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«El pueblo de los animales»



23 del julio, - 22.30 h. - en la misma habitación que domina las terrazas de Alep.

La voz reanuda de nuevo su enseñanza, dorada y apacible como los caminos de este desierto que desfilan aún tras nuestros párpados cerrados.
«Hay que lavar y dejar de ensuciar, amigos, no volver a ensuciar nunca como se ha hecho... Hasta ahora, os he hablado de la purificación de vuestro ser, y seguramente habéis relacionado cada una de mis palabras con vuestras dificultades cotidianas. Sin embargo, sabéis que vuestro ser no se limita a todos esos cuerpos de energía, más o menos sutiles, de los que hoy tenéis conciencia. ¡Vuestro ser se extiende mucho más allá de todo eso, sin límite posible! Se prolonga tan íntimamente en todo lo que vive en este planeta que os resultará difícil formular todas sus ramificaciones. Sólo podéis sentirlas, seguirlas en las bodas con la Vida, y es precisamente esta sensación -que puede convertirse en conocimiento- la que vosotros tenéis que volver a encontrar.

Quiero deciros que no existe diferencia fundamental entre cuanto os rodea en este planeta y vosotros mismos. Todo lo más, se podría conceder a los hombres un pestañeo de adelanto respecto a las otras formas de vida terrestre sobre las que se consideran soberanos imposibles de destronar. No es mi deseo rebajar al ser humano comparándolo con un punto insignificante perdido en algún lugar de la Creación. Por el contrario, por todo el amor que le tengo y que tengo a mi Padre, quiero contribuir a devolverle su dignidad consiguiendo que vuelva a encontrar por sí mismo su justo lugar. Nadie se eleva ni se ennoblece negando y aplastando al otro... Y el otro, amigos míos, es también ese perro al que paseáis con una correa, esa planta que de vez en cuando os acordáis de regar, o esa arena en la que os tumbáis. Representan los testigos y los actores de la Vida que despierta y que es en todo punto análoga a la vuestra. Son vuestros hermanos y vuestros amigos, no por satisfacer una simpática filosofía, sino porque así es por toda la eternidad, por esencia.

Uno de los mayores errores de la humanidad terrestre ha sido aislarse, atrincherarse frente al resto de la Creación imaginando ser superior a ella. Es cierto que se os ha entregado el mundo en su totalidad, os ha sido confiado, según vuestra expresión, "para regirlo ". Las Escrituras más antiguas así lo testifican. Sin embargo, dirigir un mundo no significa dominarlo, imponer en él su férula y moverse por él como un dictador. Al igual que vuestros gobernantes no son nunca sino inquilinos, regentes también de un puesto que una nación pone a su disposición, el conjunto de la raza humana no tiene mayores derechos en sus relaciones con los diversos reinos que un cochero que tiene el deber de, conducir a sus pasajeros sanos y salvos hasta su destino.

Hoy, mi propósito no es enseñaros globalmente sobre el papel que habéis sido llamados a desempeñar en el desarrollo del Aliento de Vida en el planeta Tierra. Esencialmente, quiero atraer la mirada de vuestro amor hacia un pueblo muy preciso, que a la mayoría de vosotros aún le sigue importando muy poco: el pueblo de los animales. Y he dicho bien "pueblo", amigos míos, ya que hay en ellos una fuerza vital, una conciencia, una inteligencia, un amor en fin que no sospecháis y de los que muchos hombres todavía no pueden hacer alarde siquiera.

En verdad, en esta tierra hay una civilización de los animales. También utilizo este término a propósito, aunque no concuerde con la idea de él admitida por lo general. Para vosotros los hombres, una civilización se manifiesta por el número y la calidad de sus producciones concretas, por las cosas visibles y complejas que ha construido, y también por los conceptos que exterioriza. Es el fruto de una cultura. No obstante, para todos aquellos que no se dejan engañar por las apariencias, una civilización digna de tal nombre se puede establecer fuera del mundo de las formas, mediante una red de comunicaciones y de intercambios puestos al servicio de la Vida. ¡En este sentido, amigos, hermanos, hoy en día la civilización animal está tan desarrollada como la vuestra!

