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Oración, meditación y acción



Damasco - 27 de julio.

Una habitación en lo alto de un edificio en terrazas y con balcones descoloridos por el sol... ¡Una estrella de ocho puntas grabada en el cristal de la puerta nos ha hecho sonreír!

Nos acoge una familia de amigos, y nos ofrece lo más bello que tiene. Máximo e inestimable regalo: un gran ventilador que han venido a colocar en una esquina de la habitación. Chirría al girar, y nos saca del pesado sopor del atardecer. ¿Hace siempre tanto calor en Damasco? Cuando subíamos por una estrecha escalera de hormigón, la mirada divertida de nuestros anfitriones nos dijo claramente «sí».

Fuera, hay un increíble guirigay de cantos orientales. El canturreo de las radios y las melodías improvisadas por algunos jóvenes cargan el aire como un perfume mareador. En adelante, será inútil esperar al silencio. Sabemos que el sonido de los instrumentos de percusión irá creciendo a lo lejos en la noche que se acerca. Flota a nuestro alrededor como las volutas de incienso que llenan los templos durante las ceremonias. Más vale aceptarlo, dejar que destile su sabor hipnótico. De todas maneras, la ventana apenas cierra y las casas vecinas nos remiten el alegre eco de su vida íntima.

No importa, hay mucho amor aquí, y eso es lo único que cuenta mientras esperamos la joya de ese segundo en que un destello de luz blanca surgido de alguna parte vendrá hacia nosotros. Son cerca de las once en el reloj que la muñeca sudorosa ya no puede soportar... Tras las persianas entornadas, la bóveda celeste estrellada y rica como una alfombra oriental centellea con sus mil fuegos. Imperceptiblemente, nos habla del misterioso encanto de las noches de Damasco.

¿Es posible que se esté luchando a cincuenta kilómetros de aquí?
«Sí, amigos, es posible..., y también por esta herida he vuelto entre vosotros. Todas las heridas del mundo atañen al que ama. No se pueden diferenciar las heridas remotas de las que se tienen delante y se está obligado a afrontar. Están las heridas... y eso es todo. Eso basta y debe bastar para hacer que se pongan en pie todos los que afirman querer amar.

Tras los tubos catódicos, Beirut siempre está lejos y deja dormir en paz; su imagen se aparta con un revés del alma como se apartaría a una mosca con un gesto de la mano. Y, sin embargo, no es asunto de dos o tres pueblos, sino de toda la Tierra, ya que todo sufrimiento lo es de la humanidad en su conjunto. Basta con que llore un hombre para que la raza de este mundo se cargue con sus lágrimas, ¿lo comprendéis? Si ahora os digo que hay mil Beirut en esta Tierra y en vosotros, ¿podréis seguir sentados?

No os pido que levantéis el puño; demasiados se ofrecen ya en el mundo, tensos y crispados. Os pido que os levantéis vosotros, es decir, que os quitéis vuestras corbatas mentales y vuestros collares de falsa serenidad para dejar de ser los espectadores amorfos de vuestro universo que se autodevora.

Existen tres maneras de levantarse Para expulsar al antiguo rumiante de uno mismo y quitarse el pellejo de liebre. Esas tres maneras no se excluyen mutuamente; se complementan, aunque esta hora reclama más una de ellas. Se llaman oración, meditación y purificación por la acción, es decir lo que Oriente describe como "Karma Yoga".

De estos tres métodos, dos hacen sonreír burlonamente a la muchedumbre de los hombres. Ante la gangrena que corroe a nuestro planeta, ¿qué pueden lograr la oración y la meditación? La mayoría sólo ve en ellas la pobre antorcha de algunos soñadores idealistas, de millones de débiles, de un rebaño de cobardes o de perezosos que se refugian en sí mismos, en el bienestar y el pretexto de una vida interior que sólo los beneficia a ellos.

Por eso, amigos, para todos vosotros que queréis terminar con las murallas y los abismos, tengo que volver a definir ciertas nociones que los tiempos han empobrecido. Cuando el hombre sufre o ve sufrir y le parece que todo se viene abajo, entonces, desde la noche de los tiempos, se pone a rezar. No siempre sabe ni a quién ni qué, pero reza, es decir que pide al Universo una solución milagrosa contra un veneno cuyo efecto teme. ¿Ha recibido alguna instrucción religiosa? Entonces, se acuerda de la sucesión de viejas frases que antaño un sacerdote le metió en la memoria. No siempre comprende lo que significan sus palabras -¿las ha comprendido realmente alguna vez?-, pero, ¿quién sabe?, quizás estén realmente dotadas de una especie de poder mágico...

