Los fragmentos reunidos en este libro constituyen una he-rramienta de trabajo adecuada para la realización de una tarea específica como es el abordaje de una




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17. El poder de la técnica
Al hablar de la «ciencia como parte de la interacción entre el hombre y la naturaleza», dice Heisemberg: «En relación con este asunto se ha dicho con frecuen­cia que los trascendentes cambios de nuestro medio ambiente y de nuestro modo de vivir originados por esta era técnica45 han alterado también peligrosa­mente nuestro modo de pensar, y que en ello reside las causas de la crisis que han conmovido a nuestra época y que, por ejemplo, se manifiestan también en el arte moderno. Ciertamente, esta objeción es mucho más vieja que la tecnología46 y que la ciencia, pues que el uso de las herramientas se remonta a los orígenes más remotos del hombre. Así, hace dos mil quinientos años, el filósofo chino Chuang-Tzu ya habló del peligro de la máquina cuando dijo: "En sus viajes por las regiones del norte del río Hau, Tzu-Gung vio a un anciano labrando una huerta. Había excabado un canal de riego. El hombre bajaba al manantial, llenaba un recipiente con agua y lo vertía a brazo en el canal. Si sus esfuer­zos eran enormes, los resultados parecían muy mezquinos. Tzu-Gung le dijo: «Hay un medio por el cual podrías alimentar cien canales en un sólo día, y podrías hacer mucho más con poco esfuerzo. ¿Quieres que te lo diga?». Alzóse el horte­lano, lo miró y dijo: «¿Qué medio puede ser ese?». Tzu-Gung replicó: «Toma una pértiga de madera, ligera de una punta, con un peso en la otra. Eso se llama una zangabu­rra». El enojo asomó al rostro del anciano, quien dijo: «He oído decir a mi maestro, que cualquiera que emplee una máquina hará todo su trabajo como una máquina. Al que hace su trabajo como una máquina, el corazón se le vuelve máquina, y el que lleva en el pecho un corazón como una máquina, pierde su sencillez. El que ha perdido su sencillez se sentirá inseguro en las luchas de su alma. La inseguridad en las luchas del alma no se aviene con el sentido honesto. No es que no conozca tales cosas; es que me avergüenza usarlas»47.
(1) ¿Por qué la técnica ha alterado peligrosamente nuestro modo de pensar? (2) ¿Qué moraleja podría extraer del relato citado por Heisemberg?
18. El poder liberador de la filosofía
Cuando alguien pregunta para qué sirve la filosofía, la respuesta debe ser agresiva ya que la pregunta se tiene por irónica y mordaz. La filosofía no sirve ni al Estado ni a la Iglesia, que tienen otras preocupaciones. No sirve a ningún poder establecido. La filosofía sirve para entristecer, la filosofía que no entristece o contraría a nadie no es filosofía. Sirve para detestar la estupi­dez, hace de la estupidez una cosa vergonzosa. Sólo tiene este uso: denunciar la bajeza del pensamiento bajo todas sus formas. ¿Existe alguna disciplina, fuera de la filoso­fía, que se proponga la crítica de todas las mistificaciones48, sea cual sea su origen y su fin? Denunciar todas las ficcio­nes sin las que las fuerzas reactivas49 no podrían prevalecer. Denunciar en la mistificación esta mezcla de bajeza y estupidez que forma también la asombrosa complicidad de las víctimas y de los autores. En fin, hacer del pensamiento algo agresivo, activo, afirmativo. Hacer hombres libres, es decir, hombres que no confundan los fines de la cultura con el provecho del Estado, la moral o la religión. Vencer lo negativo y sus falsos prejuicios. ¿Quién, a excep­ción de la filosofía, se interesa por todo esto? La filosofía como crítica nos dice lo más positivo de sí misma: empresa de desmitificación. Y, en este respecto, que nadie se atreva a proclamar el fracaso de la filosofía. Por muy grandes que sean, la estupidez y la bajeza serían aún mayores si no subsistie­ra un poco de filosofía que, en cada época, les impide ir todo lo lejos que querrían, que respectivamente les prohíbe, aunque sólo sea por el qué dirán, ser todo lo estúpida y lo baja que cada una por su cuenta desearía. No les son permitidos ciertos excesos, pero, ¿quién, excepto la filosofía, se los prohíbe? ¿quién les obliga a enmascararse, a adoptar aires nobles e inteligen­tes, aires de pensador? Ciertamente existe una mistificación específicamente filosófica; la imagen dogmática del pensamiento y la caricatura de la crítica lo demues­tran. Pero la mistificación de la filosofía empieza a partir del momento en que ésta renuncia a su papel... desmitificador, y tiene en cuenta los poderes establecidos: cuando renuncia a detestar la estupidez, a denunciar la bajeza. Es cierto, dice Nietzsche, que actualmente los filósofos se han convertido en cometas. Pero desde Lucrecio hasta los filósofos del siglo XVIII debemos observar estos cometas, seguirlos todo lo posible, hallar su camino fantástico. Los filósofos-cometas supieron hacer del pluralismo un arte de pensar, un arte crítico. Supieron decir a los hombres lo que oculta­ban su mala conciencia y su resentimiento. Supieron oponer a los valores y a los poderes establecidos aunque no fuera más que la imagen de un hombre libre. Después de Lucrecio ¿cómo es posible preguntar para qué sirve la filosofía?