¿Qué sabéis exactamente de aquellos a quienes se llama vuestros "hermanos inferiores"? Muy poca cosa en realidad, aparte de la existencia de algunas capacidades "explotables". En este campo, amigos, existe una gran injusticia que hay que reparar antes de que las heridas que ha causado resulten demasiado insoportables. No hablo únicamente del desprecio y de las penas que son la suerte de una multitud de animales en este mundo. Hablo también de la aridez de alma de un número excesivo de vosotros; os hablo pues una vez más del mal que padecéis: la pobreza de amor.

No os lo reprocho como lo haría un censor: sabéis que vuestro único censor se os parece extrañamente. Sólo quiero sacar a la luz lo que está demasiado oscuro. La paz que me viene del Padre no os reprocha que estéis enfermos, pero os revela vuestro trastorno, su naturaleza profunda y sus causas exactas. También en este aspecto, la gangrena es el "yo".

Por eso emito una hipótesis, una esperanza:

"¡Si vuestra humanidad dejara de afirmar que es la única central inteligente digna de tal nombre; si dejara de creer que la voluntad de dominación, de esclavización, es la única ley por la que se hacen las cosas y los mundos; si dejara por fin de creer que el amor y la capacidad de compartir sólo florecen ante la morada de los débiles...! Entonces, ya no habría hombres, sino el Hombre."

Y, sin embargo, os lo digo, mi "si" no es un "si" de condición ni de esperanza vaga: ilustra toda la confianza que mis hermanos y yo mismo tenemos en la raza de los seres humanos para que ésta se convierta en más que humana. Nunca podréis pretender reencontrar vuestro camino hasta la Luz, ni siquiera acumulando los conocimientos más complejos sobre la creación del mundo y de las almas o sobre las mil caras del Gran Todo, si no sabéis ver en el animal a uno de los más bellos aliados y de los mayores embajadores que os pueda ofrecer el universo.

Amad, amigos míos, amad; no puedo deciros más, ni decíroslo mejor, salvo que ese amor significa la supresión de todas las barreras. Cuando, en el fondo de mí mismo, contemplo las criaturas móviles de la Tierra, no puedo diferenciar por un lado a los que se dicen humanos, y en el lado opuesto a los llamados animales. Sólo veo la Vida que se busca detrás de caras y de siluetas más o menos refinadas, sólo veo un poco de pintura con la que algunos se han adornado o con la que han querido cubrir a los demás.

Cuando os digo: "Amad, amigos míos", ¡no imaginéis que debéis hacerlo porque se trata de un deber! Cumplir un deber no significa gran cosa en un contexto como éste... No hay que amar porque está escrito que se debe amar, ya que, de ser así, lo único que se hace es imitar como un mono lo que se considera una actitud prescrita. El amor hacia el mundo de los animales cuyo deseo expreso especialmente aquí no es en ningún caso una actitud prescrita, una especie de posología a respetar porque "alguien ha dicho que es el reglamento". Nunca ha habido ni un solo reglamento que aplicar en el universo. Sólo hay leyes que son, por su propia esencia, la lógica y el amor. El reglamento únicamente es asunto del macrocosmos pasajero de los seres humanos. Por ello, cuando os hablo de amor, no me refiero a esa pequeña burbuja cuyas resistencias debéis hacer estallar, sino a la propia sustancia por lo que respira todo lo que existe, y de donde proviene toda cohesión. Nadie puede amar al mundo y a su pueblo animal porque "así debe ser", y con el fin de tener buena conciencia, ni tampoco por temor al mal. Ese amor que sigue siendo un ingrediente sabiamente pensado contra los "retornos del karma" no es el amor, sino el retoño de una razón fría y calculadora.

Mi Padre, vuestro Padre, aun siendo geómetra, seguro que no es un contable en el sentido en que podéis entenderlo. Nunca apila "razones" una sobre otra.

La compasión, o al menos lo que se llega a comprender de ella, es la propia raíz del Amor total por el cual todo existe y sigue siendo.