Quienes actúan así -y son mayoría- rezan "por ver qué pasa", porque al fin y al cabo "podría funcionar", y también porque no saben hacer nada más y la súplica dirigida al cielo es su último refugio. Y, sin embargo, os lo digo: aunque su corazón sea sincero, ésos no rezan de verdad, simplemente celebran un ritual para que éste actúe en su lugar; en cierto modo, pulsan un botón que activa un asiento lanzable. Lo que reza no es el fondo de su ser, sino algo de su ego que espera cosechar un alivio, y nada más. No os volváis hacia los demás para denunciar esa actitud, puesto que ya ha sido la de cada uno de vosotros y quizá lo siga siendo... En vez de juzgar, desarrollad ahora el sentido de la comprensión de la oración.

El contacto con la Fuente de Amor no se obtiene con un código de acceso mecánico semejante al que ha generalizado la informática. La Luz no será nunca objeto del dominio de un programa cuyas claves hay que poseer. ¿Quiere decir esto que tenéis que rechazar las oraciones tradicionales establecidas, la mayor parte de las cuales son súplicas? Indudablemente no, pero os pido que no las convirtáis en salvavidas, que restauréis en ellas el puente que ofrecían a los hombres cuando fueron creadas. No os hablo aquí del poder vibratorio de las mismas palabras que, repetidas millones y millones de veces por multitud de seres, constituyen una fuerza etérica y astral, ya que no todas las oraciones han sido organizadas como un mantra. Os pido que las convirtáis en esferas de diálogo por la orientación de amor y de confianza de vuestro corazón. Una oración -y es especialmente necesario recordarlo- no es una receta para comunicar con el Gran Todo. Debéis, verla, recibirla y devolverla como una proposición del Amor divino al hombre o del hombre a la Fuente eterna. Volved a convertirla en el intercambio que nunca hubiera debido dejar de ser, ya que pide que se la impregne de conciencia y no de automatismo.

Convertidla antes en un don de vuestro amor, que en una petición impaciente de vuestro ego. Entonces, que ya no sea el refugio pasivo y mecánico de cierta piedad y de una devoción ciega, sino la prolongación de lo más puro de vuestro ser.

En verdad, las oraciones deben ir dirigidas a vosotros. La fuerza generada por las palabras pronunciadas con conciencia y confianza se dirige tanto a vuestro espíritu como al corazón de mi Padre. Su transparencia y la voluntad impersonal que deben impregnarlas constituirán los elementos motores de la respuesta.

Y ahora, escuchad esto, amigos: para rezar, no hay necesidad de palabras rituales. La oración que se os enseña participa en la prodigiosa reserva energética llamada egrégor, generada por una comunidad religiosa. Puede daros fuerzas, llevar a puerto vuestra nave sin brújula y así suponer para vosotros un cimiento sólido y reconfortante. Pero no olvidéis que también puede adoptar el rostro de la costumbre anquilosante y convertirse en la madre de un terrible inmovilismo que atrofia lo que llamo los músculos del alma: voluntad, conciencia y responsabilidad. Entonces, os lo pido: en vez de adaptaros a un molde, por muy bello que sea, dejad que vuestro corazón elija las palabras. Vuestra sed y vuestro poder de amor le ofrecerán el impulso del que conviene imbuirlos.

Desde toda la eternidad, la verdadera oración establece un diálogo entre dos corazones, nace de su encuentro que se convierte en unión. Desde ese instante, no puede sino engendrar la manifestación de un deseo que es común: el fin de una falta de armonía. Por eso mi hermano Cristo ponía estas palabras en mi boca: "Pedid como si ya hubierais recibido", es decir, desarrollad la absoluta certeza -y no fingida por la mente- de que todo sufrimiento, aunque tenía su razón de ser, está ahora desactivado.

