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«La fuerza sexual»



Ugarit - 24 de julio.

Acodados en la ventana de nuestra habitación, dejamos flotar la mirada sobre la espuma de las pequeñas olas que vienen a lamer suavemente la playa. Esta tarde, tras todos esos días de desierto, el espectáculo azul del mar es incontestablemente un bálsamo refrescante para nuestros ojos. Y, sin embargo, a mano izquierda, hacia el sur, cientos de bolsas de plástico blancas corren con el viento por la arena aún caliente, testigos desoladores y significativos de la inconciencia humana. Quizá lleguen así hasta las puertas de Beirut, cuya proximidad nos cuesta creer, perdidas por allí en algún lugar del horizonte de las playas, en la bruma del atardecer.

Antaño seguramente había aquí un puertecito fenicio. Algo en el aire sigue cantando la presencia de esos tiempos remotos..., a menos que sea la silueta de alguna palmera o el perfil evocador del monte Casio, que, al norte, destaca en el cielo dorado.

¿Quién podría dejar de sentir lo vieja que es la tierra en estas orillas? ¿Quizás hace demasiado tiempo que fue alumbrada por el mar y el sol?

Extrañas sensaciones las que nacen en esos instantes en que se comprende que cada grano de arena perdido en la palma de la mano, cada piedra de antiguas aristas aún visibles sabe mucho más que un libro...

Y, no obstante, pronto todo eso desaparecerá y nos sumiremos en el infinito... La Luz estará ahí, lo sabemos, o más bien la veremos, nuestros ojos se abrirán. Tenderá su puente entre el ayer y el siempre. Ahora, basta con que el lienzo de una pared se desgarre al igual que se deshace nuestra resistencia. Él, a quien esperamos en silencio, y el mundo de los hombres con sus formas malheridas y sus reflejos plomizos no son cosas separadas. Vivimos la franja del segundo presente, porque es ahí donde está todo, eternamente, y adonde Él nos invita...

«En el universo, todo se llama flujo y reflujo, amigos. Todo significa todo... No sólo el movimiento ondulante de estas olas sobre la arena, o la sucesión de los días y las noches, sino también los vaivenes del hombre por las orillas de la Tierra, así como sus reencuentros y sus separaciones, sus esperanzas y sus decepciones. No es el combate de la Sombra y de la Luz, sino el juego de las alternancias, la serena marca del equilibrio. De ahí nace toda vida: de un movimiento que coincide con otro movimiento, es decir, de una acción que descubre su contrario y acepta y respeta su fuerza y su razón. El contrario no es en ningún modo el enemigo, ¿lo sabéis? Es la materialización de lo que una forma de vida no consigue distinguir de sí misma. ¿El frente de vuestro cuerpo es acaso el enemigo de vuestra espalda? ¿El hombre se cree enemigo de la mujer? Así pues, no debéis considerar todo lo que os ata a la Tierra que creéis tan pesada como ese reptil del que os han pintado una imagen deformada. ¡Por lo tanto, todo lo que os atrae hacia el firmamento, al que imagináis tan ligero, no se puede identificar con vuestra única meta! Vuestra meta se llama "Todo". Eso significa que tenéis tantos motivos para amar a la Tierra y sus atributos como derecho a elevaros hacia la inmensidad de los cielos. Por eso, la vida que todavía me corresponde revelaros nunca os resultará parecida al camino de una huida. Nadie rehúye la vida; estén donde estén, todos permanecen en su océano.

Desde hace ya dos mil años, algunos de vosotros han puesto en mis labios, siglo tras siglo, palabras que niegan esta realidad, palabras que mantienen la incomprensión de la ley de la Unidad. Cientos de millones de hombres y mujeres han encontrado en ello un pretexto para desdeñar su suelo nutricio y su propia carne.