Y ahora, ¿qué es la compasión?, me preguntaréis. Simplemente, la fuerza que os permite sentiros en el otro, parte integrante de su alma, de su carne, aunque sólo sea durante algunos segundos al día... Algunos segundos que se convierten en una fantástica llave para conseguir al fin comprenderlo mejor, captar mejor la lógica por la cual es así ante vosotros y que lo convierte, en el instante presente, en un ser de sufrimiento o de alegría. ¡Esto es lo que reclamo para vuestros hermanos animales, tanto como para el resto del universo: la compasión! De forma más segura de lo que creéis, pueden ser vuestros guías en el camino de vuestro redescubrimiento. ¿Habéis intentado siquiera zambulliros en una mirada animal? No observarla ni escrutarla, para descubrirla con esa perversa idea inconfesada de dominación, sino exactamente "zambulliros"; con frecuencia descubriréis en ella menos bestialidad o animalidad que en ciertas miradas consideradas humanas. Podéis fundiros así con el alma de uno de vuestros hermanos, cuyo lenguaje seguramente os sentís incapaces de comprender. No trato aquí de arrastraros a un experimento de chamanismo, ya que no quiero invitamos a ningún experimento. Los experimentos son cosa de laboratorio, cosa de cuantificación y de reglamentos. El hecho de querer comprender más allá de todo eso ya no es experimento, sino un acto de relajación y de fe.

Vosotros también habéis sido animales, hermanos; habéis tenido sus comportamientos, sus limitaciones, sus bellezas y sus grandezas, bajo otros cielos y en otros tiempos. Habéis salido de esa fase al igual que un día dejaréis la fase humana por otra forma de vida que podríais calificar de angélica. La visión de esta cadena de apertura infinita, de esa antorcha de conciencia hacia la que se avanza y que cada ser transmite, constituye una razón fundamental para que comprendáis cuál es vuestra responsabilidad con respecto a todos los reinos de vida, y muy especialmente, cerca de vosotros, ante el universo animal. Los animales os guían, os lo he dicho, al obligaros a cultivar todavía más en vosotros algunas cualidades y sensibilidades... Y, sin embargo, vosotros también debéis guiarlos. En contacto con vuestra luz es como puede crecer su conciencia hora tras hora. Cada vez que vuestro ser, encarnado con pequeñez, pobremente amante, sólo les proporciona sombra o un amor ficticio, mecánico, imprimís en su alma una rigidez, corréis también un velo entre ellos y vosotros, entre el sol y ellos, y entre el Sol y vosotros.

¿Imaginabais tener esa responsabilidad? ¡Es tan grande, aunque tan ligera de llevar!

En verdad, sois como los animales de otro pueblo... ¿Comprendéis lo que eso significa? Hablo por analogía. No hay mayor diferencia entre el cerdo obligado a arrastrarse en una cloaca y vosotros mismos... que entre vosotros y un ser del pueblo angélico. Si eso os extraña, sabed que, sin lugar a dudas, ese asombro no tiene más fundamento que el orgullo.

Indudablemente, debéis admitir que no es hora de alimentaros con discursos empalagosos. El amor verdadero no es empalagoso; nace de la fuerza de los que aceptan mirar de frente las realidades..., y las realidades que llevan a la Realidad fundamental nunca son feas. Pero sí lo es la ilusión con la que se las disfraza.

Convenid en que el animal sobrevive todavía en vosotros, al igual que el vegetal y el mineral siguen ocupando su lugar en vuestro ser. Desde el punto de vista fisiológico, esto se puede verificar, por supuesto, pero, con una mirada más orientada hacia el conocimiento de los comportamientos, tampoco cabría cuestionarlo. Hay seres humanos que están totalmente petrificados, bien en sus músculos, bien en su conciencia; son verdaderos monolitos que se niegan a abandonar anteojeras y costumbres, prejuicios y murallas de protección, murallas para dominar mejor. También hay seres humanos que siguen siendo tan vegetativos como el liquen que por alguna circunstancia se agarra al hueco de una piedra, tan pasivos e impotentes como la mata de hierba que ha crecido, sin comprender el motivo, en la cuneta de una carretera en vez de en medio de una pradera. Y, por último, hay hombres y mujeres que siguen galopando a lomos de las fuerzas desenfrenadas del animal, es decir no con la espontaneidad con que toma la vida en el instante presente, sino en su aspecto limitado llamado a menudo espíritu gregario, y a veces bestialidad. Si algunos hombres encarnan perfectamente a su modo los aspectos pesados y débiles de cada uno de estos reinos, reconoced que persisten en todos en diversos grados.

