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INTRODUCCIÓN



Hay ciertos momentos en la vida, separados por largos intervalos de tiempo, pero ligados por su íntimo contenido y por un sello que les es peculiar. A menudo muchos de estos momentos llegan juntos a mi mente, y siento entonces que son ellos los que han determinado el curso de mi vida.

Es el año de 1890 ó 1891. Una clase nocturna de preparación en el Segundo “Gimnasio” de Moscú 1. Gran salón de clase alumbrado con lám­paras de kerosene de amplias pantallas. Vitrinas amarillas a lo largo de las paredes. Encorvados sobre sus pupitres, muchachos internos con blusas holandesas manchadas de tinta. Algunos, absorbidos en sus lecciones, otros, leyendo, por debajo de sus pupitres, una novela prohibida de Dumas o de Gaboriau; otros, platicando en voz baja con sus vecinos. Pero a pri­mera vista todos se ven iguales. En el escritorio del maestro, sentado, el preceptor en turno, un larguirucho alemán, “el Gigante Zancos”, con su uniforme — casaca azul con botones dorados. A través de una puerta abierta, se ve otra clase de preparación en el salón adjunto.

Yo soy un alumno del segundo o tercer grado. Pero, en lugar de la “Gramática Latina” de Zeifert, compuesta totalmente de excepciones, que a veces todavía veo en mis sueños, o de los “Problemas” de Evtushevsky —con el campesino que va al pueblo a vender forraje, y la fuente que se llena con tres llaves—, tengo conmigo la “Física” de Malinin y Bouredin. He pedido prestado este libro a uno de mis compañeros mayores, y lo estoy leyendo ferviente y vorazmente, presa ora de arrobamiento, ora de terror, ante los misterios que se descubren ante mi. Paredes que se desmoronan en mi derredor, y horizontes infinitos e increíblemente hermosos que se revelan. Es como si lazos desconocidos y antes insos­pechados, principiaran a asir las cosas y a unirlas todas. Por primera vez en mi vida mi mundo emerge del caos. Todo parece unido, formando un todo ordenado y armonioso. Yo entiendo, encadeno, series de fenómenos que antes estaban desconectados, que parecían no tener nada en común.

Pero, ¿qué es lo que leo?

Es el capítulo sobre palancas. Y todo a un tiempo, una multitud de cosas simples que yo consideraba como independientes, como careciendo de nexos comunes, se conectan unas con otras y se unen en un gran todo. Una varilla que se mueve bajo una piedra, un cortaplumas, una palanca, una tabla, todas estas cosas son una y la misma, todas son “palancas”. En esta idea hay algo de terrible y de seductor a la vez. ¿Cómo es que yo no lo sabía? ¿Por qué nadie me ha hablado de ello’? ¿Por qué me han hecho aprender mil cosas inútiles y nada se me ha dicho acerca de “ésto”? Todo lo que estoy descubriendo es tan maravilloso y tan lleno de milagro que me siento embelesado, y un cierto presentimiento de mayores re­velaciones me sujeta. Es como si sintiera ya la “unidad de todo”, y me sobrecojo ante esta sensación.

No puedo guardarme más todas estas emociones que me estremecen. Quiero tratar de compartirlas con mi vecino de pupitre, un gran amigo con quien a menudo discuto sin descanso. Quedamente empiezo a contarle mis descubrimientos. Pero siento que mis palabras no le dicen nada y que yo no puedo expresar lo que siento. Mi amigo me escucha distraídamente, y sin duda sólo oyendo la mitad de lo que digo. Me doy cuenta y me siento lastimado. Quiero dejar de hablarle. Pero el grandullón alemán en el escritorio del maestro ha notado ya que nosotros estamos “platicando”, y que yo estoy mostrando algo a mi amigo por debajo del pupitre. Se acerca presuroso a nosotros y, en el minuto siguiente, mi querido libro de “Física” está en sus profanas y despiadadas manos.

“¿Quién te dio este libro? En fin, nada puedes entender en él. Y estoy seguro de que no has preparado tus lecciones”.

Mi “Física” está en el escritorio del maestro.

Oigo en mi derredor murmullos irónicos. Se comenta que Ouspensky lee Física. Pero no me importa. Mañana mi Física estará otra vez en mis manos. Además, el grandullón alemán está hecho de palancas grandes y chicas.
Pasan los años.

