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El olvido de respirar



Tartus – 26 de julio - Hotel C.

«Cuando mi corazón se abre a la escucha total del canto de vuestro mundo, con demasiada frecuencia sólo percibo un gran lamento. Es el lamento de una ola que, olvidando que es el océano entero, cree chocar sin objeto contra arrecifes incomprensibles. Esa ola es, por supuesto, vuestra humanidad, y cada una de las gotitas que la componen tiene el rostro de un alma que espera su hora, ovillada sobre sí misma en el vientre de una madre.

¿Qué dicen esos rostros? Hablan de un sol ya lejano en ellos, y del que temen no haberse llevado ninguna esquirla para recordar... Dicen: "¡No quería volver!".

¿No lo habéis oído nunca, ese suspiro de los seres que vuelven hacia la tierra con una maleta en cada mano? A cada uno de ese seres a quienes les pesa la vida dedico estas palabras, a fin de que se acostumbren a la alegría.

Para muchos de vosotros, volver a este mundo representa un dolor; dolor, decís, por tener que librar un combate por todo lo que puede proporcionar un poco de felicidad, pero yo diría más bien dolor ante el temor a encontramos frente a vosotros mismos.

En verdad, amigos, la materia que os acoge es un espejo. Os devuelve la imagen infalible de lo que os limitáis a ser, y de lo que no sois todavía... Y eso lo habéis sabido antes incluso de vuestro primer parpadeo. No la acuséis de sembrar la enfermedad en las almas, cuando por el contrario se puede convertir en su posible médico.

En el vientre de la madre, el feto que erais temía ya tener que abrir sus maletas y descubrir en ellas un montón de incómodos pertrechos. Temía ese instante, y, sin embargo, era él quien lo había concebido sabiamente. ¿Acaso no iba a satisfacer por fin viejos deseos, volver a empezar ese juego en el que podría demostrar que es el más fuerte, y saldar, cómo no, alguna antigua deuda?

Ahí ha empezado la vacilación, la primera rigidez, nacida del miedo terrible a sus bajezas y de la imperiosa necesidad de demostrar su grandeza. ¿Os acordáis? En la Tierra no hay un solo ser que, en el silencio y la oscuridad del seno materno, no se haya sembrado a sí mismo y no haya seguido inventando su enfermedad.

No os sorprenda que siga hablándoos de enfermedad, ya que, a través de cada uno de vosotros, a quien hay que sanar es a la humanidad. No digo curar sino sanar, que es muy diferente. Sabed que los hombres no padecen cientos de enfermedades, sino una sola, lo bastante sutil para adoptar las máscaras de millones de trastornos diferentes.

Esa enfermedad, ese "vértice" de una pirámide invertida, la quiero llamar aquí "olvido de respirar". ¿Cómo puede uno olvidarse de respirar?, me preguntaréis. Sencillamente y ante todo, olvidando que existe el aire y que nos llama a él.

La vida autárquica no lleva el nombre de Vida. Como mucho, la imita. Por lo tanto, un alma que olvida la existencia del Sol es como el pulmón al que ya no llega el aire porque se encoge ante su función de pulmón.

Todo dolor nace del hecho de no dejar a la Vida circular a través de uno mismo, en absoluta libertad. El dolor es la invención de una humanidad que ha querido demostrar su superioridad sobre la Vida, es decir, sobre un pensamiento perfecto. Es vuestra señal de alarma, la marca del error que cometéis al emplear filtros para demostrar, cueste lo que cueste, quiénes creéis ser y qué podéis hacer.

El hombre y la mujer están perpetuamente en busca de espectadores que acepten devolverles la imagen de su propia grandeza... Cueste lo que cueste, es necesario que la vida los aplauda..., es absolutamente necesario que piense algo de ellos. Cada uno de vosotros alimenta esa actitud, incluso muchas veces en la discreción de un monasterio. Si no espera la admiración de las multitudes, el eremita desea secretamente ser observado por Dios y perpetúa así la ley del "dos", la que enfrenta a la vida con su propia personalidad. Y ése es justamente el mal que padecéis: "la adoración del dos". Ahora que el error ha hecho su labor, os exhorto a cambiar el rumbo de vuestro razonamiento interno.

No estáis vosotros por un lado y la Vida por otra, no estáis vosotros y los otros, y menos aún vosotros y ese Gran Todo al que se llama Dios. Hay un solo elemento-sonido, elemento-luz del que formáis parte y que estalla en cuanto una mente tiene la pretensión de disecarlo, de abarcarlo, de juzgarlo, en definitiva, de salir de él.

