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Anne y Daniel Meurois-Givaudan



CAPÍTULO I

La espera



Damasco - 18 de Julio - Hotel O.

Hace ya dos días que el Boeing de la Syrian Air nos depositó en el corazón de un país donde el sol es rey.

Antes de nuestra partida, nos habían asegurado que el propio nombre de Siria evoca al astro del día. ¿Acaso surya no significa «el sol» en sánscrito? ¡Quizá sólo sea un juego de palabras, pero Dios sabe el calor que hace en Damasco!

Desde nuestra inmensa habitación encaramada en el séptimo piso de una maciza construcción de estilo indefinible, nuestras miradas se posan en las siluetas de la ciudad. Más allá de los anuncios de neón de las empresas internacionales, que parpadean ya con sus fuegos escarlatas, no hay más que una inmensidad de tejados planos, de terrazas aplastadas por el calor y cubiertas de un uniforme polvo gris. Aquí y allá, una mata de palmeras de hojas cansadas se eleva como buscando aún más el calor.

Un poco más allá, al alcance de la mano, está la masa imponente de la montaña, amarilla y gris también, sencilla e inmutable desde la noche de los tiempos. Parece dormir, pero algo nos hace pensar que observa, que está ahí como un espectador, testigo solemne y silencioso de los milenios que pasan... ¿Seguirán pasando así por mucho tiempo? Sin duda, tras ese sopor aparente, hay demasiadas cosas en gestación aquí.

Sin embargo, a nuestros pies, veinte metros más abajo, se estira el lento desfile de los taxis amarillos y de los transeúntes, casi todos vestidos a la manera occidental. Nos gustaría abrir la encumbrada ventana a la que nos asomamos para sumergirnos mejor en ese ambiente extraño, hijo híbrido del desierto y del modernismo..., pero el aire tórrido del final del día sería aún más pesado. Preferimos el estruendo lancinante de un viejo acondicionador de aire empotrado en la pared y cuyos botones se nos quedan en las manos. El poco de aire tibio que dispensa es un lujo apreciado en su justo valor.

¿Qué hemos venido a hacer aquí? ¿Por qué tanta obstinación en descubrir esta ciudad en el corazón de un mar de piedras y de guijarros calcinados por el sol?

«Hace falta estar loco...», nos habían repetido antes de marchar. Quizá... Beirut está tan sólo a un centenar de kilómetros, y ya hemos visto varias veces a los cazas pasar rugiendo sobre nuestras cabezas. Es verdad que en la calle están todos esos hombres, por todas partes, metralleta en mano. Pero también es cierto que hay una especie de paz en medio de todo eso. Una paz que «se» nos ha infundido, quizá, pero una paz profunda que borra las incertidumbres, y de «eso» se trata.

Fue una tarde de marzo, recordamos, cuando la cosa se impuso, cuando se nos hizo claramente la conminación.

«Id a Damasco...» Fue sencillo y preciso. Sin embargo, más que una orden era una petición, una afirmación contra la que nada podíamos, una verdadera llamada a la confianza.

La había pronunciado una voz familiar, firme y apacible, una voz que era también una mirada, una mirada muy conocida también, y contra la que nada queríamos...

De modo que así lo hicimos... La maleta está abierta en un rincón de la habitación, y una varilla de incienso se consume lentamente, añadiendo al ambiente su perfume mágico y pesado.

Esperamos... ¿qué? ¿A quién? No lo sabemos exactamente. ¿Quizá venga alguien a llamar a la puerta? A menos que suene el viejo teléfono negro...

Ayer no vivimos esta espera; la Gran Mezquita nos llamaba, así como los ineludibles tenderetes de Hamidiyeh. Hoy, en cambio, es diferente. Algo nos empuja a un mayor silencio, a una mayor soledad, a una especie de oración del corazón.

