Reflexiones sobre los servicios sociales




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Después del café:

Recuperar el contenido de nuestro trabajo: la entrevista como espacio principal donde se producen los cambios. El poder de la palabra (de dar la palabra). La utilización de nuevas herramientas conceptuales y técnicas como la mediación y la gestión de conflictos. El trabajo en grupo. Los proyectos educativos con atención directa sobre las personas.
21 de abril

Hablo por teléfono con JS. Hace tiempo que no nos vemos. Había trabajado en un CRAE pero se fue por las malas condiciones laborales. Ahora trabaja en un ayuntamiento. No tiene un despacho donde hacer una entrevista decente porque le han dicho que tiene que estar en la calle, con los sujetos (algunos políticos deberían hacer políticas sociales y dejar las técnicas sociales a quien le compete). Gana un cuarto menos que mi sueldo. O sea, una miseria.

La administración parece no haberse enterado de la enorme responsabilidad de nuestro trabajo. Sin un sueldo decente, un horario que permita tener vida privada y unas condiciones mínimas es imposible realizar nuestro trabajo dignamente. Somos educadores sociales, diplomados universitarios, no misioneros salvadores de almas.

Ya es hora de derribar el tópico: Los educadores no abandonan la profesión por que sea más o menos dura. Lo que “quema” y además de verdad, son las condiciones laborales misérrimas a las que se ven expuestos.
En fin, aunque esté de moda atacar cualquier cosa que huela a administración pública a favor de lo privado (léase ONG’s de todo tipo, CRAE’s y escuelas concertadas, etc.), yo seguiré defendiendo un Estado fuerte como único garante de lo público. Un verdadero estado de bienestar que invierta en temas sociales. Lo demás me suena a política neoliberal (aunque a veces disfrazada de progre) que deja a su suerte a los más desfavorecidos, cuando no les ofrece una limosna caritativa.

22 de abril

Dentro de nuestro ámbito la figura del psicólogo y el psiquiatra tiene un papel cada vez más relevante. Entre otras cosas, es uno de los recursos más utilizados cuando ya no sabemos que hacer con un cliente (perdón pero es que no me acostumbro al término usuario). Dejamos demasiado pronto de creer en la educación así que esperamos, de la derivación al nuevo “gurú”, que desentrañe los entresijos del interior del sujeto para que, finalmente, lo ponga en cintura. Con estas expectativas los resultados, claro, suelen ser decepcionantes.

Está triunfando además, yo diría que peligrosamente, una tendencia que ya se da hace mucho en EEUU desde que E.O. Wilson escribió Sociobiologia: La nueva síntesis en 1976 y aparecieron después libros como El gen egoísta de Richard Dawkins. Estos autores explicaron cualquier comportamiento humano desde la genética y la química. Aunque estás definiciones simplistas no se sostienen en la actualidad, una parte de la psiquiatría sigue basándose en estos principios.

No tengo absolutamente nada en contra de los descubrimientos científicos. Sería estúpido estar en contra de la verdad imparable. Creo que el conocimiento, por ejemplo, del mapa genético, el conocimiento de nosotros mismos al fin y al cabo, solo puede hacernos más libres y sabios.

Tampoco soy un culturalista a ultranza. Sería hipócrita, a estas alturas, no reconocer que la administración de un solo fármaco, ha ahorrado, a muchos pacientes, horas de interminables e infructuosas terapias de diván.

Lo que me cabrea son las posturas reduccionistas que tienen que ver más con la moral que con la ciencia. Y peor que los intereses de la moral están los de la farmacia. La farmacología se ha apresurado, muchas veces, a cantar las excelencias de un producto antes que la ciencia seria haya demostrado, no ya sus beneficios, sino sus posibles secuelas.

Hoy en día cualquier alumno con un diagnóstico de hiperactivo puede ser atiborrado de pastillas hasta dejarlo “tranquilamente” drogado. A pesar de todo, el problema no está en la pastilla, claro, sino en la facilidad y poco rigor con que se diagnostica al prójimo. El problema está en medicalizar la vida cotidiana.

