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EL RENACIMIENTO DE LA NATURALEZA

El resurgimiento de la ciencia y de Dios

RUPERT SHELDRAKE

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www.upasika.com

Agradecimientos
Este libro es el resultado de una prolongada búsqueda personal.

No puedo enumerar aquí todas las plantas, animales, lugares, personas, tradiciones e ideas que me ayudaron a lo largo del camino. Sólo puedo expresar mi gratitud general por todo lo que recibí en los países en los que he vivido -Inglaterra, Estados Unidos, Malasia y la India-, y en el curso de mis viajes por Europa, América del Norte, Asia y África.

Muchas conversaciones con amigos y colegas han contribuido en este libro. Algunas tuvieron lugar en el marco de visitas informales, otras en conferencias y simposios y varias en series de encuentros a los que yo asistí durante la última década. En particular, las reuniones periódicas en Cambridge de los Epiphany Philosophers, un grupo al que pertenezco desde 1966; me refiero también a los encuentros de la British Scientific and Medical Network, a los consejos anuales de la Ojai Foundation en California entre 1984 y 1987 y a una serie de conferencias por invitación en el Esalen Institute de Califomia, en Hollyhock Farm (Cortes Island, Columbia Británica), en el Instituto de Ciencias Noéticas de Sausalito, Califomia, y en el International Center for Integrative Studies

de Nueva York.

En particular, desearía expresar mi agradecimiento a las siguientes personas por las conversaciones que mantuve con ellas que ayudaron a dar forma al contenido de esta obra: Ralph Abraham, David Abram, William Anderson, Eric Ashby, Lindsay Badenoch, Robert Bly, David Bohm, Fritjof Capra, Bernard Carr, Christopher Clarke, Paul Davies, Larry Dossey, Lindy Dufferin y Ava, Dorothy Emmet, Warwick Fox, Adele Getty, Edward Goldsmith, Brian Goodwin, David Griffin, Bede Griffiths, Joan

Halifax, David Hart, Rainer Hertel, Mac-wan Ho, Francis Huxley, Rick Ingrasci, Colleen Kelley, David Lorimer, Terence McKenna, Ralph Metzner,john Michell, Namkhai Norbu, Robert Ott, el extinto Michael Ovenden, Nigel Pennick, Anthony Ramsay, Martin Rees, Jeremy Rifkin, Janis Roze, Kit Scott, Ronald Sheldrake, Paolo Silva e Souza, John Steele, Denis Stillings, John Sullivan, Harley Swiftdeer, Brian Swimme, Robin Sylvan, Peggy Taylo, George Trevelyan, Piers Vitebsky, Lyall Watson, Rex Weyler y sobre todo a mi esposa Jill Purce, a quien dedico el libro.

Estoy especialmente agradecido a quienes leyeron los diversos borradores, por sus útiles comentarios y críticas: Lindsay Badenoch, Christoper Clarke, Adele Getty, Bede Griffiths, Francis Huxley, Kit Scott; a mis asesores editoriales ingleses, Erica Smith y Kelly Davis, y a mi asesor editorial norteamericano, Leslie Meredith, de Bantam

Books.

Mi trabajo en esta obra ha sido parcialmente respaldado por una beca del Instituto de Ciencias Noéticas, del que soy miembro.

Le agradezco a Keith Roberts ya sus ayudantes los dibujos de las figuras 5.1, 5.2, 5.3, 5.4, 6.2 y 7.1; también doy las gracias por la autorización para reproducir ilustraciones a los Trustees of the British Museum (figura 1.1), la British Library (figuras 1.2 y 2.2),

Clive Hicks (figura 2.1), Ralph Abraham (figura 4.2), la Oxford University Press (figura 5.4) y j. Bloxham y D. Gubbins (figura 7.2).

Introducción
La familia de mi abuela tenía una plantación de mimbreras en Nottinghamshire, que producía materia prima para los cesteros del lugar. La más vívida imagen del renacimiento de la naturaleza llegó a mí mientras estaba en la vieja finca de la familia en Farndon, una aldea sobre el río Trent, próxima a mi pueblo natal, Newark. Yo tenía cuatro o cinco años. Cerca de la casa vi una fila de mimbreras de las que colgaban alambres oxidados. Quise saber qué hacían allí esos arbustos en fila y se lo pregunté a mi tío. Me explicó que alguna vez había habido una cerca de alambre y estacas de mimbrera, pero las estacas habían vuelto a la vida, convirtiéndose en esas plantas.

Me sentí lleno de reverencia.

Después olvidé el incidente, hasta hace unos años, cuando reapareció en mi mente en un momento de iluminación súbita.

Primero, el recuerdo en sí, el momento de comprensión al ver las estacas convertidas en arbustos vivos. Después, la sorprendente revelación de que ese recuerdo resumía gran parte de mi carrera científica. Durante más de veinte años, en Cambridge, en Malasia

y en la India, había investigado el desarrollo de las plantas. Siempre me fascinó el interjuego entre la muerte y la regeneración. En particular, descubrí que la hormona vegetal auxina, que estimula el crecimiento y el desarrollo, e induce el enraizamiento de los gajos, es producida por células que mueren. (1) Por ejemplo, la generan las células de madera que "se suicidan" al diferenciarse en tubos conductores de savia en las venas de las hojas, los sistemas y todos los órganos mientras se desarrollan. La muerte de esas células estimula el crecimiento, y con ello más muertes celulares y más producción de auxina. Esta investigación me llevó a desarrollar una teoría general del envejecimiento, la muerte y la regeneración de las células tanto en las plantas como en los animales: las células son regeneradas por el crecimiento, mientras que la cesación del

crecimiento conduce a la senescencia y la muerte. (2)

En la India investigué la fisiología de los guisantes de palomas, arbusto con frutos en vaina, cuyas ramas flexibles se utilizan en cestería, como el mimbre en Europa. Uno de los aspectos más exitosos de mi trabajo fue el estudio del crecimiento regenerativo, sobre el que ahora se basa un nuevo sistema de recolección, que permite obtener cosechas múltiples de una misma planta. (3) Más recientemente, me he dedicado a desarrollar un modo de comprender la naturaleza viva en términos de memoria intrínseca. Describo ese enfoque en mis libros A New Science of Life y The Presence of

the Past. En una visión retrospectiva, todas esas actividades aparentemente disímiles son variaciones sobre el tema único del rebrote de las estacas de mimbrera. De modo análogo, este libro es una respuesta a la idea de que la naturaleza, que hemos tratado como muerta y mecánica, está en realidad viva; está volviendo a vivir ante nuestros ojos. Estudié biología en la escuela y en Cambridge debido a mi fuerte interés por las plantas y los animales, un interés alentado por mi padre herborista, farmacéutico y microscopista aficionado, y aceptado por mi madre, que me ayudó a recopilar mis diversas colecciones de animales y toleró las invasiones anuales de renacuajos y gusanos. Pero al avanzar en mis estudios me enseñaron que la experiencia directa e intuitiva de plantas y animales se consideraba emocional y no-científica. Según mis maestros, los organismos biológicos eran en realidad máquinas inanimadas, carentes de todo propósito intrínseco, productos del ciego azar y de la selección natural; toda la naturaleza no era más que un sistema mecánico inanimado. No tuve ningún problema en asimilar esa educación científica ya través de las prácticas de laboratorio, que progresaron desde la disección hasta la vivisección, adquirí el desapego emocional necesario. Pero siempre existió una tensión; mis estudios científicos parecían relacionarse muy débilmente con mi propia experiencia. El problema quedó resumido para mí cierto día en un pasillo del Departamento de Bioquímica, cuando vi un gráfico de las vías metabólicas en cuya parte superior alguien había escrito con grandes letras azules: CONÓCETE A TI MISMO.

