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particular de la conciencia, y que nuestra concepción ordinaria del mundo es sólo un aspecto par­ticular de la concepción del mundo.

El estudio de estos poco comunes, raros y excepcionales estados del hombre ha establecido, además, una cierta unidad, una cierta concatena­ción, una cierta sucesión y una “logicidad” completamente ilógica, en el contenido de los llamados estados “místicos” de conciencia.

En este punto, sin embargo, el estudio de los “estados místicos de condénela” ha llegado a un limite y no ha ido nunca más allá.

Es en verdad difícil definir un estado místico de conciencia por medio de la terminología psicológica ordinaria. Juzgando exteriormente, tales estados tienen mucho en común con los estados sonambulísticos y psico-patológicos. No se descubre nada nuevo estableciendo el valor cognos­citivo de los estados “místicos” de conciencia. Este hecho es solamente nuevo para la “ciencia”. La realidad y el valor de los estados místicos de conciencia han sido y son reconocidos sin excepción por todas las reli­giones que existen y han existido. De acuerdo con la definición de los teólogos de la Iglesia Ortodoxa, los estados místicos de conciencia no pueden descubrir o añadir nuevos dogmas, pero descubren y explican el contenido de los dogmas que son ya conocidos por revelación. Queda claro de esto que los estados místicos de conciencia no se oponen a la revelación fundamental sino que son, por así decirlo, considerados como fenómenos de la misma naturaleza pero de menor poder. Pueden explicar dogmas dados por revelación, pero no pueden añadir nuevos dogmas. Desgraciadamente, las interpretaciones teológicas siempre se quedan den­tro de los límites de los dogmas y las reglas canónicas de una religión particular; no pueden transgredir estos límites en virtud de su propia naturaleza.

Por lo que se refiere a la ciencia he dicho ya que ha demostrado poco interés en el misticismo, relegándolo a la esfera de la patología o cuando más a la esfera de la imaginación.

La palabra “misticismo” es usada en muy diferentes sentidos, por ejemplo, en el sentido de una cierta clase de teoría o enseñanza. De acuerdo con una interpretación de diccionario muy generalizada la pa­labra “misticismo” incluye todas las enseñanzas y creencias relativas a la vida del más allá, al alma, a los espíritus, a las fuerzas ocultas del hombre, a la Divinidad, que no entran dentro de las enseñanzas religio­sas comunes ya aceptadas.

Pero el uso de esta palabra en tal sentido, es completamente erróneo, ya que su significado fundamental es así destruido. Consecuentemente, en este libro la palabra “misticismo” será usada desde ahora sólo en su sentido psicológico, es decir, en el sentido de estados especiales de con­ciencia, e ideas y concepciones del mundo, directamente resultantes de estos estados. Y si es mencionada en otro sentido, por ejemplo en el sentido de ciertas teorías, el hecho será señalado especialmente.

Un examen de lo que se conoce del misticismo y de los estados místicos de conciencia es de gran interés en relación con la idea del conocimiento oculto. Si no seguimos ni el punto de vista religioso ni el científico, si no tratamos de comparar las descripciones de las experiencias místicas de gentes de razas completamente diferentes, de distintas épocas y religiones, encontraremos un pareado sorprendente entre estas descripciones, que no pueden ser explicadas en ningún caso por semejanza de preparación o por similaridad en las formas de pensar y sentir. En los estados místicos gentes completamente diferentes en condiciones completamente distintas aprenden la misma cosa, y, lo que llama aún más la atención, es que en los estados místicos no hay diferencia de religiones. Todas las experien­cias son absolutamente idénticas, la diferencia puede radicar solamente en el lenguaje y en la forma de descripción. En el misticismo de diferentes países y diferentes pueblos, las mismas imágenes, los mismos descubrimientos se repiten invariablemente; De hecho puede haber suficiente material de esta clase para construir una nueva religión sintética. Pero las religiones no se construyen por la razón. Las experiencias místicas son inteligibles solamente en estados místicos. Todo lo que podamos al­canzar por un estudio intelectual de los estados místicos será meramente una aproximación a, un indicio de, una cierta comprensión. El misticis­mo es enteramente emocional, completamente formado de sensaciones sutiles, incomunicables, que son aún menos susceptibles de expresión verbal y de definición lógica que cosas como el sonido, el color y la línea.

