Resumen La presente ponencia persigue el objetivo de contribuir a un uso más preciso de la terminología frecuentemente empleada en el ámbito de la disciplina de Costos.




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XIV Congresso Brasileiro de Custos – João Pessoa - PB, Brasil, 05 de dezembro a 07 de dezembro de 2007


XIV CONGRESSO BRASILEIRO DE CUSTOS

Hacia una terminología científica en el área de costos

Autores

Reinaldo Guerreiro – Universidad de Sao Paulo – Brasil

Amaro Yardin – Universidad Nacional del Litoral – Argentina

Joao Pessoa – PB

7 de dezembro de 2007

Hacia una terminología científica en el área de costos
Reinaldo Guerreiro (USP) – reiguerr@usp.br

Amaro Yardin (UNL) – amaro@fce.unl.edu.ar
Resumen

La presente ponencia persigue el objetivo de contribuir a un uso más preciso de la terminología frecuentemente empleada en el ámbito de la disciplina de Costos. Son expuestos conceptos y definiciones de varios autores, de distintas nacionalidades, que demuestran claramente la inconsistencia de la terminología empleada en el manejo de los vocablos “costo variable”, “costo fijo”, “costo directo” e “costo indirecto”. El aporte concluye con una propuesta concreta de empleo de una terminología clara, sin expresiones ambiguas, en la cual cada uno de los vocablos señalados tiene una, y sólo una, acepción.
Palabras llave: Terminología, Costos, Conceptos.
Área temática: 14. Ensino e Pesquisa na Gestão de Custos

1 Fundamentos

La necesidad de contar con una terminología exenta de ambigüedades no requiere mayores explicaciones. Desde el momento en que dos personas deciden comunicarse, es absolutamente necesario que den a los objetos, conceptos e ideas el mismo nombre, so pena de, por lo menos, reducir el nivel de comprensión. Este autor observa que lo que comunmente se denomina mero problema de terminología debería ser denominado mejor como magno problema de terminología. (MARTINS, 2003, p. 24)

Es vastamente reconocido que el avance de cualquier disciplina se ve severamente lesionado por la ausencia de un lenguaje científico, entendido éste como un conjunto de símbolos con significados precisos e inequívocos. Las ciencias físicas y naturales han sabido construir un lenguaje científico, elemento no desdeñable en la nómina de los factores que han contribuido a su formidable crecimiento. La siguiente expresión pertenece a uno de los más lúcidos pensadores contemporáneos:

Ningún sector de la ciencia puede prescindir del lenguaje ordinario, pero ninguno puede tampoco seguir adelante sin construirse uno propio. Toda ciencia construye un “lenguaje artificial” propio que contiene signos tomados del lenguaje ordinario, pero se caracteriza por otros signos y combinaciones de signos que se introducen junto con ideas peculiares de esa ciencia. Ambos lenguajes, el ordinario y el artificial, son no sólo instrumentos de comunicación, sino también instrumentos para pensar (BUNGE, 1985, p. 651).

Un lenguaje, para ser considerado científico, debe cumplir, por lo menos, con la siguiente condición: Un símbolo, una palabra, una expresión, un signo, debe denominar un único concepto. Cuando un símbolo puede ser interpretado en más de un sentido o con más de un significado, se introduce una seria confusión en el estudio, la investigación y la transmisión de los conocimientos.

Es deseable, aunque no imprescindible, que cada concepto sea expresado con un único símbolo. En tal caso, se habría logrado una correspondencia biunívoca entre símbolo y concepto: Cada símbolo expresa un solo concepto y cada concepto es expresado por un único símbolo.

Decimos que este segundo atributo es deseable aunque no imprescindible, pues ninguna confusión puede tener lugar cuando un concepto es expresado a través de más de un símbolo, siempre que ninguno de estos símbolos exprese también un concepto diferente. En términos gramaticales, podríamos decir que un lenguaje científico puede admitir términos sinónimos, pero no homónimos.

En efecto, nada impediría que un costo cuyo comportamiento no se halle influido por el nivel de actividad, pueda ser denominado de dos maneras, por ejemplo “costo fijo” o “costo constante”, siempre que se entienda que ambas expresiones significan exactamente lo mismo.

Lo que es absolutamente inadmisible en un lenguaje científico es que una misma expresión, por ejemplo, “costo directo” sea empleado para denominar a aquellos costos que presentan una vinculación clara con un objeto de costo, y también para aludir a los costos cuya magnitud varía en función directa con el nivel de actividad.

Es bien sabido que la precisión terminológica no es precisamente un atributo del que podamos enorgullecernos quienes trabajamos y ejercemos la docencia en el área de Costos. El empleo de un mismo vocablo para expresar conceptos distintos es el origen de frecuentes confusiones en la transmisión del conocimiento y en discusiones técnicas.

Pero, sin restar importancia al inconveniente apuntado, es necesario señalar que la influencia de las imprecisiones terminológicas no se limita a las dificultades en la comunicación. Sus consecuencias son, a nuestro juicio, de mucha mayor gravedad, llegando, como en el caso del que nos ocupamos en esta colaboración, a general falsas interpretaciones de la realidad que conllevan a la adopción de decisiones incorrectas.