Más tarde llegué a reconocer que el conflicto que experimentaba con tanta intensidad era un síntoma de una escisión que atraviesa a toda nuestra civilización, y que todos experimentamos en mayor o menor grado. Ahora está amenazada incluso nuestra supervivencia.

Desde el tiempo de nuestros más remotos antepasados hasta el siglo XVII se dio por sentado que el mundo de la naturaleza estaba vivo. Pero en los tres últimos siglos una cantidad creciente de personas educadas empezaron a pensar en la naturaleza como algo

inerte. Ésta ha sido la doctrina central de la ciencia ortodoxa: la teoría mecanicista de la naturaleza.

En el mundo oficial -el mundo del trabajo, de la empresa y la política- la naturaleza es concebida como la fuente inanimada de recursos naturales, explotable para el desarrollo económico. Éste es el sentido de la naturaleza que se da por sentado, por ejemplo, en

Nature, un importante periódico científico internacional. El enfoque mecanicista nos ha procurado progreso tecnológico e industrial. Nos ha proporcionado mejores medios para luchar contra las enfermedades; ha ayudado a transformar la agricultura tradicional en agroindustria, a mecanizar la labranza, y nos ha brindado las armas de un poder antes inimaginable. Las economías modernas están erigidas sobre ese cimiento mecanicista, y todos vivimos bajo su influencia.

En nuestro mundo no-oficial, privado, la naturaleza se identifica sobre todo con el campo como oposición a la ciudad, y principalmente con los lugares salvajes no echados a perder. Muchas personas tienen vínculos emocionales con ciertos lugares, a menudo asociados con su infancia, sienten empatía con animales o plantas, obtienen inspiración de la belleza de la naturaleza o experimentan una sensación mística de unidad con el mundo natural. A menudo, los niños son educados en una atmósfera

animista de cuentos de hadas, animales que hablan y transformaciones mágicas. El mundo viviente es alabado en poemas, canciones y cánticos, y reflejado en obras de arte. Millones de personas de la ciudad sueñan con mudarse al campo, en algunos casos

después de la jubilación, o con tener una segunda residencia en un paisaje rural.

Nuestra relación privada con la naturaleza presupone que está viva, y por lo general, al menos implícitamente, que es femenina.

El enfoque del científico, tecnócrata, economista o desarrollista mecanicista, por lo menos durante las horas de trabajo, se basa en el supuesto de que la naturaleza es inanimada y neutra. Nada natural tiene vida, propósito o valor propios. Los recursos naturales están allí para que se los desarrolle y su único valor es el que les atribuyen las fuerzas del mercado o los planificadores oficiales.

Esta dicotomía también puede considerarse en términos de racionalismo y romanticismo establecidos como opuestos polares a fines del siglo XVIII. Entonces, lo mismo que ahora, los racionalistas contaban en apariencia con el respaldo de los éxitos científicos y tecnológicos, ya los románticos les respaldaba la intensidad innegable de la experiencia personal. Para los románticos, el racionalismo es no-romántico; para los racionalistas, el romanticismo resulta irracional. Todos somos herederos de estas dos tradiciones, y de la tensión existente entre ellas.

Durante varias generaciones los occidentales nos hemos acostumbrado a vivir con esa división interna. Una escisión comparable se ha establecido ahora en Europa oriental, Japón, China, la India y en alguna medida también en los países "menos desarrollados".

Los misioneros del progreso mecanicista han difundido su doctrina en todas las naciones del mundo, haciéndola prevalecer sobre las actitudes animistas más tradicionales.

En la primera parte de este libro exploro las raíces de la división entre nuestra sensación de que la naturaleza está viva y la teoría de la naturaleza como algo muerto. No se trata sólo de una cuestión de interés histórico. Todos sufrimos la influencia de los hábitos

mentales mecanicistas que dan forma a nuestras vidas, por lo general de modo inconsciente. Para someter a examen esos supuestos necesitamos considerar sus orígenes culturales y rastrear su desarrollo. Debemos recordar que lo que ahora son lugares comunes alguna vez tuvieron el carácter de teorías disputables, arraigadas en tipos peculiares de teología y filosofía, y que sólo creían en ellos una pequeña cantidad de intelectuales europeos. En virtud de los éxitos de la tecnología, la teoría mecanicista de la naturaleza ha triunfado ahora en una escala global. Se ha convertido en la ortodoxia oficial del progreso económico. Es una especie de religión y nos ha conducido a la crisis actual.

En la segunda parte, muestro de qué modo la ciencia misma ha comenzado a trascender la cosmovisión mecanicista. La idea de que todo está determinado de antemano y es en principio predecible ha dado paso a las ideas del indeterminismo, la espontaneidad y el

caos. Los invisibles poderes organizadores de la naturaleza animada están emergiendo de nuevo en forma de campos. Los átomos sólidos e inertes de la física newtoniana se han disuelto en estructuras de actividad vibratoria. La máquina del mundo, sin capacidad creadora, se ha convertido en un cosmos evolutivo y creador. Incluso las leyes de la naturaleza podrían no ser eternas; podrían haber evolucionado junto con la naturaleza.

Por simple que parezca la idea de la naturaleza viva tiene profundas consecuencias, que examinamos en la parte final de este libro. Trastorna hábitos de pensamiento profundamente arraigados; apunta a un nuevo tipo de ciencia, a una nueva comprensión de la religión y a una nueva relación entre la humanidad y el resto del mundo viviente. Está en armonía con la idea de la Tierra como un organismo vivo y con el reverdecimiento de nuestras actitudes políticas y económicas. Necesitamos con urgencia encontrar métodos de restablecer nuestro sentido consciente de conexión con la

naturaleza viva. Reconocer la vida de la naturaleza exige una revolución en nuestro modo de vida. y no tenemos tiempo que perder.

PRIMERA PARTE
Raíces históricas

CAPÍTULO 1
La Madre Naturaleza y la desacralización del mundo

LA MADRE NATURALEZA
Lo mismo que las madres humanas, la naturaleza siempre ha suscitado emociones ambivalentes. Es hermosa, fértil, nutriente, benévola y generosa. Pero también es salvaje, destructiva, desordenada, caótica, asfixiante y esparce la muerte: esta es la madre en su forma terrorífica, como Némesis, Hécate o Kali.

La idea de la naturaleza como sistema mecánico inanimado es, en cierto sentido, más tranquilizadora; nos da la sensación de que tenemos el control y confirma satisfactoriamente nuestra creencia de que nos hemos elevado por encima de modos de pensar primitivos, animistas. La Madre Naturaleza asusta menos si es posible descartarla como una superstición, una metáfora poética o un arquetipo mítico confinado a la mente humana, mientras que el mundo natural inanimado está allí para que nosotros lo explotemos.

Lamentablemente, las consecuencias de este modo de pensar son en sí mismas terroríficas. Némesis está ahora operando en una escala global. Cambia el clima. Nos amenazan sequías, tormentas, inundaciones, el hambre, el caos. Los antiguos miedos están volviendo bajo nuevas formas.

Aunque la conquista de la naturaleza para el bien del progreso humano es la ideología oficial del mundo moderno, la vieja intuición de la naturaleza como Madre aún incide en nuestras respuestas personales y le otorga fuerza emocional a frases tales como "la generosidad de la naturaleza", "la sabiduría de la naturaleza", y "la naturaleza intacta". También condiciona nuestra respuesta a la crisis ecológica. Nos sentimos incómodos al reconocer que estamos contaminando a nuestra propia Madre; es más fácil reformular el problema en términos de "mal uso" o "despilfarro de los recursos". Pero hoy en día, con el ascenso del movimiento verde, la Madre Naturaleza se está reafirmando, nos guste o no. En particular, el reconocimiento de que nuestro planeta es un organismo viviente, Gea, la Madre Tierra, toca una cuerda sensible en millones de personas; nos reconecta con nuestra experiencia intuitiva personal de la naturaleza y con su comprensión tradicional como algo vivo.

