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CAPÍTULO I EL ESOTERISMO Y EL PENSAMIENTO MODERNO



La idea de un conocimiento que sobrepasa todo conocimiento hu­mano ordinario y que es inaccesible a la gente común, pero que existe en alguna parte y pertenece a alguien, penetra la historia entera del pensamiento de la humanidad desde las épocas más remotas. Y de acuerdo con ciertos restos del pasado, un conocimiento completamente diferente del nuestro formaba la esencia y el contenido del pensamiento humano en esas épocas en que, de acuerdo con otras opiniones, el hombre se diferenciaba muy poco, o no se diferenciaba absolutamente nada, de los animales.

El “conocimiento oculto” es por eso llamado algunas veces “conoci­miento antiguo”. Pero desde luego esto no explica nada. Debe notarse, sin embargo, que todas las religiones, todos los mitos, todas las creencias, todas las leyendas heroicas populares de todos los pueblos y todos los países, están basados en el reconocimiento de la existencia, alguna vez y en algún lugar, de un conocimiento muy superior al conocimiento que nosotros poseemos o podemos poseer. Y en un grado considerable el contenido de todas las religiones y mitos consiste en formas simbólicas que representan tentativas para transmitir la idea de este conocimiento oculto,

Por otra parte, nada demuestra tan claramente la debilidad del pen­samiento o de la imaginación humanos como ideas existentes acerca del conocimiento oculto. La palabra, el concepto, la idea, la expectativa, exis­ten, pero no en formas concretas definidas de percepciones conectadas con esta idea. Y la idea misma tiene que ser desenterrada muy frecuente­mente con gran dificultad del fondo de montañas de mentiras, tanto creadas con intención como sin ella, de engaños y autó-engaños, y de intentos ingenuos de presentar en formas inteligibles tomadas de la vida ordinaria, lo que en su propia naturaleza no pueda tener parecido alguno con ellas.

El trabajo de encontrar huellas del conocimiento antiguo u oculto, o aún indicios de su existencia, se asemeja al trabajo de los arqueólogos que buscan huellas de una olvidada civilización antigua, y que las en­cuentran enterradas bajo varios estratos de cementerios dejados por pueblos que vivieron desde entonces en ese lugar, separados posiblemente por miles de años e ignorantes uno de la existencia del otro.

Pero cada vez que un investigador se encuentra con los distintos in­tentos de expresar el contenido del conocimiento oculto, invariablemente ve la misma cosa, a saber, la asombrosa pobreza de la imaginación hu­mana ante esta idea.

La humanidad ante la idea del conocimiento oculto le recuerda a uno las gentes en los cuentos de hadas a quienes alguna diosa, hada o mago, promete darles todo lo que ellas quieran, con la condición de que digan exactamente qué es lo que quieren. Y generalmente en los cuentos de hadas las gentes no saben qué pedir. En algunos casos el hada o el mago ofrece satisfacer hasta tres deseos, pero aún esto no sirve para nada. En todos los cuentos de hadas de todas las épocas y pueblos, los hombres se sienten perdidos irremisiblemente cuando se encuentran ante la pregunta de qué es lo que desean y de lo que les gustaría tener. Son absolutamente incapaces de determinar y formular su deseo. O bien en ese momento recuerdan sólo algún pequeño deseo sin importancia, o expresan varios deseos contradictorios que se nulifican entre si; o aún más, como en el cuento de “El Pescador y el Pez” 3, son incapaces de constreñirse dentro de los límites de lo posible y, siempre deseando más y más, terminan por tratar de dominar fuerzas más altas, sin darse cuenta de la pobreza de su propio poder y capacidad. Y así nuevamente caen, nuevamente pierden todo lo que han alcanzado, porque ellos mismos no saben con claridad qué es lo que quieren.

En una forma jocosa esta idea de la dificultad de formular deseos y del raro éxito de los hombres en ello, se muestra en un cuento hindú:

“Un mendigo, que había nacido ciego, que llevaba una vida solitaria, y que vivía de la caridad de sus vecinos, acosaba continuamente y con gran constancia a cierta deidad con sus plegarias. Esta al fin se sintió movida por tan continua devoción, pero temiendo que su adorador pu­diera no satisfacerse fácilmente, cuidó de obligarlo por un juramento a pedir no más que una sola gracia.