El espíritu, amigos míos, no crece nunca rebajando al cuerpo. Los que me han atribuido implícitamente palabras inversas, simplemente justificaban sus miedos y legitimaban su falta de amor a la Vida universal. Os lo digo: honrar al Creador es honrar a sus criaturas, y eso bajo todos los aspectos que les han sido dados. Aquello que engendra la materia no es más despreciable que lo que permite expandirse al espíritu, ya que a éste le han sido dados carne y huesos para que pueda aprender quién es. Sé que a muchos les chocarán estas palabras. Los contrariarán porque siguen haciendo de su vida un pésimo cuento donde se enfrentan los 'buenos' y los 'malos'.

La fuerza sexual, ya que no hay que temer llamarla por su nombre, es uno de los grandes obstáculos con que tropieza vuestra humanidad. Mientras no sea comprendida, situada en su justo lugar, seguirá parcialmente cerrado el acceso al Ser, es decir, a la fuerza divina que irradia en cada ser. Sé cuántos tormentos ocasiona esta cuestión a gran número de vosotros, sin duda más ahora que en los siglos pasados, cuando los tabúes, sólidamente implantados en vuestras sociedades, impedían que se pudiera formular con claridad. Hoy en día, tenéis que reconstruirlo todo, y vuestra concepción de lo que llamabais ingenuamente "el Cielo" no se puede perfeccionar ni florecer si seguís ignorando, desconociendo o rechazando la esfera de la vida que le oponéis, la del cuerpo. Bien es cierto, amigos, que aquellos a quienes empiezan a inflamar los rayos del Espíritu aceptan de buen grado hablar del cuerpo, pero con frecuencia sólo lo hacen por el cauce tranquilizante de ciertas terapias. Considerar el cuerpo con exactitud y justicia no consiste simplemente en reconocer la existencia y la función de los chacras o la función de sus diversos grados energéticos. Todo eso no plantea ningún problema ya que, al proceder así, todos pueden seguir haciendo juegos malabares con conceptos filosóficos y esotéricos que evitan invariablemente la raíz del mal que padece la humanidad: la dualidad. Ningún poder sintetiza esta falta de armonía mejor que la fuerza sexual. El sexo, al igual que el corazón, os espera en la encrucijada de caminos. ¿Acaso no veis en la letra "X", que representa su eje, el dibujo preciso de esa encrucijada? Con frecuencia, los idiomas traducen verdades eternas que la observación y la intuición deberán permitir descifrar fácilmente.

Si el estallido de las fuerzas sexuales se manifiesta en cada fin de ciclo de vuestra humanidad, es justamente para que el hombre descubra una vez más sus energías fundamentales, sin las cuales no podría dar ningún paso firme hacia sí mismo. Así pues, a partir del instante en que aceptéis comprender lo que mi corazón debe transmitiros, deberán disolverse vuestros prejuicios en este campo, al igual que en otros.

En primer lugar, sed conscientes de que en esto no hay ningún término que sea impuro, ninguna noción que sea indigna de un espíritu que aspira a las verdades de Luz. No hay nada vil en sí en el mundo, y menos aún en el cuerpo del hombre, esquema fiel al del cosmos hasta en sus menores mecanismos. Todo reside en la mirada que dirigís a cada cosa. Por supuesto, todo el mundo, o casi todo, está conforme con el anuncio de semejante "verdad filosófica", pero debéis comprender que, mientras una verdad siga siendo "filosófica", es poco más que un plato que uno saborea un instante para olvidarlo al siguiente. Quiero decir que, si aspiráis a un equilibrio constructivo, es absolutamente necesario que, desde ahora mismo, integréis la ley de la no dualidad que domina la fuerza sexual.

Dominar no significa proscribir ni adorar, sino hacer suyo. El sexo no es un atributo de la humanidad caída, sino uno de los signos distintivos de la Vida en cierta etapa de su evolución. Deshonrar o reverenciar el grado que representa constituye el mismo error fundamental.