Es el año de 1906 ó 1907. La oficina editorial de “La Mañana”, el diario de Moscú. Acabo de recibir los periódicos extranjeros, y tengo que escribir un artículo sobre la próxima Conferencia de la Haya. Periódicos franceses, alemanes, ingleses, italianos. Frases y más frases, de simpatía, de crítica, irónicas, retumbantes, pomposas, llenas de mentiras y, lo peor de todo, hechas con un absoluto automatismo. Frases que han sido usadas mil veces y que lo serán otras tantas, en ocasiones completamente dife­rentes, quizá contradictorias.

Tengo que revisar todas estas palabras y opiniones, pretendiendo ta­larlas seriamente, y entonces, con la misma seriedad, escribir algo de sai propia cosecha. ¿Pero qué puedo decir? Es todo tan fastidioso. Diplo­máticos y toda clase de estadistas se reunirán y discutirán, los periódicos aprobarán o desaprobarán, se avengan o no se avengan. Entonces, todo volverá a quedar como estaba, o aun peor que antes.

Es todavía temprano —me digo a mí mismo—. Quizá se me ocurra algo más tarde.

Haciendo a un lado los periódicos abro un cajón de mi escritorio. Todo está lleno de libros con títulos extraños: “El Mundo Oculto”, “La Vida después de la Muerte”, “Atlantis y Lemuria”, “Dogme et Rituel de la Haute Magie”, “Le Temple de Satán”, “Las Sinceras Narraciones de un Peregrino”, y otros títulos parecidos.

Estos libros y yo hemos sido amigos inseparables por un mes entero, y el mundo de las Conferencias de la Haya y los artículos relativos se me hacen más y más lejanos, extraños e irreales.

Abro uno de los libros al azar, presintiendo que mi artículo no será escrito hoy. ¡Y qué! ¡Que se vaya al diablo! La Humanidad no perderá nada si se escribe un artículo menos sobre la tal Conferencia.

Todas estas pláticas sobre la paz universal no son más que los sueños de Maniloff 2 para construir un puente sobre el lago. Nada puede resultar de eso, ante todo, porque las gentes que principian estas conferencias, y aquellas que van a discutir sobre la paz, tarde o temprano darán prin­cipio a una guerra. Las guerras no principian por ellas mismas, tampoco “los pueblos” las empiezan, por más que se les acuse de ello. Son preci­samente esos hombres llenos de buenas intenciones los que son el obstáculo para la paz. ¿Pero es posible esperar que alguna vez lo entiendan? ¿Ha entendido alguien alguna vez su propia inutilidad?

Una buena cantidad de malévolos pensamientos se me ocurren sobre la Conferencia de la Haya, pero me convenzo de que ninguno de ellos puede ponerse en letras de molde. La idea de la Conferencia de la Haya viene de muy altas esferas y, si alguien va a escribir sobre ella, debe hacerlo con simpatía, especialmente porque hasta nuestros periódicos —que generalmente son los más desconfiados y sarcásticos de todo lo que viene del gobierno— desaprueban sólo la actitud de Alemania hacia la Conferencia. El editor nunca pasaría, pues, lo que yo pudiera escribir si digo lo que pienso. Y si por algún milagro lo aceptara, nunca lo leería nadie. El periódico seria decomisado en las calles por la policía, y tanto el editor como yo tendríamos que hacer un largo viaje. Esta perspectiva no me atrae lo más mínimo. ¿De qué sirve tratar de desenmascarar las mentiras, si a la gente le gustan y vive en ellas? Eso es cosa de ellos. Pero yo estoy cansado de la falsedad. Hay sufi­cientes mentiras sin las mías.