La Divinidad os da vida, pero vosotros también le dais la suya. Eso no debe extrañaros si concebís la unidad de toda manifestación.

Estas afirmaciones sólo son grandes palabras, diréis, y no cambiarán nuestro entorno cotidiano donde el orden y el desorden, la unión o la discordia se disputan la ronda de las horas. No, no cabe duda de que eso no cambiará la cara de vuestros días si en efecto no son más que palabras que desfilan ante vuestros ojos. En verdad, no las pronuncio para vuestros ojos, ni siquiera para vuestros oídos. Habéis leído demasiados libros sin observar más que hermosas cadenas en la sucesión de sus frases. Hoy, la Vida ya no os puede pedir que observéis, que almacenéis perlitas auténticas agradablemente enfiladas unas tras otras. Quiere sacudiros para sacaros de vuestra apatía, quiere extraer de vosotros los mecanismos viciados que os hacen decir: "lo he comprendido todo" o "no comprenderé nunca". Las dos posiciones mantienen un sabio inmovilismo, una especie de fijación del alma. En esta era, la Gran Vida viene justamente a impresionar y sacudir a esa alma, cebada de sí misma, de sus suficiencias, de sus impotencias. Vuestros sufrimientos son un barómetro de este hecho, e indican el grado de vuestras resistencias al acercamiento de esa Vida. También vengo a conmover a esa alma, ofreciéndole una vez más el bálsamo eterno, pero sin temer revelarle sus heridas y dejar que se vea su profundidad.

Debéis reconciliamos con vosotros mismos, ya que nunca haré ese trabajo por cada uno de vosotros, ni tampoco ninguno de mis hermanos. Lo que quieren los hombres de la Luz, es que en este mismo segundo digáis "basta", y que baste realmente, es decir que no quede resistencia tras las palabras, tras las resoluciones. Dejad pues, amigos, de cristalizaros en torno a la idea del mal. En este mismo instante, vaciaos de su presencia y, de esa manera dejaréis de proyectarlo sobre esta Tierra.

Dejad de ver en mí a ese ser de rostro delicado que cierta iconografía ha contribuido tanto a crear en vuestras conciencias. Mi amor es un amor voluntarioso. La fuerza de Cristo que sigue viviendo en mí no es dulzona, y se mantiene alejada de las orillas de la meditación amorfa. Por el contrario, es meditación activa, terremoto en la tierra y en el corazón para quienes quieren dormir y refugiarse tras las murallas de la buena conciencia. ¡Basta de inmovilismo! Vuestra metamorfosis ha pasado a ser una urgencia vital, y por eso debéis dar resueltamente el paso hacia vuestro otro yo que ya no teme nada. ¡Ése sabe muy bien qué es vuestra apariencia de poder y de dinero! ¡Sabe también qué cosa son vuestras incapacidades y vuestras iras, lo que significa la estrechez de vuestra alma!

Así pues, no temáis el cambio fabuloso que se precipita hacia vosotros. Os lo afirmo, os deslizaréis en él, lo haréis vuestro dando un paso en su dirección desde este mismo instante.

La enfermedad surge de esos viejos hierros, de esas viejas anclas que debéis arrojar para que se disuelvan en el fondo del océano. Si es vuestra voluntad, sólo quedará de ellos el recuerdo de la fuerza que os han enseñado a desarrollar. Echad pues por la borda vuestras iras, vuestros rencores, vuestras frustraciones, vuestros orgullos y todas vuestras pobrezas, y decid, primero a vosotros mismos, y luego al conjunto de la humanidad, a la Creación: ¡Perdón!

Hay que atreverse a clamar esa palabra, a vivirla sin que esté teñida de moral, y sobre todo sin que esté teñida de culpabilidad, ya que está más allá de todo eso... ¡Porque quiere decir Amor!

La única finalidad de los sufrimientos psíquicos y físicos es haceros comprender esta máxima verdad. Nunca os los ha enviado algún dios antropomórfico lleno de ira o de alegría. Provienen de vuestro espíritu, es decir de lo que sois realmente, más allá de vuestras almas. Y es a él, a vuestra esencia de Luz, y no a vuestro Creador, a quien os debéis dirigir para todas las "reclamaciones" que os hacen encabritaros ante a vida a nivel del cuerpo y de la conciencia. Mientras no hagáis estallar las burbujas de vuestros dogmas, seguiréis bebiendo hasta las heces el cáncer, el sida, las psicosis y las neurosis. Y sabed que esos dogmas no son productos ajenos. Todos sois sus cofundadores desde hace miles y miles de años. Habéis participado en su lenta elaboración, sois cómplices de su subterfugio, bien por haberlos originado directamente en otros tiempos, bien por vuestra apatía con respecto a su aparición y desarrollo.

