Novia De "Crónicas del Ángel Gris"




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Cuentos de negros
selección de:
Alejandro Dolina

Roberto Fontanarrosa
Balada de la Primera Novia

De "Crónicas del Ángel Gris", por Alejandro Dolina. Ilustración de Carlos Nine.   El poeta Jorge Allen tuvo su primera novia a la edad de doce años. Guarden las personas mayores sus sonrisas condescendientes. Porque en la vida de un hombre hay pocas cosas más serias que su amor inaugural.
    Por cierto, los mercaderes, los Refutadores de Leyendas y los aplicadores de inyecciones parecen opinar en forma diferente y resaltan en sus discursos la importancia del automóvil, la higiene, las tarjetas de crédito y las comunicaciones instantáneas. El pensamiento de estas gentes no debe preocuparnos. Después de todo han venido al mundo con propósitos tan diferentes de los nuestros, que casi es imposible que nos molesten. 
    Ocupémonos de la novia de Allen. Su nombre se ha perdido para nosotros, no lejos de Patricia o Pamela. Fue tal vez morocha y linda.
    El poeta niño la quiso con gravedad y temor. No tenía entonces el cínico aplomo que da el demasiado trato con las mujeres. Tampoco tenía -ni tuvo nunca- la audacia guaranga de los papanatas.
     Las manifestaciones visibles de aquel romance fueron modestas. Allen creía recordar una mano tierna sobre su mentón, una blanca vecindad frente a un libro de lectura y una frase, tan solo una: "Me gustás vos." En algún recreo perdió su amor y más tarde su rastro.
     Después de una triste fiestita de fin de curso, ya no volvió a verla ni a tener noticias de ella.
    Sin embargo siguió queriéndola a lo largo de sus años. Jorge Allen se hizo hombre y vivió formidables gestas amorosas. Pero jamás dejó de llorar por la morocha ausente.
     La noche en que cumplía treinta y tres años, el poeta supo que había llegado el momento de ir a buscarla.
    Aquí conviene decir que la aventura de la Primera Novia es un mito que aparece en muchísimos relatos del barrio de Flores. Los racionalistas y los psicólogos tejen previsibles metáforas y alegorías resobadas. De ellas surge un estado de incredulidad que no es el más recomendable para emocionarse por un amor perdido.
     A falta de mejor ocurrencia, Allen merodeó la antigua casa de la muchacha, en un barrio donde nadie la recordaba. Después consultó la guía telefónica y los padrones electorales. Miró fijamente a las mujeres de su edad y también a las niñas de doce años. Pero no sucedió nada.
     Entonces pidió socorro a sus amigos, los Hombres Sensibles de Flores. Por suerte, estos espíritus tan proclives al macaneo metafísico tenían una noción sonante y contante de la ayuda.
    Jamás alcanzaron a comprender a quienes sostienen que escuchar las ajenas lamentaciones es ya un servicio abnegado. Nada de apoyos morales ni palabras de aliento. Llegado el caso, los muchachos del Ángel Gris actuaban directamente sobre la circunstancia adversa: convencían a mujeres tercas, amenazaban a los tramposos, revocaban injusticias, luchaban contra el mal, detenían el tiempo, abolían la muerte.
    Así, ahorrándose inútiles consejos, con el mayor entusiasmo buscaron junto al poeta a la Primera Novia.
     El caso no era fácil. Allen no poseía ningún dato prometedor. Y para colmo anunció un hecho inquietante:
    - Ella fue mi primera novia, pero no estoy seguro de haber sido su primer novio.
    - Esto complica las cosas  
-dijo Manuel Mandeb, el polígrafo-. Las mujeres recuerdan al primer novio, pero difícilmente al tercero o al quinto.
     El músico Ives Castagnino declaró que para una mujer de verdad, todos los novios son el primero, especialmente cuando tienen carácter fuerte. Resueltas las objeciones leguleyas, los amigos resolvieron visitar a Celia, la vieja bruja de la calle Gavilán. En realidad, Allen debió ser llevado a la rastra, pues era hombre temeroso de los hechizos.
    - Usted tiene una gran pena  -gritó la adivina apenas lo vio.
    - Ya lo sé señora... dígame algo que yo no sepa...
    - Tendrá grandes dificultades en el futuro...
    - También lo sé...
    - Le espera una gran desgracia...
    - Como a todos, señora...
    - Tal vez viaje...
    - O tal vez no...
    - Una mujer lo espera...
    - Ahí me va gustando... ¿Dónde está esa mujer?
    - Lejos, muy lejos... En el patio de un colegio. Un patio de baldosas grises.
    - Siga... con eso no me alcanza.
    - Veo un hombre que canta lo que otros le mandan cantar. Ese hombre sabe algo... Veo también una casa humilde con pilares rosados.
    - ¿Qué más?
    - Nada más... Cuanto más yo le diga, menos podrá usted encontrarla. Váyase. Pero antes pague.

     Los meses que siguieron fueron infructuosos. Algunas mujeres de la barriada se enteraron de la búsqueda y fingieron ser la Primera Novia para seducir al poeta. En ocasiones Mandeb, Castagnino y el ruso Salzman simularon ser Allen para abusar de las novias falsas.
     Los viejos compañeros del colegio no tardaron en presentarse a reclamar evocaciones. Uno de ellos hizo una revelación brutal.
    - La chica se llamaba Gómez. Fue mi Primera Novia
    - ¡Mentira!  
-gritó Allen.
    - ¿Por qué no? Pudo haber sido la Primera Novia de muchos.
    Entre todos lo echaron a patadas.
    Una tarde se presentó una rubia estupenda de ojos enormes y esforzados breteles. Resultó ser el segundo amor del poeta. Algunas semanas después apareció la sexta novia y luego la cuarta. Se supo entonces que Jorge Allen solía ocultar su pasado amoroso a todas las mujeres, de modo que cada una de ellas creía iniciar la serie.
    A fines de ese año, Manuel Mandeb concibió con astucia la idea de organizar una fiesta de ex-alumnos de la escuela del poeta.
    Hablaron con las autoridades, cursaron invitaciones, publicaron gacetillas en las revistas y en los diarios, pegaron carteles y compraron masas y canapés.
    La reunión no estuvo mal. Hubo discursos, lágrimas, brindis y algún reencuentro emocionante. Pero la chica de apellido Gómez no concurrió.
    Sin embargo, los Hombres Sensibles -que estaban allí en calidad de colados- no perdieron el tiempo y trataron de obtener datos entre los presentes.
    El poeta conversó con Inés, compañera de banco de la morocha ausente.
    - Gómez, claro  -dijo la chica-. Estaba loca por Ferrari.
    Allen no pudo soportarlo.
    - Estaba loca por mí.
    - No, no... Bueno, eran cosas de chicos.

