Las células nerviosas o neuronas están formadas por un soma celular o pericarion que contiene el núcleo y del que parten las prolongaciones. En general, el




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Texto 5
El matrimonio en Roma
Los esponsales constituían un compromiso en el que se establecía la promesa de matrimonio con la aprobación de los familiares más próximos y capacitados en derecho para representar a los contrayentes.

Ese consentimiento, preferiblemente paterno, estaba prescrito. La alianza se sellaba mediante las arras, un depósito en metálico, aunque poco a poco se fue imponiendo la costumbre del anillo de compromiso, de hierro, de oro o hasta de piedras preciosas, si el novio podía permitírselo.
Con frecuencia el novio colocaba el anillo en el dedo anular de su futura esposa sin conocerla. No había, pues, nada de amor en el gesto, a pesar de que, según Apiano, se eligiera ese dedo porque posee un nervio que conduce directamente al corazón, «el órgano más importante del cuerpo».
El acto se cerraba con un banquete que realzaba el compromiso y lo transformaba en celebración o ceremonia. Estos esponsales podían preceder en varios años a la boda, y constituían un pacto de alianza entre familias que podía atar a una niña de seis o siete años a su destino de madre de familia apenas se la considerara núbil.
Para un varón, la transición de la adolescencia a la edad adulta estaba marcada por un rito de paso de eco social público y visible: la investidura de la toga viril, subrayada por la aparición de la primera barba.

En cambio, para una adolescente romana, el tránsito a la condición adulta se reconocía en el seno del hogar en la víspera de su boda, como indicio de su naturaleza núbil, de que era apta para ser fecundada y, por tanto, para casarse. Con frecuencia ocurría en edades muy tempranas, a partir de los doce años, comúnmente antes de los quince, y para cumplir con el enlace pactado años antes a través de una ceremonia de esponsales.
Pedro Ángel FERNÁNDEZ VEGA
Historia, Nacional Geographic, n.º 60, 2009
Texto 6
El discurso histórico se diferencia del discurso de ficción en que el primero busca la verdad y el segundo la verosimilitud. El siguiente texto profundiza en esa característica de los textos históricos.

184 La verdad histórica
El historiador que construye un texto histórico aspira a que, sanción última, ese texto sea reconocido como verdadero y, por tanto, histórico. Para conseguirlo no solo hace saber la verdad sobre acontecimientos pretéritos (y/o sobre las interpretaciones de acontecimientos pretéritos), sino que prueba que es verdad: cuando la percepción inmediata no es posible, los documentos lo probarán y la explicación lo certificará.
El historiador tiene que hacer creer que lo que dice es verdad. Mas la verdad histórica no puede ceñirse a la antigua concepción de la correspondencia: correspondencia entre palabras y cosas, correspondencia entre lo que se dice y un referente externo. La verdad histórica es, lo hemos dicho, un efecto sentido, construido por el texto histórico.
Hemos hablado de «ilusión referencial», de «efecto de sentido», de «efecto de verdad», que corresponden a estrategias para hacer creer que habla el «horizonte de la historia»: estrategia del enunciador para ausentarse del texto. Un diario, unas memorias, un relato autobiográfico, implican por definición la referencia a un sujeto que escribe su historia, la historia en la que ha sido testigo, espectador, actor. Es una historia singular, referencial izada a un sujeto singular que se inscribe en el relato mismo como productor del relato y de la acción que el relato narra. En este tipo de relatos, la narratividad está subordinada a la posición explícita, en el relato mismo, de un sujeto narrador que dice «yo».
Esa misma característica excluye a esa categoría de textos históricos propiamente dichos. En estos, en los textos no «autobiográficos », se plantea una serie de interrogantes que requieren de estrategias de credibilidad, pues, en efecto, ¿cómo un relato histórico puede hacer creer una referencia?, ¿cómo, leyendo un texto histórico, se acepta, se supone o se pre supone que lo que allí se dice es verdad, independientemente del sujeto que lo enuncia, y que es verdad para todo el mundo universalmente?
Es necesario distinguir el proceso de investigación del historiador, interminable, del resultado final, que es necesariamente un texto y como tal un modo coherente de significación, clausurado y sometido a las leyes del discurso. […]El historiador en su comunicación textual no se limita a transmitir un «objeto» cognitivo de saber verdadero, sino que debe conseguir la adhesión del destinatario para que acepte que es verdadero. Como todo proceso de comunicación, la transmisión de información requiere de persuasión o, lo que es lo mismo, un hacer creer para que el destinatario crea.
Cuando un texto falso es recibido como verdadero, es creído; cuando se demuestra que no es verdadero, es necesario hacer creer que es verdad que es falso; en todos los casos está implícito un acto de creer que, pensamos, es una operación cognitiva particular. El que un documento falso funcione como verdadero, se crea verdadero, prueba que en cuanto que funciona es activo, y su eficacia lo convierte en verdadero; se puede, pues, como sugiere Greimas en este sentido, sustituir el concepto de verdad por el de eficacia.
Se puede argüir que la búsqueda de adhesión del destinatario no excluye, por ejemplo, la argumentación; pero la argumentación, o lo que es lo mismo, el intento, por el discurso, de llevar a un destinatario a una cierta acción, también es una tarea de persuasión si para conseguir sus propósitos la argumentación debe incorporar una representación del destinatario, y tenderá a evocar sus valores ideológicos. […]
Se puede dudar (incerteza) más o menos, admitir (probabilidad) más o menos, pero no se puede afirmar (certeza) o rechazar (excluir) más o menos. Unas categorías parecen articuladas por oposiciones nítidas; otras, en cambio, son graduales; no es lo mismo presentar en el discurso un hecho o una explicación como cierto que como probable, pero la elección de una u otra modalidad no revierte solo sobre el enunciado, sino que permite descubrir la estrategia del enunciador, presentándolo al destinatario para su adhesión; presentar algo como probable reduce la incertidumbre, pero evita el rechazo o la exclusión en la interpretación del destinatario. Un discurso como el histórico, que quiere probar que lo que dice es verdad, presentará el efecto verdad, modalizando los enunciados; atender a ellos y observar sus transformaciones puede permitirnos descubrir las estrategias de un enunciador que se empeña en ocultarse.
Jorge LOZANO
El discurso histórico, Alianza