No obstante, no expulséis de vuestros corazones ni de vuestros cuerpos sus orígenes minerales, vegetales y animales; simplemente, descontaminadlos librándolos de sus defectos y de sus limitaciones. De la piedra, conservad la solidez; del vegetal, el crecimiento generoso y la belleza de la flor; y, finalmente, del animal, la alegría de vivir, la total disponibilidad en el segundo que transcurre, y esa capacidad de amar por el conocimiento intuitivo del Todo... Entonces, dejad hablar en vosotros a lo Humano, a esa forma de Vida singular que tiene la posibilidad de dejar de soportar debilidades o grandezas, e integrarlas, superarlas consciente y voluntariamente para que florezca en ella lo Más que Humano, el Sol angélico.

En verdad, hermanos, acabemos con el hombre de mármol, el hombre-lechuga y el hombre-lobo. La era de la inamovilidad y de los parásitos termina. ¡El corazón de la Vida llama hoy a otra cosa!

Dejad pues de negar la dignidad de lo que, en la escala del Tiempo y de la Evolución, os parece que está actualmente por debajo de vosotros. Una escalera no existiría sin sus barras. El que toma conciencia de que sube una escalera, sabe muy bien que de nada sirve serrar las barras que acaba de dejar atrás, así como no es necesario aferrarse o quedarse en la que se ha alcanzado.

Tener la posibilidad de volver a bajar las barras de la escalera en ningún caso significa caer. Es solamente conservar la capacidad de desplazarse de un tipo de conciencia a otra, de efectuar entre ellas una especie de vaivenes que serán otros tantos instantes de comunión, de enriquecimiento y de participación. Esta escalera de la que os hablo tiene por supuesto, siete barras, y ha sido inscrita en vosotros con una precisión infinita sin que os deis realmente cuenta. Sus peldaños están dispuestos a lo largo de vuestra columna vertebral y los habéis bautizado chacras.

No digáis: "¡Todo eso ya lo sé, conozco el simbolismo de la escalera de Jacob, de los siete colores del arco iris o de las siete iglesias del Apocalipsis! ¿Es eso todo lo que puedes enseñarme?".

Si lo supierais, hermanos, si hubierais asimilado tan bien su sentido, ¿qué haríais todavía en esta Tierra, consultando libros, corriendo de un seminario de "desarrollo personal" a otro con el fin de encontrar una puerta de salida a todos vuestros males?

No alimentaré vuestro deseo de seguir almacenando saber dispensándoos otro curso sobre los siete niveles del ser o los siete cielos "interiores y exteriores". Os lo afirmo: en vuestra propia raíz, realmente no hay mucho sitio para el "teólogo" o el "sabio". En cambio, hay sitio, un sitio infinito, para Vosotros, sin colorante ni edulcorante. Por eso no aplicaré sobre vuestro intelecto una nueva capa de barniz. Tampoco quiero engalanar las barras de la escalera. Simplemente, os digo: dejad de mirar esa escalera; sentidla, pues está en vosotros. Haceos al fin honradamente la siguiente pregunta: ¿a qué grado de mí mismo me aferro?

Para contestar, sólo necesitáis un poco de lucidez. La desnudez de vuestra conciencia será siempre vuestro bien más valioso.

Después de su descubrimiento, puede empezar verdaderamente la ascensión.

Hoy en día, el conjunto del pueblo animal avanza a pasos más grandes que la globalidad del pueblo humano. Por su simplicidad y su disponibilidad, integra mejor las tensiones de todo tipo a las que está sometido. Eso no significa que sufra menos, sino que saca más fácilmente las lecciones. Los seres más despiertos de ese reino viven desde hace mucho tiempo ya en posesión del libre albedrío: son sus guías, sus kristos. ¿Habéis observado alguna vez reuniones de animales? No están motivadas por el juego o el alimento, sino por una fina comunicación en niveles que os sorprenderían. Así pues, los hombres son a menudo el objeto de sus preocupaciones y el centro de las informaciones que encaminan hacia todos los horizontes. Si vuestro corazón os ayuda, veréis cada vez más en ellos a observadores atentos de vuestros propios actos, de los pensamientos que los motivan, pero también y sobre todo del mundo que estáis labrando.