    Cosas de chicos. Nada menos. Amores sin cálculo, rencores sin piedad, traiciones sin remordimiento.
    El petiso Cáceres declaró haberla visto una vez en Paso del Rey. Y alguien se la había cruzado en el tren que iba a Moreno.
    Nada más.
    Los muchachos del Ángel Gris fueron olvidando el asunto. Pero Allen no se resignaba. Inútilmente buscó en sus cajones algún papel subrepticio, alguna anotación reveladora. Encontró la foto oficial de sexto grado. Se descubrió a sí mismo con una sonrisa de zonzo. La morochita estaba lejos, en los arrabales de la imagen, ajena a cualquier drama.
    - ¡Ay, si supieras que te he llorado....! Si supieras que me gustaría mostrarte mi hombría... Si supieras todo lo que aprendí desde aquel tiempo...
    Una noche de verano, el poeta se aburría con Manuel Mandeb en una churrasquería de Caseros. Un payador mediocre complacía los pedidos de la gente.
    - Al de la mesa del fondo le canto sinceramente...
    De pronto Allen tuvo una inspiración.
    - Ese hombre canta lo que otros le mandan cantar.
    - Es el destino de los payadores de churrasquería.
    - Celia, la adivina, dijo que un hombre así conocía a mi novia...

     Mandeb copó la banca.
    - Acérquese, amigo.
    El payador se sentó en la mesa y aceptó una cerveza. Después de algunos vagos comentarios artísticos, el polígrafo fue al asunto.
    - Se me hace que usted conoce a una amiga nuestra. Se apellida Gómez, y creo que vivía por Paso del Rey.
    - Yo soy Gómez  
-dijo el cantor-. Y por esos barrios tengo una prima.
    Después pulsó la guitarra, se levantó y abandonando la mesa se largó con una décima.
    - Acá este amable señor
    conoce una prima mía
    que según creo vivía
    en la calle Tronador.
    Vaya mi canto mejor
    con toda mi alma de artista
    tal vez mi verso resista
    pa' saludar a esta gente
    y a mi prima, la del puente
    sobre el Río Reconquista.

    Durante los siguientes días los Hombres Sensibles de Flores recorrieron Paso del Rey en las vecindades del río Reconquista, buscando la calle Tronador y una casa humilde con pilares rosados. Una tarde fueron atacados por unos lugareños levantiscos y dos noches después cayeron presos por sospechosos. Para facilitarse la investigación decían vender sábanas. Salzman y Mandeb levantaron docenas de pedidos.
    Finalmente, la tarde que Jorge Allen cumplía treinta y cuatro años, el poeta y Mandeb descubrieron la casa.
    - Es aquí. Aquí están los pilares rosados.
    Mandeb era un hombre demasiado agudo como para tener esperanzas.
    - No me parece. Vámonos.
    Pero Allen tocó el timbre. Su amigo permaneció cerca del cordón de la vereda.
    - Aquí no es, rajemos.
    Nuevo timbrazo. Al rato salió una mujer gorda, morochita, vencida, avejentada. Un gesto forastero le habitaba el entrecejo. La boca se le estaba haciendo cruel. Los años son pesados para algunas personas.
     - Buenas tardes  -dijo la voz que alguna vez había alegrado un patio de baldosas grises.
     Pero no era suficiente. Ya la mujer estaba más cerca del desengaño que de la promesa.
    Y allí, a su frente, Jorge Allen, más niño que nunca, mirando por encima del hombro de la Primera Novia, esperaba un milagro que no se producía.
    - Busco a una compañera de colegio  -dijo-. Soy Allen, sexto grado B, turno mañana. La chica se llamaba Gómez.
    La mujer abrió los ojos y una niña de doce años sonrió dentro de él. Se adelantó un paso y comenzó una risa amistosa con interjecciones evocativas. Rápido como el refucilo, en uno de los procedimientos más felices de su vida, Mandeb se adelantó.
     - Nos han dicho que vive por aquí... Yo soy Manuel Mandeb, mucho gusto.
    Y apretó la mano de la mujer con toda la fuerza de su alma, mientras le clavaba una mirada de súplica, de inteligencia o quizás de amenaza.
    Tal vez inspirada por los ángeles que siempre cuidan a los chicos, ella comprendió.
    - Encantada  -murmuró-. Pero lamento no conocer a esa persona. Le habrán informado mal.
    - Por un momento pensé que era usted  
-respiró Allen-. Le ruego que nos disculpe.
    - Vamos  
-sonrió Mandeb-. La señora bien pudo haber sido tu alumna, viejo sinvergüenza...
     Los dos amigos se fueron en silencio.
     Esa noche Mandeb volvió solo a la casa de los pilares rosados. Ya frente a la mujer morocha le dijo:
    - Quiero agradecerle lo que ha hecho....
    - Lo siento mucho... No he tenido suerte, estoy avergonzada, míreme....
    - No se aflija. Él la seguirá buscando eternamente.

     Y ella contestó, tal vez llorando:
     - Yo también.
     - Algún día, todos nos encontraremos. Buenas noches, señora.