Y, sin embargo, sólo conozco una ley para vosotros: ¡la de vuestro corazón! Es una ley infinitamente subversiva, porque instala un orden junto al cual el rompecabezas de las organizaciones terrestres, aparentemente tan bien pensado, cobra aspecto de borrón.

¿Habéis comprendido, amigos, que os llamo a la Salud total, a la recuperación de vuestras fuerzas de independencia y de amor?

Llamo a la sublevación de vuestra voluntad ante los poderes esclavizadores, que ya se han alimentado bastante de vuestra apatía.

Hoy, hay algo en vosotros que quiere respirar, y que ya no debe permitir la legitimación de vuestra pereza. No os someteré a una gran iniciación para poner a prueba vuestro valor o para libraros de la carga de antiguas tensiones. La gran iniciación la encontraréis cada mañana en el vecino con el que tropezáis o en la labor mal hecha que hay que repetir. Pero, por desgracia, bebéis esa iniciación como si bebierais un veneno que destila tranquilamente su enfermedad... Pero no os engañéis: pese a todo, por ella y sobre ella iniciáis vuestra reflexión ya que, os lo afirmo, es ella quien reflejará la Luz. Los miles de cosas que la componen os repiten sin cesar: "Alimenta tu alma con un alimento que haya recogido ella misma, libre de los condicionamientos que le fabrican el sentido de su gusto y la fuerza de sus apetitos. Entonces, y sólo entonces, te darás cuenta de que tus pasos te llevarán intuitivamente hacia vergeles de simplicidad, y que tus dedos cogerán al instante frutos de Paz".

Avanzar hacia el corazón de la salud, es decir, del perfecto acuerdo con uno mismo, también es comprender el alcance de esta verdad: cierto es que el hombre es un alma, pero también mucho más que un alma ya que, ante todo, ha sido concebido como "espíritu".

Esta afirmación desconcierta a muchos de vosotros, ya que pocos establecen una diferencia entre alma y espíritu. Con el paso de los siglos, se ha hecho una sutil amalgama con estas nociones, hasta tal punto que, desde hace medio milenio, la confusión al respecto es total en vuestras civilizaciones. Si os preciso esto, no es por afán de polémica, sino porque, para que ahora avancéis con más claridad, es importante poner fin a esta esquematización. Hay una cuestión esencial que no debéis perder de vista: no tenéis que dirigimos hacia vuestra alma, sino mucho más arriba todavía, donde reside vuestra esencia espiritual, vuestro espíritu. El alma es un término general que abarca todas las realidades por las que se manifiesta el ego en los mundos de formas densas. El alma significa una personalidad y una memoria dotadas de libre albedrío, una individualidad ilusoria, y todo eso se proyecta episódicamente, de vida en vida, en lugares de experiencia adecuados para desbastar la totalidad de su ser. Es el relevo momentáneamente necesario entre Vosotros y vosotros, y, en definitiva, es ella quien está enferma.

No la rechacéis por ello. Por ahora, os es tan vital como vuestro corazón, pero estableced la libre circulación de la Vida en los dos sentidos, salvando la barrera de los egoísmos y de los orgullos que le habéis permitido establecer lentamente.

Si bien es cierto que la fuerza de una serpiente -de la que ya os he hablado- dormita en la base de vuestro eje dorsal, conectada constantemente con las influencias de vuestra Tierra-madre, también es exacto decir que la fuerza de otra serpiente os espera y os estimula en la copa de vuestro propio Árbol de la vida. Una vez más, vuestro idioma sirve maravillosamente al discurso permanente de mi padre, ya que, en el espíritu, la "S" reza,7 y reza tanto más activamente y con mayor potencia luminosa por ser uno de los aspectos revestidos por el Gran Sol. En vuestras lenguas, con frecuencia la "S" celeste adopta la forma de la "ese" y vive así en numerosos términos. Pensad, amigos, en la Esencia de la vida, en Jessé, que, según la tradición, fue mi antepasado por la carne cuando revestía la identidad de Jesús, en los esenios que me ofrecieron un cuerpo, en los ases de vuestras barajas de cartas, poderes misteriosos situados más allá del poder de los reyes.

