En el Chicago distópico de Beatrice Prior, la sociedad está dividida en cinco facciones, cada una de ellas dedicada a cultivar una virtud concreta: Verdad los




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En el Chicago distópico de Beatrice Prior, la sociedad está dividida en cinco facciones, cada una de ellas dedicada a cultivar una virtud concreta: Verdad (los sinceros), Abnegación (los altruistas), Osadía (los valientes), Cordialidad (los pacíficos) y Erudición (los inteligentes). En una ceremonia anual, todos los chicos de dieciséis años deben decidir a qué facción dedicarán el resto de sus vidas. Beatrice tiene que elegir entre quedarse con su familia… y ser quien realmente es, no puede tener ambas cosas. Así que toma una decisión que sorprenderá a todo el mundo, incluida ella.

Veronica Roth

DIVERGENTE

TrilogíadeDivergente01

Título original: Divergent

©2011, Veronica Roth

Traducción: Pilar Ramírez Tello

A mi madre,

que inspiró el momento en que Beatrice se da cuenta de lo fuerte que es su madre y se pregunta cómo lo perdió durante tanto tiempo

CAPÍTULO

UNO

EN MI CASA HAY un espejo, está detrás de un panel corredero, en el vestíbulo de arriba. Nuestra facción me permite mirarme en él el segundo día de cada tercer mes, el día que mi madre me corta el pelo.

Me siento en el taburete y mi madre se pone detrás de mí con las tijeras. Los mechones caen en el suelo formando un anillo rubio pálido.

Cuando termina, me aparta el pelo de la cara y me lo recoge en un moño. Soy consciente de lo tranquila y concentrada que parece, tiene bien aprendido el arte de abstraerse. Ojalá pudiera decirse lo mismo de mí.

Espero a que no preste atención para echar un vistazo furtivo a mi reflejo, no por vanidad, sino por curiosidad. El aspecto de una persona puede cambiar mucho en tres meses. En mi imagen veo un rostro estrecho, ojos redondos y grandes, y una nariz larga y fina... Sigo pareciendo una niña, a pesar de que cumplí los dieciséis en algún momento de los últimos meses. Las otras facciones celebran los cumpleaños, pero nosotros no. Sería un exceso de indulgencia.

—Ya está —dice cuando termina con el moño.

Sus ojos se encuentran con los míos en el espejo y es demasiado tarde para apartar la mirada. Sin embargo, en vez de regañarme, sonríe a nuestra imagen. Frunzo un poquito el ceño: ¿por qué no me reprende por mirarme?

—Bueno, hoy es el día —dice.

—Sí.

—¿Estás nerviosa?

Me quedo un momento mirándome a los ojos en el espejo. Hoy es el día de la prueba de aptitud que me dirá a cuál de las cinco facciones pertenezco. Y mañana, en la Ceremonia de la Elección, me decidiré por una; decidiré el resto de mi vida; decidiré si me quedo con mi familia o la abandono.

—No —respondo—. Las pruebas no tienen por qué cambiar nuestra elección.

—Cierto —dice, y sonríe—. Vamos a desayunar.

—Gracias. Por cortarme el pelo.

Me da un beso en la mejilla y corre el panel para tapar el espejo. Creo que, en un mundo distinto, mi madre sería preciosa. Tiene pómulos altos y largas pestañas, y, cuando se suelta el pelo por la noche, la ondulada melena le cae sobre los hombros. Sin embargo, en Abnegación debe esconder su belleza.

Caminamos juntas hasta la cocina. En estas mañanas en las que mi hermano prepara el desayuno, la mano de mi padre me roza el pelo mientras lee el periódico y mi madre recoge la mesa tarareando es cuando me siento más culpable por querer abandonarlos.

El autobús apesta a humo de tubos de escape. Cada vez que da con un bache en el asfalto, me zarandea de un lado a otro, a pesar de que me sujeto al asiento para no moverme.

Mi hermano mayor, Caleb, está de pie en el pasillo, agarrado a la barra que tiene sobre la cabeza para no caerse. No nos parecemos. Él tiene el cabello oscuro y la nariz aguileña de mi padre, y los ojos verdes y los hoyuelos en las mejillas de mi madre. Cuando era más joven, esa combinación de rasgos resultaba extraña, pero ahora le queda bien. Si no fuera de Abnegación, seguro que las chicas del instituto se le quedarían mirando.

