Filosófico j. M. Bochenski prólogo




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LA SOCIEDAD


Después de las consideraciones, harto abstractas, so­bre problemas ontológicos, volvemos hoy a las cues­tiones de la existencia humana, concretamente de la sociedad. Aquí emplearé la palabra «sociedad» en el sentido corriente y diario, sin meterme en distinciones entre las distintas formas que puede tomar la sociedad; por ejemplo, sociedad en sentido estricto o de comuni­dad de vida. Trataremos, pues, de las famosas cuestio­nes sociales.

Ahora bien, pudiera de buenas a primeras pensarse que todo esto son problemas del todo prácticos, polí­ticos, económicos y hasta estratégicos. Así, que haya de gobernar una democracia o una dictadura depende —pudiera pensarse— de cuál de esas formas de go­bierno sea más oportuna. Qué es mejor en la produc­ción, la propiedad privada o el monopolio del estado, sería, al parecer, cuestión que ha de resolver un político, un economista, es decir, un hombre práctico, no un filósofo. Parece, pues, que nos metemos aquí en un terreno que nada tiene que ver con la filosofía.

Pero no es así. Cierto que las formas de gobierno y las estructuras económicas han de ser juzgadas en gran parte desde el punto de vista de su oportunidad; también es verdad que, en este terreno concreto, como, por lo demás, en cualquier terreno concreto, es bien poco lo que tiene que decir el filósofo. Así, si una fábrica estatal ha de pasar a la iniciativa privada o no; qué cantidad de poder ha de darse al jefe del estado; si conviene más a una nación el régimen centralista o federalista, son cuestiones éstas que han de juzgarse en cada caso desde el punto de vista de las circunstancias. Y esto lo hacen precisamente los hombres prácticos, no los filósofos (que pueden, por otra parte, ser también hombres prácticos). Pero no basta conocer meramente las circunstancias para decidir esas cuestiones. Los que dicen que todos los asuntos sociales han de estimarse por su oportunidad o finalidad dan por su puesto que existen un orden (algo es oportuno en orden a algo) y un fin. ¿Qué orden, qué fin? Algunos contestan que no se trata para nada de una cuestión filosófica: el fin es simplemente el poder del estado. Pero el filósofo pregunta aquí: ¿Por qué nuestro fin ha de ser precisamente el poder del estado? Ahora bien, si el defensor de la opinión citada intenta justificarla de algún modo, eso ya no es política o teoría del estado o economía, sino ética, es decir, filosofía. Y, de hecho, sin filosofía, buena o mala, científica o de aficionado, no pueden en absoluto sostenerse opiniones o teorías acerca de la sociedad. Todas estas opiniones dependen de la noción de fin, y la determinación de este fin pertenece a la filosofía.

Sin embargo, aun siendo central, la cuestión del fin del obrar social no es la primera que se plantea al filósofo. El grande y fundamental problema de la filosofía social es la cuestión de la realidad social: ¿Qué es en la sociedad lo real, lo efectivo, y en qué grado? Sólo voy a discutir esta cuestión, pues la solución de las otras — por ejemplo, la cuestión de la dignidad y li­bertad del hombre — es sólo una consecuencia de la respuesta que se dé a ella.

Ahora bien, la situación es como sigue: todo el mundo se da cuenta de que, en la sociedad, se en­frenta con un poder al que se puede amar o desamar, pero del que no es posible desentenderse sin más, como de una fantasía. Así, por ejemplo, ni en la sociedad más liberal nos es permitido portarnos como nos dé la gana, como penetrantemente demostró una vez el gran economista inglés John Stuart Mill. Para citar sólo una pequeñez, todos, queramos o no, tenemos que adaptar­nos hasta ciertos límites a la moda dominante. Si yo intentara — cosa que se me ha ocurrido con frecuen­cia — dar mi clase en traje de baño los días de calor fuerte, se me seguirían con toda seguridad penosas con­secuencias. Ante todo, perdería mi cátedra. Probable­mente se me encerraría en un manicomio, y mi estimado colega el psiquiatra, que es a la vez director de este establecimiento, trataría de corregir con oportunas in­yecciones mis ideas acerca de la indumentaria en los días de calor. Es decir, trataría de ajustarlas a las normas sociales vigentes en las universidades suizas.

¡Y menos mal si la sociedad sólo exteriormente nos encadenara! El hecho es que influye también en mi pensamiento, en mis sentimientos, y determina, por lo menos en un grado muy alto, toda mi vida espiritual. Ésta está en buena parte determinada por la lengua, y la lengua depende del todo, de la sociedad. Así la mayor parte de lo que sé lo he aprendido de la tradi­ción. Es decir, lo he recibido de la sociedad. Y hasta lo que siento y quiero depende ampliamente, en la mayoría de los casos, de mi educación, de lo que siente y quiere ahora la sociedad como todo.

No es, pues, de maravillar que la sociedad haya parecido siempre a los hombres que piensan, a los filósofos, un poder muy real. Parece estar ahí, existir en el mundo exactamente como existen otras cosas reales, si es que acaso la sociedad no se me presenta como algo más fuerte, más real, por decirlo así, que ningún otro elemento de este mundo.