La "S" celeste y solar difiere de la "S" terrestre y lunar simplemente por su polarización, que se puede traducir simbólicamente en el dibujo de sus curvas.

Cuando es celeste, se coloca así: "S"; cuando es terrestre, adopta esta forma: "", perfectamente complementaria de la primera. Y ahora, en un instante de silencio, ved cómo las dos serpientes, los dos movimientos de la vida, se unen para dar lugar al 8, símbolo de eternidad y, por lo tanto, del Cristo cósmico.

Todo es signo, amigos. ¡Basta con aprender a abrir el corazón para descifrarlo de nuevo!

El resplandor que se desprendía del espíritu de mi hermano Cristo crucificado era el de la Salud total y realizada. Según el Lenguaje de los Pájaros, al que aquí os invito, sería bueno que profundizarais un poco en esta noción. Que no os asuste lo que aún os parece un juego de palabras. Tampoco veáis en ello el chiste de alguna casualidad. Otros idiomas muy diferentes del vuestro divulgan en otros términos, mediante otros signos, lo que vuestro idioma transmite de forma privilegiada.

¡Sabed que la casualidad es una excusa inventada por quienes ignoran las verdaderas leyes de la Vida! Hay que encontrar felicidad en el hecho de hacer que los sonidos se expresen, ya que la salud de la que os hablo sigue siempre el itinerario de la Alegría.

No puede esperarse esa Alegría sin el entusiasmo sagrado que pone al descubierto el diamante contenido en todas las cosas. Vuestra vida puede ser una carcajada, y se convertirá entonces en un estado de santidad. Por supuesto, no de esa santidad aburrida, austera y de aureola dulzona que ha acunado vuestra infancia, sino esa santidad feliz con el instante presente que vuelve sano -es decir, luz y verdad- al conjunto de vuestro ser.

La paz es una fuerza sin rodeos en la mesa a la que os invito: se bebe con plenitud, con los ojos abiertos al conjunto del universo.

Os lo repito: todo es signo. Así pues, los Hermanos de la Sombra han querido apropiarse de la fuerza de la "S" en la denominación de las brigadas de su movimiento nazi. Al hacerlo, su alma y su cuerpo, perdidos en los dédalos del ego, querían adornarse con el manto energético del espíritu, pretendiendo convertirse en los Ases más allá de los reyes, manipuladores de las cartas ocultas.

¡Que ahora, en este mismo segundo, la enfermedad vivida en la angustia de vuestro corazón por ellos, con ellos o sin ellos, deje de ser vuestro pan cotidiano! ¡Que el simple recuerdo de su callejón sin salida sea vuestro trampolín! Así ha de ser pues, por toda la eternidad, la Luz sin sombra domina con suavidad a la luz pobre y transmuta sus asaltos. Todos vuestros obstáculos son enfermedades de vuestra memoria... Ahora, vedlos como piedras gracias a las cuales avanza vuestra reflexión y se afina vuestra sensibilidad, y que os edifican invariablemente, pase lo que pase.

¡Ese "pase lo que pase" es lo que debéis grabar en la joya de vuestro corazón, ya que, pase lo que pase, vuestro destino es el Sol!

¿Cuántos de vosotros saben ya que los sufrimientos de su alma y de su cuerpo los han hecho avanzar a pasos de gigante y crecer en su interior? Vuestra época es tan rica, que esos hombres y mujeres se cuentan por centenares de millones. En cuanto un alma necesita un detonador para apretar el paso y enderezar la espalda, el espíritu del que procede se lo envía... Y, aunque éste revista la apariencia de un cuchillo que todo lo destroza a su paso, apunta directamente al objetivo y sólo desarma lo que es necesario desarticular.

No debéis considerar nunca que la enfermedad que llama regularmente a vuestras puertas bajo las máscaras más diversas es un castigo celeste. ¿Todavía existen seres lo bastante ingenuos como para atribuirle reacciones humanas al Espíritu Divino? ¡Elevaos de una vez por encima de vuestras deducciones apresuradas e infantiles!

