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accidentales en muchas generaciones. De hecho, sin embargo, nuevos caracteres son muy frecuentemente transmitidos de pronto y en un grado muy intenso. Este solo hecho destruye todo el sistema antiguo y nos obliga a presumir la existencia de alguna clase de poder que dirija la apariencia y el estable­cimiento de nuevos caracteres.

Desde este punto de vista es posible suponer que lo que llamamos reinos vegetal y animal son el resultado de un complicado trabajo rea­lizado por un Gran Laboratorio. Viendo los mundos vegetal y animal podemos pensar que en algún inmenso e incomprensible laboratorio de la Naturaleza se producen, una tras otra, series de experimentos. El re­sultado de cada experimento es puesto por separado en un tubo de ensayo, se sella y se rotula, y así entra a nuestro mundo. Lo vemos y decimos “mosca”. Al siguiente experimento, al siguiente tubo decimos “abeja”; al siguiente “serpiente”, “elefante”, “caballo”, y así sucesivamente. To­dos estos son experimentos del Gran Laboratorio. Al final de todos llega el más difícil y complicado de los experimentos, “el hombre”.

En un principio no vemos ni orden ni finalidad en estos experimen­tos. Y algunos de ellos, como los insectos dañinos y las serpientes vene­nosas, aparecen ante nosotros como una broma pesada de la Naturaleza a expensas del hombre.

Pero poco a poco empezamos a ver un sistema y una dirección definida en el trabajo del Gran Laboratorio. Empezamos a entender que el La­boratorio experimenta solamente con el hombre. La tarea del Laboratorio es crear una “forma” evolutiva por sí misma, esto es, con la condición de ayuda y apoyo, pero con sus propias fuerzas. Esta forma auto-evolutiva es el hombre.

Todos los demás experimentos son, o experimentos preliminares para producir material para formas más complicadas, o experimentos para producir propiedades o partes definidas de la maquinaria, o experimentos fracasados, o restos de producción o material usado.

El resultado de todo este complicado trabajo fue la primera huma­nidad: Adán y Eva.

Pero el Laboratorio principió su trabajo mucho antes de la aparición del hombre. Una gran cantidad de formas fue creada, cada una de ellas para perfeccionar una característica u otra, un mecanismo u otro. Y cada una de estas formas, para poder vivir, incluía en sí y expresaba alguna de las leyes cósmicas fundamentales, apareciendo como su símbolo o je­roglífico. Debido a esto, las formas creadas no desaparecieron después de haber cumplido su objeto, sino que continuaron viviendo mientras duraron las condiciones favorables o mientras no fueron destruidas por formas similares pero más perfeccionadas. Los “experimentos”, por decirlo así, escaparon del Laboratorio y empezaron a vivir por si mismos. Más tarde, la teoría de la evolución se inventó en obsequio suyo. La’ Naturaleza, por supuesto, no tomó en cuenta ninguna evolución para estos “experimentos” que escaparon. En ocasiones, al crear estas formas experimentales, la Naturaleza empleó material que había sido ya utili­zado en el hombre, que no sirvió para éste y que no era susceptible de transformarse en él.

En esta forma todo el trabajo del Gran Laboratorio tenia una fina­lidad: la creación del Hombre. De los primeros experimentos y del ma­terial desechado fueron formados los animales.

Los animales, que de acuerdo con Darwin son nuestros “ancestros”, son en realidad no nuestros ancestros, sino más bien “descendientes”, al igual que nosotros, de lejanas razas humanas extinguidas. Nosotros somos sus descendientes, y los animales son también sus descendientes. En nosotros se encuentran cualidades suyas de una clase y en los anima­les cualidades de otra. Los animales son nuestros primos. La diferencia que existe entre nosotros y los animales es que nosotros, bien o mal, nos adaptamos a las condiciones variables, o cuando menos, tenemos la fa­cultad de la adaptabilidad. Los animales, sin embargo, se han detenido en una característica, en una propiedad que expresan, y no van más lejos. Si las condiciones cambian, los animales mueren, son incapaces de adaptarse. En ellos se encuentran propiedades que no pueden cambiar. Los animales son la personificación de las características humanas que no tuvieron lugar en el hombre.

Este es el motivo por el cual los animales a menudo parecen ser ca­ricaturas del hombre.

Todo el mundo animal es una continua caricatura de la vida humana. Hay mucho en el hombre que tiene que ser desechado antes de poder ser considerado como verdadero hombre. Y las gentes se muestran temerosas de éstos porque no saben qué es lo que les quede. Quizá algo quedará, pero muy poco. ¿Y habrá quien tenga el valor de hacer el experimento? Quizá algunos se atrevan, ¿pero dónde están?

Las propiedades que tarde o temprano están destinadas al jardín zoo­lógico todavía gobiernan nuestra vida, y las gentes tienen miedo de per­derlas aún en el pensamiento, porque sienten que si las pierden nada quedará. Y lo peor del caso es que, en la mayoría de los casos, esto es completamente cierto.

Pero volvamos al momento en que el primer hombre, “Adán y Eva”, salió del Laboratorio y apareció sobre la tierra. La primera humanidad no podía principiar ninguna cultura. No había todavía ningún círculo interno que la ayudara y guiara sus primeros pasos. Y el hombre tuvo que recibir ayuda de los poderes que lo crearon. Estos poderes tuvieron que hacer el papel que más tarde haría el círculo interno.

