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Efectos sobre las vidas
Por las razones ya explicadas, ninguno de los que tuvieron la experiencia se fabricaron un atril portátil y se han ido a predicarla. Nadie se sintió dispuesto a ganar prosélitos, a intentar convencer a los otros de las realidades que ha experimentado. Por el contrario, he descubierto que la dificultad es la opuesta: se muestran reticentes para contar a los otros lo que les ha ocurrido.

Los efectos que esas experiencias tuvieron sobre sus vidas han tomado las formas más enmascaradas y sutiles. Algunos me contaron que sentían que los horizontes de sus vidas se habían ampliado y que habían profundizado más en ellas, que eran más reflexivos y se preocupaban más por las cuestiones filosóficas fundamentales.
En aquella época, antes de abandonar el colegio, estaba en una ciudad muy pequeña habitada por personas de mente estrecha, a las que me encontraba unido. Era el típico mocoso de una fraternidad de escuela. Quien no pertenecía a ella no tenía entidad.

Después de aquello quise conocer más. Sin embargo, no había nadie que supiera lo más mínimo, pues nunca salí de ese pequeño mundo. Nada sabía de psicología o algo parecido. Pero de la noche a la mañana, gracias a esa experiencia, había madurado y se abría ante mí un mundo nuevo del que antes no conocía ni siquiera su existencia. Pensé: «Tengo que descubrir tantas cosas...» En otras palabras, la vida es algo más, aparte de la película de los jueves por la noche y el partido de fútbol. Hay más cosas de las que conozco. Entonces comencé a pensar: «¿Cuál es el límite del hombre y la mente?» Esa pregunta me abrió un mundo totalmente nuevo.
Otro dice:
Desde entonces tengo siempre en mente lo que he hecho y lo que haré con mi vida. Por lo que respecta al pasado, me siento satisfecho. El mundo no está en deuda conmigo, pues he hecho todo lo que he querido en la forma que he preferido, y además sigo viviendo y puedo hacer más. Tras fallecer y tener la experiencia, comencé de repente a preguntarme si había estado haciendo esas cosas porque eran buenas o porque me agradaban a mí. Antes seguía un impulso, ahora medito primero las cosas lentamente. Todo ha de pasar por mi mente y ser digerido.

Trato de hacer las cosas que tengan más significado, y eso hace que mi mente y mi alma se sientan mejor. Procuro no juzgar a la gente ni favorecer a uno u otro. Quiero hacer las cosas porque sean buenas, no porque lo sean para mí. La comprensión que tengo ahora de las cosas es mucho mayor. Creo que se debe a lo que me ha ocurrido, a los lugares y cosas que vi en la experiencia.
Algunos han informado de un cambio de actitud ante la vida física a la que han retornado. Por ejemplo, una mujer me dijo: «La vida tiene ahora más valor para mí.»

Otra persona relata lo siguiente:
En cierta manera fue una bendición, porque antes del ataque de corazón estaba tan ocupado planeando el futuro de mis hijos y preocupándome por el pasado, que me perdía las alegrías del presente. Ahora mi actitud es muy distinta.
Unos cuantos me dijeron que lo que ha cambiado es su concepto de la mente y el de la importancia relativa del cuerpo físico con respecto a la mente. Esto queda muy bien ilustrado en las palabras de una mujer que tuvo una experiencia de salirse del cuerpo muy cercana a la muerte:
Era más consciente de mi mente que del cuerpo físico. La mente, y no la forma del cuerpo, era lo más importante. Antes, en cambio, había sido al revés. El cuerpo era lo más importante, y lo que estaba sucediendo en la mente...; bueno, estaba sucediendo y eso era todo. Después de aquello, mi mente se ha convertido en el principal punto de atención y el cuerpo ha ocupado un lugar secundario; sólo es algo que contiene la mente. No me importaría no tener un cuerpo, pues de todo lo que me interesa, la mente es lo más importante.
En un número muy pequeño de casos me han dicho que, tras la experiencia, han comenzado a adquirir o percibir facultades de intuición parapsíquicas:
1) Después de la experiencia me pareció estar invadido de un nuevo espíritu. Desde entonces muchos me han comentado que cuando están perturbados les produzco un efecto calmante casi instantáneo. Tengo la impresión de que ahora sintonizo más con la gente, que percibo cosas de ellos con más rapidez.