Pero aquí surgen en seguida las dificultades. Si miramos en torno nuestro, sólo hallamos en la sociedad hombres, es decir, individuos. Si busco, por ejemplo, el sentido de la palabra «humanidad», sólo hallo individuos. La humanidad parece ser simplemente el conjunto de todos los hombres. Y lo mismo cabe decir de las otras sociedades. La familia es el padre, la madre, los hijos y, acaso también, la abuela y el abuelo; y nada más. El pueblo alemán es el conjunto de todos los alemanes. Así pues, aun cuando la sociedad se me enfrenta como un poder real, no parece estar en ninguna parte del mundo.

Tales consideraciones han movido a ciertos filósofos, que quiero llamar individualistas, a decir que la sociedad es una pura ficción. En la realidad sólo existen hombres particulares. Se los llama a todos juntos «sociedad», pero esto no pasa de ser un nombre. Cuando se habla, por ejemplo, del estado, no se quiere decir en el fondo el estado, pues no existe semejante cosa, sino los ciudadanos o, más exactamente, aquellos de entre los ciudadanos que ejercen el poder. Los deberes para con el estado son los deberes para con el jefe supremo del estado, los empleados, etc. Ustedes me preguntarán naturalmente cómo puede tomarse en serio semejante afirmación. ¿Cómo pueden esos individualistas negar el hecho evidente de la presión que sobre mí ejerce la sociedad? Realmente, no la niegan y hasta saben dar explicación de ella. Dicen, efectivamente, que esa presión procede de la acción mutua de los individuos, También los cuerpos elementales, los electrones, dicen los individualistas, son cosas particulares, pero forman un todo en el átomo, y lo forman porque obran unos sobre otros por atracción o repulsión. Así también los hombres en la sociedad. Que esta atracción no ha de explicarse aquí sólo mecánicamente, sino también psicológicamente, es punto que ahora no nos interesa. Lo que importa es que aquí lo único real en la sociedad son los individuos, y que el conjunto consta exclusivamente de ellos.

Pero, si reflexionamos sobre esta solución, tropezamos con diversas dificultades. Sorprende en primer lugar que, según esta interpretación, la mutua acción entre los hombres habríamos de entenderla como algo irreal. Si los individualistas entendieran las acciones como reales no podrían decir que la sociedad consta exclusivamente de individuos. Constaría, desde luego, de ellos junto con las varias relaciones entre ellos. Sería, pues, más que la suma de los hombres particulares. También un átomo es más que la suma de los cuerpos elementales, protones, electrones o como se los quiera llamar. Mucho más la sociedad.

Ahora bien, ¿Por qué no han de considerarse las relaciones como reales? Sencillamente, porque el individualismo tiene por base determinada doctrina de las categorías. Los individualistas opinan que lo único real en el mundo son las cosas, las substancias. Todo lo demás ha de tenerse por irreal, las relaciones señaladamente.

Se dirá acaso que todo eso son teorías ajenas a la vida. Quien tal dijere se engaña. Porque, si el individualismo tal como lo hemos descrito es cierto, no se ve cómo puede tener la sociedad derecho alguno. Lo que no es, lo que no pasa de ficción no puede poseer derechos. Y lo que lógicamente se sigue de esta teoría es un extremo individualismo ético social. La verdad es que pocos pensadores se han atrevido a sacar esta consecuencia. Una honrosa excepción es el pensador alemán MAX STIRNER, quien escribió un libro, titulado Der Einzige und sein Ligentum 3, en que se niegan todos los derechos sociales. Sólo es de lamentar que otros filósofos individualistas no hayan tenido su valor. Porque, a mi parecer, Stirner tenía razón: si se es individualista de veras, si se piensa que sólo el individuo es real en la sociedad, hay que ser también individualista eticosocial.

Pero el individualista eticosocial es tan patentemente falso, vulnera tan evidentemente nuestras intuiciones de los valores morales, que la teoría total tiene que ser por algún lado falsa.

De ahí que haya habido en la historia no pocos filósofos que, partiendo del hecho de que la sociedad es algo real, han construido una teoría opuesta. Desde el punto de vista ontológico, esa teoría adopta dos formas. La primera opina, exactamente como el individualismo, que sólo las substancias son reales. Pero, a diferencia del individualismo, ve la substancia, por lo menos la substancia plena, no en los individuos, sino en la sociedad. Según esto, sólo hay en la sociedad una cosa, una esencia plena, una substancia: el todo. Los individuos, los hombres particulares, son sólo partes de esta substancia, no esencias plenas. Como la mano del hombre no es cosa plena en sí misma, sino una parte de la cosa total, del hombre, así el individuo sólo es una parte de la so­ciedad. La otra teoría supone una doctrina opuesta sobre las categorías, pero saca de ella la misma conclusión, una realidad única: las referencias o relaciones. Como explicamos en la última meditación, en ese caso las subs­tancias, por ejemplo, los hombres, están constituidos por relaciones. Sólo gracias a estas relaciones son lo que son. Son, por así decir, un haz de relaciones. Siendo esto así, la sociedad ha de ser considerada como el verdade­ro todo. El individuo, constituido por las relaciones so­ciales, aparece aquí, más aún que en la solución primera, como algo subordinado, como algo menos real que la sociedad. «Lo verdadero es el todo», dice Hegel, autor de esta doctrina. Y «verdadero» quiere decir aquí real, substancial, consistente en sí mismo. El hombre, en Hegel y sus discípulos, es un momento o componente dialéc­tico de la sociedad, y nada más.

