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y son muy inestables, es decir, que con la alteración de las condiciones cambian después de varias generaciones o vuelven al tipo original. La especie es un tipo firmemente estableado y, como ya lo he dicho, un cambio en las especies no se ha observado nunca.

Esto desde luego no significa que todo aquello a lo que se llama especie sea un tipo firmemente establecido. La especie es un tipo establecido fir­memente sólo en comparación con la variedad o raza, que es un tipo que cambia casi a nuestra vista.

En vista de la enorme diferencia que hay entre variedades y espe­cies, aplicar a las especies lo que ha sido establecido sólo en relación con las variedades, es cuando menos un “error deliberado”. Pero la magnitud de este error deliberado y su casi general aceptación como una verdad no nos obliga de ningún modo a tomarlo en cuenta o a suponer tras él una posibilidad oculta.

Más aún, los datos de la paleontología, lejos de confirmar la idea de un cambio ordenado de las especies, descartan completamente la idea de las especies mismas como algo definido, y establecen la realidad de saltos, retrasos, reversiones, la aparición repentina de formas completa­mente nuevas, etc., que son inexplicables desde el punto de vista de una evolución ordenada. También los datos de la anatomía comparada, a los cuales los “evolucionistas” gustan mucho de referirse, empiezan a vol­verse contra ellos. Por ejemplo, se ha encontrado que es completamente imposible establecer alguna evolución en el caso de órganos separados, tales como los ojos, los órganos del olfato y otros semejantes.

A esto debe aumentarse que el concepto de la evolución en su sentido estrictamente científico ha sufrido ya cambios considerables, y hay ahora una gran diferencia entre el significado popular de la palabra en los “ensayos” y “bosquejos” pretendidamente científicos y su significado realmente científico.

La evolución no es todavía negada por la ciencia. Pero ya se admite que la palabra misma no ha tenido mucho éxito, y se han hecho intentos para encontrar otra palabra que exprese una idea menos artificial y que incluya no solamente el proceso de integración, sino también el proceso de disolución.

Esta última idea será suficientemente clara si entendemos el hecho apuntado antes de que la palabra evolución no tiene antítesis. El signifi­cado de esto adquiere una particular claridad en los intentos de aplicar la palabra evolución a la descripción de los fenómenos sedales o políticos, donde los resultados de la degeneración o desintegración son tomados cons­tantemente como evolución, y en donde la evolución, que según el sig­nificado de la palabra no puede depender de la voluntad de nadie, se confunde constantemente con los resultados de los procesos voluntarios, que se reconocen también como posibles. (En realidad la aparición de nuevas formas sociales o políticas no dependen ni de la voluntad ni de la evolución, y en los más de los casos son solamente una realización fracasada, incompleta y contradictoria o, para decirlo mejor, una no-realización, de programas teóricos, tras de los cuales se encuentran inte­reses personales.

La confusión de ideas en relación con la evolución depende en gran parte de la comprensión, que no puede desterrarse totalmente de la mente de los hombres, de que en la vida hay no sólo un proceso sino muchos procesos, que se cruzan, se penetran y traen consigo nuevos hechos.

De un modo muy general estos procesos pueden dividirse en dos cate­gorías: procesos creadores y procesos destructivos. Ambas clases son igual­mente importantes, porque si no hubiera procesos destructivos no habría procesos creadores. Los procesos destructivos dan material para los cons­tructivos. Y todos los procesos constructivos sin excepción se convierten tarde o temprano en procesos destructivos. Pero esto no quiere decir que los procesos constructivos y los procesos destructivos juntos constituyan la que puede llamarse evolución.

