Filosófico j. M. Bochenski prólogo




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LA FILOSOFIA


La filosofía es un asunto que no atañe sólo al profesor de ella. Por muy raro que parezca, probablemente no hay hombre que no filosofe. O, por lo menos, todo hombre tiene momentos en su vida en que se convierte en filósofo. La cosa es cierta sobre todo de nuestros científicos, historiadores y artistas. Tarde o temprano, todos suelen meterse en harina filosófica. Realmente, no digo que con ello se le haga un eminente servicio a la humanidad. Los libros de los legos filosofantes — físicos, poetas o políticos, por otra parte, famosos — son de ordinario malos y frecuentemente sólo contienen una filosofía ingenuamente infantil y generalmente falsa. Pero esto es aquí accesorio. Lo importante es que todos filosofamos y, a lo que parece, no tenemos otro remedio que filosofar.

De ahí, para todos, la importancia de la cuestión: ¿Qué es propiamente la filosofía? Lastimosamente, ésta es una de las cuestiones filosóficas más difíciles. Pocas palabras conozco que tengan tantas significaciones como la palabra «filosofía». Hace justamente unas semanas asistí, en Francia, a un coloquio de pensadores europeos y americanos de primera fila. Todos hablaban de filosofía y por filosofía entendían cosas absolutamente distintas. Examinemos más despacio las varias significaciones y tratemos luego de hallar un camino para la inteligencia en este hormigueo de opiniones y definiciones.

Hay, primeramente, una opinión según la cual la filosofía sería un concepto colectivo para todo aquello que no puede aún ser tratado científicamente. Tal es, por ejemplo la opinión de Lord Bertrand Russell y de muchos filósofos positivistas. Los partidarios de esta opinión nos llaman la atención sobre el hecho de que, en Aristóteles, filosofía y ciencia significaban lo mismo, y que posteriormente las ciencias particulares se fueron desprendiendo de la filosofía: primero la medicina, luego, la misma lógica formal, que, como es sabido, se enseña hoy generalmente en las facultades matemáticas. En otras palabras: no habría absolutamente una filosofía, en el sentido, por ejemplo, en que hay una matemática, con objeto propio Tal objeto de la filosofía no existe. Así se designarían únicamente determinadas tentativas de resolver o aclarar diversos problemas aún inmaturos.

Es, ciertamente, un punto de vista interesante y, de pronto, los argumentos aducidos parecen convincentes. Mas, si se mira la cosa un poco más de cerca, surgen dudas muy graves. En primer lugar, si fuera como estos filósofos dicen, actualmente tendría que haber menos filósofos que hace mil años. Y no es así. Hoy no hay menos filosofía, sino mucho más que antes. Y esto no sólo por lo que se refiere al número de los que la cultivan — se calcula actualmente en unos diez mil —, sino a la cantidad de problemas tratados. Si se compara con la nuestra la filosofía de los griegos, se ve que en el siglo XX después de Cristo nos planteamos muchos más problemas que los que conocieron los fundadores de la filosofía.

En segundo lugar, es cierto que en el curso del tiempo se han desprendido de la filosofía diversas disciplinas. Pero lo chocante es que, al independizarse una ciencia especial, casi simultáneamente ha surgido siempre una disciplina filosófica paralela. Así, en los últimos años, al separarse de la filosofía la lógica formal, surgió inmediatamente una filosofía de la lógica, muy difundida y calurosamente discutida. En Estados Unidos de Norteamérica se escribe y discute sobre ella acaso más que sobre cuestiones lógicas puras, a pesar de que este país va a la cabeza de la lógica, o precisamente por ello. Los hechos demuestran que la filosofía, lejos de morir por el desenvolvimiento de las ciencias, se vigoriza y enriquece más.

Y, finalmente, una pregunta maliciosa a los que opinan que no hay filosofía: ¿en nombre de qué disciplina o de qué ciencia se sienta esa afirmación? Ya Aristóteles argüía a los negadores de la filosofía: O hay que filosofar o no hay que filosofar. Si no hay que filosofar será en nombre de la filosofía. Luego, si no hay que filosofar, hay que filosofar. Y lo mismo puede argüirse hoy. Nada hay tan divertido como el espectáculo de los supuestos enemigos de la filosofía aduciendo grandes argumentos filosóficos para demostrar que no existe la filosofía. Difícilmente, pues, puede darse la razón a la primera opinión. La filosofía tiene que ser algo distinto de un recipiente general de problemas inmaturos. Esta función hubo de desempeñar alguna vez, pero ella es más que eso.