2) Creo que las experiencias de la muerte me ha proporcionado la facultad de sentir lo que otros individuos necesitan en sus vidas. A menudo, por ejemplo cuando estoy con gente en el ascensor de la oficina donde trabajo, casi me parece que puedo leer sus caras, saber si necesitan ayuda y de qué tipo. Muchas veces he hablado con gente que se encontraba en apuros y las he llevado a mi despacho para aconsejarlas.

3) Desde que fui herido he tenido la sensación de que puedo recoger los pensamientos y vibraciones de la gente y percibir el resentimiento en los otros. A menudo puedo saber lo que van a decir antes de que lo hagan. Pocos me creerán, pero he tenido algunas experiencias realmente extrañas desde entonces. Una vez, en una fiesta, recogí el pensamiento de los otros, y unos cuantos, que no me conocían, se levantaron y se fueron. Tenían miedo de que fuera un brujo o algo parecido. No sé si es algo que comencé a tener al estar muerto o si lo tenía dormido y no lo usé hasta después de la experiencia.
Hay un notable acuerdo en las «lecciones» extraídas de tan cercanos encuentros con la muerte. Casi todos han puesto de relieve la importancia que tiene tratar de cultivar en esta vida el amor a los demás, un amor profundo y único. Un hombre que se sintió totalmente amado y aceptado por el ser luminoso, incluso cuando su vida era mostrada panorámicamente para que el ser la viese, tuvo la sensación de que la «pregunta» que le estaba haciendo era si se sentía capaz de amar a los otros de la misma manera. Ahora piensa que mientras esté en la tierra su misión será tratar de aprender a actuar de ese modo.

Además, muchos han enfatizado la importancia de buscar conocimiento. Durante la experiencia vieron claramente que la adquisición de conocimiento continúa incluso en el más allá. Una mujer ha llevado a cabo todas las oportunidades educativas que se le han presentado desde la experiencia de «muerte». Otro hombre da el siguiente consejo: «No importa la edad que tenga. No deje de aprender, pues ese proceso continúa durante toda la eternidad.»

Ninguno de los que he entrevistado me ha dicho que saliera de la experiencia sintiéndose moralmente «purificado» o perfeccionado. Tampoco ninguno muestra una actitud de mayor santidad que los demás. Casi todos han llegado a la conclusión de que sienten que están todavía intentando, todavía buscando. Su visión les dejó nuevas metas, nuevos principios morales y una renovada determinación de vivir de acuerdo con ellos, pero no sentimientos de salvación instantánea o infalibilidad moral.
Nuevas visiones de la muerte
Como era razonable esperar, tal experiencia tiene un efecto profundo sobre las actitudes ante la muerte física, especialmente en el caso de quienes previamente no hubieran creído que ocurriese algo después de la muerte. En una u otra forma, casi todos me han expresado que ya no temen a la muerte. Esta idea, empero, ha de ser clarificada. En primer lugar, ciertas formas de muerte resultan indeseables, y, en segundo lugar, ninguno de ellos busca activamente la muerte. Todos sienten que tienen tareas que realizar mientras estén físicamente vivos y se muestran de acuerdo con lo que me dijo uno de ellos: «He de cambiar muchas cosas antes de irme de aquí.» Igualmente, todos desaprueban el suicidio como medio de volver a las esferas que vislumbraron durante sus experiencias. La idea central es que el estado de muerte ya no les resulta lúgubre. Veamos algunos pasajes en que se expresan esas actitudes:
1) Supongo que esta experiencia modeló en cierta forma mi vida. Era un niño cuando me ocurrió, sólo tenía diez años, pero toda mi vida he estado convencido, a partir de entonces, de que hay vida después de la muerte. No me cabe la menor duda de ello, y no tengo miedo a morir. He conocido personas que se atemorizaban realmente ante la idea. Siempre sonrío interiormente cuando oigo a alguien dudar de la existencia de un más allá, o decir: «Cuando te has muerto, te has ido.» Pienso para mí mismo que no saben de qué hablan

.

Durante mi vida me han ocurrido muchas cosas. En el despacho he tenido una pistola apoyada en la sien, pero no he sentido apenas miedo, pues pensaba: «Si realmente muero, si de verdad me matan, sé que viviré en otro lugar.»
2) Cuando era un niño solía tener miedo a morir. Me despertaba por las noches llorando y con un ataque de nervios. Mis padres entraban corriendo en la habitación y me preguntaban qué ocurría. Les decía que sabía que tenía que morir, pero no quería, y les preguntaba si podían evitarlo. «No -me respondían-, así son las cosas y debemos enfrentarnos a ellas.» Mi madre me decía que todos teníamos que llegar a ello y que entonces lo haríamos muy bien. Años más tarde ella murió y hablé del asunto con mi esposa. Seguía temiendo la muerte y deseando que no viniera.

