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plan en el trabajo de lo que nosotros conocemos como Naturaleza. Y tan pronto como suponemos o admitimos la existencia de un plan tenemos que admitir la existencia de alguna clase de inteligencia, es decir, la existencia de ciertos seres que trabajen en el plan y vigilen su realización.

Para poder comprender las leyes de la posible evolución o transfor­mación del hombre, es necesario comprender las leyes de la actividad de la Naturaleza y los métodos del Gran Laboratorio que controla toda la vida, y al que la ciencia quiere reemplazar por el “accidente” verificado siempre en la misma dirección.

En ocasiones, para comprender los grandes fenómenos, es necesario encontrar pequeños fenómenos en los que se manifiesten las mismas causas que operan en los más grandes. En ocasiones, para poder compren­der la complejidad de los principios básicos de los grandes fenómenos, es necesario comprender lo complejo de los que parecen pequeños e insignificantes.

Hay muchos fenómenos de la Naturaleza que nunca han sido anali­zados en forma completa y que, presentados erróneamente, han servido de base para varias teorías e hipótesis falsas. Al mismo tiempo, estos mismos fenómenos cuando se ven en la forma debida, y son debidamente comprendidos, explican mucho de los principios y métodos de la actividad de la Naturaleza.

Como una ilustración de las afirmaciones anteriores tomaremos el fenómeno llamado mimetismo y, en general, el del parecido y semejanza en los mundos vegetal y animal. De acuerdo con las más recientes defini­ciones científicas, la palabra “mimetismo” se refiere sólo al fenómeno de la imitación de unas formas vivientes por otras; además, ciertas fina­lidades utilitarias y ciertas limitaciones se le atribuyen. En otras pala­bras, sólo fenómenos de cierta clase y carácter definidos se refieren al mimetismo, como distintos de la más extensa clase de “parecido protector”.

En realidad, los dos fenómenos pertenecen al mismo orden y es im­posible separarlos. Aún más, el término “pareado protector” es comple­tamente anticientífico, porque presupone una explicación “a priori” del fenómeno del parecido o semejanza, que en realidad permanece comple­tamente inexplicado y contiene muchos aspectos que contradicen la de­finición .de protector.

En vista de lo anterior, la palabra “mimetismo” se toma, en adelante, en todo su significado, esto es, en el sentido de cualquier imitación o copia de una forma viviente o de las condiciones del medio ambiente por otra forma viviente.

El fenómeno del mimetismo se manifiesta más claramente que en ningún caso en el mundo de los insectos.

Ciertos países son especialmente ricos en insectos que muestran en su estructura o colorido las diferentes condiciones de su medio ambiente, de las plantas en las que viven, o de otros insectos. Hay insectos-hojas, insectos-ramas, insectos-piedras, insectos-mohos e insectos-estrellas (luciér­nagas). Hasta un somero estudio general de estos insectos revela un mun­do entero de milagros. Mariposas cuyas alas plegadas representan una larga hoja seca, con sus bordes dentados, sus manchas simétricas, su nervadura y diseño intrincado, fijada a un árbol o flotando en el aire; escarabajos que se asemejan al musgo gris; maravillosos insectos, cuyos cuerpos son copias exactas de pequeñas ramas verdes, a veces con una ancha hoja en el extremo. Estos últimos insectos se encuentran, por ejem­plo, en las costas caucásicas del Mar Negro. En Ceilán hay un gran in­secto verde que vive en cierta clase de arbustos y que copia la forma exacta, el color y las dimensiones de las hojas de esta planta (Phyllium siccifolium).

A una distancia como de un metro es completamente imposible dis­tinguir al insecto entre las hojas verdaderas. Las hojas son casi de forma redonda, de tres o cuatro centímetros de diámetro, con un extremo pun­tiagudo bastante grueso, con nervadura y bordes dentados, y con un pe­dúnculo rojo abajo. Y exactamente la misma nervadura y borde dentado se reproduce en la parte exterior del insecto. Abajo, donde principia el pedúnculo de la hoja verdadera, hay un pequeño cuerpo rojo con patas delgadas y una cabeza con antenas, que es completamente invisible desde arriba. La “hoja” lo cubre y lo protege de miradas curiosas.

