Reflexiones sobre los servicios sociales




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22 de mayo

Hace unos días atendí a una mujer separada. Ella tiene la custodia de la hija y critica a su ex marido, dificultando las visitas establecidas por el juez. Todo su poder radica en una sentencia, lo sabe y lo utiliza. El otro progenitor entra al trapo. Nada nuevo.

Leí hace poco un material bajado de Internet, escrito por un tal François Podevyn y que habla del SAP (Síndrome de Alienación Parental). La alienación parental, según este artículo, “es un proceso que consiste en programar un hijo para que odie a uno de sus padres sin que tenga justificación.”. Este síndrome define también al alienador, es decir al progenitor que teniendo la custodia, imposibilita la visita del hijo al padre y lo predispone en su contra.

Hay una serie de “requisitos” que cumplir para ser un padre o madre alienadores. Uno y muy importante, es que los motivos por los cuales se descalifica al otro progenitor y se impide que vea a su hijo, sean injustificados. Es obvio: si realmente el padre o la madre que no tiene la custodia fuera, por ejemplo, un maltratador, sería razonable que no le dejaran ver a su hijo. En ese caso, lo normal es que el propio juez lo impidiera.

En este estudio se señalan como comportamientos clásicos de un progenitor alienador, por ejemplo: rehusar pasar las llamadas telefónicas a los hijos, organizar actividades con los hijos durante el período que el otro progenitor debe ejercer su derecho a visita, desvalorizar e insultar el otro progenitor delante de los hijos, etc. En fin, comportamientos que todos los que nos dedicamos a esto podemos reconocer.

A pesar de su exhaustividad, en el artículo no se hace referencia a la influencia de la familia extensa de los padres: tíos, sobrinas, primos y, sobre todo, abuelos del menor. Suegros y suegras demasiado proclives a interferir.

Una de las dificultades importantes en las propuestas del artículo es que, aunque fuera posible identificar al padre-madre alienador, para cuando esto ocurre, el otro progenitor (el bueno) ya se ha ido maleando. Es decir, interviene el también en la rueda descalificatoria y acaba, por venganza o por desesperación, incumpliendo acuerdos. Para colmo, la familia extensa de uno u otro complicará la situación.
Respecto al abordaje del problema, Podevyn plantea la intervención de la justicia y la obligación del conyugue alienador de hacer una terapia con profesionales especializados. En Cataluña, aquí y ahora, esto no está contemplado. La ley orgánica 9/2002 en su artículo 225 bis prevé castigar al que dificulte o incumpla el régimen de visitas (hasta con penas de prisión) pero no se contempla la obligación de hacer terapia.

Esta misma ley, si bien en sus presupuestos es positiva, plantea dos dificultades. Una: para cuando el progenitor al que dificultan las visitas del hijo se decide a denunciar, el problema estará tan enmarañado que será muy difícil dilucidar quien tiene razón. Y dos: en el supuesto claro de que la justicia restableciera el orden de visitas, incluso multando al progenitor que tiene la custodia, esto no soluciona, per se, el juego de manipulaciones que mantiene al hijo en el epicentro del problema.
En su ponencia, “No quiero ver a papá”. Niños que rechazan a sus padres”, el psicólogo Ignacio Bolaños da un enfoque, a mi entender, más exacto. Si que tiene en cuenta las familias de origen y, sobre todo, no pone el acento en si uno de los progenitores es o no el culpable, sino en los juegos de lealtades, manipulaciones, etc. que vivé el hijo en el conflicto que genera la separación de sus padres.

¿Podemos hacer algo los profesionales de ayuda socioeducativa? Independientemente que uno de los conyugues entre en un proceso judicial para hacer valer sus derechos y en el caso de que hayamos establecido una buena relación con los padres, el problema es complejísimo.