     Las aventuras verdaderamente grandes son aquellas que mejoran el alma de quien las vive. En ese único sentido es indispensable buscar a la Primera Novia. El hombre sabio deberá cuidar -eso sí- el detenerse a tiempo, antes de encontrarla.
    El camino está lleno de hondas y entrañables tristezas. Jorge Allen siguió recorriéndolo hasta que él mismo se perdió en los barrios hostiles junto con todos los Hombres Sensibles.
El Corso Triste de la calle Caracas
    Según una difundida leyenda, el Carnaval fue alguna vez una fiesta popular, con personas disfrazadas, música, baile, bromas y murgas. En verdad, cuesta creer semejante cosa. Como quiera que sea, la legendaria gesta ha muerto ya. Sin embargo, como silenciosas habitaciones vacías, han quedado ciertas fechas del almanaque a las que la terquedad general insiste en adjudicar la condición de carnavalesca. Esos días son utilizados no ya para festejar sino más bien para reflexionar y añorar la ausencia de la fiesta. Se trata, según se ve, de un curioso destino: pasar del entusiasmo a la nostalgia, de la pasión a la meditación, de la alegría a la tristeza. Muchos espíritus taciturnos se solazan con este estado de cosas y afirman que la farra y el desenfreno de otras épocas fueron apenas un paso previo e inevitable, cuyo noble fin se cumple ahora, en el ejercicio del recuerdo. 
    Los Hombres Sensibles de Flores simpatizaban en cierto modo con este criterio. Para ellos el Carnaval no solamente servía para seducir señoritas en las milongas sino también para pensar en el paso del tiempo.
    Puede afirmarse sin caer en el infundio que esta ilustre manga de atorrantes jamás consiguió entender el sentido de los Carnavales.
    Manuel Mandeb pensaba que las gentes se ponían contentas en virtud de algún suceso que todos conocían menos él. Sus amigos padecían un desconcierto de la misma clase.
    Esto puede explicar la extraña conducta de los Hombres Sensibles en los corsos y en los bailes.
   Durante un rato hacían fuerza para sentirse alegres: bailaban, comían chorizos, se ponían caretas, hablaban con voz finita y mojaban a las damas con pomos de colores. Después comprendían que todo aquello era inútil y entonces se iban a otros bailes, discutían con los mozos, miraban las orquestas, evocaban antiguos Carnavales y cantaban el tango Siga el Corso. Ya en la madrugada maldecían el Carnaval, se estacionaban en las esquinas desoladas y se burlaban de los caminantes que volvían a sus casas.
    Pero una tarde de verano Manuel Mandeb tuvo una inspiración genial. Se le ocurrió organizar todos los años el Corso Triste de la Calle Caracas.
    Se trataba de una idea interesante: Mandeb pensaba que en los Carnavales vulgares todos disimulaban la tristeza disfrazándose de personas alegres. Su proyecto consistía en adoptar disfraces y actitudes melancólicas para ver si detrás de ellos se instalaba la alegría.
    "Si bajo la sonora risa del payaso se adivina siempre una lágrima, es posible que encontremos una sonrisa si sacamos nuestras caretas de víctimas"
    Si el propósito de Mandeb fue lograr un clima de pesadumbre, hay que decir que lo consiguió. El Corso Triste de la Calle Caracas era francamente tenebroso. Todas las luces estaban apagadas. Los asistentes deambulaban como sombras fingiendo toda clase de sufrimientos.
    Las murgas entonaban canciones trágicas y tangos de Agustín Magaldi.
    Los disfraces eran lastimosos: de condenado a muerte, de novia abandonada, de jugador expulsado, de deudor hipotecario, de vendedor de libros y de intoxicado.
    Con el tiempo el Corso Triste se fue haciendo más ambicioso y complejo.
    Jorge Allen, el poeta, empezó a escribir versos murgueros con pretensión literaria.

    "Si parliamo' del destino
    bororom bobom bobom...
    ¿Quién conoce su camino?
    Bororom borom borom....
    Nadie puede contra la suerte
    la última carta es la de la muerte
    borobobom bombom
    borobobom bombom."


    Los muchachos tristes de otros barrios se acercaron poco a poco y pronto circularon carrozas de hojas secas y automóviles con las ventanillas cerradas.
    En el tercer año, se constituyó un jurado y se realizaron concursos y torneos.
    Las comparsas se sacaban chispas para ver cuál era la más deprimente. Los Lonyipietros del Desengaño, los Decrépitos del Mañana y Chispazos de Soledad fueron las agrupaciones más renombradas.
    Las reinas del corso eran bellísimas, pero inaccesibles y perversas. El premio anual de máscara suelta lo ganó siempre el mismo individuo Hablamos -desde luego- del célebre actor Eladio del Prado, quien no tenía rival en la técnica de la caracterización.
    Sus primeros disfraces fueron sencillos. Una noche apareció disfrazado de esclavo persa y todos se condolían al ver su espalda surcada de latigazos y su cuerpo encorvado bajo el peso de enormes cadenas.
    Después, sus creaciones fueron más complejas. Un domingo fue cíclope y a la mañana siguiente revolucionó todo el barrio buscando el ojo que se había sacado. Fue también mendigo escocés y la gente lloraba al verlo soportar la nieve de Glasgow en la Calle Caracas.
    Cuentan que Del Prado, entusiasmado por sus éxitos, resolvió seguir con sus disfraces durante todo el año. Dicen que su destreza crecía junto con su crueldad.
    Una noche de invierno, los Hombres Sensibles saltaron de alegría al ver reaparecer al Tonio Berardi, el pibe que murió en Paris. Organizaron una gran fiesta, y en el momento en que alzaban las copas para celebrar la resurrección, Del Prado se sacó el guardapolvo, se lavó las rodillas, volvió a poner cara de persona mayor y apareció tal cual era. El ruso Salzman estuvo dos semanas en cama y Jorge Allen casi se queda tartamudo.
    EL último Carnaval del Corso Triste, Eladio Del Prado se disfrazó para siempre de recuerdo y nadie volvió a verlo por el barrio del Ángel Gris.
    La comisión organizadora del Corso pronto advirtió que la creación de Mandeb tenía interesantes posibilidades económicas. Esto resulta un poco sorprendente si se recuerda la nula capacidad de los Hombres Sensibles para los negocios. De cualquier manera, es un hecho que durante largos años los muchachos del Ángel Gris vendieron papel picado. Emplearon la conocida técnica que ha enriquecido a tantos mercaderes: en la primera jornada las bolsitas estaban llenas de papelitos brillantes e inmaculados. Cuando terminaba la fiesta, barrían el piso y volvían a embolsar el papel. Noche tras noche, el producto se ensuciaba y envilecía, hasta que en la muerte del Carnaval las bolsitas estaban llenas de tierra, tapitas de cerveza, caramelos empezados y otras porquerías. Algunos memoriosos creen reconocer todavía hoy en los bailes de Villa del Parque, restos del papel picado primigenio que se vendía en el Corso Triste.
    Para contribuir a la pesadumbre de la concurrencia, Mandeb vendía pomos llenos de lágrimas que -si ha de creerse a sus detractores- falsificaba con agua y sal.
    Los Refutadores de Leyendas, en su carácter de comparsa racionalista, solían acercarse a la fiesta de la calle Caracas para buscar camorra. Todos recuerdan sus afinados pregones:

    "Los Refutadores
    señoras, señores,
    llegan con sus ritmos
    y sus silogismos.
    Los desafinados
    a exponer sus ilusiones
    y a confrontarlas
    con nuestras refutaciones..."