Quienes dicen estar "en camino" en lo más recio de su voluntad de reintegración, siempre niegan el cuerpo y ponen todas sus esperanzas en el "príncipe azul" que representan las verdades espirituales. ¿Por qué olvidan entonces que el "príncipe azul" debe abandonar su palacio encaramado en la montaña, y cruzar desiertos y marismas a fin de despertar con un beso a la "princesa durmiente" en alguna morada en el fondo del bosque? ¿En verdad es la princesa tan inferior al príncipe? Es su razón de ser, la segunda mitad de su corazón, la justificación de la totalidad de sus energías.
La princesa, como habréis comprendido, simboliza las fuerzas y las bellezas de la Tierra. No sólo duerme en los cuentos, ya que la tenéis en vosotros, en la zona inferior de vuestra columna vertebral, tras esas vértebras a las que llamáis "sacras" sin saber demasiado bien por qué, y también en alguna parte detrás del coxis, allí donde "se encuentra el gallo",5 principio volátil que, desde el lodazal donde se encuentra, aspira a echar a volar. A esa energía femenina y princesa a la que el futuro convertirá en reina, la llamáis kundalini; está enroscada sobre sí misma, sensible a las influencias telúricas de la Tierra-madre de la que es embajadora, y por analogía se la asemeja a una serpiente.

Meditad estos datos muy conocidos pero poco comprendidos, y entenderéis mejor por qué ciertas iglesias han asimilado toda energía femenina a una famosa fuerza reptil, símbolo de caída a la materia densa, símbolo de apego a "todo lo que está abajo". Os lo digo: la ignorancia puede convertirse en una grave imperfección, y la mayor parte de vuestras religiones se secarán por esa ignorancia de la Unidad de todo principio. A través del acto de amor consciente, vivido como tal y no como simple satisfacción o resolución de reglas matemáticas, se unen no sólo el hombre y la mujer, sino también el Cielo y la Tierra, el Creador y la creación, en definitiva, en otras palabras, el Sol y el Agua para que nazca un vapor, estado diferente de la Vida que se expande.

Amigos, os pregunto quiénes son esos hombres y mujeres que han sido llamados santos y santas y que a veces han pasado una parte de su vida huyendo del sexo opuesto tras las murallas de un monasterio por miedo a "caer". Pero ¿a caer de dónde? Caer del cerco levantado alrededor de su persona, caer del cerco de un dogma en el que mi corazón tiene muy poca cabida. Las nociones de deseo culpable, de pecado, sólo se instalan en las conciencias moldeadas por el temor a alguna autoridad dualista. En verdad, el Creador de toda vida, mi Padre, el vuestro, ¿acaso es arquitecto de dualidad? Es el gran generador de libertad, es decir, de amor, de puertas que se abren sin cesar. No debéis poneros en guardia contra el deseo carnal, sino contra todo deseo que esclavice, que cree una pulsión dominadora, que engendre y afiance en el alma y el cuerpo un automatismo primario difícilmente controlable. La unión de los cuerpos, siempre que sea una unión de almas y no la simple repetición de un reflejo vital, se convierte en un acto sagrado, tanto como una celebración dedicada a la Luz universal. Todos los que han seguido mis pasos por los caminos de Palestina no se alimentaban de las prohibiciones que el peso de los siglos y las inhibiciones de unos pocos han desarrollado. Han vivido vidas de hombres y de mujeres con todo lo que eso implica sin tener vergüenza de sus cuerpos. Ninguna de las funciones de un templo es vil, por poco que el amor habite cada una de sus habitaciones. Todos los clérigos de vuestro mundo deberán admitir esta verdad en el amanecer de la era que se anuncia; será una necesidad si no quieren asistir a su propia disgregación. No afirmo que el acto de la carne sea imprescindible para cualquier vida equilibrada, ya que hay seres cuyo camino no lo reclama. Simplemente, afirmo que el alma que se inflige una frustración por obediencia a un principio mal comprendido es un alma que comete una falta contra sí misma.