Si vuestra oración es una petición, que esa petición sea también lo mejor de vosotros mismos, que sea la manifestación de vuestra confianza y de vuestra certeza de ser uno con la Gran Luz, a la que, si lo deseáis, podéis dar todos los nombres del universo.

Entonces, vuestra oración no será una flecha despedida hacia una meta..., ya que, en cuanto el impulso de vuestro corazón hace que éste se dilate con las dimensiones del cosmos, nada puede ser exterior a vosotros.

Amigos, que no os asuste la amplitud de esta imagen. Evoca una realidad accesible a cada uno de vosotros a partir del instante en que decidís dejar de vivir la Separación. Ratifica el tratado de paz total que debéis firmar con vuestro ser profundo. Hasta ahora, sólo habéis sabido ir de tregua en tregua, es decir de buena conciencia en buena conciencia, de prudencia en prudencia, de reserva en reserva. ¡La paz que no es total no es la Paz! ¿No estáis hartos de quedaros en su vestíbulo hartándoos de excusas?

¡Hoy en día, hay que hacer todo lo posible para que se transforme radicalmente la cara de vuestro mundo, o la vuestra, que viene a ser lo mismo!

¡Oraciones por la Tierra, oraciones por su Humanidad, de acuerdo! Pronunciad esas oraciones, solos en un rincón de vuestra vivienda, o como una gota de agua en una asamblea, pero que la fuerza que se desprende de vosotros sea algo más que una parcela de vuestro ser, que sea vuestro ser íntegro, con su confianza y su ausencia de duplicidad.

¡Que vuestra oración deje de ser un embajador hacia algún destino vago para ser vosotros mismos en presencia del Diamante!

Pero no veáis en ella la energía de un ariete empeñado en echar abajo las puertas que se le resisten.

Una oración nunca se tejerá a fuerza de argumentos capaces de modificar los destinos a veces dictados por la Conciencia eterna. Un destino se justifica siempre por una necesidad no arbitraria y con finalidades luminosas. Por ello, no le opongáis vuestra voluntad, que puede reducirlo todo a intereses momentáneos y personales. Sopesad bien el significado de estas palabras. Significan que, aunque una oración es un acto voluntarioso del alma, nunca debe transformarse en una crispación de ésta. La tensión que representa una esperanza alimentada en el corazón puede y debe ser vivida a la inversa de un endurecimiento. ¿Por qué tratar de chocar de frente con el gran Plan de Evolución al que os habéis suscrito al venir a este mundo? Por lo tanto, expulsaréis la rebeldía de vuestra mente... La oración apropiada, amigos requiere pues también un abandono de esa fuerza que quiere imponer su pequeña voluntad inmediata y egoísta en el hombre.

Lo importante es que se realicen los designios del Eterno. "Hágase tu voluntad...", repetís a veces sin admitir lo que eso significa. Aquí, el abandono del que os hablo es totalmente lo contrario de un acto de debilidad. Atestigua la rectitud y la nobleza de un alma que ha comprendido de qué fuerza procede la vida y vuelve ya serenamente hacia su fuente.

Ahora, permitidme ofreceros algunas palabras relativas a la meditación, ya que es cierto que en estos días, en ciertos ambientes, se pronuncia más su nombre que el de la oración. Esto es cierto, hasta tal punto que se experimenta cierto embarazo, o incluso vergüenza, al decir "rezo", mientras que no se experimenta ninguna turbación al decir "medito".

La razón es una moda nacida de influencias orientales, pero también una manifestación suplementaria del ego. En su visión esquemática del orden del mundo, ese ego prefiere hablar de meditación. En efecto, ésta se concibe como un acto constructivo del ser que busca su realización, mientras que la oración se comprende como una simple petición, una manifestación de debilidad.

Y, sin embargo, ¡cuántos errores se cometen también en este campo! ¿Cómo podría existir un "método" más bello o más grande que otro para reconstruirse y, a un tiempo, ayudar al universo a florecer? ¡Basta con que un acto o una forma de ser surja del Amor para que al instante se vista de Luz!

Por supuesto, a imagen de la verdadera oración, la meditación puede ser un camino real para servir al hombre y al mundo, pero yo os lo pregunto: ¿cuándo la meditación es verdaderamente meditación?