Supongo que la pedagogía tendrá algo más que decir en todo esto.
23 de abril

Sant Jordi. De las pocas tradiciones que soporto. El libro, la rosa. Un rito surrealista y por eso fascinante. El café y el vino.

Se que es un prejuicio pero creo que muchos de nuestros usuarios no son lectores habituales. Quizás muchos educadores tampoco lo sean. Tampoco es tan difícil acertar el pronóstico en un país con un índice tan bajo de lectores, donde la televisión se ha convertido en el único preceptor de tendencias.

Idea peregrina: recomendar un libro a cada usuario. Regalarlo. No solo libros de autoayuda, no, también novelas y ensayos. No se me ocurre una idea más subversiva para abrir nuevos horizontes a las personas.

Nosotros, amantes obscenos de lo social, defensores de lo colectivo, adoradores de la masa, protectores del grupo ¿no pagaríamos así nuestra deuda con la individualidad?


2 de mayo de 2003
La televisión y yo mantenemos un pulso. Hace poco la castigué en una habitación lejos del comedor, su lugar natural, y solo la saco en su mesa-carrito en momentos especiales. Cada vez tengo más argumentos para dejarla donde está.

Ahora, por unos días, ha vuelto al comedor y la uso exclusivamente como acompañante mientras hago otra cosa. Es decir, mi televisión hace de radio con imágenes. Cuando no leo (leer es de las pocas actividades que me piden una atención absoluta y fiel) y mientras barro, ordeno papeles, o hago algo de gimnasia en casa, la televisión es una acompañante aceptable.

Hace unos días, por la tarde, estaba viendo la tele y merendando uno de mis “tanques” de galletas migadas en café con leche, que tanto me gustan y que tan mal me sientan, pero que sigo tomando por pura reminiscencia infantil.

Era en la primera cadena y el espacio se llamaba Cerca de ti pero podía haber sido en cualquier otro canal de televisión. El formato: programa donde la gente viene a explicar su vida. Un presentador, un público entrenado y entregado y, en el escenario, tres mujeres y un hombre. No van a cantar, ni a bailar, ni a contar chistes. Su minuto de gloria pasa por narrar, de pe a pa, su trágica historia de desencuentros.

No voy a entrar en la crítica fácil a este tipo de programas. No es, por ahora, lo que me interesa.

Lo que me importa es de que modo el aparecer en televisión puede influir en esas personas. Además, siempre he tenido curiosidad por saber en que momento uno se decide a hacer públicas sus miserias.

El foco está en la primera invitada. Es una señora de unos cincuenta años, permanente recién hecha, cara agradable, sus piernas hinchadas no le llegan al suelo. Lo único que pretendo es ver y escuchar con respeto y atención.

Habla sin parar, sin atender a las preguntas del presentador; déjeme, no me moleste, he venido a contarlo, a contar todo, a explicar como mi marido, mi familia, su familia, sus amigos, los míos , TODO, absolutamente TODO conspiró contra mi.

A mitad de su soliloquio intuyo que una buena parte de su exposición es mentira. No porque crea que los Otros no puedan encarnar el mal con mayúsculas, sino por la cantidad de contradicciones y detalles inverosímiles que se advierten. Los hechos, simplemente, fueron otros.

No es que la señora esté explicando su verdad, como le gusta decir a los subjetivistas a ultranza. Ella sabe perfectamente que en algunas cosas miente, se aprecia en sus vacilaciones y su gesto contrariado, pero para eso ha venido a la televisión, para sancionar su discurso y convertirlo en su verdad.

En el momento en que el ojo catódico la graba, ella no tendrá ya más dudas. Nosotros, faltos de criterio, engañados por el señuelo que da la legitimidad de la imagen, tampoco.

El presentador muestra su desconsuelo, y ofrece su comprensión a la señora. El público aplaude asintiendo. El rito se ha acabado. Si el discurso crea realidad, la televisión lo marca con una huella indeleble.