Algún dedo de paz nos ayuda a conseguirlo, no nos cabe duda: un corte de luz acaba de acallar la rotación chirriante del acondicionador. De repente, el aire es más sofocante, pero eso tiene algo bueno y sereno. Sentimos que, esta vez, la verdadera espera se va a poder instalar, crecer hasta que sólo seamos uno con el instante presente, con el suelo en el que nos hemos sentado.

Ante nosotros, ya no hay más que la pared blanca de la habitación y su espejo que hace un rato aún reflejaba el vivo escarlata de los anuncios de neón del edificio de enfrente. Las sombras crecen... Y ya está, el crepúsculo acaba de echar su manto estrellado sobre Damasco.

De repente, un punto de silencio, un punto justo ahí a la altura del pecho, parece que empieza a querer vivir su propia vida. Ante nuestros ojos abiertos de par en par, y al ritmo de nuestro corazón que resuena como un tambor, la pared blanca empieza a iluminarse. Se pone a palpitar, a animarse, a hervir como si de una brecha en su centro debiera nacer un sol inverosímil.

Pronto ya no hay pared ante nosotros; su corazón ha engendrado una silueta imprecisa y de indecible blancura. Bajo nuestros cuerpos, la presencia del suelo es lo único que sigue recordándonos tímidamente la habitación convertida ahora en morada de paz. Es el instante en que la poesía y la fuerza de las palabras pierden su valor; es la extrema serenidad en la que una incontenible ola de amor viene a inflamarlo todo y nos paraliza la mente.

Es el instante preciso en que una voz cálida y fuerte como una miel de las altas cumbres viene a desplegarse en nosotros y nos inunda con su fuego...

«Amigos, vosotros que en adelante vais a escucharme, no escuchéis a un maestro, ni una voz que dicta o enuncia sentencias... No escuchéis esta voz para huir, para escapar de un mundo que asusta a vuestras miradas. No escuchéis, sino oíd, oíd palabras que no serán palabras, vocablos que no serán vocablos; oíd el rumor de una fuente que será vuestra, oíd el bramido de un torrente que hay en vosotros.

No os apeguéis al Verbo que fluye por mi voz como se aferra uno a la llave creyendo que va a abrir todas las puertas. El Aliento que tenéis que reencontrar es el vuestro, los cerrojos que tenéis que disolver proceden de vuestras forjas. Mi voz es vuestra voz que ya no sabéis oír, es la del intérprete de vuestros corazones. Si lo habitan la poesía y el canto, es porque éstos moran en vosotros; si la espada también tiene cabida en él, es porque su filo conoce la llamada de vuestras conciencias adormecidas.

No os apeguéis a la fuerza que fluye de mi voz como se afilia uno al partido de un jefe, de un príncipe o de un patriarca. No pide que se esté a su favor o en su contra. Es..., al igual que sois en el fondo de vosotros mismos, pese a viento y marea, pese a los soles y lunas que pasan.

Así pues, amigos, no seréis nuevos cruzados. Ya no hay túnica que vestir a modo de pendón, ni armas que blandir para salvar el obstáculo, una vez más. Nunca las hubo, más que en el sueño cuya salida tenéis que encontrar hoy.

¿De dónde proceden esta voz que resuena en vosotros y esta luz que anega vuestras miradas? ¿Quién soy? ¿Quisierais una firma ilustre? ¿Pero qué boca queréis alimentar con ella? ¿Queréis alimentar el fuego de viejas esperanzas vagas? ¿Exacerbar el de las imaginaciones, o reforzar el ronroneo de los que creen saber?

Si los hombres quieren una firma ilustre para estimular su espíritu y afianzar sus pasos, entonces los Tiempos les mandarán una... Pero que sepan que, ante todo, su única finalidad es señalarlos con el dedo. Los señala con el dedo, no como haría un juez, sino simplemente para recordarles la estricta dirección. Los señala con el dedo con un amor que no podéis concebir, un amor en el que no cabe ningún remilgo, ninguna blanda tibieza, un amor que es energía y voluntad. ¡Será por el amor-acción, por el amor-voluntad como os reconstruiréis, todos vosotros... y la Tierra y el Cielo!