La cultura se inició y, como el primer hombre no tenía todavía el hábito de equivocarse, ni la práctica de las malas acciones, ni el recuerdo de la barbarie, la cultura se desarrolló con velocidad extraordinaria. Ade­más, esta cultura no desarrolló nada negativo, sino todo positivo. El hombre vivía en plena comunión con la Naturaleza, veía las propiedades internas de todas las cosas, de todos los seres; comprendió estas propieda­des y daba nombres a todas las cosas de acuerdo con cada una. Los ani­males lo obedecían, estaba en íntimo contacto con los altos poderes que lo habían creado. Y el hombre se remontó a grandes alturas, y lo hizo con gran rapidez, porque no cometió errores en su ascenso. Pero esta incapacidad de cometer errores y la ausencia de ellos, mientras por una parte aceleraban su progreso, por la otra lo exponían a un gran peligro, porque llevaba consigo la incapacidad de evitar los resultados de los erro­res, que, a pesar de todo, seguían siendo posibles.

Eventualmente el hombre cometió un error, y cometió este error cuan­do ya se había remontado a grandes alturas.

Este error consistió en empezar a creer que se encontraba más alto de lo que en realidad estaba. Pensó que ya sabia lo que era bueno y lo que era malo; pensó que por sí mismo podía gobernar su vida sin ayuda del exterior.

Este error podría posiblemente no haber sido tan grande, sus resul­tados podrían haber sido corregidos o alterados si el hombre hubiera sabido cómo hacer con el resultado de sus errores. Pero no habiendo te­nido experiencia con errores no sabía cómo combatir sus resultados. El error empezó a crecer, empezó a asumir gigantescas proporciones hasta empezar a manifestarse en todos los aspectos de la vida del hombre. Se inicio la caída. La ola bajó. El hombre volvió rápidamente al nivel de donde había partido, con el pecado original además.

Y después de un período estacionario, más o menos largo, el penoso ascenso con la ayuda de los poderes superiores principió otra vez- La única diferencia era que ahora el hombre tenia la capacidad de cometer errores, tenía un pecado. Y la segunda ola de cultura se inició con un fratricidio, con el crimen de Caín, que se colocó como piedra angular de la nueva cultura.

Pero además del “karma” del pecado, el hombre había adquirido cierta experiencia por sus errores primeros, y cuando, por consiguiente, llegó el momento fatal del error, no todos los humanos lo cometieron. Hubo un cierto número que no cometió el crimen de Caín; que no se asoció con él en ninguna forma ni sacó ningún provecho en ningún respecto.

Desde este momento los caminos de la humanidad divergieron. Los que cometieron el error empezaron a caer hasta llegar otra vez al nivel más bajo. Pero desde el momento en que ellos principiaron a necesitar ayuda, los que no cayeron, esto es, los que no cometieron el error, estu­vieron en posibilidad de ayudarlos.

Este es, en resumen, el esquema de las primeras culturas.

El mito de Adán y Eva es la historia de la primera cultura. La vida en el Jardín del Edén fue la forma de civilización que alcanzó la pri­mera cultura. La Caída del Hombre fue el resultado de su intento de liberarse de los poderes superiores que guiaban su evolución y principiar una vida por si mismo, descansando solamente sobre su propio juicio. Todas las culturas cometen este error fundamental a su manera. Toda nueva cultura desarrolla algunos aspectos nuevos, llega a nuevos resul­tados y entonces pierde todo. Pero todo lo que es realmente valioso es conservado por los que no cometen errores, y sirve como material para el principio de culturas posteriores.

En la primera cultura el hombre no tenía experiencia de errores. Su ascenso fue muy rápido, pero no fue suficientemente complejo, suficien­temente variado. El hombre no desarrolló todas las posibilidades que había en él, porque muchas cosas las obtuvo muy fácilmente. Pero des­pués de una serie de caídas, con todo su bagaje de errores y crímenes, el hombre tuvo que desenvolver otras posibilidades propias de él con el fin de hacer contrapeso al resultado de esos errores. Más adelante se mostrará que el desarrollo de todas las posibilidades inherentes en cada punto de la creación forma el objeto del progreso del Universo, y que la vida de la humanidad debe estudiarse también en conexión con este principio.

En la vida posterior de la raza humana y en sus culturas posteriores el desenvolvimiento de estas posibilidades se efectúan con la ayuda del círculo interno. Desde este punto de vista toda evolución posible de la humanidad consiste en la evolución de un pequeño número de individuos, diseminados posiblemente a través de un largo período de tiempo. La humanidad entera no evoluciona, simplemente cambia un poco, adap­tándose a los cambios de las condiciones ambientes. La humanidad, como un organismo, evoluciona por medio de la evolución de un cierto número, muy pequeño, de las células que le forman. Las células que evolucionan pasan, por así decirlo, a tejidos superiores del organismo, y así estos tejidos superiores se nutren absorbiendo a las células que evolucionan.

La idea de los tejidos superiores es la idea del círculo interno.

Como he mencionado antes, la idea del círculo interno contradice todas las teorías sociológicas aceptadas, relativas a la estructura de la sociedad humana, pero esta idea nos lleva a otras teorías hoy olvidadas y que no recibieron la atención debida en su tiempo.