El mimetismo fue explicado “científicamente” durante mucho tiempo como el resultado de la supervivencia del más apto, que posee mejores medios de protección. Así, por ejemplo, se decía: uno de los insectos pudo haber nacido “accidentalmente” de color verde. Gracias a este color verde, pudo esconderse entre las hojas verdes, pudo eludir mejor a sus enemigos y tener mejores oportunidades de dejar descendencia. En esta descenden­cia los especimenes de color verde sobrevivieron más fácilmente y tuvie­ron mayor oportunidad de continuar su especie. Gradualmente, después de miles de generaciones, resultó un insecto completamente de color verde. Uno de estos insectos fue “accidentalmente” más plano que los otros, y, gracias a esto pudo confundirse más entre las hojas; pudo es­conderse mejor de sus enemigos y tener mayor oportunidad de dejar des­cendencia. Gradualmente, otra vez después de miles de generaciones, resultó una variedad verde y plana. Uno de estos insectos verdes de la variedad plana se pareció por su forma a una hoja; gracias a esto pudo esconderse mejor entre las hojas, tuvo mayor oportunidad de dejar des­cendencia, y así sucesivamente.

Esta teoría se repitió tantas veces en distintas formas por los cientí­ficos que llegó a aceptarse casi universalmente, aun cuando en realidad es, por supuesto, la más ingenua de las explicaciones.

Si se examina un insecto que se parezca a una hoja verde, o una mariposa cuyas alas plegadas se asemejen a una hoja marchita, o un insecto que imite una ramita verde con una hoja, se ve en cada uno de ellos no un rasgo que los hace semejantes a una planta, no dos o tres de estos rasgos, sino miles de rasgos, cada uno de los cuales, de acuerdo con la vieja teoría “científica”, deben haberse formado separadamente, independientemente de otros, porque es completamente imposible supo­ner que un insecto repentinamente, “accidentalmente”, se hizo semejante a una hoja verde en todos sus detalles. El “accidente” puede admitirse en una dirección, pero es completamente imposible admitirlo en mil direcciones al mismo tiempo. Debemos suponer, bien que todos los de­talles, hasta el más mínimo, se formaron independientemente uno de otro, o que cierta especie de “plan” existía. La ciencia no pudo aceptar un “plan”. El “plan” no es en absoluto una idea científica. Quedó sola­mente el “accidente”. En este caso, cada vena en el dorso de un insecto, cada pata verde, el cuello rojo, la cabeza verde con las antenas, todo esto, hasta el detalle más mínimo, hasta el rasgo más insignificante, debió haberse formado independientemente de todos los demás rasgos. De manera que para la formación de un insecto de forma exactamente igual a la de una hoja de la planta en que vive, habrían sido necesarios no uno, sino miles, quizá decenas de miles de accidentes repetidos.

Quienes inventaron las explicaciones “científicas” del mimetismo no tomaron en consideración la imposibilidad matemática de esta clase de series de combinaciones y repeticiones “accidentales”.

Si investigamos la cantidad de trabajo intencional y, hasta cierto grado, consciente, que se requiere para transformar un trozo de hierro en una navaja común y corriente, nunca pensaremos que la tal navaja se puede formar “accidentalmente”.

Sería una idea completamente anticientífica esperar encontrar una navaja con la marca Sheffíeld o Solingen que se hubiera formado espon­táneamente. Pero la teoría del mimetismo espera mucho más. Sobre la base de esta teoría u otra similar, uno esperaría encontrar en algún es­trato rocoso una máquina de escribir que se hubiera formado natural­mente y que estuviera lista para ser empleada.

La imposibilidad de accidentes combinados es precisamente lo que por largo tiempo no tomó en consideración el pensamiento “científico”.

Cuando una característica hace a un animal invisible en su ambiente, en la forma en que una liebre blanca se hace invisible en la nieve o una rana verde entre el pasto, estirando un poco podría explicarse “cientí­ficamente”. Pero cuando el número de estas características es casi incalcu­lable, tal explicación pierde toda posibilidad lógica.

