Bibliografía sobre el autor




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títuloBibliografía sobre el autor
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1. «Muerte» como ausencia de signos vitales clínicamente detectables
Hay quien dice que una persona está «muerta» si su corazón deja de latir y permanece sin respirar por un periodo de tiempo extenso; si su presión sanguínea desciende tanto que no puede detectarse; si dilata las pupilas; si la temperatura corporal comienza a descender, etc. Es la definición clínica, y ha sido empleada desde siglos por médicos y abogados. De hecho, la mayor parte de la gente que fue considerada muerta ha sido tratada con ese criterio. En ese nivel clínico se encontraron muchas de las personas cuyos casos he estudiado. Tanto los testimonios de los médicos como los datos registrados apoyan el argumento de que tuvieron lugar muertes» en ese sentido.
2. «Muerte» como ausencia de actividad eléctrica cerebral
El avance de la tecnología ha producido el desarrollo de técnicas más sensitivas para detectar los procesos biológicos, incluso los que no son observables con los sentidos humanos. El electroencefalógrafo (EEG) es un aparato que amplifica y registra los reducidos potenciales eléctricos del cerebro. Recientemente, hay una tendencia a determinar la muerte «real» cuando no hay actividad eléctrica en el cerebro, lo que se determina por trazados erectos» en el EEG.

Obviamente, en todos los casos de reanimación con que he tratado existía una extrema emergencia clínica y no había tiempo para colocar un EEG. Los médicos estaban ocupados en conseguir reanimar al paciente. En consecuencia, puede argumentarse que ninguna de esas personas estuvo «muerta».

Supongamos por un momento que se han obtenido lecturas «rectas» con un EEG en un gran porcentaje de las personas que fueron consideradas muertas y resucitaron. ¿Añadiría mucho ese hecho? Por tres motivos, creo que no. Primero, los intentos de reanimación son siempre emergencias que pueden durar todo lo más treinta minutos. Colocar una EEG es una tarea técnica muy complicada, y es bastante común que incluso los más experimentados tengan que trabajar con él algún tiempo antes de obtener lecturas correctas, incluso en las mejores condiciones. En una emergencia, con su consiguiente confusión, la probabilidad de error sería mucho mayor. Por tanto, incluso aunque pueda presentarse un trazado erecto» de EEG obtenido en una persona con una experiencia próxima a la muerte, cualquier crítico podría decir, con justicia, que la lectura podía no ser exacta.

Segundo, incluso la maravillosa máquina que mide las ondas cerebrales, apropiadamente colocada, no nos permite determinar con infalibilidad si la reanimación es posible en un caso dado. Se han obtenido trazados rectos de EEG en personas que posteriormente fueron reanimadas. Las sobredosis de drogas que actúan como depresoras del sistema nervioso central, así como la hipotermia (baja temperatura corporal), producen ese fenómeno.

Tercero, si pudiese contar con un caso en que se hubiese establecido que la máquina estaba bien conectada, todavía quedaría un problema. Alguien podría decir que no hay prueba de que la experiencia cercana a la muerte tuvo lugar mientras el trazado era rectilíneo, pues pudo ocurrir antes o después. Por tanto, mi conclusión es que el EEG no resulta muy válido en el estadio presente de la investigación.
3. «Muerte» como pérdida irreversible de funciones vitales
Hay quien adopta incluso una definición más restrictiva, sosteniendo que no puede hablarse de que una persona está muerta si posteriormente es reanimada, con independencia del tiempo en que los signos vitales hayan sido clínicamente indetectables y del tiempo en que los trazados del EEG hayan sido rectilíneos. En otras palabras, se define a la muerte como el estado del cuerpo del cual no se puede salir. Obviamente, según esta definición, ninguno de los casos que he conocido han implicado el estado de muerte, pues en todos se ha producido la reanimación.
Hemos visto, entonces, que la respuesta a la pregunta depende de lo que se entienda por muerte. Hay que tener en cuenta que es una disputa semántica; la cuestión no pierde por ello importancia, pues las tres definiciones encierran significativos puntos de vista. De hecho, yo estaría de acuerdo con la tercera, con la más rigurosa de todas. Incluso en los casos en que el corazón no palpita, los tejidos del cuerpo, particularmente del cerebro, deben seguir con oxígeno y alimento la mayor parte del tiempo. No es necesario en ningún caso suponer que se ha violado una ley biológica o fisiológica. Para que se haya producido la reanimación en las células del cuerpo debe haber continuado algún grado de actividad residual, aunque los signos normales de esos procesos no sean clínicamente detectables con los métodos empleados. No obstante, en el momento presente parece imposible determinar con exactitud cuál es el punto sin retorno. Puede variar de un individuo a otro, y posiblemente no sea un punto fijo, sino una gama de variación en un continuo. De hecho, hace unas décadas la mayor parte de las personas con las que he hablado no podrían haber regresado, por lo que podemos pensar que en el futuro dispondremos de técnicas para revivir a gente que no puede ser salvada hoy en día.