El pensamiento occidental, al crear la teoría de la evolución, ha pa­sado por alto los procesos destructivos. La razón de esto estriba en el campo de visión artificialmente reducido de los últimos siglos de la cultura europea. Debido a esto, se construyen teorías sobre un número insuficiente de hechos; ninguno de los procesos es tomado en su totalidad y, obser­vando sólo parte del proceso, los hombres dicen que este proceso consiste en cambios progresivos o en evolución. Es curioso que la gente de nuestro tiempo no pueda concebir el proceso inverso en gran escala. La destruc­ción o degeneración o la disolución en gran escala les parecen inevita­blemente un cambio progresivo o una evolución.

A pesar de todo lo que se ha afirmado, el término “evolución” puede ser muy útil y, aplicado a hechos que realmente existen, ayuda a descu­brir su contenido y su interna dependencia de otros hechos.

Por ejemplo, el desarrollo de todas las células de un organismo de una célula madre puede llamarse la evolución de la célula madre. El desarrollo continuo de células de tejidos superiores a partir de células de tejidos inferiores puede llamarse evolución de células.

Estrictamente hablando, todo proceso de transformación puede ser llamado evolucionista. El desarrollo de un pollo a partir de un huevo, la transformación de un roble a partir de una bellota, la conversión de una mata de trigo a partir de un grano, la transformación de una mari­posa a partir de un huevecillo, de una oruga y una crisálida, todos estos son ejemplos de evolución que existen en el mundo.

La idea de evolución (en el sentido de transformación) en el pensa­miento ordinario se diferencia de la idea de evolución en el pensamiento esotérico a este respecto, en que el pensamiento esotérico reconoce la posibilidad de transformación o evolución ahí donde el pensamiento científico no ve o acepta tal posibilidad. Por ejemplo, el pensamiento esotérico acep­ta la posibilidad de la transformación del hombre en super-hombre, que es el más alto significado de la palabra evolución.

Además de este significado, la palabra “evolución” puede usarse para designar los procesos que favorecen el mejoramiento de la raza y la con­servación de las especies, como opuestos a los procesos que degradan a la raza y llevan a la degeneración de las especies.
Para volver a la idea del esoterismo en si, es necesario tener en cuenta que en muchos países antiguos, Egipto y Grecia por ejemplo, existían dos religiones una junto a otra: una dogmática y ceremonial, la otra mística y esotérica. Una consistía en los cultos populares, que represen­taban las formas parcialmente olvidadas de antiguos mitos místicos y esotéricos, en tanto que la otra era la religión de los Misterios. Esta últi­ma religión iba más allá de los cultos populares, explicando el significado alegórico y simbólico de los mitos, y uniendo a aquéllos que estaban co­nectados con el círculo esotérico, o que se esforzaban por llegar a él.

Se sabe relativamente poco acerca de los Misterios. Su lugar en la vida de las comunidades antiguas, el papel que jugaron en la creación de las culturas antiguas, es completamente desconocido para nosotros. Por más que son precisamente los “Misterios” los que explican muchos enigmas históricos y, entre otros, quizá el más grande enigma históricos y, la repentina aparición de la cultura griega en el siglo VII, sucediendo a los completamente obscuros siglos IX y VIII.