Así, de tiempo en tiempo, se ha presentado en Sociología la cuestión de si la humanidad podría ser considerada como un organismo y las comunidades humanas como organismos más pequeños; es decir, ¿es posi­ble un punto de vista biológico de los fenómenos sociales? El pensamiento sociológico contemporáneo adopta una actitud negativa en relación con esta idea, y desde hace mucho tiempo se ha reputado como anticientífico considerar una comunidad como un organismo. El error estriba, sin em­bargo, en la forma como se formula el problema. El concepto de “orga­nismo” es tomado en un sentido muy estrecho y sólo como una idea preconcebida. Es decir, si una comunidad humana, nación, pueblo, raza, es tomada como un organismo, se le considera como un organismo bien sea análogo al organismo humano o superior al organismo humano. En realidad, sin embargo, esta idea puede ser correcta sólo en relación con la humanidad entera. Grupos humanos separados, no importa lo grandes que puedan ser, no pueden ser nunca análogos al hombre, y aún menos pueden ser superiores a él. La Biología conoce y ha establecido la exis­tencia de organismos de clases completamente diferentes. Y si al exami­nar los fenómenos de la vida social tomamos en cuenta la diferencia de los organismos en los diferentes peldaños de la escuela biológica, el punto de vista biológico de los fenómenos sociales se hace todavía más posible. Pero ésto sólo con la condición de que nos demos cuenta de que toda comunidad humana, sea una raza, un pueblo, una tribu, es un organismo inferior en comparación con un hombre individual.

Una raza o una nación considerada como un organismo no tiene nada en común con el altamente desarrollado y complejo organismo de un hombre individual, que para cada función tiene un órgano especial y tiene una grande capacidad de adaptación, posee movimiento libre, etc. En comparación con un hombre individual, una raza o nación queda en un nivel muy bajo, el de “plantas animales”. Estos organismos son amor­fos, en su mayor parte inmóviles, masas, seres que no tienen órganos especiales para ninguna de sus funciones y que no tienen la capacidad de moverse libremente, sino que están fijas en un lugar definido. Sacan algo como antenas en diferentes direcciones, y por medio de ellas atrapan a otros seres como ellos y se los comen. Toda la vida de estos organismos consiste en comerse los unos a los otros. Hay algunos organismos que tienen la capacidad de absorber una cantidad de organismos más peque­ños y, así, temporalmente se hacen más grandes y fuertes. Luego dos de estos organismos grandes se encuentran y una lucha se inicia entre ellos en la que uno o los dos se destruyen o se debilitan. Toda la historia externa de la humanidad, la historia de las luchas entre los pueblos y las razas, consiste no en otra cosa que en el proceso, que acaba de ser des­crito, de “plantas animales” que se comen unos a otros.

Pero en el centro, bajo todo ésto, por así decirlo, prosigue la vida y actividad del hombre individual, es decir, de las células individuales de que se forman estos organismos. La actividad de estos hombres indivi­duales produce lo que llamamos cultura o civilización. La actividad de las masas siempre hostil a su cultura, siempre la destruye. Los pueblos no crean nada. Ellos solamente destruyen. Es el hombre individual, el individuo, el que crea. Todos los inventos, los descubrimientos, los adelan­tos, los progresos técnicos, los progresos de la ciencia, del arte, de la arquitectura y de la ingeniería, todos los sistemas filosóficos, todas las enseñanzas religiosas, son el resultado de la actividad del hombre indi­vidual. La destrucción de los resultados de esta actividad, su deformación, aniquilación, desaparición de la superficie de la tierra, es la actividad de las masas humanas.

Esto no quiere decir que el hombre individual no sirva a la destruc­ción. Por el contrario, la iniciativa de la destrucción en gran escala siempre corresponde al hombre individual, y las masas son simplemente los agentes ejecutores. Pero las masas no pueden crear nunca nada, aún cuando pueden destruir por su propia cuenta.

Si entendemos que las masas humanas, es decir, los pueblos y razas, son seres inferiores comparados con el hombre individual, entendemos que los pueblos y las razas no pueden evolucionar en la misma medida que el hombre individual.

Ni siquiera tenemos idea de la evolución posible de un pueblo o de una raza, aún cuando a menudo hablamos de tal evolución. En realidad, todos los pueblos y naciones comprendidos en los límites de nuestras observaciones históricas siguen el mismo curso. Crecen, se desarrollan, alcanzan cierto grado de poder y tamaño, y entonces principian a desin­tegrarse, declinan y caen. Finalmente desaparecen completamente y se convierten en partes constitutivas de algún otro ser como ellos. Las razas y las naciones mueren en la misma forma que los individuos. Pero los individuos tienen ciertas otras posibilidades además de la muerte, que los grandes organismos de las masas humanas no tienen, dado que las almas de éstas son tan amorfas como sus cuerpos.

La tragedia del individuo radica en el hecho de que él vive, por así decirlo, dentro del denso cuerpo de un ser tan bajo, y toda su actividad está al servicio de las funciones puramente vegetativas de este ciego organismo gelatinoso. Al mismo tiempo la actividad consciente individual del hombre, sus esfuerzos por el dominio del pensamiento y del trabajo crea­dor, caminan en dirección contraria a estos grandes organismos, a pesar de ellos y en oposición a ellos. Pero desde luego no sería verdad decir que toda la actividad individual del hombre consiste en una lucha consciente contra estos grandes organismos. El hombre es conquistado y hecho es­clavo. Y a menudo sucede que el hombre piensa que está sirviendo y que debe servir a estos grandes seres con su actividad individual. Pero las manifestaciones superiores del espíritu humano, las actividades superiores del hombre, son completamente innecesarias a los grandes organismos. En los más de los casos, a decir verdad, les son desagradables, hostiles y aún peligrosos, dado que restan al trabajo individual fuerzas que de otro modo podrían ser absorbidas en el torbellino de la vida del gran organismo. De un modo inconsciente, meramente psicológico, el gran organismo se esfuerza por apropiarse de todo el poder de las células individuales que lo componen, utilizándolo para sus propios intereses, es decir, principalmente para luchar contra otros organismos semejantes. Pero cuando recordamos que las células individuales, es decir, los hom­bres, son seres más superiormente organizados que los grandes organis­mos, y que las actividades de los primeros van mucho más lejos que las actividades posibles de los segundos, comprendemos este eterno conflicto entre el hombre y los conglomerados humanos, comprendemos que lo que es llamado progreso o evolución es aquello que se deja sobre las actividades individuales después de que la lucha entre las masas amorfas y esta actividad individual se ha llevado a cabo. Los organismos ciegos de las masas luchan con la manifestación del espíritu evolucionista, lo aniqui­lan y ahogan, y destruyen lo que ha creado. Pero aún así no pueden aniquilarlo completamente. Algo queda, y ésto es lo que nosotros llama­mos progreso o civilización.

