Reflexiones sobre los servicios sociales




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20 de septiembre

En un reportaje aparecido en El País el periodista John Carlin dice:

“El peligro de la institucionalización de la ayuda alimentaría es que crea dependencia de los países desarrollados (…) el resultado es que la gente se limita a esperar sentada en toda África”.

También Philip Gourevitch en su estupendo libro Queremos informarle de que mañana seremos asesinados junto con nuestras familias, acerca del asesinato masivo de tutsis en Ruanda en 1994, señala que la acción humanitaria se utilizó como vehículo de acción política convirtiéndose en parte activa (y a veces lucrativa) del conflicto. Ante las palabras de un cooperante de ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) diciendo que el sólo estaba en Ruanda para hacer, no para pensar, Gourevitch apunta si “no pensar, sólo actuar” no se asemeja demasiado a la actitud mental de un mercenario.
También en nuestra sociedad la actitud paternalista y asistencialista de administraciones y a veces de voluntariosas personas, vuelve pasivas a los receptores de esas ayudas. Paradójicamente, les impide crecer.

En ese ayudar antes de que el otro pida ayuda, en ese imposibilitar que el otro también pueda dar y no sólo recibir, en tanto sacrificio desinteresado hay demasiada mala conciencia.
23 d’octubre

Reunión agotadora en una escuela. Teníamos diferentes puntos de vista a la hora de trabajar con una familia.

Algunos profesores, con una ansiedad por otra parte comprensiva en alguien que ve a los niños cada día, nos presionaban en cierto modo para que tomásemos medidas más drásticas (en última instancia, el ingreso de los niños en un centro).

Hace unos años vi la película Lady Bird Lady Bird del director Kean Loach. En ella se hace una crítica durísima a los servicios sociales de la etapa tatcheriana. Secuencia a secuencia, los encargados de proteger a la familia, van arrancando uno a uno los niños a su madre de una manera injusta y desproporcionada.

Supongo que el señor Loach se documentó bien sobre los desmanes de la administración británica en aquel momento. Como director comprometido que es resulta normal que sea crítico con el poder. Cosa que alabo.

En la extraordinaria película Hoy empieza todo de Bertrand Tavernier, un profesor se erige en salvador de familias ante la inoperancia de los servicios sociales.

También salimos malparados en el cine español ya sea por acción o por omisión.

He disfrutado con estas películas, como espectador y como educador, porque para mi la crítica siempre es un acicate para ser mejor profesional. Lo que pasa es que mi experiencia en la atención primaria es totalmente contraria a la que relata el señor Loach en su película. No es esto ningún reproche a esa película es sólo que, de vez en cuando y sin que sirva de precedente, nos merecemos un reconocimiento al trabajo bien hecho. Se que queda feo felicitarse uno mismo pero, en mi caso, no creo que haya riesgo de autocomplacencia.

Como decía, he trabajado en algunos casos de menores donde se daba una cierta negligencia por parte de los padres y donde vecinos y, a veces, otros profesionales ejercían una presión brutal para ingresarlos en un centro. En esos casos, en los que no se trataba de un desamparo (lo cual justificaría una medida de ese tipo) pero si de una situación familiar crítica, lo más fácil es quitar la tutela y la guarda a los padres. No es lo más adecuado ni lo más profesional, sin duda, pero si, lo más fácil. Son decisiones con las que se cubre uno las espaldas y se duerme a pierna suelta.

Pero uno elige ser un profesional, se traga los miedos infundados y se la juega. Se trata de elegir entre trabajo socioeducativo (con la incertidumbre que eso representa) o maltrato institucional, entre protección a los menores o chapuza.

Después toda esa presión a la que me refería puede hacer que no duermas bien algunas noches, a pesar de que la decisión sea la correcta y la haya tomado un buen equipo profesional (y el nuestro lo es).

Todo esto también podría dar para una buena película.
De todas formas, como decía, estamos agotados por la reunión. Satisfechos pero agotados. Se que llegaré a casa y repasaré una y otra vez los momentos más críticos de la reunión, aquellos en que no estuve acertado, aquello que tenia que haber dicho y se me escapó. Lo que coloquialmente llamamos no desconectar.