El amigo que os habla es el que fue clavado en la cruz bajo Pilatos, y que por un tiempo llevó el nombre de Jesús.

Ése es quien soy... pero también, y ante todo, un hermano que emprendió el camino un poco antes que vosotros. Es ese nombre, el de hermano, el que debéis recordar, y no el del maestro fijado en las cruces de piedras preciosas y las imágenes piadosas. Ése, cuya efigie está petrificada desde hace tiempo, ya no tiene razón de ser; ha muerto con la sed de poder, bajo el dominio de los egoísmos y de las intolerancias: se ha secado bajo la opresión de los falsarios.

Sin embargo, ya os lo he dicho, no vuelvo a vosotros como juez. Soy un soplo de viento para enderezar la flecha cuyo curso se ha vuelto ciego. Ese soplo no es una brisa que pasa y no es sólo la fuerza de esta luz o de esta voz que se expresa. Ha revestido un cuerpo de carne para amar mejor vuestro suelo y comprender más vuestro firmamento.

Pero qué importa ese cuerpo mediante el cual actúo, qué importa el que fue mi nombre y lo que de él se ha dicho, qué importan en fin las reacciones de escándalo o de rechazo que desatarán estas palabras. Mi palabra no pide ser reconocida y honrada. ¡No es más que un rayo de Sol muy grande! Qué importa pues la firma que los hombres quieran concederle finalmente. Tras la sombra de cada nombre, más allá de lo que en él cristaliza, irradia siempre la misma Luz que no tiene comienzo, que no tiene fin. Por lo tanto, tomad estas palabras que os entregaré, no como las de aquel a quien se ha convertido en el "Hijo único", sino como las de una conciencia que ha aprendido a amar un poco mas, hasta el punto de fundirse en la Conciencia.

Dadle cualquier otro nombre al autor de estas palabras, si eso calma vuestras emociones y refrena vuestra imaginación. Os lo repito: no importa; no estaréis en un camino equivocado, ya que lo que por mi voz se expresa está presente desde siempre en cada hombre, y es un poco de cada hombre.

Desde el principio de este siglo, se han escrito y proclamado muchas cosas sobre mi nuevo advenimiento. ¿De qué sirve entrar en las polémicas? ¿Sólo con el fin de deciros: esto era cierto, esto era falso?

Sabed simplemente que estoy entre vosotros... ¿En esta ciudad? ¿En otra, en el corazón del desierto? ¿Mucho más al norte o lejos, al este? En verdad que eso cuenta muy poco, ya que todos vosotros, para actuar conmigo, no tenéis ninguna necesidad de llamarme por el nuevo nombre que me han dado mis padres de carne, ninguna necesidad de conocer la ciudad que recorro a diario. Mis pasos siguen mucho más allá de las fronteras, mi verdadera piel se reviste de todos los colores...

Seguramente os han dicho que he nacido en el seno de tal comunidad, en tal país. No os preocupéis por verificar la exactitud de esas afirmaciones. ¿Acaso es tan importante? ¿Acaso los hombres deseáis una vez más dejar a un lado lo Esencial? Aun cuando ya no fuera de esta Tierra, mi corazón seguiría vibrando en el vuestro. Eso es lo que tenéis que saber.

No obstante, si estoy de nuevo entre vosotros bajo este sol es porque tengo que proseguir una tarea iniciada hace mucho tiempo, una tarea en que el espíritu se funde con la carne y gracias a la cual las naciones se convertirán en una sola. Una nación es un ser total, un alma, y hay almas, enteramente impregnadas de antiguos procesos, que aún no han dejado sus inútiles bagajes.

¡Mi palabra de ayer ha servido tan a menudo de botafuego a quienes se sienten lobos cuando hay heridas por vendar! Por todo ello, actuaré tras las cortinas todo el tiempo necesario, de modo que no me busquéis; perderíais con ello la oportunidad de vivir esta hora y de actuar en estos Tiempos.