“Esto dejó perplejo al mendigo por largo tiempo, pero su ingenio profesional al fin vino en su auxilio.

“Me apresuro a obedecer el mandato, generoso Señor”, dijo, “y esta sola merced es todo lo que yo pido de tus manos, que viva para ver al nieto de mi nieto jugar en un palacio de siete pisos, atendido por un séquito de servidores a la hora de su alimento de leche y arroz, servido en taza de oro.” Y concluyó expresando su esperanza de no haber ex­cedido el límite de un solo deseo que se le había concedido.

“La deidad vio que había sido sorprendida de buena ley, porque, aún cuando una en forma, la gracia pedida abarcaba las múltiples gracias de salud, riqueza, longevidad, recuperación de la vista, matrimonio y progenie. Sólo por admiración de la astucia y consumado tacto de su ado­rador, si no en cumplimiento de su palabra empeñada, la deidad se sintió obligada a concederle todo lo que había pedido”. 4
En la leyenda de Salomón (1º Reyes, 3. 5-15) encontramos una expli­cación de estos cuentos, una explicación de qué es lo que los hombre* pueden recibir si saben sólo qué pedir.

“En Gabaón el Señor se apareció a Salomón por la noche en un sueño y Dios dijo: Pide lo que quieras que te dé.

“Y Salomón dijo: Soy sólo un niño: No sé cómo salir o cómo entrar;

“Y tu siervo está en medio de tu pueblo...

“Da pues a tu siervo un corazón comprensivo para juzgar a tu pueblo, para que pueda yo discernir entre el bien y el mal...

“Y el discurso plació al Señor que Salomón hubiera pedido esto.

“Y Dios le dijo: Porque tú has pedido esto y no has pedido para tí una larga vida; ni has pedido riquezas para tí; ni has pedido la vida de tus enemigos; sino has pedido para tí comprensión...

“He aquí lo que he hecho de acuerdo con tus deseos: te he dado un corazón sabio y comprensivo; como no ha habido ninguno como tú ante» de tí, ni después de tí aparecerá ninguno como tú.

“Y te he dado también lo que has pedido, tanto riquezas como honor... y prolongaré tus días.”
La idea del conocimiento oculto y la posibilidad de encontrarlo des­pués de una larga y ardua búsqueda, es el contenido de la leyenda del Cáliz Sagrado.

El Cáliz, la copa de la cual Cristo bebió (o la fuente de la que Cristo comió) en la Ultima Cena, y en la que José de Arimatea recogió la sangre de Cristo fue, según una leyenda medieval, traído a Inglaterra. A aqué­llos que lo vieron, el Cáliz dio inmortalidad y juventud eterna. Pero tenía que ser custodiado sólo por gentes perfectamente puras de corazón. Si alguno que no fuera lo bastante puro se acercaba a él, el Cáliz desapa­recía. De esto salió la leyenda de la búsqueda del Cáliz por caballeros castos. Sólo los tres caballeros del Rey Arturo lograron ver el Cáliz.

Muchos cuentos y mitos, aquellos del Vellón de Oro, el Pájaro de Fuego (del folklore ruso), la Lámpara de Aladino, y aquéllos sobre rique­zas y tesoros escondidos custodiados por dragones y otros monstruos, sir­ven para expresar la relación del hombre con el conocimiento oculto.

La “piedra filosofal” de los alquimistas simbolizaba también el cono­cimiento oculto.

Todos los puntos de vista de la vida estén divididos en dos clases en esta cuestión. Hay concepciones del mundo que se basan enteramente en la idea de que vivimos en una casa en la que hay un secreto, algún tesoro enterrado, algún almacén secreto de objetos preciosos, que alguien y alguna vez puede encontrar, y que ocasionalmente ha sido encontrado de hecho. Y entonces, desde este punto de vista, el fin entero y todo el significado de la vida consiste en la búsqueda de este tesoro, porque sin él todo el resto de las cosas no tiene valor alguno. Y hay otras teorías y sistemas en los que no hay idea de “tesoro por encontrar”, para las que todo es igualmente visible y claro o todo igualmente invisible y oscuro.

