Filosófico j. M. Bochenski prólogo




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EL PENSAMIENTO


Al pensamiento, más que a la observación, debemos las poderosas conquistas de nuestra ciencia. El pensamiento está a punto de transformar la faz de la tierra y de nuestra vida. Vale la pena que meditemos unos momentos sobre él. ¿Qué es propiamente pensar? ¿Cómo se configura, qué caminos sigue nuestro intelecto en la investigación científica? Y, por fin, la pregunta más importante: ¿Cuál es su valor? ¿Podemos fiarnos de él, creer en sus resultados y guiamos por el pensamiento científico? Hoy quisiera discutir brevemente con ustedes algunas de estas importantes cuestiones. El primer término: ¿Qué es el pensamiento? De modo muy general, se llama pensamiento todo movimiento en nuestras ideas, imaginaciones, conceptos y demás. Por ejemplo, si alguien me pregunta: «¿En qué piensa usted?», le contesto acaso: «Estoy pensando en la casa de mis padres.» Ahora bien, esto quiere decir que ante mi conciencia se presentan y van sucediéndose imágenes, recuerdos, etc. Así pues, la definición más general de pensamiento puede ser: «un movimiento de ideas y conceptos».

El pensamiento científico no es un pensamiento cualquiera. Es un pensamiento serio. Y eso quiere decir primeramente que es disciplinado. Un hombre que piensa con seriedad no deja que sus ideas y conceptos floten libremente ante él, sino que los endereza rigurosamente a un fin. Y en segundo lugar quiere decir que el fin es saber. El pensamiento científico es un pensamiento disciplinado que se ordena al saber.

Mas ¿cómo puede ese pensamiento convertirse para nosotros en saber? Pudiera pensarse que el objeto que queremos conocer está presente, nos es dado —y en ese caso no es menester pensar para verlo, sino que basta abrir los ojos o dirigir a él la atención— o bien que el objeto está ausente, no nos es dado —y entonces (así parece por lo menos) no hay pensamiento que nos lo pueda traer cerca—. Sin embargo, no es así. Basta interrogar sobre ello nuestra experiencia para percatamos de que en ambos casos el pensamiento desempeña un papel útil y a menudo decisivo.

Tomamos primeramente el caso en que el objeto nos es dado. Este objeto no es nunca del todo simple. De ordinario es muy complejo, casi infinitamente complejo Tiene cientos de caras, aspectos, propiedades o Como se quieran llamar. Nuestro espíritu no puede abarcar todo eso de golpe. Para conocer bien tal objeto, es menester mirar cuidadosamente y con esfuerzo una cara tras otra, compararlas entre sí, observando de nuevo y analizarlo desde más y más puntos de vista. Ahora bien, todo eso es pensar.

Pongamos un ejemplo de este proceso de pensamiento. Tengo una mancha roja ante mis ojos. De Pronto pudiera pensarse que la cosa es bien sencilla. Y que basta abrir los ojos para ver lo que es. Sin embargo, una mancha roja no es cosa del todo sencilla. En primer lugar, no puede haber una mancha roja si no hay una superficie sobre la que caiga, con la particu­laridad de que el color de la superficie ha de ser dis­tinto del de la mancha. Esto en primer, lugar. En se­gundo lugar, comprobamos que la mancha no sólo ha de tener un color, sino una extensión, es decir, cierta longitud y anchura, hecho bastante sencillo, pero notable. Ahora bien, la extensión no es un color, aun cuando vaya siempre necesariamente unida con el color. En tercer lugar, tampoco basta por sí sola la extensión. Tiene que haber también una figura, una forma del margen; la mancha puede ser cuadrada o redonda, pero tiene que tener una figura. Si continuamos observando, hallamos que tampoco el color es cosa tan sencilla. Es una mancha roja, pero no cualquier mancha roja, sino de un matiz, de un tono perfectamente determi­nado. Si tenemos delante dos manchas rojas, de ordi­nario, el tono, el matiz no será el mismo en ambas. Aún puede irse más lejos en el análisis del color. Todo el que haya estudiado la teoría de los colores sabe, por ejemplo, que puede hablarse de la intensidad del color. Notemos aún que la mancha roja no sólo ha de caer sobre un fondo de otro color, sino sobre una cosa que llamamos supuesto o sujeto.

