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El abismo de las emociones



Oms – 21 de julio...

«Amor, amor.... quiero amar, dicen los hombres y mujeres de esta Tierra... Pero, al pronunciar estas palabras, hablan de un mundo que no conocen todavía y traducen una emoción que flota en ellos como un barco desarbolado...»
Son las nueve y veinticinco y, en una pequeña habitación inmunda del Hotel S., la voz cálida acaba de imponerse de nuevo a nosotros. Con una dulzura poderosa, ha absorbido el ruido lancinante que sube del mercado de especias. Tan sólo los olores, mezclados con los de algún brasero, dejarán en nosotros, durante un instante aún, su rastro mareante. En adelante, todo es luz detrás de esa otra pared de esa otra habitación. Ya nada cuenta aparte de la voz que se graba...
«Amor..., amigos, ¿qué quiere decir esta palabra? ¿Acaso es siquiera una palabra? Algunos contestarán: "¡Por supuesto, no es una palabra, es un concepto!". Pero un concepto no es nada más que una idea.... algo en la conciencia que con demasiada frecuencia sigue siendo impreciso, una especie de germen que muy rara vez consigue uno desarrollar. Así pues, aun con la fuerza que puede asumir el corazón, por lo general la humanidad no comprende qué es el amor.

Conoce la pulsión que se adorna con su nombre, conoce un sentimiento que se le parece y que es fruto de sus emociones. Por eso quiero pues hablaros del mundo de vuestras emociones, porque es uno de los frenos que se interponen en la consecución del Objetivo; es el gran maquillador de las verdades rotundas, un extraordinario director de orquesta animado por un talento de ilusionista.

La mayor parte de vosotros imagina que el pensamiento se elabora en el cerebro; otros se precian de situar su fuente en la región de su corazón. Y, sin embargo, la verdad es muy distinta. No hay una sede absoluta del pensamiento ni de todo lo que experimenta el alma. Cualquier órgano, cualquier parte del cuerpo puede desempeñar el relevo privilegiado de la personalidad y de la conciencia que se expresan. Cada parte de nuestro ser se educa a voluntad y puede especializarse en grado extremo, en función del temperamento que la rige y de las necesidades de la vida. Por lo tanto, si vosotros, los hombres, tenéis la capacidad de pensar, de sentir, de amar o de no amar -con vuestra cabeza, con vuestro corazón-, podéis hacerlo también con vuestro vientre, con vuestras vísceras.

¿Eso sorprende y hace sonreír? Sin embargo, no hay que verlo como una imagen, sino como una realidad en el pleno sentido de la palabra. Aunque parezca imposible, la sede de una de las manifestaciones del ser, su realidad emocional, reside ahí, en esa zona sensible situada entre el estómago y el ombligo. Actualmente ese centro al que llamáis plexo solar, manipura chacra o también chacra astral está tan desarrollado en la inmensa mayoría de los hombres que cabe afirmar que representa su motor esencial.

Quiero deciros, amigos, que la humanidad todavía vive y se expresa ante todo en la corriente de fuerza generada por sus emociones.

La emoción, tal como debéis concebirla aquí, es una pulsión que surge de la personalidad inferior del ser. Es esa potencia heliocéntrica, egocéntrica, que se impone en cada uno como un instinto. Y de hecho, se trata en efecto de una energía instintiva, muy animal, que toma a su emisor -la personalidad- por el sol generador de todo un universo y al que todo se debe rendir. Así pues, sabed que la emoción, en tanto que mecanismo instintivo, se puede comparar con un saber; saber consagrado a las fuerzas primarias de la naturaleza, fuerzas de reproducción y de autoprotección. En un sentido absoluto, estas energías no son enemigas de la Vida; representan grados necesarios de ésta, fases en torno a las cuales la personalidad inferior encarnada aprende a desarrollar una forma de coherencia.

Pero el único problema es que, para el hombre, la realidad emocional sólo se debe considerar como una etapa adoptada momentáneamente por la Vida en busca de sí misma. Os lo digo: ahora el ser humano debe reaccionar a fin de izarse sobre los meandros del manipura chacra. Uno de los obstáculos a su avance reside en el hecho de que con demasiada frecuencia se hunde en esta zona de su pequeña personalidad. El ego entero se parece a una marisma, y las emociones representan sus aguas turbias.