Y aquí tengo que haceros añicos la ilusión de la inmensa mayoría de los hombres que proclaman: "medito... ". No cuestiono sólo su intención, sino también el propio acto al que llaman "meditación". Para practicar la meditación, no basta con sentarse descalzo en el suelo y cerrar los ojos con la intención de "vaciar la mente". Este tipo de actitud suele desembocar en un vagabundeo mental que sólo satisface a los buscadores de "buena conciencia".

Por eso, empiezo por plantear claramente esta pregunta: ¿Por qué meditáis? ¿Es para incluiros en una energía de moda que os da la sensación de actuar en favor del mundo? ¿Es para encontrar cierta paz en vosotros y huir así del tumulto de la vida; ya que es bien sabido que "la caridad bien entendida empieza por uno mismo"? ¿O es con la vaga esperanza de que "algo" se manifestará en vuestra pantalla interior y os dará "vuestra llave" u os hará comprender "vuestra misión"?

Es exacto que en lo más profundo de ciertas meditaciones o de prácticas parecidas, hay hombres y mujeres que de repente ven nacer en ellos el rayo de luz que guiará sus vidas. También es cierto que nadie podría servir a los demás si no está lo bastante centrado en sí mismo. No obstante, quiero haceros comprender que, en estos tiempos, ya no tenéis que cumplir con ningún guión. Se os pide que abandonéis vuestras excusas y los papeles que os habéis atribuido y tras los cuales os escondéis.

¡El rayo que debe iluminar el camino de vuestras vidas vendrá siempre en un instante de pureza de corazón, quizá no tras la pantalla de vuestros párpados cerrados sino ante vuestros ojos abiertos mirando por ejemplo un suelo que hay que limpiar!

En cuanto a la paz que buscáis, no brotará necesariamente en el aislamiento de un pseudo-silencio interior. Muchas veces, la búsqueda de este silencio vela el miedo a los demás y a veces indica un bastión de egoísmo... ¿Creéis que mi corazón no percibe a esos seres que dicen: "Serviré a los hombres cuanto esté en paz conmigo mismo"? Os lo digo: la mayor parte de éstos no alcanzarán nunca el estado de pureza y quietud al que aspiran... No lo alcanzarán nunca porque ponen una condición al don del amor. Nadie está nunca preparado para dar bastante y de forma lo bastante hermosa, porque siempre hay más que hacer, más que ser, y el crecimiento es eterno.

Yo mismo sé muy bien hoy cómo podría haber actuado o haber sido mejor todas las veces que me encarné entre vosotros en esta Tierra. También sé que, si a cada regreso hubiera esperado a tener una mayor perfección de mi conciencia para realizar lo que mi Padre espera de mí, ¡cuántas puertas quedarían aún por abrir!

No, amigos míos; si verdaderamente queréis la Luz, si sabéis que está tan cerca de poder transmutar esta Tierra, entonces dejad de justificar vuestros miedos y vuestros orgullos. La autenticidad es vuestra única salida. Aparte de ese camino, sólo encontraréis meandros que conducen antes o después a callejones sin salida.

En verdad, os declaro que hoy en día hay demasiados hombres y mujeres cuyas meditaciones se pierden en el culto de su ombligo. Vuestras almas deben perder su apatía. Meditar no es esperar en la semipenumbra a que pase "algo", ni acumular anárquicamente un ejercicio de búsqueda de visiones tras otro. Requiere una disciplina y una constancia de la que pocos son capaces. ¡Existe un turismo espiritual contra el que tenéis que poneros en guardia y es absolutamente necesario que salgáis de él!

La meditación apropiada es una práctica que lleva trabajo. Tiene sus reglas precisas en las que no caben una renuncia a la voluntad por un lado, y al poder del amor por otro lado. Mi tarea no es enseñaros aquí cómo meditar, ya que existen infinidad de métodos a los que podéis acceder a través de escritos, o, lo que es infinitamente preferible, mediante contactos directos con verdaderos practicantes de la meditación, cualquiera que sea su "grado" o su filiación religiosa, de tenerla.