Si en nuestros días teorías de la última clase, esto es, aquéllas que niegan la posibilidad del conocimiento oculto, han llegado a predominar, no debemos olvidar que lo han hecho sólo muy recientemente, y sólo entre una pequeña, aun cuando muy ruidosa, parte de la humanidad. La gran mayoría de las gentes todavía cree en “cuentos de hadas”, y cree que hay momentos en que los cuentos de hadas se hacen realidad.

Pero es una desgracia del hombre que en los momentos en que algo nuevo y desconocido se hace posible no sepa lo que quiere, y la oportu­nidad que de repente apareció repentinamente también desaparece.

El hombre tiene conciencia de estar rodeado por la muralla de lo desconocido, y al mismo tiempo cree que puede atravesar esa muralla y que otros la han atravesado; pero no puede imaginarse, o lo imagina muy vagamente, qué es lo que puede haber detrás de esta muralla. No sabe qué es lo que le gustaría encontrar ahí o qué es lo que significa poseer conocimiento. Ni siquiera se le ocurre que un hombre puede man­tener diferentes relaciones con lo Desconocido.

Lo Desconocido no es conocido. Pero lo desconocido puede ser de mu­chos modos, tanto como lo es en la vida común. Un hombre puede no tener un conocimiento preciso de una cosa particular, pero puede pensar o hacer juicios y suposiciones sobre ella, puede conjeturar e imaginarla en tal grado de corrección y exactitud, que sus acciones y expectativas en relación con lo que es desconocido en el caso particular puede ser casi correcto. Exactamente en la misma forma, en relación con lo Gran Desconocido, un hombre puede estar en diferentes relaciones con él; puede hacer más o menos correctas suposiciones acerca de él, o puede no hacer ninguna suposición, o puede hasta olvidarse completamente de la existencia misma de lo Desconocido. En estos últimos casos en que no hace suposiciones o se olvida de la existencia de lo Desconocido, aún lo que era posible en otros casos, esto es, la coincidencia accidental de las conjeturas o especulaciones con la realidad desconocida, se hace imposible.

En esta incapacidad del hombre de imaginar lo que existe más allá de las murallas de lo conocido y lo posible estriba su principal tragedia, y en esto, como ya se ha dicho, está la razón de por qué tanto permanece oculto para él y por qué hay tantas preguntas para las que nunca puede encontrar respuesta.

En la historia del pensamiento humano hay muchas tentativas para definir los límites del conocimiento posible. Pero no hay tentativas inte­resantes para concebir cuál seria la extensión de estos límites y a dónde nos llevarían ellos necesariamente.

Tal aseveración puede parecer una paradoja intencional. La gente grita mucho y con mucha frecuencia sobre las posibilidades ilimitadas del conocimiento, sobre los inmensos horizontes que se abren a la ciencia, etc., pero en realidad todas éstas “posibilidades ilimitadas” están limi­tadas por los cinco sentidos —vista, oído, olfato, tacto y gusto— además de la capacidad de razonar y comparar, más allá de lo cual nunca puede ir el hombre.

Nosotros no tomamos suficientemente en cuenta u olvidamos esta circunstancia, y esto explica por qué nos quedamos sin saber qué hacer cuando queremos definir el “conocimiento común”, el “conoci­miento posible” y el “conocimiento oculto”, o las diferencias que hay entre ellos.

En todos los mitos y cuentos de hadas de todos los tiempos encontra­mos la idea de “magia”, “brujería” y “hechicería”, que a medida que nos acercamos a nuestra propia época, toman la forma de “espiritualis­mo”, “ocultismo” e ideas afines. Pero aún las gentes que creen en estas palabras entienden muy imperfectamente lo que significan realmente y en qué sentido el conocimiento de un “mago” o de un “ocultista” “di­fiera del conocimiento de un hombre ordinario, y por ello todas las tenta­tivas para crear una teoría del conocimiento mágico terminan en fracaso. El resultado es siempre algo indefinido, pero aun cuando imposible, no fantástico, .porque el “mago” generalmente aparece como un hombre común dotado de algunas facultades exageradas en un sentido. Y la exa­geración de cualquier cosa sobre líneas ya bien conocidas no puede crear nada fantástico.