Al hacerlo, desarrolla una energía de insatisfacción que se va a grabar en sus cuerpos sutiles y que volverá a surgir en una existencia ulterior, tal vez bajo la forma de una pulsión aguda difícilmente controlable. Así pues, la paz debe regir todas las cosas, amigos... Un ser que veja en sí mismo la realidad de su fuerza sexual y que la proscribe en función de un ideal siembra indefectiblemente en su alma las semillas de un gran conflicto. La única castidad que debe importar a los enamorados del Amor es la castidad de la conciencia. Ése es el pasaporte absoluto del ser que vuelve hacia su Esencia. La serpiente de la que desconfiáis en cuanto emprendéis una búsqueda espiritual hunde sus raíces sobre todo en los corazones crispados; se alimenta de ellos y se sacia también con los frutos de la imaginación que levanta barricadas falaces.

Algunos pretenderán que la fuerza sexual ha sido considerada despreciable por la mayor parte de las iglesias para reducir el número de abusos y excesos. En verdad, no es así en absoluto. El hombre que sigue vibrando únicamente al ritmo de sus pulsiones no las ve decrecer por el mero hecho de las prohibiciones. La puerta que se cierra llama necesariamente al ariete que querrá derribarla. La prohibición erigida en ley arbitraria engendra siempre al transgresor. Es ella quien aprieta el nudo hasta el punto de darle la complejidad de un verdadero problema. Os lo repito: el acto de amor físico es la primera condición de toda vida en vuestro tipo de universo, está presente hasta en la ola de Vida actual. Rehuirlo deliberadamente viene a ser negar uno de los aspectos de la voluntad del Gran Todo. Viene a querer decir: "Padre, amo tu Creación, salvo...". Es mantener una restricción más respecto al orden del Plan de Luz. La Vida no quiere más censura ni vuestra alma tampoco; es su primera condición para respirar. El poder de Vida debe aprender a regularse por sí mismo a través de cada uno de vosotros, que tenéis la tarea de descubrir las leyes del equilibrio divino.

Escuchadme bien ahora, hermanos, ya que hasta aquí me he limitado a presentaros un aspecto de las cosas en este campo. Lo hago para barrer dos milenios de mala comprensión, de prohibiciones y de impedimentos, pero también quiero que podáis comprender aquí que la experiencia sexual no es necesaria para todos en cada existencia. Hay tantos itinerarios como seres. La "normalidad" no reside en mayor medida en la vida de pareja que en el celibato. Toda norma es una invención terrestre, producto pasajero de las reglas del juego de un tipo de humanidad. Sin embargo, si el término os gusta, entonces os diré que la única norma que hay que perseguir se llama equilibrio, y el equilibrio se resume ante todo en el hecho de estar bien ubicado en el alma y en el cuerpo.

El ser que sabe estar en paz en su interior se mantiene siempre en comunión con lo Divino, aunque ignore su nombre. Explora la felicidad y, al conocerla, no puede sino transmitirla a los demás. Entonces, poco le importará ajustarse o no a un modelo social, pues verá a primera vista por dónde pasa la línea recta de su vida.

Si vuestro camino es el del celibato, reconoced serena y simplemente en esa situación una elección que habéis hecho antes de venir a este mundo, y después vivid plenamente esa elección, pues os es necesaria en vuestro camino hacia la perfección. No obstante, no convirtáis al celibato en un signo de mayor madurez ni en un pretexto para sentiros "incompletos", porque obedece únicamente a una necesidad que no significa nada de lo que podáis sacar ninguna conclusión apresurada. Os lo afirmo y lo afirmo ante todo a quienes se imponen el celibato por afán de progreso espiritual: ninguna abstinencia sexual impuesta ha hecho nunca crecer el espíritu. Cuanto más, tiene la propiedad de reforzar en el hombre su voluntad... pero ¿a costa de cuántas tensiones?