He venido de nuevo no para reunir fieles, sino para que los hombres sean fieles a la reunión que su corazón reclama.

He venido de nuevo no para restaurar o construir una Iglesia, sino para derribar muros. ¡Muros de piedra y de espinos, muros de egoísmo, muros de intolerancias, murallas de inconciencias y de miedos!

Todo será minado, todo se desmenuzará... Por eso también se os llama a todos, por eso habéis elegido esta hora en la esfera del Tiempo para venir a este mundo, a fin de acabar mejor con vuestros propios conflictos.

Pero no os confundáis, amigos: os hablo de un trabajo de amor; se trata de un gran impulso sin pesar ni amargura. Tenéis que volver a pensarlo todo, también vengo a deciros eso. Significa que para reconstruir, no necesitáis el mismo cemento. ¿No habéis comprendido que la noción de "el otro" se disgregará tarde o temprano, porque es la noción de los individualismos y de la manta echada sobre vuestras cabezas? Todos vosotros, hombres y mujeres de la Tierra, sois un solo ser. Esto no es una metáfora, sino una realidad. Sois un solo ser, cada una de cuyas células se ha puesto a pensar, a actuar por separado, hasta el punto de convertir la disociación en un verdadero faro, una especie de ley ineludible.

La Disociación es hija del orgullo que asfixia a toda la humanidad. También he venido a deciros que esta raíz-madre de todas las limitaciones, la que os hace creer que sois más que vuestro vecino, no se mata, sino que se deja secar, se deja que caiga en su propia trampa de sed insaciable y de posesiones eternamente insatisfechas. Hay fuentes de las que cada uno ha bebido en exceso y cuyo acceso hay que perder.

Amigos, os invito pues a olvidar los viejos itinerarios... ¡Hay mapas tan bellos y senderos tan hermosos que nunca habéis pisado! Pero no he venido hacia vosotros como un mago dotado de su varita mágica. Nadie os ofrecerá un mundo mejor, ninguno de mis hermanos hará resplandecer ante vosotros un sueño supuestamente al alcance de la mano. Lo que tendréis será lo que seáis, y lo que seáis será lo que recordéis. ¿Hay mayor secreto que éste?

"¿Eso es todo?", decís... Y, sin embargo, en ese todo que os parece tan poco hay que ver el núcleo de muchos errores. El que os habla nunca se sentará en un trono ante vosotros, rodeado de una corte de siervos solícitos que divulguen su verdad petrificada por los confines del universo. No os dará la llave de un palacio ni el acceso despreocupado a un reino. Quiere que creáis, que expandáis todo eso sólo con vuestro corazón, en la lógica de una inspiración y una espiración.

¿Estáis preparados para tamaña tarea? Eso es lo que os pregunto. Pero ninguna fuerza espera un "sí" de vosotros si no estáis convencidos de que un grano de arena contiene toda la quietud, la fuerza, la extensión y la belleza de la playa de la cual procede. El universo tiene mayor necesidad de esos granos de arena que de los grandes sacerdotes y sus vagos sermones. La hora de los sermones ya ha pasado... y, si la voz de unos cuantos sigue resonando más que la de otros, es sólo porque ciertos granos de arena se han dejado abrazar por la inmensidad del mar desde hace más tiempo...

El orgullo es lo que hace que un alma no quiera dejarse abrazar... y el orgullo es el hijo primogénito del libre albedrío. ¡La elección! ¡Ésa es la trampa, pero también la joya! Cada uno de los hombres de la Tierra puede dar lecciones y puede apropiarse de todo. Cada uno de ellos es capaz de dar vida, de mantenerla y de recobrarla. Sin embargo, ¿sabe cada uno de ellos por qué y cómo es así?