Aún si el conocimiento “milagroso” es una vía hacia el conocimiento de lo Desconocido, la gente no sabe cómo acercarse a lo milagroso. En esto encuentra un gran obstáculo por la interferencia de la literatura “seudo-ocultista”, que frecuentemente se esfuerza por destruir las divisiones antes dichas y por probar la unidad del conocimiento científico y el “oculto”. De ahí que en tal literatura uno encuentre a menudo afir­maciones de que el conocimiento “mágico” no es sino el conocimiento que se adelanta a su tiempo. Por ejemplo, se dice que algunos monjes medioevales pueden haber tenido algunos conocimientos sobre electrici­dad. Para su tiempo esto era “magia”. Para nosotros ha dejado de ser magia. Y lo que pueda parecemos mágico a nosotros dejaría de serlo a las futuras generaciones.

Tal afirmación es punto menos que arbitraria, y destruyendo las ne­cesarias divisiones, nos impide encontrar y establecer una actitud correc­ta hacia los hechos. El conocimiento mágico u oculto es el conocimiento basado en los sentidos que sobrepasan a los cinco sentidos ordinarios, y en la capacidad de pensar que sobrepasa al pensamiento común, pero es conocimiento traducido al lenguaje lógico ordinario, si ello es posible o en el grado que esto pueda serlo.

Cuando se habla de conocimiento común, es necesario repetir una vez más que aún cuando el contenido del conocimiento no sea constante, es decir, que cambia y aumenta, siempre lo hace dentro de límites de­finidos y estrictos. Todos los métodos científicos, todos los aparatos, todos los instrumentos y utensilios no son sino un adelanto sobre y hacia el ensanchamiento de los cinco sentidos, en tanto que las Matemáticas y todos los cálculos posibles no son sino la ampliación de la capacidad ordi­naria de comparación, razonamiento y obtención de conclusiones. Pero al mismo tiempo algunas construcciones matemáticas van tan lejos de los dominios del conocimiento ordinario, que pierden toda conexión con él. Las Matemáticas encuentran tales relaciones de magnitudes o rela­ciones de relaciones como no las hay en el mundo físico que observamos. Pero somos incapaces de hacer uso de estos adelantos matemáticos por­que en todas nuestras observaciones y razonamientos estamos acorralados por nuestros cinco sentidos y las leyes de la lógica.

En cada época histórica el conocimiento humano, es decir el “conoci­miento ordinario”, o el conocimiento “conocido”, el “aceptado”, ha abar­cado un círculo definido de observaciones y deducciones sacadas de él. A medida que el tiempo ha pasado este círculo ha crecido, pero, si así puede decirse, siempre ha permanecido en el mismo plano. Nunca lo ha sobrepasado.

Creyendo en la posibilidad y en la existencia del conocimiento “oculto”, las gentes siempre le han adjudicado nuevas propiedades, siempre lo han considerado como saliendo del plano del conocimiento ordinario y yendo más allá de los límites de los cinco sentidos. Este es el verdadero signi­ficado del conocimiento “oculto”, del conocimiento mágico, milagroso, etc. Si separamos del conocimiento oculto la idea de que va más allá de los cinco sentidos, pierde todo su significado e importancia.

Si, tomando todo esto en consideración, hacemos un estudio de la his­toria del pensamiento humano en su relación con lo Milagroso, podemos encontrar material para determinar el posible contenido de lo Descono­cido. Esto debería ser posible porque, a pesar de toda la pobreza de su imaginación y la multiplicidad de sus intentos, la humanidad ha acer­tado en algunas cosas.

Tal resumen de las aspiraciones de la humanidad para entrar en el reino de lo incomprensible y lo misterioso, es especialmente interesante en el momento presente, en que el estudio psicológico del hombre ha reconocido la realidad de los estados de conciencia que por mucho tiempo fueron considerados como patológicos, y ha admitido su valor cognosci­tivo, es decir, el hecho de que en estos estados de conciencia el hombre es capaz de conocer lo que en los estados ordinarios no puede. Pero este estudio ha llegado a un punto y no ha ido más adelante.

Se había reconocido que, permaneciendo en el terreno científico, es imposible considerar el estado ordinario de conciencia, en el cual somos capaces de pensar lógicamente, como el único posible y el más claro. Al contrario, se había establecido que en otros estados de conciencia, que son raros y han sido muy poco estudiados podemos aprender y en­tender lo que no podemos entender en nuestros estados ordinarios de con­ciencia. Esto, a su vez, sirvió para establecer el hecho de que el estado “ordinario” de conciencia es sólo un aspecto
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