma nuestra hipótesis (35).
El profesor K. Flerov, director del Museo Paleontológico de la Academia de Ciencias de la URSS, posee el cráneo de un antiguo bisonte cuya edad sobrepasa con mucho la edad del hombre de las cavernas del que acabamos de hablar. El cráneo tiene una antigüedad de cientos de miles de años; presenta un orificio de bala similar, y los sabios han establecido que el animal no murió a causa de esa herida; curó y sobrevivió, milagro del instinto vital. ¿Quién disparó sobre ese bisonte, en una época en que el hombre, según se supone, no se distinguía apenas de un mono? (35).
En 1960, T. G. Gritsai e I. J. Yatsko descubrieron osamentas de avestruces, de camellos y de hienas prehistóricas en las cavernas de Odesa, en la URSS. Su edad es de un millón de años, aproximadamente; la atención de los sabios fue atraída por el hecho de que esos huesos estaban hábilmente cincelados. Los agujeros presentaban una perfecta forma circular y hendiduras regulares. Según la opinión de los expertos, los huesos habían sido cortados con un instrumento metálico y pulimentados a continuación. Conforme a la opinión científica generalmente aceptada, hace un millón de años no existían artesanos sobre la tierra. Pero, entonces, ¿quién talló esos huesos? (34).
Los eolitos, género especial de sílice, que se han hallado en Francia, Gran Bretaña, Alemania, Rusia, Egipto, Birmania y Australia, en capas que van desde el eoceno hasta el período posglaciar, podrían pertenecer a la misma clase de productos artesanos. Aunque la mayoría de los sabios se oponen a la teoría que les atribuye un origen artesano, harían falta muchas pruebas para reconocerlos como piedras naturales formadas por los glaciares o por las olas del mar.

Las huellas de pies descubiertas en Asia Central y en Nevada no son los únicos rastros misteriosos del género. Las pinturas murales de África y Australia perpetúan el aspecto de esos hombres.
Entre los frescos de Tassili, descubiertos en el Sahara por el profesor Henri Lhote, se encuentra «el gran dios marciano de Jabbaren». En él se ve representado un hombre vestido con una especie de traje espacial. ¿Quién es el hombre cuyo retrato en la roca se remonta a una antigüedad de ocho o diez mil años?
En las cuevas de la cordillera de Kimberley, en Australia occidental, existen sorprendentes galerías de retratos. Según los aborígenes, fueron dibujados por otra raza. La técnica de ejecución y el empleo de un pigmento azul que no es utilizado por los aborígenes indican como autor de estos dibujos a un pueblo de origen no australiano. Las figuras retratadas en las cuevas de Kimberley presentan tocados o círculos luminosos alrededor de la cabeza, pero carecen de boca. Tienen sandalias en los pies, y esto en un país en que los indígenas caminan descalzos.
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