Llegará necesariamente el día en que su paciencia, la rectitud de su visión y la luz que preservan os devolverán a vosotros mismos. Eso será explícito, y no habrá necesidad de añadir ningún discurso a su mensaje. Los guías animales entrarán directamente en contacto con alguno de vosotros, como lo harían unos embajadores, y os dirán:

"Enderezad sin temor el timón de vuestro destino en el planeta Tierra, ya que estáis torturando a la Vida y amputando lo más bello que puede haber en vosotros: la sencillez del corazón. Os proponemos colaborar con nosotros; os tendemos una copa, una copa que ya os ha sido ofrecida pero que habéis desdeñado, prefiriendo la combinación violenta de nuestros lomos y vuestros palos. Esa copa es la del perdón. Os perdonamos los milenios de esclavitud, de golpes y de masacres. Os perdonamos la muerte lenta en los establos y en las mesas heladas de los laboratorios.

" Os perdonamos todo eso y más aún porque ya no sabíais..., porque habíais olvidado... ¡Pero hoy, puesto que los Tiempos ya no os permiten tener los ojos cerrados, tememos que no os perdonéis a vosotros mismos! Nuestro pacto no se basa en el olvido, sino en la reconciliación. Pronto, una parte de nuestro pueblo habrá desaparecido, y con ella se agotará una parte de la vitalidad de la Tierra, de su equilibrio, y también del vuestro. La colaboración que os ofrecemos sólo se puede manifestar por una puerta: la del amor. Aceptamos seguir acompañándoos, sirviéndoos si lo deseáis, pero ya, sólo el amor recíproco podrá lograr que nuestra carne, nuestra fuerza no os envenenen, y sobre todo que vuestra alma no sea invadida por la gangrena. Nunca hemos sido los instrumentos que os habéis complacido en imaginar, sino compañeros de un viaje cuyos obstáculos os forjáis a voluntad. Por eso hoy os pedimos vuestro respeto... ya que pronto vosotros mismos podríais llegar a dejar de respetamos y a negar hasta el mismo universo..."

Será necesario que aceptéis este lenguaje, amigos, ya que hay una sabiduría animal de la que no se hace bastante caso. Sobre todo, no os imaginéis que esa sabiduría es ese misterioso instinto, esa fuerza inasible, esa expresión práctica con la cual veláis el problema. Es el fruto directo de la omnipresencia divina en la Naturaleza, y no ese vago presentimiento venido de no se sabe dónde. La sabiduría animal no es tampoco esa ley de la selva que os viene de inmediato a la mente y con la cual replicáis ya a mis palabras. La "Ley de la selva" es la tiranía de la bestialidad, y ésa la habéis inventado enteramente los hombres.

Antes de entrar en contacto con la conciencia humana, el conjunto del pueblo animal lo ignoraba todo sobre la violencia y la crueldad. La armonía entre el león y la gacela no es una utopía de cuento de hadas, sino el recuerdo de lo que fue antes de que el nivel vibratorio del planeta se redujera, consecuencia inevitable de las elecciones hechas por el hombre. Al rebelarse contra sí mismo, contra su naturaleza de Luz, el hombre ha llevado la disonancia hasta los confines de todos los horizontes a los que tiene acceso. No esperéis algún argumento de peso para convenceros de todo ello. Nadie intenta convencer a nadie, pero todo estimula la memoria. La sabiduría está inscrita en los pentagramas musicales del tiempo... Mi papel y el de otros cientos es ayudaros a volver a afinar el maravilloso instrumento nacido del conjunto de vuestros cuerpos. ¡Dejad de colocar la ley de la selva, a modo de calderón, al final de la partitura musical que interpreta vuestro mundo! La herejía total es creer, por una parte, que esa partitura pueda tener fin, y, por otra, que esta característica dualista sea la regla del juego.

