Los fragmentos reunidos en este libro constituyen una he-rramienta de trabajo adecuada para la realización de una tarea específica como es el abordaje de una




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4. Cultivar la incertidumbre
El valor de la filosofía debe ser buscado en su real incertidumbre. El hombre que no tiene ningún barniz de filosofía, va por la vida prisionero de los prejui­cios que derivan del sentido común, de las creencias habituales en su tiempo y en su país, y de las que se han desarrollado en su espíritu sin la cooperación y el consentimiento deliberado de su razón. Para este hombre el mundo tiende a hacerse preciso, definido, obvio, los objetos habituales no le suscitan problema alguno, y las posibilidades no familiares son desdeñosamente rechazadas. Desde el momento que empezamos a filosofar, hallamos, por el contrario, que aún los objetos más ordina­rios conducen a problemas a los cuales sólo podemos dar respuestas muy incompletas. La filosofía aunque incapaz de decirnos con certeza cuál es la verdadera respuesta a las dudas que suscita, es capaz de sugerir diversas posibilidades que amplían nuestros pensamientos y nos libera de la tiranía de la costumbre. Así, al disminuir nuestro sentimiento de certeza sobre lo que las cosas son, aumenta en alto grado nuestro conocimiento de lo que pueden ser; rechaza el dogmatismo* algo arrogante de los que no se han introducido jamás en la región de la duda liberadora y guarda vivaz nuestro sentimiento de la admiración, presentando los objetos familiares en un aspecto no familiar15.
Bertrand conde de Russell, filósofo y matemático inglés, nacido en Trelleck en 1872 y muerto en Penrhyndeu­draeth, Gales, en 1970. Los problemas de la filoso­fía fue publicado en 1911
(1) ¿Cuáles serían las utilidades de la filosofía para Russell? (2) Defina el concepto de incertidumbre. (3) Compare la postura de Russell acerca de la utilidad de la filosofía con la de Descartes.
5. Criticar lo establecido
Cuando en una conversación aparecen los conceptos* de física, química, medicina o historia, los participantes, en general, asocian con ellos [con los títulos] algo muy concreto. Si llega a surgir una diferencia de opiniones, pueden consultar un diccionario o alguno de los manuales corrientes, o bien recurrir a un especialista más o menos destacado en la materia en cuestión. La definición de cada una de esas ciencias se deduce* directamente de su posición en la sociedad actual. Aunque ellas podrían hacer en el futuro los más grandes progresos, (...) sin embargo, nadie se interesa realmente por definir esos conceptos de otro modo como no sea relacionándolos con las actividades científicas que en este momento se encuadran en tales denominaciones.

Con la filosofía no ocurre lo mismo. Supongamos que le preguntásemos a un profesor de filosofía qué es la filosofía. Si tenemos suerte y damos por casualidad con uno que no rechace por principio las definiciones*, nos dará una. Pero si aceptamos esa definición, pronto comprobaremos, presumiblemente, que no es, de ningún modo, la que se reconoce en general y en todas partes. Entonces podríamos dirigirnos a otras autoridades, o también a los manuales modernos y antiguos. Eso sólo aumentaría nuestra confusión.

[...] Los enemigos de la filosofía dicen, a su vez, que, en caso de tener ella un valor, ya no sería filosofía sino ciencia positiva. Todo lo restante de sus sistemas sería sólo palabrería; lo que esos sistemas sostienen sería interesante algunas veces, pero por lo general aburrido y en todos los casos inútil. Los filósofos por su parte, muestran una empecinada indiferencia frente al juicio del mundo exterior. Desde el proceso a Sócrates es evidente que mantienen una relación tensa con la realidad* tal cual ella existe16, especialmente con la comunidad en que viven. Esa tensión cobra a veces la forma abierta de la persecución; en otras ocasiones, se manifiesta, simplemente, en que su lenguaje no es comprendido. Se ven obligados a vivir en secreto, ya sea física o intelectualmente. También los científicos han entrado a veces en conflicto con la sociedad de su tiempo. Pero aquí debemos volver a la mencionada diferencia entre elementos filosóficos y elementos científicos e invertir los términos: las causas de la persecución residían en las concepciones filosóficas de estos pensadores, no en sus teorías científicas.

[...] El carácter refractario de la filosofía respecto de la realidad deriva de sus principios* inmanentes*. La filosofía insiste en que las acciones y fines del hombre no deben ser producto de una necesidad ciega17. Ni los conceptos científicos ni la forma de la vida social, ni el modo de pensar dominante ni las costumbres prevalecientes deben ser adoptadas como hábito y practicadas sin crítica18. El impulso de la filosofía se dirige contra la mera tradición y la resignación en las cuestiones decisivas de la existencia; ella ha emprendido la ingrata tarea de proyectar la luz de la conciencia aun sobre aquellas relaciones y modos de reacción humanos tan arraigados que parecen naturales, invariables y eternos19.