    Las olímpicas razones de la murga encontraban muchas veces contundente respuesta y dentro de un clima polémico y agudo, solían armarse formidables peleas que -por cierto- daban lustre y renombre al Corso Triste.
    Año tras año, los Carnavales de la calle Caracas fueron poniéndose más divertidos. Naturalmente, esto provocó su decadencia.
    Los Hombres Sensibles de Flores, al observar el jolgorio, comprendían que el proyecto inicial iba camino del fracaso.
    La sobria melancolía de los primeros tiempos iba dando paso a sonrisas complacientes cuando no a risotadas sin freno.
    ¡Ah! -se lamentaban- ¡Carnavales eran los de antes!
    Y entonces contaban anécdotas de los corsos de antaño, austeros y silenciosos, comparándolos con la insoportable algarabía que tenían ante sus ojos.
    Pero en realidad la verdadera esencia del fracaso hay que buscarla por otros rumbos.
    Como ya se ha dicho, lo que buscaban Mandeb y sus amigos era un dejo de alegría que debía aparecer al quitarse la máscara trágica.
    Y lo cierto es que nunca encontraron tal cosa.
    Cada vez que -con toda ilusión- abandonaban sus disfraces de atormentados, encontraban debajo nuevos tormentos que, para peor, eran reales.
    Por eso, comprendiendo que la dicha no estaba en el Carnaval y quizás en ninguna parte, los Hombres Sensibles disolvieron para siempre el Corso Triste de la Calle Caracas.
    Hoy, cuando la fama de los muchachos del Ángel Gris ya encontró su tumba en los vientos de la estación Flores, hay -aunque pocos lo adivinen- centenares de corsos tristes. Y son mucho más tristes que el de la calle Caracas, pues su tristeza es involuntaria y su propósito es la alegría.
    Tal vez ha llegado el momento de comprender que los criollos no hemos nacido para ciertas fantochadas. Que se rían los brasileños. Tengamos, eso sí, fiestas y reuniones populares. Pero no dejemos de ser quienes somos. Si nuestra extraña condición nos ha hecho comprender el sentido adverso del mundo, agrupémonos para ayudarnos amistosamente a soportar la adversidad.
    A lo mejor, los Carnavales de antaño, tan añorados por los animadores de la radio, no eran más que eso: una reunión de gente triste que buscaba consuelo.

Niños, libros y lecturas
    Las novelas decimonónicas sobre el Imperio Romano se esfuerzan en reconstruir la época de los Césares y apenas consiguen revelar las preferencias y gustos del siglo XIX. Sucede que los cónsules, los senadores y los emperadores no pueden disimular el acento de las tertulias parisinas, por mucho que se esfuerce el escritor. Esto no debe apuntarse como un reproche sino más bien como una fatalidad que conviene saber antes de la lectura.
    Algo parecido sucede con los libros para chicos. Escritos desde un mundo diferente, suelen referir historias que suenan falsas, protagonizadas por seres lejanos e incomprensibles. Ante su propia creación, los autores suelen afectar una especie de perpleja benevolencia, la misma que se usa en la descripción de las costumbres de los salvajes. 
    Alguien podrá decir que lo más conveniente es que los romanos escriban sobre el imperio, y los niños sobre la infancia. Objeción: los romanos no escriben ya y los niños no lo hacen todavía. De unos y otros nos separa el tiempo.
    Puede aducirse que mientras ningún escritor actual ha sido ciudadano del Imperio, casi todos han sido niños. Sin embargo, un complicado abismo de olvidos y falsos recuerdos parece alejarnos de nuestras emociones infantiles. Los literatos que se fingen chicos no consiguen engañar a nadie.
    A decir verdad, no es posible ni siquiera saber con certeza si los niños disfrutan de los libros que se les preparan.
    Con mucha cautela, me atrevería a apostar que no. Evocaciones que acaso invento ahora me remiten a las historias de terror, las investigaciones de Míster Reader, el Padre Brown y el poema A Margarita Debayle, creaciones todas que poco tienen de infantiles.
    Me parece también recordar que a mis cuatro o cinco años escuchaba con más placer La Copa del Olvido  o Mi Noche Triste, que las cargosas pamplinas sobre faroleras tropezadas.
    Así, menos en forma de teoría que de sospecha, postulo que un libro que entretiene a un chico debe ser capaz de hacerlo con un adulto. Desde luego, la admiración no sirve en el orden inverso: toda obra necesita una información previa por parte del lector para ser comprendida. El cuento El inmortal, de Jorge Luis Borges, resultaría incomprensible -o insulso- para quien desconociera la existencia de Homero.
    La medición de un hexámetro exige saber latín. Presiento, sin embargo, que miles de cuentos y novelas pueden ser leídos sin penuria por los chicos y sin aburrimiento por los mayores. Los ejemplos son tan contundentes que me avergüenzan: La Isla del Tesoro, los cuentos de Oscar Wilde, Las Mil y una Noches, las maravillas y horrores de la mitología clásica.
    Frente a estas obras, los coloridos volúmenes de las colecciones infantiles resultan bastante insípidos.
    A veces me palpito que muchos de estos textos son estropeados por la intención edificante. Alguien me dijo una vez que en verdad ocurre lo contrario: la torpeza literaria desacredita la moraleja.
    Manuel Mandeb, el polígrafo de Flores, sentía horror por las novelas protagonizadas por niños. Sostenía que sus comportamientos eran poco racionales, o lo que es peor, poco artístico. Recomendaba insuflar a los pequeños personajes la mayor gravedad, pues entendía que los chicos son generalmente serios y aborrecían la socarronería.
    Mandeb creía que el amor a los niños era una virtud literaria capaz de redimir cualquier defecto.
    - El cariñoso esfuerzo conmueve a los pibes aunque no lo confiesen  -decía.
    Me parece que el hombre de Flores adivinó una gran verdad.
    Cuando era chico yo sentía una emoción deliciosamente triste ante las calesitas, los circos y los caleidoscopios. No me gustaban, no me divertían. Pero me hacían sentir una inmensa piedad por aquellas gentes, más inocentes que yo, que trataban de agradarme con ingenio modesto. De entre mis juguetes infantiles recuerdo una cimitarra de madera que me trajo mi padre. Mis juegos no incluían las gestas sarracenas, de modo que no pude sacarle mayor provecho. Pero allí estaba el amor del hombre aquel que tal vez no me comprendía.
    Por eso creo en el criterio de Mandeb. El amor de un poeta puede ser más eficaz que un buen argumento.
    Más tarde he reconocido aquellos sentimientos de la niñez al recibir algún regalo demasiado humilde.
    En los años dorados, un grupo de maestros melancólicos del barrio del Ángel Gris preparó un libro de lectura escolar diferente de todos.
    Su título fue Tempranos Desengaños.
    Contaba con textos de Manuel Mandeb y Jorge Allen, la docente Etelia C. de Doth y otros oscuros literatos del barrio. También se procuró hacer creer que escribían algunos niños, cosa que nadie llegó a admitir jamás.
    Muchos educadores han dicho que Tempranos Desengaños  carecía de propósitos aleccionadores. Nada más falso. En muchas de sus páginas se promueve la admiración de ciertas conductas. Sucede -eso sí- que tales conductas son precisamente aquellas que repudian los libros infantiles convencionales. Se enaltece la inasistencia a clase, se desprecia la aplicación, se duda de la higiene y se festejan los desórdenes.
    Hay cuentos, poesías, notas y canciones, entre las que sorprende encontrar la milonga Cobráte y dame el Vuelto.
    Vamos a transcribir algunos textos.