Supongamos que la muerte es una separación de la mente y el cuerpo y que la primera pasa a otras esferas de la existencia en ese punto. Habría que llegar a la conclusión de que existe algún mecanismo por el cual el alma y el cuerpo se liberan tras la muerte. Seguimos sin ninguna base para suponer que este mecanismo funciona exactamente de acuerdo con lo que en nuestra era hemos aceptado arbitrariamente como el punto sin retorno. Ni podemos suponer que funciona perfectamente en cada caso, ni, mucho menos, que cualquier sistema corporal funciona siempre perfectamente. Quizá el mecanismo pueda ponerse en funcionamiento alguna vez antes de la crisis fisiológica, proporcionando a alguna persona una breve visión de otras realidades. Ello podría dar cuenta de los informes de quienes han tenido visiones retrospectivas de sus vidas, experiencias externas al cuerpo, etc., cuando están seguros de que van a morir, antes incluso de que se haya producido una herida grave.

Lo que en última instancia quiero afirmar es lo siguiente: cualquiera que sea el punto de muerte irrecuperable -en el pasado, presente y futuro-, aquellos con quienes he hablado han estado mucho más cerca de él que la gran mayoría de seres humanos. Por esta razón, deseo oír lo que ellos tienen que decir.

En un análisis final, por tanto, es inútil cavilar sobre la definición precisa de la «muerte» -irreversible o no- en el contexto de esta discusión. Lo que la persona que pone tales objeciones ante las experiencias cercanas a la muerte tiene en la mente es algo más básico. Para dicho crítico, en tanto quede una posibilidad de que haya alguna actividad biológica residual en el cuerpo, ella podrá ser la causa de la experiencia.

Doy por supuesto de antemano que esa actividad biológica residual debe existir en todos los casos. Por tanto, la cuestión de si hubo una muerte real se reduce al problema más básico de si la función biológica residual podría dar cuenta de la existencia de esas experiencias. En otras palabras:
¿Son posibles otras explicaciones? (es decir, otras que no sean la supervivencia a la muerte corporal).
Esta pregunta nos lleva al tema del siguiente capítulo.

5. Explicaciones
DISPONEMOS de «explicaciones» alternativas al fenómeno de proximidad a la muerte. Desde un punto de vista puramente filosófico pueden construirse infinidad de hipótesis para explicar cualquier experiencia, observación o hecho. Es decir, siempre se pueden dar más explicaciones teóricamente plausibles para cualquier cosa que se quiera demostrar. Lo mismo sucede con estas experiencias; se presentan todo tipo de explicaciones posibles.