Sin duda, amigos, estimaréis que hay emociones hermosas, capaces de elevar el alma humana, y que todo el mundo puede ser feliz al experimentarlas cuando se presentan. Comprended que no os hablo de esas energías, que pertenecen más bien al campo de los sentimientos, hijos espontáneos de una unión directa con el Espíritu de Amor. La emoción animal es como un resorte cuya expresión retiene con esfuerzo la naturaleza encarnada del hombre. Es sinónimo de una pulsión de la conciencia limitada, pulsión a menudo muy hábil que disfraza fácilmente la sombra de luz, la debilidad de poder, la desigualdad de justicia. ¿Cuántas pulsiones incontrolables, amigos de la Tierra, se imprimen en vuestra carne revistiendo los nobles atavíos de un gran sentimiento? Los sentimientos auténticos, nacidos de una fusión con el Todo, son escasos en el corazón de los hombres; las emociones, por el contrario, forman verdaderas legiones animadas por un ideal distinto del que pregonan.

En verdad, disimulan una voluntad automática de glorificar y de perpetuar la conciencia egotista del ser.

Así pues, cuando el hombre dice "amo", ¿qué significa, la mayor parte de las veces? Que algo en él hace como si diera, con la secreta esperanza y la necesidad soberana de recibir alguna recompensa, es decir un alimento para su concepción de la vida. En eso consiste el amor-emoción: la sugerencia de un regateo. El cuerpo de vuestras emociones, en tanto que forma energética que reside en el mismo interior de vuestro cuerpo físico, en tanto también que relevo episódico entre vuestra conciencia y vuestro organismo material, por lo general es comparable a un abismo que absorbe el verdadero potencial de vida. Es una parte de vuestro ego, tirano de insaciables apetitos.

El camino que hoy os lleva hasta mi Padre exige imperativamente que así lo reconozcáis. La esfera de las emociones y de las pulsiones egotistas es un universo que ocupa un puesto clave en la vía de la reintegración divina. Cada uno de vosotros tiene que empezar por reconocer este hecho como real, antes de poder pretender ver claro en él y disolver buena parte de las trabas que lo vuelven tan pesado, tan frágil, y a veces también tan desmañado.

Sin embargo, reconocer un hecho así como real no significa solamente admitirlo como realidad metafísica o incluso psicológica, sino admitirlo ante todo como una fuerza concreta. Quiero haceros observar, amigos, que el ser humano puede experimentar cierto placer ante el simple contacto con conceptos filosóficos. Es un juego más del ego, que saborea su poder intelectual. El cuerpo de vuestras emociones no es una "idea", al menos no en el sentido en que lo entendéis. Entre el hecho de reconocer su existencia y "sentir" en uno mismo las implicaciones de esa misma existencia hay una diferencia inmensa que gran número de esoteristas o de los que dicen estar "en el camino" no han comprendido.

Hoy en día, seguís siendo comparables a buceadores en apnea que ya no aguantan más de tanto estar privados de oxígeno, pero que no hacen nada de verdad para salir de su difícil situación.

A veces, el océano de las emociones al que os habéis abandonado es tan atractivo que, aunque os ahogue, teméis, al alzaros sobre su superficie, perder una parte de vosotros mismos. Y, no obstante, se tiene que llevar a cabo esa subida para que os libréis de los falsos pretextos. Indudablemente, todo esto puede ser muy árido para el ser que ha optado por impregnarse ante todo de las enseñanzas del corazón. Pero, para desmontar un mecanismo y admitir su vanidad, hace falta comprender al menos sus engranajes principales.

En caso contrario, lo único que se hace es constituir una empresa de demolición a través de la cual se perpetúa la imagen de un enemigo, y un asedio interior y permanente. Al igual que vuestros apetitos físicos desbocados, vuestros apetitos emocionales no deben ser objeto de un ataque frontal. Primero debéis considerarlos con una mirada de paz, ya que debéis saber que, si existen en vosotros, es también porque la Fuerza Eterna ha permitido su manifestación. Entonces, si vuestro objetivo sigue siendo el Amor, y no la rebeldía, reconoced en ellos, más allá de los déspotas que parecen ser, simples y verdaderos hitos, elementos del paisaje de vuestra alma que aprende.