En relación con la idea del conocimiento oculto, el misticismo puede ser considerado como una penetración del conocimiento oculto en nues­tra conciencia. Esto no significa sin embargo que todos los místicos inva­riablemente reconozcan la existencia del conocimiento oculto y la posi­bilidad de adquirirlo por el estudio y el trabajo. Para muchos místicos sus experiencias son un acto de gracia, un don de Dios, y desde su punto de vista ningún conocimiento puede jamás conducir a la gente a esta gracia o a hacer más fácil su adquisición.

Así, desde un punto de vista, el misticismo no podría existir sin el conocimiento oculto, y la idea del conocimiento oculto no podría ser co­nocida sin el misticismo. Desde el otro punto de vista, la idea del conoci­miento oculto que es poseída por algunas gentes y que puede encontrarse por medios intelectuales no es necesaria para el misticismo, ya que todo este conocimiento está contenido en el alma del hombre, y el misticismo es el camino para este conocimiento y el camino para Dios.

En vista de esta doble actitud del misticismo hacia el conocimiento oculto es necesario hacer una distinción entre estas dos ideas.

El conocimiento oculto es una idea que no encaja dentro de ninguna idea. Si se admite la existencia del conocimiento oculto, se admite, como perteneciendo a ciertas gentes, pero a gentes a quienes nosotros no co­nocemos, a un circulo escogido de la humanidad.

De acuerdo con esta idea, la humanidad es considerada como dos círculos concéntricos. Toda la humanidad que conocemos y a la cual nos­otros pertenecemos forma el círculo exterior. Toda la historia de la huma­nidad que nosotros conocemos es la historia del círculo exterior. Pero dentro de este círculo hay otro, del cual los hombres del círculo exterior nada saben, y de cuya existencia sólo sospechan algunas veces obscura­mente, aun cuando la vida del círculo exterior en sus más importantes manifestaciones, y particularmente en su evolución es realmente guiada por el círculo interior. El circulo interior o esotérico forma, por así de­cirlo, una vida dentro de la vida, un misterio, un secreto en la vida de la humanidad.

La humanidad exterior o exotérica, a la que nosotros pertenecemos, es como las hojas de un árbol, que cambian todos los anos. A pesar de esto se consideran el centro de la vida, no comprendiendo que el árbol tiene tronco y raíces, y que además de hojas sostiene flores y frutos.

El circulo esotérico es, por así decirlo, una humanidad dentro de la humanidad, y es el cerebro, o más bien el alma inmortal de la huma­nidad, donde se conservan todas las consecuciones, todos los resultados, todos los logros de todas las culturas y todas las civilizaciones.

Uno puede ver la cuestión desde otro ángulo y tratar de encontrar en el hombre mismo, una analogía con la relación entre los círculos eso­térico y exotérico de la humanidad.

Tal analogía puede encontrarse en el hombre; consiste en la relación del cerebro con el resto del cuerpo humano. Si tomamos el organismo humano y examinamos las relación entre los “más altos” o “más nobles” tejidos, cual es principalmente la materia nerviosa y cerebral, con los otros tejidos del organismo, tales como el tejido muscular, el tejido co­nectivo, las células de la piel, etc., encontramos una analogía casi com­pleta con la relación entre el círculo interno y el externo.

Uno de los fenómenos más misteriosos en la vida del organismo es la historia de la vida de las células cerebrales. Está más o menos esta­bleado definitivamente por la ciencia, y puede ser aceptado como un hecho, que las células cerebrales no se multiplican como las células de otros tejidos. De acuerdo con una teoría, las células cerebrales aparecer en una edad muy temprana; de acuerdo con otra, aumentan en número hasta que el organismo alcanza una edad de alrededor de doce años. Pero cómo crecen, y de dónde salen permanece desconocido.

Razonando lógicamente, la ciencia debería haber reconocido a las células cerebrales como inmortales en comparación con otras células.