Entonces, a todos los que tengan el valor de escuchar mis palabras y de desenredar la madeja de sus propias rigideces, les pido primero un poco de silencio, pequeña perla de honradez, de sencillez. Ya que él también, y tal vez el primero, conduce a la autenticidad...

Todas estas palabras que os entrego y que os entregaré de ahora en adelante, quisiera que fueran de silencio, de ese silencio vivo que no asusta, sino que celebra los reencuentros con uno mismo. Él es el lenguaje único y universal. No veáis en él una soledad, un vacío, ya que es un cuerno de abundancia, donde incluso aquellos que tienen el corazón amurallado pueden esperar encontrar refugio y esperanza. Las palabras de silencio no son palabras de la nada, llenas de vacío... Escuchadlas bien, miradlas, ved cómo, por el contrario, están llenas de Aliento... Vuestro nuevo cimiento... ¡un Aliento capaz de desatar una ola como no la habéis visto nunca... en la playa! Con estas palabras, me dirijo a todos, mucho más allá de los círculos ocultos, lejos de las querellas partidistas de los esoterismos donde se reconstruyen las barreras de las iglesias.

Lo que ayer mismo podía y a veces debía ser velado, hoy ya no debe ser disimulado ni guardado celosamente. ¡Ha llegado la hora de repartir las perlas! No temáis que sean mancilladas y dilapidadas, pues cada cual recibe solamente las que son visibles a sus ojos y las que pueden recoger sus manos.

Hay algunas tan translúcidas que sólo pueden captarlas ojos puros como el cristal. Que todo esté pues a disposición de todos. No hay más alma cerrada que la que niega a las demás el acceso total y permanente a la Vida.

Por lo tanto, no os hablaré el lenguaje de esos pocos que han leído mucho, ya que, cuando se pasa la última página de un libro, se presenta otra y, finalmente, después de haber leído demasiado, a menudo se olvida la calidad de los espacios en blanco y de los silencios entre las líneas o las palabras.

De sobra sé que algunos de vosotros, tras cerrar el libro donde queden consignadas mis palabras, exclamarán con amargura:

"¿Es eso todo lo que tenía que decirnos?"

Sí, sé que seguirá habiéndoles entre vosotros, igual que hace dos milenios ya, y también mucho antes. Esos, sin reconocerlo nunca, esperan algún tipo de maravilla que ataña solamente a su cuerpo emocional, una suma de revelaciones que alimente su mente hasta la indigestión. Con los cuerpos del alma pasa como con el estómago: hay momentos en que hay que dejarlo descansar.

La vida es respiración: progresa tanto mediante cierto vacío como mediante cierta plenitud. La naturaleza puramente mental y emocional de los hombres se ha colmado durante los milenios pasados. ¡Que se vacíe pues ahora, y el corazón podrá crecer! Es el fermento de la vida, el punto de resolución de los contrarios, el maestro que disuelve los callejones sin salida. Por lo tanto, no quiero dirigirme a lo que satisface hábilmente los apetitos del ego..., y todos los que hablan justamente en mi nombre se dirigirán a vosotros de igual modo. Vuestro ego es lo que sabéis o podéis saber de vosotros mismos por el reflejo de un espejo o el de un trabajo mental. También es el motor de cada una de vuestras pulsiones, es la fragilidad de vuestro ser, que no sólo se derrama en las lágrimas, sino que también se esconde en el trasfondo de la rebelión y de la violencia.

Vuestro ego es el barco de las ilusiones, esa parte de vosotros mismos que ignora su timón supremo: no algún dios manipulador del destino y ajeno al barco, sino su propio centro, su centro-fuente que le pide que vuelva, existencia tras existencia, al océano de la vida hasta que haya podido enderezar su mástil e izar la vela.

Para alimentar vuestro corazón, tal como quiere el ritmo del Tiempo, es por lo que tomo la palabra.