Es posible preguntarlo porque la imagen del filósofo está constantemente oscurecida. Se hace de él un sabio, él que es sólo un amigo de la sabiduría, amigo en un sentido ambiguo, es decir, el anti-sabio, el que debe disfrazarse de sabidu­ría para sobrevivir. Se hace de él un amigo de la verdad, él que somete lo verdade­ro a la más dura prueba, de donde la verdad sale tan descuar­tizada como Dionysos50: la prueba del sentido y del valor. La imagen del filósofo se oscurece debido a todos sus disfraces necesarios, pero también debido a todas las traiciones que hacen de él el filósofo de la religión, el filósofo del Estado, el coleccionista de los valores en curso, el funcionario de la historia. La imagen auténtica del filósofo no sobrevive al que durante un tiempo supo encarnarlo en su época. Debe recuperarse, reanimarse, debe hallar un nuevo campo de actividad en la época siguiente. Si la labor crítica de la filosofía no se recupera activamente en cada época, la filosofía muere y con ella la imagen del filósofo, la imagen del hombre libre. La estupidez y la bajeza no dejan de formar nuevas alianzas. La estupidez y la bajeza son siempre las de nuestro tiempo, la de nuestros contemporáneos, nuestra estupi­dez y nuestra bajeza. A diferencia del concepto intemporal del error, la bajeza no se separa del tiempo, es decir del transporte del presente, de esta actualidad en la que se encarna y se mueve. Por eso la filosofía tiene con el tiempo una relación esencial: siempre contra su tiempo, crítico del mundo actual, el filósofo forma conceptos que no son ni eternos ni históricos, sino intempesti­vos e inactuales. La oposición en la que se realiza la filosofía es la de lo inactual, de lo intem­pestivo con nuestro tiempo. Y lo intempestivo encierra verdades más duraderas que las verdades históricas y eternas reuni­das: las verdades del porve­nir. Pensar activamente, es «actuar de la forma inactual, o sea contra el tiempo, y a partir de ahí incluso sobre el tiempo, en favor (así lo espero) de un tiempo futuro». La cadena de los filósofos no es la eterna cadena de los sabios, y menos aún el encadenamiento de la historia, sino una cadena rota, la sucesión de cometas, su discontinuidad y su repetición que no se refieren ni a la eternidad del cielo que atraviesan, ni a la historicidad de la tierra que sobrevuelan.