Las palabras mismas correspondientes a "naturaleza" en los idiomas europeos son femeninas: phusis en griego, natura en latín, la nature en francés, die Natur en alemán. La palabra latina natura significa literalmente "nacimiento". La palabra griega phusis proviene de la raíz phu, cuyo significado primario también estaba relacionado con el nacimiento. (1) De modo que nuestras palabras física y físico, lo mismo que naturaleza y natural, tienen sus orígenes en el proceso de la maternidad.

En uno de sus significados primarios, la naturaleza es un carácter o una disposición ingénitos, como en la frase "naturaleza humana".

Esto a su vez se vincula a la idea de la naturaleza como un impulso o poder innatos. En una escala más amplia, la naturaleza es la fuerza creadora y reguladora del mundo físico, la causa inmediata de todos sus fenómenos. y en consecuencia, "naturaleza" designa al mundo natural o físico como un todo. Cuando la naturaleza se personifica

de esta manera es la Madre Naturaleza, un aspecto de la Gran Madre, la fuente y el sostén de toda vida y la matriz a la que toda vida retorna.

En las mitologías arcaicas, la Gran Madre tiene muchos aspectos.

Era la fuente original del universo y sus leyes, y gobernaba la naturaleza, el destino, el tiempo, la eternidad, la verdad, la sabiduría, la justicia, el amor, el nacimiento y la muerte. Era la Madre Tierra, Gea, y también la diosa de los cielos, la madre del Sol, la Luna y todos los cuerpos celestes -como Nut, la diosa egipcia del firmamento (figura 1.1), o Astarté, la diosa del cielo, reina de las estrellas-. Era la Naturaleza, la diosa de la Naturaleza. Era el alma del mundo de la cosmología platónica y recibía muchos otros

nombres e imágenes como madre, matriz y fuerza sustentadora de todas las cosas. (2)

Estas asociaciones femeninas desempeñan una parte importante en nuestros pensamientos; nuestra concepción de la naturaleza está entretejida con ideas sobre las relaciones entre mujeres y hombres, entre diosas y dioses, y entre lo femenino y lo masculino en general.

Si preferimos rechazar estas asociaciones sexuales tradicionales, ¿cuáles son las alternativas a la idea de la naturaleza como algo orgánico, vivo y maternal? Una es que la naturaleza sólo consiste en materia inanimada en movimiento. Pero en este caso nuestra negación del principio materno se limita a no ser consciente de él; la palabra "materia" deriva de la misma raíz que "madre" -en latín, los términos correspondientes son materia y mater- y, según se verá en el capítulo 3, todo el ethos del materialismo está impregnado de metáforas maternales.

La concepción de la naturaleza como máquina pone en juego otro conjunto de metáforas. Muchos mecanicistas suponen que este modo de pensar es el único objetivo, mientras consideran que la idea de una naturaleza viva es antropocéntrica, nada más que una proyección del modo humano de pensar sobre el mundo inanimado que nos rodea. Pero sin duda la metáfora de la máquina es más antropocéntrica que la orgánica. Las únicas máquinas que conocemos son las fabricadas por el hombre. La fabricación de máquinas es una actividad exclusivamente humana, y relativamente reciente.

La concepción de Dios en los siglos XVII y XVIII, como diseñador y creador de la máquina del mundo, sigue el modelo del hombre tecnológico, y al considerar todos los aspectos de la naturaleza como mecánicos, proyectamos sobre el mundo que nos rodea las tecnologías del presente. En el siglo XVII estaban de moda las proyecciones hidráulicas y de relojería; las bolas de billar y las máquinas de vapor pasaron al frente como metáforas en el siglo XIX y hoy en día lo han hecho los ordenadores y las tecnologías de la información.

Resulta inevitable que pensemos en términos de metáforas, analogías, modelos e imágenes; ellas están insertadas en nuestro lenguaje y en la estructura misma de nuestro pensamiento. Tanto el pensamiento animista como el mecanicista son metafóricos. Pero

mientras que el pensamiento mítico y animista se basa en metáforas orgánicas tomadas de los procesos de la vida, el pensamiento mecanicista apela a metáforas extraídas de maquinarias fabricadas por el hombre.

Como la Tierra es nuestro hogar inmediato, la Madre Tierra fue reconocida antes de que en una escala cósmica se concibiera un dominio más amplio de la Madre Naturaleza, que incluye la vasta extensión de los cielos. La imagen de la Tierra como madre se

recoge en las culturas tradicionales de todo el mundo. A fines del siglo XIX, un norteamericano nativo, jefe de la tribu wanapum, explicaba como sigue el hecho de que él se negara a labrar la tierra:

¿He de tomar un cuchillo para rasgar el seno de mi madre? Entonces, cuando yo muera, ella no me acogerá en su seno para descansar. Me pides que excave en busca de piedras. ¿Acaso le abriré la piel para sacarle los huesos? Entonces, cuando muera, no podré entrar en su cuerpo para nacer de nuevo. Tú me pides que corte la hierba como forraje y la venda, para ser rico como los hombres blancos. Pero, ¿cómo osaré cortar el cabello de mi madre? (3)

La tierra era sagrada, como fuente de vida y receptora de los muertos. Ella "da origen a todas las cosas, las cría y las recibe de nuevo en su matriz", según escribió el poeta griego Esquilo en el siglo V a.C. (4) En muchas partes del mundo se deposita a los recién nacidos sobre el suelo, ya continuación se les vuelve a recoger, para representar su nacimiento desde el seno de la tierra. La ceremonia les consagra a ella y al mismo tiempo les asegura su protección. (5) y hasta el día de hoy, incluso en las modernas sociedades industriales, muchas personas quieren ser enterradas en su tierra natal, para

volver a su matriz terrena.

Durante muchos milenios, las cuevas desempeñaron una parte importante en la vida religiosa de la humanidad. Las pinturas conocidas más antiguas se hallaron en la profundidad de cavernas como las de Lascaux, del sudoeste de Francia, y probablemente desempeñaron un papel importante en los primeros viajes que emprendieron los habitantes de Europa hace más de veinte mil años. Los cultos de misterios de la antigua Grecia, como los que se celebraban en la caverna de Eleusis, continuaron esa antigua tradición. Entrar en la oscuridad de la cueva era como penetrar en la matriz de la Madre Tierra; volver a salir después de la iniciación ritual equivalía a un renacimiento. y los sótanos, criptas y sepulcros son cuevas de factura humana en las cuales los cuerpos de los muertos son devueltos a la matriz de la tierra. (6)

Incluso en la actualidad, las cuevas siguen fascinando a millones de personas. Son atracciones turísticas populares. Pero al mismo tiempo pueden verse como lugares de peregrinaje a una región arcaica de nuestra imaginación colectiva: el sub mundo, habitado por las sombras de los que partieron. (7) Son también una vía de entrada al reino animal ya las reliquias materiales de las épocas pasadas. Erasmus Darwin, abuelo de Charles Darwin, describió su jornada en las cavernas Blue John de Derbyshire, Inglaterra, con términos deliberadamente anticuados: "He visto a la Diosa de los

Minerales desnuda, tal como está tendida en su galería más íntima". (8)

En ese mismo viaje de 1767, a Darwin le impresionaron profundamente los caparazones fosilizados y los huesos que encontró en las cuevas. "He estado en las entrañas de la antigua Madre Tierra, he visto maravillas y he adquirido muchos conocimientos curiosos en las regiones de la oscuridad." (9) Esa experiencia parece haber sido la

chispa de las ideas revolucionarias por las que era célebre en Inglaterra hasta que su reputación fue eclipsada por la del nieto.