En la Greda histórica los Misterios eran atributo de sociedades se­cretas de una clase especial. Estas sociedades secretas de sacerdotes e iniciados, establecían cada ano, o cada determinado intervalo de tiempo, fiestas especiales, en las que también se daban funciones teatrales alegó­ricas. Estas funciones teatrales, a las que en particular se les dio el nom­bre de Misterios, se llevaban a cabo en diferentes lugares, —los más famosos eran los de Delfos y Eleusis en Grecia, y en la isla de Phile en Egipto. El carácter de las funciones teatrales y los dramas alegóricos que se representaban era más o menos constante. Tanto en Greda como en Egipto, la idea era siempre la misma, a saber, la muerte del dios y su resurrección. El sentido de esta idea estaba presente en todos los Mis­terios. Su significado puede interpretarse de varias maneras. Probable­mente el más correcto es pensar que los Misterios representaban el viaje de los mundos o el viaje del alma, la aparición del alma en la materia, su muerte y resurrección, es decir, su retomo a la vida anterior. Pero las representaciones teatrales que para la gente eran todo el contenido de los Misterios, eran realmente de importancia secundaria. Tras de esas representaciones se encontraban escuelas que eran la esencia de todo esto. El fin de estas escuelas era la preparación de los hombres para la iniciación. Sólo los que estaban iniciados en ciertos secretos podían tomar parte en los Misterios. La iniciación iba acompañada de complicadas ce­remonias, algunas de las cuales eran públicas, y por varias pruebas que el candidato a la iniciación tenía que pasar. Para la multitud, para las masas, esto constituía el contenido de la iniciación, pero las ceremonias de iniciación no eran en realidad más que ceremonias. Las pruebas ver­daderas tenían lugar no en el momento inmediatamente anterior a la iniciación formal, sino en un curso entero, en algunos casos muy largos, de estudio y preparación. Y la iniciación no era desde luego un milagro instantáneo, sino más bien una introducción continuada y gradual a un nuevo circulo de sentimientos y pensamientos, como sucede con la ini­ciación en una ciencia o en cualquier rama del conocimiento.

Hay varias suposiciones sobre cuáles eran las ideas que dominaban entre los pueblos de la época conectadas inmediatamente con los Miste­rios, sobre lo que la iniciación daba o podía dar.

Y una de estas suposiciones era que la iniciación daba inmortalidad. Los griegos, y también los egipcios, tenían una idea muy sombría de la vida del más allá — así era el Hades de Hornero, así eran las ideas egipcias del más allá. La iniciación liberaba de estas tinieblas, daba una vida de escape a la interminable angustia de las “moradas de la muerte”, daba una clase de vida en la muerte.

Esta idea se expresa más claramente que en ninguna otra parte en el Himno de Pascua de la Iglesia Ortodoxa, que indudablemente viene de una antigüedad pre-cristiana muy remota, y que conecta la idea cris­tiana con la idea de los Misterios.

Cristo se levantó de los muertos;

ha conquistado la muerte con la muerte,

y dado vida a aquéllos que estaban en las tumbas.
Hay una notable analogía entre el contenido de los Misterios y la vida terrena de Cristo. La vida terrena de Cristo, tomada como sabemos de los Evangelios, representa el mismo Misterio que aquéllos que eran representados en Egipto en la Isla de Phile, en Greda en Eleusis y en otros lugares. La idea era la misma, a saber, la muerte del Dios y su resurrección. La única diferencia entre los Misterios que eran represen­tados en Egipto y en Grecia y el Misterio representado en Palestina es­triba en el hecho de que este último era representado en la vida real, no en el teatro, sino rodeado por la naturaleza real, en las calles y en los lugares públicos de pueblos reales, en un campo real, con cielo, montañas, lagos y árboles por escenario, con una multitud real, con emociones reales de amor, maldad y odio, con clavos reales, con sufrimientos reales. Todos los actores de este drama sabían sus partes y actuaban de acuerdo con un plan general, según el fin y el propósito de la obra. En este drama no había nada espontáneo, inconsciente o accidental. Cada actor sabía qué palabras tenía que decir y en qué momento; y decía de hecho exactamente lo que tenía que decir y del modo como tenía que decirlo. Este era un drama con el mundo entero como público por cientos y miles de años. Y el drama fue representado sin el más pequeño error, sin la más pequeña inexactitud, de acuerdo con la idea del autor y el plan del productor, ya que de acuerdo con la idea del esoterismo debe haber habido segura­mente tanto un autor como un productor 5.

La idea y el fin de los Misterios, del mismo modo que la sustancia de la iniciación estaba oculta. Para aquellos que sabían de la existencia del conocimiento oculto, los Misterios abrían la puerta a ese conocimiento. Esta era la finalidad de los Misterios, ésta era su idea.