Así hemos descubierto ya en la mancha roja no me­nos de siete elementos. Fondo (superficie), color, exten­sión, figura, tono, intensidad y supuesto o sujeto. Y estamos aún en el comienzo.

Y se trata de un ejemplo sencillo y trivial. Si tra­táramos de objetos espirituales, como el perdonar o el dar, es fácil imaginar la complejidad realmente infi­nita que representan y el enorme esfuerzo de pensa­miento requerido para orientarse de algún modo en ellos.

Este modo de pensar fue siempre empleado en la historia por los grandes filósofos. El gran maestro fue aquí Aristóteles. En los comienzos del siglo actual, un pensador alemán de primera fila, Edmund Husserl aclaró y describió notablemente este procedimiento, al que dio el nombre de fenomenológico. La fenomenología, por lo menos en los primeros escritos de Husserl, es un procedimiento en que tratamos de comprender la naturaleza de un objeto dado por un análisis semejante al que aquí hemos practicado.

Sin embargo, en las ciencias naturales este modo de pensar desempeña más bien un papel secundario. El interés principal se pone en ellas en el pensamiento que trata de comprender el objeto no dado, el objeto, como si dijéramos, ausente. Tal pensamiento se llama también conclusión.

En este punto quisiera hacer una observación importante. Como ya hemos dicho, sólo hay dos casos posibles: el objeto nos es dado o no. Si nos es dado, hay que verlo y describirlo sencillamente. Mas, si no nos es dado, sólo hay una posibilidad de saber algo sobre él: la deducción o conclusión. No existe una tercera vía de conocimiento. Es verdad que se puede creer en algo, pero creer no es saber. El saber sólo viene de la observación del objeto dado o de la deducción y conclusión. Hay que recalcar vivamente este punto, pues están actualmente muy difundidos diversos equívocos. Se dice, por ejemplo, que se puede conocer algo por la buena o la mala voluntad. Otros afirman que un salto de la libertad o cosa semejante es un instrumento del saber. Puede naturalmente imaginarse que el salto pueda ser útil como preparación para el acto de conocimiento. Así, si quiero conocer una vaca que está detrás de la pared, un salto por encima de la pared puede llevarme delante de la vaca. Pero, una vez dado valientemente el salto, tengo que abrir los ojos (si el salto no ha sido mortal) y sólo por la vista podré enterarme de algo acerca de la vaca (que acaso haya huido espantada). Ningún salto de la libertad o cosa parecida puede ser más que una preparación del acto de conocer. Y éste es siempre, como hemos dicho, una aprehensión directa del objeto — es decir, una visión sensible o espiritual — o bien una conclusión.

Ahora bien, la conclusión o deducción presenta diversos problemas difíciles. El más importante de estos problemas es cómo es en absoluto posible conocer un objeto, no dado, por la conclusión. He de confesar que este problema me parece muy difícil. Una solución plena, la desconozco. Sin embargo, es cosa clara que por la conclusión aprendemos algo. El siguiente ejemplo nos lo muestra con toda claridad. Si se me pregunta cuánto son siete mil ochocientos cuarenta y siete multiplicado por veintitrés mil ciento sesenta y nueve, de pronto no lo sé. Pero si hago la multiplicación hallo que son 181.807.143.

Ahora bien, multiplicar es pensar, deducir o concluir. El que afirme que puede saberse el producto sin tal deducción, sin hacer la cuenta, que me diga cómo y se lo agradeceré. Pero, en caso de no saber decírmelo, ha de conocer que por la deducción puede saberse algo. No puede ponerse seriamente en duda que por ese medio aprendemos constantemente muchas cosas. Ahora bien, ¿cómo se realiza una conclusión? Para realizar una conclusión es menester siempre y sin excepción que tengamos como presupuestas dos cosas: de un lado, ciertas premisas, es decir, juicios, proposiciones que se dan por conocidas y verdaderas o de algún modo se admiten; por otra parte, cierta regla según la cual se saca la conclusión. Por ejemplo, para concluir que la calle está mojada puede tener las premisas: «Si llueve, la calle está mojada», y: «Ahora llueve». Además, he de conocer la regla que los lógicos llaman ponendo ponens y que se enuncia así: «Si se tiene una frase condicional, una frase que empieza por «si», y también su premisa, puede sacarse su conclusión.» Los antiguos estoicos formularon así esta regla: «Si se da lo primero, se da lo segundo; es así que se da lo primero, luego se da lo segundo.» La lógica o, más exactamente, la lógica formal es la ciencia que estudia esas reglas.