También ha heredado el talento de mi madre para el altruismo. En el autobús le ha dado su asiento a un maleducado hombre veraz sin pensárselo dos veces.

El hombre veraz lleva un traje negro con una corbata blanca, el uniforme estándar de su facción. En Verdad se valora la sinceridad y creen que todo es blanco o negro, por eso se visten con esos colores.

Los espacios entre los edificios empiezan a estrecharse y las calles a allanarse conforme nos acercamos al corazón de la ciudad. El edificio al que antes llamaban Torre Sears (nosotros lo llamamos el Centro) surge de entre la niebla como una columna negra en el horizonte. El autobús pasa bajo las vías elevadas. Nunca he montado en un tren, aunque no paran nunca y hay vías por todas partes. Solo los de Osadía los usan.

Hace cinco años, los obreros voluntarios de Abnegación volvieron a pavimentar algunas de las calles, empezaron en el centro de la ciudad y continuaron hasta que se quedaron sin material. Las calles de mi barrio siguen agrietadas y llenas de baches, y no es seguro conducir por ellas. De todos modos, no tenemos coche.

Caleb mantiene su plácida expresión mientras el autobús se agita y salta por la calle. La túnica gris se le resbala por el brazo al agarrarse a una de las barras para guardar el equilibrio. Por el movimiento constante de sus ojos, sé que está observando a la gente que nos rodea, que se esfuerza por verlos solo a ellos y olvidarse de sí mismo. En Verdad se valora la sinceridad, pero nosotros, los de Abnegación, valoramos el altruismo.

El autobús se detiene delante del instituto, así que me levanto y paso rápidamente por delante del hombre de Verdad. Tropiezo con sus zapatos y me agarro al brazo de Caleb para no caerme. Los pantalones me están demasiado largos y nunca he sido muy grácil.

El edificio de Niveles Superiores es el más antiguo de los tres colegios de la ciudad: Niveles Inferiores, Niveles Medios y Niveles Superiores. Como los edificios que lo rodean, está hecho de cristal y acero. Frente a él hay una gran escultura metálica por la que trepan los de Osadía después de clase, retándose entre ellos a subir cada vez más alto. El año pasado vi a uno caer y romperse una pierna. Yo fui la que corrí en busca de la enfermera.

—Hoy son las pruebas de aptitud —digo.

Caleb no me lleva un año entero, así que estamos en el mismo curso.

Asiente con la cabeza al entrar por la puerta principal y a mí se me tensan los músculos en cuanto lo hacemos; el ambiente parece querer comernos, como si todos los alumnos de nuestra edad intentaran devorar este último día. Es probable que no volvamos a caminar de nuevo por estos pasillos después de la Ceremonia de la Elección. Una vez que escojamos, las respectivas facciones se harán responsables del resto de nuestra educación.

Hoy reducen a la mitad la duración de cada clase para que asistamos a todas antes de las pruebas, que tendrán lugar después de la comida. Ya tengo el pulso acelerado.

—¿No te preocupa nada lo que te vayan a decir? —le pregunto a Caleb.

Nos detenemos en el pasillo, en el punto en el que él se irá por un lado, a Matemáticas Avanzadas, y yo por el otro, a Historia de las Facciones.

—¿Y a ti? —pregunta a su vez, arqueando una ceja.

Podría decirle que llevo semanas preocupada por lo que me dirá la prueba de aptitud: ¿Abnegación, Verdad, Erudición, Cordialidad u Osadía?

En vez de hacerlo, sonrío y respondo:

—La verdad es que no.

—Bueno..., que pases un buen día —dice, devolviéndome la sonrisa.

Me dirijo a la clase de Historia de las Facciones y me muerdo el labio inferior; no ha respondido a mi pregunta.

Los pasillos están abarrotados, aunque la luz que entra por las ventanas crea la ilusión de un espacio mayor; este es uno de los únicos lugares en los que se mezclan las facciones, a nuestra edad. Hoy, la multitud tiene una energía distinta, la demencia del último día.

