La investigación reciente sitúa hoy al




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fecha de publicación09.02.2018
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acerca de la naturaleza. Parece, en efecto, que la altura del pensamien­to y la perfección de aquello que llevan a cabo, les viene precisamente de ahí. Y Pericles, aparte de sus excelentes dotes naturales, también había adquirido esto, pues ha­biéndose encontrado con Anaxágoras 144, persona, en mi opinión, de esa clase, repleto de meteorología, y que había llegado hasta la naturaleza misma de la mente y de lo que no es mente 145,sobre lo que Anaxágoras había hablado tanto, sacó de aquí lo que en relación con el arte de las palabras necesitaba.

b

FED. - ¿Qué quieres decir con esto?

SÓC. - Que, en cierto sentido, tiene las mismas características la medicina que la retórica.

FED. - ¿Qué características?

SÓC. - En ambas conviene precisar la naturaleza, en un caso la del cuerpo, en otro la del alma, si es que preten­des, no sólo por la rutina y la experiencia sino por arte, dar al uno la medicación y el alimento que le trae salud y le hace fuerte, al otro palabras y prácticas de conducta, que acabarán transmitiéndole la convicción y la excelencia que quieras.

c

FED. - Es probable que sea así, Sócrates.

SÓC. - ¿Crees que es posible comprender adecuadamen­te la naturaleza del alma, si se la desgaja de la naturaleza en su totalidad?

FED. - Si hay que creer a Hipócrates el de los Ascle­píadas 146, ni siquiera la del cuerpo sin este método.

SÓC. - Y mucha razón tiene, compañero. No obstan­te, con independencia de Hipócrates, es preciso examinar en qué se funda lo dicho y si tiene sentido.

FED. - Conforme.

d

SÓC. - Pues bien, por lo que respecta a la naturaleza, averigua qué es lo que puede haber afirmado Hipócrates y la verdadera razón de su aserto. ¿No es, quizá, así como hay que discurrir sobre la naturaleza de cualquier cosa? Primero de todo hay que ver, pues, si es simple o presenta muchos aspectos aquello sobre lo que queremos ser técni­cos nosotros mismos, y hacer que otros puedan serlo; des­pués, si fuera simple, examinar su poder, cuál es la capaci­dad que, por naturaleza, tiene de actuar sobre algo, o de padecer algo y por quién; y si tiene más formas, habiéndo­las enumerado, ver cada una de ellas como se veían las que eran simples, y qué es lo que por naturaleza hace y con qué y qué es lo que puede padecer, con qué y por quién.

FED. - Es probable que deba ser así, Sócrates.

e

SÓC. - En todo caso, el método, sin todas estas cosas, se parecería al caminar de un ciego. Pero, en verdad, que no debe compararse a un ciego o a un sordo el que va detrás de una técnica. Mas bien es evidente que si alguien ofrece palabra con técnica, pondrá exactamente de mani­fiesto lo esencial de la naturaleza de aquello hacia lo que se dirigen sus discursos. Y esto supongo que será el alma.

FED. - ¿Qué si no?

271a

SÓC. - En consecuencia todo su empeño se ordenará a levantar en ella la persuasión. ¿No es así?

FED. - Sí.

SÓC. - Es claro, pues, que Trasímaco y cualquier otro que enseñe con seriedad el arte retórico, describirá en pri­mer lugar y con toda exactitud el alma, y hará ver en ello si es por naturaleza una e idéntica o, como pasa con la forma del cuerpo, si es también de muchos aspectos. A esto es a lo que llamamos mostrar la naturaleza.

FED. - Totalmente de acuerdo.

SÓC. - En segundo lugar, y conforme a su natural, a través de qué actúa y sobre qué, y qué es lo que padece y por efecto de quién.

b

FED. - Por supuesto.