De las numerosas explicaciones que pueden aportarse teóricamente, unas cuantas me las han hecho con relativa frecuencia en los encuentros públicos que he tenido. Trataré de estas explicaciones más comunes y de otras que todavía no me han propuesto. Las he dividido arbitrariamente en tres tipos: sobrenatural, natural (científica) y psicológica.
Explicaciones sobrenaturales
Aunque muy raramente, en las conferencias me han propuesto explicaciones demoníacas a las experiencias cercanas a la muerte, sugiriendo que eran dirigidas por fuerzas enemigas. Como respuesta a ellas puedo decir lo siguiente: creo que la mejor forma de distinguir entre experiencias dirigidas por Dios y las dirigidas por Satán es ver lo que la persona implicada hace y dice después de la experiencia. Es de suponer que Dios trataría de que aquellos ante quienes aparece fueran amorosos y perdonaran. Satán preferiría que sus siervos se dedicaran al odio y la destrucción. Las personas con las que he hablado están dispuestas a seguir el primer camino y a desaprobar el segundo. A la luz de las maquinaciones de un hipotético demonio tendría que haber hecho para engañar a su desventurada víctima (¿y con qué propósito?), ha fracasado miserablemente -por lo que yo sé- en la consecución de emisarios persuasivos de su programa.
Explicaciones naturales (científicas)
1. La explicación farmacológica
Se ha sugerido que esas experiencias están causadas por las medicinas administradas al enfermo en su momento de crisis. La plausibilidad superficial de esta idea deriva de varios hechos. Por ejemplo, la mayor parte de los médicos y abogados están de acuerdo en que algunos medicamentos producen experiencias y estados mentales engañosos y alucinatorios. Además, nos encontramos en una época en que hay un interés profundo por el problema del abuso de drogas, y gran parte de la atención pública se ha enfocado en el uso lícito del LSD, marihuana, etc., que parecen causar episodios alucinatorios. Nos encontramos, finalmente, con el hecho de que incluso muchas drogas médicamente aceptadas están asociadas a diversos efectos en la mente que pueden recordar a los acontecimientos de la experiencia de morir. Por ejemplo, la cetamina (o ciclohexanona) es un anestésico que se aplica mediante inyección intravenosa con efectos lateralmente similares en algunos aspectos a las experiencias externas al cuerpo. Ha sido calificado de anestésico «disociativo» porque, durante la inducción, el paciente puede quedar sin respuesta no sólo al dolor, sino también al entorno como totalidad. Se siente «disociado» de su entorno, incluyendo en él las partes de su propio cuerpo: brazos, piernas, etc. Después de la recuperación, durante cierto tiempo puede tener disturbios psicológicos, como alucinaciones y sueños muy vívidos. (Obsérvese que pocas personas han utilizado esa palabra -«disociación»- para caracterizar sus sentimientos cuando estaban fuera del cuerpo.)

También he recogido algunos relatos de gente que, cuando estaban bajo el efecto del anestésico, identificaron como visiones alucinatorias de la muerte. Veamos un ejemplo.
Ocurrió cuando tenía diez años. Había ido al dentista para un empaste y me dieron óxido nítrico. Me ponía nervioso tomarlo porque pensaba que no despertaría de nuevo. Cuando la anestesia comenzó a hacer efecto, me sentí dando vueltas en espiral. No tenía la impresión de que yo mismo me estuviese moviendo, sino de que el sillón del dentista daba vueltas y ascendía más y más alto.

Todo era brillante y blanco cuando llegué al final de la espiral; unos ángeles bajaron a recibirme y llevarme al cielo. Uso el plural, «ángeles», porque aunque era algo muy vago estaba seguro de que había más de uno. No puedo decir cuántos.

En determinado momento, el dentista y la enfermera hablaban entre sí sobre otra persona, y los oía, pero cuando habían acabado una frase ni siquiera podía recordar el principio. Sabía que estaban hablando y que sus palabras formaban un eco que daba vueltas y vueltas. Era un eco que parecía alejarse, como el de las montañas. Recuerdo que me pareció oírlos desde arriba, pues tenía la impresión de estar subiendo al cielo.

Es todo lo que recuerdo, aparte de que no tenía miedo ante el pensamiento de morir. En esa época de mi vida temía ir al infierno, pero cuando ocurrió aquello sólo pensé que iba al cielo. Más tarde me sorprendió mucho que la idea de la muerte no me hubiera atemorizado, pero llegué a la conclusión de que en el estado de anestesia nada me molestaba. Me sentía feliz porque el gas me había quitado toda preocupación. Pensé que ése era el motivo. Fue algo muy vago y no me volví a preocupar de ello.
Obsérvese que hay algunos puntos de similitud entre esta experiencia y otras que fueron sentidas como reales por quienes las sufrieron. Se describe una luz brillante y blanca, el encuentro con otros que lo llevan al otro lado y no hay preocupación por estar muerto. También hay dos aspectos que sugieren una experiencia externa al cuerpo: su impresión de que oía desde arriba las voces del dentista y la enfermera y la sensación de «flotar».