  1. Indagación bibliográfica:

En carácter de advertencia previa, diremos que al modelo que aún muchos autores siguen llamando “Costeo Directo”, nosotros denominaremos en este trabajo “Costeo Variable”, toda vez que dicho modelo se basa en la inclusión exclusiva, dentro del costo unitario, de los costos variables (excluyendo los fijos), no de la inclusión exclusiva de los costos directos (excluyendo los indirectos). Por esta razón, en las citas que siguen reemplazamos la expresión “Costeo Directo” por “Costeo Variable”.

La búsqueda bibliográfica no ha sido exhaustiva, sino que se ha limitado a unas cuantas obras conocidas sobre la materia, de autores de distintas nacionalidades. El objetivo es simplemente ofrecer una gran cantidad de ejemplos de empleo impreciso y ambiguo de la terminología sobre Costos, lo cual, reiteramos, atenta contra el desarrollo de la disciplina. Algunos de los ejemplos que siguen fueron expuestos en el seno del IAPUCO hace largos años. (YARDIN, 1979)

Lo limitado de los casos presentados es largamente compensado por el reconocido nivel técnico y jerarquía de los autores citados, sobre quienes no puede caer la imputación de un uso despreocupado de la terminología. La realidad radica en que no tenemos aún una terminología coherente y uniforme en la materia.

Veamos los ejemplos.

Para Raimondi (1979, p. 332) la expresión “costo directo” es sinónimo de “costo variable”. En efecto, en el punto 7.3. del trabajo citado dice textualmente:

Para producir bienes o servicios de cualquier naturaleza, se incurre en insumos de dos tipos:

  1. Directamente ocasionados por cada unidad de producto, conocidos como gastos variables, que no se incurrirían si el bien no se fabricara o produjera;

  2. Gastos indirectamente ocasionados por la producción, pero cuya cantidad no varía en función directa de ésta; es decir, que permanecerían invariables aunque se agregara o se redujera una unidad, aunque variarían frente a más grandes cambios de volumen.

El primero de estos dos rubros es claramente imputable a cada unidad de producto, y forma lo que se ha dado en llamar costo directo. Respecto de las segundas existe una polémica: por un lado, los principios de contabilidad generalmente aceptados parecerían obligar a que todos los costos indirectos fabriles se distribuyan de algún modo entre las unidades de producción, lo que da lugar al llamado costo de plena absorción; en cambio, otra tendencia más moderna sostiene que esta distribución carece de sentido, y que el único que debe considerarse es el costo directo, sosteniendo que los indirectos son gastos de estructura incurridos por estar preparados para la producción, pero no por la producción misma.

El mismo autor (RAIMONDI, 1979) denomina “costeo variable” al sistema conocido generalmente bajo la denominación de “costeo directo”. Profesores de las Universidades de Michigan y Wisconsin, (CrisSy, Mossman, y Flescher) también emplean como sinónimo los términos “costos directos” y “costos variables”.

Una acepción diferente es la empleada por Neuner (1976) al hacer alusión a los costos indirectos. Al referirse a los elementos del costeo, señala textualmente que los costos de carga fabril o costos indirectos de fabricación, algunas veces denominadas gastos generales de fabricación, son los costos no directos de la fábrica que no pueden ser atribuidos (o cuya identificación resulta inconveniente o inadecuada para que valga la pena intentarla) a unidades de producción específicas o en algunos casos a departamentos o procesos específicos.

Otro ejemplo de empleo indiscriminado de los vocablos costos fijos, variables, directos e indirectos puede ser observado en la siguiente cita textual de Basagaña y Nudelman Bass (1977, p. 28) tomada del capítulo titulado: “Costos directos e indirectos”:

Determinados costos son fácilmente asignables a un producto o servicio, en cambio otros que intervienen indirectamente son de compleja asignación en el caso de producciones múltiples. Como vimos en algunos casos resulta difuso el límite entre costos fijos y variables, existiendo los costos semivariables que a su vez se los divide en sus componentes fijos y variables.

La materia prima incorporada al producto, el trabajo realizado por el operario para conformar el mismo, son los casos más evidentes de costos directos. Supervisión de personal, gastos de energía (para iluminación y calefacción, por ejemplo) constituyen costos indirectos, debiéndoselos mantener mientras la sección se encuentre en producción, cualquiera sea el grado de actividad de la misma.

De la lectura completa de la obra se extrae la evidencia de que el manejo conceptual del tema por parte de los autores citados es totalmente consistente. Sin embargo, en la cita transcripta puede observarse que se asigna al término “costos indirectos” la noción de invariabilidad cualquiera sea el grado de actividad, característica que define al costo fijo y no al costo indirecto.