Las ideas de la evolución en la vida, tanto del individuo como de las comunidades humanas, la idea del esoterismo, el nacimiento y creci­miento de las culturas y civilizaciones, las posibilidades del hombre indi­vidual en relación con los periodos de ascenso y descenso, todo esto y muchas otras cosas son expresadas en tres mitos bíblicos.

Estos tres mitos no se encuentran unidos en la Biblia, sino que están separados, pero en realidad todos expresan la misma idea y recíproca­mente se complementan uno a otro.

El primer mito es el que se refiere al Gran Diluvio y al Arca de Noé; el segundo es el de la Torre de Babel, de su destrucción y de la confusión de las lenguas; y el tercero es el de la destrucción de Sodoma y Gomorra, de la visión de Abraham y de los diez hombres virtuosos, en gracia a quienes Dios acordó perdonar a Sodoma y Gomorra, pero que no pudieron ser encontrados.

El Gran Diluvio es una alegoría de la caída de la civilización, de la destrucción de la cultura. Tal caída debió ir acompañada de la aniqui­lación de la mayor parte de la raza humana como una consecuencia de cataclismos geológicos, de guerras, de migraciones humanas, de epidemias, de revoluciones o de causas parecidas. Muy a menudo todas estas causas coinciden. La idea de la alegoría es que, en el momento de la aparento destrucción de todo, aquello que es realmente valioso se salva según un plan previamente preparado y pensado. Un pequeño grupo de hombres escapa a la ley general y salva las ideas y adelantos más importantes de la cultura dada.

La leyenda del Arca de Noé es un mito que se refiere al esoterismo. La construcción del “Arca” es la “Escuela”, la preparación de los hom­bres para la iniciación, para la transición a una nueva vida, a un nuevo nacimiento. El “Arca de Noé”, que se salva del Diluvio, es el circulo interno de la humanidad.

El segundo significado de la alegoría se refiere al hombre individual. El diluvio es la muerte, inevitable, inexorable. Pero el hombre puede construir dentro de él mismo un “Arca” y reunir en ella especimenes de todo lo que es valioso para él. En tal caso estos especimenes no perecen. Sobreviven a la muerte y nacen otra vez. Del mismo modo como la humanidad puede salvarse sólo gradas a su conexión con el círculo in­terno, el hombre individual puede alcanzar su salvación “personal” sólo mediante la unión con su propio círculo interno, es decir, mediante su conexión con las formas superiores de la conciencia. Y esto no puede hacerse sin ayuda exterior, es decir, sin la ayuda del “circulo interno”.

El segundo mito, el de la Torre de Babel, es otra versión del primero, pero el primero habla de salvación, es decir, de aquéllos que se salvan, mientras que el segundo habla sólo de destrucción, es decir, de aquéllos que perecen.

La Torre de Babel representa la cultura. Los hombres sueñan en construir una torre de piedra “cuyo techo llegue hasta el cielo”, en crear una vida ideal en la tierra. Creen en los métodos intelectuales, en los procedimientos técnicos, en las instituciones formales. Durante mucho tiempo la torre se levanta más y más sobre la superficie de la tierra. Pero el momento llega indefectiblemente cuando los hombres cesan de comprenderse unos a otros, o más bien, cuando se dan cuenta de que nunca lo han hecho. Cada uno entiende a su manera la vida ideal sobre la tierra. Cada uno quiere llevar a cabo sus propias ideas. Cada uno quiere realizar su propio ideal. Este es el momento en el que empieza la confusión de las lenguas. Los hombres cesan de entenderse entre si aún en las cosas más simples. La falta de comprensión provoca la discordia, la hostilidad, la lucha. Los hombres que construyeron la torre principian a matarse unos a otros y a destruir lo que han construido. La torre se derrumba, convirtiéndose en ruinas.

Exactamente, lo mismo ocurre en la vida de toda la humanidad, en la vida de los pueblos y naciones, y en la vida del hombre individual. Todos los hombres construyen una Torre de Babel en su propia vida. Sus esfuer­zos, sus miras en la vida, sus logros, éstos son su Torre de Babel.

Pero el momento en que la torre cae es inevitable. Un ligero choque, un accidente infortunado, una enfermedad, un pequeño error de cálculo, y nada queda de su torre. El hombre vé esto, pero es ya demasiado tarde para corregirlo o cambiarlo.

Llega un momento en la construcción de la torre en que los diferentes “yoes” de la personalidad de un hombre pierden confianza uno a otro, ven todas las contradicciones de sus miras y deseos, ven que no tienen un objetivo común, dejan de entenderse entre si, o mas exactamente, dejan de pensar que comprenden. Entonces la torre debe caer, la mira ilusoria debe desaparecer, y el hombre debe sentir que todo lo que ha hecho ha sido infructuoso, que no ha conducido a nada y que no podía conducir a nada, y que ante él sólo hay un hecho real: la muerte.