Cuando los Misterios desaparecieron de la vida de los pueblos el vínculo que existía entre la humanidad terrestre y el conocimiento oculto se rompió. La idea de este conocimiento se hizo poco a poco más y más fantástica, y se separó más y más del aceptado punto de vista realista de la vida. En nuestros días la idea del esoterismo se opone a todos los puntos de vista comunes de la vida.

Desde el punto de vista de las opiniones científicas psicológicas e históricas modernas, la idea del círculo interno es sin duda alguna completamente absurda, fantástica y sin fundamento. También aparece igualmente fantástica desde el punto de vista de la filosofía idealista, ya que ésta admite lo oculto e incomprensible como existiendo sólo fuera de la vida física, fuera del mundo de los fenómenos.

Desde el punto “de vista de las doctrinas menos intelectuales tales como el dogmatismo cristiano o el espiritualismo y otras, la idea del esote­rismo en su forma pura es igualmente inadmisible, porque por una parte contradice la autoridad de la Iglesia y muchos de los dogmas aceptados, y por otra parte expone vulgares teorías animistas bajo el nombre general de espiritualismo o espiritismo, y milagros con mesas y sillas. Y al mismo tiempo la idea del esoterismo lleva lo misterioso y milagroso a la vida real, a la vida de todos los días, y le hace a uno darse cuenta de que la vida no es lo que parece en la superficie, en la cual la mayor parte de los hombres se ven.
Con el objeto de entender el substratum de la idea del esoterismo debe primero tomarse en cuenta que la historia de la humanidad es mucho más larga de lo que generalmente se supone. Pero debe observarse que los comunes puntos de vista de los libros de texto y los populares’ “suma­rios de Historia”, que contienen un periodo histórico muy corto y una época más o menos obscura antes de él, está en realidad muy lejos de los puntos de vista científicos más recientes.

La ciencia histórica actual empieza a considerar la etapa “prehistó­rica” y la “edad de piedra” de un modo distinto al que se acostumbraba hace cincuenta o sesenta años. No puede considerar el período prehistórico como una etapa de barbarie, porque contra este punto de vista hablan el estudio de los restos de las culturas prehistóricas, los documentos de arte y literatura antiguos, el estudio de las costumbres y ritos religiosos de los distintos pueblos, el estudio comparativo de las religiones, y par­ticularmente el estudio de las lenguas, esto es, los datos de la filología comparada, que muestran la sorprendente riqueza psicológica de las lenguas antiguas. Por el contrario, en oposición al viejo punto de vis­ta, existen ya muchas teorías y aparecen muchas nuevas sobre la po­sibilidad de antiguas civilizaciones prehistóricas. De este modo la “edad de piedra” es considerada con más probabilidad como un periodo no de los comienzos sino de la declinación y degeneración de civiliza­ciones anteriores.

Sobre este respecto es muy característico que todos los “salvajes” ac­tuales, sin excepción, es decir los pueblos a quienes nuestra cultura ha encontrado en un estado salvaje o semi-salvaje, sean descendientes dege­nerados de pueblos más cultos. Este hecho tan interesante es pasado generalmente en silencio. Pero ni una sola raza salvaje de las que conoce­mos, es decir, ningún pueblo salvaje aislado encontrado hasta ahora por nuestra cultura, ha mostrado ningún signo de evolución en proceso en ningún respecto. Por el contrario, en todos los casos sin excepción se han observado signos de degeneración. No hablo de la degeneración como consecuencia del contacto con nuestra cultura, sino de la degeneración que ha estado en proceso desde siglos antes del contacto con nuestra cultura y que es en muchos casos perfectamente clara y evidente. Todos los pueblos salvajes y semisalvajes tienen leyendas y tradiciones de una edad de oro o de una etapa heroica; pero en realidad estas leyendas y tradiciones hablan de su propio pasado, de su propia antigua civilización. Las lenguas de todos los pueblos contienen palabras e ideas para las que ya no hay lugar en la vida actual. Todos los pueblos tuvieron
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