LOS DEBERES DE PEDRO

    Pedro se sienta en los últimos bancos del aula, como corresponde a un chico que desdeña la educación y la vecindad de los poderosos. Las conspiraciones y los batifondos nunca lo hallan ajeno. Busca el riesgo de las transgresiones y la compañía de los más beligerantes. A veces lo tientan el estudio y la inteligencia.
    Entonces, como quien acepta un desafío, como una compadrada, resuelve arduos problemas de regla de tres y cumple los dictados sin tropiezos.
    Un día, la maestra le acaricia el pelo tiernamente. El piensa:
    - Ay señorita... Si supiera cómo me gustaría regalarle una flor y darle un beso.
    Pero Pedro sabe quién es y conoce su deber y su destino. Con una gambeta se aleja del afecto inoportuno y va a buscar la gloria allá en el fondo, donde los malandras se empeñan revoleando los tinteros para que se cumpla mejor el divino propósito del Universo.

EJEMPLO (Poesía)

    Los sabios nos han dicho
    que sigamos la sombra de tu paso.
    Y ha sido tu destreza
    la vergüenza de nuestras lentitudes.

    Los signos que guardaba
    la efímera pizarra en su negrura
    a ti no te negaron
    revelaciones y sabidurías.

    Los Seres que Vigilan
    han sabido por ti nuestras infamias
    y hallaste recompensa
    en la noticia del castigo ajeno.

    Ah, blanco paradigma,
    luminoso, implacable compañero:
    hoy nuevamente ha sido
    postulada tu suerte como ejemplo.

    El numeroso patio
    tu sangre dibujada vio en el suelo
    y el rumbo de mis golpes
    siguió la blanca popa de tu miedo.

    Así supieron todos
    después de tu derrumbe en el recreo
    las biabas que promete
    mi zurda a los traidores del colegio.

LOS NIÑOS PRECOCES (por Manuel Mandeb)

    Algunos chicos dan frutos tempranos, no lo niego.
    Sus padres se enorgullecen y los exhiben entre sus familiares y conocidos, cuando no en el cine o la televisión.
    Me atrevo a pensar -sin embargo- que no toda precocidad es auspiciosa. Empecemos por decir que existen adultos bondadosos, agudos, valerosos o geniales. Y que también los hay mediocres, hipócritas, pomposos y canallas. El niño precoz recibe la visita anticipada de ciertos rasgos de la adultez. Algunos tocan el piano como expertos profesionales, otros aprenden lenguas, dibujan o poseen la ciencia.
    Pero hay chicos cuya precocidad consiste en adquirir antes de tiempo el tono vacío y protocolar de las conversaciones de sala de espera, y aprenden a los seis años la filosofía de los tontos satisfechos.
    "Así anda el mundo, Doña Juana..." "Qué se gana discutiendo, Don José..." "Hablando se entiende la gente, Carlitos..."
    También repiten el lenguaje de las revistas y hacen suyas las respuestas de los reportajes más vulgares.
     Por cierto, mucha gente cree que ésa es la sabiduría, y yo digo que más sabios son los pibes indoctos que observan con repugnancia los diálogos de los parientes bien educados.
    Ojalá surjan muchos niños prodigio que se apropien del genio con impaciencia.
    Pero para ser un papanatas, me parece que no hay apuro.

EL NIÑO QUE FUE A MENOS

    La señorita Claudia le pregunta a Ferro:
    - ¿Quién fundó la ciudad de Asunción?
    Ferro lo ignora y lo confiesa. La maestra intenta por otros rumbos.
    - Tissot.
    - No sé, señorita.
    - Rossi.

    Silencio. El ambiente se pone pesado porque quizá la señorita Claudia enseñó aquello el día anterior.
    - Maldonado.
    Nada. Claudia frunce el ceño y ensaya unos reproches generales.
    Frezza, el tano Frezza, lo sabe de algún modo misterioso. Es extraño el camino que siguen las nociones: suelen alojarse donde menos se lo piensa.
    - Núñez. López. Dall'Asta.
    Tampoco. Frezza espera, sobrador, sin levantar la mano. Cosa de manya orejas, piensa.
    La señorita Claudia se dirige a las niñas y pronuncia el nombre amado. Frezza está muy lejos para soplar y la morocha que lo enloquece no puede contestar.
    De pronto, la maestra lo mira.
    - Frezza. Y el niño taura, que tal vez necesita anotarse un poroto, se levanta, mira hacia el banco de la morocha y dice casi triunfal:
    - No lo sé.
    Si es que nadie lo sabe estará bien no saberlo. Frezza se sienta y se oye entonces, como en una horrible blasfemia, la voz de Campos, injuriosa:
    - ¡Juan de Salazar!
    Pasaron los años. La morocha no conoció el amor de Frezza ni tampoco su gesto elegante y generoso.
    Si alguien califica estas lecciones en alguna Libreta Celeste, Frezza tendrá un nueve. Y si ni siquiera existe esa Libreta, entonces tendrá un diez.