No hay ninguna filosofía eterna, ni ninguna filosofía histórica. Tanto la eternidad como la historicidad de la filosofía se reducen a esto: la filosofía, siempre intempestiva, intempestiva en cada época51.
(1) ¿Por qué la filosofía que no entristece no es filosofía? (2) ¿Cuál es la utilidad de la filosofía para el autor? (3) ¿Qué significa «estupidez»? (4) ¿En qué medida la filosofía colabora en la tarea de «hacer hombres libres»? (5) ¿En qué se basa el autor para sostener que la filosofía no ha fracasado? (6) Relacione la afirmación de que la filosofía está «siempre contra su tiempo» con el enunciado «la verdadera función social de la filosofía reside en la crítica de lo establecido». (7) ¿En qué consiste la mistificación de la filosofía? (8) ¿Por qué está oscurecida la imagen del filósofo? (9) ¿Por qué el autor prefiere hablar de discontinuidad a hacerlo en términos de historia? ¿Cómo se puede vincular la filosofía con la historia? (10) ¿Qué significa que la filosofía es «inactual» o «intempestiva»?
19. Las prácticas del micropoder.
Si uno quiere explorar ciertas realidades profundas de una sociedad, puede atisbar a través de una ventana maravillosa: me refiero a los trabajado­res sociales. El trabajo social, una actividad ejercida por asistentes socia­les, educadores y reeducadores, psicopedagogos, y otros, tiene poca «imagen» y escasos salarios. [...] Los mismos trabajadores suelen experimentar cierto malestar por las condiciones en que se desenvuelve su tarea.

Sin embargo, disponen de un poder real, efectivo, contundente, casi insospechable. Intervienen en escuelas, fábricas, oficinas, obras sociales y municipalidades, esto es, en un vasto espectro de la vida pública y privada de millones de personas. Pueden presentarse en una familia para controlar cómo son tratados los niños, cuáles son las relaciones entre los cónyuges o con los vecinos, y tomar -o hacer tomar- medidas de envergadura. Por ejemplo, hacer ubicar a los menores en una institución pública o en una familia de adopción.

Los informes de los trabajadores sociales orientan ciertas decisiones judiciales importantes: tenencia de niños en caso de divorcios litigiosos, declaración jurídica de insanidad; internación obligatoria en instituciones psiquiátricas o puesta en libertad vigilada de drogadictos; obtención o suspen­sión (en Francia) de subsidios del Estado para alquilar viviendas. El aborto, legalizado entre los franceses, implica obligatoriamente que la mujer tenga una entrevista previa con, por ejemplo, una asistente social.

Depreciación, por un lado; poder real, por el otro.

Mal pagados, hiperactivos, inquietos, los trabajadores sociales ocupan posiciones clave en los más diversos ámbitos. Esta paradoja explica la verdade­ra pasión que un filósofo-sociólogo puede sentir por el trabajo social. Es una actividad plagada de sorpresas.

Las fronteras imaginarias: Los trabajadores sociales se ocupan de perso­nas «discapacitadas», familias «con dificultades», niños con «problemas escola­res» o «maltratados», comunidades confrontadas a «problemas de urbanización, salud u otros», desocupados, «madres solteras», ancianos «carenciados», etcéte­ra. Todas las situaciones tienen un común denominador: son problemáticas, es decir, que plantean problemas porque quienes las viven no pueden o no quieren ajustarse a ciertos modelos sociales considerados normales, necesarios y humanos.

Justamente, se llama trabajo social porque jamás se ocupa de cuestiones puramente personales, de pareja o de comunidad, sino siempre de cuestiones sociales y generales singularizadas en una persona, en una pareja o en una comunidad. Un problema de pareja involucra por lo menos a dos personas, pero también a las familias respectivas, a los amigos y allegados, a cuestiones de dinero y de pertenencia y, más aún, a los ideales de pareja «normal/anormal», a la idea de amor, a los modelos de fidelidad, sexualidad, goce y demás. La gente se une y se separa por razones que jamás se reducen a su sola subjetividad.