Se pensaba que la Madre Tierra era muy activa. Exhalaba el aliento de la vida, que nutría a los organismos vivos sobre la superficie. Si dentro de ella crecía la presión, expulsaba gases, provocando terremotos. Por la tierra circulaban fluidos y el agua

surgía de sus fuentes como sangre. Dentro del cuerpo de la Tierra había venas, algunas de las cuales contenían líquidos, y otros fluidos solidificados como betunes, metales y minerales. Sus entrañas estaban llenas de canales, grandes hornos y fisuras a través de las cuales escapaban emanaciones volcánicas y aguas termales.

En su matriz había piedras preciosas y metales, que ella nutría dentro de sí como si fueran embriones y que maduraban lentamente a su propio ritmo. (10)

En todo el mundo era tradicional que los mineros practicaran ritos de purificación antes de entrar en la matriz de la cueva o la mina; penetraban en una región sagrada, un dominio que no pertenecía por derecho a los hombres. Las mitologías de las minas

están llenas de duendes, genios y gnomos, diminutos guardianes de los tesoros terrestres. Después, el mineral se llevaba al horno, que aceleraba su maduración por medio del calor; los hornos actuaban como matrices artificiales, y el fundidor y el forjador asumían los poderes gestadores y formativos de la Madre. En las sociedades

antiguas los forjadores y todos los que trabajaban el metal eran temidos y tenidos en alta estima; sus poderes eran considerados a la vez sagrados y demoníacos. (11)

Con el desarrollo de la agricultura, la Madre Tierra dio paso a una idea más clara y más restringida de una gran diosa de la vegetación y la cosecha. (En Grecia, por ejemplo, Gea fue reemplazada por Deméter.) Pero las mujeres seguían estrechamente asociadas a la fertilidad del suelo y desempeñaron un papel dominante cuando la agricultura estaba en su infancia; por cierto, quizás hayan sido ellas quienes la inventaron. (12) En todo el mundo existen metáforas que vinculan a las mujeres a la tierra arada, al surco fértil. Por ejemplo, un antiguo texto hindú dice: "Esta mujer es como un suelo vivo: ¡sembrad en ella, hombres!". Y en el Corán leemos: "Vuestras mujeres son para vosotros como campos". (13) La misma metáfora está implícita en nuestra palabra "semen", que en latín significa "semilla".

La naturaleza fue tradicionalmente idealizada como Madre bondadosa en las imágenes de la Edad de Oro. Todo era pacífico y fértil; la naturaleza, liberal y generosa; los animales pastaban satisfechos; las aves entonaban puras melodías; había flores por todas partes y los árboles engendraban frutos en abundancia.

Hombres y mujeres vivían en armonía. No había enfermedad ni lucha. El poeta romano Ovidio describió el modo como en esa edad las personas del mundo vivían en ciudades sin fortificar; disfrutaban de una existencia ociosa y pacífica, sin armas, espadas ni soldados, que eran innecesarios.
Y la Tierra, imperturbada,

Sin el acoso del azadón ni la reja de arado, engendraba todo

Lo que los hombres necesitaban, y estos hombres eran felices,

Recogiendo bayas de las laderas de la montaña,

Cerezas o frambuesas, y bellotas comestibles;

La primavera era eterna y una brisa del oeste soplaba

Suavemente entre las flores que ningún hombre había plantado,

y la tierra, nunca labrada, producía granos con generosidad; el campo

Era tornasolado y enjalbegado por el trigo, y había ríos

De leche, ríos de miel y néctar dorado

Goteaba de los robles verde oscuro.

(Metamorfosis, Libro 1 (14)
Poetas romanos como juvenal unieron esta nostalgia al anhelo de huir de los males de la ciudad, y Virgilio pensó en pasar su vejez "entre corrientes familiares y fuentes sagradas". (15) En los idilios de la poesía pastoril, la naturaleza ya había sido sometida: las manadas pastan pacíficamente, libres de lobos y otros predadores; los bosques oscuros han sido talados y en su lugar hay campos fértiles; la vida salvaje ha dado paso a huertos y jardines. La naturaleza es tranquila, bondadosa y nutriente, como una esposa ideal.

Esas visiones de la Edad de Oro tienen un atractivo eterno. Lo mismo que Ovidio, nosotros contrastamos la paz de los primeros tiempos con la lucha que experimentamos actualmente; en las sociedades "primitivas" observamos un modo armonioso de vivir que hemos perdido -y que esas sociedades también están perdiendo rápidamente bajo la influencia de nuestra civilización-. A millones de habitantes modernos de las ciudades, la vida les resulta más tolerable porque esperan retirarse al campo, pasar un fin de semana en un ambiente rural u olvidarse de todo durante las vacaciones.

Los viernes por la noche se producen atascos en las vías de salida de las grandes ciudades del mundo occidental. "En la naturaleza" se puede encontrar algo que muchos de nosotros sentimos necesario.
Oh, hay una bendición en esta suave brisa,

Visitante que mientras abanica mi mejilla

Parece algo consciente del goce que trae

Desde los campos verdes y del cielo azulado.

Sea cual fuere su misión, a nadie la suave brisa encontrará

Más agradecido que a mí; huyo

De la vasta ciudad, en la que durante mucho tiempo desfallecí

Como morador descontento.

(WILLIAM WORDSWORTH, The Prelude, Libro 1, versos 1-8)
Los moradores descontentos de las ciudades tienen una sensación del poder de la naturaleza diferente de la de quienes viven mucho más cerca de ella. Las tormentas y sequías, las enfermedades, los animales salvajes, los peligros de la oscuridad, el bosque

y el desierto son demasiado reales para quienes viven fuera de la seguridad relativa de pueblos o ciudades. Nuestro miedo a la naturaleza salvaje, sin domesticar, nutre el deseo de someterla, un deseo por lo menos tan viejo como la civilización.
EL TRIUNFO DE LOS DIOSES
La antigua imagen de la Edad de Oro, por lo general considerada una fantasía mítica o poética, recientemente ha ganado un nuevo crédito como resultado de la investigación arqueológica en el sur de Europa y en Turquía. Ahora se considera que los asentamientos agrícolas de Europa datan de unos siete mil años a.C. Durante varios

miles de años, esas sociedades agrícolas primitivas vivieron en asentamientos confortables y por lo general no fortificados, rindiendo culto a diosas y fabricando soberbias piezas de cerámica en vez de armas. (16) Pero entre el 4000 y el 3500 a.C., este modo de vida pacífico fue quebrantado por olas de invasores cuyos dioses

guerreros destronaron a las antiguas diosas, reduciéndolas a la condición de esposas, hijas y consortes de los nuevos panteones dominados por los hombres. El patriarcado y la dominación masculina reemplazaron al antiguo y más armonioso orden social. (17)

Mientras tanto, en el Próximo Oriente, las antiguas sociedades que rendían culto a diosas fueron análogamente dominadas por ciudades-estado fortificadas e imperios guerreros. Prevalecieron violentos dioses del cielo, seres vengativos que enviaban rayos,

inundaciones, sequías, hambre; los destructores de ciudades. (18) Lo mismo sucedió en la India, donde antiguas sociedades agrícolas relativamente pacíficas fueron conquistadas por los guerreros invasores arios, con sus dioses del cielo y sus caballos. La pauta se repitió a menudo.