Ahora bien, hay de estas reglas dos clases completamente distintas. De un lado, tenemos una muchedumbre de reglas que son infalibles; es decir, aplicando rectamente estas reglas, el resultado es del todo cierto. Un ejemplo de regla infalible es nuestro modus ponendo ponens. Otro ejemplo es el modo bien conocido del silogismo, según el cual se concluye: «Todos los lógicos son mortales; es así que Lord Russell es un lógico, luego Lord Russell es mortal.» De otro lado, hay muchas reglas que no son infalibles. Y lo delicado en la vida y en la ciencia es que estas reglas no infalibles desempeñan un papel mucho más frecuente que las infalibles.

La cosa es tan importante, que vamos a detenernos un poco más en ella. Las reglas no infalibles son en el fondo inversiones de nuestro modus ponendo ponens. En éste se concluye del antecedente al consiguiente; es decir, de lo primero a lo segundo. La regla es infalible. En la otra clase de reglas se procede según el esquema inverso: «Si se da lo primero, se da lo segundo; es así que se da lo segundo, luego se da lo primero.» Esto ya no es infalible, como puede verse por este ejemplo: «Si soy Napoleón soy hombre; es aquí que soy un hombre, luego soy Napoleón.» Las dos premisas son aquí verdaderas, pero la conclusión es falsa, pues yo no soy, por desgracia, Napoleón. La regla no es in­falible. Los lógicos dirían incluso que es falsa.

Sin embargo, en la vida y, sobre todo, en la ciencia casi siempre se concluye así. Por ejemplo, la inducción consiste de todo en todo en tal modo de concluir. En la in­ducción tenemos como premisa que algunos individuos se comportan así o asá. Por otra parte, sabemos por la lógica que, si todos los individuos se comportan de un modo determinado, también se comportarán así algunos. Ahora bien, del comportamiento de algunos, nosotros concluimos que es el de todos. Ejemplo: Los químicos han comprobado que algunos trozos de fós­foro se encienden, digamos, a los 42 grados; de ahí concluyen que todos los trozos de fósforo se encienden a los 42 grados. El razonamiento es el siguiente: «Si todos, luego algunos; es así que algunos, luego todos.» Exactamente como en el caso de Napoleón, es una conclusión de lo segundo a lo primero. Es conclusión falible.

Naturalmente, en la ciencia el razonamiento no es nunca tan sencillo como aquí se ha pintado. Todo lo contrario. Los sabios han inventado muchos y muy refinados métodos a fin de confirmarse sus conclusiones no infalibles. Sin embargo, todo eso cambia muy poco el hecho fundamental de que la ciencia de la naturaleza procede por reglas no infalibles. El resultado es que las teorías cientificonaturales no son nunca verdades enteramente ciertas. Todo lo que la ciencia puede al­canzar y de hecho alcanza a este respecto es probabilidad. Y tampoco respecto a esta probabilidad son las cosas tan sencillas como podría pensarse. Porque, en primer lugar, hasta ahora no sabemos lo que es pro­piamente la probabilidad de las hipótesis. Parece que ha de ser algo completamente distinto de la probabili­dad de un accidente de automóvil, que puede ser calcu­lada. La cosa puede resumirse así: la mayor parte de las leyes de la física moderna son leyes de proba­bilidad; es decir, sólo indican que un hecho se verifi­cará con cierta probabilidad. Pero estas leyes sobre la probabilidad son a su vez probables, evidentemente, en otro sentido.

Ahora bien, aun cuando supiéramos lo que es la probabilidad, todavía tendríamos que contestar a esta otra pregunta: ¿Cómo podemos absolutamente alcan­zar una probabilidad? Que la establecemos, no cabe duda; pero hasta ahora no sabemos cómo es esto po­sible.