Habitados por esa certidumbre, tendréis que ser ante todo espectadores de este decorado que tanto quisiera haceros creer que es "vosotros".

La luz que buscáis, amigos míos, desde luego que no se recoge cerca de las cimas de la pasión. Sed pues ante todo observadores de vuestra alma; así, ya no acudiréis al campo de batalla que tantas veces representa. Esta actitud no supone ninguna pasividad; os la propongo como la base para despojar de dramatismo a vuestra vida. No requiere ninguna frialdad, ninguna despreocupación, sino más bien el brasero crepitante de la confianza.

¡Si os parece que en vosotros todo son seísmos y maremotos, entonces aceptad sentaros para contemplar mejor lo que se mueve y avanza.... y cómo se mueve y avanza!

Siempre descubriréis miedos infundados que animan sutiles reflejos de defensa.

Lo que se os pide es un trabajo de autenticidad, de autenticidad y también de alegría, ya que, os lo digo: ningún retorno a las fuentes se puede concebir sin la Alegría. Aprender a descubrirse y a librarse de miles de oropeles no puede ser una pesada labor, sino una tarea exaltadora. ¿Acaso un diamante no adquiere su belleza sólo cuando se desnuda y estalla la ganga donde dormitaba?

Os lo repito, tomaos pues el trabajo y el tiempo de sentaros al borde de vuestro camino y de dirigiros a mi Padre para que os envíe primero la Alegría. La Alegría a la que me refiero no es, desde luego, una emoción, sino una de las raíces de la Creación. Es la Alegría-entusiasmo de querer, de poder por fin volver a encontrar vuestro hilo conductor. Ved en ella una de las fuerzas más cruelmente ausentes de vuestro mundo. Vuestro mundo llega a su ocaso... Y, sin embargo, si escucháis mi palabra, en este instante, es el signo de que en vosotros y a vuestro alrededor ya existe otro que despierta y despunta. En verdad, la Alegría será, por toda la eternidad, el haz de luz de quienes saben escuchar.

Vuestra lengua presenta los signos de lo sagrado. La Alegría os dice explícitamente que expresa la asociación del "yo" y de la "oca", animal-intérprete de las fuerzas divinas, animal cuya pata tiene forma de tridente, pájaro que sabe "oír", es decir, comprender lo que se sugiere en cada cosa.2 El redescubrimiento de la Alegría no es sino la reconciliación de la personalidad con el Conocimiento inmanente.

Mirar con Alegría -es decir con una verdadera fuerza confiada, serena y abierta- la totalidad de la vida emocional lleva a plantearse la pregunta del "porqué de este mundo", ya que no debéis dudar de que todas las cosas, aun pasajeras y movedizas, tienen una función muy precisa en la Creación.

La flor que debía nacer del cuerpo emocional de la humanidad se llama sensibilidad. Ahora ha florecido bajo una forma que no se encuentra en ningún otro lugar en el campo de vida actual de nuestra galaxia. El conjunto de las literaturas novelescas de vuestras civilizaciones ha desempeñado un papel nada desdeñable en el perfeccionamiento de esta facultad de experimentar en uno mismo que representa la sensibilidad.

Pero se trata de una flor muy particular que, al igual que ciertas funciones medicinales, sólo son constructivas cuando se las dosifica con mil precauciones. Al igual que la capacidad de "sentir" puede resultar generadora de un inmenso poder creador y de los gérmenes de la compasión, se puede convertir en el artífice de un autoenvenenamiento del alma.

El regalo que ha hecho mi Padre a esta ola de Vida reside en gran medida en este carácter específico del ego, fruto inevitable del libre albedrío. Y por consiguiente, amigos, hermanos, vuestras dificultades, esos obstáculos aparentes nacidos de las arenas movedizas del alma, son ante todo los arquitectos de vuestro Ser.

Reconocer esto es absorber el antídoto del veneno sutil de las emociones, es deshacer la trama de un drama al que ya es hora de dejar de alimentar.

Os digo que cuanto más aceptéis tomaros el trabajo de mirar lo que ocurre en vosotros ante el obstáculo, tal como se mira desfilar una caravana en la lejanía, más aprenderéis a amar la vida que se os ofrece, porque ya no os identificaréis con lo que, en vuestro interior, experimenta la dificultad.