La energía sexual es, por su esencia, totalmente análoga a la energía espiritual. Se vive como un impulso de las fuerzas de la base hacia las de la cumbre que la llaman. Resulta de la unión de dos corrientes, una receptora, otra emisora, cuyo objetivo es la aparición de un estado de plenitud. Por lo tanto, vedla como la prefiguración del poder que os arrastrará hacia las esferas de Luz. Aunque eso pueda chocaros, comprended que el éxtasis místico no es sino un orgasmo del alma que consigue elevarse hacia esferas de infinita Luz. Por consiguiente, no envilezcáis el esbozo de aquello que todos estáis llamados a descubrir. No lo convirtáis tampoco en la panacea que, mezclada con algún principio oculto, puede convertirse en un pretexto de satisfacciones primarias.

Cuando os digo que la fuerza sexual es semejante a la energía del espíritu, evidentemente, eso sólo se concibe en un contexto de amor total. Todo lo que es fingido participa en la disgregación del ser.

El que se limita a satisfacer pasiones y quemar sus apetitos se parece al sacerdote o al devoto que simula las ceremonias y se pierde en oraciones muertas. Creyendo explorar la libertad y conformarse con una imagen que complace a algunos, es ante todo esclavo de un automatismo que poco a poco le vacía el corazón. Muchos hombres y mujeres adoptan una regla de vida así por reflejo de huida y no por filosofía personal, como les gusta decir. Al huir del apego a un alma-compañera, esquivan las posibilidades de encontrarse de frente con sus propias debilidades: se baten en retirada ante cualquier compromiso, probable revelador de sus limitaciones. Asimismo ¿cuántos adoptan una actitud semejante por simple y conformismo, es decir por sumisión a una moda que legitima las pequeñeces del alma, disfraza sus temores?

Amigos, no veáis en esta constatación el fermento de alguna noción moralizadora. Mi corazón os lo ha dicho siempre: el Sol que me anima no necesita para nada lecciones de moral, y el Sol que quiero que desarrolléis en vosotros tampoco tiene nada que hacer con ellas. El único objetivo que nos debe movilizar es la plena eclosión de la llama de Vida. Esa llama la hemos recibido todos, y también vosotros la habéis recibido con el mismo derecho y en la misma proporción que vuestros hermanos de los mundos de Luz; y la llevamos plenamente en nuestro pecho, tras nuestros párpados y hasta en las yemas de los dedos. ¡Las lecciones de moral son tan insípidas frente a su proposición de paz!

Que ninguno de vosotros, si abre su conciencia, siga calcinando su corazón por desperdiciar semejante regalo. La fuerza de kundalini un gran fuego de la neutralidad total; si se le ponen riendas, consume a su poseedor; si se dilapida, dispersa al ser. ¡Es mucho más que una energía serpentina! También puede irradiar desde el centro de una cruz... El hombre la convierte en instrumento de suplicio o de Unión, de encuentro entre lo Celeste y lo Terrestre. Su serpiente ya no debe asustaros... Debéis comprender su razón, su función. Si su llama sirve a "Pan",6 a la pluralidad es, hoy más que nunca, para situaros ante la elección, ante una gran posibilidad de unión.

Por lo tanto, dejad de temer, amigos; pensad y vivid el Único, ya que nada en vosotros debe perseguir el enfrentamiento.

Una llama tendrá siempre la propiedad de quemar o de calentar. No os corresponde a vosotros modificar su destino. Aun cuando pensarais en apagarla, su principio, el del Fuego, estaría eternamente omnipresente a vuestro alrededor, hasta en el aire que respiráis, hasta en vuestro centro. Admitid pues por fin que no estáis vosotros por una parte y el Fuego por otra, ya se presente éste bajo la apariencia de la energía sexual o bajo cualquier otra. Él y vosotros sólo sois uno... y no podéis amputar una parte de vuestro ser sin frenar la eclosión de vuestra conciencia. Sin embargo, podéis transmutar esa misma parte en función de las necesidades de vuestra progresión, sabiendo que no hay que rechazar sus manifestaciones, ninguna de ellas, puesto que todas concurren hacia la misma meta.