UNA PELEA

    Me empujaron a la salida. Hubo un tumulto blanco y después de una rápida investigación quedé frente a frente con Carlos.
    - ¿Qué empujás?
    Se formó una rueda. Alguien gritó:
    - Fajálo...
    Niñas aterrorizadas se sumaron al grupo.
    Carlos se puso muy colorado. Manos crueles lo empujaron hacia mí.
    Tito, falso caudillo y sujeto temido, me dijo:
    - Dale... ¿O le tenés miedo?
    Entonces le acomodé una piña y ahora ya sé que soy cobarde.

    Tempranos Desengaños  no fue aprobado por las autoridades escolares.
    Puede afirmarse que pocos chicos lo leyeron.
    Sin embargo, como si alguien les impartiera preceptos secretos, aún hoy, en el tiempo de Los Refutadores de Leyendas, hay niños que se siguen sentando en los últimos bancos y también hay hombres que lejos ya de la escuela se apartan de las ventajas y de las oportunidades fáciles.
    A esos, a los del Fondo, a los que pudiendo sentarse en el primer banco lo rechazan, a los que no figuran como ejemplos en los libros de lectura, a los espíritus lunares, a los alumnos de coraje y honor que -según presiento- no leen obras como esta, a todos ellos -tardíamente- los abrazo ahora, cuando ya no me lo impiden las mezquindades que cargué en mi niñez.
La mayor desgracia1

En las habituales cenas de los jueves, invariablemente, aparece el nombre y el recuerdo del fuerte pegador Herbóreo Juanmiguel Estentóreo, "El sarpullido de Camino Negro". Y no son pocas las veces en que alguno de nosotros, los componentes de la peña boxística "El golpe bajo", deja de comer, alterado por esa imagen que retorna como un fantasma desde el pasado, deformada hasta el espanto por los golpes recibidos.

Nunca he conocido otro boxeador al que le gustara tanto dar y recibir.

—Es la memoria de mi viejo —me dijo en más de una ocasión el pupilo de don Carmelo Valerga— Él me pegaba a razón de tres veces por día, excepción hecha de los domingos, dado que era muy católico. Entonces, en el ring, cuando recibo el castigo, recuerdo claramente la figura de mi viejo, mi casa, el patio con el gallinero al fondo y aquella tortuga que se nos murió tan joven.

Debo confesar que yo he hablado muchas veces con boxeadores y he escuchado de ellos confesiones extrañas y asombrosas, propias de hombres provenientes de zonas marginales y que han hecho de la violencia un medio de vida, pero aquellas palabras de Herbóreo Juanmiguel Estentóreo, dichas pocos días antes de la pelea con Saturnino Sarlanga, me llenaron de confusión.

—Créame —continuó diciéndome en aquella ocasión el crédito de San Luis— durante toda mi niñez, que fue muy dura debido a mi corta edad, acumulé hacia mi padre un odio severo y apretado. No comprendía que, tal vez, con su actitud, me estaba marcando un camino. Luego cuando él murió, sucedió en mí algo raro. Comencé a extrañar esos golpes que habían sido, en cierto modo, una forma de comunicación entre nosotros. Por eso, ahora, en el ring, hay veces en que, incluso, ofrezco mi cara para que sea golpeada y, de esa forma, recuperar el recuerdo de mi viejo.

Aún me parece ver a Herbóreo Juanmiguel Estentóreo, sentado frente a mí, mientras yo intentaba adivinar en él, un gesto, una mueca, algo que revelase un sentimiento profundo. Pero eso no era fácil, ya que en su rostro era aventurado determinar cuál era la nariz y cuál la boca, o precisar a ciencia cierta si aquellas protuberancias que se movían acompasadas eran sus cejas o sus maxilares.

Pero reconozco que he visto pocos púgiles con tal guapeza y predisposición para el combate. Hubiese sido ídolo en los Estados Unidos, de eso no tengo dudas. Y para ejemplo, viene a mi memoria la pelea con el uruguayo Melitón Ulises Sáenz de Samaniego, a quien tiró del ring con una piña cuyos ecos aún no se han apagado en los rincones más lejanos del Luna. Pero no quedó allí la cosa. Cualquier otro, cualquier otro que no hubiese sido Herbóreo Juanmiguel Estentóreo hubiese refrenado su ímpetu y elevado los brazos festejando por adelantado la victoria. No fue ésa, por supuesto, la actitud del pupilo de don Carmelo. También él se arrojó del ring detrás de su rival y la golpiza continuó en el ring-side adonde se sumaron algunos espectadores, e incluso mi malogrado colega del diario "Noticias", el "Cornalito" Elizalde. El uruguayo se había logrado recomponer de la tremebunda trompada y se prendió como un león en el toma y daca, retrocediendo en orden, sin cruzar el paso atrás y punteando desesperadamente con aquella zurda tipo bisturí que tenía, por el pasillo hacia los vestuarios.

—Le juro, Horacio —me confesaba después Estentóreo— que era tan encarnizado el cambio de golpes que ninguno de los dos nos dimos cuenta de que, peleando, habíamos llegado a la esquina de Sarmiento y Talcahuano. Los bocinazos de algunos autos, unos basureros que nos arrojaban desperdicios para separarnos y las sirenas de los patrulleros nos volvieron a la realidad. ¡Se imagina usted la vergüenza! ¡De pantaloncitos cortos y en medio de la calle! Pero a la hora que era no nos íbamos a volver al Luna Park. Con el uruguayo, sin bañarnos siquiera, nos metimos en una parrilla y comimos algo. ¡Qué le íbamos a hacer!

No había forma de refinarlo en su estilo a Estentóreo. Su manager anterior, don Isidro Ezequiel Romano, había procurado infructuosamente dotarlo de algunos recursos primarios, tales como armar la defensa o preservar sus arcos superciliares. Todo había sido inútil. Frontal y honesto como un buey, Herbóreo Juanmiguel Estentóreo siempre fue una promesa de espectáculo feroz y sangriento. Y fue, justamente bajo el tutelaje de don Isidro Romano que se comenzó a develar el justo grado de la relación que Herbóreo mantenía con su madre, doña Catalina.

Ya había pasado el combate con Ubaldino Celoria, donde tras quince vueltas a sangre y fuego, el rincón del puntano cayó en la cuenta de que Estentóreo había combatido con los guantes al revés. Aún hoy reveo fotos de aquel encuentro, formidable encuentro, y no puedo comprender cómo nadie, yo me incluyo, advirtió que los pulgares de los guantes de ocho onzas apuntaban hacia afuera.