Lo que pensáis que es "vosotros" es simplemente una pantalla sobre la cual vuestra alma egotista proyecta sus instantes ilusorios. Así, sabréis que dominar la emoción es dominar la ilusión. Para que eso se realice, haced que vuestra respiración sea una verdadera respiración. El manipura chacra se regula no sólo mediante el trabajo interior de toda una vida, sino también a través del acto aparentemente externo que es la acción de respirar. El primer paso para aprender a amar la vida de la que procedéis, es aprender a saborearla a través del flujo del aire que penetra en vuestros pulmones. Así, si proclamáis: "No sé amar", yo os digo: Aprended a respirar sabiendo que respiráis. No acudáis a un maestro yogui ni a cualquier otro para descubrir técnicas cada vez más complejas sino haced despuntar en vosotros la conciencia de que respiráis.

Es mil veces más que una combinación de gas lo que viene a regenerar vuestras células en cada inspiración; es la fuente misma del Amor. ¿Cómo podríais recibir ese Amor, si no abrís la puerta de vuestra morada, o si cortáis el paso y dejáis cerrado el acceso a ciertas habitaciones?

El invitado es el Sol; es él quien os ha proporcionado los ladrillos de ese lugar donde vivís, es decir vuestro cuerpo. También es él quien,. por los canales sutiles de vuestro ser etérico, se va a infiltrar hasta el plexo de vuestras emociones. Así es, amigos, como la fuerza del pequeño sol del ego y su carro de emociones serán lentamente absorbidos por el poder del Sol Total, el de mi Padre.

No veáis nada complejo en esto; la humanidad tiene al alcance de la mano los instrumentos para su curación y todos vosotros que recibís estas palabras, quizás aún más que otros muchos, las tenéis a vuestra entera disposición. Pero ¿queréis utilizarlas? ¡Ésa es la pregunta que os hago y que todos mis Hermanos que obran por el Todo señalan con el dedo! No os pido que os convirtáis sólo en poseedores de algunas informaciones y enseñanzas, o que lo sigáis siendo, sino, por el contrario, que seáis sus manifestaciones y sus difusores.

No digáis nunca más: "No sé amar", ya que, al hacerlo, ancláis un poco más en vuestro centro un elemento desequilibrador, un proceso de negación que también es, ante todo, una mentira. Os lo afirmo, no hay ninguna verdad en esa expresión: "No sé amar". ¿Cómo se puede pretender no saber amar si no se tiene ya en sí mismo el concepto del Amor? La única dificultad evidenciada por una afirmación así, es una falta de esperanza en uno mismo.

¿Teméis no tener la fuerza necesaria para descubrir la Paz eterna?

Las puertas de su esfera están abiertas de par en par por toda la eternidad a quienes hacen vivir su presencia en el corazón de su espíritu...

Si hoy os planteáis preguntas, si os descorazonáis y llegáis a dudar de vosotros, indudablemente no es porque sois débiles e impotentes ante la inmensidad de la tarea que tenéis por delante: es porque la obra ya ha empezado a realizar su designio en vosotros, es porque vuestra propia conciencia ya ha sido tocada por su luz. Una forma de vida que dormita no se hace preguntas sobre su letargo; está íntegramente absorta en ésta sin preocuparse por su raíz, ni tan siquiera por su devenir.

Así pues, amigos de esta Tierra, atreveos a proclamar desde este mismo instante, no "Voy a amar", sino "¡Amo, amo esta vida que nos da mil oportunidades de forjarnos un poco más! ¡La amo porque ya no soy, nunca he sido ese mar de pulsiones que desfilan en mí, porque los dolores de mi alma no son castigos, sino que están ahí para señalarme los errores del camino!".

Entonces, ¡tomad la mano que os tiendo! No es la mano que debe sacaros del abismo que a veces teméis, sino una mano que os restituye la vuestra y puede colmaros el corazón de una inmensa alegría. No os propongo "mi" reforma para los nuevos tiempos que se anuncian, ni siquiera "mi" Paz. Sólo os traduzco la llamada a la Reforma y a la Paz de cristal que vuestro corazón reclama con fuerza.

Vuestro último mesías espera en vosotros, y se alzará para la acción. Así pues, amigos, sonará la hora en la que os restituiréis a vosotros mismos.»
CAPÍTULO IV
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