Y ahora tengo que precisamos algo: el acto de amor físico no tiene su única justificación en el acto de procrear. Ante todo, plasma una voluntad de fusión, primicias de nupcias aún mayores, nostalgia de un estado andrógino por reencontrar. Las convenciones sociales quieren que de una pareja nazcan hijos... Así pues, todos vosotros que me escucháis, ¿elegís ese camino para conformaros a un modelo, para "complaceros", para satisfacer sin daros cuenta un instinto de posesión, o simplemente porque un ser pide volver al mundo a través vuestro? En nombre de la mayor Luz que pide florecer, os dejo únicos dueños de la respuesta.

Podéis cambiar el curso de una vida y más aún aportando a vuestro corazón toda claridad respecto a este tema. Amor, amigos, amor: aprended a moveros únicamente por esta fuerza. Ya os haga ésta engendrar según la carne o según el espíritu, siempre sigue siendo idéntica a sí misma, con tal que no se adorne con pretextos falaces.

Esto lo han aprendido vuestros hermanos de los mundos de Luz, que se encarnan entre vosotros en función de las necesidades de la ayuda a brindar a vuestra humanidad, tan libremente bajo el hábito de un monje como tras el rostro de una mujer que se dispone a traer niños al mundo.

Os lo digo: en cuanto el corazón se abre, la carne y el espíritu dejan de enfrentarse, su encuentro no genera ni siquiera un segundo de interrogación. El Amor que quiere descender entre los hombres adopta el vestido y la sensibilidad que serán necesarios para su obra. Sabe muy bien que el aspecto que pasará a ser suyo será noble, y eso le basta... Comprende que sirve al Uno, a veces con los atributos de lo múltiple.

Yo mismo, ¿cuantas veces no habré conocido mujer e hijos para ayudar a la realización de los designios de luz? Y también es así para cada uno de aquellos a quienes reverenciáis como maestros de sabiduría o grandes profetas. Para ellos, el problema no se planteaba... Que se plantee pues cada vez menos en vuestro camino, y estaréis cada vez más unidos a vosotros mismos, más centrados en vosotros mismos. No estéis de acuerdo con esta realidad, sino vividla. Vivirla es ante todo dejar de emitir juicios sobre la elección de camino de otro ser, y no erigirse en árbitro de lo que está "bien" o "mal". Con demasiada frecuencia denunciáis a la Sombra allí donde la Luz trabaja en secreto, y, por el contrario, aplaudís una Luz que esconde un hábil subterfugio de la Sombra. Sabed que la faz tenebrosa de los acontecimientos concurre invariablemente y a su pesar a la perfección del Plan de Luz. Todo "trabajo en la sombra" participa inconscientemente en el proceso de redención.

Por lo tanto, amigos, de ahora en adelante contemplaréis con mas paz la marejada que sacude la sociedad de los hombres. Así pues, ya no daréis gritos ante las costumbres pervertidas y los impulsos de las sexualidades más primarias. No se os pide que las aprobéis o que apartéis hipócritamente la mirada, sino que intentéis comprender su porqué profundo y su finalidad, no pasajera, sino última.

Mientras alimente braseros de tensiones y picotas, una sociedad acepta quemarse en los juegos de su propio cuerpo. Esas picotas son culturales, metafísicas, religiosas y doctrinales de todo tipo. Ved siempre con desapego lo que os parece una gangrena.