Lo sabéis, lo habéis leído, lo habéis oído; mil bocas han anunciado mi retorno en estos días de revelación. Y, sin embargo, ¡qué confusión! Por lo tanto, amigos tengo que precisar en qué consiste este regreso. En primer lugar, no es un verdadero regreso, porque nunca he dejado vuestro mundo, ni siquiera por espacio de un pestañeo. Hay una Tierra en el alma de vuestra Tierra, que es la Tierra-esencial, y ahí es donde resido fuera de todo hábito de carne. No obstante, sabed que, desde que me llevaron a la cruz, mis pies han hollado vuestro mundo más de una vez. He amado el silencio relativo de esas vidas pasadas entre vosotros, obrando en el sol de una penumbra. Las tareas subterráneas ventilan el suelo. El abono que se deposita al aire libre no representa el único agente de crecimiento.

En segundo lugar, en adelante debéis comprender que mi regreso, o lo que así llamáis, no es la reaparición de "Aquel que viene". Mi cuerpo y mi alma han actuado por Él más que por mi propia conciencia, para emprender la obra de purificación requerida por vuestra humanidad. Desde esos días, el Señor-Cristo está más presente que nunca en mí, pero no debéis identificarlo conmigo, en el sentido en que nuestras personalidades aún son distintas. Era la Luz que traslucía en mis manos, el Verbo que surgía de mi boca el Aliento exhalado en la cruz. Hoy en día, es a Él a quien esperáis de nuevo. Ya no estará presente en mi carne sino que, con mi carne, acompañado de otros muchos, Le preparo el camino. Actúo igual que lo hizo el Bautista. Y vosotros podéis hacer lo mismo.

Con estas palabras, no reniego de las iglesias que han sembrado y después alimentado la confusión. Tenían sus razones, y su corazón no era ni lo bastante lúcido ni lo bastante fuerte para dominarlas. No las acuséis. No son más que el reflejo de lo que habéis sido todos durante estos dos últimos milenios. Ocurre con los patriarcas lo mismo que con los monarcas o con cualquier otro gobernante: llevan en ellos el reflejo de los hombres de su tiempo, son habitados por sus fuerzas y sus defectos. Siempre hubo y siempre habrá una complicidad inconsciente entre el timón de un pueblo y la nave que representa ese pueblo. Esto podrá extrañar en un primer grado de comprensión, pero sin embargo es así. Los pueblos y la humanidad entera representan un solo ser, son comparables a un cuerpo y a su alma, que cosechan el fruto de sus siembras.

Esto no aporta ninguna excusa a las mentiras, a los abusos de poder ni a las abominaciones perpetradas en cualquier nombre. Esto permite simplemente comprender...

Sea como sea, os lo afirmo, no apedreéis a quienes sabéis o presentís que han alimentado la falsificación, el disimulo e, incluso con mayor frecuencia, la violencia.

¿Quién sabe si el inquisidor no sigue removiéndose en vuestro fondo? ¿Si algún cruzado ciego no está dispuesto a blandir de nuevo la espada contra el infiel? ¿Quién sabe lo que os permitiríais ser aún?

Con lo que vuestro corazón ha descubierto o está en trance de descubrir hoy, se os pide que no volváis a reproducir los eternos esquemas de las eternas guerras. No hay ninguna guerra ni siquiera ninguna querella que sea santa. ¿Cómo se puede unir semejantes palabras? Así pues, no entréis en liza con las iglesias cuyas limitaciones sentís o entrevéis. Por el contrario, se os pide que os libréis de vuestras armaduras. El Amor y la Sabiduría que espero de vosotros son, por esencia, mucho más fuertes que cualquier corteza protectora. ¿Acaso, y por mucho que se niegue a ello, el que se pone una coraza para protegerse no se imagina ya con un arma en la mano? En cuanto se blande un escudo, se llama a una espada. Así, todo el que alimenta una polémica atiza el fuego de mil argumentos y pretextos partidistas. ¿Queréis hacer crecer otra vida, otra manera de recibir su don y de avanzar hacia la eternidad?