-Su tiempo ha pasado - dice el presentador - lo siento, ya sabe como funciona esto de la televisión, el tiempo es oro así que; pasemos a la segunda invitada de esta tarde-.

La cámara se desplaza al segundo personaje para no volver nunca más. La primera invitada, nuestra protagonista, sale de foco para siempre. La cámara se mueve, pero ella se ha quedado en el mismo sitio que estaba. Hay, en su silla, en el lugar de una historia inconclusa, sin ningún atisbo de responsabilidad personal. Ha venido a ratificar su historia, acabar de creérsela ante incrédulos conocidos y por conocer y la pantalla le ha dado su certificado de autenticidad. Sale en la tele, luego existe.
Cómo señala el gran periodista Ryszard Kapuscinski, el público confunde el mundo generado por las sensaciones con el mundo creado por el pensamiento y cree que ver es lo mismo que entender. La identificación, escribió Kapuscinski, “por lo regular no consciente, del ver con el saber y entender es aprovechada por la televisión para manipular a la gente.”
Vomitar una historia que nos oprime y que no nos deja respirar puede resultar saludable. La televisión, en este aspecto, nos ofrece una catarsis de neón, calculada, publicitaria, pero catarsis al fin y al cabo. Sin embargo, detrás de ese laxante momentáneo no hay nada. La inmovilidad más despótica, la permanencia que fija la cámara, la homologación de la mentira.

La señora pretendía explicar su desgracia a toda España, pero su pretendido diálogo es en realidad un monólogo con la máquina que le devuelve exactamente su imagen, sin preguntas, sin objeciones. Limpia pero inútil.
¿Ha encontrado esta mujer en su camino otra clase de apoyo? ¿Lo encontrará a partir de ahora? Quizás nosotros pudiéramos ser para ella una alternativa humana a la cámara. Ser un Otro que le ayude a poner nombres a las cosas, que reconstruya su biografía. Otro punto de vista. A diferencia de la televisión, nosotros si preguntaremos; queremos saber, trabajar desde un principio de responsabilidad, un reconocimiento de la propia huella en la historia vital, por muy determinante y terrible que sea su pasado o su entorno. Por tanto, trabajar desde una posibilidad de cambio. Lo que J. Delval llamó: determinismo con sujeto.
Pero hay quien va a los servicios sociales como quien va a la televisión y entonces se ofende al encontrar una persona donde esperaba encontrar un foco.
Anochece.

En estos programas siempre hay un teléfono de aludidos. Es decir, en última instancia siempre el Otro, el acusado, puede defenderse. Pero lo tiene muy crudo. A no ser que sus argumentos sean totalmente convincentes o que el discurso de la invitada sea un escándalo de incoherencia, la tendencia del público es a creer al que está en la televisión. Sino, ¿a santo de que el Otro se ha quedado en casa? ¿Es que no tiene algo que ocultar? ¿Qué pretende no aireando sus problemas frente a la audiencia, el muy cobarde? ¿Es que no sabe que el cliente-espectador, siempre tiene razón?
Quizás una simpleza al hilo de esto último, pero he observado últimamente que la gente , influenciada de alguna manera por la televisión, se enorgullece de decir “las cosas a la cara”. Por lo visto, decir las cosas a la cara es sinónimo de falsa de hipocresía y honestidad sin límites. La pérdida del anonimato como un gesto heroico.

Decir las cosas a la cara. Fíjense donde se pone el acento en la frase. En el decir a la cara. En esta frase, las cosas, lo que se dice, los argumentos, es lo de menos. Lo autentico, verdadero, hoy, es decirlo y a la cara. Y si puede ser gritando.

Volviendo a Kapuscinski “cuando los medios hablan de sí mismos reemplazan el problema de la sustancia (las cosas)* por el de la forma (la cara)*, sustituyen la filosofía con la técnica (…) No se habla, sin embargo, del meollo de lo que se quiere editar, relatar o imprimir. En definitiva, el problema del mensaje- es reemplazado por el problema del mensajero. Lamentablemente el mensajero comienza a convertirse en el contenido del mensaje.”