Desde un punto de vista feminista, ésta parece la prueba histórica de que nuestros males provienen de la dominación masculina. También da sustento a la esperanza de que las cosas podrían ser de otra manera; existió realmente un tipo diferente de sociedad, y podría volver a existir si reemplazamos los valores de la dominación y el patriarcado por los valores de la asociación y la Diosa. (19)

No obstante, la revolución neolítica dio origen a dos tipos de sociedad muy distintos: la sociedad agrícola gregaria y la sociedad pastoril nómada o seminómada. Incluso si pensamos en los primeros miles de años de la agricultura como una Edad de Oro para

los pueblos asentados, la verdad es que los pastores llevaban al mismo tiempo una existencia mucho más cómoda, al borde del desierto y en las estepas. Los pastores, que eran esencialmente cazadores amansados, por lo general rendían culto a dioses del

cielo, eran patriarcales y valoraban la fuerza, el valor y la firmeza masculinas. Las primitivas sociedades agrícolas coexistieron con estos grupos nómadas y en muchos casos mantuvieron una relación simbiótica con ellos. Pero de algún modo, los pastores triunfaron sobre las culturas pacíficas femeninas de las personas asentadas.

Ellos podían transformarse fácilmente en guerreros, dando caza y matando a seres humanos en lugar de animales salvajes. Podían dominar y esclavizar a otros hombres, del mismo modo que controlaban sus rebaños.

El triunfo de los guerreros se reflejó en nuevos mitos. En un inicio, la Madre primordial era la fuente de todas las cosas. Era la Virgen Madre; no necesitaba de ningún dios para concebir y todos los dioses descendían de ella. Por ejemplo, según uno de los primitivos mitos griegos de la creación, al principio la Madre Tierra (Gea) emergió del caos. Mientras dormía engendró a Urano, el dios del cielo, que fue a su vez su hijo y su amante; mirándola desde arriba, él hizo caer una lluvia fértil sobre sus grietas secretas y ella engendró hierba, flores y árboles, y produjo las aves y las bestias. (20)

El gran santuario y oráculo de Gea estaba en Delfos, el centro del cosmos. Pero su nieto, Apolo, mató a la gran serpiente pitón de Delfos y usurpó el altar de Gea. No obstante, Gea siguió siendo la fuente del poder profético y su sacerdotisa, la pitonisa, continuó

profetizando en el templo de Apolo.

En las antiguas historias babilónicas de la creación, la diosa primordial Tiamat era el vacío informe, la matriz profunda y oscura de la que provenía el universo; ella había engendrado al mundo por sí misma. Originalmente, Marduk era su hijo. Pero después Marduk se convirtió en el dios creador, y mató a Tiamat, descrita entonces como el dragón del caos. Él le aplastó el cráneo, le partió el cuerpo como si fuera una ostra y los vientos obedientes barrieron la sangre.

Al dividirla en dos, el dios creó el firmamento de los cielos y el cimiento de la tierra.

En el primer capítulo del libro del Génesis, la Madre primordial es de nuevo el vacío informe, el abismo oscuro y líquido. A diferencia de Marduk, Dios no luchó con ella: "Y la Tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo,

y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas" (Génesis 1:2). Pero igual que Marduk, primero creó dividiendo -la luz de la oscuridad, el día de la noche, las aguas de arriba de las aguas de abajo, los cielos de la tierra y la tierra seca del mar-. Tanto la tierra como el mar siguieron siendo poderes fértiles, creadores, de la Madre. Al llegar al momento de la creación de las plantas, Dios evocó esos poderes, sin intentar esa creación personalmente. Las plantas recibieron su forma y fueron engendradas por la Madre Tierra:
Dios dijo: Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla;

árbol de fruto que dé frutos según su género, que su semilla esté en él

sobre la tierra. y fue así. Produjo pues la tierra. . .

(Génesis 1: 11-12)
De modo análogo, la tierra produjo los animales terrestres, y el mar las criaturas y aves de las aguas. En la terminología teológica, éste no fue un modo de creación directa, sino "mediado". (21)

Aunque la tradición judeo-cristiana siempre ha subrayado la supremacía del Dios masculino, la Madre Tierra conservó durante muchos siglos algo de su antigua autonomía. Los judíos tenían prohibido rendir culto a las antiguas diosas, pero sin embargo la Tierra Santa siguió siendo sagrada y femenina, y la misma Jerusalén

era la desposada de Dios. Durante toda la Edad Media, los cristianos siguieron considerando a la naturaleza como animada y maternal.

La supremacía completa del Padre no quedó establecida hasta la Reforma Protestante en el siglo XVI, con la supresión del culto a la Santa Madre y la desacralización del mundo natural. Este proceso fue llevado a sus últimas consecuencias en el siglo XVII, cuando la naturaleza se convirtió en una simple materia inanimada en movimiento, creada por Dios y mecánicamente obediente a sus leyes eternas. La naturaleza dejó de ser reconocida como Madre, y también de ser considerada viva. Se convirtió en la máquina del mundo, y Dios en el ingeniero todopoderoso.

Paradójicamente, la idea de que la naturaleza funcionaba de modo mecánico y automático convertía a Dios en algo cada vez más superfluo, ya finales del siglo XVIII estaba desapareciendo de la cosmovisión científica. Con el subsiguiente desarrollo del ateísmo, se consideró que la naturaleza sola era la fuente de todas las cosas.

Por cierto, para explicar la creatividad del proceso de la evolución era necesario atribuirle cada vez más libertad y capacidad creadora.

Para el materialista moderno, la naturaleza o la materia es la fuente de todo; de ella surge la vida ya ella retorna. Quizá ya no sea venerada, pero ha asumido algunas de las propiedades fundamentales de la Gran Madre. Así como alguna vez se pensó que los dioses descendían de la Madre primordial, a los ojos del materialista moderno ellos descienden de la materia. A partir de los procesos ciegos de la evolución surgieron las mentes humanas y a partir de las mentes humanas, por un proceso de proyección psicológica, aparecieron los dioses.
LA PÉRDIDA DEL MUNDO SAGRADO
Hoy en día vivimos en un mundo desacralizado. Desde luego, ciertas festividades estacionales, como la Pascua y Yom Kippur, conservan todavía una significación religiosa para los creyentes, lo mismo que ciertos lugares como Lourdes y La Meca, o ciertos animales o plantas, como las vacas y la higuera para los hindúes.

Pero en la cosmovisión científica, nada respalda esas ideas de sacralización. Son supervivencias de épocas anteriores.

Desde el punto de vista convencional moderno, nuestros antepasados, lo mismo que los pueblos primitivos de todo el mundo, eran incapaces de ver la naturaleza tal como es -un sistema físico inanimado, sin propósito-, porque proyectaban sobre ella sus propias esperanzas, temores y fantasías. Fueron víctimas de la falacia patética, al atribuir a objetos inanimados las características de criaturas animadas. Llenaron el mundo que les

rodeaba con diosas, dioses, espíritus, almas y poderes no humanos; dotaron lugares y momentos especiales de una significación mística debido a sus hábitos de pensamiento primitivos, animistas y supersticiosos. Esos procesos fueron alentados y explotados por los chamanes, sacerdotes y magos, cuyo poder aumentaba con la ignorancia y la superstición. Pero gracias a los progresos de la ciencia y al desarrollo de la comprensión racional, ahora sabemos que la naturaleza no puede ser influida por hechizos y encantamientos, ni por rituales o ídolos grotescos. Más bien es gobernada por leyes impersonales que operan de modo uniforme en todo momento y en todo lugar. También pueden suceder muchas cosas por azar, pero esos acontecimientos fortuitos no tienen nada que ver con la actividad de espíritus o con intervenciones divinas. La magia o las fuerzas místicas no nos proporcionan ningún poder sobre la naturaleza, ni podemos esperar milagros, Lo que sí podemos hacer es lograr un dominio creciente mediante la cienciay la tecnología.