La segunda opinión afirma, por el contrario, que la filosofía no desaparecerá jamás aun cuando de ella se desprendan todas las ciencias posibles, pues la filoso­fía, según esta opinión, no es ciencia. Su objeto —se dice— es lo suprarracional, lo incomprensible, lo que se halla por encima de la razón o, por lo menos, en las fronteras de ella. Tiene, pues, muy poco de común con la razón o con la ciencia. Su dominio está situado fuera de lo racional. Según eso, filosofar no significa investigar con la razón, sino de otro modo, más o menos irracionalmente. He ahí una opinión muy di-fundida hoy en el continente europeo y que está re­presentada, entre otros, por los llamados filósofos exis­tencialistas. Un representante extremo de esta dirección es ciertamente el profesor Jean Wahl, el principal filósofo de París, para quien en el fondo no hay distinción entre filosofía y poesía. Mas también el cono­cido filósofo existencialista Karl Jaspers está en este aspecto cerca de Jean WahI. En la interpretación de Jeanne Hersch, filósofa de Ginebra, la filosofía es un pensar límite entre ciencia y música. Gabriel Marcel, otro filósofo existencialista, ha hecho imprimir directa­mente en un libro filosófico una pieza de música origi­nal suya. Y nada digamos de las novelas que suelen escribir algunos filósofos actuales.

También esta opinión es una tesis filosófica respe­table. La verdad es que en favor suyo pueden aducirse distintos argumentos. En primer lugar, que en las cuestiones límite —y tales son generalmente las cuestiones filosóficas—, el hombre ha de servirse de todas sus fuerzas, incluso, por tanto, del sentimiento, de la vo­luntad, de la fantasía, como hace el poeta. En segundo lugar, que los datos fundamentales de la filosofía no son siquiera accesibles a la razón. Hay que tratar, por tanto, de comprenderlos, en cuanto cabe, por otros medios. En tercer lugar, que todo lo que toca a la razón pertenece ya a una u otra ciencia. No queda, pues, a la filosofía más que este pensar poético en la frontera o más allá de la frontera de la razón. Y acaso pudiera alegarse aún más por el estilo. Contra esta opinión se defienden numerosos pensadores, entre otros los que son fieles al dicho de Ludwig Wittgenstein: «Sobre lo que no se puede hablar, hay que callarse.» Por hablar entiende aquí Wittgenstein el hablar racional, es decir, el pensamiento. Si algo no puede comprenderse con los medios normales del conocimiento humano, es decir, por la razón, dicen estos impugnadores de la filosofía poética, no puede comprenderse absolutamente. El hombre no tiene más que dos medios o métodos posibles de conocer las cosas: viendo directamente de algún modo, por los sentidos por la inteligencia, el objeto, o deduciéndolo. Ahora bien, en ambos casos se realiza una función cognoscitiva y, esencialmente, un acto de la razón. Del hecho de que se ame o aborrezca, de que se sienta angustia, hastío o asco y cosas por el estilo, acaso, se siga que es uno feliz o infeliz, respectivamente, pero nada más. Así dicen estos filósofos, los cuales, por añadidura — y yo lo lamento —, se ríen en la cara de los representantes de la opinión contraria y los motejan de soñadores, poetas y gentes informales. No puedo entrar aquí a fondo en la discusión de esta cuestión. Más adelante tendremos ocasión de volver sobre ella. Sólo quisiera hacer una observación. Si observamos la historia de la filosofía — desde el viejo Tales de Mileto hasta Merleau-Ponty y Jaspers —, hallamos con reiteración constante que el filósofo ha tratado siempre de esclarecer la realidad. Ahora bien, esclarecer, aclarar o iluminar la realidad no significa otra cosa que interpretar racionalmente el objeto dado. Aun los que más rudamente han luchado contra el empleo de la razón en la filosofía, por ejemplo Bergson, lo han hecho siempre así. El filósofo — así parece al menos — es un hombre que piensa racionalmente y trata de llevar claridad —es decir, orden y, por ende, razón— al mundo y a la vida. Históricamente, es decir, en lo que realmente han hecho los filósofos y no en lo que han dicho acerca de su trabajo, la filosofía ha sido siempre, en su conjunto, una actividad racional y científica, una doctrina o teoría, no una poesía. De cuando en cuanto los filósofos tenían también dotes poéticas. Así un Platón y un san Agustín. Así, si es lícito comparar con los grandes de la historia a un contemporáneo, Jean-Paul Sartre, que ha escrito unas cuantas buenas piezas de teatro. Todo, empero, parece haber sido más bien para ellos un medio de comunicar un pensamiento. En su esencia, como acabamos de decir, la filosofía ha sido siempre una teoría, una conciencia. Mas, si ello es así, nuevamente surge la pregunta: ¿una ciencia de qué? El mundo corpóreo es estudiado por la física, el de la vida por la biología, el de la conciencia por la psicología, la sociedad por la sociología. ¿Qué queda para la filosofía como ciencia? ¿Cuál es su terreno propio? A esta pregunta contestan las diversas escuelas con respuestas muy variadas. Sólo voy a enumerar algunas de las más importantes.