[...] El racionalismo individual puede ir acompañado de un completo irracionalismo general. Los actos de individuos que, en la vida diaria, pasan con toda justicia por razonables y útiles, pueden resultar perjudiciales y hasta destructivos para la sociedad. Por eso, (...) es preciso recordar que la mejor voluntad para realizar algo útil puede tener como consecuencia lo contrario; simplemente porque esa voluntad puede ser ciega respecto de lo que rebasa los límites de su especialidad o de su profesión, porque ella se concentra en lo más cercano y desconoce la verdadera esencia* de aquello que solo puede ser esclarecido en una conexión más amplia20.

[...] La filosofía en oposición a otras disciplinas, no tiene un campo de actividad fijamente delimitado dentro del ordenamiento existente. Este ordena­miento de la vida, con su jerarquía de valores, constituye un problema en sí mismo para la filosofía. Si la ciencia puede aún acudir a datos establecidos que le señalan el camino21, la filosofía, en cambio, debe siempre confiar en sí misma, en su propia actividad teórica.

[...] La verdadera función social de la filosofía reside en la crítica de lo establecido22. Eso no implica la actitud superficial de objetar sistemáti­ca­mente ideas o situaciones aisladas, que haría del filósofo un cómico personaje. Tampoco significa que el filósofo se queje de este o aquel hecho tomado aisla­damente, y recomiende un remedio. La meta principal de esa crítica es impedir que los hombres se abandonen a aquellas ideas y formas de conducta que la sociedad en su organiza­ción actual les dicta. Los hombres deben aprender a discernir la relación entre sus acciones individuales y aquello que se logra con ellas, entre sus existencias particulares y la vida general de la sociedad, entre sus proyectos diarios y las grandes ideas reconocidas por ellos23. La filosofía descubre la contradicción en la que están envueltos los hombres cuando, en su vida cotidiana, están obligados a aferrarse a ideas y conceptos aislados.

[...] La filosofía es el intento metódico y perseverante de introducir la razón en el mundo; eso hace que su posición sea precaria y cuestionada. La filosofía es incómoda, obstinada y, además, carece de utilidad inmediata*; es, pues, una verdadera fuente de contrariedades24.
Max Horkheimer, filósofo y sociólogo alemán, nació en Stuttgart en 1895, fue director del Instituto de Investiga­ción Social desde 1931, murió en 1973 en Nüremberg. El artículo La función social de la filosofía fue escrito en 1940.
(1) ¿Qué diferencias señala el autor entre las ciencias y la filosofía? (2) Compare los dos primeros párrafos de este texto con la «misión» de Sócrates (texto 2). (3) ¿Cómo es caracterizada la filosofía por sus enemigos? (4) ¿Cuál es la relación de la filosofía con «la realidad-tal-cual-ella-existe» (realidad-dada)? (5) ¿Por qué la filosofía insiste en que las formas de vida no pueden ser adoptadas sin crítica? ¿Qué significa «crítica»? (6) ¿Por qué se sostiene que no bastan ni el racionalismo individual ni el voluntarismo? (7) ¿Por qué la filosofía sólo puede confiar en su propia actividad teórica? ¿Por qué no basta con la «comprobación» científica o con la experiencia cotidiana o histórica?

