Reflexiones sobre los servicios sociales




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19 de julio

En algunos talleres de la escuela de verano de Servicios Sociales vuelve a discutirse sobre si los educadores tienen que hacer trabajo de calle o de despacho.

Por favor, tantos años de profesión, tanta universidad, tanto camino andado y ¿todavía seguimos con esto? ¿De verdad que los debates, en el siglo XXI, de esta maldita profesión han de ser, todavía, tan patéticos?

Me duele el estomago. Este debate es totalmente caduco y aburridísimo.

Hay quien le molesta que los educadores sociales podamos tener hoy un cierto estatus, un despacho como dios manda, un horario decente, una practica reflexionada y profesional, un trabajo comunitario riguroso, una cualidad en las intervenciones, un respeto al usuario y a lo que se le ofrece.

No tienen ni idea.

Hay quien todavía defiende que volvamos a los setenta o a los ochenta. Quieren que barramos a los que están en las calles porque en el fondo les molestan, quieren que hagamos el juego a la administración que debería poner más recursos en los barrios degradados y menos misioneros, quieren que trabajemos desde el instinto, quieren engañar al cliente con sus bondades y su buen rollito.

Lo defienden desde su poltrona universitaria, eso si. Dios mío, que profesión.

Hay quien sugiere que volvamos a las catacumbas.

Pues que se queden en ellas, si tan a gusto se encuentran.
20 de julio

En España el debate sobre la educación podría tratar sobre algunas de sus asignaturas pendientes. Por ejemplo, como trabajar las capacidades artísticas en las aulas (música, teatro, etc.), como enseñar unas matemáticas divertidas, como mejorar las capacidades oratorias de los alumnos, la capacidad de debatir, de ser crítico, de tener un criterio propio.

Pero no señor, en España, en el día de hoy, en el siglo XXI, el gran debate político versa sobre la obligatoriedad de la religión y la necesidad de recuperar símbolos identitarios españoles en las aulas. La unidad de la historia, dicen.

Un nacionalismo españolista y rancio quiere inundar las escuelas.

País.
Por la tarde, después de un café con leche y dos cubitos de hielo que intentan atajar un calor pegadizo e insoportable:

La identidad. Hace unos años pedí una excedencia y estuve viajando tres meses por Chile. Antes del viaje había leído a Bruce Chatwin y su esplendido libro En la Patagonia así que, queriendo emularlo, ingenuo de mi, y con unas botas, una tienda de campaña y comida para una semana, me puse a recorrer el parque nacional de Torres del Paine, un increíble lugar de lagos, montañas que parecen cucuruchos de diferentes colores, glaciares inmensos y, según me contaron unos guardas del parque, temibles pumas de colmillos afilados.

Durante el trayecto solo me cruce con cinco excursionistas como yo, un par de rusos y tres norteamericanos. Así que, dado mi escaso conocimiento del inglés, en el cuarto día de mi viaje por el gran parque, todavía no había hablado con nadie. Completamente solo en la inmensidad patagónica.

Uno de esos días, descansando en mi tienda, escribía mi diario. Un diario más personal e íntimo que este.

Anochecía. Me puse el forro polar, mientras miraba afuera desde mi tienda, feliz por estar muy cerca del fin del mundo. Acampado sobre el lago Grey veía navegar, como barcos de papel helado, inmensos trozos de hielo desprendidos del glaciar.

Pensaba sobre lo que había dejado en casa. A miles de horas y de kilómetros no es tan fácil registrar lo que has dejado atrás. Los rostros se desdibujan y todo es confuso. Pero lo que aparece, por contraste con lo poco importante, se hace más nítido, más querido si cabe, más hiriente.