La vida entera del hombre, la acumulación de riquezas, de poder, de conocimientos, es la construcción de una Torre de Babel, porque debe terminar en catástrofe, es decir, en la muerte, que es el destino de todo lo que no puede pasar a un nuevo plano de seres.

El tercer mito —el de la destrucción de Sodoma y Gomorra muestra todavía más claramente que los dos primeros el momento de la inter­ferencia de las fuerzas superiores y las causas de esta interferencia. Dios acordó perdonar a Sodoma y Gomorra en gracia a cincuenta hombres justos, en gracia a cuarenta y cinco, en gracia a treinta, en gracia a veinte, al menos en grada a diez. Pero no pudieron encontrarse diez hombres justos y las dos ciudades fueron destruidas. La posibilidad de evolución se había perdido. El “Gran Laboratorio” puso fin al fracasado experimento. Pero Lot y su familia se salvaron. La idea es la misma de los otros dos mitos, pero subraya particularmente la disposición de la voluntad guiadora de hacer todas las concesiones posibles en tanto que haya alguna esperanza de realización de los objetivos fijados para los seres humanos. Cuando esta esperanza desaparece, la voluntad guiadora debe intervenir inevitablemente, salvar lo que merece salvación y destruir el resto.

La expulsión de Adán y Eva del Jardín del Edén, la caída de la Torre de Babel, el Diluvio Universal, la destrucción de Sodoma y Gomorra, son todas leyendas y alegorías relativas a la historia de la humanidad, a la evolución humana. Además de estas leyendas y de otras muchas seme­jantes, casi todas las razas tienen leyendas, cuentos y mitos de extraños seres no-humanos, que pasaron por el mismo camino antes que el hombre. La caída de los ángeles, de los Titanes, de los dioses que intentaron desafiar a otros dioses más poderosos, la caída de Lucifer, el demonio o Satán, son todas caídas que precedieron a la caída del hombre. Y es un hecho indudable que el significado de todos estos mitos permanece oculto para nosotros. Está perfectamente claro que las interpretaciones teológicas y teosóficas comunes no explican nada, porque exigen la necesidad de aceptar la existencia de razas o espíritus invisibles, que al mismo tiempo son semejantes al hombre en su relación con las fuerzas superiores. La insuficiencia de tal explicación “por la introducción de cinco cantidades nuevas desconocidas para la definición de una cantidad desconocida” es evidente. Pero al mismo tiempo sería un error dejar todos estos mitos sin intentar explicarlos, porque, debido a su persistencia y repetición entre los diferentes pueblos y razas, parecen atraer nuestra atención a ciertos fenómenos que no conocemos pero que debemos conocer.

Las leyendas y cantos épicos de todos los países contienen mucho mate­rial referente a seres no-humanos que precedieron al hombre, o que incluso existieron al mismo tiempo que el hombre, pero que diferían del hombre en muchos aspectos. Este material es tan abundante y tan signi­ficativo que el no intentar explicar estos mitos significaría cerrar los ojos intencionalmente a algo que debiéramos ver. Tales son, por ejemplo, las leyendas de gigantes y de las llamadas estructuras “ciclópeas” que invo­luntariamente uno asocia con estas leyendas.

A menos que queramos ignorar muchos hechos o creer en “espíritus” de tres dimensiones capaces de levantar edificios de piedra, debemos su­poner que las razas pre-humanas fueron tan físicas como el hombre, y vinieron, del mismo modo que el hombre, del Gran Laboratorio de la Naturaleza, que la Naturaleza ha hecho intentos de crear seres auto-evo­lutivos antes que el hombre. Y además, debemos suponer que tales seres fueron lanzados por el Gran Laboratorio a la vida, pero que fracasaron en satisfacer a la Naturaleza en su desarrollo posterior y que, en lugar de llevar a cabo los designios de la Naturaleza, se volvieron contra ella. Y entonces la Naturaleza abandonó sus experimentos con ellos y prin­cipió un nuevo experimento.

Estrictamente hablando, no tenemos motivo para considerar al hombre como el primero o el único experimento de ser auto-evolutivo. Por el contrario, los mitos mencionados antes nos dan la posibilidad de presumir la existencia de tales seres anteriores al hombre.

Si esto es así, si tenemos bases para suponer la existencia de razas físicas de seres pre-humanos auto-evolutivos, ¿dónde debemos buscar entonces a los descendientes de estas razas, y estamos justificados en alguna forma al suponer la existencia de tales descendientes?

Debemos partir de la idea de que en toda su actividad la Naturaleza aspira a la creación de un ser auto-evolutivo.

¿Pero puede suponerse que la totalidad del reino animal es el residuo de una línea de trabajo: la creación del hombre?

Esto puede admitirse en relación con los mamíferos, aun podemos incluir a todos los vertebrados, podemos considerar muchas formas infe­riores como formas preparatorias, etc. Pero, ¿en qué lugar colocaremos a los insectos que representan un mundo por sí mismos, y un mundo no menos complejo que el mundo de los vertebrados?

¿No puede suponerse que los insectos representan otra línea en el trabajo de la Naturaleza, una línea no conectada con la que resultó en la creación del hombre, sino que quizá la precede?

Pasando a los hechos, debemos admitir que los insectos no son en ninguna forma una etapa preparatoria a la formación del hombre. Ni podrían ser considerados tampoco como los residuos de la evolución humana. Por el contrario, los insectos revelan, en su estructura y en la estructura de sus partes y órganos separados, formas que son a menudo más perfectas que las del hombre o los animales. Y no podemos evitar el ver que para ciertas formas de vida de los insectos que observamos no hay explicación sin que haya necesidad de hipótesis muy elaboradas, que requieren la aceptación de un pasado muy rico tras ellos y nos obligan a considerar las formas presentes que observamos como formas dege­neradas.