Ambas teorías, a par del individualismo, conducen a muy graves consecuencias eticosociales. Si la sociedad es lo único verdaderamente real, lo único plenamente existente, y el hombre sólo una parte, un momento de ella, síguese claramente que el hombre no puede tener derechos propios. Es en la sociedad, por la sociedad y para la sociedad. Dé aquí resulta un colectivismo y hasta un totalitarismo eticosocial según el cual el hombre sólo es en el fondo — aunque de palabra se niegue — un instrumento, un medio, y la sociedad el fin único.

GEORGE ORWELL en su famosa novela 1984, lo ha visto con gran viveza. Su héroe pregunta al verdugo que le atormenta si existe el dictador, el gran hermano. El verdugo pregunta a su vez qué quiere decir con eso. Y la víctima dice: «Pues, sencillamente, como yo existo.» A lo que recibe una respuesta que se deriva del colec­tivismo social: «Tú no existes.» El individuo no existe; por lo menos, no tiene plena existencia. Es empleado y eternamente será explotado despiadadamente como un instrumento, como un medio para el todo. Semejante «momento», parejo no-ser no puede tener derechos pro­pios. Tal es la antinomia filosófica que forma el trasfondo de la pugna en que hoy se debate la humanidad. ¿Qué es lo real: el hombre o la sociedad? ¿Cuál es el fin y cuál el medio: el todo o el individuo? ¿Qué ha de sacrificarse a qué? ¿Están, por ejemplo, justificados los campos de concentración, en que millones de hombres sufren y mueren sin piedad porque así conviene a la sociedad, o hemos de decir que la sociedad no tiene dere­cho alguno sobre nosotros y que los tributos, el servicio militar y hasta las leyes de policía no están moralmente justificados? ¡Frente a una ficción que es el estado no tenemos ningún deber!

El sentido común se rebela contra las dos tesis extremas. Al hombre ingenuo, al hombre prefilósofo, le parece claro que el hombre particular, el individuo tiene derechos propios; pero no es menos claro que tiene también deberes para con la sociedad. Ni él ni ella son ficciones o «momentos». Todos lo creemos así, a mi parecer por lo menos. Pero ¿cómo puede esclarecerse y justificarse filosóficamente esta fe o, por mejor decir, esta intuición?

Esa explicación y esa justificación existen de hecho y, por lo menos en cuanto a sus fundamentos, se hallan ya en Aristóteles. Como todas las doctrinas sociales, ésta se funda también en la teoría de las categorías. Desde este punto de vista son reales, y reales en el sentido pleno de la palabra, como realidades primarias, no sólo las substancias, sino también las relaciones. Éstas no son cosas, no son substancias, pero son. Se adhieren realmente a las substancias y las ligan entre sí. De ahí se derivan dos consecuencias: 1ª. que la única plena realidad en la sociedad son los hombres particulares, los individuos; 2ª. que la sociedad es algo más que la suma de los individuos; además de éstos, la sociedad contiene también las relaciones reales entre los hombres y para un fin común.

A esto se añade una tercera doctrina fundamental.

Las mentadas relaciones que nos ligan en la sociedad no flotan en el aire. Se fundan en algo, en el individuo mismo. Este algo que las hace posibles es lo común en los hombres; y, entendido dinámica, es decir, éticamente, el bien común es aquel aspecto del bien particular que no sólo es apetecido en común por los hombres, sino que sólo en común puede ser alcanzado.

Así, en esta doctrina se tienen en cuenta, sin parcialidades extremas, los dos aspectos de la antinomia. El individuo, y sólo él, es siempre el fin último terreno de todo obrar social, de toda política. Mas este fin sólo puede lograrse si se reconoce la realidad de la sociedad y de su propio fin. Este fin está fundado en el bien particular. Los deberes que tenemos con la sociedad son auténticos deberes que nos obligan con la misma fuerza moral que los deberes con los individuos, puesto que la sociedad no es una ficción. Y, sin embargo, la sociedad sigue siendo un instrumento para la realización del destino individual.

A mi parecer, el individualismo ha dejado de ser hoy doctrina importante. La gran discusión tras la pugna de los partidos y, desgraciadamente, tras el tronar de las bombas, la esencial polémica sobre la posición del hombre en la sociedad se desenvuelve entre las doctri­nas de Hegel y Aristóteles. Pocas veces se habrá visto tan claramente en la historia como en la actualidad la terrible potencia de las grandes filosofías para formar o aniquilar la vida. Acaso sea hoy más necesario que en ningún otro período de la historia que cada pensador vea claramente su posición en este campo en apariencia tan abstracto y, sin embargo, tan terriblemente impor­tante.

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