El trabajo social prueba todos los días que hay personas que tienen problemas, pero que no existen problemas personales provocados y susceptibles de ser resueltos por un solo individuo. Este, precisamente, el individuo, es más bien uno de los representantes singulares de tendencias y corrientes que están en toda la sociedad.

Estos modelos e ideales no son sólo exteriores a las personas. No son simplemente un entorno. Son también internos, íntimos, privados. ¿No es, acaso, esto que Freud llama «súperyo»? El autoritarismo, por ejemplo, es tanto una posición política como una posición paternal o maternal. Se juega en la Cámara de Diputados pero también en la cámara nupcial.

El trabajo social prueba todos los días la relativa inconsistencia de separar lo «público» de lo «privado», lo «colectivo» de lo «individual», la «teoría» y la «práctica». Constantemente rompe los tabiques erigidos por las ciencias sociales y humanas entre lo psíquico y lo social, lo sexual y lo ideológico, lo económico y lo imaginario. Es un dispositivo transdisciplinario52.

[...] Allí reside el poder real del trabajo social. Se ejerce a través de problemas de salud, vivienda o empleo, pero ni unos ni otros son su objetivo último. Cualquiera que sea el tipo de sociedad que exploremos, el trabajo social no puede resolver los problemas, sino cuanto más aliviarlos. El trabajo social actúa sobre los modelos de vida y de comportamiento puestos en juego a raíz de un problema de salud. No se ocupa tampoco del empleo sino del carácter «fatal» o «histórico» del empleo y la desocupación. A propósito de las condi­ciones de la existencia, examina las ideas por las cuales la gente soporta y no soporta más dichas condiciones de existencia.

Cabría pensar, entonces, que el trabajo social surge de una imagen depreciada [de distintas realidades] porque, a su manera, los trabajadores sociales -lúcidos o autoenga­ñados- dicen todo el tiempo que en la medicina hay más que el cuerpo, que en el derecho hay más que la ley, que en la escuela hay más que conocimientos y diplomas, que en la familia hay más que amor y educación.

Normal y anormal: [...] Pero un niño de quien se dice que tiene «problemas escolares» no se distingue sólo porque a los 10 ó 12 años aún no sabe leer ni escribir o porque es demasiado turbulento en clase. Ese niño dice algo precioso que hay que atreverse a escuchar: dice que ha sido designado para que se sepa que la escuela puede no enseñar en absoluto y el hecho de que haya tanta indisciplina nos interroga sobre los fundamentos mismos de la disciplina reinante. Un niño que duerme al fondo de la clase no sólo no escucha la lección del día sino que además denuncia las virtudes soporíferas del maestro. Un niño que tiene proble­mas escolares «dice» que la escuela tiene problemas infantiles.

[...] Lo que el trabajo social prueba todo el tiempo [es]: que lo que se llama «anormal» es el reverso simétrico de lo que se cree «normal», la cara oculta de la luna. Oscura pero no necesariamente apagada. Lo «anormal» puede explicarse. Pero lo «normal», también. Ni uno ni otro caen del cielo, y de ambos uno puede ocuparse.

¿No será entonces, que el trabajo social está depreciado porque para cada uno de nosotros -gente «normal»- resulta difícil y a menudo inquietante apre­ciar qué es lo que sostiene nuestra vida?53
[Saúl Karsz es licenciado en filosofía y doctor en sociología. Fue fundador de la Escuela de Prácticas Sociales en París y ejercía (en el momento de publicar­se este artículo) como profesor de sociolo­gía del conoci­miento en la Universi­dad de la Sorbona (Francia).]
(1) Según el autor, ¿qué es un Trabajador Social, cómo opera y qué evidencia en su trabajo? (2) ¿En qué se manifiesta el "poder real" de los trabajadores sociales? (3) ¿Por qué no se justifica la separación existente entre lo público y lo privado, entre lo colectivo y lo individual, la teoría y la práctica? (4) ¿Qué relación establece el autor entre lo normal y lo anormal? (5) Analice las relaciones normalidad-anormalidad en la película
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