Esto es casi todo lo que puede decirse acerca de las células cerebrales, si permanecemos en el terreno científico aceptado. Pero lo que es acep­tado está lejos de ser suficiente para la comprensión de la naturaleza de la vida de las células cerebrales. Demasiados hechos tendrán que ser ignorados antes de que sea posible aceptar la teoría de un cuerpo perma­nente de células cerebrales que sólo decrece y decrece. Esta teoría de un cuerpo permanente difiere completamente de la otra teoría, según la cual las células cerebrales perecen o son quemadas en gran número en cada proceso del pensamiento, especialmente durante un trabajo mental intenso. Si así fuera, no importa el número de células que fueran, no habrían durado mucho. Y tomando esto en cuenta nos vemos forzados a admitir que la vida de las células cerebrales permanece todavía inexplicada y llena de misterio.

En verdad, aun cuando no es reconocido por la ciencia, la vida de las células es muy corta, y la substitución de células viejas por nuevas en un organismo normal sucede constantemente y puede aún aumentar. No entra dentro de las miras del presente libro mostrar cómo puede de­mostrarse esta afirmación. Para los métodos científicos existentes cual­quier observación sobre la vida de las células individuales en el organis­mo humano presenta dificultades casi insuperables. Sin embargo, si, ra­zonando puramente por analogía, suponemos que las células cerebrales deben nacer de algo semejante a ellas, y si al mismo tiempo considera­mos como probado que las células cerebrales no se multiplican, entonces debemos presumir que devienen de otras células.

La posibilidad de la regeneración o evolución o transformación de una clase de célula en otra está definitivamente establecida, ya que, des­pués de todo, todas las células del organismo se desarrollan de una célula madre. La única duda es de qué clase de células pueden provenir las células cerebrales. La ciencia no puede responder a esta pregunta.

Uno puede decir solamente que si las células de cierta clase se rege­neran en células cerebrales, por este solo hecho desaparecen de su plano anterior, abandonan su mundo, mueren en un plano y nacen en otro, exactamente como el huevecillo de una mariposa, convirtiéndose en una oruga, muere como huevecillo, deja de ser huevecillo; como una oruga, convirtiéndose en una crisálida muere como oruga, deja de ser oruga; y como una crisálida, convirtiéndose en mariposa, muere como crisálida, deja de ser crisálida, es decir, deja el mundo de sus semejantes y pasa a otro plano de seres. Del mismo modo las futuras células cerebrales al pasar a otro plano de seres, dejan de ser lo que eran antes, mueren en su anterior plano de seres, y empiezan a vivir en uno nuevo. En este nuevo plano, en tanto que permanecen invisibles y desconocidas, gobier­nan la vida de otras células, ya sea en su propio interés o en el interés del organismo entero. Y parte de su actividad consiste en encontrar entre los tejidos más evolucionados células capaces de convertirse en células cerebrales, porque las células cerebrales no se multiplican por si mismas.

De este modo encontramos en el organismo humano en la relación de las células cerebrales con otras células una analogía con la relación del círculo interno con los círculos externos de la humanidad.
Antes de seguir adelante es necesario establecer el significado exacto de algunos conceptos con los que constantemente nos encontraremos después.

El primero de ellos es el de la “evolución”.

La idea de la evolución ha ocupado un lugar predominante en el pensamiento occidental. Dudar sobre la evolución ha sido considerado desde hace mucho tiempo como el signo final de retroceso. La evolución se ha convertido en algo así como la llave universal que abre todas las cerraduras.

Esta aceptación general de una idea muy hipotética en sí misma da lugar a dudas. La idea de la evolución es relativamente nueva. Darwin consideró la “selección natural” como una prueba de la evolución en el sentido biológico. Pero la divulgación de la idea de la evolución en un sentido general, se debe especialmente a Herbert Spencer, quien fue el primero en explicar los procesos cósmicos, biológicos, psicológicos, morales y sociológicos desde el punto de vista de un principio general. Pero in­tentos individuales de considerar los procesos del mundo como el resultado de la evolución mecánica los hubo antes que Spencer. La filosofía astro­nómica por una parte, y las ciencias biológicas por otra, crearon la mo­derna concepción de la evolución, que ahora se aplica literalmente a todas las cosas del mundo, desde las formas sociales hasta los signos de puntuación, sobre la base del principio general, aceptado de antemano, de que todo evoluciona. Se seleccionan “hechos” para respaldar este principio. Aquello que no encaje en el principio de la evolución es rechazado.