Mas aquí, en estos libros, hay un extraño sabor de verdad. Lo siento con especial fuerza ahora, porque por tan largo tiempo me he guardado dentro de los limites artificiales del “materialismo”; me he negado todos los sueños sobre cosas que pudieran salirse de ellos. He estado viviendo dentro de un mundo disecado y esterilizado, con un número infinito de tabúes impuestos a mi pensamiento. Y de repente estos extraños libros echaron abajo las paredes que me rodeaban, y me hicieron pensar y soñar en cosas sobre las que por mucho tiempo había temido pensar y soñar. Repentinamente empecé a encontrar un extraño significado en viejos cuentos de hadas; bosques, ríos, montañas, se convirtieron en seres ani­mados; una vida misteriosa llenó la noche; con nuevos intereses y nuevas esperanzas principié a soñar otra vez de lejanos viajes, y recordé muchas cosas extraordinarias que había oído acerca de antiguos monasterios. Ideas y sentimientos que habían dejado hacia mucho tiempo de interesarme, de repente cobraron significado e interés. Un profundo sentido y muchas alegorías sutiles nacieron de lo que, sólo ayer, parecía ingenua fantasía popular o cruda superstición. Y el milagro más grande, y el misterio mayor, fue que el pensamiento de que la muerte puede no existir, se hizo posible, y pensé que aquéllos que se han ido puedan no haberse desva­necido del todo, sino que existan en alguna parte y de alguna manera y que quizá los vea otra vez. Me he acostumbrado tanto a pensar “cientí­ficamente”, que tengo temor aún de imaginar que pueda haber algo más allá de la cubierta externa de la vida. Me siento como un hombre sen­tenciado a muerte, cuyos compañeros han sido colgados y que se ha re­signado al pensamiento de que le espera la misma suerte, y de repente oye que sus compañeros están vivos, que han escapado y que también hay esperanzas para él. Pero que tiene miedo de creer esto, porque seria tan terrible si resultara falso, y nada quedaría sino la prisión y la espera de la ejecución.

Sí, yo sé que todos estos libros sobre “la vida después de la alÉerte” son muy ingenuos. Pero conducen a alguna parte, hay algo tras ellos, algo a lo que yo me había acercado antes; pero entonces me atemorizó, y huí al desnudo y árido desierto del “materialismo”.

¡La “Cuarta Dimensión”!

Esta es la realidad que hace tiempo yo sentí obscuramente, pero que escapó de mí entonces. Ahora veo mi camino, veo mi labor, y veo adonde me puede conducir.

La Conferencia de la Haya, los periódicos, todo está tan lejos de mí. ¿Por qué es que las gentes no entienden que sólo son sombras, imágenes de ellas mismas, y que la vida entera es sólo una sombra, sólo una ima­gen de otra vida? Pasan los años.

Libros, libros, libros. Leo, encuentro, pierdo, encuentro otra vez, pierdo de nuevo. Por fin, un cierto todo toma forma en mi mente. Veo la ininte­rrumpida línea del pensamiento y del saber que va de siglo a siglo, de época a época, de país a país, de una raza a otra; una línea profunda­mente escondida debajo de las capas de las religiones y filosofías que son, en realidad, sólo distorsiones y perversiones de las ideas que pertenecen a esta línea. Veo una extensa literatura llena de significado, que me era completamente desconocida hasta ahora, pero que, viéndolo con claridad, alimenta la filosofía que conocemos, aún cuando rara vez se la menciona en los textos de historia de la filosofía.

Y me asombro de no haberlo sabido antes, de que haya tan pocos que apenas hayan oído de ello. ¿Quién sabe, por ejemplo, que un juego de naipes común y corriente, contiene un profundo y armonioso sistema filo­sófico? Esto está tan completamente olvidado que parece casi nuevo.

Decido escribir, decir todo lo que he descubierto. Y al mismo tiempo veo que es perfectamente factible hacer concordar las ideas de este pen­samiento oculto con los datos del conocimiento exacto, y me convenzo de que la “cuarta dimensión” es el puente que puede tenderse entre el viejo y el nuevo conocimiento. Y veo y encuentra ideas de la cuarta di­mensión en el antiguo simbolismo, en los naipes de Tarot, en las imá­genes de los dioses hindúes, en las ramas de un árbol, y en las líneas del cuerpo humano.

Recopilo material, selecciono citas, preparo resúmenes, con la idea de mostrar la peculiar conexión interna que veo ahora entre los métodos de pensar que ordinariamente aparecen separados e independientes. Pero en el transcurso de este trabajo, cuando todo está preparado, cuando todo toma forma, empiezo de repente a sentir un escalofrío de duda, y un cansancio se apodera de mí. Bien, un libro más será escrito; pero ya ahora, cuando estoy empezando a escribirlo, sé cómo terminará. Sé los límites más allá de los cuales es imposible ir. El trabajo cesa. No puedo forzarme a escribir acerca de las ilimitadas posibilidades del conocimien­to, cuando veo el límite para mí mismo. Los viejos métodos no sirven, son necesarios otros. Las gentes que creen que algo puede ser alcanzado por sus propios esfuerzos, son tan ciegas como aquéllas que ignoran to­talmente las posibilidades del nuevo conocimiento. Dejo de escribir el libro.