Además de lo que se ha asentado, el insecto-hoja tiene otra caracte­rística que llama la atención. Si se encuentra a uno de estos insectos muerto se ve que parece una hoja marchita y semi-estrujada.

Surge esta pregunta: ¿por qué un insecto vivo se parece a una hoja viva y un insecto muerto se parece a una hoja muerta? Una cosa no se explica con la otra. A pesar del parecido exterior, la estructura histológica de uno y otra debe ser completamente diferente. En esta forma, el parecido del insecto muerto con la hoja muerta es también un rasgo que debe haberse formado completamente separada e independientemente. ¿Cómo lo ha explicado la ciencia?

¿Qué ha podido, decir la ciencia? Que al principio un insecto muerto se pareció ligeramente a una hoja marchita. Que debido a esto tuvo una mayor oportunidad de ocultarse de sus enemigos, de procrear, etc. La ciencia no podía decir más porque ésta es una deducción necesaria del principio de las semejanzas o parecidos protectores o utilitarios. La ciencia moderna no puede seguir estas líneas del todo, y todavía conserva la terminología darwiniana y post-darwiniana de “protección”, de “amigos” y “enemigos”, no puede ya considerar el fenómeno de la semejanza y mimetismo sólo desde el punto de vista utilitario.

Muchos hechos extraños se han establecido; por ejemplo, se conocen muchos casos en los que un cambio de coloración y forma hace a un insecto más llamativo, lo expone a mayor peligro, lo hace más atractivo y más excitante para sus enemigos.

El principio del utilitarismo tuvo que ser abandonado, y en los trabajos científicos modernos se encuentra uno ahora con explicaciones difusas y sin sentido de que el fenómeno del mimetismo debe su origen a la “influencia del medio ambiente actuando del mismo modo en diferentes especies” o a una “respuesta fisiológica a experiencias mentales constan­tes, tales como la sensación de color” 7.

Es claro que ésta tampoco es ninguna explicación.

Para poder comprender el fenómeno del mimetismo y la semejanza en general en los mundos vegetal y animal, es necesario tomar un punto de vista mucho más amplio, y sólo entonces será posible tener buen éxito para encontrar su principio fundamental.

El pensamiento científico, debido a sus limitaciones, no puede ver este principio.

Este principio es la tendencia general de la Naturaleza hacia lo de­corativo, “lo teatral”, la tendencia a ser o a aparecer diferente de lo que en realidad es en un momento y lugar dados.

La Naturaleza trata siempre de adornarse y de no ser ella misma. Esta es la ley fundamental de su vida. Siempre se está vistiendo, todo el tiempo está cambiando sus disfraces, todo el tiempo mirándose en el espejo, admirándose por todas partes, y otra vez vistiéndose y desvis­tiéndose.

Sus acciones a menudo nos parecen accidentales y sin finalidad, porque nosotros tratamos siempre de atribuirle algún significado utilitario. En realidad, sin embargo, nada puede estar más lejos de las intenciones de la Naturaleza como trabajar “utilitariamente”. La utilidad se logra sólo por accidente, sólo casualmente. Lo que puede ser considerado como permanente e intencional es la tendencia hacia lo decorativo, el disfrazamiento interminable, la eterna mascarada en la que la Naturaleza vive.

En realidad, todos estos pequeños insectos de los que hemos hablado están vestidos y disfrazados, todos usan máscaras y vestidos de fantasía. Su vida entera pasa en la escena. La tendencia de su vida es no ser ellos, sino parecerse a otra cosa, a una hoja verde, a un musgo, a una piedra brillante.