Lugares. Lo que yo recordaba en esos momentos, como algo donde yo me reconocía, era una cierta orografía que me hace sentir cómodo. Cataluña: un buen sitio donde vivir. El Montseny, los bares de Barcelona, la luz de Cadaqués. Mis recuerdos rompían límites geográficos y también se me aparecían,a salto de mata, como terrenos sentimentales a recuperar, las excursiones por los Pirineos, la belleza de Navarra, los bellísimos campos riojanos recorridos en bicicleta, Marruecos, Chile y, como no, las suaves lomas verdes de Galicia salpicadas de aldeas. Lugares con una cierta música, un olor, una textura de pulpo, pan con tomate y albariño.

Personas. Aparecían rostros, como una constelación que me cercaba y mecía. Mis padres, mis hermanos, mi compañera, cuatro o cinco amigos. Paisajes humanos.

Quizás podría sentirme confortable en cualquier lado si pudiera llevar conmigo esa constelación de amor formada por ellos. Quien sabe.

Todo ello, los lugares y las personas, daban forma a mi identidad, una cosmología diversa construida con sus diferencias y sus semejanzas. Mi pequeño gran universo confortable, en continua transformación.

Desde entonces lucho porque ningún político interesado me diga cómo está hecha mi identidad.

Mi identidad. Única, personal. Inexplicable, si.
25 de julio

La justicia ha condenado a TVE por su tratamiento informativo en la última huelga general. El siete de mayo, en este diario, yo no andaba tan desencaminado.
1 de agosto

Hoy empiezan mis vacaciones. El mes de julio ha terminado siendo, en contra de lo habitual, bastante complicado. Entrevistas, planes ocupacionales, casos de violencia doméstica. Todo ello aderezado con un calor que licua los informes, funde los ordenadores y explota en las sienes provocando un sudor que, sin pedir permiso, mana por mis axilas y se desliza sibilinamente por los pies.

Cada año tengo la sensación de hacer, en el último momento, un sprint al borde de lo soportable, sabiendo que en la meta me espera el premio de un mes sanador.

Para mi las vacaciones son lo más parecido a aquellos días en que, siendo un niño, me quedaba en casa sin ir al colegio; febril, envuelto en mantas, con un tebeo en una mano y un vaso de leche caliente con miel en la otra. Un oasis de felicidad.
4 de septiembre

Durante las vacaciones no he escrito nada, no quiero aburrir a nadie que pueda leer esto con mis aventuras veraniegas: ¿Qué tal las vacaciones? Muy bien ¿Cortas no? Ya lo creo. Pero se le cargan a uno las pilas, ¿eh? Pues, eso, que no quiero aburrir a nadie.

A la vuelta he leído los inevitables artículos de cada año sobre la depresión postvacacional y las recomendaciones para evitarla.

En mi caso más que depresión sufro lo que yo llamo un “trastorno nostálgico” que dura dos o tres días. Y es que cuesta olvidar como se come, se descansa y se mira el mar en la Costa da Morte o en el edén de Zarauz.
5 de septiembre

Ser educador social puede ser terrible y extraordinario, monótono y apasionante, a veces es todo eso y a veces es nada. Que sea una cosa u otra depende de elementos externos (el sueldo, el jefe, los usuarios, el espacio de trabajo, el horario, etc.) y de la perspectiva que cada uno tiene. En lo que a mi respecta hace tiempo que decidí que el trabajar con personas es algo apasionante y un privilegio, aunque a veces, muchas veces, demasiadas veces, te den ganas de mandarlo todo a paseo.

No es que me guste trabajar pero si trabajo en lo que me gusta.
6 de septiembre

Estos últimos días he hablado, por primera vez, con los nuevos regidores de servicios sociales de los ayuntamientos donde trabajo.

Antes de irme de vacaciones hubo elecciones municipales. Todo el proceso electoral, con su constante y agotador bombeo de información, me produjo tal saturación que no me apetecía escribir sobre la cuestión. Quizás ahora, con la distancia, se me ocurra decir algo
Por la tarde

El asunto de la distancia, o, mejor dicho, la falta de ella, es una de las dificultades que tiene el trabajo social y también el periodismo.