*anotaciones mías

7 de mayo

Sigo con la tele.

Respecto a estos reality show, hasta el presidente Aznar los ha considerado televisión basura. El adjetivo ya es de por si bastante vejatorio aunque, señor presidente, solo ofende quien puede.

Además, siempre cabe hallar cosas interesantes en la basura. Uno, en estos tiempos, hasta puede encontrar una noticia veraz en los informativos de la primera cadena de la televisión pública.
Defiendo una radical libertad de expresión, ya sea en literatura, en la televisión, o en cualquier otro medio de comunicación. Ya estaremos nosotros, los adultos, para decidir que vemos o que no.

Últimamente he visto algunos momentos del programa Crónicas Marcianas. La canícula y el insomnio me han llevado por el mal camino. Reconozco que me he echado unas risas bastardas con el, con nocturnidad y alevosía, y solo espero que la historia me absuelva.

No, el problema de estos programas no es si son basura o no. Son totalmente inofensivos. Puro entretenimiento. Seres humanos hablando, gritando, insultándose, etc. ¿Alguien realmente se los toma en serio? ¿Alguien piensa que estas estupideces tienen fuerza para cambiar la sociedad? Yo no lo creo. El único problema que tengo con ellos es que, salvo algún chispazo antropológico o alguna subida de tono inaudita, me aburren bastante. Son bastante patéticos, si. Aquí si que voy a recurrir al tópico: cómo creo en la libertad y la responsabilidad individual, se apaga la televisión y listos.

Actualmente se desvía la atención hacia estos productos para no afrontar de verdad la calidad del resto de la programación. Lo que debe analizarse en serio son aquellos programas (reportajes, telediarios, programas culturales y informativos) que si que crean en el espectador una percepción del mundo determinada y, por ende, crean estados de opinión.

En los reality show el espectador solo busca pasar un buen rato, “desconectar” con el mundo, mientras en la otra clase de programas, más o menos culturales y informativos, pretende “conectar” con el. Y en estos últimos si que debería considerarse de qué y cómo se habla: por ejemplo la falta de rigor a la hora de analizar los acontecimientos históricos, la sustitución de la palabra y el pensamiento por la imagen pura y dura, la narración políticamente sesgada de los hechos, cuando no los programas soporíferos que pretenden incitar a la lectura. Aquí si que hay una responsabilidad de los medios públicos o privados.
Respecto a los demás tipos de espacios de entretenimiento hay que reconocer una ínfima calidad en la mayoría de ellos. Valdría la pena, como educadores, incitar a las personas a buscar alicientes vitales y divertidos en otros recursos como los libros, los viajes, los debates entre amigos (donde uno SI es protagonista), la prensa escrita, la música, el teatro, el cine, etc.

En fin, la vida es mucho más que la televisión, aunque a mi me haya ocupado seis páginas de mi diario.

14 de mayo

-14:17 h. Normalmente escribo este diario por la tarde, en casa, recapitulando sobre lo que ha pasado. Pero hoy escribo en riguroso directo.

-14:19h. He hablado con cuatro familias en la última hora. No puedo más. Kaput. Se acabo mi energia. Por hoy no puedo ni escuchar, ni pensar.

-14:22h Solo esperar a que llegue el momento, recoja mis trastos y mañana otro ayuntamiento, otro pueblo. ¿Educador social, educador de calle, educador nómada?

-14:23h Esta tarde hacer cosas diferentes: Tal vez leer el Qüadern Gris de Pla, mi último descubrimiento, o quizás vagar por Gerona.

Se que es admirable, pero no puedo salir del trabajo, como otros compañeros, y meterme en un curso o leer un libro técnico de temas sociales. Tengo que hacer algo totalmente distinto.

Humor, sobre todo humor. Necesito una dosis de locura después de ser un aburrido normalizador.

-14:30h Por fin.

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