Primera respuesta: la teoría del conocimiento. Las otras ciencias conocen. La filosofía estudia la posibilidad del conocimiento mismo, los presupuestos y límites del conocimiento posible. Así Immanuel Kant y muchos de sus seguidores.

Segunda respuesta: los valores. Toda otra ciencia estudia lo que es. La filosofía investiga lo que debe ser. Esta respuesta la han dado, por ejemplo, los seguidores de la llamada escuela suralemana y muchos filósofos franceses contemporáneos.

Tercera respuesta: el hombre como fundamento y supuesto de todo lo demás. Según los defensores de esta opinión, todo está en la realidad referido de alguna manera al hombre. Las ciencias naturales y hasta las ciencias del espíritu dejan a un lado esta referencia. La filosofía se enfrenta con ella y, consiguientemente, tiene al hombre por su objeto propio. Así muchos filósofos existencialistas.

Cuarta respuesta: el lenguaje. «No existen proposiciones filosóficas, sino sólo aclaración de proposiciones», dice Wittgenstein. La filosofía estudia el lenguaje de las otras ciencias desde el punto de vista de su estructura. Tal es la teoría de Wittgenstein y de la mayor parte de los positivistas lógicos de la actualidad.

Tales son algunas de las varias opiniones por el estilo. Cada una de ellas tiene sus argumentos y es defendida de manera casi convincente. Cada defensor de estas opiniones echa en cara a los partidarios de las otras que no son en absoluto filósofos. No hay más que oír con qué íntima convicción se dictan tales juicios. Los positivistas lógicos, por ejemplo, suelen marcar a fuego a cuantos no están de acuerdo con ellos, como los metafísicos. Y metafísica, según ellos, es lo absurdo en el más estricto sentido de la palabra. Un metafísico emite sonidos, pero no dice nada. Lo mismo los kantianos: para ellos, todo el que no piensa como Kant es un metafísico, si bien esto no significa, según ellos, que digan absurdos, sino que están anticuados y no son filósofos. Y no hablemos, por ser universalmente cono­cido, del soberano desprecio con que los existencialistas tratan a todos los que no lo son.

Ahora, si he de decir a ustedes mi modesta opinión personal, yo experimento cierto malestar ante esa firme fe en una u otra concepción de la filosofía. Me parece muy razonable que se diga que la filosofía ha de ocu­parse en el conocimiento, en los valores, en el hombre, en el lenguaje. Pero ¿por qué sólo en eso? ¿Ha demos­trado algún filósofo que no haya más objetos de la fi­losofía? Al que tal afirme, yo le aconsejaría ante todo, como el «Mefistófeles» de Goethe, un collegium logicum para que aprenda desde luego lo que es propia­mente una demostración. Nada semejante se ha demos­trado jamás. Y, si damos una mirada en torno al mundo, éste se nos presenta lleno de problemas irresuel­tos, de importantes problemas irresueltos que pertene­cen a todos los terrenos citados, pero no son ni pueden ser tratados por una ciencia especial. Tal es, por ejem­plo, el problema de la ley. No es éste, ciertamente, un problema matemático. El matemático puede tranquila­mente formular y estudiar sus leyes sin plantearse la cuestión de la ley. Tampoco pertenece a la filología o ciencia del lenguaje, pues no se trata de la lengua, sino de algo que está en el mundo o, por lo menos, en el pensamiento. Por otra parte, la ley matemática no es tampoco un valor, pues no es algo que deba ser, sino algo que es. No entra, por ende, en la teoría de los valores. Si se limita la filosofía a una ciencia es­pecial o alguna de las disciplinas que he enumerado, este problema no puede en absoluto dilucidarse. No hay lugar para él. Y, sin embargo, es un auténtico e importante problema.