SÓC. - En tercer lugar, y después de haber establecido los géneros de discursos y de almas y sus pasiones, adap­tando cada uno a cada una, y enseñando qué alma es la que se deja, necesariamente, persuadir por ciertos discur­sos y a causa de qué, y por qué a otra le pasa todo lo contrario.

c

FED. - Parece que eso sería, tal vez, lo mejor de todo. SÓC. - Verdaderamente, amigo, que de otro modo no se habría pronunciado ni escrito, según las reglas del arte, ningún ejercicio de escuela, ni ningún discurso, ni ninguna cosa por el estilo. Pero aquellos de los que ahora escriben sobre el arte de las palabras, y de los que tú has oído, son astutos y disimulan, aunque saben, perfectamente, co­sas del alma. Pero, hasta que no hablen y escriban de esa manera, no les admitiremos que escriban con arte.

FED. - ¿Cómo lo haremos?

SÓC. - No es cosa fácil decirlo con expresiones pro­pias. Intentaré explicarte, sin embargo, cómo hay que es­cribir, si lo que se quiere es que, en la medida de lo posi­ble, tenga arte.

d

FED. - Explícate, pues.

b

272a

e

SÓC. - Puesto que el poder de las palabras se encuentra en que son capaces de guiar las almas, el que pretenda ser retórico es necesario que sepa, del alma, las formas que tiene, pues tantas y tantas hay, y de tales especies, que de ahí viene el que unos sean de una manera y otros de otra. Una vez hechas estas divisiones, se puede ver que hay tantas y tantas especies de discursos, y cada uno de su estilo. Hay quienes por un determinado tipo de discur­sos y por tal o cual causa, son persuadidos para tales o cuales cosas; pero otros, por las mismas causas, difícil­mente se dejan persuadir. Conviene, además, habiendo re­flexionado suficientemente sobre todo esto, fijarse en qué pasa en los casos concretos y cómo obran, y poder seguir todo ello con los sentidos despiertos, a no ser que ya no quede nada de los discursos públicos que otro tiempo escu­chó. Pero, cuando sea capaz de decir quién es persuadido y por qué clase de discursos, y esté en condiciones de darse cuenta de que tiene delante a alguien así, y explicarse a sí mismo que «éste es el hombre y ésta es la naturaleza sobre la que, en otro tiempo, trataron los discursos y que ahora está en persona ante mí, y a quien hay que dirigir y de tal manera los discursos, para persuadirle de tal y tal cosa». Cuando esté, pues, en posesión de todo esto, y sabiendo de la oportunidad de decir algo en tal momen­to, o de callárselo, del hablar breve o del provocar lástima, y de las ampulosidades y de tantas cuantas formas de dis­curso aprendiera, y sabiendo en qué momentos conviene o no conviene aplicarlos, entonces es cuando ha llegado a la belleza y perfección en la posesión del arte, mas no antes. Pero si alguna de estas cosas le faltare en el decir, enseñar o escribir, y afirmase que habla con arte, saldrá ganando quien no le crea. «¿Qué pasa entonces?», dirá tal vez el autor, «¿os parece bien, Fedro y Sócrates, así? ¿O se deben aceptar otras propuestas al hablar del arte de las palabras?»

FED. - Es imposible de otra manera, Sócrates. Y, por cierto, que no me parece cosa de poca monta.

c

SÓC. - Dices verdad. Por este motivo hay que revol­ver de arriba a abajo todos los discursos, y examinar si se presenta un camino más corto y más fácil que a la retórica nos lleve, y no tener, así, que recorrer uno largo y escabroso, cuando el que hay ante nosotros es corto y lla­no. Pero si, en la forma que sea, tienes ayuda que ofrecer­nos, por haber escuchado a Lisias o a algún otro, procura refrescar la memoria y habla.

FED. - Si es por probar, algo se me ocurriría; pero ahora, la verdad, no tengo nada muy concreto.

SÓC. - ¿Quieres que yo, a mi vez, os cuente lo que he oído de algunos que entienden de estas cosas?

FED. - ¿Y por qué no?

d

SÓC. - En todo caso, se suele decir que es justo pres­tar oídos al lobo 140.

FED. - Entonces, hazlo tú así.