En el periodismo la inmediatez que exige dar la noticia al segundo impide recabar la suficiente información y consultar todas las fuentes. Los telediarios, esos magazines apresurados de la actualidad, han hecho un dogma de la mentira más perversa que difunde la televisión: que una imagen vale más que mil palabras.

Si, es verdad, la ilusión óptica de la imagen, su atracción y, porque no decirlo, el poco esfuerzo que nos implica a los espectadores, hacen aparecer todo nítido, suave, sin indigestiones. Pura mayonesa light. Pero en verdad nada se nos dice acerca de los motivos, la historia, las consecuencias, los interrogantes o las personas que conforman esa noticia.
En los servicios sociales también nos presionan para dar respuestas inmediatas. La presión puede ser tan fuerte que acabamos exigiendo a las familias cambios acelerados, o tomando medidas drásticas e inoportunas. Nuestro trabajo, por el contrario, exige distancia para madurar las intervenciones y para conocer a las personas.

Se trata de una distancia también física y emocional. Si uno no se aleja lo suficiente de los hechos después de haberlos vivido, si se queda ahí, implicándose hasta los huesos y no se es capaz de apartarse unos metros y unos días, corre el riesgo de que todo se difumine.

Prueben a ponerse la palma de la mano en la nariz.
8 de septiembre

Hoy ha sido un día muy tranquilo. Yo también lo estoy. Me noto relajado, con buen color de cara, el efecto vacacional todavía dura. Poco a poco la cara irá somatizando las horas mal dormidas, las entrevistas infinitas, el agarrotamiento de conducir, el cansancio de escuchar. Poco a poco, el rictus se tornará más cansino. Pero eso no se notará hasta marzo, por lo menos.
Más tarde:

Políticos. De momento los tres concejales de servicios sociales que he conocido (cada uno de un municipio) auguran una buena sintonía. Pero, como el rictus de mi cara, que va cambiando con los meses, habrá que esperar también a marzo para hacer un primer balance.
De concejales de servicios sociales hay, básicamente, de tres tipos, sean hombre o mujer:

En primer lugar está el regidor responsable de la concejalia que asume. Busca una buena sintonía con sus técnicos, los motiva y les exige a la vez. Se pelea con su equipo de gobierno para que su área sea fuerte en el ayuntamiento, con un presupuesto importante y no una mera comparsa. Quiere un buen equilibrio entre necesidades de sus ciudadanos, proyectos de sus técnicos y presupuestos del ayuntamiento.

Luego está el regidor fantasma. Es el que desaparece por completo y ya no le vuelves a ver el pelo en toda la legislatura. Te vuelves imbecil buscándolo y te da largas mientras tu te preguntas, preso de los nervios, porque diantre dirige un área que le trae sin cuidado. Cuando suele aparecer, tarde, a destiempo y sin disculparse, cuando suele aparecer, digo, entonces mete la pata hasta el fondo.

En tercer lugar está el regidor intervencionista, omnipresente, sabelotodo, chulo. Suele decir, sin reservas y como perdonándote la vida, que el si que sabe de lo social, que le vas a explicar. Alguna vez, quizás, ostentó algún cargo de vete a saber qué. No respeta lo más mínimo a sus técnicos, te dice qué y como debes hacer tu trabajo, tiene siempre un no por respuesta. Se carga equipos y proyectos a diestro y siniestro, reinventando la pólvora. En fin, el que hace más de técnico frustrado que de político.

En mi camino como educador social he tenido regidores de todo tipo. Propongo un juego de rol que se llame: En busca del buen concejal. Piensen en su ciudad. Métanse en la piel de cada uno de estos tres políticos y luego intenten llevar a cabo, con cada uno, una política social coherente. Tranquilos, si con alguno la cosa no sale bien se encontrará usted echándole la culpa a los demás, eso será un rasgo definitorio de su personaje.
9 de septiembre

Hay oasis televisivos que nunca decepcionan. Hoy he visto un programa sobre la lectura en el canal 33 que se llama Alexandria. Es de las pocas veces que he disfrutado con un programa de televisión sobre libros.