En este amanecer de una nueva era, os corresponde volver a afinar vuestro ser y redescubrir la melodía sobre la que habéis sido creados. Os lo afirmo, no podéis tocar en su contra e interpretarla a destiempo eternamente. Lo habéis hecho durante tanto tiempo que el universo os parece mudo... pero, en realidad, sois vosotros quienes os habéis quedado sordos. ¡A fuerza de manejar el bombo y el clarín, el ultrasonido parece ser ya sólo un mito!

Vuestros hermanos los animales pueden convertirse en vuestros instructores por la misma razón que pueden serlo vuestros hermanos de luz. Permitid pues que vuelvan a encontrar su función mediadora entre la Naturaleza de vuestra Tierra y vosotros mismos.

El Gran Todo ha hecho de ellos puentes entre el hombre y la planta, recuerdos vivientes de la espontaneidad y de la sensibilidad universales.

¿Habéis observado alguna vez la actitud de ese perro al que abrís la puerta cada mañana que se limita a asomar el morro fuera de vuestra casa? Tomáis esa costumbre por vacilación, pero no es eso en absoluto... En unos segundos, por la cantidad y la calidad del prâna que absorbe, ha recogido una enorme multitud de informaciones, no sólo sobre su entorno inmediato, sino también sobre el mundo, la respiración de la Naturaleza y la de los hombres. Su propio mundo cotidiano no esta lleno de informaciones, sino que es formación por entero; lo incluye sin engaños en la realidad universal, y así sigue siendo por completo una célula de aquélla.

¡No, amigos! No os propongo que cada mañana asoméis la nariz por una rendija de vuestra puerta, sino que os sugiero un acto análogo más adaptado a la antena que sois. Os sugiero que todos los días, al despertar, os sentéis en el suelo, allí donde os encontréis, y que cerréis los párpados y abráis los oídos al infinito. El infinito no está a vuestro alrededor: las vibraciones ruidosas del metro o la campana de la iglesia cercana no se manifiestan en él. Todo eso es vuestro "finito", cuyas prolongaciones se extienden quizá por miles de kilómetros alrededor de vuestro planeta, pero poco más. El infinito al que os pido que abráis los oídos a cada despertar es interno, y se expresará en el silencio que vais a revelar en vuestro interior.

Haced de ese breve momento un instante sagrado, secreto, donde todo pueda crearse, durante el cual lo que creéis que es vuestra vida se ponga por sí solo entre paréntesis. Primero oiréis una especie de zumbido o de silbido cada vez más agudo. No os detengáis ahí; vuestra atención no se debe dirigir exactamente hacia su centro, ya que sólo es resultado de la corriente de energía vital que circula a través vuestro. Debéis ir más allá, hasta la esencia que se esconde tras él. Entonces, será como si un punto blanco se manifestara en vuestro pecho, un punto de luz inmaculada, primero muy pequeño, pero después se parecerá a una puerta... Y esa puerta, amigos, la abriréis; de hecho, sólo pedirá que se la empuje, porque tras ella espera vuestra propia joya: vuestra Paz y las respuestas a vuestras preguntas.

En verdad, os encontraréis ante vosotros mismos. Quizás esa presencia inmaculada adopte los rasgos de vuestros hermanos Cristo o Buda, pero no hay nada más lógico: ¡estáis en ellos y ellos están en vosotros, son vuestros intérpretes, os lo vuelvo a afirmar! Desde el mismo instante en que franqueéis vuestra puerta, formulad una pregunta, muy sencilla, precisa, clara..., y su respuesta os llegará apaciblemente, quizá no mediante palabras, sino mediante una sensación espontánea, una imagen, una convicción inamovible.

Este modo de proceder se aprende. Por supuesto, hace falta algo de perseverancia, pero poco más. Requiere sobre todo que dejéis caer a vuestros pies todas las razones de vuestra voluntad personal. A vuestro super-ser no le interesan los argumentos de ésta; sólo contesta a la entonación de vuestro corazón, que, en cambio, es digna de toda confianza.