Una chica de largo pelo rizado grita al lado de mi oreja para saludar a una amiga lejana. La manga de una chaqueta me da en la mejilla. Entonces, un chico de Erudición vestido con jersey azul me empuja, pierdo el equilibrio y caigo al suelo.

—¡Quítate de en medio, estirada! —me suelta antes de seguir andando por el pasillo.

Noto calor en las mejillas, me levanto y me sacudo el polvo. Unas cuantas personas se pararon cuando me caí, pero ninguna se ha ofrecido a ayudarme; sus ojos me siguen hasta el borde del pasillo. Hace meses que este tipo de cosas ocurren con los de mi facción: los de Erudición han estado publicando informes hostiles sobre Abnegación, y eso ha empezado a afectar a nuestra forma de relacionarnos en el instituto. Se supone que la ropa gris, el corte de pelo sencillo y el comportamiento sin pretensiones hacen que me sea más fácil olvidarme de mí y que los demás lo hagan también, pero ahora me convierten en un objetivo.

Me paro junto a una ventana del Ala E y espero a que lleguen los de Osadía. Lo hago todas las mañanas: a las 7:25 en punto, los osados demuestran su valor saltando de un tren en marcha.

Mi padre llama «demonios» a los de esa facción. Llevan piercings, tatuajes y ropa negra. Su principal misión es proteger la valla que rodea la ciudad. ¿De qué? Ni idea.

Deberían desconcertarme, debería preguntarme qué tiene que ver el valor (que es la virtud que más aprecian) con ponerse un aro de metal en la nariz. Sin embargo, no puedo quitarles la vista de encima allá donde van.

Se oye el silbato del tren y el sonido me retumba en el pecho. La luz fija en la parte delantera del vehículo se enciende y apaga al pasar a toda velocidad junto al instituto, chirriando sobre sus vías de hierro, y, cuando casi ha terminado de pasar, un éxodo en masa de jóvenes de ambos sexos vestidos con ropa oscura salta de los vagones en movimiento. Algunos caen y ruedan, otros dan unos cuantos pasos tambaleantes antes de recuperar el equilibrio; uno de los chicos rodea con un brazo los hombros de una chica mientras se ríe.

Contemplarlos es una estupidez. Doy la espalda a la ventana y me meto entre la gente para llegar a la clase de Historia de las Facciones.

CAPITULO

DOS

LAS PRUEBAS EMPIEZAN Las pruebas empiezan después de comer. Nos sentamos en las largas mesas del comedor, y los encargados de las pruebas nos llaman de diez en diez, una persona en cada sala de examen. Me siento al lado de Caleb, frente a nuestra vecina, Susan.

El padre de Susan viaja por toda la ciudad a causa de su trabajo, así que tiene un coche y la lleva en él al instituto todos los días. También se ofreció para llevarnos y traernos a nosotros, pero, como dice Caleb, preferimos salir más tarde y no queremos causarle molestias.

Claro que no.

Los encargados de las pruebas son, sobre todo, voluntarios de Abnegación, aunque hay uno de Erudición en una de las salas y otro de Osadía en otra para hacernos las pruebas a los de Abnegación, ya que las reglas especifican que no puede examinarnos un miembro de nuestra misma facción. Las reglas también dicen que no podemos prepararnos de ninguna manera para la prueba, así que no sé qué esperar.

Dejo de mirar a Susan y observo las mesas de Osadía, al otro lado del comedor. Están riendo, gritando y jugando a las cartas. En otro grupo de mesas, los de Erudición charlan entre libros y periódicos, en su búsqueda constante de conocimiento.

Un grupo de chicas de Cordialidad vestidas de amarillo y rojo están sentadas en círculo sobre el suelo del comedor, en pleno juego de palmadas que va acompañado por una canción con rima. Cada pocos minutos oigo un coro de risas cuando eliminan a alguien, que tiene que sentarse en el centro del círculo. En la mesa de al lado, los chicos de Verdad hacen grandes gestos con las manos; parecen discutir, pero no debe de ser nada serio, ya que algunos siguen sonriendo.