Entrevistaban a Alfred Bosch que, además de novelista, es un gran experto en África. Le escuche hace tiempo en una conferencia muy interesante donde hablaba de una África alejada de los tópicos más manidos. Hablaba de esa África que no se hunde, donde un potencial humano y natural impresionante lucha por salir a flote. Otro autor, Kapuscinski escribió en su día Ébano, una obra maestra que acabo de leer, imprescindible para entender al continente vecino y a las personas que vienen de el para quedarse.

La entrevista a Alfred Bosch utiliza los cánones visuales actuales. Es decir, continuos movimientos de cámara, diferentes enfoques, interrupciones para presentar otras cosas, etc. Se supone, que todo eso no aburrirá al espectador. Es lo moderno y en el fondo me gusta. Pero no hacen falta tantos artilugios. El secreto sigue siendo un buen entrevistador y un invitado con cosas interesantes que decir. Supongo que por eso disfruto con las entrevistas lánguidas, visualmente monótonas pero apasionantes, que Joaquin Soler Serrano hacia a personajes como Julio Cortazar o Dalí en un antiguo programa de la televisión, en blanco y negro, que se llamaba A fondo y que se puede conseguir en las bibliotecas.
16 de septiembre

Usuarios de servicios sociales. También llamados coloquialmente nuestros usuarios.

Clientes, pacientes, público, turistas, usuarios. Cada profesión define a las personas a las que atiende y reflexiona sobre ellas.

Para nosotros el concepto Nuestros Usuarios no designa solo a la persona que va a los servicios sociales. No. Para educadores y trabajadoras sociales, Nuestros Usuarios es toda una categoría, subliminal si se quiere, pero categoría al fin. Nuestros Usuarios, pensamos en privado, son unas personas con unas características determinadas: una cierta manera de vestir más bien sencilla, un lenguaje más bien pobre, una procedencia más bien sospechosa, una actitud más bien sumisa.

Por eso cuando alguien viene al servicio y no está cortado bajo ese patrón nos permitimos decir que no es como Nuestros Usuarios. Es decir está ahí casi por accidente y no volverá más.

Muchos servicios sociales están también hechos, ¡como no! a la medida de Nuestros Usuarios: Despachos de segunda mano, locales en la ruina, luz tenebrosa, etc. Es decir les atendemos conforme a su categoría.
Un café después:

A medida que los servicios sociales se modernizan y ofrecen una atención profesional y cualificada, usuario del servicio puede ser cualquiera. También, claro, las personas sencillas y sumisas, pero no solo ellas. Eso nos incomoda. No nos acabamos de acostumbrar a tratar con alguien que reivindique sus derechos, que nos exija, que proteste, que tenga dignidad a pesar de su pobreza. Estábamos más cómodos en nuestro papel de dominadores. Es comprensible, dado nuestra vocación original de pastores de rebaños.

Pero habrá que ir educándose.

No es algo que se solucione sólo con un código ético de conducta, es algo que va más allá. Se trata de la visión que tenemos del mundo y de nosotros mismos. Se trata de ver si la piedra que llevamos sobre nuestras espaldas de educadores sociales, una piedra hecha de normas sociales, convenciones de grupo y leyes de mayorías es demasiado pesada para defender al individuo. Si respetamos su unicidad o lo aplastamos definitivamente en la masa.
Abrir los servicios sociales, dirigirnos a toda la población, tirar ya el lastre histórico del paternalismo.

Para ello hay que empezar a ser intolerante con algunos temas que parecen los menos importantes. Estoy hablando de la necesidad de trabajar en buenos despachos, aireados, con paredes bien pintadas para que uno no se deprima al entrar. No es sólo una cuestión de confort (que también), es algo simbólico. Un lenguaje cuidado, una atención exquisita. Estoy hablando de IMAGEN, si. Marketing o como quieran llamarlo, eso tan denostado por nosotros, idólatras de lo cutre.

Sólo así nos haremos visibles. Sólo así nos mirarán.
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