Entonces, en vuestra sed de verdad y de paz, dejad de ser guerreros... Detrás de términos disfrazados, no habláis sino de derrotas o de victorias y, sin embargo, la vida sólo es una lucha en la medida en que la pensáis de esa manera.

La voluntad de luchar es siempre una manifestación de vuestra personalidad inferior, que sólo sabe ver por sombra y por luz. Zanja sin amar de verdad. Todas las causas parecen justas a quienes las abrazan, pero sabed que la voluntad de progresar es diferente de la del combate. No levanta lanzas contra sí misma, por el deseo inconfesado y perverso de medir su orgullo y su sed de dominación. Es la del día que nace y se despliega sin preocuparse de nada más porque sabe que la luz es su naturaleza y que por ella renacerá siempre.

No os digo, amigos, que esperéis a que "todo pase" en un mundo feliz. Al contrario, os digo: ¡como el día, despuntad! Si tenéis la voluntad de soltar vuestras armas, es decir de desarmar primero vuestra mente y vuestra lengua, que sea para recoger del propio suelo un simple bastón de peregrino... ¡porque lo que vais a emprender es realmente una peregrinación! Poco importa que lo hagáis a mi lado o junto a otro hermano. Si el violeta os sienta mejor que el azul, está bien así... ¡Las diferencias son riquezas, temas de reflexión, oportunidades de crecer, y no motivos de conflictos!

La Revelación hecha a la humanidad por la Divinidad nunca es total ni definitiva. A imagen del universo de los universos, permanece en perpetua expansión. Nada de lo que ha sido dicho por el Padre Celeste ha dejado de ser cierto; en cambio, mucho han dicho los hombres usurpando la autoridad del Padre.

La verdadera Revelación continúa; se desliza incansablemente por los meandros de las civilizaciones, les imprime su curso de forma irreversible y tan poderosa que ningún ser humano puede entrever las cumbres de belleza que alcanzará.

Sabed que el materialismo más estrecho, el ateísmo más rígido, forman parte de esa misma gran Revelación. Son estados que el alma debe experimentar. Son también momentos de rebeldía permitidos por la Gran Fuerza para que el pensamiento se estructura de manera diferente, y se explore un poco más a sí mismo, hasta sus callejones sin salida. La elección, la libertad total, os lo he afirmado, son las joyas más puras que caracterizan este gran ciclo de vida. Así pues, la negación de la Divinidad por una parte de la humanidad es también una fase, un instante importante transmitido por la Revelación. Así se permite al hombre contemplar lo más monolítico que hay y sacar lecciones de ello. Si habéis empezado a comprender todas estas cosas, nada de lo que ocurre en esta Tierra, y en los Cielos, debe asustaros: por el contrario, todo debe haceros levantar. No hay nada inmóvil, todo es aprendizaje. Mi tarea es enseñaros aún más la mirada que permite ver mejor todo eso. Como sabéis, es una mirada que dista mucho de ser la de un espectador, y no es tampoco la del actor, sino la de la propia Acción. Por eso también, estoy de nuevo entre vosotros con una alegría tan profunda.»

La voz acaba de suspenderse ahí... en el tiempo que se ha inmovilizado. Se ha callado con suavidad y es como si nuestra conciencia, abierta de par en par el instante anterior, se encerrase súbitamente tras una gruesa cortina de terciopelo. Nos quedamos mudos, anonadados y aletargados en nuestros cuerpos que, ante sí, ya no adivinan más que un lienzo de pared de cemento blanqueado, de nuevo barrido por los destellos sanguíneos de los anuncios de neón.

En adelante, cada noche, a través de toda Siria, desde el horno de Palmira y la antigua Alep, la misma voz se nos manifestará, en el corazón del mismo mar de luz. Entonces, nuestra única voluntad será la de ser sus más fieles transcriptores y la de eclipsarnos tras ella...
CAPÍTULO II
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