Esta última consideración se refiere especialmente a las comunidades organizadas de hormigas y abejas. Es imposible familiarizarse con su vida sin dejarse vencer por las impresiones emocionales de azoro y per­plejidad. Tanto las hormigas como las abejas provocan nuestra admira­ción por lo maravillosamente completo de su organización, y al mismo tiempo nos ahuyentan y asustan, y provocan en nosotros un sentimiento de aversión indefinible por el invariable frío razonamiento que domina su vida y por la absoluta imposibilidad de un individuo de escapar de la rueda de la vida del hormiguero o del panal. Nos sentimos aterrorizados ante el pensamiento .de que podamos parecemos a ellos.

En realidad ¿qué lugar ocupan las comunidades de abejas y de hor­migas en el cuerpo de cosas de nuestro mundo? ¿Cómo pudieron llegar a constituirse en la forma en que las observamos? Todas las observaciones que hagamos de su vida y de su organización inevitablemente nos llevan a una conclusión. La organización original del “panal” y del “hormi­guero” en el pasado remoto indudablemente requirió un razonamiento e inteligencia lógica de gran potencia, aun cuando al mismo tiempo la existencia posterior tanto del panal como del hormiguero no necesitaron absolutamente ninguna inteligencia o razonamiento.

¿Cómo pudo haber sucedido esto?

Sólo pudo haber sucedido de un modo. Si las hormigas o las abejas, o ambas —desde luego en diferentes periodos— fueron seres inteligentes y evolutivos, y después perdieron su inteligencia y su habilidad de evolu­cionar, esto pudo haber pasado sólo porque su “inteligencia” se volvió contra su “evolución”, en otras palabras, porque el considerar que ayu­daban a su evolución en realidad la impedían.

Uno puede suponer que tanto las hormigas como las abejas salieron del Gran Laboratorio y fueron enviadas a la tierra con el privilegio y la posibilidad de evolucionar. Pero después de un largo periodo de lucha y de esfuerzos tanto una como otra renunciaron a su privilegio y dejaron de evolucionar, o, para ser más exactos dejaron de difundir una corriente evolucionadora. Después de esto, la Naturaleza tuvo que tomar sus me­didas y, luego de aislarlas en cierta forma, principiar un nuevo expe­rimento.

Si admitimos la posibilidad de esto, ¿no podemos suponer que las anti­guas leyendas de caldas que precedieron a la caída del hombre tienen que ver algo con las hormigas y las abejas? Podemos sentirnos descon­certados por su pequeño tamaño en relación con el nuestro. Pero el tamaño de los seres vivos es, primero, algo relativo, y segundo, cambia muy fácilmente en ciertos casos. En el caso de ciertas clases de seres, por ejemplo los peces, los animales anfibios y los insectos, la Naturaleza, tiene en sus manos los hilos que regulan su tamaño y nunca deja escapar estos hilos. En otras palabras, la Naturaleza tiene el poder de cambiar el ta­maño de estos seres vivos sin cambiar nada en ellos, y puede realizar este cambio en una generación, es decir, de inmediato, simplemente dete­niendo su desarrollo en cierta etapa. Todo el mundo ha visto peces de pequeño tamaño como grandes peces, pequeñas ranas, etc. Esto es aún más patente en el mundo vegetal. Pero desde luego no es una ley uni­versal, y algunos seres tales como el hombre y la mayor parte de los mamíferos superiores alcanzan el mayor tamaño posible. Por lo que se refiere a los insectos, las hormigas y las abejas muy probablemente po­drían ser mucho mayores de lo que ahora son, aun cuando este punto puede ser discutido; y es posible que el cambio de tamaño de la hormiga o de la abeja requiriera una considerable alteración de su organización interna.

Es interesante recordar aquí las leyendas de hormigas gigantescas del Tibet que refieren Herodoto y Plinio (Herodoto, Historiam Libro XI; Plinio, Historia Natural, Libro III).

Desde luego será difícil de primer intento imaginar a Lucifer como una abeja, o a los Titanes como hormigas. Pero si renunciamos por el momento a la idea de la necesidad de una forma humana, la mayor parte de la dificultad desaparece.

El error de estos seres no-humanos, es decir, la causa de su caída, debe haber sido inevitablemente de la misma naturaleza que el error cometido por Adán. Deben haber estado convencidos de que sabían qué era lo bueno y qué era lo malo, y deben haber creído que ellos mismos podían actuar de acuerdo con su comprensión de esto. Renunciaron a la idea del conocimiento superior y del círculo interno de la vida y asentaron su fe en su propio conocimiento, sus propias capacidades y su propio en­tendimiento de las miras y propósitos de su existencia. Pero su modo de entender fue probablemente mucho más equivocado y su error mucho menos inocente que el error de Adán. Los resultados de este error fueron probablemente tan considerables que las hormigas y las abejas no sólo impidieron su evolución en un ciclo, sino que la hicieron definitivamente imposible por la alteración de su propio ser.

El ordenamiento de la vida de las abejas y las hormigas, su organi­zación comunista ideal, indican el carácter y la forma de su caída. Puede imaginarse que en diferentes épocas las abejas y las hormigas habían alcanzado una cultura muy avanzada, aun cuando muy parcial, basada enteramente en consideraciones intelectuales de provecho y utilidad, sin ningún margen de imaginación, sin esoterismo o misticismo alguno. Organizaron la totalidad de su vida sobre los principios de una especie de “marxismo” que les parecía muy exacto y científico. Realizaron el orden socialista de las cosas, sometiendo completamente al individuo a los intere­ses de la comunidad, de acuerdo con su modo de ver estos intereses. De este modo despojaron al individuo de toda posibilidad de desenvolverse y de separarse de las masas.