El primer paso consiste en comprender que, en realidad, la enfermedad es el resultado de un autocastigo, una sanción, una censura del individuo hacia sí mismo ante la falta de respeto a las leyes fundamentales. El segundo paso lleva a admitir que se puede vivir el error como una oportunidad suplementaria en el camino que conduce a uno mismo. Cada falta de armonía se debe señalar con una piedra blanca en el itinerario de una vida. Haced todo lo posible por vivirla como un trampolín que os obligará a conocemos un poco más, pues ella actúa a fin de que os preguntéis: "¿por qué?", y luego vuelve a buscaros al final de vuestro último refugio, hasta que vosotros mismos podáis pronunciar la respuesta justa. La vida no satisface pretextos, ya que la energía que os ha permitido generarla sabe muy bien que uno no se puede mentir indefinidamente a sí mismo. Seguramente estas constataciones representan lugares comunes para algunos de vosotros, profesionales de la salud y discípulos de la nueva conciencia..., pero a ésos les digo que una verdad sólo se vuelve trivial si se ha vulgarizado y empobrecido la mirada dirigida al mundo.

Las verdades más sencillas son parcelas de vuestro ser cuyas lecciones se evaporan ante las arrugas de la costumbre. Para el que está en perpetua vigilia, decir que uno más dos son tres no es enunciar una trivialidad, sino descubrir un milagro permanente. Por lo tanto, no maldigáis nada de lo que os ocurre, ya que, desde el mismo instante en que aceptáis volver a ver vuestro propio ser, se os da todo el poder sobre vosotros mismos.

Durante los próximos cuarenta años, la inmensa mayoría de la población terrestre se verá abocada a experimentar el sentido del trastorno físico y psíquico hasta un punto en que ya no podrá apartar los ojos ni el corazón de lo Esencial. Será una bendición que permitirá al hombre redescubrir las fabulosas posibilidades que la naturaleza pone a su disposición, a su alrededor y en su interior. Entonces, llegará el día en que ya no sabréis distinguir qué significa lo material y lo inmaterial, la ciencia y el Espíritu, ya que cada descubrimiento perderá el nombre de "invento".

Eso se producirá juntamente con una modificación total de la concepción humana de la muerte. La mayoría de vosotros, amigos, atraca en las orillas de este mundo llevando en sus bodegas esa vieja noción de ruptura, de separación y de caída a la que se llama "muerte". Por lo tanto, desde vuestro primer grito, ya tenéis grabada en vosotros una idea de derrota... Y, sin embargo, os lo pregunto: ¿inspirar y espirar es un combate para el hombre? Las fuerzas complementarias de la respiración cósmica nacen de los dos continentes de la Vida. Sería inútil rebelarse contra el viaje del aire que entra en vuestros pulmones y luego sale, contra la sabiduría del Sol que desaparece detrás de la de la Luna. Lo que teméis es la transformación, es el propio acto de serenidad que permite soltar el borde de la piscina. ¿Necesitáis pruebas de que podéis alcanzar el lado opuesto? Mi objetivo no es enseñaros que la muerte no existe, puesto que en el fondo ya lo sabéis, ya que, de no ser así, no os habríais molestado en escucharme hasta ahora. Mi objetivo es enseñaros a situaros mejor con respecto a ella. Es una de las facetas de la Creación que menos conocéis, pese a que la recibís y la dais a cada instante.

¿Habéis pensado alguna vez que la página de un libro muere en cuanto termináis de leer la última palabra que contiene, y la pasáis para descubrir la siguiente? Fuera de vuestros ojos, de vuestro corazón, de vuestra sensibilidad, las frases pierden su substancia; su cuerpo no es más que un recuerdo, un intermediario indispensable que permite ir siempre más lejos, hoja tras hoja...

Cada día de vuestra vida, pasáis una de esas hojas y, en cada uno de sus períodos, termináis un capítulo para descubrir otro. Vuestra vida es un libro que os ayuda a acordamos un poco más de vosotros mismos. En cuanto termina su lectura, tomáis otro, tal vez en otra sección..., y eso hasta que la biblioteca entera os haya revelado vuestros secretos.

Evidentemente, muchos -incluso vosotros lo habéis hecho antes- no saben sino hojear las páginas del libro que han tomado, por aburrimiento, por suficiencia o por pereza, o no llegan a terminar la tarea que sin embargo emprendieron con buenas resoluciones. Y también habéis sido de ésos...

Por fin, están quienes lo devoran a dentelladas, como para apropiarse de "algo" que no consiguen identificar.