Sin embargo, desde que tuve la experiencia no la temo. Aquellos sentimientos desaparecieron. En los funerales ya no me siento mal. Al contrario, siento una especie de alegría en ellos, pues sé dónde se encuentra la persona muerta.

Creo que el Señor me hizo tener esa experiencia precisamente por la forma en que me sentía ante la muerte. Mis padres me consolaban, pero el Señor me mostró. Ahora ya no hablo de ello, pero lo conozco y me siento a gusto.
3) Ya no temo a la muerte. No es que la desee o quiera morir ahora. No quiero vivir en el otro lado porque se supone que estoy viviendo aquí. La razón por la que no temo a la muerte es que sé adónde iré cuando deje esto, pues ya he estado allí antes.
4) Lo último que la luz me dijo antes de volver al cuerpo, a la vida, fue...; bueno, la idea se reduce a que regresaría. Me decía que esta vez seguiría viviendo, pero que volveríamos a estar en contacto y que en esa ocasión moriría realmente.

Por eso estoy seguro que la luz y la voz regresarán, aunque no sé cuándo. Pienso que será una experiencia similar, aunque creo que mejor, pues sabré lo que me espera y no estaré tan confuso. De todas maneras, no quiero regresar demasiado pronto, pues todavía he de hacer aquí unas cuantas cosas.
El motivo de que la muerte ya no produzca temor, como se deduce de los anteriores extractos, es que tras la experiencia nadie duda de la supervivencia a la muerte corporal. Ya no es una posibilidad abstracta, sino un hecho experimentado.

Recuérdese que al principio discutí el concepto de «aniquilación», que utilizaba el «sueño» y el «olvido» como modelos. Las personas que han «muerto» desaprueban esos modelos y eligen analogías que hablan de la muerte como una transición de un estado a otro, o como una entrada en un estado superior de conciencia o ser. Una mujer cuyos parientes habían fallecido y fueron a recibirla en su muerte, compara la experiencia con un «regreso al hogar». Otros la han vinculado con diferentes estados psicológicamente positivos; por ejemplo, con el despertar, con una graduación o con la salida de una cárcel.
1) Hay quien dice que no utilizamos la palabra «muerte» porque estamos tratando de escapar de ella. No es cierto en mi caso. Una vez que se ha tenido una experiencia como la mía, se sabe que no existe eso que se llama muerte. Simplemente te gradúas de una cosa y pasas a otra, de la misma manera que se pasa de la escuela pública al instituto.
2) La vida es como una prisión. En este estado no podemos darnos cuentas de hasta qué punto los cuerpos son prisiones. La muerte es una liberación, como escapar de una cárcel. Es la mejor idea que se me ocurre si busco una comparación.
Incluso los que con anterioridad a la experiencia habían tenido alguna convicción tradicional sobre la naturaleza del más allá parecen haberse separado un poco de ella para seguir su propia aproximación a la muerte. De hecho, en todos los informes que he reunido, nadie me hace un cuadro mitológico de lo que hay al otro lado. Ninguno ha descrito las puertas nacaradas de los dibujantes, ni las calles doradas, ángeles alados tocando el arpa, ni un infierno de llamas con demonios con horcas.

En la mayor parte de los casos se abandona el modelo de recompensa-castigo, incluso por parte de quienes estaban acostumbrados a pensar en esos términos. Descubrieron, para su sorpresa, que incluso cuando sus actos aparentemente más horribles y pecaminosos se hacían manifiestos ante el ser luminoso, éste no respondía con cólera, sino con comprensión e incluso con humor. Una mujer que pasó por la etapa de la revisión de la vida con ese ser vio algunas escenas en las que en lugar de amor había demostrado egoísmo. «Su actitud -cuenta ella-, cuando llegamos a esas escenas, era que con ellas había estado aprendiendo.» En lugar del viejo modelo, muchos se han vuelto hacia uno nuevo, a una nueva comprensión del mundo del más allá; una visión sin juicios unilaterales, con un desarrollo cooperativo hacia el fin último de la autorrealización. De acuerdo con estas nuevas visiones, el desarrollo del alma, especialmente por lo que se refiere a las facultades espirituales del amor y el conocimiento, no se detiene tras la muerte; continúa en el otro lado, quizá eternamente, pero con toda seguridad por un tiempo y una profundidad que sólo podremos vislumbrar, mientras estemos en los cuerpos físicos, «a través de un cristal, misteriosamente.»
Corroboración
Es natural plantearse ahora la cuestión de si es posible adquirir alguna evidencia de la realidad de las experiencias cercanas a la muerte, independiente a la misma descripción de las experiencias. Muchas personas informan que han estado fuera de sus cuerpos durante largos periodos y que han sido testigos de muchos acontecimientos del mundo físico mientras tanto. ¿Pueden comprobarse algunos de esos informes con otros testigos que hubieran estado presentes, o con acontecimientos posteriores que los confirmen, siendo de esta forma corroborados?

