Competencias, Currículo y Aprendizaje




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Saber sentir
Saber sentir es identificar y manejar las propias emociones y las de los otros, con el propósito de lograr mejores relaciones interpersonales, en busca del entendimiento y la paz individual y colectiva en un mundo repleto de todo tipo de conflictos. Ello requiere de autoimagen positiva, entusiasmo, autonomía personal, trabajo, sensación de bienestar, relaciones interpersonales positivas, estabilidad emocional, energía, salud física y mental, libertad creativa. Las emociones condicionan el pensamiento, pero éste a su vez direcciona las emociones. En el saber sentir se integran las emociones y los pensamientos.



Saber convivir
Saber convivir es pensar y realizar proyectos comunes, asumir y resolver los conflictos respetando los valores del pluralismo, la interdependencia, el entendimiento mutuo y la paz. La convivencia es la columna vertebral de cualquier contexto social en el cual nos desempeñemos personal, laboral y profesionalmente. Se trata de saber “enchufarnos”.


Saber compartir
Saber compartir es parte esencial del saber convivir mediante la cooperación, para lo cual es de máxima importancia cultivar una mente abierta y flexible, adquirir compromisos personales y colectivos, asumir estados de ánimos proactivos expresados en ganas, interés y voluntad. En las organizaciones educativas y productivas el trabajo en equipo es el escenario clave para aprender a convivir y compartir.


Además de los anteriores saberes, la formación fundamentada en competencias, desde una perspectiva integral del desarrollo humano, presupone la espiritualidad, los sentimientos, las creencias, costumbres y formas de vida adquiridas en los contextos locales y particulares, como condicionantes de la motivación para aprender, percibir el mundo, ampliar las capacidades y formar parte de los procesos generativos de una vida responsable, autónoma y reflexiva.
En el siguiente ejemplo ilustramos el uso del concepto competencia en el ámbito de la formación académica. Si el perfil de formación de un programa X de ciencias de la salud se fundamenta, entre otras macrocompetencias, en “Comprender la problemática de la salud y seguridad social de las personas y sus contextos”, implica que el estudiante, y posteriormente egresado, debe ser capaz de analizar, interpretar y argumentar los conocimientos, valores, derechos y deberes relativos a la salud, la seguridad social y el ambiente, y proponer alternativas de solución. Igualmente debe ser sensible, compartir con sus colegas (trabajo en equipo) y comprometerse con las soluciones a la problemática planteada. Obviamente, esta macrocompetencia se irá adquiriendo progresivamente durante los estudios y subsiguientemente durante toda la vida profesional, es decir, lleva inmerso un valor agregado el cual va más allá de la formación recibida en la organización educativa. Cuanto más compromiso, ética y sensibilidad social requiera el desempeño profesional, mayor será su valor agregado.
En una competencia, el saber hacer y todo lo que ello implica (conocimientos, pensamientos, emociones, sentimientos, percepciones, etc.) siempre se realiza en determinado contexto y sus diversas dimensiones (cultural, educativa, social, laboral, etc.). El contexto condiciona el saber hacer, pero éste a su vez crea, adapta y modifica el contexto. Por tanto, entre ellos existe mutua reciprocidad.


Habilidades, destrezas y hábitos
En el comportamiento humano pueden identificarse, hasta cierto punto, dos dimensiones68: interna y externa. La interna la conforman los fenómenos psíquicos (pensamientos, percepciones, emociones, sentimientos, etc.) no observables directa e inmediatamente, los cuales se manifiestan a través de la dimensión externa, expresada en acciones observables, tales como las habilidades, las destrezas y los hábitos. Comparación estos tres tipos de acciones.