Insisto simplemente en dos puntos que, aunque parezcan lógicos, constituyen no obstante vuestros dos obstáculos. El primero consiste en no oscilar entre métodos diferentes, de mes en mes, so pretexto de que "no pasa nada". El segundo, en desconfiar de las disciplinas complejas en las que resulta difícil dejar a un lado la memoria y la mente. Las meditaciones más bellas requieren muy poco "tecnicismo"; sólo necesitan constancia y mucho amor. Insisto una vez más en ese amor, ya que, curiosamente, muchas veces se deja a un lado en semejante práctica. El motivo es sencillo y debo exponerlo sin rodeos, aun a riesgo de contrariar a muchos hombres y mujeres:

La mayor parte de los meditadores meditan sólo para sí, para su propio progreso, para lo que ellos llaman su "liberación". Entonces, con el paso de los años, se convierten en una especie de máquinas de visiones o de fabricar el vacío, al igual que existen en las iglesias o los templos seres que son máquinas de rezar oraciones.

Sin embargo, os lo anuncio: ninguno de vosotros podría elevarse dejando tras de sí a la masa de sus hermanos en el sueño o el sufrimiento.

El objetivo de la meditación es poneros en contacto con vuestra Esencia y, por ende, poneros a disposición de los demás en tanto que puente entre la Energía divina y las fuerzas aún pesadas de este mundo. El que obra sólo por su propia liberación y finge el Amor no ha comprendido la función de la vida en esta Tierra, ya que quiere rehuirla al mismo tiempo que desdeña el aspecto limitado de su ser encarnado. En este contexto, veo a muchos de vosotros cultivar la indiferencia so pretexto de desapego. Es tan sencillo y tan tentador cerrar el corazón con carretadas de argumentos cuando una disciplina da la sensación de "trabajar en uno mismo"... Entonces, abundan y se legitiman los pretextos para construirse una torrecilla de marfil. Denuncio en ello una trampa que conduce fácilmente a la frialdad, a la apatía y al egoísmo. El "yo" puede así crecer hábil e hipócritamente hasta en la práctica meditativa. El verdadero meditador debe tender a convertirse en una esclusa entre los mundos, y, si su mente boga hacia océanos de transparencia, su corazón es habitado por la Creación entera a fin de transmutar una parte de su carga.

Creedme, amigos: el hombre que aparta la mirada de sus semejantes y de la Tierra-madre, se priva de una de las fuerzas que alimentan su vida, avanza a la pata coja y se seca. Pocos son los maestros en meditación, o los que se llaman tales, que insisten en ese punto, por la única razón de que una práctica en sí nunca es apta para abrir el corazón. Lo que efectúa la transformación es el estado de conciencia y de disponibilidad con que se lo lleva a cabo. Así pues, no basta con un buen fuelle, un yunque y un excelente martillo para hacer un herrero. Hace falta una sensibilidad y una orientación del espíritu que transciendan hasta las propias herramientas. Una de las más bellas maneras de permitir que germine esa sensibilidad haciendo saltar nuestro capa razón de resistencias se llama el "Servicio", y eso me lleva a hablaros de ese tercer punto por el que, sobre todo y ante todo, podéis convertiros en agentes transmutadores, no sólo de vuestra vida sino a la vez de la vida de la Tierra.

Del mismo modo en que cada instante puede ser oración o meditación en función de la óptica con que lo aborda vuestro corazón, en función de la dirección que vuestra voluntad consigue imprimirle, cada acto se puede vivir como un ladrillo más en la obra de restauración que tenéis que acometer.

Quiero deciros, amigos, que hay una manera de desbastarse y de dejar que aparezca la Llama, una manera de ayudar a los seres y al mundo a recobrar su nobleza y su destino, en la que por lo general pensáis muy poco. Y, sin embargo, genera el mejor mortero que hay, y las más hermosas piedras que cabe concebir; todo ello con tal espontaneidad, que apenas si se la tiene en cuenta. Bien es cierto que no halaga a la mente que gusta de perderse en sus propias circunvoluciones. Bien es cierto que hiere esa zona sensible que cada cual siente con mayor o menor claridad alrededor del ombligo. También es cierto que exige que la energía vital esté presente hasta la punta de las uñas, y que se acepte la encarnación. Pero finalmente, y por todo ello, también es cierto que es la Vía que os propongo antes que cualquier otra, aquella por la que quiero sacudiros para sacaros de vuestro sopor.

Todos vosotros que me escucháis, sabed ahora lo que significa el camino que algunos llaman Karma Yoga.