En bastantes casos, la sorprendente respuesta a esa pregunta es afirmativa. Incluso puede decirse que la descripción de los acontecimientos vistos desde fuera del cuerpo suele ser muy comprobable. Algunos doctores, por ejemplo, me dijeron que han quedado muy desconcertados por la forma en que pacientes sin conocimientos médicos podían describir, correctamente y con todo detalle, el procedimiento utilizado en los intentos de reanimación, aunque estos acontecimientos hubieran tenido lugar cuando los doctores sabían que los pacientes estaban «muertos».

En algunos casos, los entrevistados me han informado de que sorprendieron a sus doctores o a otras personas con la descripción de acontecimientos que habían visto mientras estaban fuera del cuerpo. Por ejemplo, cuando estaba muriendo, una joven salió de su cuerpo y pasó a otra sala del hospital, donde se encontró con su hermana mayor que lloraba, y decía: «¡Oh, Kathy; por favor, no mueras; por favor, no mueras!» La hermana mayor quedó sorprendida cuando, posteriormente, Kathy le dijo exactamente dónde había estado y lo que había dicho en esos momentos. En los dos extractos siguientes se describen acontecimientos similares.
1) Cuando todo hubo terminado, el doctor me dijo que había estado muy grave, y le contesté: «Ya lo sé.» «¿Cómo lo sabe?» «Puedo decirle cuanto ha ocurrido.» No me creía, así que se lo conté todo, desde el momento en que dejé de respirar hasta que volví a la vida. Él se sorprendió mucho de que supiera todo eso. No sabía qué decir, pero vino a verme en varias ocasiones para preguntarme cosas sobre ello.
2) Cuando desperté después del accidente, mi padre se encontraba allí, y yo ni siquiera quería saber cómo estaba, o lo que pensaban los doctores qué ocurría. Sólo deseaba hablar de la experiencia que pasé. Le conté a mi padre quién había sacado mi cuerpo del edificio, y hasta le describí el color de sus ropas y la conversación que sostuvieron. Éste afirmó que todo era cierto. Mi cuerpo había estado inánime todo ese tiempo, y no hubiera podido ver u oír todas esas cosas de no encontrarme realmente fuera de él.
En unos cuantos casos he podido obtener testimonios independientes que corroborasen tales acontecimientos. Sin embargo, surgen factores que complican el hecho de determinar el valor evidencial de tales informes independientes. En primer lugar, el hecho corroborador es atestiguado tan sólo por la persona «muerta» y, todo lo más, por un par de amigos o parientes próximos. En segundo lugar, incluso en los ejemplos excepcionalmente dramáticos y bien atestiguados que he recogido, he prometido no revelar los nombres reales. Aunque pudiera hacerlo, por razones que explicaré en el último capítulo, no creo que tales hechos constituyesen una prueba.
Hemos llegado al final de nuestro examen de los diferentes estadios y acontecimientos comúnmente informados de la experiencia de la muerte. Para terminar este capítulo quiero incluir un extracto de bastante extensión de un relato excepcional que encierra muchos de los elementos ya discutidos. Contiene además una variante única de la que no hemos hablado antes: el ser luminoso le habla de antemano de su inminente muerte y decide luego dejarlo vivir.
Cuando aquello ocurrió padecía, y sigo padeciendo, una grave asma bronquial con enfisema. Un día tuve un ataque de tos y se me produjo una ruptura en la parte inferior de la espina dorsal. Durante dos meses consulté a varios médicos, pues me causaba un dolor terrible, y finalmente uno de ellos me remitió a un neurocirujano, el doctor Wyatt. Me examinó y dijo que debía ingresar inmediatamente en un hospital, lo que hice sin demoras.