En la mesa de Abnegación permanecemos sentados y esperamos. Las costumbres de la facción dictan que estemos todos tranquilos y sin hacer nada, y que dejemos a un lado las preferencias individuales. Dudo que todos los de Erudición quieran estudiar constantemente o que todos los de Verdad disfruten de un debate animado, pero, al igual que me pasa a mí, no pueden desafiar las normas de sus facciones.

Llaman a Caleb en el siguiente grupo. Él avanza con confianza hacia la salida. No tengo que desearle buena suerte ni que asegurarle que no hay por qué ponerse nervioso. Él es consciente de cuál es su lugar y, por lo que yo sé, siempre ha sido así. Mi primer recuerdo de él es de cuando teníamos cuatro años y me regañó por no darle mi cuerda de saltar en el patio a una niñita que no tenía nada con que jugar. Ya no suele darme sermones, aunque tengo grabada en la memoria su cara de desaprobación.

He intentado explicarle que mis instintos no son como los suyos (a mí ni se me habría ocurrido ofrecer mi asiento al hombre de Verdad del autobús), pero no lo entiende. Siempre dice: «Tú haz lo que se supone que debes hacer». A él le resulta sencillo. A mí también debería resultármelo.

Noto una punzada en el estómago. Cierro los ojos y los mantengo cerrados hasta que pasan diez minutos y Caleb regresa a la mesa.

Está blanco como la cal; se pone a restregarse las piernas con las palmas de las manos, como hago yo cuando me limpio el sudor, y, cuando las vuelve a sacar, le tiemblan los dedos. Abro la boca para preguntarle algo, pero no me salen las palabras. No se me permite preguntarle por los resultados, y él no puede decírmelos.

Un voluntario de Abnegación recita la siguiente ronda de nombres. Dos de Osadía, dos de Erudición, dos de Cordialidad, dos de Verdad y:

—De Abnegación: Susan Black y Beatrice Prior.

Me levanto porque se supone que tengo que hacerlo, aunque, de ser por mí, me habría quedado sentada el resto del día. Es como si tuviera una burbuja en el pecho que se dilatara por segundos y amenazara con romperme desde dentro. Sigo a Susan a la salida. Es muy probable que las personas junto a las que paso no sepan diferenciarnos, ya que llevamos la misma ropa y el pelo rubio cortado de la misma manera. La única diferencia es que Susan no tendrá ganas de vomitar y, por lo que veo, a ella no le tiemblan las manos tanto como para tener que disimularlo agarrándose el borde de la falda.

Al otro lado de las puertas del comedor nos espera una fila de diez salas. Solo se usan para las pruebas de aptitud, así que nunca he entrado en una de ellas. A diferencia del resto de aulas del instituto, están separadas por espejos, en vez de por cristal. Me contemplo, pálida y aterrada, al dirigirme a una de las puertas. Susan me sonríe con aire nervioso antes de entrar en la sala 5, y yo me meto en la 6, donde una mujer de Osadía me espera.

No tiene un aspecto tan estricto como el de los jóvenes de su facción que he visto. Sus ojos son pequeños, oscuros y angulares, y lleva una americana negra (como las de los trajes de los hombres) y vaqueros. Hasta que se vuelve para cerrar la puerta no me doy cuenta de que tiene un tatuaje en la nuca, un halcón blanco y negro con un ojo rojo. Si no me hubiera migrado el corazón a la garganta, le habría preguntado por lo que significaba; debe de significar algo.

El interior de la habitación está forrado de espejos. Veo mi reflejo desde todos los ángulos: la tela gris que oscurece la forma de mi espalda, mi largo cuello, mis manos nudosas y enrojecidas. El techo brilla con una luz blanca. En el centro del cuarto hay un sillón con el respaldo abatido, como el de los dentistas, con una máquina al lado. Parece un lugar en el que ocurren cosas terribles.

—No te preocupes —dice la mujer—, no duele.

Su pelo es negro y liso, aunque, gracias a la luz, veo que tiene algunos mechones grises.

—Siéntate y ponte cómoda. Me llamo Tori.

Me siento con torpeza en el sillón y me recuesto. Las luces me hacen daño en los ojos. Tori se pone a manipular la máquina que tengo al lado, y yo intento concentrarme en ella y no en los cables que lleva en las manos.
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