Y en realidad era precisamente este desenvolvimiento de los individuos y su separación de las masas lo que constituía la mira de la Naturaleza y sobre lo que se basaba la posibilidad de la evolución. Ni las abejas ni las hormigas quisieron reconocer esto, vieron su mira en algo diferente y lucharon por someter a la Naturaleza. Y en una forma o en otra alte­raron el plan de la Naturaleza, hicieron imposible la realización de este plan.

Debemos tener en cuenta que, como se ha dicho antes, cada “expe­rimento” de la Naturaleza, es decir, cada ser vivo, cada organismo vivo, representa la expresión de las leyes cósmicas, un complejo símbolo o un complejo jeroglífico. Habiendo principiado a alterar su ser, su vida, su forma, las abejas y las hormigas, tomadas como individuos, rompieron su conexión con las leyes de la Naturaleza, dejaron de expresar estas leyes individualmente y principiaron a expresarlas sólo colectivamente. Y en­tonces la Naturaleza levantó su vara mágica, y los convirtió en pequeños insectos, incapaces de hacer ningún daño a la Naturaleza.

En el curso del tiempo sus capacidades de pensar, absolutamente inne­cesarias en un hormiguero o en un panal bien organizado, fueron atro­fiándose, los hábitos automáticos empezaron a ser transmitidos de gene­ración en generación, y las hormigas se convirtieron en “insectos” tales como las conocemos, y las abejas hasta se hicieron útiles. 9

En realidad, cuando observamos un hormiguero o un panal, siempre nos quedamos perplejos ante dos cosas, primero, ante la cantidad de inte­ligencia y cálculo puestos en su primaria organización y, después, ante la completa ausencia de inteligencia en sus actividades. La inteligencia puesta en esta organización fue muy estrecha y rígidamente utilitaria, trabajó bajo cálculos muy correctos dentro de las condiciones dadas y no vio nada fuera de estas condiciones. Aún más esta inteligencia fue nece­saria solamente para los cálculos y proyectos originales. Una vez princi­piado, el mecanismo de una colmena o de un hormiguero no necesitó de ninguna inteligencia; los hábitos y las costumbres automáticos fueron au­tomáticamente aprendidos y transmitidos, y esto aseguró la fijación inva­riable. La “inteligencia” no sólo es inútil en un panal o en un hormiguero, seria aún peligrosa y dañina. La inteligencia no podría transmitir todas las leyes, reglas y métodos de trabajo con la misma exactitud de genera­ción a generación. La inteligencia podría olvidar, podría deformar, podría aumentar algo nuevo. La inteligencia podría conducir nuevamente al “misticismo”, a la idea de una inteligencia superior, a la idea del esote­rismo. Fue por consiguiente necesario desterrar a la inteligencia de un panal u hormiguero socialista ideal, como un elemento dañino para la comunidad, como en realidad lo es.

Desde luego debió haber habido una lucha, un periodo en que los ancestros de las hormigas o las abejas que aún no habían perdido el poder de pensar vieron claramente la situación, vieron el inevitable principio de la degeneración y se esforzaron por luchar contra ella, tratando de liberar al individuo de su sumisión incondicional en la comunidad. Pero la lucha fue infortunada y no podía tener ningún resultado. Las férreas leyes del hormiguero y del panal muy pronto se ocuparon del elemento activo y después de unas cuantas generaciones los recalcitrantes probablemente dejaron de existir, y tanto la colmena como el hormiguero se convirtieron gradualmente en estados comunistas ideales.

En su libro “La Vida de las Hormigas Blancas” Mauricio Maeterlinck recoge considerable material interesante acerca de la vida de estos insectos, que son todavía más sorprendentes que las hormigas y las abejas.

En sus primeros intentos de estudiar la vida de las hormigas blan­cas 10 Maeterlinck experimenta la misma emoción extraña de la que he hablado antes.

“...los hace casi nuestros hermanos, y desde ciertos puntos de vista, convierte a estos despreciables insectos, más que a las abejas o a cualquiera otra creatura viviente sobre la tierra, en los heraldos, quizá los precur­sores, de nuestro propio destino”.
Más adelante, Maeterlinck trata sobre la antigüedad de las hormigas blancas (o termes), que son muy anteriores al hombre, y sobre el número y gran variedad de sus especies.

Después de esto Maeterlinck pasa a lo que él llama “la civilización de los termes”.

“Su civilización, que es la más antigua de todas, es la más curiosa, la más compleja, la más inteligente, y en un sentido, la más lógica y la más adaptada a las dificultades de la existencia, de todas las que han apare­cido antes que la nuestra sobre el globo. Desde muchos puntos de vista, esta civilización, aun cuando cruel, siniestra, y a menudo repulsiva, es superior a la de la abeja, a la de la hormiga, y aún a la del hombre mismo.

“En el termitero (o nido de las hormigas blancas) los dioses del co­munismo se convierten en insaciables Molochs. Mientras más se les da más piden; y persisten en sus demandas hasta que el individuo es aniqui­lado y su miseria es completa. Esta espantosa tiranía no tiene paralelo en la humanidad, ya que mientras entre nosotros al menos se benefician unos cuantos, en el termitero nadie se beneficia.