(8) ¿Cuál es la meta de la filosofía entendida como crítica? (9) ¿Qué significa que la filosofía es el intento de «introducir la razón en el mundo»? (10) ¿Por qué se afirma que la filosofía es una «fuente de contrariedades»? (11) ¿Qué relaciones podría establecer entre este texto y el fragmento de la Apología de Sócrates (2. La conciencia de la ignorancia como condición del saber)? (12) ¿Cómo debe y no debe entenderse la afirmación del autor: "la función social de la filosofía es criticar lo establecido"? ¿Qué quiere decir cuando habla del carácter refractario de la filosofía?
6. El asombro del orden y la armonía del kosmos
Y que la filosofía no se trata de una ciencia productiva dan prueba las consideraciones de los primeros que filosofaron. En efecto, partiendo del asombro, los hombres, tanto ahora como antes, comenzaron a filosofar. Al comienzo se admiraron de las dificultades sencillas, después, avanzando gradual­mente, plantea­ron dificultades en torno de los problemas más graves, tales como los cambios de la luna, los del sol y las estrellas y, finalmente, acerca del origen del universo. Ahora bien, quien se encuentra perplejo ante una dificultad y quien se admira, reconoce su propia ignorancia (de aquí que el amante de los mitos, de alguna manera, sea amante de la sabiduría [filó-sofo], porque el mito consiste en un cúmulo de maravillas). Así, pues, si los primeros filósofos se dieron a filosofar para huir de la ignorancia, persiguieron el saber en consideración del conocimiento y no por su utilidad. Y lo que ocurrió da testimonio de lo que decimos, pues se comenzó a buscar ese tipo de conoci­miento tan pronto se hubieron satisfecho todas las necesi­dades de la vida y todo lo relativo al bienestar y al solaz. Es obvio que no buscamos ese conocimiento en virtud de una ulterior utilidad. Y así como llamamos libre al hombre que tiene su fin en sí mismo, y no existe para otro, así decimos que esta es la única ciencia libre, puesto que es la única que tiene su propio fin25.
Aristóteles: filósofo ateniense del siglo IV antes de Cristo
(1) Defina el concepto de "asombro". (2) Cuál es el fin de la filosofía para Aristóteles? Diferencie la postura aristotélica de la de Horkheimer y de la de Descartes (3) ¿Cómo se define la libertad?
7. La duda de los prejuicios
Como hemos nacido niños y hemos formulado diversos juicios sobre las cosas sensibles antes de tener pleno uso de nuestra razón, estamos apartados del conoci­miento de la verdad por numerosos prejuicios, de los que, según parece, sólo podemos librarnos empeñándonos en dudar, una vez en la vida, de todas las cosas en que encontremos hasta la menor sospecha de incertidumbre.

Más aun, también será útil tener por falsas aquellas cosas de que vamos a dudar para hallar con mayor claridad lo que es más cierto y fácil de conocer.

[...] Ahora, por consiguiente, mientras sólo nos dedicamos a buscar la verdad, dudaremos, en primer lugar, de que existan algunas cosas sensibles o imaginables: primero, porque hemos advertido que los sentidos a veces yerran y es prudente no confiar nunca demasiado en los que alguna vez nos engañaron; después, porque todos los días, en sueños, nos parece sentir o imaginar innume­rables cosas que no existen en ninguna parte; y al que así duda no se le presenta ningún signo por el que pueda distinguir con certeza el sueño de la vigilia26.
(1) Defina la duda para Descartes. Compare con la incertidumbre en Russell y con la crítica en Horkheimer.
8. La sabiduría popular
La estancia o caserío indígena Kollana era un ayllu o comunidad aymara, que dependía de Toledo, situada cerca de Oruro (Bolivia), en plena puna. (...) Habíamos llegado allí con unos alumnos para realizar nuestro trabajo de campo, y logra­mos conectar con la familia Halcón que la habitaba. Estaba compuesta por el abuelo, su hijo, la mujer de éste y tres niños.

Me llamó la atención el abuelo. Estaba acodado sobre la pirca de adobe y miraba hacia lo lejos, mientras nosotros lo acosábamos a preguntas. Quien en realidad hablaba con nosotros, era el hijo. Sabía castellano, por cuanto debió cumplir con el servicio militar, y demostraba cierta confianza en sí mismo. La entrevista en sí fue correcta, aunque bastante pesada. De vez en cuando el abuelo se daba vuelta y contestaba a nuestras preguntas con cierta sonrisa. Una sonrisa suele ser útil cuando no se quiere decir lo que realmente se piensa y, en general, cuando no se quiere hablar. Pero demostraba buena voluntad. Se diría incluso que, a raíz de nuestras preguntas, él iba penetran­do con cierto esfuerzo zonas de olvido de donde sacaba el dato que necesitába­mos.

Así nos informó sobre el sistema de prestación o ayni, el ayllu o comuni­dad y mil cosas más. Pero en realidad no quería hablar. Al fin comenza­ron a aparecer las simplificaciones del caso. Recuerdo su mirada cuando se volvía a acodar sobre la pirca. Parecía estar diciendo para sí, con cierto aire de suficiencia, que para qué había que preguntar tanto. Además, le debía obsesio­nar su propia actividad ahí concretada a la labor de su estancia, porque, por ejemplo, hacia notar que la tierra le daba antes unas papas muy grandes y que eso hoy ya no ocurría, que antes llovía más que ahora y que, antes, todo era mucho mejor. El mundo había envejecido con él.

Realmente no valía la pena seguir preguntando. Tuve la impresión corrien­te en estos casos. Un indígena, como ese abuelo, no tenía por qué tomar con­ciencia de sus costumbres, porque ni siquiera sabía de dónde provenían, y pensaría que sólo había que cumplirlas cuando las circunstancias lo requerían. De ahí, entonces, que la entrevista sufriera un natural relajo. El abuelo, como suele ocurrir entre ellos, se fatigó. Es natural, si se piensa que las pregun­tas obligaban, además, a un serio esfuerzo.

