Bibliografía sobre el autor




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2. Sueños, alucinaciones y engaños
Quizá, dirán algunos, las experiencias cercanas a la muerte son sólo sueños de cumplimientos de deseos, fantasías o alucinaciones puestos en juego por diversos factores: drogas en un caso, anoxia cerebral en otro, aislación, etc. Así se explicarían como engaños.

Pienso que varios factores se oponen a ello. En primer lugar, la consideración de la gran similitud en contenido y progresión que encontramos entre las descripciones, a pesar de que los elementos más generalmente informados no coinciden con lo que cabría esperar de las posibilidades imaginativas de nuestro medio cultural con respecto a la muerte. Añadamos a ello que el cuadro de acontecimientos que rodean a la muerte en estos relatos se corresponde notablemente con el que es pintado en muy antiguos escritos esotéricos totalmente ajenos a mis sujetos.

En segundo lugar, las personas con quienes he hablado no son víctimas de psicosis. Son gente normal y emocionalmente estable, con buena adaptación social. Tienen trabajos y posiciones de importancia y los desarrollan con responsabilidad. Sus matrimonios son estables y están adaptados a sus familiares y amigos. Casi ninguno de ellos ha tenido más de una experiencia extraordinaria en su vida y, lo que es más importante, pueden distinguir entre los sueños y las experiencias que tienen despiertos.

Lo que les ocurrió cuando estuvieron cerca de la muerte no lo informan como algo soñado, sino como acontecimientos que les han ocurrido. Casi invariablemente, en el curso de las entrevistas me aseguraron que sus experiencias no habían sido sueños, sino episodios definidos y reales.

Finalmente, nos encontramos con el hecho de que existe una corroboración independiente para alguno de los episodios externos al cuerpo. Aunque los compromisos contraídos me impiden dar nombres y detalles, he visto y oído lo suficiente para decir que continúo sorprendiéndome. Opino que cualquiera que busque experiencias cercanas a la muerte de una manera organizada descubrirá probablemente tan extraña corroboración. Al menos descubrirá hechos suficientes para preguntarse si esas experiencias, lejos de ser sueños, no pertenecerán a una categoría diferente.
Como nota final, permítaseme señalar que las «explicaciones» no son abstractos sistemas intelectuales. En algunos aspectos son proyecciones de los egos de las personas que las sostienen. Los individuos se mantienen emocionalmente unidos a los cánones de las explicaciones científicas que idean o adoptan.

En las numerosas conferencias que he dado sobre el tema me han propuesto muchos tipos de explicaciones. Las personas fisiológica, farmacológica o neurológicamente mentalizadas adoptaban sus propias orientaciones como fuentes obvias de explicación, incluso en los casos que parecían estar en contra de ese tipo de explicación. Los seguidores de las teorías de Freud se complacían en ver en el ser luminoso una proyección del padre del sujeto, mientras que los jungianos veían arquetipos del inconsciente colectivo, y así ad infinitum.

Aunque quiero poner de relieve de nuevo que no trato de proponer nuevas explicaciones de mi propia cosecha, he tratado de dar algunas de las razones por las que me parecen cuestionables las explicaciones que con frecuencia me han propuesto. De hecho, lo único que quiero sugerir es lo siguiente: al menos dejamos abierta la posibilidad de que las experiencias próximas a la muerte representan un nuevo fenómeno para el que hemos de idear nuevos modos de explicaciones e interpretaciones.

6. Impresiones
AL escribir este libro he sido consciente de que mis propósitos y perspectivas podían ser fácilmente mal interpretados. En particular me gustaría decir a los lectores científicamente mentalizados que soy consciente de que lo que he hecho aquí no es un estudio científico. A mis compañeros filósofos les insisto en que no me engaño pensando que he «probado» que hay vida después de la muerte. Tratar con esas materias implicaría la discusión de detalles técnicos que están más allá del objetivo de este libro, por lo que me limitaré a una breves observaciones.

En los estudios especializados, como lógica, leyes y ciencia, las palabras «conclusión», «evidencia» y «prueba» son términos técnicos con unos significados más sofisticados que en el uso común. Incluso en la lengua de cada día se utilizan de muchos modos. Una ojeada a cualquiera de las revistas populares sensacionalistas nos permitirá ver que la historia más inverosímil se da como «prueba» de una afirmación poco probable.

En lógica, lo que puede y no puede decirse a partir de una serie de premisas no es un asunto casual, sino que está precisamente definido por reglas, convenciones y leyes. Cuando alguien dice que ha llegado a determinada «conclusión», está afirmando implícitamente que cualquiera que parta de las mismas premisas deberá llegar a igual resultado, a menos que haya cometido un error en el proceso.

Estas observaciones indican el motivo por el cual me niego a sacar «conclusión» alguna, y no intento construir una prueba de la antigua doctrina de la supervivencia a la muerte corporal. No obstante, sigo pensando que los informes de las experiencias próximas a la muerte son muy significativos. Lo que quiero hacer es descubrir un medio de interpretarlas: un medio que ni rechace las experiencias sobre la base de que no constituyen una prueba científica o lógica ni las convierta en algo sensacional apelando a vagas afirmaciones emocionales en el sentido de que «prueban» que hay vida después de la muerte.