Estas opiniones familiares -las doctrinas del humanismo secular- están estrechamente relacionadas con la teoría mecanicista de la naturaleza que ha prevalecido en el pensamiento científico desde el siglo XVII. No obstante, el proceso de socavar la sacralidad de la naturaleza en realidad empezó mucho antes. Ya había avanzado mucho en la Europa del norte como resultado de la Reforma Protestante en el siglo XVI. Esa revolución religiosa no sólo contribuyó a preparar el camino para el desarrollo de la ciencia moderna, sino que también proporcionó un ambiente favorable para el crecimiento de la tecnología y la aceleración del desarrollo económico. (22)

Los valores religiosos tradicionales ligados a ciertos lugares, plantas y animales fueron reemplazados por valores materiales. Todavía observamos este conflicto de actitudes cuando los pueblos indígenas luchan (por lo general sin éxito) para salvar sus lugares sagrados de la explotación minera y otras formas de desarrollo económico y, más cerca de nosotros, en los conflictos reiterados entre conservacionistas y desarrollistas.

La Reforma supuso el empequeñecimiento del reino espiritual; retiró el espíritu de las operaciones de la naturaleza. El reino del espíritu se concentró en el interior de los seres humanos; el resto del mundo natural era sólo un telón de fondo del drama espiritual

humano. El moderno humanismo secular ha abandonado desde luego la creencia en la vida después de la muerte, pero la mayoría de sus rasgos esenciales derivan de la tradición protestante, incluso su actitud ante la naturaleza.

A pesar de esto, en muchos de nosotros persiste una vaga sensación de la sacralidad de la naturaleza, una nostalgia inexpresada. El deseo difundido de volver a la naturaleza, o bien la necesidad de encontrar inspiración en el campo o en lugares salvajes intactos proviene de este sentido residual de lo sacro -ahora fragmentado y desarticulado--. En las sociedades tradicionales existe un reconocimiento colectivo de lugares y tiempos sagrados, y un marco mítico que les da su significación. Pero la vida secular moderna ha dejado atrás esas creencias; privados de la posibilidad de expresarse en formas religiosas, esos sentimientos se experimentan con mayor intensidad en la soledad. Son "meramente subjetivos", en el sentido de que no corresponden a nada existente en el

mundo físico inanimado de la teoría científica; tampoco se pueden reconocer colectivamente por medio de ceremonias y observancias apropiadas. Pueden categorizarse como "poéticos", "románticos", "estéticos" o "místicos". Pero como tales sólo forman parte de nuestras vidas privadas.
LAS BUENAS RAZONES DE LA DESACRALIZACIÓN
En los lugares sagrados, lo espiritual y lo físico se experimentan juntos. Los lugares sagrados son aperturas entre el cielo y la tierra o entre la superficie de la tierra y el sub mundo; son lugares en los que se cruzan diferentes planos o niveles de experiencia. En la antigua Palestina, como en muchas otras partes del mundo, ciertos megalitos o piedras levantadas eran vías de acceso de este tipo. Una de esas piedras, en un ámbito salvaje y desolado, era venerada por los judíos en Bet-el. En ese lugar se decía que Jacob había soñado con la escalera que llegaba hasta el cielo y por la que ascendían y

descendían ángeles. Desde lo alto de la escalera, Dios le habló: "La tierra en que estás acostado te la daré a ti ya tu descendencia "

(Génesis 28: 13). Cuando Jacob despertó, dijo:
"Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía." Y tuvo miedo y dijo. "¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que la casa de Dios y la puerta del cielo". Y se levantó Jacob de mañana, tomó la piedra que había puesto de cabecera y la alzó como pilar sagrado. Y derramó aceite encima de ella. (Génesis 28: 17-18)
No podemos saber si éste era un lugar sagrado a causa de la experiencia que Jacob tuvo en él o si tuvo allí su visión porque ya se trataba de un lugar especial de poder; tampoco sabemos si esta historia no tenía la finalidad de explicar el hecho de que allí se rendía culto y se practicaban sacrificios desde tiempo inmemorial.

Cuando los judíos entraron en la Tierra Prometida como pastores guerreros, la región ya estaba habitada por cananeos, filisteos y otros pueblos. Cuando se asentaron y adoptaron un modo agrícola de vida, asimilaron en su religión las festividades agrícolas locales, lo mismo que muchos antiguos lugares de poder tales como pozos de agua sagrados -por ejemplo en Beersheba (Génesis 26: 24) y la encina y los terebintos sagrados- por ejemplo, el terebinto de More (Génesis 12: 6-9). Durante muchas generaciones, rindieron culto a los antiguos "lugares altos" y bosquecillos consagrados a la Reina del Cielo. En esos santuarios había pilares de piedra, altares para el sacrificio de animales y tocones de árboles conocidos como asherahs, el nombre de la antigua diosa. (23)

La religión de los judíos se asemejaba a muchas otras, tanto de pastores como de agricultores, en cuanto que reconocía lugares y tiempos sagrados, y en el sacrificio de animales. Pero difería por su insistencia en el carácter único de su Dios; otra diferencia era la prohibición de confeccionar y rendir culto a imágenes. Dios tenía que ser reconocido en el mundo natural de su propia creación y no en ídolos realizados por el hombre. Esos rasgos del judaísmo fueron heredados por el cristianismo y el Islam, y han ocasionado profundos efectos históricos.

Gran parte de la historia de los judíos registrada en el Antiguo Testamento se refiere a sus conflictos con las poblaciones indígenas de Palestina. Los profetas, recordándole al pueblo de Israel su herencia nómada, rechazaron las diosas y dioses indígenas y

continuamente denunciaron la tendencia a adoptar las prácticas religiosas de los pueblos de los alrededores. No obstante, durante muchos siglos, continuó el culto a los antiguos lugares altos y bosquecillos sagrados, y también persistió el culto a la serpiente sagrada y a la diosas.

Cuando el Rey David conquistó Jerusalén le fue revelada la cima de una colina como lugar para un templo, construido más tarde por su hijo Salomón. Al principio, a pesar de su magnificencia, ese templo era sólo uno más de los muchos lugares en los que se

ofrecían sacrificios. Pero comenzó a desarrollarse la idea de que el único Dios debía ser objeto de culto en un solo lugar, el templo. Los reyes de Jerusalén realizaron varios intentos para suprimir todos los otros lugares de adoración, para purificar el culto a Yahvé y centrar la religión en la ciudad. Bajo el gobierno del Rey Ezequías se produjo una ola de desacralización; este rey abatió los bosquecillos sagrados e "hizo pedazos la serpiente de bronce que había hecho Moisés, porque hasta entonces le quemaban incienso los hijos de Israel" (2 Reyes 18:4).

No obstante, las antiguas prácticas continuaron, y unos ochenta años más tarde, alrededor del 622 a.C. el Rey Josías tomó medidas aún más violentas. Profanó los altares de las colinas, mató a los sacerdotes sobre sus altares, quemó los bosquecillos sagrados y redujo a polvo las piedras, incluso la que se encontraba en Bet-el (2 Reyes 23:14-15). Profanó también santuarios edificados en Jerusalén por Salomón a la diosa Astororet y a otros dioses y diosas.

Pero apenas habla pasado una generación cuando fue conquistada la propia Jerusalén, profanado el templo y muchos de los judíos fueron llevados en cautiverio a Babilonia (2 Reyes 25).