Por la tarde, un cielo limpio y radiante.

A pesar de todo, uno tiene sus defensas:

Prélude à l’après-midi d’un faune, de Debussy, desde mi equipo de música, en el sofá. Cierro los ojos. En algunos pasajes la música me lleva en volandas, meciéndome entre cielos perfectos y criaturas del bosque.

En La Mer, Debussy me hace viento, agarra mis pensamientos y los lanza violentamente contra el acantilado. Te calma, te zarandea, te duerme, te hace mar.

La música, hablando de certezas epidérmicas. Tan inasible y a la vez tan humana.

La música, un goce resiliente, lamiendo las heridas.
27 de octubre

Continuamente, ese ente que llamamos opinión pública necesita nutrirse de chivos expiatorios con los que explicar sus dolencias y su mala uva. Ayer eran las drogas o la juventud, hoy son los inmigrantes. El poder se ocupa de alimentar la bilis del vox populí juntando y confundiendo, en todos sus discursos, los términos inmigración e inseguridad ciudadana. Al fin y al cabo, el poder consiste en hacer interiorizar como nuestros sus propios delirios.

Hay un elemento que siempre homologa esos chivos expiatorios en toda la historia: La pobreza.

Los pobres se erigen así en víctimas y culpables al mismo tiempo.
5 de noviembre

Reunión de ÀGORA. ÀGORA es un grupo de profesionales formado por una psicóloga y una pedagoga del EAIA (equipo de atención a la infancia i adolescencia), dos trabajadoras sociales y un educador de atención primaria, que nos dedicamos a reflexionar, leer y escribir sobre temas de nuestra profesión. Nos reunimos una vez al mes y ya hemos participado en varios congresos. ÀGORA nos permite romper la falsa dicotomía entre teoría y praxis. Un oasis necesario.
10 de noviembre

Cuando entrevisto a un padre o una madre y le hablo acerca de su responsabilidad en algún asunto relacionado con sus hijos ellos responden que es cierto, que son culpables de lo que ha pasado. Responsabilidad o culpa, siempre tengo que aclarar este entuerto antes de seguir con la entrevista.

La responsabilidad remite a la libertad del individuo, a su posibilidad de elección ante diferentes opciones. Cuando a alguien se le hace responsable también se le abre una puerta de esperanza: puesto que fue responsable en su día de una determinada negligencia, es responsable también (por tanto tiene la fuerza, la libertad, la capacidad) de actuar de otra manera.

La sociedad (nosotros en su representación) debe ofrecer diferentes opciones. Ni que decir tiene que mientras más justa, democrática y abierta es una sociedad, más opciones plantea.

El cambio siempre es posible desde esta óptica. A alguien que se le hace responsable se le legitima para actuar.

La culpa, por el contrario, paraliza. Con la culpa solo se desarrollan los remordimientos de conciencia que minan el interior de la persona y le imposibilitan cualquier posibilidad de cambio. La culpa obliga al pago de una deuda en forma de castigo. El castigo, cuando no es la multa o la cárcel, remite a un castigo interior: el resentimiento.

Nietzsche, que ha hurgado como nadie en la raíz etimológica de los conceptos culpa y mala conciencia señala como estos nacen con las religiones, especialmente la cristiana. La mala conciencia, esa deuda no saldada, germina de la represión de los instintos que al no poderse desarrollar hacia fuera, se vuelven hacia dentro. Este resentimiento interior está en el origen del alma en el hombre.

La mala conciencia es la fuente de donde nacen todos los sacrificios personales, todo el mal dirigido hacia uno mismo, toda la represión, el masoquismo, la penitencia del hombre. Después la iglesia cristiana se encargará de ensalzar en los altares el sacrificio personal en la Tierra en aras de conseguir una meta ideal: el paraíso eterno.
Culpa, individualidad, el bien y el mal. Nosotros, tan cargados de moral y de buenas intenciones tenemos una cita obligada con Nietzsche el solitario, el vitalista, el psicólogo que mejor nos conoce.
13 de noviembre

Con una cita de Nietzsche termino la primera parte de este diario: “Hay que apartar de nosotros el mal gusto de querer coincidir con muchos”.


Sera Sánchez

bukortazar33@ yahoo.es
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