Os enseño aquí el canto del Servicio a la Vida hasta en el acto más ínfimo que podéis ofrecer al mundo a través de todos sus reinos. Este es el hilo conductor que en adelante ilumino ante vosotros. Sois libres de convertirlo en vuestro lazo con lo Divino, es decir con el Todo, o de desdeñarlo porque pasa inadvertido y no proporciona distinciones honoríficas.

Os propongo que reencontréis la Unión a través de los miles de actos de vuestra vida diaria, más allá de las impresiones dualistas que la existencia intenta sembrar en vosotros y a vuestro alrededor. La vía del Servicio es la de la disponibilidad para los demás y del compromiso concreto en los esfuerzos que exige la vida diaria "en el mundo".

Os lo anuncio: vuestra humanidad se encuentra en el amanecer de una gran conmoción. No creáis que al afirmarlo os estoy profetizando cataclismos. Las remodelaciones físicas de vuestra Tierra no son nada en comparación con la reestructuración de las conciencias que ya puedo ver. Por eso digo "cuidado" a todos los que se mantienen al margen de cualquier acción, de cualquier compromiso material, y se limitan a rezar o meditar cómodamente algunos instantes cada día. Quienes han comprendido verdaderamente la raíz de la oración y de la meditación no temen caminar entre los hombres y agarrar con ellos la pala y el pico.

El ser de corazón siempre ha sido un ser de acción, una fuerza del terreno, en todos los niveles. Vuestro mundo se desmorona sobre sus viejas bases. La energía de vuestra mente, aunque sea capital, no bastará para implantar por sí sola otra Tierra más justa y más cercana al sol. La potencia de vuestros músculos debe ser su aliada espontánea. De hecho, amigos, os propongo que, desde ahora, toméis parte activa en la construcción de la Tierra del milenio venidero. No creáis que espero de vosotros acciones brillantes o la creación de grandes organizaciones para volver a inventar la humanidad. Sobre todo, espero de vosotros -y ved en ello una llamada de la Vida a través de mis labios- que os decidáis a dirigir otra mirada a lo que compone vuestra vida diaria. Lo importante es modificar fundamentalmente vuestras relaciones con las cosas y los seres.

En vez de apretar los puños, ahora tended la mano. Toda vida a vuestro alrededor necesita más que nunca que la ayudéis con todas vuestras fuerzas. Nada de lo que encontráis es vuestro enemigo, pero todo os devuelve al instante la imagen de lo que sois, todo os sugiere una acción, es decir, una nueva forma de madurar y de ser.

Hoy se os pide que améis el ladrillo que vais a ensamblar con otro, y el polvo que sacáis con vuestra escoba. Se os pide que escuchéis a la zarza que os corta el paso, al animal que espera en su cercado y al niño que merece una reprimenda. La vida espera que abráis vuestro corazón al vecino que, en la circulación de las grandes ciudades, blandiría el puño, o también a ese hombre de la otra punta de la tierra que, a través de vuestro televisor, reclama algo de comer. Amar todo eso, todos esos impulsos de los mil rostros del Divino que os interpelan, no es simplemente decir: "Sí, voy a amar", ni "sí, ahora amo". Con frecuencia los buenos propósitos son promesas que duran poco.

El alfarero hunde la mano en el barro y hace algo hermoso con él. El Artesano del Gran Universo también es alfarero y estáis destinados a imitarlo para volver a encontrar vuestro lugar en Él.

Con todo esto quiero deciros que debéis ofrecer vuestro sudor y vuestro tiempo para que caigan las máscaras.

No os confundáis: no os predico la vía de las "buenas acciones".

La moral arbitraria se ha apropiado de ella hace mucho tiempo, y os ha cansado con sus dos cajones y sus primorosas etiquetas en las que aún se puede leer: "bien" y "mal".

La vía del Servicio es precisamente la de los que no moralizan, los que no actúan "por piedad" y porque "hay que hacer el bien". Es el equilibrio de los que ya no se sueltan de la mano del espíritu. Vuestro mundo necesita más que nunca hombres de acción que no se pierdan en palabras vanas.