Parece, pues, que la filosofía no puede ser identificada con las ciencias especiales ni limitada a un solo terreno. Es en cierto sentido una ciencia universal. Su dominio no se limita, como el de las otras ciencias, a un terreno estrictamente acotado. Mas, si ello es así, puede suceder, y de hecho sucede, que la filosofía trate los mismos objetos en que se ocupan las otras ciencias.

¿En qué se distingue entonces la filosofía respecto de esta otra ciencia? Se distingue —respondemos— tanto por su método como por su punto de vista. Por su método porque al filósofo no se le veda ninguno de los métodos de conocer. Así, no está obligado, como el físico, a reducirlo todo a los fenómenos observados sensiblemente. Es decir, el filósofo no tiene por qué limitarse al método empírico, reductivo. Puede también valerse de la intuición del dato y de otros medios. La filosofía se distingue además de las otras ciencias por su punto de vista. Cuando considera un objeto, lo mira siempre y exclusivamente desde el punto de vista del límite, de los aspectos fundamentales. En este sentido, la filosofía es una ciencia de los fundamentos. Donde las otras ciencias se paran, donde ellas no preguntan y dan mil cosas por supuestas, allí empieza a preguntar el filósofo. Las ciencias conocen; él pregunta qué es conocer. Los otros sientan leyes; él se pregunta qué es la ley. El hombre ordinario habla de sentido Y finalidad. El filósofo estudia qué hay que entender propiamente por sentido y finalidad. Así, la filosofía es también una ciencia radical, pues va a la raíz de manera más profunda que ninguna otra ciencia. Donde las otras se dan por satisfechas, la filosofía sigue preguntando e investigando.

No siempre es fácil decir dónde está el límite entre una ciencia particular y la filosofía. Así el estudio de los fundamentos de la matemática, que tan bellamente había de desarrollarse en el curso de nuestro siglo (s XX), es con toda certeza un estudio filosófico, pero está a la par estrechamente ligado a investigaciones matemáticas. Hay, sin embargo, algunos terrenos en que la frontera aparece clara. Tal es, por una parte, la ontología, dis­ciplina que no trata de esta o la otra cosa, sino de las cosas más generales, como el ente, la esencia y la existencia, la cualidad y otras por el estilo. Por otra parte, a la filosofía pertenece también el estudio de los valores como tales, no como aparecen en la evolución de la sociedad, sino en sí mismos. En estos dos terre­nos, la filosofía no confina sencillamente con nada. No hay fuera de ella una ciencia que se ocupe ni pueda ocuparse en estos temas. Y la ontología se da luego por supuesta en las investigaciones sobre otros terrenos, con lo que se da también una distinción respecto a otras ciencias que no quieren saber nada de la onto­logía.

Así vieron la filosofía la mayor parte de los filóso­fos de todos los tiempos: como una ciencia. No como poesía, no como música, sino como un estudio serio y sereno. Como una ciencia universal, en el sentido de que no se cierra a ningún campo y emplea todo méto­do que le sea accesible. Como ciencia de los problemas límite y de las cuestiones fundamentales, y, por ello también, como una ciencia radical que no se da por satisfecha con los supuestos de las otras ciencias, sino que quiere investigar hasta la raíz.

Hay que decir también que es una ciencia extrema­damente difícil. Donde casi todo se pone siempre en tela de juicio, donde no rige ningún supuesto ni método tradicional, donde hay que tener siempre ante los ojos los complejísimos problemas de la ontología, el traba­jo no puede ser fácil. No es de maravillar que las opiniones difieran tanto en filosofía. Un gran pensador y no un escéptico — al contrario, uno de los más grandes sistemáticos de la historia —, santo Tomás de Aquino, dice alguna vez que sólo muy pocos hombres, tras largo tiempo y no sin mezcla de errores, son ca­paces de resolver las cuestiones fundamentales de la filosofía.

Pero el hombre está, quiera o no quiera, destinado a la filosofía. Aún tengo que decirles, para terminar, otra cosa: a pesar de su enorme dificultad, la filosofía es una de las bellas y nobles cosas que pueda haber en la vida. El que una vez haya entrado en contacto con un auténtico filósofo, se sentirá siempre atraído por él.
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