Al mismo tiempo, creo que el hecho de que nuestra imposibilidad actual para construir una «prueba» no sea una limitación impuesta por la naturaleza de las mismas experiencias significa que tenemos una puerta abierta. Quizá sea una limitación de los modos aceptados de pensamiento científico y lógico. Puede ser que la perspectiva de los científicos y lógicos del pasado sea diferente. (Debe recordarse que, históricamente, la metodología y lógica no ha sido un sistema estático, sino un proceso dinámico y en crecimiento.)

Por ello, termino no con conclusiones, evidencias o pruebas, sino con algo mucho menos definido: sensaciones, preguntas, analogías y hechos asombrosos que deben ser explicados. Es más apropiado preguntar cómo me ha afectado personalmente el estudio, que cuáles han sido las conclusiones que he extraído de él. Como respuesta sólo puedo decir que hay algo muy persuasivo en la forma en que las personas describen su experiencia, y que ese «algo» no puede ser trasladado adecuadamente al texto. Lo sucedido era algo muy real para ellos y, a través de mi asociación con los entrevistados, se ha convertido en algo real para mí.

No dejo por ello de darme cuenta que se trata de una consideración psicológica y no de una lógica. La lógica es una materia pública, pero no ocurre lo mismo con las consideraciones psicológicas. Las mismas circunstancias pueden cambiar y afectar a varias personas en diferentes formas. Es un asunto de disposición y temperamento y no deseo que mi reacción ante este estudio se convierta en una ley para el pensamiento de otro. Podría alegarse que si la interpretación de esas experiencias es en última instancia una materia subjetiva, no está claro el motivo de estudiarlas. La única respuesta que se me ocurre es señalar nuevamente la preocupación universal por la muerte. Creo que cualquier luz que pueda arrojarse sobre su naturaleza es válida.

Los miembros de muchas profesiones y campos académicos necesitan iluminación sobre la materia. La necesitan los médicos, que han de enfrentarse a los miedos y esperanzas del paciente moribundo, y los sacerdotes, que han de ayudar a los otros a enfrentare a la muerte. También la necesitan los psicólogos y psiquiatras, pues para construir un método funcional y digno de confianza para la terapia de los disturbios emocionales necesitan saber lo que es la mente y si puede existir fuera del cuerpo. Si no puede, el énfasis de la terapia fisiológica derivaría en última instancia hacia los métodos físicos: drogas, electroshock, cirugía cerebral, etc. Por otra parte, si hay indicaciones de que la mente pueda existir separada del cuerpo y que tiene entidad propia, la terapia de los órdenes mentales deberá ser muy diferente.

Sin embargo, las cuestiones implicadas no son sólo académicas y profesionales. Penetran en cuestiones personales profundas, pues lo que aprendemos sobre la muerte puede producir importantes diferencias en la manera en que actuamos en nuestras vidas. Si las experiencias del tipo que he discutido son reales, entonces tienen profundas implicaciones en lo que cada uno de nosotros hacemos en nuestras vidas. En ese caso sería cierto que no podemos comprender plenamente esta vida hasta que sepamos algo de lo que hay más allá.

Bibliografía
EVANS-WENTZ, W. Y. (ed.), The Tibetan Book of the Dead, Nueva York, Oxford University Press, 1957.

HAMILTON, EDITH, y CAIRNS, HUNTINGTON (eds.), The Collected Dialogues of Plato, Nueva York, Bollingen Foundation, 1961.

LILLY, JOHN C., doctor en Medicina, The Center of the Cyclone, Nueva York, The Julian Press, 1972.

LUKIANOWICZ, N., "Autoscopic Hallucinations", Archives of Neurology and Psichiatry (agosto 1958).

PLATÓN, The Last Days of Socrates, traducción de Hugh Tradennick, Baltimore, Penguin Books, 1959.

STEVENSON, IAN, doctor en Medicina, Twenty Cases Suggestive of Reincarnation, Charlottesville, University Press of Virginia, 1974.

SWEDENBORG, EMANUEL, Compendium of the Theological and Spiritual Writings of Emanuel Swedenborg, Boston. Crosby and Nichols, 1853.

WEIL, ANDREW, doctor en Medicina, The Natural Mind, Boston, Houghton Mifflin, 1973.
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Contraportada
Hoy, veinte años después de su aparición, este libro sigue conservando todo su poder de impacto para el lector que se asome a sus páginas por vez primera. No en vano, desde entonces, no se puede hablar más de la muerte y sus fenómenos sin considerar las investigaciones aportadas por el Dr. Moody. Éstas se centraron en la recopilación de testimonios de personas que experimentaron la muerte clínica, y que, al ser reanimadas, revelaban detalles asombrosamente semejantes que apuntaban a una misma conclusión: la existencia de otra vida después de la muerte.

En la actualidad, el Dr. Moody continúa sus investigaciones en torno a la muerte y sus fenómenos, mientras millones de personas en todo el mundo han narrado experiencias similares. Estos testimonios son la prueba evidente de que la senda abierta por el Dr. Moody ha dejado una huella imperecedera en lo referido a la concepción que la sociedad moderna posee sobre la muerte, siendo imposible plantear hoy ningún debate sobre la misma sin recurrir a los contenidos de este libro, que, por méritos propios, ha entrado ya en la galería de clásicos sobre la materia.
FIN


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