Por otra parte, otros detalles de la historia son muy atípicos de las experiencias que se consideraron que realmente habían sucedido. La luz brillante no es personificada y no se producen inefables sentimientos de paz y felicidad. La descripción del otro mundo está muy literaturizada y, según propia confesión, muy de acuerdo con las enseñanzas religiosas recibidas. Los seres son identificados con «ángeles» y habla de ir al «cielo», que se encuentra «arriba». No ha visto ni su cuerpo ni cualquier otro cuerpo, y siente que es el sillón del dentista, y no su propio movimiento, la fuente de la rotación. Expresa repetidamente la vaguedad de su experiencia y ésta no tiene efectos sobre su creencia en un más allá. (De hecho, sigue teniendo dudas sobre la supervivencia a la muerte corporal.)

Comparando los informes en los que la experiencia es atribuida a la droga con las experiencias cercanas a la muerte que se consideran reales, deben mencionarse algunos puntos. En primer lugar, quienes me han descrito las experiencias con «drogas» no son ni más ni menos románticos, imaginativos o inteligentes. En segundo lugar, estas experiencias son extremadamente vagas. En tercer lugar, las historias varían unas de otras, pero la variación es mucho mayor con respecto a las visiones «reales» cercanas a la muerte. Además, al elegir el caso específico de experiencia con «anestésico», he escogido a propósito el que más claramente se asemeja al grupo de las experiencias «reales». Sugeriría, por tanto, que, en general, hay grandes diferencias entre los dos tipos de experiencias.

Hay factores adicionales que desaprueban la explicación farmacológica de esos fenómenos. El más significativo es que en muchos casos no se administró ninguna droga antes de la experiencia, y en algunos ni siquiera fue administrada con posterioridad. Muchas personas me han insistido en que la experiencia tuvo lugar antes de que les suministraran cualquier tipo de medicación, en algunos casos antes de que obtuvieran cualquier clase de atención médica. Incluso en los ejemplos en que sí existieron drogas terapéuticas, la variedad de los medicamentos empleados con los diferentes pacientes es enorme. Desde sustancias como la aspirina, pasando por antibióticos y adrenalina hormonal, a anestésicos locales y gaseosos. La mayor parte de las drogas no se asocian con efectos sobre el sistema nervioso central o con efectos físicos. También hay que tener en cuenta que no existen diferencias entre los grupos que no recibieron medicamentos y los que sí. Diré, por último, sin añadir comentario alguno, que una mujer que «murió» dos veces en distintas ocasiones separadas por varios años, atribuye la falta de experiencia en la primera ocasión a que estaba anestesiada. La segunda vez, cuando no había tomado ninguna droga, tuvo una experiencia completa.

Una de las suposiciones de la moderna farmacología médica es la noción, que también ha ganado aceptación entre muchos abogados de nuestra sociedad, de que las drogas psicoactivas producen los episodios psíquicos con los que está asociado su uso. Estos acontecimientos psíquicos son considerados, por tanto, como «irreales», «alucinatorios», «engañosos» o producidos «sólo en la mente». Debe recordarse que esta idea no es universalmente aceptada; existe otra noción de la relación entre las drogas y las experiencias que suceden con su uso. Me refiero a la utilización iniciática y exploradora de lo que llamamos drogas «alucinógenas». En distintas épocas, el hombre ha utilizado esos compuestos psicoactivos en su búsqueda de otros estados de conciencia y realidad. (Para una exposición contemporánea viva y fascinante de esa utilización de la droga, véase el reciente libro, The Natural Mind, del doctor Andrew Weil.) De esta manera, el uso de la droga ha estado asociado históricamente no sólo con la medicina y el tratamiento de enfermedades, sino también con la religión y el logro de la iluminación. Por ejemplo, en los bien conocidos rituales del culto del peyote entre los indios americanos del oeste de Estados Unidos, el peyote (que contiene mescalina) es ingerido para alcanzar visiones religiosas e iluminación. Hay cultos similares en todo el mundo, y sus miembros comparten la creencia de que la droga empleada constituye un medio para pasar a otras dimensiones de la realidad. Suponiendo que esta idea sea válida, podría pensarse hipotéticamente que el uso de la droga sería un camino más entre los muchos que llevan al logro de la iluminación y al descubrimiento de otras esferas de la existencia. La experiencia de morir podría ser, en ese caso, otro de los caminos, y así nos sería posible explicarnos el parecido entre las experiencias inducidas por drogas con las que hemos analizado en este libro.
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