Os lo afirmo de nuevo: la suma de lo que os parece vil no merece sin embargo ser odiada. Amigos, lo que os parece vil necesita simplemente que lo lavéis de sus escorias, no a golpe de sermones moralizadores y censores, sino a fuerza de amor. Entonces, os pido esto: allí donde vuestros pasos se crucen en el desorden y la disolución, generad luz y esperanza por la fuerza de vuestro pensamiento. Nadie odia la bajeza sin volverse él mismo mezquino. Basta una sola llama de candela en un lugar oscuro para volver menos pegajosas las tinieblas. Por consiguiente, mil llamas harán olvidar a esas mismas tinieblas que han existido como tales.

El amor, la tolerancia y la esperanza también son contagiosos..., ¿no lo sabéis? Eso no justifica ninguna pasividad, ningún laxismo. Por el contrario, los mundos de Luz esperan de todos vosotros una acción inmediata. Cada uno enderezará la barra de la nave en que se ha embarcado. Basta con que así lo quiera, para que tenga los medios, sin puños apretados, sin escandalizarse. La Sombra engorda con todo esto, pero si, por el contrario, aprendéis a mirarla al fondo de los ojos con la voluntad de oír expresarse a su causa, entonces, os lo afirmo, se sofocará.

Los hermanos de la Luz negra no son una asamblea mítica. Utilizan indiferentemente el sexo y la droga así como cualquier otro medio de dispersión: envidia, espíritu de dominación... No siempre son los potentados que imagináis demasiado fácilmente en vuestras discusiones dualistas. Podéis cruzaros con ellos todos los días en cualquier lugar del planeta; incluso podéis uniros a ellos sin saberlo, por una hora, por un día o más... Ya lo habéis hecho, y seguramente estáis dispuestos a volverlo a hacer cada vez que el mundo no marcha "a vuestro gusto". Vosotros, que decís tener una actitud espiritual, ¡sentís sin embargo "cómo" debe avanzar la Luz! Sabed sobre todo que a menudo avanza de la manera más inesperada. ¡No hay ningún itinerario que no quiera seguir, ni ningún abismo que juzgue indigno de su caricia!

La exacerbación de la energía sexual que todo el mundo puede presenciar hoy en día en este planeta es en definitiva uno de los principales signos que, por muy desoladores que sean, anuncian el despertar de una gran energía espiritual. Esta realidad que parece anclar a la Tierra y sus habitantes en una pesadez aún mayor, también se convierte en el signo revelador de la podredumbre de un viejo mundo que llega a su ocaso. Nadie reconstruye sobre lo que está en plena descomposición, y por lo tanto será necesario que la obra de putrefacción sea total para que el hombre sienta la absoluta necesidad de respirar a pleno pulmón un aire diferente. Por eso debéis obrar con toda serenidad, sin amargura.

La hora de quienes nada temen se acerca tranquilamente. Podéis vivirla ya en vosotros... pero todavía os falta la sonrisa. Cultivadla sin más tardanza pues os acercará tanto a "lo que está arriba" como a "lo que está abajo" por un puente de tolerancia y de infinita comprensión. No lo olvidéis nunca: la sonrisa os ayudará siempre a levantamos en vuestro interior. El único escándalo que se da realmente sobre la Tierra reside en el hecho de olvidar algunas verdades tan sencillas como éstas, que tienen la propiedad de poder desgarrar la cortina de los templos de orgullo y de infortunio.

La sonrisa es amor, amigos, y los que aman siempre serán bendecidos por la Luz. El universo lo proclama desde el comienzo de los tiempos: no hay mil amores, aunque haya mil maneras de amar. El cuerpo, el alma, el espíritu, cada una de estas notas se funden en un solo armónico. Cada abrazo, ya sea de carne o de energía más sutil, es partícipe del mismo Plan. Que ese estado de conciencia florezca desde ahora en vuestro pecho, sin discriminaciones, paréntesis ni comillas, ya que os llamo a ser nuevos arquitectos para que la Tierra dé a luz.»
CAPÍTULO VIII
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