Los meses pasan, y me encuentro absorbido completamente en ex­traños experimentos que me llevan más allá de los límites de lo cono­cido y posible.

Atemorizantes y fascinadoras sensaciones. ¡Todo toma vida! No hay nada muerto o inanimado. Siento los latidos del pulso de la vida. “Veo” el Infinito. De repente, todo desaparece. Pero cada vez yo me digo des­pués, que esto “ha sido”, y por esa razón existen cosas que son diferentes de las cosas comunes. ¡Pero queda tan poco, recuerdo tan vagamente las experiencias que he tenido! Me puedo contar sólo una parte infinitesimal de lo que ha pasado. Y no puedo controlar nada, dirigir nada. Algunas veces “esto” viene, algunas veces no. En ocasiones sólo llega el horror, en otras una luz cegante. Otras veces queda un poco en la memoria, pero en otras no queda absolutamente nada. Algunas veces se entiende mucho, nuevos horizontes se abren, pero sólo por un momento. Y estos momen­tos son tan cortos que nunca puedo estar seguro de haber visto algo o no. La luz se enciende, y muere antes de que tenga yo tiempo de saber lo que he visto. Y cada día, cada vez, se me hace más y más difícil encender esta luz. A menudo parece que el primer experimento me dio todo, que después todo no ha sido sino una repetición de las mismas cosas en mi conciencia, sólo un reflejo. Y sé que todo esto no es verdad y que cada vez recibo algo nuevo. Pero es difícil deshacerse de este pensamiento. Y aumenta la sensación de anonadamiento que siento ante la pared tras la que puedo mirar por un momento, pero nunca el tiempo necesario para darme cuenta de lo que veo. Más experimentos sólo confirman mi impotencia de asirme del misterio. El pensamiento no comprende, no comunica lo que a veces se siente con claridad. El pensamiento es dema­siado lento, demasiado corto de alcance. No hay palabras ni modos de comunicar lo que uno ve en tales momentos. Y es imposible fijar estos momentos, retenerlos, prolongarlos, hacerlos más obedientes a la volun­tad. No hay posibilidad de recordar lo que ha sido encontrado y enten­dido, y después repetírselo a uno mismo. Desaparece como desaparece el sueño. Quizá no es todo sino un sueño.

Mas al mismo tiempo no es así. Yo sé que no es un sueño. En estos experimentos y experiencias hay un sabor de realidad que no puede ser imitado y acerca del cual uno no puede equivocarse. Yo sé que “todo esto está ahí”. Me he convencido de ello. “La unidad existe”. Y yo ya sé que es infinita, bien ordenada, animada y consciente. Pero ¿cómo ligar lo que está encima con lo que está debajo?

Siento la necesidad de un método. Hay algo que uno debe saber antes de principiar con experimentos. Y más y más frecuentemente empiezo a pensar que este método puede ser dado sólo por aquellas escuelas orientales de los Yogis y los Sufis acerca de quienes uno lee y oye, “si tales escuelas existen” y si pueden ser penetradas. Mi pensamiento se concen­tra en esto. La cuestión de “escuela” y de un método adquiere para mi un significado predominante, aun cuando todavía no es claro y está conectado con gran cantidad de fantasías e ideas basadas sobre muy dudosas teorías. Pero una cosa veo clara: que yo solo nada puedo hacer.

Y decido principiar un largo viaje con la mira de buscar esas escuelas o las gentes que puedan enseñarme el camino de ellas.