Ante todo, no tratéis de saber. Aunque sólo sea durante esos segundos, olvidad vuestro "yo sufro", vuestro "yo quiero", olvidad vuestro ariete o vuestro rugido de león para no ser más que vosotros mismos, que vais a pedir sin artificio y vais a recibir sencillamente.

Os lo aseguro, amigos de este mundo: no podréis dejar de recibir; quizá no siempre como imagináis, pero recibiréis en vuestras manos más de lo necesario para aplacar vuestra sed. Así pues, como veis, lo que tenéis que presentar no es un cáliz, sino sólo vuestras manos dispuestas a recoger.

La joya, el depósito de luz y de conocimiento que palpita tras esa puerta que vais a empujar, es vuestra verdadera y única riqueza. ¿Por qué negarse a beber de ella? ¿Quisierais que os mostraran que eso es una realidad y no la quimera de un espíritu místico? Entonces, tened la humildad de dar el primer paso hacia vosotros mismos. ¡No servís a la causa personal de algún gurú, sino a la vuestra, en su aspecto más amplio, es decir a la Vida! Tened el valor de dar realmente ese paso, aunque os parezca darlo en el vacío o hacia lo desconocido, ya que, en el lugar adonde vais, la apariencia se extingue por sí sola. No hay modo de emplearla ni para romper vuestras cadenas ni para la Iluminación. No es una tarea que costará tantos dólares en tantas semanas, ni que pueda llevarse a cabo por las mortificaciones. No habéis nacido para sufrir: no se eleva realmente el alma y el espíritu sojuzgando al cuerpo. El animal sabe todo eso, ya que lo ha dejado inscrito en él. Su relajación es una verdadera relajación; su juego es un juego de verdad; su amor, un abandono sin reservas.

No quiero decir con todo esto que el pueblo animal represente la perfección de la Vida, sino que ilustra uno de los aspectos de su perfección que vosotros habéis olvidado, que desdeñáis y que debe ser una fuente de inspiración para vosotros. No se trata tampoco de practicar lo que llamáis antropomorfismo con respecto a ellos. Cada alma está movida por una razón fundamental que la mantiene en su propio reino. Una planta no piensa en tanto que individualidad distinta de las otras, tal como lo hace el hombre. El pueblo de los animales tampoco ha edificado un intelecto y una conciencia de sí mismo en la medida en que lo ha hecho el hombre, pero todos ellos están en marcha hacia el mismo sol que él. ¿El niño es inferior al adulto? Es ante todo la promesa de una vida que estará en posesión de mayor número de datos que todas las anteriores. Los hombres y las mujeres se pasan el relevo de la existencia de generación en generación. Pero el relevo del amor y del conocimiento puede viajar en todos los sentidos. Por lo tanto, hay que restablecer el intercambio continuo de la Llama entre todos vosotros y los demás reinos. El sentido único, amigos, es una aberración mental, aunque algunos de vosotros tengan todavía el poder de imponerlo a millones e incluso miles de millones de almas. Al extender vuestro amor a todos los rostros bajo los que se esconde la energía del Uno, sed una gota de agua más que se escapa del torrente desatado, una parcela de agua que va a atraer a las demás hacia las tierras que su salto le va a permitir descubrir.

Hace dos milenios, os hablaba como se habla a las ovejas, y de esas palabras que Kristos ponía en mi boca nació un grupo de hombres "pescadores de almas". Hoy en día, ha llegado el momento de exhortaros a abandonar "el rebaño ciego de esas ovejas", ya que el verdadero pastor tiene un cayado con el que anda sin cesar y no pone barreras a sus pastos, pues sabe que éstos están en todas partes. En cuanto al pescador de almas, ahora ve mejor que las mallas de su red se dirigen a los peces que quieren conocer aguas más puras...

Que la presencia animal no sea excluida de vuestros templos, hermanos, porque comprende su carácter sagrado; si no, ¿qué haríais en las otras moradas de la Casa de mi Padre a las que aspiráis? No hay paz más bella, luz más blanca, que la que se acepta compartir. Ésa, os lo digo, será vuestro cuerno de abundancia, porque toda vida ha nacido para una infinita floración ... »
CAPÍTULO VII
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