El doctor Wyatt sabía que tenía una grave enfermedad respiratoria y llamó a un especialista pulmonar, quien habló de consultar al anestesista, doctor Coleman, sobre la conveniencia de dormirme. El especialista pulmonar me trató durante tres semanas con el fin de que el doctor Coleman pudiera anestesiarme. Este último, aunque bastante preocupado, un lunes dio su consentimiento. Planearon la operación para el viernes siguiente. El lunes por la noche me dormí y tuve un sueño tranquilo hasta la madrugada del martes, en la que desperté con graves dolores. Me di la vuelta y traté de colocarme en una postura más cómoda, y en ese momento apareció una luz en una esquina de la habitación debajo del techo. Era una bola de luz, casi como un globo, pero no muy grande. Diría que no más de doce o quince pulgadas de diámetro. Al aparecer la luz tuve una sensación. Mentiría si dijera que era horripilante. Era una sensación de paz completa y relajación profunda. La luz extendió una mano hacia mí y me dijo: «Ven conmigo. Quiero enseñarte algo.» Inmediatamente, sin la menor vacilación, alcé mi mano y me cogí a la suya. Al hacerlo, tuve la sensación de ser arrastrado fuera de mi cuerpo, y al mirar hacia atrás lo vi allí, tumbado sobre la cama, mientras yo me elevaba hacia el techo de la habitación.

Nada más abandonar el cuerpo, tomé la misma forma que la luz. Sentí -he de utilizar mis propias palabras para ello, pues nunca he oído a nadie contar algo semejante-, que esta forma era un espíritu. No era un cuerpo, sino un jirón de humo o de vapor. Parecía como el humo de un cigarrillo iluminado al ascender hacia una lámpara. Sin embargo, mi forma actual tenía colores. Había naranja, amarillo y otro que no podía diferenciar muy bien..., podía ser un índigo, un color azulado.

Aquel espíritu no tenía la forma de un cuerpo. Era aproximadamente circular, aunque tenía lo que podíamos llamar una mano. Lo sé porque cuando la luz me tendió la suya yo se la cogí. El brazo y la mano de mi cuerpo seguían con él, pues pude verlos sobre la cama al lado de mi cuerpo cuando me elevaba hacia la luz. Cuando no utilizaba la mano espiritual, el espíritu recobraba la forma circular.

Fui atraído hasta la posición de la luz y ambos atravesamos el techo y la pared de la sala del hospital, traspasamos un corredor y creo que unos suelos hasta pasar a un piso inferior. No teníamos dificultad para atravesar puertas o paredes, pues desaparecían de nuestra vista cuando nos aproximábamos a ellas.

Durante ese periodo me pareció que nos movíamos. Mejor dicho, sabía que nos estábamos moviendo, aunque no hubiera sensación de velocidad. En un momento, casi instantáneamente en realidad, me di cuenta de que habíamos llegado a la sala de recuperación del hospital. Ni siquiera sabía entonces en qué parte del mismo se encontraba, pero llegamos allí y de nuevo nos encontramos en una esquina de la habitación cercana al techo. Pude ver a los doctores y enfermeras con sus trajes verdes y las camas que allí había.

Entonces me dijo el ser -me enseñó-: «Ahí te van a llevar. Cuando te saquen de la mesa de operaciones te pondrán en esa cama, pero nunca despertarás. No te darás cuenta de nada desde que te lleven a la mesa de operaciones, hasta un poco después, que vendré por ti.» No dijo esto con palabras. No era una voz audible, pues, si así hubiera sido, la habrían oído los que se encontraban en la habitación. Era más bien una impresión que me llegaba, pero en forma tan vívida que yo no podía decir que no la había oído o sentido. Era bien definida.

Con respecto a lo que veía...; bueno, era mucho más fácil reconocer las cosas estando en forma espiritual. Me preguntaba qué era lo que estaba tratando de enseñarme. Inmediatamente supe lo que tenía en su mente. No había duda. Aquella cama -la cama de la derecha según se entra del corredor- era donde iba a estar y que me sacaría de allí con un propósito determinado. Luego me explicó el motivo. No quería que tuviese miedo cuando llegara el momento de que mi espíritu abandonara el cuerpo, pero sí que conociese la sensación que se tenía al pasar por ese punto. Quería asegurarse de que no tendría miedo, pues el paso no sería inmediato; tendría que atravesar otras etapas primero, pero él lo supervisaría todo y estaría esperándome al final.