Me doy perfectamente cuenta de que, ante los gran­des éxitos de la ciencia, todas estas dudas han de pa­recer a ustedes sin fundamento. Pero díganme ustedes, por favor, qué razón tienen para creer que mañana saldrá de nuevo el sol. Ustedes me dirán seguramente que porque así ha sido siempre hasta ahora. Esto no es razón suficiente. También la gata de mi tía ha estado entrando durante años en su cuarto por la ventana. Hasta que un día no entró más. Si se me replica que las leyes de la naturaleza son uniformes, yo pregunto por dónde lo sabemos. ¿Sólo porque hasta ahora hemos observado esa uniformidad, exactamente como en el caso del sol o de la gata? Mas de ahí no se sigue en modo alguno que mañana hayan de continuar en su uniformidad.

Estas consideraciones nos permiten adoptar una actitud clara ante la ciencia. Acaso los principios de esa actitud puedan formularse de la siguiente manera:

Primero. Desde el punto de vista práctico, la ciencia — si es auténtica ciencia — es con toda certeza lo mejor que poseemos La ciencia es sumamente útil.

Segundo. Teóricamente apenas tenemos tampoco nada mejor por lo que a la explicación de la naturaleza se refiere. La ciencia nos ofrece —aparte las observa-dones— sólo enunciados probables. Pero en este terreno no es posible alcanzar más en parte alguna.

Tercero. De ahí se sigue que cuando el pensador o el simple hombre pensante tropieza con una contradicción entre la ciencia y cualquier autoridad humana, ha de decidirse por la ciencia contra la autoridad humana. Esto se aplica sobre todo a las llamadas ideológicas, es decir, a las afirmaciones sentadas a base de cualquier autoridad humana, social o de otra especie. Por esta razón, todos los filósofos del mundo rechazan y condenan la ideología comunista, que opone a la ciencia dichos de Marx, Engels y Lenin. Esto es irracional e inadmisible.

Cuarto. Como la ciencia, hablando en general, sólo nos ofrece tesis probables, puede suceder que éstas hayan de ser rechazadas en nombre de la evidencia inmediata. La ciencia no es infalible, y si hemos hallado como evidente algo distinto de lo que ella afirma, hemos de estar por la evidencia contra las teorías científicas.

Quinto. La ciencia sólo es competente en su propio terreno. Por desgracia, con harta frecuencia acontece que científicos de renombre hacen las más varias afirmaciones que nada tienen que ver con su especialidad. Un clásico y claro ejemplo de tal trasgresión de lími­tes de la competencia es la famosa afirmación de un docto médico que decía no existir el alma, pues él había cortado tantos cuerpos (era cirujano, sin duda) y nunca había dado con ella. La impertinencia está aquí en que la ciencia de este médico, en virtud de su propio método, se limita al estudio de los cuerpos, y el alma no es ciertamente un cuerpo —aparte de que los cuerpos cortados por el docto galeno estaban muertos—. Pero, si miramos un poco más despacio este ejemplo, hallamos lo siguiente: el buen médico no tenía razón científica alguna para sentar tal afirmación. Para legitimarla tenía que dar por supuesto que sólo existen cuerpos. Y esto ya no es ciencia natural ni ci­rugía, sino pura, aunque mala, filosofía.

Y ahí radica justamente el gran peligro. Ámbitos enormes de la realidad no están aún explorados. Sobre todo tratándose del hombre no se han abierto aún a la investigación exacta científica. Aun en terrenos en que la investigación está en marcha, sabemos in­creíblemente poco. Lo que acontece es que los hombres quieren llenar las enormes lagunas del saber científico por medio de su personal filosofía, por lo general gro­seramente ingenua y falsa. Esa filosofía se pregona luego como ciencia. Naturalmente, no son sólo algunos científicos los que así obran, sino también muchos otros hombres. Pero la ciencia goza de tal prestigio, que en este punto los científicos son los más peligrosos cuando se ponen a filosofar fuera de su competencia. Y si la sociedad se permite el lujo de tener y sos­tener algunos filósofos, aun cuando éstos no contribuyen a la construcción de aviones o a la fabricación de bombas atómicas, ellos tienen sin duda su buen sentido. Porque la filosofía y sólo ella puede precavernos de la ilusión o locura que tan a menudo nos amenaza de parte de un falso pensamiento bajo la autoridad de una supuesta ciencia. Una de las más importantes funciones de la filosofía es la defensa del pensar genuino frente a la exaltación y el desvarío.

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