—Es tan confuso y desmañado el estilo de Estentóreo —confesaba al día siguiente su rival— que yo pensé que no había nada extraño.

Quince días después se concertó la esperada pelea con el recio pegador colombiano Efraín Bernardito Muñones, de quien se decía que podía voltear una pared de un derechazo. Allí fue donde don Isidro Romano decidió incluir una innovación en el tratamiento de su pupilo, contratando un psicólogo para atender aquella roca agreste y primitiva. Tal vez esa determinación pueda sonar como frívola o de avanzada en un mundo tan carente de sofisticaciones como el de boxeo, pero no olvidemos que fue don Isidro Romano quien hizo de otro gladiador torpe y ciego como Ernesto "Torreja" Billinhurts un estilista tan etéreo y evasivo como para merecer el mote de "Invisible", ya que nunca más se lo vio por el gimnasio.

Y esa noche, la del combate contra Muñones, apenas acaecido el previsto desenlace: el nocaut fulminante en el primer round de Estentóreo; el médico psicólogo corrió al camerino y asistió al despertar de su sueño. En caliente, Estentóreo narró todo lo que había soñado durante su estado de inconsciencia, de lo que el especialista pudo constatar lo aferrado que se hallaba el púgil a las polleras de su progenitora.

Llegando a este punto del relato, no queda otra cosa que narrar lo que sucedió la trágica noche del 23 de febrero de 1986 en lo que hubiese debido ser, para Estentóreo, una noche de gloria.

—La única que me defendía de las palizas de mi viejo —me contaba Estentóreo, siempre que nos encontrábamos en el bar "Las dos rodillas"— era mi madre. Sería porque ella no compartía esa conducta de mi padre, sería porque yo era hijo único. Pero aquel cuidado de ella para conmigo hizo que, lógicamente, yo me fuese volcando hacia su refugio, hacia su comprensión. Yo no quiero que ella vea mis peleas. Sé que sufre mucho cuando me castigan. Por eso, a pesar de que son repetidas las ocasiones en que me acompaña de madrugada, a trotar y hacer flexiones, me ha prometido que nunca vendrá a verme en una pelea y menos en ésta, cuando está en juego el título sudamericano de los welter.

Para Herbóreo, alcanzar el título sudamericano en su categoría representaba tocar el cielo con los puños. Por dos razones: una, que él reconocía tener la suficiente capacidad como para acceder a la corona mundial; dos, su acendrada convicción latinoamericanista que pugnaba por un continente unido tras los pasos señalados por el proyecto bolivariano.

Herbóreo y su madre doña Catalina, sabían a ciencia cierta, con esa clarividencia que suele tener la gente humilde, que la importante bolsa a obtener por la pelea podía significarles una cambio de vida, un cambio de costumbres y un cambio, incluso, de vivienda.

La noche del 23 de febrero de 1986, Herbóreo Juanmiguel Estentóreo iba a tener a su frente, oponiéndose a sus ambiciones, al enérgico pegador ecuatoriano Ezequiel Carmona Pintos, "La barracuda de Quiñoneras", un negro impresionante que había destrozado más de un punching ball en sus entrenamientos.

—Pero créame, Horacio... —me dijo antes de esa pelea, el crédito puntano—... que yo miro la cara de mis rivales y pienso: "Este tipo es el que quiere quitarme el dinero, el que quiere impedir que yo le compre la casa a mi vieja, el que quiere robarme el pan de mis hijos".

Y yo lo sabía. Es más, había visto a Herbóreo Juanmiguel Estentóreo hacer detener por la policía a un ocasional e ignoto rival, en Mendoza, al grito de " ¡Detengan al ladrón! ¡Detengan al ladrón!", interrumpiendo un crudo cambio de golpes en el cuarto round. Me consta que la policía subió al ring y Celestino Agridulce, que así se llamaba el oponente de Herbóreo, aún hoy sigue preso en la provincia del buen sol y del buen vino.

A los sucesos que ocurrieron antes de la pelea de aquella noche, por el título sudamericano, me los contó después un testigo presencial, por lo que pude esclarecer un poco más las causas que condujeron los acontecimientos a ese funesto desenlace.

Doña Catalina, la madre de Herbóreo, no pudo con su ansiedad, en el día del combate. Su hijo del alma ya había partido hacia el Luna Park quedando ella sola en la humilde vivienda de Villa Caraza, procurando distraerse con alguna telenovela banal. Pero no toleró la espera. A media tarde, a pocas horas del crucial encuentro, marchó a paso vivo hasta la casa de la adivina del lugar. Doña Agnóstica, que así se llamaba la profesional del oráculo, consultó los oscuros pliegues y repliegues de la borra del café y dijo: "Esta noche, a su hijo le va a ocurrir una desgracia". Eso sólo bastó para que doña Catalina saliera a escape hacia el Luna Park. Como una exhalación, como un águila de las alturas que observa sus pichones amenazados por la miserable comadreja, se lanzó hacia nuestro máximo circo capitalino, atrepellando gente y rompiendo cordones policiales. Llegó cuando promediaba el cuarto round. Recuerdo que, en ese momento, yo les decía a los radioescuchas a través de las ondas del éter: "¡El rostro de Herbóreo Juanmiguel Estentóreo es ya un guiñapo sanguinolento sacudido sin piedad ni misericordia por los verdaderos martillazos que descarga el ecuatoriano!" Los periodistas, fotógrafos y público que nos hallábamos en el ring-side procurábamos cubrirnos la cara y las ropas para preservarnos de aquella fina e intensa llovizna que empapaba todo y que no era otra cosa que la generosa sangre del púgil argentino.

—En el diario, Horacio —me confesaría tiempo después un conocido fotógrafo deportivo— creyeron que yo había usado otro tipo de película, una película con retícula diferente, con alguna trama de punto muy grueso. Y era, simplemente, que la sangre de Estentóreo me había salpicado la lente.

Ver aquel espectáculo de horror y abalanzarse como un alud hacia el ring fue una sola acción para doña Catalina. A codazos, empellones y puntapiés se abrió paso por el repleto estadio en tanto gritaba: "¡Detengan la pelea! ¡Detengan la pelea!".

Nadie pudo atajarla, pero cuando ya trepaba por la segunda cuerda retumbó en todo el ámbito un puñetazo letal que el ecuatoriano lanzó en cross sobre la zona donde, se presumía, se había erigido, tiempo atrás, la nariz de Estentóreo, y éste cayó de espaldas, rígido como una tabla de windsurf, rebotando su nuca contra el filo del ring.