273a

e

SÓC. - Dicen, pues, que no hay que ponerse tan so­lemne en estos asuntos, ni remontarse tan alto que se tenga que hacer un gran rodeo, porque, como dijimos al comien­zo de la discusión, está fuera de duda que no necesita te­ner conocimiento de la verdad, en asuntos relacionados con lo justo o lo bueno, ni de si los hombres son tales por naturaleza o educación, el que intente ser un buen retóri­co. En absoluto se preocupa nadie en los tribunales sobre la verdad de todo esto, sino tan sólo de si parece convin­cente. Y esto es, precisamente, lo verosímil, y hacia ello es hacia lo que conviene que se oriente el que pretenda hablar con arte. Algunas veces, ni siquiera hay por qué mencionar las mismas cosas tal como han ocurrido, si eso ocurrido no tiene visos de verosimilitud; más vale hablar de simples verosimilitudes, tanto en la acusación como en la apología. Siempre que alguien exponga algo, debe, por consiguiente, perseguir lo verosímil, despidiéndose de la verdad con muchos y cordiales aspavientos. Y con mantener esto a lo largo de todo discurso, se consigue el arte en su plenitud.

FED. - Estas cosas, Sócrates, que acabas de exponer, son las mismas que dicen los que se jactan de ser técnicos de discursos. Porque me acuerdo que antes hemos tocado brevemente este tema. Parece, sin embargo, que es de ex­traordinario interés para los que se dedican a ello.

b

SÓC. - Pues bien, como te has machacado tan cuida­dosamente las obras de Tisias, que nos diga él, entonces, si es que tiene otros criterios sobre lo verosímil que el que a la gente le parece.

FED. - ¿Qué otra cosa va a decir?

SÓC. - Esto es, pues, lo sabio que encontró, al par que técnico, cuando escribió que si alguien, débil pero va­leroso, habiendo golpeado a uno fuerte y cobarde, y roba­do el manto o cualquier otra cosa, fuera llevado ante un tribunal, ninguno de los dos tenía que decir la verdad, sino que el cobarde diría que no había sido golpeado únicamen­te por el valeroso, y éste, replicar, a su vez, que sí estaba solo, y echar mano de aquello de que «¿cómo yo siendo como soy, iba a poner las manos sobre éste que es como es?» Y el fuerte, por su parte, no dirá nada de su propia cobardía, sino que, al intentar decir una nueva mentira, suministrará, de algún modo, al adversario la posibilidad de una nueva refutación. Y en todos los otros casos, lo que se llama hablar con arte, es algo tal cual. ¿O no, Fedro?

c

FED. - ¿Cómo de otra manera?

d

SÓC. - ¡Ay! Un arte maravillosamente recóndito es el que parece haber descubierto Tisias, o quienquiera que ha­ya podido ser, y llámese como le plazca 148. Pero camara­da, ¿le diremos algo o no?

FED. - ¿Y qué es lo que le diremos?

274a

e

SÓC. - Le diremos: «Tisias, mucho antes de que tú aparecieras, nos estábamos preguntando si eso de lo vero­símil surge, en la mayoría de la gente, por su semejanza con lo verdadero. Pero las semejanzas, discurríamos hace un momento, nadie mejor para saber encontrarlas que quien ve la verdad. De modo que si tienes que decir alguna otra cosa sobre el arte de las palabras, te oiríamos tal vez; pero si no, seguiremos convencidos de lo que hace poco expusi­mos, y que es que si no se enumeran las distintas naturalezas de los oyentes, y no se es capaz de distinguir las cosas según sus especies, ni de abrazar a cada una de ellas bajo una única idea, jamás será nadie un técnico de las pala­bras, en la medida en que sea posible a un hombre. Todo esto, por cierto, no se adquiere sin mucho trabajo, trabajo que el hombre sensato no debe emplear en hablar y tratar con los hombres, sino, más bien, en ser capaz de decir lo que es grato a los dioses 'y de hacer, también, todo lo que les agrade en la medida de sus fuerzas. Porque, Tisias, gente más sabia que nosotros cuentan que el que tiene inteligencia no debe preocuparse en complacer, a no ser in­cidentalmente, a compañeros de esclavitud, sino a buenos señores y a los que la bondad ya es innata. Así que no te extrañes de que el rodeo sea largo, porque se hace por cosas que merecen la pena, y no por las que tú imaginas. Sin embargo, como muestra nuestro discurso, también es­tas mínimas cosas, viniendo de aquéllas, se nos harán her­mosas. Basta que alguien lo quiera.»