Y, no obstante, os lo afirmo: lo que cuenta realmente no es el guión que descubrís a través de las páginas de un libro, sino vuestra actitud con respecto a él. Así pues, poco importa la historia de vuestra vida; es la forma en que la vivís lo que la convierte en una realidad luminosa o en un instante en la eternidad que deja insatisfecha al alma. Y estad seguros, amigos, de que si hojeáis apresuradamente vuestros propios capítulos para ver insaciablemente "lo que pasa después", o si leéis su historia por encima porque os parece que no os concierne, os quedaréis siempre insatisfechos. Esas dos actitudes son síntomas de la misma enfermedad: el miedo a descubrir el Centro, es decir, la llave que conduce a la muerte del yo.

Pero, ¿para qué entrar en más consideraciones sobre esta máxima liberación que convierte a cada lector de la Gran Biblioteca en uno de los autores de su luz, cuando la muerte del cuerpo sigue planteando tantas dificultades? En este siglo, el camino hacia vuestra paz pasa por la encrucijada en que se os da la posibilidad de superar la angustia de la descomposición del cuerpo. Dejad de apartar la mirada de vuestra propia muerte, no dejéis su aceptación para mañana; eso sólo significa que huis. Comprended que esta reflexión no tiene nada de morboso o de siniestro. Vuestra muerte es un portal por el que vais a pasar, un portal tras el cual estaréis más desnudos, es decir, más cerca del estado al que aspiráis tan torpemente.

Sin embargo, no es deseable y no debéis buscarla con ningún pretexto, porque no resuelve nada en profundidad. Pero, cuando se presenta, saber acogerla es saber sonreír a la Vida. Dejad de comportaros como esos creyentes de todas las religiones que, mientras afirman su fe en una vida eterna, se sienten invadidos por el pánico cuando se acerca su último momento. Por eso no os pido que "creáis", como se afiliaría uno a un partido que promete la eternidad, sino que hagáis todo lo posible por comprender el sentido del Aliento que circula a través vuestro.

¿De dónde procede y adónde va ese Aliento? En los próximos tiempos se os darán muchos signos, que serán pruebas cada vez más tangibles de la eternidad de la vida. Pero esos signos carecerán de verdadero significado para los que pretenden moverse únicamente bajo el efecto de las pruebas. De nada sirve coleccionar argumentos. La verdadera prueba es una gracia que recibe el alma cuando se ha cultivado bastante, cuando ha superado el estado de conciencia en que se cree poder resolverlo todo practicando sumas y restas.

Quiero deciros que traer a los hombres un objeto tangible procedente de otro mundo no cambiaría la faz del vuestro. Habría millares de hombres para ahogar su presencia o para considerarlo un engaño con apoyo de la retórica. El que no está preparado cierra las persianas de su corazón y se atrinchera en su ciudadela.

Estad atentos a los hechos que se os ofrecerán a vuestra reflexión, pero no contéis con ellos para que os tomen de la mano y os hagan salir de vuestro laberinto. ¡Recibidlos sobre todo como confirmaciones de que "algo" está cambiando en vuestro mundo, algo que pide que estéis disponibles para la llamada del Amor, disponibles para los demás, para reconsiderarlo todo, empezando por la manera en que ponéis el pie en el suelo, en una palabra, disponibles para la metamorfosis!

Os lo digo: en verdad no existe una sola parcela de esta Tierra que no se disponga a transformarse íntegramente. Vuestro planeta y todos sus habitantes, sin excepción, deben prepararse a morir a su antigua realidad. Para mi, es una alegría confirmaros esto, y no debéis llevar luto por lo que se deshace o empieza a pudrirse. Vivís un tiempo de apertura que ya no deja lugar a los antiguos valores. Expulsadlos pues de los rincones de vuestro ser donde siguen escondiéndose. Siempre los hay... bien disimulados, como telarañas transparentes, en los cajones de vuestras costumbres, tras los rimeros de vuestra soberbia fuera de lugar.

»La disolución de vuestra herrumbre engendrará la disolución de vuestro miedo a morir. Antes de pretender desempeñar un oficio de sacerdote, tenéis que ser barrenderos del templo con toda serenidad. ¿Comprendéis bien lo que eso significa? Al cabo de un camino de cansancios y decepciones no deberéis hacer una obra de destrucción, sino una obra de limpieza, ya que, bajo los desperdicios, cada uno de vosotros no ha dejado nunca de estar ahí en su verdadero yo, paciente observador del desfile de las ilusiones, entre las dos columnas de Amor y Sabiduría.

»Sanad y renaced, amigos, y sabed que la hora que vivís hoy es más rica en ocasiones de hacer florecer el Amor que todas las que ha conocido vuestro mundo hasta ahora.»
CAPÍTULO X
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