La nuca contra el piso, hizo el ruido de una sandía cuando se rompe contra el empedrado.

En el funeral conocí a Doña Agnóstica. Me di cuenta de que era ella no sólo porque en el tarjetero dejó un naipe, sino porque miraba con atención desmesurada el fondo de mi pocillo de café.

—Yo le había dicho. Yo le había advertido —me corroboró la vidente, meneando la cabeza, acongojada.

—Cuando pegué con la cabeza contra el suelo —agregó, entonces, Herbóreo— perdí el conocimiento. Creo que fue mejor así. No hubiese soportado ver derrumbarse a mi madre como fulminada. Su cansado corazón no quiso más.

—No hay mayor desgracia que perder a la madre —musitó la adivina. Y me sonó a epitafio.

ULPIDIO VEGA2

Ulpidio Vega, te nombro. Y de la apagada sombra de tu nombre rescato tu paso tardo por el empedrado desprolijo de Saladillo y la cierta fama de guapo sin doblez que te persiguió sumisa, como la silenciosa y tenaz fidelidad de un perro.

Quien te vio alguna vez por el Bajo, no te olvida. De callada mesura, sombrío el porte, mezquinabas palabras como si fueran monedas caras. Negros los ojos, en la negrura misma que sobre la frente escasa te tiraba encima el ala apenas curva de tu sombrero gris, tan conocido.

Ulpidio Vega, te nombro. Y de tu nombre exhala un aliento a kerosén barato, a bizcochito, a queso de rallar y vino tinto.

Aroma de almacén, de cambalache, que tuvo tu pobre viejo laburante por calle San Martín, casi en Tablada. Aroma a jabón pinche, a mate amargo, el mismo aquél que te alcanzaba la mano cordial de doña Cata, tu pobre vieja, que se cansó de mirar por la ventana.

Ulpidio Vega, te nombro. Y se santiguan las cuatro esquinas bravas de Ayolas y Convención, las que salieron tantas veces escrachadas en letra de molde cuando algún fiambre aparecía tirado en esa encrucijada.

Rezan de apuro las jovatas de memoria larga al recordar tu estampa de figura fina, el caminar pesado, un gesto de disgusto en la cara aindiada y el cuerpo erguido por la faca que atrás, en la cintura, te entablillaba.

Por trabajar en el Swift te habían llamado "El Matarife de Saladillo".

¡Qué te iba a impresionar a vos la sangre, Ulpidio Vega! Si día a día degollabas animales y la cuchilla te era tan natural como un anillo, como un zarzo sencillo en el meñique.

Pero eran dos los Vega, Juan y Ulpidio. "El Vega chico" le decían al otro que también trabajó en el frigorífico.

Y por si fuera escaso el desmesurado coraje de Ulpidio en la pelea, el "Vega Chico" era también de púa veloz, y sin entrañas.

De negro los dos, siempre, aun de mañana.

Pero, como suele suceder en estas cosas, Ulpidio se metió con una mina que se levantó una noche de Carnaval en el Club Atlético Olegario Víctor Andrade. La mina era una reventada que hacía copas en el Panamerican Dancing, frente a Sunchales, y que ya le había borrado el estampadito floreado a las sábanas del Amenábar, de tanto frote. Pero una hembra que pasaba y dejaba el aire como embalsamado de perfume dulzón, y enardecido. Rosa se llamaba, y era justicia.

Ulpidio Vega, te nombro. Y no me equivoco. Como se equivocó esa noche fatal la mina aquella cuando por llamarte "Ulpidio", "Juan" te dijo.

¡Qué oscura mano de destino cabrón los puso frente a frente, Ulpidio Vega!

¡Vos y tu hermano, inseparables siempre, enfrentados por el cariño falaz de una perdida!

Tiempo estuvieron mordiéndose las ganas de agarrarse. De mirarse profundo, y sin palabras. De medirse con odio. Y de no hablarse. Todo el barrio sabía del bolonqui que rechinaba en los dientes de los Vega. Pero cuando más de una vez saltó la bronca, y la faca apareció brillando en ambas diestras, algo los amuraba al suelo y les clavaba la bronca a la vereda. Algo, que allá en la casa, desde chicos les acariciara la frente, les planchara los lompa y les dejara los botines bien brillosos cuando se iban de milonga a Central Córdoba. Algo. La vieja.

"Si no te mato" se lo dijo bien clarito Ulpidio a Juan "sólo es por ella". "Si no te enfrío" le contestaba Juan, que no era lerdo "es por la vieja".

Y así andaban los dos, encajetados, sin poder ni dormir, más que hechos bolsa. Y encima la reventada de la Rosa les metía la cizaña de su labia, de sus promesas vanas, de sus mañas.

Y no se pudo más. Aquella noche Ulpidio y Juan llegaron puntualmente hasta el campito. Era un potrero de pura tierra y matorrales que los mocosos usaban para jugar al fulbo. Pero esa noche había luna. Y no era juego.

Ulpidio peló una faca que tenía este largo. ¡Uy Dio, cómo brillaba la plata de la luna sobre el filo helado del acero!

Y Juan, Juan peló también tremenda púa que de verla nomás, te entraba miedo.

"¡Venite!"

"¡Vení vos!" se supo después que se dijeron. Y fue cuando llegó doña Cata hasta el campito, de pálido rostro, ojos sufridos, de manos apretadas y pañuelo negro. Nunca se supo quién le pasó el dato. Tal vez, fue esa mágica intuición de madre la que la llevó hasta allí en ese momento.

No se oyó de su boca, una palabra. Y tampoco en sus ojos lágrimas se vieron. Pero eso sí, sus manos agrietadas de lavar ropa ajena en el invierno, dibujaron en el aire asustado de la noche, un gesto: se agachó, se sacó una zapatilla y lo demás, frate mío, ni te cuento.

A Juancito lo fajó hasta en el cogote, le deformó la sabiola a chancletazos, y le sacudió tantos palos por el lomo que lo dejó mormoso al pobrecito. Contaban los vecinos que lo oyeron, que tirado en el suelo, Juan rogaba y a la vieja pedía perdón a gritos.

A Ulpidio, de las crenchas lo cazó la vieja aquella, y le arruinó la jeta a chancletazos porque le pegó media hora, de corrido.

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