Al mismo tiempo uno puede imitar solamente lo que ve. Aún el hombre es incapaz de diseñar o inventar nuevas formas. Un insecto o un animal se ve forzado a pedirlas prestadas de su ambiente, a imitar algo en las condiciones en las que vive. Un pavo real se viste con redon­das manchas de sol como las que caen a la tierra de los rayos que pasan a través del follaje. Una cebra se cubre con sombras de las ramas de los árboles. Un pez que vive en aguas cenagosas reproduce el color de la arena. El mismo pez viviendo en un fondo legamoso imita la coloración del limo. Un insecto que vive en un arbusto especial de Ceilán se disfraza como una hoja de este arbusto. No puede disfrazarse de ninguna otra cosa. Si siente una tendencia a lo decorativo y teatral, una tendencia a vestir extrañas vestiduras y a lo carnavalesco, estará forzado a imitar las hojas verdes entre las que vive. Estas hojas son todo lo que conoce y ve, y no puede inventar nada más. Está rodeado de hojas verdes, y se disfraza de hoja verde, pretende ser una hoja verde, juega el papel de hoja verde. En esto sólo podemos ver una cosa, una tendencia a no ser lo que se es, a aparecer como algo que no se es. 8

Por supuesto que es un milagro, y un milagro que tiene no un enigma, sino muchos.

Antes que nada ¿quién o qué se disfraza, quién o qué trata de ser o de aparecer como algo que no es?

Está claro que no son los insectos o los animales individualmente. Un insecto en lo individual es sólo un disfraz.

Hay alguien o algo detrás de esto.

En el fenómeno de lo decorativo, en las formas y el colorido de las criaturas vivientes, en el fenómeno del mimetismo, aún en lo “protector”, se puede ver un plan definido, una intención y un objetivo, y con frecuencia este plan no es de ningún modo utilitario. Por el contrario, el disfraz a menudo tiene mucho de peligroso, de innecesario y de in­oportuno.

¿Qué puede ser entonces?

Es la moda, ¡la moda en la Naturaleza!

Ahora, ¿qué es “la moda” en el mundo humano? ¿Quién la crea, quién la gobierna, cuáles son sus principios básicos y dónde se encuentra el secreto de su imperativo? Contiene un elemento de decoración, aunque esto con frecuencia se comprende erróneamente; un elemento de pro­tección, un elemento de enfatización de los caracteres secundarios; un elemento de no querer aparecer o no querer ser lo que se es, y también un elemento de imitación de lo que más subyuga a la imaginación.

¿Por qué fue que en el siglo XIX, con la iniciación de la era del ma­quinismo, los europeos cultos, con sus sombreros de copa, sus pantalones negros y sus levitas obscuras, se transformaron en chimeneas estilizadas?

¿Qué fue aquéllo? ¿”Parecido protector”?

El mimetismo es una manifestación de esta misma “moda” en el mundo animal. Toda imitación, toda copia, toda simulación es “moda”. Las ranas que son verdes entre lo verde, amarillas en la arena, casi ne­gras entre la tierra obscura, esto no es meramente “protección”. Podemos descubrir aquí la huella de un elemento de lo que “debe hacerse”, de lo que es respetable, de lo que todo el mundo hace. En la arena una rana verde llamaría mucho la atención, se destacaría mucho, seria un “borrón”. Evidentemente, por alguna razón esto no es permitido, se considera con­trario al buen gusto de la Naturaleza.

El fenómeno del mimetismo establece dos principios para compren­der el trabajo de la Naturaleza: el principio de la existencia de un plan en todo lo que la Naturaleza hace, y el principio de la ausencia de un simple utilitarismo en este plan.

Esto nos lleva a la cuestión de los métodos, a la cuestión de cómo se hace. Y esta cuestión a su vez nos conduce a otra: ¿cómo se hace, no sólo esto, sino todo en general?

El pensamiento científico se encuentra obligado a admitir la posibi­lidad de extraños “saltos” en la formación de nuevos tipos biológicos. La quieta y equilibrada teoría del origen de las especies de los buenos tiem­pos pasados fue abandonada desde hace mucho tiempo, y no hay ahora posibilidad de defenderla. Los “saltos” son evidentes y derrumban toda la teoría. De acuerdo con las teorías biológicas que se hicieron “clásicas” en la segunda mitad del siglo XIX, los rasgos o caracteres adquiridos se hacían permanentes sólo después de repeticiones
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