Y, sin embargo, escuchad bien lo que quiero deciros: no se trata de que os perdáis en acciones, que derrochéis vuestras fuerzas a fin de actuar cueste lo que cueste. Vuestra voluntad de servir no debe ser en absoluto personal. La cuestión no concierne a vuestro ego, ya que no es en ningún modo "asunto suyo", sino asunto del influjo de vuestro corazón. En este sentido, no podéis fracasar en el Servicio que ofrecéis al mundo. No hay, en una esquina de vuestra conciencia, un observador que distribuya recompensas, ni un pecho dispuesto a hincharse, ni tampoco un espinazo dispuesto a doblarse. Simplemente, os convertís en un canal del Amor omnipresente que solicita encarnarse. Entonces, a través vuestro se dibuja el puente por el que se propone el Don. Desde ese instante, amigos, las hipócritas segundas intenciones de intercambios comerciales quedarán lejos de vosotros.

No daréis limosna a los niños del Ganges porque eso os alivia y os preserva de los reproches, y no ayudaréis al minusválido porque os están mirando y vuestra aureola os convertirá en "una persona de bien".

Por el contrario, os dejaréis invadir por el grito de la propia Vida, y eso valdrá tanto como todas las oraciones del mundo, ya que seréis oración, vosotros mismos seréis acción serena y no espectadores del acto...

¿Comprendéis lo que eso significa?

Dar Amor representa mucho más que dar una idea o pronunciar un deseo; dar Amor significa encarnarlo gratuitamente, sin atisbo de duplicidad, hasta en el gesto más humilde. Os lo digo: eso se aprende y está a vuestro alcance...

Dar Amor, en fin, es dejar de ser contempladores de la acción considerada buena, y fundirse en ella.

"¡Ahora dime cómo debo hacer, porque ya sabes que tengo sed de todo eso!", me espetáis por doquier.

Sí, lo sé, tú que me escuchas, que buscas la Fuente... Sé también que no tenías verdadera sed hasta los últimos tiempos, ya que, si tu boca hubiera estado totalmente seca, tu corazón habría hablado... y yo le habría contestado enseguida.

La respuesta, amigo, no reside en el "cómo hacerlo", sino en el "cómo ser". Entonces, sólo te digo esto: sé sencillo. De la sencillez surge toda felicidad, de ella brota la evidencia de la Luz.

Ahí está el secreto... ¿Esperabas una respuesta más compleja, más rebuscada, algún método o una gran revelación? Entonces, es que tu copa aún no está del todo preparada para recoger un agua nueva y fresca. Entonces, es que justamente necesitas dar, dar para crear en tu pecho el vacío de lo que no forma parte de ti.

El Karma Yoga que debéis comprender no es en absoluto el que redime vuestras bajezas pasadas. No es el medio de llenar vuestra cuenta en una caja de ahorros celeste. ¿Eso os hace sonreír? Y, no obstante, aunque estas observaciones parezcan ingenuas, resultan imprescindibles para muchos de vosotros que sólo conciben la ayuda a los demás y el hecho de no escatimar esfuerzos como un medio de expiar viejos pecados.

Pero hay "cosas" que no se truecan... ¿Tengo que repetirlo otra vez?

El Karma Yoga es la unión por el acto, por la ofrenda de la disponibilidad, pero nunca por la adquisición de "puntos positivos".

¿La acumulación de buenas acciones en función de un cálculo inteligente puede aliviar en algo vuestra carga? El Servicio tan querido de mi corazón es indisociable de la espontaneidad. Es una barca a la que debéis saltar, sin polemizar, con el fin de descubrir la otra orilla, allí donde uno ya no se hace preguntas superfluas.

Los años que vivís os ofrecen miles de veces el casco de esa barca. Hoy más que antaño, todo está a vuestra disposición para que vuestro ser tenga la posibilidad de alinearse en sus tres realidades y de ver claramente cómo sacar la espina hundida en el talón de este mundo. Ya nadie puede alegar el pretexto de la ignorancia.

Entonces, dejad de convertiros en iniciados replegados en una cueva, a quienes se viene a visitar para obtener alguna luz esotérica... Hay demasiados personajes misteriosos de esos que lo saben todo. ¡Aceptad solamente, amigos, tomar un verdadero bastón de peregrino, de roturador, y recorrer distancias infinitas, no sólo en vuestra cabeza, sino también en vuestro corazón y por vuestro cuerpo! »
CAPÍTULO XI
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