1912.
Mi camino iba hacia el Oriente. Mis viajes anteriores me habían con­vencido de que había todavía mucho en el Oriente que hace mucho tiempo ha dejado de existir en Europa. Al mismo tiempo no estaba seguro, de ningún modo, de que encontraría precisamente lo que quería encontrar. Y, sobre todo, no podía decir con certeza “qué” era lo que yo debía bus­car. La cuestión de “escuelas” (estoy hablando -desde luego de escuelas “esotéricas” u “ocultas”) todavía tenía mucho de confuso. No dudaba de que existieran escuelas. Pero no podía decir si era necesario dar por sentada la existencia “física” de estas escuelas en la tierra. Algunas veces me parecía que las escuelas verdaderas sólo podrían existir en otro plano, y que nosotros podríamos acercarnos a ellas sólo en estados especiales de conciencia, sin real cambio de lugar o condiciones. En ese caso mi viaje resultaba inútil. Aún me parecía que debería haber métodos tradicionales de llegar al esoterismo todavía conservado en el Oriente.

La cuestión de escuelas coincidía con la cuestión de sucesión esotérica. Algunas veces me parecía posible admitir una sucesión histórica ininte­rrumpida. Otras veces me parecía que sólo la sucesión “mística” era po­sible, eso es, que la línea de sucesión se rompe en la tierra, sale de nuestro campo de división. Quedan sólo huellas de ella: obras de arte, memorias literarias, mitos, religiones. Entonces, quizá sólo después de un largo in­tervalo de tiempo, las mismas causas que alguna vez dieron origen al pensamiento esotérico principian a trabajar una vez más, y otra vez principia el proceso de “recoger conocimientos”, “las escuelas” son crea­das y la enseñanza antigua sale de su forma oculta. Esto querría decir que durante el período intermedio no podría haber escuelas plenas o co­rrectamente organizadas, sino sólo escuelas imitativas, o escuelas que con­servan la letra de la vieja ley, petrificada en formas fijas.

Sin embargo, ésto no me desanimó. Estaba preparado para aceptar lo que los hechos que esperaba encontrar me enseñaran.

Había todavía otra cuestión que me preocupaba antes de mi viaje y durante la primera parte de él.

¿Debería y podría uno tratar de hacer algo, aquí y ahora, con un á todas luces insuficiente conocimiento de métodos, vías y posibles re­sultados?

Preguntándome esto yo pensaba en varios métodos de respiración, dieta, ayuno, ejercicios de atención e imaginación y, sobre todo, de do­minio de uno mismo en los momentos de pasividad o de laxitud.

En la contestación de esta pregunta las voces internas se dividían: “No importa lo que uno haga, pero tienen que hacer algo”, decía una voz “pero uno no debe sentarse y esperar que algo venga por sí mismo”.

“Todo consiste precisamente en no hacer nada”, decía otra voz, “hasta que uno sabe con seguridad y precisión qué es lo que debe hacer para alcanzar un fin definitivo. Si uno empieza a hacer algo sin saber exacta­mente lo que es necesario y para qué fin, este conocimiento nunca lle­gará. El resultado será el ‘trabajo en uno mismo’ de que hablan los libros ‘ocultos’ o ‘teosóficos’, esto es, una pantomima”.

Y escuchando a estas voces en mi interior, no podía decidir cuál era la que debería seguir.

¿Debería tratar o debería esperar? Entendía que en muchos casos era inútil “tratar”. ¿Cómo puede uno “tratar” de pintar un cuadro? ¿Cómo puede uno “tratar” de leer en chino? Uno debe primero estudiar y saber, es decir, capacitarse para hacerlo. Al mismo tiempo me di cuenta de qué en estos argumentos había muchas ganas de eludir las dificultades o, al menos, de dejarlas para después. Sin embargo, el temor de hacer en­sayos de aficionado con la “autosugestión” era más fuerte que todo. Me decía a mí mismo que la dirección en que quería ir era imposible de seguir a ciegas, que uno debe ver o saber el punto a donde va. Además, yo ni’ siquiera deseaba cambios en mí. Yo iba en busca de algo. Si en el camino de búsqueda yo empezaba a cambiar, me satisfaría quizás con algo completamente diferente de lo que yo quería buscar. Me parecía entonces que era esto precisamente lo que les sucede a las gentes a me­nudo en el camino en busca de “lo oculto”. Principian por probar varios métodos en sí mismos, y ponen tanto empeño, desarrollan tanto trabajo y esfuerzo en estos intentos, que al final toman los resultados sub­jetivos de sus esfuerzos por los resultados de su búsqueda. Yo quise evitar esto a toda costa.