En el comportamiento humano, la distinción entre habilidades, destrezas y hábitos es muy sutil, pues sus límites son muy borrosos, ya que pueden darse al tiempo y transformarse el uno en otro, dependiendo del tipo de acción y de las características del contexto. Por ejemplo, cuando los niños están adquiriendo la habilidad de escribir deben usar con mucha precisión el lápiz y ser conscientes (estar atentos) de la forma de las letras, pero una vez adquirida dicha habilidad, ésta se transforma en destreza al no requerir de una atención consciente sobre la forma de las letras. Lo consiente es, entonces, la comprensión de lo leído.
Cuando alguien, después de vivir determinado tiempo en el quinto piso de un edificio, sube las escaleras para llegar a su apartamento, no necesita tener un control consciente sobre el movimiento de sus piernas (destreza), pero un día cualquiera, en la oscuridad, al suspenderse la luz inesperadamente, el movimiento de las piernas y el agarrarse de las barandas de las escaleras para evitar caerse se ejecutan muy conscientemente (habilidades). En este caso, al cambiar las circunstancias externas (contexto), la destreza se transforma transitoriamente en habilidad.


  1. Tipos de competencias

Constituir tipologías es clasificar, dividir, distribuir algo, según determinados parámetros, criterios o indicadores, teniendo en cuenta las relaciones entre los elementos que conforman ese algo. Cuando se carece de unos referentes precisos para clasificar se obtienen tipologías ambiguas. Por ejemplo, al afirmar que “las competencias se clasifican en comunicativas, laborales, ciudadanas, intelectuales, generales y específicas”, incluimos diferentes tipos de competencias en un mismo “paquete”, sin que medie un referente de clasificación. Pero somos más precisos cuando sostenemos que “según su extensión, las competencias se clasifican en generales y específicas”. La extensión es el criterio de clasificación.
En este texto, según dimensiones del desarrollo humano, clasificamos las competencias en emocionales, intuitivas, comunicativas, intelectuales, investigativas y laborales. Esta tipología tiene como propósito establecer los límites y las particularidades entre una diversidad de competencias, sin caer en las rigideces y aislamientos entre ellas. Al contrario, dichos límites se entrecruzan sincrónicamente en la totalidad y complejidad del ser humano. Son competencias transversales, pues se hallan en todo tipo y nivel de formación académica y profesional.



Competencias emocionales

Sostiene Morgado Bernal69, Doctor en Psicología de la Universidad Autónoma de Barcelona, que nada hace sentirnos tan humanos y dependientes como las emociones. Cuando un sentimiento poderoso nos invade ocupa casi todo el espacio de nuestra mente y consume buena parte de nuestro tiempo. Si ese sentimiento es indeseable, sólo hay una forma rápida de eliminarlo, de sacarlo de nuestra mente: otra emoción, otro sentimiento más fuerte, incompatible con el que queremos desterrar.
Sin emoción no puede haber un auténtico aprendizaje. La emoción concentra, atrae, involucra, motiva, apasiona, compromete, permite que la memoria almacene con mayor intensidad y perdurabilidad, produciéndose un aprendizaje muy dinámico, autónomo y voluntario. La voluntad es un entramado de emociones que incide poderosamente en el aprendizaje. Einstein dijo que “hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad”. Anota De Bono70 que todos somos rehenes de nuestras emociones, las cuales determinan nuestras percepciones. Reaccionamos al mundo que vemos a través de dichas percepciones, basadas en las emociones del momento.
De Bono71 identifica entre las emociones los sentimientos y las reacciones viscerales, algunas de las cuales se superponen con la estética. Si una situación, dice el autor, provoca ciertos sentimientos, éstos deben ser el árbitro final de la acción, mientras que el razonamiento organiza el mundo de tal manera que podamos usar nuestros sentimientos de forma útil. En esta relación sentimiento-razonamiento es probable que primero los sentimientos modifiquen las bases químicas del cerebro, de modo que posteriormente será un cerebro distinto el que realice el razonamiento.
La emoción posee un núcleo consciente, racional, que orienta el comportamiento humano: la inteligencia emocional. Cooper y Sawaf72 definen la inteligencia emocional como la capacidad de sentir, entender y aplicar eficazmente el poder y la agudeza de las emociones como fuentes de energía humana, de información, conexión e influencia.
Salovey y Mayer73 se refieren a cinco dimensiones principales de la inteligencia emocional:


  • Poseer conciencia de las propias emociones mientras ocurren. Es ésta la clave de la inteligencia emocional. Cuando somos incapaces de identificar nuestros auténticos sentimientos nos colocamos a disposición de éstos, nos controlan, mientras que cuando poseemos mayor certeza y control sobre ellos se convierten en mejores guías para la vida y nos sentimos más seguros ante las decisiones personales.

  • Manejar las emociones. Manejar los sentimientos para que sean adecuados se basa en la conciencia de uno mismo. Cuando carecemos de esta capacidad luchamos constantemente contra sentimientos de aflicción, mientras que cuando la tenemos desarrollada podemos recuperarnos con mayor rapidez de las adversidades y los trastornos de la vida.

  • Manejar la propia motivación. Colocar las emociones al servicio de un objetivo es esencial para la atención, la automotivación, el dominio y la creatividad. El autodominio emocional, es decir, postergar la gratificación y contener la impulsividad, sirve de base a toda clase de logros. Quienes poseen esta capacidad suelen ser mucho más productivos y eficaces en cualquier tarea que emprendan.

  • Reconocer las emociones en los demás. Es otra capacidad que se basa en la autoconciencia emocional, fundamental en las personas, pues quienes la poseen están más preparadas para detectar los sutiles indicadores sociales que evidencian lo que otros necesitan o quieren. Esa capacidad convierte en mejores a quienes se desempeñan en la enseñanza, la administración y las ventas.

  • Manejar las relaciones. Es la capacidad para identificar las emociones en los demás y manejarlas. Es propia de la popularidad, el liderazgo y la eficacia interpersonal. Quienes se destacan en estas habilidades se desempeñan muy bien en cualquier actividad relacionada con la interacción serena con los demás, “son estrellas”. Reconocer las emociones en los demás y manejarlas son la clave de la empatía.


Desde luego, anota Goleman74, las habilidades de la gente en cada una de estas dimensiones de la inteligencia emocional pueden desarrollarse con diferente intensidad. Por ejemplo, algunas personas pueden ser muy expertas para manejar su propia ansiedad, pero relativamente ineptas para aliviar los trastornos de otras personas. Obvio, esto puede cambiar, pues el cerebro es notablemente flexible y aprende constantemente. Las deficiencias en las habilidades emocionales pueden ser remediadas, ya que cada una de ellas representa un conjunto de destrezas, hábitos y comportamientos que con el esfuerzo adecuado pueden repararse. La vida emocional puede mejorarse con mayor o menor destreza, igual a como sucede con las matemáticas y la lectura.


Goleman75 identifica las siguientes características de la inteligencia emocional:

  • Ser capaz de motivarse y persistir frente a las decepciones, controlar el impulso, aplazar la gratificación producida por algo, mostrar empatía, abrigar esperanza, regular el humor y evitar que los trastornos disminuyan la capacidad de pensar.

  • La emoción es un sentimiento con sus pensamientos característicos, estados psicológicos y biológicos y una variedad de tendencias a actuar76. En esencia, todas las emociones son impulsos para actuar, planes instantáneos para enfrentarnos a la vida que la evolución nos ha inculcado77.

  • Existen diversidades de emociones con sus combinaciones, variables, mutaciones y matices, las cuales pueden clasificarse en las siguientes familias con sus ramificaciones78:

    • Ira: furia, ultraje, resentimiento, cólera, exasperación, indignación, aflicción, acritud, animosidad, fastidio, irritabilidad, hostilidad y, tal vez en el extremo, violencia y odio patológico.