En el siglo XIX, los viajeros a la Tierra Santa con frecuencia describieron santuarios que se encontraban en la cima de las colinas; a menudo encontraron bosquecillos de encinas o terebintos, con pequeñas construcciones techadas y piedras blancas pintadas. Eran venerados por los campesinos musulmanes locales como lugares en los que se decía que había estado o había sido enterrado algún santo. Los árboles mismos eran considerados sagrados y las ramas caídas no se podían usar como leña. De modo que el culto a los lugares altos y los bosquecillos sagrados, que los piadosos reyes hebreos habían prohibido y contra el cual habían tronado los profetas hace miles de años, subsistió, aparentemente en los mismos lugares, hasta la época moderna. (24)

Las religiones precristianas de Europa, lo mismo que las religiones prejudías de Palestina, eran politeístas; involucraban una variedad de ceremonias y rituales estaciona les y reconocían muchos lugares sagrados, incluso árboles, fuentes, bosquecillos, rocas,

piedras alzadas, montañas y ríos. Durante la conversión de Europa del culto de los antiguos dioses y diosas, muchos de los lugares sagrados y las ceremonias estacionales tradicionales fueron conservados bajo una apariencia cristianizada (figura 1.2). Esta incorporación de elementos religiosos arcaicos en la religión cristiana es todavía más obvia en los países católicos romanos y ortodoxos.

Piénsese, por ejemplo, en los pozos de agua y las fuentes sagradas de Irlanda o en la montaña sagrada Croagh Patrick, un centro principal de peregrinaje.

En algunos casos, el cristianismo fue considerado un desarrollo o culminación de la antigua religión; en la Iglesia Celta de Irlanda y Gran Bretaña, por ejemplo, muchos de los primeros santos parecen haber logrado una notable armonía entre el pasado druida

y la nueva religión. A los antiguos lugares sagrados se sumaron otros nuevos vinculados a esos santos lugares donde ellos habían tenido visiones, donde habían vivido y muerto, y donde se conservaron sus reliquias. (25) En otros casos, las antiguas religiones fueron asimiladas gracias a una política papal deliberada. Las siguientes son algunas de las instrucciones del Papa Gregorio el Grande a San Agustín de Canterbury, enviado a evangelizar a los ingleses a fines del siglo VI:
Como los ingleses han estado acostumbrados a matar muchos bueyes, como sacrificio para los demonios, es necesario reemplazar este uso con alguna solemnidad. En los días festivos o cumpleaños de los santos mártires cuyas reliquias están depositadas allí, junto a las iglesias que alguna vez fueron templos paganos [los fieles], podrían erigir chozas con ramas de árboles y celebrar una festividad religiosa. En lugar de ofrecer bestias al demonio, matarán ganado y al comerlo alabarán a Dios. (26)
Sin duda alguna, la difusión del culto a María involucró la asimilación de diversos elementos del culto a la diosa precristiana. (27)

Por cierto, el concilio del siglo V en el que la Iglesia la proclamó Madre de Dios se realizó en Efeso, un antiguo centro de adoración de la diosa, sólo unas pocas décadas después de que se eliminara el templo de Artemisa. María era la Reina de los Cielos, título heredado de Astarté-Ashtoreth, aspecto simbolizado por su manto azul con estrellas esparcidas; es lunar como Artemisa, y a menudo se la pintó de pie sobre una luna creciente; es la Estrella del Mar, con muchos santuarios en las playas del Mediterráneo, y como Virgen Madre de Dios hereda la antigua tradición de la Madre

primordial. También asumió aspectos de la Madre Tierra, con santuarios en cuevas, grutas y criptas, y como protectora de muchas fuentes sagradas. y lo mismo que la Gran Madre que daba la vida y la tomaba, está presente en la muerte. Un ruego por su protección en la muerte es la línea final del Ave María: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte".

Los reformadores protestantes estaban tratando de establecer una forma purificada de cristianismo, rechazando las corrupciones y los abusos de la Iglesia Romana. Lo que importaba eran la fe y el arrepentimiento personales; las observancias rituales, las festividades estacionales, los peregrinajes, la devoción a la Santa Madre y el culto a santos y ángeles fueron por igual denunciados como supersticiones paganas. Según lo observó con justicia Juan Calvino, "las monjas reemplazaron a las vírgenes vestales; la Iglesia de Todos los Santos sucedió al Panteón; contra las ceremonias se establecieron otras ceremonias no muy distintas". (28) Compartiendo el respeto humanista contemporáneo por la erudición y la fidelidad a las fuentes originales, los reformadores utilizaron la Biblia como su fuente de autoridad, rechazando muchas de las doctrinas y tradiciones ulteriores de la Iglesia. (29) Obviamente, en la Biblia no encontraron ninguna justificación de prácticas que habían surgido más tarde.

El poder del papado, la doctrina del purgatorio, el culto a María y los santos, el empleo de imágenes y la reverencia a los lugares sagrados de Europa fueron denunciados como prácticas paganas y se los hizo objeto de una orgía de destrucción.

Se rompieron y quemaron imágenes de la Santa Madre, de santos y de ángeles; se destruyeron vitrales, se profanaron fuentes sagradas y altares ubicados a la orilla de los caminos, se abrieron las tumbas de los santos y se esparcieron sus reliquias; se suprimieron los peregrinajes; se abolieron muchos de los rituales y ceremonias acostumbrados; se saquearon y demolieron conventos. En algunos casos, esta destrucción fue obra de fanáticos.
Nadie que ve a los iconoclastas de tal modo enfurecidos contra la madera y la piedra duda de que en ellos hay oculto un espíritu que esparce muerte y no da vida, y que en la primera oportunidad también matará a seres humanos (Martín Lutero, 1525). (30)
En otros casos, la destrucción fue llevada a cabo como un programa político sistemático. En Inglaterra, desde 1536 hasta 1540, los comisionados del rey Enrique VIII disolvieron los monasterios, apropiándose de sus tesoros y sus tierras, y expulsando a monjes y monjas. También dirigieron su atención a grandes santuarios

como los de Santo Tomás en Canterbury y St. Hugh en Lincoln. La cédula del rey relacionada con su visita a Lincoln era típica en sus fundamentos: "Para llevar a nuestros amados súbditos el conocimiento recto de la verdad, alejando todas las ocasiones de idolatría y superstición" y, por lo menos en el mismo nivel de importancia,

"para velar porque las mencionadas reliquias, joyas y vajillas sean transportadas con toda seguridad a nuestra Torre de Londres". (31)

Los protestantes intentaban generar un cambio de actitud irreversible, erradicando la idea tradicional de que el poder espiritual penetra en el mundo natural y está particularmente presente en los lugares sagrados y en objetos materiales cargados

espiritualmente. Querían purificar la religión y esa purificación suponía el desencanto del mundo. (32) Todas las huellas de magia, santidad y poder espiritual debían ser suprimidas del reino de la naturaleza; el reino espiritual quedaría confinado en los seres

humanos. Incluso se negó su poder espiritual a los elementos de los sacramentos cristianos. Los reformadores sostuvieron que creer en la presencia real de Cristo en el pan y el vino consagrados de la misa era lo mismo que creer en la presencia real de los santos en sus imágenes, o creer en el poder del agua bendita, las reliquias o el suelo santificado. Todo esto era supersticioso e idolátrico. (33)

El mundo material era gobernado por las leyes de Dios e incapaz de responder a las ceremonias, invocaciones o rituales humanos; era espiritualmente neutro o indiferente, y en sí y por sí mismo no podía transmitir ningún poder espiritual. Creer otra cosa equivalía a caer en la idolatría, transfiriendo la gloria de Dios a su creación.

No debía intentarse cambiar por medios religiosos el modo como operaba el mundo natural, sino aceptarlo como expresión de la voluntad de Dios. En la influyente concepción de Calvino, Dios había predestinado todos los hechos desde el principio del tiempo.

Si lo deseaba, podía irrumpir en el reino material para producir milagros y comunicarse con los seres humanos. Lo había hecho en la iglesia primitiva para difundir el Evangelio entre los paganos, pero esos días ya habían pasado, y normalmente ya no se producía

ninguna intrusión de la esfera espiritual divina en la material. (34)

De este modo la Reforma sentó las bases para la revolución mecanicista que se produjo en la ciencia en el siglo siguiente. La naturaleza ya estaba desencantada, y el mundo material separado de la vida del espíritu; la idea de que el universo no era más que

una vasta máquina concordaba con este tipo de teología, lo mismo que la reducción del reino del alma a una pequeña región del cerebro humano. En adelante era posible separar los dominios de la ciencia y la religión: la ciencia se quedaba como territorio propio con toda la naturaleza, incluso el cuerpo humano; a la religión le correspondían los aspectos morales y espirituales del alma humana.