Pero un designio completamente diferente y casi inesperado en mi viaje principió a esbozarse desde los primeros meses de mis viajes.

En casi todos los lugares adonde llegaba, y aún durante el viaje, conocí gentes que estaban interesadas en las mismas ideas que yo, que hablaban el mismo lenguaje que yo hablaba, gentes entre las cuales y yo, se establecía instantáneamente una comprensión muy singular. Hasta dónde llevaría este entendimiento, era yo incapaz de decirlo entonces, pero en las condiciones y con el bagaje de ideas que entonces yo tenia, aún este entendimiento me parecía casi milagroso. Algunas de estas gen­tes se conocían entre si, otras no. Y yo sentía como si estuviera estable­ciendo un vínculo entre ellas. Era como si, de acuerdo con el plan original de mi viaje, extendiera un hilo que debería ir alrededor del mundo. Había algo que me atraía y que estaba lleno de significado en estos encuentros. A cada nueva gente que yo encontraba le hablaba de otras que había conocido antes, y algunas veces sabía yo de antemano las gentes que habría de conocer después.

San Petersburgo, Londres, París, Génova, el Cairo, Colombo, Galle, Madras, Benarés, Calcuta, estaban conectadas por hilos invisibles de es­peranzas y de expectación comunes. Y mientras más gentes conocía, esta parte de mi viaje más me atraía. Era como si brotara de ella alguna so­ciedad secreta, sin nombre, sin forma, sin leyes convencionales, pero ínti­mamente unida por la comunidad de ideas y de lenguaje. A menudo pensaba sobre lo que yo mismo había escrito en Tertium Organum sobre las gentes de una “nueva raza”. Y me parecía que no había estado lejos de la verdad, y que está en pleno proceso de formación, si no una nueva raza, al menos una nueva categoría de hombres, para quienes existen valores diferentes de los de las otras gentes.

En relación con otros pensamientos volví otra vez a la necesidad de poner en orden y de arreglar sistemáticamente lo que dentro de la tota­lidad de nuestro conocimiento, conduce a “nuevos hechos”. Y decidí que, después de mi regreso, reanudaría mi libro, pero con nuevos objetivos y con nuevas intenciones.

Al mismo tiempo principié a hacer ciertas conexiones en la India y en Ceilán, y me parecía que en muy poco tiempo estaría en posibilidad de decir que había encontrado hechos concretos.

Pero llegó una brillante mañana de sol en que, a mi regreso de la India, me encontraba en la cubierta del vapor que va de Madras a Co­lombo, rodeando Ceilán por el sur. Esta era la tercera vez que me acer­caba a Ceilán durante este periodo, cada vez desde distinta dirección. La plana orilla con azules colinas a lo lejos mostraba simultáneamente lo que nunca podría ser visto desde ese lugar. A través de mis gemelos pude ver el trenecito de juguete camino al sur, y al mismo tiempo varias estacioncitas que parecían estar casi una junto a otra. Hasta sabía sus nombres: Kollupitiya, Bambalapitiya, Wellawatta, y otras.

La cercanía de Colombo me emocionaba. Iba a saber ahi: primero, si iba a encontrar otra vez al hombre a quien había conocido antes de mi último viaje a la India, y si él me repetiría las proposiciones que me había hecho para conocer a ciertos Yogis; y luego, adonde iría yo des­pués: ¿regresaría a Rusia? ¿O continuaría hacia Burma, Siam, Japón y América?

Pero no esperaba lo que realmente me encontré. La primera palabra que escuché al desembarcar fue: Guerra. Ahí principiaron entonces extraños días confusos. Todo se volvía inex­plicable. Pero yo sentía ya que mi búsqueda en un sentido estaba termi­nada, y entendía entonces por qué había sentido siempre que era nece­sario apresurarse.

Un nuevo ciclo estaba principiando. Y era todavía imposible decir cómo sería y a dónde conduciría. Sólo una cosa era clara desde un prin­cipio, que lo que ayer era posible no era posible hoy. Todo el cieno se levantaba desde la base de la vida. Todos los naipes se revolvían. Todos los hilos estaban rotos.

Quedaba sólo lo que había hecho en mi beneficio. Nadie podía qui­tarme eso. Y sólo ello podía conducirme más adelante.

1914-1930.
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