Cuando me uní a él para viajar hasta la sala de recuperación y me había convertido yo mismo en un espíritu, en cierta manera nos habíamos fusionado en uno. No obstante, seguíamos siendo dos espíritus separados. Él tenía pleno control de cuanto iba sucediendo en lo que respecta a lo que me concernía a mí. Incluso si viajábamos a través de las paredes y los techos, tenía la impresión de que seguíamos en tan estrecha comunicación que nada podía molestarlo. Nunca había sentido esa paz, esa calma y serenidad.

Tras decirme aquello, regresamos a mi habitación y volví a ver mi cuerpo en la misma posición en que lo dejamos. Creo que estuve fuera de él unos cinco o diez minutos, pero el paso del tiempo no tenía nada que ver con aquella experiencia. De hecho no recuerdo si alguna vez pensé en que el tiempo estaba pasando.

Me había cogido tan de sorpresa que estaba anonadado. Era tan vívido y real..., más que una experiencia ordinaria. A la mañana siguiente no experimentaba el menor miedo. Al afeitarme no sentí temblor en la mano, como me venía ocurriendo desde hacía seis u ocho semanas. Sabía que iba a morir, pero no me daba pena ni miedo. No pensaba siquiera en si podía hacer algo para evitarlo. Estaba preparado.

En la tarde del miércoles, un día antes de la mañana de mi operación, me encontraba en la habitación del hospital y me sentí preocupado. Mi esposa y yo teníamos un hijo, un sobrino adoptado, que nos estaba causando problemas. Decidí escribirles una carta a cada uno, expresándoles mis preocupaciones, y esconderlas en donde no pudieran ser encontradas hasta después de la operación. Cuando ya había escrito dos páginas a mi esposa, mis ojos se abrieron y rompí a llorar. Sentí que alguien estaba presente, y pensé que había llorado tan alto que una enfermera se acercaba para ver qué me pasaba. Pero no había oído abrir la puerta. De nuevo sentí aquella presencia, pero sin ver ninguna luz esa vez. Al igual que antes, me llegaron pensamientos y palabras: «Jack, ¿por qué estás llorando? Pensé que te gustaría estar conmigo.» «Sí, me gusta, lo deseo con fuerza.» «¿Por qué estás llorando, entonces?» «Tenemos un problema con nuestro sobrino, y temo que mi esposa no sepa cómo solucionarlo. Estoy tratando de ponerle en palabras cómo me siento y lo que quiero que ella haga por él. También estoy preocupado porque creo que mi presencia habría contribuido algo a solucionarlo.»

Entonces volví a sentir sus pensamientos: «Como te estás preocupando por alguien más y pensando en los otros, te garantizo que tendrás lo que deseas. Vivirás hasta que tu sobrino se haya hecho un hombre.» Después se fue. Dejé de llorar y destruí la carta para que mi esposa no la encontrase accidentalmente.

Aquella tarde, el doctor Coleman entró a verme y me dijo que esperaba tener problemas para hacerme dormir y que no debía sorprenderme de despertar y encontrarme con muchos cables, tubos y máquinas rodeándome. No le conté mi experiencia, limitándome a asentir y decirle que cooperaría.

A la mañana siguiente la operación fue muy larga, pero salió bien. Cuando estaba recuperando la conciencia, el doctor Coleman se encontraba allí, y le dije: «Sé exactamente dónde me encuentro.» Él me preguntó: «¿En qué cama?» «En la primera de la derecha, según se entra en la sala.» Se rió y pensó que estaba hablando por efectos de la anestesia.

Iba a decirle lo ocurrido, pero en ese momento entró el doctor Wyatt, y dijo: «Está despertando ahora. ¿Qué piensa hacer?» El doctor Coleman respondió: «No tengo que hacer nada. Nunca en mi vida me he sorprendido tanto. Estoy aquí con todo ese equipo preparado y no necesita nada.» El doctor Wyatt replicó: «Todavía ocurren milagros.» Cuando me levanté y vi lo que me rodeaba me encontré en la misma cama que la luz me había mostrado días antes.

Hace tres años de esto, pero sigue tan vívido como entonces. Ha sido lo más fantástico que me ha ocurrido nunca y me ha cambiado. Sólo he hablado de ello con mi esposa, mi hermano, mi sacerdote y con usted. No sé cómo contarlo, es muy difícil de explicar. No trato de producir un gran shock en su vida ni de fanfarronear. Pero después de aquello ya no tengo dudas. Sé que hay vida después de la muerte.
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