Los reyes Ezequías y Josías habían establecido precedentes para la desacralización protestante, pero con propósitos muy distintos.

No intentaban estigmatizar la idea de que ciertos lugares y momentos podían ser sagrados, ni negar la importancia de los sacrificios y las festividades; trataban de centralizar la religión judía en la ciudad. Querían realzar la santidad de Jerusalén en general, y del templo en particular. Tampoco la desacralización de los antiguos lugares santos por los misioneros católicos romanos representaba un ataque a la santidad de la tierra; pretendía que los lugares santos fueran cristianos y no paganos, y a menudo se hicieron cargo de los antiguos.

Los iconoclastas protestantes se marcaron una meta diferente: no deseaban la sustitución de una clase de lugar santo por otra, sino la abolición de todos. En el mejor de los casos, todo era sagrado; en el peor, no lo era nada. Prevaleció el peor. y aunque el mundo no fue desacralizado sólo por el fervor de la fe protestante, la Reforma contribuyó a desencadenar fuerzas que desde entonces han acelerado este proceso.
EL PODER CRECIENTE DE MAMMÓN
Algunos de los iconoclastas protestantes comprendieron que la destrucción de los ídolos externos no bastaba: siempre surgirían más en el lado de adentro, Para Calvino, ésta era una mácula fundamental de la mente humana: "Sin duda, así como el agua fluye de una fuente vasta y abundante, de la mente humana fluyen una multitud inmensa de dioses". (35) La batalla contra los ídolos no se podía ganar limitándose a destruir las imágenes.

En el mundo desacralizado, el más poderoso de los ídolos era Mammón. En el Nuevo Testamento personificaba la riqueza; en la Edad Media se convirtió en el demonio de la codicia comercial. El mayor de los poetas puritanos, John Milton, lo describió como un

ángel caído:
[. . .] incluso en el cielo sus ojos y sus pensamientos

Siempre se dirigían hacia abajo, admirando más

La riqueza del pavimento del Cielo, Oro batido,

Qué otra cosa divina o santa, disfrutada

En su visión beatífica: por él también los primeros

Hombres, enseñados por su sugestión,

Escudriñaron el Centro, y con manos impías

Saquearon las entrañas de su madre Tierra

En busca de Tesoros más ocultos. Pronto la horda

Abrió en la Colina una gran herida

y excavó en las Vetas de Oro.

(Paradise Lost, Libro I, 680-90)
Mucho más antigua que la concepción cristiana de Mammón es la diosa sumero-babilonia Mammetun, la Madre de los Destinos.

Quizá su nombre tenga la misma raíz lingüística que nuestras palabras mama, mamario, mamífero y madre. y Mammón podría ser una forma masculina del nombre de la diosa arcaica cuyos senos generosos eran la fuente de la abundancia. (36) La apropiación de sus dones por los hombres era diabólica, y Mammón fue un demonio masculino.

En la India todavía se cree que la riqueza fluye de una diosa, Lakshmi, a menudo representada vertiendo chorros de monedas de oro de sus dos inagotables vasos de abundancia. En la antigua Roma, el dinero se acuñaba en el templo de Juno Moneta, la Gran Madre en su aspecto de consejera y amonestadora. (37) De su nombre derivan nuestras palabras moneda y monetario.

El dinero tiene muchos aspectos metafóricos. Las monedas de oro eran como pequeñas imágenes del sol. Pero el dinero moderno está más vivo, lleno de un espíritu que alienta, sujeto a inflación y deflación. La moneda es también "corriente", y su flujo anima la

economía. Igual que la sangre, circula. Los activos monetarios son "líquidos". Como una ubre o un seno que da leche, la economía funciona sobre la base de la oferta y la demanda; satisface las demandas de los consumidores. E, igual que una mujer, su conducta es cíclica. El dinero es una creación humana, y también lo es la economía que lo genera, pero ha adquirido una vida propia.

Son más bien las fuerzas económicas y no las fuerzas naturales las que han llegado a dominar nuestras vidas, y el poder que reina en nuestro mundo es Mammón.
LA DESACRALIZACIÓN FINAL
El espíritu racionalista con el que los reformadores protestantes atacaron las prácticas de la religión tradicional no había sido generado por sus propias creencias. Éstas dependían de la fe y de la autoridad de la Escritura. Pero una vez abiertas las puertas al escepticismo y la iconoclasia, éstos no se detuvieron. El humanismo secular llevó la Reforma a su extremo, dirigiendo la crítica protestante hacia la propia fe protestante. En esta segunda revolución, la devoción a las palabras de la Biblia en sí se convirtió en una forma de idolatría. ¿Qué razón existe para aceptar su autoridad? En cuanto a Dios, ¿por qué no sería, como otros dioses, un fantasma de la mente humana? Los hombres cuya religión se fundaba en una protesta contra la fe irracional de otras personas estaban mal

preparados para defender una fe propia, tampoco razonada.

Esta última reforma, la protesta contra el protestantismo, deja al hombre como fuente de todas las diosas y dioses, amo de la naturaleza desacralizada, único ser racional consciente en un mundo inanimado. Para el humanismo secular, nada es sagrado, salvo

la vida humana. Por cierto, el humanismo puede transformarse fácilmente en una religión que glorifica al hombre y sus obras maravillosas. Pero el espíritu de negación no estará muy lejos: ¿por qué tendría que ser sagrado el hombre? El hombre no es más que otras especie echada al mundo por las fuerzas ciegas de la evolución, y sin duda condenada a extinguirse como los dinosaurios. En última instancia, nada en absoluto es sagrado.

Los resultados son desastrosos. La desacralización del mundo ahora parece aterradoramente destructiva, incluso a los ojos de muchos humanistas. Necesitamos recuperar un sentido de losagrado. El siguiente es un signo de la época, un informe que

apareció en Nature, el 1 de febrero de 1990, bajo el encabezamiento de "Cambio global":
El astrónomo Carl Sagan y otros 22 renombrados investigadores eligieron el lugar más inverosímil -Moscú- para exhortar a los líderes religiosos del mundo a unirse a los científicos en la protección del ambiente global. El llamamiento se realizó en una reciente conferencia sobre el ambiente y el desarrollo económico, que atrajo a más de mil líderes religiosos, políticos y científicos de 83 naciones.
Paradójicamente, Sagan viajó a la Uníón Soviética, oficialmente atea, para anunciar "una dimensión tanto religiosa como científica " de los problemas del cambio global. Incluso más notable es que la conferencia fue auspiciada por la Academia de Ciencias de la URSS, y también por la Iglesia Ortodoxa Rusa.
Anunciaban que "Ios esfuerzos tendientes a salvaguardar y apreciar el ambiente necesitan que se les infunda una visión de lo sagrado".

Entre quienes respaldaron esa posición cabe destacar al físico Hans Bethe, al biólogo Stephen Jay Gould y al ex presidente del MIT, Jerome Weisner.
Este llamamiento alcanzó sin duda a una audiencia global. Junto con otras partes de la reunión de cinco días, fue el primero televisado vía satélite provisto conjuntamente por las redes de comunicación de Oriente y Occidente [. . .] y llegó a más o menos 2000 millones de personas de 129 países. Después de esta conferencia, más de un centenar de líderes religiosos se unieron para difundir esta iniciativa de los científicos como "un momento y una oportunidad únicos en la relación entre la ciencia y la religión". (38)


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