Pensemos por un momento que ninguno de los dos quiere hacer terapia o no está preparado para ello y deposita su confianza en nosotros. La primera obligación seria la de tener una visión amplia del problema, abrir foco, para definir no solo si se trata de una alienación parental (siguiendo con la terminología antes citada) sino para identificar su sistema de relaciones.

En relación al abordaje con el padre o la madre que está al cuidado del hijo, tendremos que ver las alianzas, secretos y manipulaciones que se están dando: Seria oportuno legitimar su rabia hacia el otro cónyuge (que seguramente será mutua) y, a la vez, trabajar por el bienestar del niño y su necesidad de contacto con el otro progenitor.

También seria importante el trabajo con toda la familia extensa y la coordinación y colaboración con otros profesionales (médicos, profesoras) que, en muchos casos, toman partido por uno u otro bando.

Finalmente, y como esboza también Bolaños, es interesante plantear la posibilidad de mediación familiar, como espacio adecuado para desenmascarar todos los “fantasmas” que aparecen en el si del conflicto.


25 de mayo

La psiquiatría y la psicología van aumentado sus clientes. Recogen datos, los recopilan en un cierto orden y crean un síndrome ahí donde antes solo había desorden y caos. Es loable ese esfuerzo por inventar enfermos. Y, por supuesto, después de concebir el síndrome, describen la terapia que hace falta para curarlo y el profesional que tiene que llevar a cabo la curación, que remite, ¿cómo no? al mismo profesional que la descubrió: el terapeuta.

Contrato fijo, sin duda.

26 de mayo

La definición de la OMS (Organización Mundial de la Salud) de salud hace el juego a los psiquiatras, y es que, según la OMS, todos estamos enfermos.
2 de junio

¿Conflicto o enfermedad? ¿Educación o terapia? He ahí la cuestión.
11 de junio

Hace unos días un psiquiatra infantil me decía: “por favor decidles (a las escuelas y pediatras que les derivan niños y adolescentes) que estamos colapsados, que no hacemos milagros, que solo echamos una manita”. Era solo un comentario al hilo de la confidencia pero reflejaba, con rotunda sinceridad, la increíble brecha abierta entre una demanda desmesurada, sin sentido, y las respuestas que la psicología y la psiquiatría pueden ofrecer.


17 de junio

Entrevista con una joven de 16 años. Me explica que tiene muchos problemas con sus padres, que esta harta y que su deseo más inmediato es irse a vivir a África.

A veces la anhelada y mitificada juventud es también un lugar horrible. Tanto como para querer desaparecer.

África, metáfora de un lugar en el mundo alejado de nuestros demonios.
18 de junio

En cierta manera, también este diario es un viaje a África.
20 de junio

Por un momento J y yo estábamos contentos. Una señora (¿cliente, usuaria? uff! mi problema, ya saben) a la que queríamos ver, pero que nos esquivaba continuamente, nos pidió una entrevista. Últimamente reconozco que estas situaciones me dan una cierta alegría. Años atrás sometía a la gente a un marcaje pertinaz, a una insistencia agobiante (seguimiento le llamaba) para que viniera al servicio. Cualquier plantón lo vivía como un pequeño fracaso. Lo más parecido a un amante despechado.

Ahora (¿experiencia, formación, sentido común?) ya no voy detrás de la persona. Si tengo oportunidad le ofrezco mis servicios y siempre dejo la puerta abierta y libertad para volver a verme o no (a no ser que se trate de menores en una situación de desamparo o situaciones parecidas), sin chantajes, sin remordimientos, sin culpas. Esto tiene sus riesgos claro: que el usuario no vuelva a aparecer.

Pero también he comprobado que esta labor requiere su tempo. Muchos de los que habían desaparecido, de repente acuden al servicio. Han comprobado que hablaba en serio, que de verdad pueden obviarme cuando quieran, que en realidad soy totalmente prescindible en sus vidas y, entonces, la posibilidad de trabajo con ellos es infinita, la confianza mutua. De alguna manera ese tempo ha creado una demanda.
21 de junio

Decía ayer que mi compañero y yo estábamos contentos pero la satisfacción se ha vuelto agridulce. La señora de marras viene a hacer una demanda económica. Es lo único que le interesa, tanto que estará incluso dispuesta, a poco que le apretemos, a hacer todo el trabajo socioeducativo que le propongamos. De momento, claro. Justo hasta que cobre su recompensa y no le volvamos a ver el pelo.