FED. - Muy bien dicho me parece todo esto, Sócrates, si alguno hubiera capaz de llevarlo a cabo.

b

SÓC. - Pero en verdad que es bello que, quien con lo bello se atreve, soporte también lo que soportar tenga.

FED. - Sí que lo es.

SÓC. - En fin, que ya tenemos bastante sobre el arte y el no arte de los discursos.

FED. - Ciertamente.

SÓC. - Sobre la conveniencia e inconveniencia del es­cribir, y de qué modo puede llegar a ser bello o carecer, por el contrario, de belleza y propiedad, nos queda aún algo por decir. ¿No te parece?

FED. - Sí.

SÓC. - ¿Sabes, por cierto, qué discursos son los que le agradan más a los dioses, si los que se hacen, o los que se dicen? 149.

FED. - No, no lo sé, ¿y tú?

c

SÓC. - Tengo que contarte algo que oí de los antiguos, aunque su verdad sólo ellos la saben. Por cierto que, si nosotros mismos pudiéramos descubrirla, ¿nos seguiríamos ocupando todavía de las opiniones humanas? 150.

FED. - Preguntas algo ridículo. Pero cuenta lo que di­ces haber oído.

SÓC. - Pues bien, oí que había por Náucratis 151, en Egipto, uno de los antiguos dioses del lugar al que, por cierto, está consagrado el pájaro que llaman Ibis 152.El nombre de d

aquella divinidad era el de Theuth. Fue éste quien, primero, descubrió el número y el cálculo, y, también, la geometría y la astronomía, y, además, el juego de damas y el de dados, y, sobre todo, las letras. Por aquel entonces, era rey de todo Egipto Thamus, que vivía en la gran ciudad de la parte alta del país, que los griegos llaman la Tebas egipcia, así como a Thamus llaman Am­món 153. A él vino Theuth, y le mostraba sus artes, dicién­dole que debían ser entregadas al resto de los egipcios. Pe­ro él le preguntó cuál era la utilidad e

que cada una tenía, y, conforme se las iba minuciosamente exponiendo, lo apro­baba o desaprobaba, según le pareciese bien o mal lo que decía. Muchas, según se cuenta, son las observaciones que, a favor o en contra de cada arte, hizo Thamus a Theuth, y tendríamos que disponer de muchas palabras para tratar­las todas. Pero, cuando llegaron a lo de las letras 154, dijo Theuth: «Este conocimiento, oh rey, hará más sabios a los egipcios y más memoriosos, pues se ha inventado como un fármaco 155 de la memoria y de la sabiduría.» Pero él le dijo: «¡Oh artificiosísimos Theuth! A unos les es dado crear arte, a otros juzgar qué de daño o provecho aporta para los que pretenden hacer uso de él. Y ahora tú, preci­samente, padre que eres de las letras, por apego a ellas, les atribuyes poderes contrarios a los que tienen. Porque es olvido lo que producirán en las almas de quienes las aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos 156. No es, pues, un fármaco de la memoria lo que has hallado, sino un simple recordatorio 157. Apa­riencia de sabiduría es lo que proporcionas a tus alumnos, que no verdad. Porque habiendo oído muchas cosas sin aprenderlas 158,parecerá que tienen muchos conocimien­tos, siendo, al contrario, en la mayoría de los casos, total­mente ignorantes, y difíciles, además, de tratar porque han acabado por convertirse en sabios aparentes en lugar de sabios de verdad.»

b

275a

FED. - ¡Qué bien se te da, Sócrates, hacer discursos de Egipto, o de cualquier otro país que se te antoje! 159.

SÓC. - El caso es, amigo mío, que, según se dice que se decía en el templo de Zeus en Dodona, las primeras palabras proféticas provenían de una encina. Pues los hombres de entonces, como no eran sabios como vosotros los jóvenes, tal ingenuidad tenían, que se conformaban con oír a una encina o a una roca 160, sólo con que dijesen la verdad. Sin embargo, para ti la cosa es diferente, según quién sea el que hable y de dónde 161. Pues no te fijas únicamente en si lo que dicen es así o de otra manera.

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