    • Tristeza: congoja, pesar, melancolía, pesimismo, pena, autocompasión, soledad, abatimiento, desesperación y, en casos patológicos, depresión grave.

    • Temor: ansiedad, aprensión, nerviosismo, preocupación, consternación, inquietud, cautela, incertidumbre, pavor, miedo, terror. En un nivel psicopatológico, fobia y pánico.

    • Placer: felicidad, alegría, alivio, dicha, deleite, diversión, orgullo, placer sensual, estremecimiento, embeleso, gratificación, satisfacción, euforia, extravagancia, éxtasis y manía en el extremo patológico.

    • Amor: aceptación, simpatía, confianza, amabilidad, afinidad, devoción, adoración, infatuación, ágape (amor espiritual).

    • Sorpresa: conmoción, asombro, desconcierto.

    • Disgusto: desdén, desprecio, menosprecio, aborrecimiento, aversión, disgusto, repulsión.

    • Vergüenza: culpabilidad, molestia, disgusto, remordimiento, humillación, arrepentimiento, mortificación y contrición.

  • Cada una de estas familias tiene un “núcleo emocional básico” alrededor del cual se forman “ondas externas” con incontables mutaciones y “estados de ánimo” más duraderos y estables que las emociones. Por ejemplo, es posible permanecer con un humor irritable del que pueden activarse arranques de ira más cortos, pero es muy raro mantenerse con ira todo un día.

  • Más allá de las emociones se encuentra el temperamento, entendido como “la prontitud para evocar una emoción o estado de ánimo determinado que hace que la gente sea melancólica, tímida o alegre”, como también los evidentes trastornos de la emoción, tales como la depresión clínica o la ansiedad incesante, expresadas en la sensación de sentirse constantemente atrapado en un estado negativo79.

  • No son los genes los que determinan la inteligencia emocional, tampoco se alcanza sólo en la infancia, pues en gran parte parece ser aprendida y continúa desarrollándose a lo largo de la vida y, en general, no existen diferencias entre sexos80.


Goleman81 clasifica la inteligencia emocional en dos grandes bloques de aptitudes: personales (dominio de uno mismo) y sociales (manejo de las relaciones).


Goleman ha incorporado una nueva disciplina para mejorar las relaciones humanas, la inteligencia social82, la cual organiza en dos amplias categorías: a) la conciencia social, aquello que percibimos en los otros, y b) la facilidad social, lo que hacemos en consecuencia con esa conciencia. Seguidamente presentamos una síntesis de estas dos categorías:

  • Conciencia social: Se refiere a un espectro que va desde percibir de manera instantánea el estado interior de otra persona a comprender sus sentimientos y pensamientos y a captar en situaciones sociales complicadas. Incluye:

    • Empatía primaria: sentir con los otros, leer señales emocionales no verbales.

    • Armonización: escuchar con absoluta receptividad, armonizarse con una persona.

    • Precisión empática: comprender los pensamientos, los sentimientos y las intenciones de otra persona.

    • Conocimiento social: saber cómo funciona el mundo social.

  • Facilidad social: Solamente percibir cómo se siente otra persona, o saber lo que piensa o cual es su intención no garantiza interacciones fructíferas. La facilidad social se erige sobre la toma de conciencia para permitir interacciones fluidas, eficaces. El espectro de la facilidad social incluye:

    • Sincronía: interactuar fluidamente a un nivel no verbal.

    • Autopresentación: presentarnos eficazmente.

    • Influencia: moldear el resultado de las interacciones sociales.

    • Preocupación: preocuparse por las necesidades de los demás y actuar en consecuencia.

Agrega Goleman que el dominio, tanto de la conciencia social como de la facilidad social, va desde capacidades básicas de camino bajo, a articulaciones más complejas de camino alto. Por ejemplo, la sincronía y la empatía primaria son capacidades puramente de camino bajo, mientras que la precisión empática y la influencia mezclan camino alto y camino bajo.
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