Posible comentario:
El fragmento puede dividirse en cuatro partes:
. En la primera parte (párrafos 1-2), el autor especifica cuál es la finalidad de un texto histórico: no tanto referir una serie de conocimientos verdaderos sobre acontecimientos pasados, cuanto persuadir al lector de la veracidad de tales conocimientos.

. En la segunda parte (párrafos 3-6) se hace referencia a uno de los procedimientos básicos para lograr ese «efecto de verdad»: la estrategia del autor de ausentarse del texto, de modo que se produzca la sensación de que quienes hablan son los propios hechos históricos, y no un emisor singular. Ello excluye de la categoría de los textos históricos propiamente dichos la autobiografía, el diario o las memorias.

. En la tercera parte (párrafos 7-8) se reiteran, con leves matices, las ideas presentadas al

principio del texto: puesto que los textos históricos deben tratar de conseguir la adhesión del receptor, el concepto, lábil, de verdad histórica cede su puesto al de eficacia persuasiva.

. En la cuarta parte (párrafos 9-10) se alude a otras técnicas —apelar a los valores ideológicos del receptor, presentar una interpretación no como cierta, sino como probable, para evitar el rechazo— que pueden ser empleadas por el emisor de un texto histórico. El texto se cierra con una advertencia implícita acerca de la necesidad de mantener una actitud vigilante para descubrir tales estrategias.

Como se desprende de la respuesta anterior si la primera y la tercera parte en las que hemos dividido el texto presentan la idea fundamental del autor —la sustitución del concepto absoluto de verdad por el de credibilidad—, las partes segunda y cuarta desgranan algunas de las estrategias que pueden emplearse para lograr ese efecto o ilusión de verdad.


[Un texto histórico aspira no tanto a transmitir un conocimiento verdadero sobre acontecimientos del pasado, cuanto a persuadir al receptor de la veracidad de ese conocimiento. La verdad histórica —entendida como una correspondencia verificable entre palabras y hechos— queda, así, sustituida por la credibilidad o efecto de verdad. Algunas estrategias orientadas a que el texto resulte creíble, a lograr la adhesión del receptor, son el ocultamiento del emisor, la apelación a los valores ideológicos del destinatario o la presentación de un suceso o interpretación no como cierto, sino como probable, para reducir las posibilidades de rechazo por parte del lector.] Los mecanismos que proporcionan cohesión al texto son, sin ánimo de exhaustividad, los siguientes:
. Anáforas: lo (conseguirlo, línea 3, remite a que […] ese texto sea reconocido como verdadero); lo (lo probarán y lo certificará, línea 7, remiten a que es verdad) lo (lo convierte, línea 51, alude a un documento).

. Deixis espacial: estos (En estos, línea 27, remite al sintagma textos históricos de la oración anterior); allí (lo que allí se dice, línea 32, alude a un texto histórico).

. Conectores: pues (línea 52, conector consecutivo); en cambio (línea 64, conector contraargumentativo).

. Elipsis: Unas categorías parecen articuladas por oposiciones nítidas; otras [categorías], en cambio, son graduales (líneas 63-64).

. Cohesión léxica: son abundantes las palabras y las expresiones que se reiteran a lo largo del texto: verdad, texto histórico o creer. Un caso de sinonimia referencial es la utilización de los vocablos historiador y enunciador.