Por supuesto su petición es totalmente lícita, y su sinceridad es de agradecer. Pero aquí me gustaría hacer un parón. Tengo, lo reconozco, una dificultad respecto a las ayudas económicas o materiales que ofrecemos: El problema de conjugar esas ayudas con el trabajo educativo que puedo ofrecer.

Es decir, ¿se puede estar decidiendo que ayudas dar o no, se puede hacer eso, mientras se pretende hacer un trabajo educativo? ¿Es compatible? ¿No interfiere una cosa en la otra?

No estoy planteando si el gestionar ayudas o no, compete a los educadores y/o trabajadores sociales. En ese caso se trataría solo de luchar para que las gestiones que no nos correspondan se resuelvan en un plano puramente administrativo. Y punto.

No, no es tan sencillo. El problema es que en servicios sociales estamos siempre dispuestos a incorporar y legitimar teóricamente cualquier supuesto que se debe solamente a una pura y dura falta de recursos.

Es decir, no solo aceptamos que nos toca hacer, de momento, simples tareas administrativas y burocráticas sino que le damos un corpus teórico y así decimos cosas como: que esas ayudas enganchan al usuario al servicio (si, como una garrapata), que sirven para trabajar objetivos (¿porque parecen más bien chantajes?) etc.

En mi experiencia he visto como esa indefinición frente al usuario, ese estar frente a un profesional del que depende una subvención u otra, dificulta y vicia más mi relación con el, el vínculo. Claro que igual es un problema exclusivamente mío.
También desde el punto de vista del usuario se trata de una cuestión de respeto hacia el: Podría pedir una ayuda que por derecho le corresponda y cumplir los requisitos delante de una administración, sin chantajes, ni medias verdades. La separación pura y cristalina entre profesionales de trabajo socio-educativo y, por otro lado, la gestión de subvenciones económicas.
Un momento, me hago un café con leche, desnatada, por eso del colesterol, y sigo.

Yo también he pensado a veces que una beca de libros o de comedor es una herramienta para trabajar, pero mi experiencia me dice que cuando ese tipo de trámites se han derivado hacia gestores administrativos no ha pasado absolutamente nada.

Los educadores respecto a las trabajadoras sociales tenemos una ventaja: de momento no tenemos que hacer tantos trámites y podemos dedicarnos exclusivamente al trabajo educativo.

Pero esto puede tener una contrariedad a corto plazo: quedarnos sin clientes. Porque la gente no viene a los servicios sociales tanto a pedir ayuda educativa como ayuda económica.

De entrada, esto es una situación de vértigo y tendremos que buscar nuevas formulas que generen demandas educativas. A mi se me ocurren dos: Una, ampliando el servicio a TODA la población (pero a toda la población de verdad, si, si, a esos, los clasificados como no “usuarios de servicios sociales”) y, dos, haciendo un trabajo pedagógico de explicar la profesión mediante proyectos educativos, talleres, escuelas de padres, etc.

Es decir, que la persona tuviera claro, de una vez por todas, que se dirige a un servicio socioeducativo de calidad (como quien va al médico, al psiquíatra o al podólogo). Se establecería un lenguaje más claro y sincero por parte del usuario y el profesional.

En fin, como muchos otros temas que abro, no tengo una idea definitiva al respecto. Simplemente intento ir contra la inercia del día a día y poner en cuestión pilares que parecen inamovibles en mi profesión.
30 de junio

Una persona viene a vernos y agradece nuestro trabajo. Dice, más o menos, que su vida ha mejorado en parte por la intervención que hicimos en su día.