“La disciplina es más feroz que la de los Carmelitas o los Trapenses, y la sumisión voluntaria a leyes o reglamentos que proceden quién sabe de donde, es tal que no tiene par en ninguna sociedad humana. Una nueva forma de fatalidad, quizá la más cruel de todas, la fatalidad social a la que nosotros mismos nos encaminamos, ha sido adicionada a las que ya conocíamos y que nos han preocupado ya suficientemente. No hay descanso excepto en el último de los sueños; la enfermedad no se tolera, y la debilidad lleva consigo su propia sentencia de muerte. El comunismo es llevado a los límites del canibalismo y la coprofagia.

“...exigiendo el sacrificio y la miseria de los muchos para el benefi­cio y la felicidad de nadie —y todo esto con el objeto de que una especie de desesperación universal pueda ser continuada, renovada y multipli­cada en tanto que viva el mundo. Estas ciudades de insectos, que aparecieron antes que nosotros, podrían servir casi como una caricatura de nosotros mismos, como una parodia del paraíso terrenal al cual tiende la mayor parte de los pueblos civilizados”.
Maeterlinck muestra con qué sacrificios se paga este régimen ideal.

“Solían tener alas, no las tienen más. Tienen ojos, han renunciado a dios. Tenían un sexo, lo han sacrificado”. 11
La única cosa que él no dice es que antes de sacrificar las alas, la vista y el sexo, las hormigas blancas tuvieron que sacrificar su inteligencia.

A pesar de ésto el proceso a través del cual las hormigas blancas pasan es llamado por Maeterlinck evolución. Esto viene a cuento porque, como antes he dicho, todo cambio de forma llevado a cabo durante un largo periodo de tiempo es llamado evolución por el pensamiento moderno. El poder de este obligatorio estereotipo de pensamiento seudo-científico es verdaderamente asombroso. Durante la Edad Media los filósofos y los hombres de ciencia tenían que ajustar sus teorías y discusiones a los dogmas de la Iglesia, y en nuestros días el papel de esos dogmas lo juega la “evolución”. Es perfectamente claro que el pensamiento no puede des­envolverse libremente en estas condiciones.

La idea del esoterismo tiene un significado particularmente importante en la presente etapa de desarrollo del pensamiento de la humanidad, por­que hace completamente innecesaria la idea de la evolución en el sentido ordinario de esta palabra. Se ha dicho antes lo que la palabra “Evolución” puede significar en el sentido esotérico: la transformación de los indivi­duos. Y en este solo sentido la evolución no puede ser confundida con la degeneración, como lo hace frecuentemente el pensamiento “científico”, que considera aún su propia degeneración como evolución.

La única puerta de escape de todos los callejones sin salida creados por el pensamiento “materialista” y el metafísico está en el método psi­cológico. El método psicológico no es otra cosa que la reevaluación de todos los valores desde el punto de vista de su propio significado psicológico e independientemente de los hechos externos o anexos sobre cuya base son siempre juzgados. Los hechos pueden mentir. El significado psicológico de una cosa, de una idea, no puede mentir. Por supuesto que también puede ser entendido equivocadamente. Pero esto puede combatirse estu­diando y observando la mente, esto es, nuestro aparato cognoscitivo. Ge­neralmente la mente es considerada demasiado simplemente, sin tomar en cuenta que los límites de acción útil de la mente son, en primer lugar, muy bien conocidos, y en segundo, muy restringidos. El método psico­lógico toma en consideración estas limitaciones en la misma forma en que nosotros tomamos en consideración, en todas las circunstancias ordi­narias de la vida, las limitaciones de las máquinas o de los instrumentos con los que tenemos que trabajar. Si examinamos algo bajo el micros­copio, tomamos en consideración el poder del microscopio; si ejecutamos algún trabajo con un instrumento cualquiera, tomamos en consideración las propiedades y cualidades del instrumento (su peso, su afilamiento, etc.). El método psicológico trata de hacer lo mismo en relación con nuestra mente, es decir, trata de conservar constantemente a la mente en los terrenos de su propio alcance, y de considerar todas las conclusiones y descubrimientos en relación con el estado o clase de mente. Desde el punto de vista del método psicológico no hay bases para pensar que nuestra mente, es decir, nuestro aparato cognoscitivo, es el único posible o el mejor que existe. Del mismo modo no hay bases para pensar que todas las verdades descubiertas y establecidas permanecerán siempre como verdades. Por el contrario, desde el punto de vista del método psicológico no hay duda de que tendremos que descubrir muchas verdades nuevas, bien sea verdades completamente incomprensibles, de cuya existencia nunca antes habíamos sospechado, o verdades fundamentales contradic­torias a las que hasta ahora hemos aceptado. Desde luego nada es tan temible ni nada tan inadmisible para todas las clases de dogmatismos. El método psicológico destruye todos los viejos y nuevos prejuicios y supers­ticiones; no permite al pensamiento estacionarse y contentarse con los resultados alcanzados, no importa lo seductores y placenteros que estos resultados puedan parecer, y no importa lo simétrico y parejo de las con­clusiones que de ellos puedan obtenerse. El método psicológico ofrece la posibilidad de examinar de nueva cuenta muchos principios que han sido considerados como final y firmemente establecidos, y encuentra en ellos significados completamente nuevos e inesperados. El método psicológico hace posible en muchos casos el pasar por alto a los hechos o lo que se toma por hechos, y nos permite ver más allá de ellos. Aun cuando es solamente un método, el método psicológico, sin embargo, nos conduce en una dirección definida, a saber, hacia el método esotérico, que es en realidad un método psicológico aumentado, aun cuando aumentado en un sentido en el que nosotros no podemos aumentarlo por nuestro propio esfuerzo.

1912 — 1929
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