Existe, por otra parte, un concepto lamentablemente bastante difundido y que, según nuestro criterio, debe ser desechado por completo. Se trata de aquél que define a los elementos directos del costo como aquéllos que intervienen físicamente (sic) en la elaboración del producto. En ese sentido, resulta ilustrativo citar a Backer y Jacobsen (1972) quienes literalmente señalan que para los propósitos de cálculo del costo de los productos, el adjetivo “directo” indica la relación de estos elementos del costo con el producto que se está fabricando. Los materiales directos son las materias primas que físicamente se convierten en parte del producto terminado. La mano de obra directa representa el costo de los servicios de los empleados que trabajan directamente con el producto mismo, y no el: costo del trabajo del personal de supervisión o de otro tipo de trabajo que tenga una relación indirecta con el producto. En otros capítulos del libro citado reitera este concepto. (BACKER y JACOBSEN, 1972).

Nada puede encontrarse más alejado de los objetivos y la lógica económica. La incorporación física de un material al producto terminado es un problema de ingeniería que en nada interesa al contador de costos. Si éste fuera el criterio distintivo, el contador debería averiguar qué porcentaje de solvente se evapora y qué porcentaje se incorpora “físicamente” a la pintura para clasificarlo como material directo o indirecto conforme a tales proporciones. Es evidente que, desde el punto de vista económico, un material es insumido en la fabricación de un producto no sólo cuando se incorpora físicamente a él, sino también cuando se evapora, se gasta, o de cualquier otra manera pierde su valor como consecuencia de su uso en el proceso productivo.

Por su parte, Singer Jonker (1973) emplea los términos asimilando los costos directos a los costos variables. Textualmente expone que el costo directo está íntimamente relacionado con los elementos variables, es decir, con los gastos que permanecen constantes por unidad, aumente o disminuya la producción y/o venta. Llamaremos entonces costo directo de fábrica a la suma del costo primo más los gastos variables de fábrica. Y llamaremos costo directo total o completo, a la suma del costo directo de fábrica más los gastos variables de venta y los financieros, es decir, que involucre a todos los elementos variables. La diferencia entre precio de venta y costo directo total se llama contribución marginal.

En los “Principios y Normas Técnico-Contables generalmente aceptados para la preparación de los estados financieros” adoptados por la Asamblea Nacional de Graduados en Ciencias Económicas de Avellaneda (Argentina) en 1966, en su parte referida al costo de los bienes de cambio de empresas industriales, se expone textualmente que el mismo comprende “la materia prima, mano de obra y gastos indirectos de fabricación”, agregándose más adelante que las amortizaciones del activo fijo utilizado en la producción se incluirán entre los gastos indirectos de fábrica.

Es evidente –y así lo entiende, por ejemplo, Lazatti (1976)- que la expresión “gastos indirectos de fábrica” está empleada en las normas señaladas para hacer alusión a los costos fijos. En efecto, la característica de la amortización del activo fijo es su vinculación con la estructura de la empresa y no con la producción de un cierto número de unidades, pues no varía con la variación de ésta.

En el trabajo citado, Lazatti (1976) interpreta la norma en el sentido que aquí indicamos, pues la emplea para argumentar que los principios contables generalmente aceptados rechazan al sistema de Costeo Variable (Lazatti lo llama Costeo Directo), al disponer que el costo incluya los “gastos indirectos de fabricación” Si esta expresión estuviera usada en el sentido de: “costos que no pueden ser imputados a un tipo de producto en forma precisa, sino que debe ser prorrateado entre varios en razón de que su insumo no está claramente vinculado a uno de ellos”, no se podría sostener que los mencionados principios rechazan el costeo variable, ya que éste admite la inclusión de los costos indirectos, siempre que sean variables.

En la obra española “Contabilidad de Costes” (SAEZ TORRECILLA, FERNÁNDEZ FERNÁNDEZ y GUTIERREZ DIAZ, 1993) sus autores definen bien los costos directos, indirectos, variables y fijos pero, al ejemplificar los indirectos, citan los costos de administración o de dirección general, que son también costos fijos. Habría sido más claro si hubieran incluido también un ejemplo de costo variable indirecto, como la energía eléctrica usada como fuerza motriz cuando no existe un medidor para cada clase de producto.

Igual falta de claridad se detecta en el ejemplo ofrecido por Felipe Blanco Ibarra (1998) para los costos fijos (los llama “costes del período), pues menciona al alquiler del local de oficinas, que contiene también el carácter de costo fijo.

Por su parte, Eliseu Martins (2003, p. 133) al aludir a la mano de obra, sostiene que ésta es directa si se trata de “pessoal que trabalha e atua diretamente sobre o produto que está sendo elaborado”, mientras que conceptúa mano de obra indirecta “ao pessoal de chefia, supervisão ou ainda atividades que, a pesar de vinculadas á produção, nada tâm de aplicação direta sobre o produto: manutenção, prevenção de accidentes.....”.

Esta es una percepción incompatible con las definiciones de “directo” e “indirecto”, toda vez que puede haber obreros que trabajan directamente sobre el producto y, sin embargo, constituyen un costo indirecto si elaboran varias clases de ellos sin que se mida el tiempo empleado en cada una de ellas. Igualmente, pueden haber jefes o supervisores que controlan la fabricación de una sola clase de productos, en cuyo caso corresponde clasificarlos como costo directo.
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