Muchas gracias, ¡pero ha tardado usted seis años en cambiar!

Está claro que una de las asignaturas pendientes en esta profesión es la evaluación, pero, ¿como demonios hacer el seguimiento de una persona durante tantos años y con tanto cambio de profesional?

En fin, aunque tengamos que mejorar y aplicar técnicas evaluativas, el asunto es que los proyectos educativos dirigidos a los que tienen una desventaja social, las entrevistas de ayuda personal, nuestras acciones, en fin, deben hacerse por una cuestión de justicia social y no solo por una estimación de resultados. Deben hacerse porque deben hacerse, porque la gente tiene derecho a tener una oportunidad, aunque no quiera aprovecharla. Es decir, deben hacerse independientemente de su capacidad de prevención, que siempre me ha parecido un término entre lo médico y lo esotérico.
8 de julio

Entrevista con la locura.

Cuando se va, deja la puerta entreabierta y yo me quedo con mi cordura zarandeada. Indefensa.
14 de julio

Algunos amigos de la profesión me hablan muy bien del libro Amarse con los ojos abiertos de Jorge Bucai. A M. también le ha gustado mucho. Se trata de un terapeuta de la escuela gestáltica.

Ya veremos.


18 de julio

El libro no está mal, pero reconozco que no he podido acabarlo, ni lo acabaré.

La obra, aunque de ficción y escrita en forma de novela, es en verdad un manual de las relaciones entre personas y especialmente de la relación de pareja. Nada que objetar, aunque no me guste ese tono de libro de autoayuda en el que está escrito. Me ha recordado un poco (el estilo) a Pablo Coelho, por lo demás otro escritor muy venerado por algunas amigas con las que, es evidente, no coincido en gustos literarios.

Creo que era mí admirado Carl Sagan el que decía que, aunque fuéramos lectores empedernidos, no podríamos leer en nuestra vida más que una ínfima parte de todos los libros que existen. Así que el único secreto está en hacer una buena elección. Lo siento Bucai, tienes muchos admiradores, seguro que no me echarás en falta.

Además, y en eso si que soy un poco bicho raro, cuando más de tres o cuatro personas me recomiendan encarecidamente un libro que les ha entusiasmado siempre lo empiezo con cierto recelo. ¿Elitista? ¿Pedante? No, solo bicho raro, ya digo.
Un café con hielo después.

Pero además de cómo está escrito, el libro de Bucai me aburre por su contenido, lo cual no quiere decir que no tenga su utilidad práctica en las relaciones de pareja (¿borro esto último o no lo borro? ¡Dios! Mis amigos no me recomendarán jamás otro libro, lo presiento).

Es decir, puedo suscribir todo lo que dice sin ningún problema, estoy de acuerdo en como define el conflicto, la necesidad del respeto mutuo, el no querer cambiar al otro, etc. En fin, no quisiera parecer pretencioso, pero es que todo eso de la pareja ya lo sabia. Uno ya tiene una cierta experiencia, aunque no la aplique siempre a rajatabla.

Para ser del todo justos, las bases para tener una relación armoniosa se pueden encontrar en el libro del argentino pero, a estas alturas, me interesan más otros abismos del amor: El conflicto insalvable, la delgada línea entre el odio y el amor, la devastadora crueldad del tiempo, de los cuerpos destruidos, los obscuros entresijos del deseo. Encuentro mucho más claves para entender nuestra complejidad de seres humanos en autores como Kureishi o Kundera (que no son especialistas en ninguna escuela terapéutica, pero si lúcidos observadores). Creo que en Intimidad de Kureishi o en La insoportable levedad del ser de Kundera hay muchas más posibilidades de entenderse uno mismo, sus contradicciones y miserias.

En fin, ¿supo alguien más de pasiones, de arrebatadas verdades, de traiciones, de psicología, que Shakespeare? ¿Alguien lo explicó mejor? Pues eso.
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