Pero en ese momento se planteó una situación peculiar, provocada por algunos integrantes de nuestro grupo. Alguien tomó la ofensiva, y preguntó al abuelo que por qué no compraba una bomba hidráulica. El rostro de aquél se volvió más impe­netrable. Había varias instituciones que lo ayudarían. Segura­mente poniéndose de acuerdo con sus vecinos podían entre todos comprar la bomba y, en cómodas cuotas, compartidas por todos, la pagarían a corto plazo.

Miré en torno, La puna era seca y árida, las ovejas flacas. Era una causa suficiente para comprar la bomba. Le decíamos que ella «le va a favore­cer» y «le va a engordar los ganados». «Vaya a Oruro y visite la oficina de Extensión Agrícola». El abuelo nada respondía. El hijo, para quedar bien con nosotros, decía un poco entre dientes: «Si, vamos a ir». Luego, un silencio pesado. El abuelo seguía mirando la puna. ¿Qué miraría?

Ya no quedaba más nada por preguntar, ni qué proponer. Nos fuimos. A lo lejos vimos cómo el cielo pasaba sobre los putucus. ¿Qué pensaría el abuelo? Quizás el hijo trataría de convencerlo y le dirá: «Abuelo, estamos en otra época, estas cosas hay que hacerlas. Los gringos tienen razón». Pero el abuelo mascaría un poco de coca, challaría su alcohol y no contestaría. Es más, seguramente pensaría que para hacer llover era mucho más barato uno de esos rituales corrientes como la Gloria Misa o la huilancha, y, además, es mucho más seguro.

Realmente, ¿qué pensar? el abuelo pertenece a un mundo* en el cual la bomba hidráulica carece de significado, ya que él contaba con recursos propios como lo es el rito. Ahora bien, si esto es así, la frontera entre él y nosotros parecie­ra inconmovible. Evidentemente, nuestros utensilios no pasan así no más al otro lado. Recuerdo que la distancia entre él y nosotros tenía apenas un metro, pero era mucho mayor.

Alguien, escandalizado por la actitud del abuelo, lo calificó de ignoran­te. Es lo que solemos decir en estos casos. ¿Por qué? Porque es natural que si él conociera o simplemente viera la realidad que lo rodea, forzosamente tenía que comprar la bomba. La cuestión para nosotros estriba en conocer. De ahí entonces que una buena alfabetización llevaría al abuelo a tomar conoci­miento de la realidad y, por lo tanto, a comprar la bomba del caso. Pero he aquí que, sin embargo, el abuelo insistirá en hacer la Gloria Misa o la huilancha para propiciar el mejoramiento de su tierra y de su ganado.

Evidentemente, el abuelo no cumple entonces con las etapas de todo conoci­miento. El problema del conocimiento, según nuestro punto de vista occidental, pareciera tener cuatro etapas. Primero, una realidad que se da afuera. Segundo, un conocimiento de esa realidad. Tercero, un saber que resulta de la administración de los conocimientos o ciencia, y cuarto, una acción que vuelve sobre la realidad para modificarla.

[...] Ahora bien, ¿por qué el abuelo no hacía eso? ¿Es que no encontraba la solución afuera? Si queremos hacer teoría diríamos que su conocimiento no termina en la acción, o sea que no finaliza en el mundo exterior, porque sustituía la bomba hidráulica por un ritual mágico. No cumple con esos cuatro momentos del problema del conocimiento que enunciamos más arriba. Pero, ¿qué entiende entonces el indio por realidad, por conocimiento, por saber, y por acción?

[...] En esto se vislumbra la crisis, ya no del indio sino la nuestra. El abuelo removía su intimidad en la realización del ritual, pero no aprovecha la solución externa. Nosotros nos volvíamos a casa a disponer lo que la civiliza­ción nos ha brindado, pero difícilmente íbamos a remover nuestra intimidad. No la conocemos por otra parte27.
Rodolfo Kusch es un filósofo y antropólogo argentino contemporáneo que murió en Salta en 1979
(1) Realice un resumen del texto de R. Kusch y luego aclare si coincide con el siguiente párrafo: "Cualquier actividad sociocultural no podrá partir de la idea de llevar nuestra cultura, sino de respetar la que ellos (comunidades indígenas) tienen. En todo caso se les otorgará los medios que les permita susbsistir económicamente en los mecanismos del mercado" (R. Follari, en Trabajo y Comunidad: análisis y perspectivas). (2) Explique la frase: "el abuelo pertenece a un mundo en el cual la bomba hidráulica carece de significado". (3) ¿Qué significa para nosotros «conocer»? (4) ¿Por qué se afirma que si el abuelo viera la realidad "forzosamente tenía que comprar la bomba"? (5) Diferencie el conocimiento del abuelo del de nosotros.
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