Texto 7
Hubo un niño a quien sus padres, con la mejor voluntad, lo pusieron en un cesto de mimbres a orillas del río Nilo deseándole buena suerte. Tanta tuvo que una hija del faraón lo sacó de las aguas y lo adoptó con el nombre de Moisés. La historia es conocida, lo que no se conoce tanto es el porqué de ese nombre. El sabio Filón de Alejandría lo interpretaba así: en copto, una de las lenguas habladas en Egipto, mo significaba «agua», y useh, «salvar», así que Mouse, que dio nuestro Moisés, quiere decir «salvado de las aguas». El que con el tiempo iba a conducir a los israelitas a través del desierto durante cuarenta años llevaba su biografía, por lo menos la de los primeros años, en el nombre; incluso, precisando más, podría decirse que en su primera letra, la m, porque probablemente no haya en el alfabeto letra con forma tan parecida a la realidad natural de la que se copió: el agua.
El origen gráfico de la m está en el símbolo con que se representaba el agua en la antigua escritura jeroglífica. No haría falta ser egiptólogo para descifrar un signo como este porque si a cualquier persona se le dijera que dibujase el agua lo haría aproximadamente así. De este dibujo procede la letra mem del alfabeto fenicio que, bajo el significado de «agua», es la antecedente de todas las emes grecolatinas. En las lenguas semíticas la m aparece en el radical de la palabra: agua es mw en egipcio, mo en copto, maiim en hebreo y arameo, *mu en asirio, ma’un en árabe. Es por tanto una letra que no disimula sus orígenes acuáticos, los lleva claramente expresos en sus ondulantes

formas.
Gregorio SALVADOR y Juan R. LODARES
Historia de las letras, Espasa Calpe


Texto 8
Los escaparates mandan


Yo me pregunto si hay alguna razón para afirmar que en nuestro tiempo goza el dinero de un poder social mayor que en sazón1 ninguna del pasado. También esta curiosidad es expuesta y difícil de satisfacer. Si nos dejamos ir, todo lo que pasa en nuestra hora nos parecerá único y excepcional en la serie de los tiempos. Hay, sin embargo, a mi juicio, una razón que da probabilidad clara a la sospecha de ser nuestro tiempo el más crematístico2 de cuantos fueron.
Es también edad de crisis: los prestigios hace años aún vigentes han perdido su eficiencia. Ni la religión ni la moral dominan la vida social ni el corazón de la muchedumbre. La cultura intelectual y artística es valorada en menos que hace veinte años. Queda solo el dinero.
Pero, como he indicado, esto ha acaecido varias veces en la historia. Lo nuevo, lo exclusivo del presente es esta otra coyuntura. El dinero ha tenido, para su poder, un límite automático en su propia esencia.
El dinero no es más que un medio para comprar cosas. Si hay pocas cosas que comprar, por mucho dinero que haya y muy libre que se encuentre su acción de conflictos con otras potencias, su influjo será escaso. Esto nos permite formar una escala con las épocas de crematismo y decir: el poder social del dinero —ceteris paribus 3— será tanto mayor cuantas más cosas haya que comprar, no cuanto mayor sea la cantidad del dinero mismo. Ahora bien: no hay duda de que el industrialismo moderno, en su combinación con los fabulosos progresos de la técnica, ha producido en estos años un cúmulo tal de objetos mercables, de tantas clases y calidades, que puede el dinero desarrollar fantásticamente su esencia: el comprar.
José ORTEGA Y GASSET
El Sol, 15 de mayo de 1927, en La rebelión de las masas, Castalia
1sazón: ocasión, tiempo.
2crematístico: relativo al interés por el dinero.
3ceteris paribus: quedando en el mismo estado las cosas.

Algunas anotaciones para el comentario son:
Si bien es cierto que, ante el derrumbe de otros valores como la religión, la moral, el pensamiento o el arte, el dinero ha pasado a ocupar un lugar preponderante en la vida social, este no es, a juicio de José Ortega y Gasset, un rasgo privativo de la sociedad contemporánea. Estas ideas ocupan la primera parte del texto (desde Yo me pregunto hasta esto ha acaecido varias veces en la historia).
La idea central del fragmento se desarrolla en la segunda parte del mismo (desde Lo nuevo, lo exclusivo del presente hasta el final): lo característico de los nuevos tiempos es la extensión del mercado, que ofrece unas posibilidades de comprar —de emplear ese dinero— nunca vistas hasta ahora, como resultado de la combinación del desarrollo industrial y de los avances tecnológicos.
En el texto encontramos las siguientes características propias del género ensayístico:
. Presencia del emisor, que se manifiesta por medio de pronombres, de formas verbales y de posesivos de primera persona: Yo me pregunto, a mi juicio, como he indicado.

. Carácter dialogal, pues, aunque no hay apelaciones explícitas —en segunda persona— al receptor, el autor utiliza, en ocasiones, un nosotros generalizador que engloba a aquel en su referencia —nuestro tiempo, nos dejamos ir, nuestra hora—.

. Predominio de un vocabulario abstracto de tipo humanístico: religión, moral, cultura,

esencia…

. Empleo de la modalidad expositivo-argumentativa.
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