De acuerdo con la definición común del diccionario, la palabra evo­lución significa “un desarrollo ordenado y progresivo” gobernado por ciertas leyes exactas pero desconocidas.

Con objeto de entender la idea, debe notarse que en el concepto de evolución es importante no sólo lo que se comprende en esta palabra, sino también lo que se excluye de ella. La idea de la evolución antes que todo excluye la idea de un “plan” y de un cerebro conductor. La evolu­ción es un proceso independiente y mecánico. Además la evolución ex­cluye el “accidente”, que es la incorporación de nuevos hechos dentro de los procesos mecánicos, y que cambia constantemente su dirección. De acuerdo ‘con la idea de la evolución todo camina siempre en la misma dirección. Un “accidente” corresponde a otro. Y además la palabra “evolución” no tiene antítesis, aun cuando, por ejemplo, la disolución y la degeneración no pueden llamarse evolución.

El significado dogmático que lleva consigo la palabra evolución cons­tituye su rasgo más característico. Pero este dogmatismo, no tiene funda­mento alguno. Por el contrario no hay idea más frágil y artificial que esa de la evolución general de todo lo que existe.

Los fundamentos científicos de la evolución son: las teorías nebulares del origen del universo con todas las adiciones, restricciones y altera­ciones, que realmente nada cambian en la original concepción errónea del proceso mecánico de construcción; y segundo, la teoría de Darwin del origen de las especies también con todas las adiciones y alteraciones posteriores.

Pero las teorías nebulares, no importa los nombres conectados con ellas, pertenecen al dominio de la pura especulación. En realidad es sólo una clasificación de fenómenos supuestos que, debido a un mal entendi­miento y a falta de algo mejor, se considera como una teoría del proceso del mundo. Como teoría no está basada en ningún hecho o leyes observables.

La evolución de las formas orgánicas en el sentido del desarrollo de nuevas especies y clases en todos los reinos de la naturaleza está “cien­tíficamente” basada en una serie completa de hechos, que se suponen la confirman por medio de la anatomía comparada, la morfología, la em­briología, la paleontología, etc. Pero en realidad todos estos “hechos” han sido seleccionados artificialmente para probar la teoría. Cada dé­cada niega los hechos de la década anterior y los substituye por nuevos hechos, pero la teoría permanece inconmovible.

Muy al principio, al introducir la idea de la evolución a las concep­ciones biológicas se hizo una atrevida suposición, porque sin ella ninguna teoría podía ser construida. Más tarde se olvidó que era sólo una suposi­ción. Me refiero al famoso “origen de las especies”.

El punto es que dentro del terreno estricto de los hechos es posible aceptar la evolución en la selección, adaptación y eliminación, sólo en el sentido de la “conservación de las especies”, porque sólo aquí puede observarse. En realidad la aparición de nuevas especies, su formación y transición de las formas inferiores a las superiores, no se ha observado nunca en ninguna parte. La evolución en el sentido de “desarrollo” de las especies ha sido siempre sólo una hipótesis, que se convirtió en teoría simplemente debido a una mala inteligencia. El único hecho aquí es la “conservación de las especies”. Cómo es que ellas aparecen no lo sabe­mos, y no debemos engañarnos sobre este punto.

En este punto la rienda, por un truco, ha substituido una carta por la otra. Esto es que, habiendo estableado la evolución de variedades o razas, ha aplicado la misma evolución a las especies, usando el método analógico. Esta analogía es completamente ilegítima, y al llamarla substitución truculenta no exagero en lo más mínimo.

La evolución de las variedades es un hecho establecido, pero todas las variedades permanecen dentro de los límites de las especies particu­lares
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